la brecha textos
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DANIEL GUÉRIN
PREFACIO
El anarquismo ha sido, en los últimos tiempos,
objeto de renovado interés. Se le han consagrado obras, monografías
y antologías. Pero es dudoso que este esfuerzo sea siempre verdaderamente
útil. Resulta difícil trazar los rasgos del anarquismo. Los
maestros de dicha corriente muy rara vez condensaron sus ideas en tratados
sistemáticos. Y cuando intentaron hacerlo, se limitaron a escribir
pequeños folletos de propaganda y divulgación que sólo
dan una muy incompleta noción del tema. Además, existen varias
clases de anarquismo y grandes variaciones en el pensamiento de cada uno
de los libertarios más ilustres.
El libertario rechaza todo lo que sea autoridad, da absoluta
prioridad al juicio individual; por eso "hace profesión de antidogmatismo".
"No nos transformemos en jefes de una nueva religión" –escribió
Proudhon a Marx–, "aunque esta religión sea la de la lógica
y la razón." Los puntos de vista de los libertarios son más
diversos, más fluidos, más difíciles de aprehender
que los de los socialistas "autoritarios", cuyas iglesias rivales tratan,
al menos, de imponer cánones a sus celosos partidarios. Poco antes
de caer bajo la guillotina, el terrorista Émile Henry le explicaba,
en una carta, al director de la cárcel: "No crea usted que la Anarquía
es un dogma, una doctrina invulnerable, indiscutible, venerada por sus
adeptos como el Corán por los musulmanes. No, la libertad absoluta
que reivindicamos hace evolucionar continuamente nuestras ideas, las eleva
hacia nuevos horizontes (de acuerdo con la capacidad de los distintos individuos)
y las saca de los estrechos límites de toda reglamentación,
de toda codificación. No somos ‘creyentes’". Y el condenado a muerte
rechaza la "ciega fe" de los marxistas franceses de su tiempo, "que creen
en una cosa sólo porque Guesde dijo que había que creer en
ella, y tienen un catecismo cuyas palabras aceptan sin discusión,
porque, de lo contrario, cometerían sacrilegio".
En realidad, pese a la variedad y a la riqueza del pensamiento
anarquista, pese a sus contradicciones, pese a sus disputas doctrinarias
que, por otra parte, giran demasiado a menudo en torno de problemas que
no son tales, nos encontramos ante un conjunto de conceptos asaz homogéneo.
Sin duda existen, por lo menos a primera vista, importantes divergencias
entre el individualismo anarquista de Stirner (1806-1856) y el anarquismo
societario. Mas, si vamos al fondo de las cosas, comprobaremos que los
partidarios de la libertad total y los de la organización social
no se hallan tan distanciados entre sí como ellos mismos se imaginan
y como puede creerse de primera intención. El anarquista societario
es también individualista. Y el anarquista individualista podría
muy bien ser un societario que no se atreve a reconocerse como tal.
La relativa unidad del anarquismo societario se debe a
que fue elaborado, aproximadamente en la misma época, por dos maestros,
uno de ellos discípulo y continuador del otro: nos referimos al
francés Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) y al exiliado ruso Mijaíl
Bakunin (1814-1876). El último definió al anarquismo de esta
suerte: "El proudhonismo ampliamente desarrollado y llevado a sus consecuencias
extremas". Este anarquismo se declara colectivista.
Pero sus epígonos rechazan el epíteto y
se proclaman comunistas ("comunistas libertarios", se entiende). Uno de
ellos, Piotr Kropotkin (1842-1921), otro exiliado ruso, deriva la doctrina
hacia un utopismo y un optimismo cuyo carácter "científico"
no alcanza a disimular su endeblez. En cuanto al italiano Errico Malatesta
(1853-1932), la orienta hacia un activismo temerario, a veces pueril, aunque
la enriquece con polémicas plenas de intransigencia y, a menudo,
de lucidez. Más tarde, la experiencia de la Revolución Rusa
inspiró a Volin (1882-1945) una de las obras más notables
del anarquismo.
*
Nimbado de sangre, rico en aspectos dramáticos
y anecdóticos, el anarquismo finisecular satisface los gustos del
gran público. Pero, aunque ese terrorismo fue, en su momento, una
escuela de energía individual y de valor, digna –por ello– de respeto,
y aunque tuvo el mérito de dirigir la atención de la opinión
pública hacia la injusticia social, hoy en día se nos aparece
como una desviación episódica e infecunda del anarquismo.
Afortunadamente, es ya cosa de museo. Dejar la mirada fija en la bomba
de Ravachol, como sugiere la portada de una publicación reciente,
llevaría a ignorar o a subestimar los rasgos fundamentales de un
modo de concebir la reorganización social que, lejos de ser destructivo,
según pretenden sus adversarios, es sumamente constructivo, tal
como lo revela su examen. Éste es el anarquismo sobre el cual nos
tomamos la libertad de dirigir la atención del lector. ¿Con
qué derecho y en nombre de qué criterio lo hacemos? Simplemente
porque consideramos que sus elementos no están petrificados, sino
que se mantienen vivos. Porque los problemas que plantea son más
actuales que nunca. Las cargas de explosivos y el desafío vocinglero
lanzado a la cara de la sociedad pertenecen a una época antediluviana
y ya no hacen temblar a nadie; sólo restan las avanzadas ideas libertarias,
que llaman a la reflexión. Es evidente que ellas responden, en buena
medida, a las necesidades de nuestro tiempo y pueden contribuir a la construcción
del futuro.
A diferencia de obras precedentes, este breve libro no
quiere ser una historia ni una bibliografía del anarquismo. Los
eruditos que han consagrado sus afanes al tema se preocuparon sobre todo
de no omitir ningún nombre en sus ficheros. Engañados por
semejanzas superficiales, creyeron descubrir gran número de precursores
del pensamiento anarquista. Y así pusieron a segundones casi en
un mismo plano con los genios. Más que a profundizar en las ideas,
se dedicaron a relatar biografías con una abundancia de detalles
a veces superflua. De esta manera, sus sabias compilaciones producen en
el lector una impresión de indefinición, de relativa incoherencia,
y lo dejan tan confundido que sigue preguntándose en qué
consiste realmente el anarquismo.
Hemos tratado de adoptar un método distinto. Partimos
del supuesto de que el lector conoce la vida de los maestros del pensamiento
libertario. Por lo demás, opinamos que, a veces, los relatos biográficos
aclaran nuestra materia mucho menos de lo que creen ciertos narradores.
En efecto, dichos maestros no fueron uniformemente anarquistas en el transcurso
de su vida, y sus obras completas contienen bastantes páginas que
casi no guardan relación con el anarquismo.
Así, por ejemplo, en la segunda parte de su carrera,
Proudhon dio a su pensamiento un giro más conservador. Su prolija
y monumental Justice dans la Revolution et dans l’Eglise (1858) está
dedicada principalmente al problema religioso, y las conclusiones a que
llega son muy poco libertarias, pues, a despecho de su furioso anticlericalismo,
Proudhon acepta finalmente (a condición de interpretarlas), todas
las categorías del catolicismo, proclama que el conservar la simbología
cristiana seria una medida ventajosa para la educación y la moralización
del pueblo y, en el momento de dejar la pluma, se muestra dispuesto a orar.
Por respeto a su memoria, no nos detendremos en su "saludo a la guerra",
sus diatribas contra la mujer o sus accesos de racismo.
Bakunin siguió un proceso inverso. La primera parte
de su agitada carrera de conspirador revolucionario poco tuvo que ver con
el anarquismo. Abrazó las ideas libertarias sólo después
de 1864, tras el fracaso de la insurrección polaca, en la cual participó.
Sus escritos anteriores a dicho año no podrían incluirse
en una antología del anarquismo.
En cuanto a Kropotkin, la parte puramente científica
de su obra –que le ha valido ser hoy celebrado en la URSS como brillante
portaestandarte de la geografía nacional– es ajena al anarquismo,
como lo es –ya en otro campo– la posición belicista que adoptó
durante la primera guerra mundial.
En lugar de hacer una relación histórica
y cronológica, hemos preferido emplear aquí un método
desusado. No presentamos, una tras otra, a las grandes personalidades del
anarquismo, sino los principales temas constructivos de éste. Sólo
hemos descartado adrede los aspectos que no son específicamente
libertarios, tales como la crítica del capitalismo, el ateísmo,
el antimilitarismo, el amor libre, etc. En vez de redactar un resumen de
segunda mano, insípido por ende y sin pruebas en su apoyo, hemos
dejado, siempre que ello ha sido posible, que los autores hablaran a través
de citas. De esta manera damos al lector la oportunidad de conocer los
temas plenos del calor y la inspiración con que los expusieron los
maestros.
Luego reconsideramos la doctrina desde otro ángulo:
la mostramos en los grandes momentos de la historia en los que se vio puesta
a prueba en la práctica: la Revolución Rusa de 1917, la situación
italiana posterior a 1918 y la Revolución Española de 1936.
En el último capítulo tratamos de la autogestión obrera
–sin duda, la creación más original del anarquismo– confrontándola
con la realidad contemporánea: en Yugoslavia, en Argelia... quizá,
mañana, en la URSS. (1)
A través de esta obra veremos enfrentarse constantemente
y, a veces, asociarse dos concepciones del socialismo: una autoritaria
y la otra libertaria. ¿A cuál de las dos pertenece el futuro?
Invitamos al lector a reflexionar y a sacar sus propias conclusiones al
respecto.
l. Ver nota final del libro
Primera parte
Las ideas – fuerza del anarquismo
CUESTION DE VOCABLOS
La palabra anarquía es vieja como el mundo. Deriva
de dos voces del griego antiguo: an (an) y arch (arjé), y significa,
aproximadamente ausencia de autoridad o de gobierno. Pero, por haber reinado
durante miles de anos el prejuicio de que los hombres son incapaces de
vivir sin la una o el otro, la palabra anarquía pasó a ser,
en un sentido peyorativo, sinónimo de desorden, de caos, de desorganización.
Gran creador de definiciones ingeniosas (tales como la
propiedad es un robo), Pierre-Joseph Proudhon se anexó el vocablo
anarquía. Como si quisiera chocar al máximo, hacia 1840 entabló
con los filisteos este provocativo diálogo:
– Usted es republicano.
– Republicano, sí; pero esta palabra no define nada. Res publica, significa cosa pública... También los reyes son republicanos.
– Entonces, ¿es usted demócrata?
– No.
– ¡Vaya! ¿No será usted monárquico?
– No.
– ¿Constitucionalista?
– ¡Dios me libre!
– ¿Aristócrata, acaso?
– De ningún modo.
– ¿Desea un gobierno mixto?
– Menos todavía.
– ¿Qué es, pues, usted?
– Soy anarquista.
Para Proudhon, más constructivo que destructivo,
pese a las apariencias, la palabra anarquía –que, en ocasiones,
se allanaba a escribir an-arquía para ponerse un poco a resguardo
de los ataques de la jauría de adversarios– significaba todo lo
contrario de desorden, según veremos luego. A su entender, es el
gobierno el verdadero autor de desorden. Unicamente una sociedad sin gobierno
podría restablecer el orden natural y restaurar la armonía
social. Arguyendo que la lengua no poseía ningún vocablo
adecuado, optó por devolver al antiguo término anarquía
su estricto sentido etimológico para designar esta panacea. Pero,
paradójicamente, durante sus acaloradas polémicas se obstinaba
en usar la voz anarquía también en el sentido peyorativo
de desorden, obcecación que heredaría su discípulo
Mijaíl Bakunin, y que sólo contribuyó a aumentar el
caos.
Para colmo, Proudhon y Bakunin se complacían malignamente
en jugar con la confusión creada por las dos acepciones antinómicas
del vocablo; para ellos, la anarquía era, simultáneamente,
el más colosal desorden, la absoluta desorganización de la
sociedad y, más allá de esta gigantesca mutación revolucionaria,
la construcción de un nuevo orden estable y racional, fundado sobre
la libertad y la solidaridad.
No obstante, los discípulos inmediatos de ambos
padres del anarquismo vacilaron en emplear esta denominación lamentablemente
elástica que, para el no iniciado, sólo expresaba una idea
negativa y que, en el mejor de los casos, se prestaba a equívocos
enojosos. Al final de su carrera, ya enmendado, el propio Proudhon no tenía
reparos en autotitularse federalista. Su posteridad pequeño-burguesa
preferiría, en lugar de la palabra anarquismo, el vocablo mutualismo,
y su progenie socialista elegiría el término colectivismo,
pronto reemplazado por el de comunismo.
Más tarde, a fines del siglo XIX, en Francia, Sébastien Faure tomó una palabra creada hacia 1858 por un tal
Joseph Déjacque y bautizó con ella a un
periódico: Le Libertaire, [El Libertario]. Actualmente, anarquista
y libertario pueden usarse indistintamente.
Pero la mayor parte de estos términos presentan
un serio inconveniente: no expresan el aspecto fundamental de las doctrinas
que pretenden calificar. En efecto, anarquía es, ante todo, sinónimo
de socialismo. El anarquista es, primordialmente, un socialista que busca
abolir la explotación del hombre por el hombre, y el anarquismo,
una de las ramas del pensamiento socialista. Rama en la que predominan
las ansias de libertad, el apremio por abolir el Estado. En concepto de
Adolph Fischer, uno de los mártires de Chicago, "todo anarquista
es socialista, pero todo socialista no es necesariamente anarquista".
Ciertos anarquistas estiman que ellos son los socialistas
más auténticos y consecuentes. Pero el rótulo que
se han puesto, o se han dejado endilgar, y que, por añadidura, comparten
con los terroristas, sólo les ha servido para que se los mire casi
siempre, erróneamente, como una suerte de "cuerpo extraño"
dentro de la familia socialista. Tanta indefinición dio origen a
una larga serie de equívocos y discusiones filológicas, las
más de las veces sin sentido. Algunos anarquistas contemporáneos
han contribuido a aclarar el panorama al adoptar una terminología
más explícita: se declaran socialistas o comunistas libertarios.
UNA REBELDIA VISCERAL
El anarquismo constituye, fundamentalmente, lo que podríamos
llamar una rebeldía visceral. Tras realizar, a fines del siglo pasado,
un estudio de opinión en medios libertarios, Augustin Hamon llegó
a la conclusión de que el anarquista es, en primer lugar, un individuo
que se ha rebelado. Rechaza en bloque a la sociedad y sus cómitres.
Es un hombre que se ha emancipado de todo cuanto se considera sagrado,
proclama Max Stirner. Ha logrado derribar todos los ídolos. Estos
"vagabundos de la inteligencia", estos "perdidos", "en lugar de aceptar
como verdades intangibles aquello que da consuelo y sosiego a millares
de seres humanos, saltan por encima de las barreras del tradicionalismo
y se entregan sin freno a las fantasías de su crítica impudente".
Proudhon repudia en su conjunto al "mundo oficial" –los
filósofos, los sacerdotes, los magistrados, los académicos,
los periodistas, los parlamentarios, etc.– para quienes "el pueblo es siempre
el monstruo al que se combate, se amordaza o se encadena; al que se maneja
por medio de la astucia, como al rinoceronte o al elefante; al que se doma
por hambre; al que se desangra por la colonización y la guerra".
Elisée Reclus explica por qué estos aprovechados consideran
conveniente la sociedad: "Puesto que hay ricos y pobres, poderosos y sometidos,
amos y servidores, césares que mandan combatir y gladiadores que
van a la muerte, las personas listas no tienen más que ponerse del
lado de los ricos y de los amos, convertirse en cortesanos de los césares".
Su permanente estado de insurrección impulsa al
anarquista a sentir simpatía por los que viven fuera de las normas,
fuera de la ley, y lo lleva a abrazar la causa del galeote y de todos los
réprobos. En opinión de Bakunin, Marx y Engels son muy injustos
cuando se refieren con profunda desprecio al Lumpenproletariat, el "proletariado
en harapos", "pues en él, únicamente en él, y no en
la capa aburguesada de la masa obrera, reside el espíritu y la fuerza
de la futura revolución social".
En boca de su Vautrin, poderosa encarnación de
la protesta social, personaje entre rebelde y criminal, Balzac pone explosivos
conceptos que un anarquista no desaprobaría.
LA AVERSION POR EL ESTADO
Para el anarquista, de todos los prejuicios que ciegan
al hombre desde el origen de los tiempos, el del Estado es el más
funesto. Stirner despotrica contra los que "están poseídos
por el Estado" "por toda la eternidad". Tampoco Proudhon deja de vituperar
a esa "fantasmagoría de nuestro espíritu que toda razón
libre tiene como primer deber relegar a museos y bibliotecas". Así
diseca el fenómeno: "Lo que ha conservado esta predisposición
mental y ha mantenido intacto el hechizo durante tanto tiempo, es el haber
presentado siempre al gobierno como órgano natural de justicia,
como protector de los débiles". Tras mofarse de los "autoritarios"
inveterados, que "se inclinan ante el poder como los beatos frente al Santísimo",
tras zamarrear a "todos los partidos sin excepción", que vuelven
"incesantemente sus ojos hacia la autoridad como su único norte",
hace votos porque llegue el día en que "el renunciamiento a la autoridad
reemplace en el catecismo político a la fe en la autoridad".
Kropotkin se ríe de los burgueses, que "consideran
al pueblo como una horda de salvajes que se desbocarían en cuanto
el gobierno dejara de funcionar". Adelantándose al psicoanálisis,
Malatesta pone al descubierto el miedo a la libertad que se esconde en
el subconsciente de los "autoritarios".
¿Cuáles son, a los ojos de los anarquistas,
los delitos del Estado?
Escuchemos a Stirner: "El estado y yo somos enemigos".
"Todo Estado es una tiranía, la ejerza uno solo o varios". El Estado,
cualquiera que sea su forma, es forzosamente totalitario, como se dice
hoy en día: "El Estado persigue siempre un sólo objetivo:
limitar, atar, subordinar al individuo, someterlo a la cosa general (...).
Con su censura, su vigilancia y su policía, el Estado trata de entorpecer
cualquier actividad libre y considera que es su obligación ejercer
tal represión porque ella le es impuesta (...) por su instinto de
conservación personal". "El Estado no me permite desarrollar al
máximo mis pensamientos y comunicárselos a los hombres (...)
salvo si son los suyos propios (...). De lo contrario, me cierra la boca".
Proudhon se hace eco de las palabras de Stirner: "El gobierno
del hombre por el hombre es la esclavitud". "Quien me ponga la mano encima
para gobernarme es un usurpador y un tirano. Lo declaro mi enemigo". Y
luego pronuncia una tirada digna de Molière o de Beaumarchais: "Ser
gobernado significa ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado,
reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado, estimado,
apreciado, censurado, mandado, por seres que carecen de títulos,
ciencia y virtud para ello (...). Ser gobernado significa ser anotado,
registrado, empadronado, arancelado, sellado, medido, cotizado, patentado,
licenciado, autorizado, apostillado, amonestado, contenido, reformado,
enmendado, corregido, al realizar cualquier operación, cualquier
transacción, cualquier movimiento. Significa, so pretexto de utilidad
pública y en nombre del interés general, verse obligado a
pagar contribuciones, ser inspeccionado, saqueado, explotado, monopolizado,
depredado, presionado, embaucado, robado; luego, a la menor resistencia,
a la primera palabra de queja, reprimido, multado, vilipendiado, vejado,
acosado, maltratado, aporreado, desarmado, agarrotado, encarcelado, fusilado,
ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado
y, para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado, deshonrado. ¡Eso
es el gobierno, ésa es su justicia, ésa es su moral! (...)
¡Oh personalidad humana! ¿Cómo es posible que durante
sesenta siglos hayas permanecido hundida en semejante abyección?".
Para Bakunin, el Estado es una "abstracción que
devora a la vida popular", un "inmenso cementerio donde, bajo la sombra
y el pretexto de esa abstracción, se dejan inmolar y sepultar generosa,
mansamente, todas las aspiraciones verdaderas, todas las fuerzas vivas
de un país".
Al decir de Malatesta, "el gobierno, con sus métodos
de acción, lejos de crear energía, dilapida, paraliza y destruye
enormes fuerzas".
A medida que se amplían las atribuciones del Estado
y de su burocracia, el peligro se agrava. Con visión profética,
Proudhon anuncia el peor flagelo del siglo XX: "El funcionarismo (...)
conduce al comunismo estatal, a la absorción de toda la vida local
e individual dentro de la maquinaria administrativa, a la destrucción
de todo pensamiento libre. Todos desean abrigarse bajo el ala del poder,
vivir por encima del común de las gentes". Es hora de acabar con
esto: "Como la centralización se hace cada vez más fuerte
(...), las cosas han llegado (...) a un punto en el que la sociedad y el
gobierno ya no pueden vivir juntos". "Desde la jerarquía más
alta hasta la más baja, en el Estado no hay nada, absolutamente
nada, que no sea un abuso que debe reformarse, un parasitismo que debe
suprimirse, un instrumento de la tiranía que debe destruirse. ¡Y
habláis de conservar el Estado, de aumentar las atribuciones del
Estado, de fortalecer cada vez más el poder del Estado! ¡Vamos,
no sois revolucionarios!".
Bakunin no se muestra menos lúcido cuando vislumbra,
angustiado, que el Estado irá acentuando su carácter totalitario.
A su ver, las fuerzas de la contrarrevolución mundial, "apoyadas
por enormes presupuestos, por ejércitos permanentes, por una formidable
burocracia", dotadas "de todos los terribles medios que les proporciona
la centralización moderna" son "un hecho monumental, amenazador,
aplastante".
CONTRA LA DEMOCRACIA BURGUESA
El anarquista denuncia más vigorosamente que el
socialista "autoritario" el engaño de la democracia burguesa.
El Estado burgués democrático, bautizado
"nación", es para Stirner tan temible como el antiguo Estado absolutista:
"El rey (...) era muy poca cosa si lo comparamos con el monarca que reina
ahora, la ‘nación soberana’. El liberalismo sólo es continuación
del viejo desprecio por el Yo". "Es cierto que, con el tiempo, han ido
extirpándose muchos privilegios, pero ello exclusivamente en provecho
del Estado (...) y de ningún modo para fortificar mi Yo".
En opinión de Proudhon, "la democracia no es sino
una arbitrariedad constitucional". El proclamar soberano al pueblo fue
una "artimaña" de nuestros padres. En realidad, el pueblo es un
rey sin dominios, el mono que remeda a los monarcas y que de la majestad
y la munificencia reales sólo conserva el título. Reina sin
gobernar. Al delegar su soberanía por el ejercicio periódico
del sufragio universal, cada tres o cinco años renueva su abdicación.
El príncipe fue expulsado del trono, pero se ha mantenido la realeza,
perfectamente organizada. En las manos del pueblo, cuya educación
se descuida adrede, la papeleta del voto es una hábil superchería
que sirve únicamente a los intereses de la coalición de barones
de la propiedad, el comercio y la industria.
Pero la teoría de la soberanía del pueblo
lleva en sí su propia negación. Si el pueblo entero fuese
verdaderamente soberano, no habría más gobierno ni gobernados.
El soberano quedaría reducido a cero. El Estado no tendría
ya ninguna razón de ser, se identificaría con la sociedad
y desaparecería dentro de la organización industrial.
Para Bakunin, "en lugar de ser garantía para el
pueblo, el sistema representativo crea y garantiza la existencia permanente
de una aristocracia gubernamental opuesta al pueblo". El sufragio universal
es una trampa, un señuelo, una válvula de seguridad, una
máscara tras la cual "se esconde el poder realmente despótico
del Estado, cimentado en la banca, la policía y el ejército",
"un medio excelente para oprimir y arruinar a un pueblo en nombre y so
pretexto de una supuesta voluntad popular".
El anarquista no tiene mucha fe en la emancipación
por gracia del voto. Proudhon es abstencionista, al menos en teoría.
Estima que "la revolución social corre serio riesgo si se produce
a través de la revolución política". Votar sería
un contrasentido, un acto de cobardía, una complicidad con la corrupción
del régimen: "Si queremos hacer la guerra a todos los viejos partidos
juntos, es fuera del parlamento y no dentro de él donde debemos
buscar lícitamente nuestro campo de batalla". "El sufragio universal
es la contrarrevolución". Para constituirse en clase, el proletariado
debe primero "escindirse" de la democracia burguesa.
Pero el Proudhon militante no siempre se ciñe a
los principios por él enunciados.
En junio de 1848 se deja elegir diputado y atrapar, por
un momento, en el fango parlamentario. Dos veces consecutivas, en las elecciones
parciales de septiembre de 1848 y en los comicios presidenciales del 10
de diciembre del mismo año, apoya la candidatura de Raspail, uno
de los voceros de la extrema izquierda, entonces en prisión. Hasta
llega a dejarse deslumbrar por la táctica del "mal menor", y prefiere
por ello al general Cavaignac, verdugo del proletariado parisiense, en
lugar del aprendiz de dictador Luis Napoleón. Mucho más tarde,
en las elecciones de 1863 y 1864, preconiza, sí, el voto en blanco,
pero a modo de protesta contra la dictadura imperial y no por oposición
al sufragio universal, que ahora califica de "principio democrático
por excelencia".
Bakunin y sus partidarios dentro de la Primera Internacional
protestan por el epíteto de "abstencionistas" que les endilgan maliciosamente
los marxistas. Para ellos, el no concurrir a las urnas no es artículo
de fe, sino simple cuestión de táctica. Si bien sostienen
que la lucha de clases debe librarse ante todo en el plano económico,
rechazan la acusación de que hacen abstracción de la "política".
No reprueban la "política" en general sino, solamente, la política
burguesa. Sólo encontrarían condenable la revolución
política si ella precediera a la revolución social. Se mantienen
apartados únicamente de los movimientos políticos cuyo fin
inmediato y directo no es la emancipación de los trabajadores. Lo
que temen y condenan son las equívocas alianzas electorales con
los partidos del radicalismo burgués, del tipo "1848" o "frente
popular", como se diría en la actualidad. También se percatan
de que, cuando son elegidos diputados y trasladados a las condiciones de
vida burguesas, cuando dejan de ser trabajadores para convertirse en gobernantes,
los obreros se tornan burgueses, quizá más que los propios
burgueses.
Con todo, la actitud de los anarquistas respecto del sufragio
universal no es, ni con mucho, coherente y consecuente. Unos consideran
el voto como recurso que ha de aceptarse a falta de algo mejor. Otros adoptan
una posición inconmovible: aseveran que el uso del voto es condenable,
en cualesquiera circunstancias, y hacen de la abstención una cuestión
de pureza doctrinaria. Así, en ocasión de las elecciones
francesas de mayo de 1924, en las cuales participa la coalición
de partidos de izquierda, Malatesta se niega rotundamente a hacer concesiones.
Admite que, según la situación, el resultado de las elecciones
podría tener consecuencias "buenas" o "malas" y depender, a veces,
del voto de las anarquistas, sobre todo cuando las fuerzas de las organizaciones
políticas opuestas fueran casi iguales. "¡Pero qué
importa! Aun cuando se obtuvieran pequeños progresos como consecuencia
directa de una victoria electoral, los anarquistas no deberían concurrir
a las urnas". En conclusión: "Los anarquistas se han mantenido siempre
puros y siguen siendo el partido revolucionario por excelencia, el partido
del porvenir, porque han sido capaces de resistirse al canto de la sirena
electoral".
España, en especial, proporciona ejemplos ilustrativos
de la incoherencia de la doctrina anarquista en este terreno. En 1930,
los anarquistas harán frente común con los partidos de la
democracia burguesa a fin de derrocar al dictador Primo de Rivera. Al año
siguiente, pese a ser oficialmente abstencionistas, muchos libertarios
concurrirán a las urnas con motivo de las elecciones municipales
que precipitarán el derrumbe de la monarquía. En las elecciones
generales del 19 de noviembre de 1933, sostendrán enérgicamente
la abstención electoral, lo cual llevará al poder durante
más de dos años a una derecha violentamente antiobrera. Tendrán
la precaución de anunciar de antemano que, si su consigna abstencionista
trajera como consecuencia la victoria de la reacción, ellos responderían
desencadenando la revolución social. Poco después lo intentarán,
aunque en vano y a costa de innumerables pérdidas (muertos, heridos,
prisioneros). Cuando, a principios de 1936, los partidos izquierdistas
se asocien en el Frente Popular, la central anarcosindicalista se verá
en figurillas para decidir cuál actitud tomar. Finalmente se pronunciará
por la abstención, pero sólo de labios afuera; su campaña
será lo suficientemente tibia como para no llegar a las masas, cuya
participación en el escrutinio está, de todos modos, ya asegurada.
Al acudir a las urnas, el cuerpo electoral logrará el triunfo del
Frente Popular (263 diputados izquierdistas contra 181).
Cabe observar que, a despecho de sus furiosos ataques
contra la democracia burguesa, los anarquistas reconocen el carácter
relativamente progresista de ésta. Hasta Stirner, él más
intransigente de todos, deja escapar de tanto en tanto la palabra "progreso".
"Sin duda", concede Proudhon, "cuando un pueblo pasa del Estado monárquico
al democrático, ello significa un progreso"; y Bakunin afirma: "No
se crea que deseamos (...) criticar al gobierno democrático en beneficio
de la monarquía (...). La república más imperfecta
es mil veces mejor que la monarquía más esclarecida (...).
Poco a poco, el régimen democrático eleva a las masas a la
vida pública". De tal modo, se desmiente la opinión de Lenin,
según la cual "ciertos anarquistas" creen "que al proletariado le
es indiferente la forma de opresión". Simultáneamente, se
disipa el temor de que el antidemocratismo anarquista pueda confundirse
con el antidemocratismo contrarrevolucionario, sospecha expresada por Henri
Arvon en su obrita sobre el anarquismo.
CRITICA DEL SOCIALISMO "AUTORITARIO"
No hay anarquista que no critique con severidad al socialismo
"autoritario". En la época en que los libertarios lanzaron su furibunda
requisitoria no tenían toda la razón, pues aquellos a quienes
censuraban eran comunistas primitivos o "groseros", todavía no fecundados
por el humanismo marxista, o bien, como en el caso de Marx y Engels, no
eran hombres tan unilateralmente prendados de la "autoridad" y del estatismo
como afirmaban los anarquistas. Pero en nuestros días han proliferado
las tendencias "autoritarias" que, en el siglo XIX, sólo se manifestaban
en el pensamiento socialista de modo embrionario. Frente a estas excrecencias,
las críticas anarquistas nos parecen hoy menos tendenciosas, menos
injustas; en muchos casos revisten carácter profético.
Stirner acepta varias premisas del comunismo, pero con
siguiente corolario: aunque para los vencidos de la sociedad actual su
profesión de fe comunista es el primer paso adelante en el camino
conducente a su total emancipación, no podrán llegar a la
"desalienación" completa ni a la cabal valoración de su individualidad
a menos que vayan más allá del comunismo.
En efecto, a los ojos de Stirner, en un régimen
comunista el trabajador queda sometido a la supremacía de una sociedad
de trabajadores. El trabajo que esta sociedad le impone es un castigo para
el obrero. ¿No escribió el comunista Weitling que "las facultades
personales sólo pueden desarrollarse mientras no perturben la armonía
de la sociedad"? A lo cual responde Stirner: "Que yo sea leal bajo un tirano
o en la ‘sociedad’ de Weitling significa, en un caso como en el otro, la
misma falta de derechos".
Según Stirner, para el comunista sólo existe
el trabajador como tal; es incapaz de ver más allá, de pensar
en el hombre, en el ocio del hombre. Descuida lo esencial: permitirle gozar
de sí mismo como individuo después de cumplida su tarea como
productor. Stirner entrevé, sobre todo, el peligro que implica una
sociedad comunista, en la que la apropiación colectiva de los medios
de producción conferiría al Estado poderes mucho más
exorbitantes que los que posee en la sociedad actual: "Al abolir toda propiedad
individual, el comunismo acrecienta aún más mi dependencia
respecto al prójimo, a la generalidad o a la totalidad, y aunque
ataque violentamente al Estado, su intención es establecer el suyo
propio, (...) un orden de cosas que paralice mi actividad libre, una autoridad
soberana que impere sobre mí. El comunismo se subleva con razón
contra la opresión que ejercen sobre mí los propietarios
individuales, pero el poder que pone en manos de la totalidad es todavía
más terrible".
También Proudhon ataca con violencia el "sistema
comunista, gubernamental, dictatorial, autoritario, doctrinario" que "parte
del principio de que el individuo está esencialmente subordinado
a la colectividad". Los comunistas tienen del poder del Estado exactamente
el mismo concepto que sustentaban sus antiguos amos. Hasta podría
decirse que es mucho menos liberal. "Cual ejército que ha tomado
los cañones al enemigo, el comunismo no ha hecho más que
volver contra el ejército de los propietarios la artillería
de éstos. El esclavo siempre ha remedado al amo". Proudhon describe
en estos términos el sistema político que atribuye a los
comunistas:
"Una democracia compacta, aparentemente fundada sobre la dictadura de las masas, que sólo deja a éstas el poder necesario para asegurar la servidumbre universal de acuerdo con las siguientes fórmulas tomadas del absolutismo tradicional:
Poder indiviso;
Centralización absorbente;
Destrucción sistemática del pensamiento individual, corporativo y local, por considerárselo causa de división;
Policía inquisitorial".
Los socialistas "autoritarios" piden la "Revolución
desde arriba". "Sostienen que, después de la Revolución,
es preciso conservar el Estado. Mantienen, fortaleciéndolos aún
más, el Estado, el poder, la autoridad, el gobierno. Lo único
que hacen es adoptar otras denominaciones (...). ¡Como si bastara
con cambiar las palabras para transformar las cosas!". Proudhon agrega
irónicamente: "El gobierno es contrarrevolucionario por naturaleza
(...). Poned a un San Vicente de Paúl en el poder, y se convertirá
en un Guizot y un Talleyrand".
Bakunin critica al comunismo "autoritario" de esta suerte:
"Detesto el comunismo porque es la negación de la libertad y me
es imposible concebir lo humano sin libertad. No soy comunista porque el
comunismo concentra y absorbe en el Estado toda la potencia de la sociedad,
porque desemboca necesariamente en la centralización de la propiedad,
poniéndola por entero en manos del Estado, en tanto que yo deseo
la abolición de esta institución, la extirpación radical
de este principio de autoridad y de la tutela del Estado, que, so pretexto
de moralizar y civilizar a los hombres, hasta hoy sólo los ha sojuzgado,
oprimido, explotado y depravado. Deseo la organización de la sociedad
y de la propiedad colectiva o social desde abajo hacia arriba, por vía
de la libre asociación, y no desde arriba hacia abajo, por medio
de alguna forma de autoridad, cualquiera que ella sea (...). He aquí
en qué sentido soy colectivista y rechazo terminantemente el comunismo".
Poco después de este discurso (1868), Bakunin adhiere
a la Primera Internacional, en la cual choca, al igual que sus partidarios,
no sólo con Marx y Engels, sino también con otros que merecen
sus diatribas mucho más que los dos fundadores del socialismo científico.
Son los social-demócratas alemanes, que se aferran al fetichismo
del Estado y se proponen instaurar un equívoco "Estado popular"
(Volkstaat) mediante el voto y las alianzas electorales, y los blanquistas,
que propician una dictadura revolucionaria minoritaria de carácter
transitorio. Bakunin combate a sangre y fuego estas dos concepciones divergentes,
aunque igualmente "autoritarias", entre las cuales oscilan Marx y Engels
por razones tácticas hasta que, hostigados por las críticas
anarquistas, se decidirán a desaprobarlas relativamente.
El violento enfrentamiento de Bakunin y Marx se debe principalmente
a la modalidad sectaria y personal con que Marx pretende regentar la Internacional,
sobre todo después de 1870. En esta querella, donde se juega el
dominio de la organización –vale decir, del movimiento obrero internacional–,
ninguno de los dos protagonistas está libre de culpa. La actuación
de Bakunin es censurable, y los cargos que formula contra Marx carecen
frecuentemente de equidad y hasta de buena fe. No obstante, y esto es lo
que debe contar sobre todo para el lector moderno, tiene el mérito
de haber dado, ya en 1870, la voz de alarma contra ciertos conceptos sobre
la organización del movimiento obrero y del poder "proletario" que,
mucho más tarde, desnaturalizarían la Revolución Rusa.
A veces injustamente, a veces con razón, cree ver en el marxismo
el embrión de lo que será el leninismo y luego su cáncer,
el stalinismo.
Malignamente, Bakunin atribuye a Marx y Engels intenciones que ellos jamás expresaron directamente, en caso de haberlas abrigado en realidad, y exclama: "Pero, dirán, todos los obreros (...) no pueden llegar a ser sabios; ¿no basta que en el seno de esta asociación (la Internacional) se encuentre un grupo de hombres que poseen, en la medida en que ello sea posible en nuestros días, la ciencia, la filosofía y la política del socialismo, para que la mayoría (...), que ha de seguirlos con fe ciega, pueda tener la certeza de que no se desviará del sendero que la conducirá a la emancipación definitiva del proletariado? (...) Es éste un razonamiento que hemos oído emitir, no abiertamente –ni siquiera tienen la sinceridad o el valor necesario para hacerlo–, sino solapadamente, con toda clase de reticencias más o menos hábiles". Luego carga las tintas: "Al adoptar como base el principio (...) de que el pensamiento tiene prioridad sobre la vida, la teoría abstracta sobre la práctica social, y que, por ende, la ciencia sociológica debe constituir el punto de partida de las sublevaciones y de la reconstrucción sociales, llegaron necesariamente a la conclusión de que, por ser el pensamiento, la teoría y la ciencia propiedad exclusiva de un pequeñísimo grupo de personas, momentáneamente al menos, dicha minoría debería dirigir la vida social". El supuesto Estado popular no sería otra cosa que el gobierno despótico de las masas por una nueva y muy restringida aristocracia de verdaderos o pretendidos sabios.
Bakunin admira vivamente la capacidad intelectual de Marx,
cuya principal obra, El Capital, tradujo al ruso. Adhiere plenamente al
concepto materialista de la historia y aprecia mejor que nadie la contribución
teórica de Marx a la emancipación del proletariado. Pero
lo que no admite es que la superioridad intelectual confiera el derecho
de dirigir el movimiento obrero: "Pretender que un grupo de individuos,
aunque sean los más inteligentes y mejor intencionados, está
capacitado para ser el pensamiento, el alma, la voluntad rectora y unificadora
del movimiento revolucionario y de la organización económica
del proletariado de todos los países, implica una herejía
tal contra el sentido común y la experiencia histórica que
uno se pregunta, asombrado, de qué modo un hombre de tantas luces
como Marx pudo concebir semejante idea (...). La instauración de
una dictadura universal (...), de una dictadura que, en cierta forma, cumpliría
la tarea de un ingeniero en jefe de la revolución mundial, encargado
de regir y dirigir la insurrección de las masas de todos los países
cual se conduce una máquina (...), bastaría por sí
misma para matar la revolución, para paralizar y falsear todos los
movimientos populares (...). ¿Y qué pensar de un congreso
internacional que, invocando los supuestos intereses de esta revolución,
impone a los proletarios del mundo civilizado un gobierno investido de
poderes dictatoriales?".
La experiencia de la Tercera Internacional demostró
luego que, si bien Bakunin forzó un poco el pensamiento de Marx
al atribuirle conceptos tan universalmente "autoritarios", el peligro sobre
el cual llamó la atención no era de ningún modo imaginario
y se concretó mucho después.
En lo que concierne al peligro de la centralización
estatista dentro de un régimen comunista, el exiliado ruso no se
mostró menos clarividente. A su parecer, los socialistas "doctrinarios"
aspiran a "ponerle nuevos arneses al pueblo". Sin duda admiten, como los
libertarios, que todo Estado es un yugo, pero "sostienen que únicamente
la dictadura –la suya, se comprende– es capaz de crear la libertad para
el pueblo; a esto respondemos que ninguna dictadura tiene otro objetivo
que el de mantenerse el mayor tiempo que pueda". En lugar de dejar que
el proletariado destruya al Estado, desean "transferirlo (...) a manos
de sus benefactores, guardianes y profesores, vale decir, los jefes del
partido comunista". Pero, por percatarse de que tal gobierno constituirá,
"cualesquiera que sean sus formas democráticas, una verdadera dictadura",
"se consuelan con la idea de que esta dictadura ha de ser temporaria y
de corta duración". ¡Pues no!, rebate Bakunin. Dicho régimen,
supuestamente transitorio, conducirá de modo inevitable "a la resurrección
del Estado, de los privilegios, de la desigualdad, de todas las formas
de opresión estatal", a la creación de una aristocracia gubernamental
"que volverá a explotarlo y avasallarlo so pretexto de resguardar
el bien común o de salvar el Estado". Y éste será
"tanto más absoluto cuanto que su despotismo se disimula con todo
cuidado tras la apariencia de un obsequioso respeto (...) por la voluntad
del pueblo".
Siempre extraordinariamente lúcido, Bakunin vislumbra
la Revolución Rusa: "Si los obreros de Occidente tardan demasiado,
serán los campesinos rusos quienes den el ejemplo". En Rusia, la
Revolución será esencialmente "anárquica". ¡Pero
cuidado con su curso posterior! Podría suceder que los revolucionarios
continuaran simplemente el Estado de Pedro el Grande, "basado en (...)
la represión de toda manifestación de la vida popular", pues
"podemos cambiarle el rótulo al Estado, modificar su forma (...),
pero en el fondo será siempre el mismo". Debemos destruir este Estado
o bien "aceptar la mentira más vil y temible que haya engendrado
nuestro siglo (...): la burocracia roja". Y Bakunin añade mordazmente:
"Tomad al revolucionario más radical y sentadlo en el trono de todas
las Rusias e investidlo de poder dictatorial (...) y, antes de un año,
¡será peor que el propio zar!". (1*)
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1 "La ciencia y la tarea revolucionaria del momento", Kólokol, Ginebra, 1870.
* Los títulos de los artículos citados por el autor en distintos idiomas figuran traducidos al castellano y entre comillas en esta edición. Los nombres de las publicaciones en que tales artículos aparecieron, en cambio, se mantienen en su lengua original y tipográficamente destacados en itálica.
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Ya producida la Revolución en Rusia, Volin, que
será simultáneamente actor, testigo e historiador de aquélla,
podrá comprobar que la lección de los hechos confirma la
lección de los maestros. Sí, indiscutiblemente, poder socialista
y revolución social "son elementos contradictorios".
Imposible conciliarlos: "Una revolución que se
inspira en el socialismo estatista y le confía su destino, aunque
más no sea de modo ‘provisorio’ y ‘transitorio’, está perdida:
toma un camino falso, entra en una pendiente cada vez más empinada
(...). Todo poder político crea inevitablemente una situación
de privilegio para los hombres que lo ejercen (...). Al apoderarse de la
Revolución, al enseñorearse de ella y embridarla, el poder
está obligado a crear su aparato burocrático y coercitivo,
indispensable para toda autoridad que quiera mantenerse, mandar, ordenar,
en una palabra: ‘gobernar’ (...). De tal manera, da lugar a (...) una especie
de nueva nobleza (...): dirigentes, funcionarios, militares, policías,
miembros del partido gobernante (...). Todo poder busca adueñarse
de las riendas de la vida social. Predispone a las masas a la pasividad
por cuanto su sola existencia ahoga el espíritu de iniciativa (...).
El poder ‘comunista’ es (...) un verdadero instrumento de opresión.
Ensoberbecido por su "autoridad" (...) teme cualquier acto independiente.
Toda iniciativa autónoma le resulta sospechosa, amenazante, (...)
porque quiere tener el timón en sus manos, tenerlo él solo.
La iniciativa de otros le parece una injerencia en sus dominios y en sus
prerrogativas, cosa insoportable".
Además, ¿por que éste "provisorio"
y este "transitorio"? El anarquismo impugna categóricamente su supuesta
necesidad. Poco antes de la Revolución Española de 1936,
Diego Abad de Santillán hizo el siguiente planteamiento respecto
del socialismo "autoritario": "La revolución brinda la riqueza social
a los productores o no se la brinda. Si lo hace, si los productores se
organizan para producir y distribuir la producción colectivamente,
el Estado ya no tiene nada que hacer. Si no se la brinda, entonces la revolución
sólo es un engaño, y el Estado subsiste". Algunos considerarán
un poco simplista este dilema, pero veremos que no lo es tanto si lo juzgamos
a la luz de las intenciones que guían a anarquistas y a "autoritarios":
los primeros no son tan ingenuos como para soñar que el Estado puede
desaparecer de la noche a la mañana sin dejar rastros; pero los
mueve la voluntad de hacerlo decaer con la mayor rapidez. Los segundos,
en cambio, se complacen ante la perspectiva de eternizar un Estado transitorio,
arbitrariamente denominado "obrero".
LAS FUENTES DE ENERGIA: EL INDIVIDUO
En lugar de las jerarquías y la coacción
del socialismo "autoritario", el anarquista prefiere recurrir a dos fuentes
energía revolucionaria: el individuo y la espontaneidad de las masas.
El libertario es, según el caso, más individualista que societario
o más societario que individualista. Pero como observó Augustin
Hamon durante el estudio de opinión ya mencionado, es imposible
concebir a un libertario que no sea individualista.
Stirner rehabilitó al individuo en una época
en que, dentro del mundo filosófico, predominaba el antiindividualismo
hegeliano, y en que, dentro de la esfera de la crítica social, la
mayor parte de los reformadores se volcaba hacia lo opuesto al egoísmo
burgués, que tanto mal causaba: ¿ no nació acaso la
palabra socialismo como antónimo de individualismo?
Stirner exalta el valor intrínseco del individuo
"único", vale decir que no se parece a ningún otro, que creación
singular de la naturaleza (concepto confirmado por recientes investigaciones
biológicas. Durante mucho tiempo, la voz de este filósofo
no encontró eco en los círculos del pensamiento anarquista,
donde se lo consideraba un excéntrico, seguido apenas por una pequeña
secta de individualistas impenitentes. Sólo ahora apreciamos toda
la grandeza y toda la audacia de sus ideas. En efecto, el mundo contemporáneo
parece haberse impuesto la tarea de salvar al individuo del cúmulo
de alienaciones que lo aplastan, tanto las de la esclavitud industrial
como las del conformismo totalitario. En un célebre artículo
publicado en 1933, Simone Weil se lamenta de no poder encontrar en la literatura
marxista la respuesta a los interrogantes planteados por las necesidades
de la defensa del individuo contra las nuevas formas de opresión
que han sucedido a la capitalista clásica. Desde antes de mediados
del siglo XIX , Stirner se aplicó a llenar tan grave laguna.
Escritor de estilo vivo, restallante, se expresa en un
crepitar de aforismos: "No busquéis en el renunciamiento de vosotros
mismos una libertad que os priva precisamente de vosotros mismos: buscáos
a vosotros mismos (...). Que cada uno sea un yo todopoderoso". No hay más
libertad que la que el individuo conquista por sí mismo. La libertad
dada por otros, concedida, no es tal, sino un "bien robado". "Yo soy el
único juez que puede decidir si tengo o no razón". "Las únicas
cosas que no tengo derecho a hacer son las que no hago con espíritu
libre". "Tienes derecho a ser lo que tus fuerzas te permitan ser". Todo
lo que logramos, lo logramos como individuos únicos. "El Estado,
la sociedad, la Humanidad, no pueden domar a este diablo".
Para emanciparse, el individuo debe primero pasar por
tamiz el bagaje con que lo cargaron sus progenitores y educadores. Tiene
que emprender una gigantesca tarea de "desacrosantificación". Ha
de comenzar por la llamada moral burguesa: "Al igual que la burguesía,
su terreno natural, está todavía demasiado cerca del cielo
religioso, es muy poco libre aún; sin espíritu crítico,
le toma prestadas sus leyes, que trasplanta a su propio campo, en lugar
de crearse doctrinas propias e independientes".
Stirner se refiere particularmente a la moral sexual.
Los apóstoles del laicismo se apropian de todo lo que el cristianismo
"maquinó contra la pasión". Hacen oídos sordos al
llamado de la carne; despliegan gran celo contra ella. Golpean a la "inmoralidad
en plena cara". Los prejuicios morales inculcados por el cristianismo causan
estragos especialmente entre las masas populares: "El pueblo arroja furiosamente
a la policía contra todo lo que le parece inmoral o, simplemente,
inconveniente, y esta furia popular en defensa de la moral protege a la
institución policial mejor de lo que podría hacerlo jamás
el gobierno".
Adelantándose al psicoanálisis contemporáneo,
Stirner señala y denuncia la internalización. Desde la infancia,
nos hacen engullir los prejuicios morales. La moral se ha convertido en
"una potencia interior a la cual no puedo sustraerme". "Su despotismo es
diez veces peor que antes, porque gruñe en mi conciencia". "Los
niños son llevados como rebaño a la escuela, para que allí
aprendan las viejas cantilenas y, cuando saben de memoria la palabra de
los viejos, se los declara mayores". Stirner se muestra iconoclasta: "Dios,
la conciencia, los deberes, las leyes son otros tantos embustes con que
nos han atiborrado el cerebro y el corazón". Los verdaderos seductores
y corruptores de la juventud son los sacerdotes, los padres, que "entorpecen
y paralizan el corazón y la mente de los jóvenes". Si hay
una obra "diabólica", ella es sin duda esta supuesta voz divina
que se ha hecho entrar en las conciencias.
En su rehabilitación del individuo, Stirner descubre
también el subconsciente freudiano. El Yo no se deja atrapar por
el intelecto. "El imperio del pensamiento, de la reflexión, del
espíritu, se hace pedazos" contra ese Yo. El es lo inexpresable,
lo inconcebible, lo inasible. A través de sus brillantes aforismos,
se oye el primer eco de la filosofía existencialista: "Parto de
una hipótesis tomándome a Mí mismo como hipótesis
(...). La utilizo únicamente para gozar, para recrearme en ella
(...). Sólo existo en tanto me nutro de ella (...). El hecho de
que Yo me absorba significa que Yo existo".
Naturalmente, la inspiración que mueve la pluma
de Stirner lo lleva, de tanto en tanto, a caer en paradojas. A veces formula
aforismos asociales y hasta llega a la conclusión de que la vida
en sociedad es imposible: "No aspiramos a la vida en común sino
a la vida por separado". "¡El pueblo ha muerto! ¡Viva Yo!"
"La felicidad del pueblo es mi infelicidad." "Es justo lo que es justo
para mí. Puede (...) que no sea justo para los demás; allá
ellos: que se defiendan".
Pero quizá estos ocasionales arrebatos no traduzcan
el verdadero fondo de su pensamiento. Pese a sus baladronadas de ermitaño,
Stirner aspira a la vida comunitaria. Lo mismo que la mayor parte de los
individuos aislados, amurallados, introvertidos, siente una punzante nostalgia
por esa forma de vida. A la pregunta de cómo puede vivirse en sociedad
con un espíritu tan exclusivista, responde que solamente el hombre
que ha comprendido su propia "unicidad" está capacitado para entrar
en relación con sus semejantes. El individuo tiene necesidad de
amigos, de ayuda; si, por ejemplo, escribe libros, necesita lectores. Se
une a su prójimo para aumentar su poder y lograr, por obra de la
fuerza común, lo que nadie podría hacer aisladamente. "Si
detrás de ti hay varios millones de personas que te protegen, entre
todos constituís una fuerza poderosa y obtendréis fácilmente
la victoria". Pero debe llenarse una condición: esta relación
con los demás tiene que ser voluntaria y libre, siempre anulable.
Stirner establece una distinción entre la sociedad preestablecida,
donde hay coerción, y la asociación, que es un acto libre:
"La sociedad se sirve de ti, pero de la asociación eres tú
quien se sirve". Sin duda, la asociación implica un sacrificio,
una limitación de la libertad. Mas este sacrificio no se realiza
en aras de la cosa pública: "Sólo mi interés personal
me llevó a hacerlo".
Al tratar sobre los partidos políticos –el comunista,
expresamente– el autor de El Unico y su Propiedad toca uno de los problemas
que más preocupan al mundo contemporáneo. Critica severamente
el conformismo de partido. "Hay que seguir al partido en todo y por todo:
hay que aprobar y sostener de modo absoluto sus principios esenciales".
"Los miembros (...) se someten a los menores deseos del partido". El programa
partidario debe "ser para ellos lo cierto, lo indudable (...). Es preciso
pertenecer en cuerpo y alma al partido (...). Cuando alguien pasa de un
partido a otro, inmediatamente se le califica de renegado". En opinión
de Stirner, un partido monolítico deja de ser una asociación,
no es más que un cadáver. Rechaza ese tipo de partido, pero
conserva la esperanza de entrar en una asociación política:
"Siempre encontraré bastante gente que quiera asociarse conmigo
sin tener que jurar fidelidad a mi bandera". Sólo se uniría
a un partido si éste no tuviera "nada de obligatorio". La única
condición para su eventual adhesión sería la posibilidad
de que "el partido no se apoderará de él". Para él,
el partido es simplemente una partida, y él es de la partida, toma
parte en ella. "Se asocia libremente y puede recuperar sin obstáculos
su libertad".
En el razonamiento de Stirner sólo falta una aclaración, aunque ella se insinúa en sus escritos. Nos referimos a su concepto del individuo como unidad. Esta posición no es simplemente "egoísta", útil para su "Yo"; también es provechosa para la colectividad. Una asociación humana sólo es fecunda cuando no destruye al individuo, sino que, por el contrario, fomenta su iniciativa, su energía creadora. ¿Acaso la fuerza de un partido no es la suma de todas las fuerzas individuales que lo componen?
La laguna en cuestión proviene del hecho de que
la síntesis stirneriana del individuo y de la sociedad ha quedado
incompleta, imperfecta. Lo asocial y lo social se enfrentan en el pensamiento
de este rebelde sin llegar siempre a fundirse. No sin razón, los
anarquistas societarios le reprocharán esta deficiencia.
Y sus reproches serán tanto más acres cuanto
que Stirner, sin duda mal informado, cometió el error de ubicar
a Proudhon entre los comunistas "autoritarios" que, en nombre del "deber
social", reprueban las aspiraciones individualistas.
Si bien es cierto que Proudhon se mofó de la "adoración"
stirneriana por el individuo, (2) no es menos cierto que toda su obra constituye
una búsqueda de la síntesis, o, mejor dicho, del "equilibrio"
entre la preocupación por el individuo y los intereses de la sociedad,
entre la fuerza individual y la colectiva. "Así como el individualismo
es el hecho primordial, la asociación es su término complementario".
"Algunos, por considerar que el hombre sólo tiene valor en cuanto
miembro de la sociedad (...), tienden a absorber al individuo dentro de
la colectividad. Tal es (...) el sistema comunista: la anulación
de la personalidad en nombre de la sociedad (...). Se trata de una tiranía,
una tiranía mística y anónima, y no de una asociación
(...). Al privar a la persona humana de sus prerrogativas, la sociedad
se encontró despojada de su principio vital".
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(2) Sin nombrar a Stirner, cuya obra es dudoso que haya leído.
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Pero, por otro lado, Proudhon censura la utopía
individualista porque ésta aglomera individualidades yuxtapuestas,
carentes de todo vínculo orgánico y de fuerza de colectividad,
y porque se muestra incapaz de solucionar el problema de la conciliación
de intereses. En conclusión: ni comunismo ni libertad ilimitada,
"Tenemos demasiados intereses solidarios, demasiadas cosas en común".
Por su parte, Bakunin es al mismo tiempo individualista
y societario. No se cansa de repetir que únicamente partiendo del
individuo libre podremos erigir una sociedad libre. Cada vez que enuncia
los derechos que han de garantizarse a las colectividades –tales como los
de autodeterminación y de separación– tiene el cuidado de
colocar al individuo a la cabeza de los beneficiarios de dichos derechos.
El individuo sólo tiene derechos para con la sociedad en la medida
en que acepta libremente formar parte de ella. Todos podemos elegir entre
asociarnos o no; todos tenemos la libertad de irnos a "vivir en el desierto
o en la selva, entre los animales salvajes", si así nos place. "La
libertad es el derecho absoluto de cada ser humano de no admitir para sus
actos otra sanción que la de su propia conciencia, de decidirlos
únicamente por voluntad propia y, por consiguiente, de ser responsable
de ellos, ante todo frente a sí mismo". La sociedad en la cual el
individuo ha entrado por libre elección sólo figura en segundo
lugar en la mencionada enumeración de responsabilidades. Además,
la sociedad tiene más deberes que derechos respecto del individuo;
a condición de que éste sea mayor, no ejerce sobre él
"ni vigilancia ni autoridad" y, en cambio, está obligada a "proteger
su libertad".
Bakunin llega muy lejos en la práctica de la "libertad
absoluta y completa". Tengo el derecho de disponer de mi persona a mi gusto,
de ser holgazán o activo, de vivir honestamente, de mi propio trabajo,
o explotando vergonzosamente la caridad o la confianza privada. Hay una
sola condición: esta caridad y esta confianza deben ser voluntarias
y sólo prodigadas por individuos mayores de edad. Hasta tengo el
derecho de ingresar en asociaciones que, por sus objetivos, serían
o parecerían "inmorales". En su preocupación por la libertad,
Bakunin llega a admitir que el individuo adhiera a grupos cuyos fines sean
corromper y destruir la libertad individual o pública: "La libertad
no puede ni debe defenderse más que con la libertad; y es un peligroso
contrasentido querer menoscabarla con el pretexto de protegerla".
En cuanto al problema ético, Bakunin está
convencido de que la "inmoralidad" es consecuencia de una organización
viciosa de la sociedad, con la cual, por ende, debe terminarse definitivamente.
Sólo se puede moralizar con la libertad absoluta. Siempre que se
impusieron restricciones con la excusa de proteger la moral, ellas fueron
en detrimento de esa misma moral. Lejos de detener el desbordamiento de
la inmoralidad, la represión sirvió invariablemente para
aumentarla y fomentarla; por eso es ocioso oponerle los rigores de una
legislación que usurparía la libertad individual. Como sanción
contra las personas parásitas, holgazanas y dañinas, Bakunin
acepta únicamente la privación de los derechos políticos,
vale decir, de las garantías acordadas al individuo por la sociedad.
Igualmente, todo individuo tiene el derecho de enajenar su libertad, en
cuyo caso pierde el goce de sus derechos políticos mientras dure
esta esclavitud voluntaria.
En cuanto a los delitos, deben considerarse como una enfermedad,
y su castigo ha de ser una cura antes que una venganza de la sociedad.
Además, el condenado tendrá la prerrogativa de no acatar
la pena si se declara dispuesto a dejar de formar parte de la sociedad
que lo condenó. Esta, a su vez, tiene el derecho de expulsarlo de
su seno y de retirarle su garantía y protección.
Pero Bakunin no es en modo alguno nihilista. El que proclame
la absoluta libertad individual no significa que reniegue de toda obligación
social. Mi libertad es consecuencia directa de la de los demás.
"El hombre sólo realiza su individualidad libre si la completa con
todos los individuos que lo rodean, y únicamente merced al trabajo
y a la fuerza colectiva de la sociedad". La asociación es voluntaria,
pero Bakunin no duda de que, dadas sus enormes ventajas, "todo el mundo
preferirá la asociación". EI hombre es, a la vez, "el animal
más individualista y más social".
Nuestro escritor no se muestra muy blando con el egoísmo, en el sentido vulgar de la palabra, con el individualismo burgués "que impulsa al individuo a conquistar y afianzar su propio bienestar (...) contra todos, en perjuicio y a costa de los demás". "El individuo humano solitario y abstracto es una
ficción semejante a la de Dios". "El aislamiento
absoluto lleva a la muerte intelectual, moral y hasta material".
Espíritu amplio y sintético, Bakunin propone
echar un puente entre los individuos y el movimiento de masas: "La vida
social no es otra cosa que esa incesante dependencia mutua de individuo
y masa. Todos los individuos, aún los más inteligentes, los
más fuertes (...), son, en cada instante de su vida, promotores
al mismo tiempo que producto de la voluntad y la acción de las masas".
A juicio de los anarquistas, el movimiento revolucionario es obra de tal
acción recíproca; por ello, desde el punto de vista de la
productividad militante, atribuyen igual importancia a la acción
individual y a la colectiva, autónoma, de las masas.
En vísperas de la Revolución de julio de
1936, pese a su profundo deseo de socialización, los anarquistas
españoles, herederos espirituales de Bakunin, no dejaron de garantizar
solemnemente la sagrada autonomía del individuo. Así, Diego
Abad de Santillán escribió: "La eterna aspiración
a la unicidad se expresará de mil maneras: el individuo no será
ahogado por ninguna nivelación (...). El individualismo, el gusto
particular, la singularidad, encontrarán suficiente campo para manifestarse".
LAS FUENTES DE ENERGIA: LAS MASAS
La Revolución de 1848 le reveló a Proudhon que las masas son la fuerza motriz de las revoluciones. A fines de 1849, apuntó: "Las revoluciones no reconocen iniciadores; se producen cuando el destino las llama; se detienen cuando se agota la fuerza misteriosa que las hizo florecer". "Todas las revoluciones se realizaron por la acción espontánea del pueblo; si alguna vez los gobiernos siguieron la iniciativa popular, lo hicieron forzados, obligados. Por lo general, los gobiernos desbarataron, oprimieron, aplastaron". "Librado a su puro
instinto, el pueblo siempre ve mejor que cuando es conducido
por la política de sus caudillos". "Una revolución social
(...) no se produce por orden de un maestro poseedor de una teoría
perfectamente elaborada o por dictado de un profeta. Una revolución
verdaderamente orgánica, producto de la vida universal, no es en
realidad obra de nadie, aunque tenga sus mensajeros y ejecutores". La revolución
tiene que hacerse desde abajo, no desde arriba. Y una vez superada la crisis
revolucionaria, la subsiguiente reconstrucción social debe ser obra
de las propias masas populares. Proudhon afirma "la personalidad y la autonomía
de las masas".
Bakunin, a su vez, no se cansa de repetir que una revolución
social no puede ser decretada ni organizada desde arriba, y que sólo
la acción espontánea y continua de las masas puede hacerla
y cumplirla plenamente, hasta el fin. Las revoluciones "vienen como el
ladrón en la noche". Son "producidas por la fuerza de las cosas".
"Se preparan durante largo tiempo en la profundidad de la conciencia instintiva
de las masas populares, para luego estallar, muchas veces provocadas en
apariencia por causas fútiles". "Se puede preverlas, presentir su
proximidad (...), pero jamás acelerar su estallido". "La revolución
social anarquista (...) surge por sí misma en el seno del pueblo
para destruir todo cuanto se opone al generoso desbordamiento de la vida
popular y crear, desde las profundidades mismas del alma popular, las nuevas
formas de la vida social libre". La experiencia de la Comuna de 1871 es
para Bakunin una gloriosa confirmación de sus puntos de vista. En
efecto, los comuneros se mostraron convencidos de que, en la revolución
social, "la acción individual era casi nula y la acción espontánea
de las masas debía serlo todo".
Al igual que sus predecesores, Kropotkin celebra "este
admirable espíritu de organización espontánea que
el pueblo (...) pose en tal alto grado y que tan raramente se le permite
ejercitar". Y añade con sorna: "Hay que haber pasado toda la vida
con la cabeza hundida entre papeles para dudar de su existencia".
Pese a estas afirmaciones generosamente optimistas, el
anarquista, lo mismo que su hermano enemigo, el marxista, se ve frente
a una terrible contradicción: la espontaneidad de las masas es esencial,
primordial, pero no basta. Para que llegue a ser conciencia, resulta indispensable
la ayuda de una minoría de revolucionarios capaces de dar forma
a la revolución. ¿Cómo evitar que esta minoría
de elegidos aproveche su superioridad intelectual para sustituir a las
masas, paralizar su iniciativa y hasta imponerles una nueva dominación?
Proudhon exaltó idílicamente la espontaneidad
popular, pero luego la experiencia lo llevó a reconocer hasta qué
punto son inertes las masas; a deplorar los prejuicios que las atan a un
gobierno, el instinto de respeto hacia la autoridad y el complejo de inferioridad
que traban su impulso. Llegó entonces a la conclusión de
que el pueblo necesita que se lo instigue a la acción colectiva.
Si las clases inferiores no fuesen esclarecidas por alguien de fuera, su
servidumbre podría prolongarse indefinidamente.
Proudhon admite que "las ideas que en todas las épocas
provocaron la agitación de las masas nacieron primero en el cerebro
de los pensadores (...). Las multitudes jamás tuvieron la prioridad
(...). La prioridad, en todo acto de la inteligencia, corresponde a la
individualidad". Lo ideal sería que estas minorías conscientes
comunicaran al pueblo su ciencia, la ciencia revolucionaria. Pero Proudhon
parece escéptico en cuanto a la posibilidad de llevar a la práctica
tal síntesis: a su juicio, ello sería desconocer que, por
su naturaleza, la autoridad lo invade todo. A lo sumo, podrían "equilibrarse"
los dos elementos.
Antes de convertirse al anarquismo (hacia 1864), Bakunin
dirigió conspiraciones y sociedades secretas; así se familiarizó
con la idea, típicamente blanquista, de que la acción minoritaria
ha de ser precursora del despertar de las grandes masas y luego, una vez
arrancadas éstas de su letargo, debe ganarse a sus elementos más
avanzados. En la Internacional obrera, primer gran movimiento proletario,
el problema se plantea de distinta manera. Pero Bakunin, ya anarquista,
sigue convencido de la necesidad de una vanguardia consciente: "Para que
la revolución triunfe sobre la reacción es preciso que en
medio de la anarquía popular que constituirá toda la vida
y la energía de la revolución, el pensamiento y la acción
revolucionarios tengan un cuerpo unificador". Un grupo de varios individuos
unidos por un mismo ideal y una misma meta debe ejercer una "acción
natural sobre las masas". "Diez, veinte o treinta hombres bien concertados
y organizados, que saben hacia dónde van y qué buscan, fácilmente
arrastran en pos de sí a cien, doscientas, trescientas y hasta más
personas". Tenemos que agrupar a los jefes del movimiento popular en estados
mayores bien organizados e inspirados por altos ideales".
Los medios propuestos por Bakunin se asemejan grandemente
a lo que la jerga política moderna designa con el nombre de "infiltración".
Se trata de soliviantar "bajo cuerda" a los individuos más inteligentes
e influyentes de cada localidad "para que esta organización siga,
dentro de lo posible, los principios que sustentamos. En esto reside el
secreto de nuestra influencia". Los anarquistas han de ser cual "pilotos
invisibles" en medio de la tempestad popular. Es su tarea dirigirla, no
con un "poder ostensible", sino mediante una "dictadura sin insignias,
sin títulos, sin derechos oficiales, tanto más poderosa cuanto
que no tendrá ninguno de los atributos exteriores del poder".
Pero Bakunin no ignora cuán poco difiere su terminología
("jefes", "dictadura", etc.) de la empleada por los adversarios del anarquismo
y, por ello, replica de antemano con un ¡no! "a quien sostenga que
una acción así organizada atenta contra la libertad de las
masas, y es una tentativa de crear una nueva potencia autoritaria". La
vanguardia consciente no debe ser el grupo benefactor o la cabeza dictatorial
del pueblo, sino que debe, solamente, hacer las veces de comadrona que
lo ayude a lograr su autoliberación. Su única misión
es la de difundir entre las masas las ideas que correspondan a sus instintos;
nada más. El resto sólo debe y puede ser realizado por el
propio pueblo. Las "autoridades revolucionarias" (Bakunin no retrocede
ante esta palabra y se excusa expresando el deseo de "que las haya lo menos
posible") tienen que provocar la revolución en el seno de las masas
y no imponérsela, tienen que llevarlas a su organización
autónoma desde abajo hacia arriba y no someterlas a alguna organización,
Bakunin vislumbra ya el fenómeno que, mucho después,
Rosa Luxemburg definirá en forma cabal y explícita: la contradicción
entre la espontaneidad libertaria y la necesidad de que intervengan vanguardias
conscientes no quedará verdaderamente resuelta hasta el día
en que se produzca la fusión de la ciencia con la clase obrera,
en que la masa sea plenamente consciente y no tenga ya necesidad de "jefes",
sino, sencillamente, de "cuerpos ejecutivos" de su "acción consciente".
Tras subrayar que el proletariado aún carece de organización
y conocimientos, el anarquista ruso llega a la conclusión de que
la Internacional no podrá convertirse en instrumento de emancipación
"hasta tanto no haya hecho penetrar en la conciencia de cada uno de sus
miembros la ciencia, la filosofía y la política del socialismo".
Mas esta síntesis, satisfactoria desde el punto
de vista teórico, es una letra de cambio girada para un porvenir
lejano. Y mientras esperan que la evolución histórica permita
el cumplimiento de dicha síntesis, los anarquistas, al igual que
los marxistas, permanecerán prisioneros de una contradicción.
Esta destrozará a la Revolución Rusa, desgarrada entre el
poder espontáneo de los soviets y la ambición del partido
bolchevique de cumplir el "papel de dirigente"; se manifestará en
la Revolución Española, en la cual los libertarios fluctuarán
entre dos polos: el representado por el movimiento de masas y el constituido
por la minoría consciente anarquista.
Nos limitaremos a ilustrar esta contradicción con
dos citas: la experiencia de la Revolución Rusa llevará a
los anarquistas a una conclusión categórica: la condenación
del "papel dirigente" del Partido. Volin se expresará al respecto
de esta suerte: "La idea fundamental del anarquismo es simple: ningún
partido, ningún grupo político o ideológico que se
coloque por encima o fuera de las masas laboriosas para ‘gobernarlas’ o
‘guiarlas’, logrará jamás emanciparlas, aún cuando
lo desee sinceramente. La emancipación efectiva sólo se concretará
mediante la actividad directa (...) de los interesados, de los propios
trabajadores, unidos, no ya bajo la bandera de un partido político
o de una agrupación ideológica, sino en sus propias organizaciones
(sindicatos de producción, comités de fábrica, cooperativas,
etc.), sobre la base de una acción concreta y la ‘autoadministración’,
ayudados, pero no gobernados, por los revolucionarios que obran desde dentro
de la masa, no por encima de ella (...). La idea anarquista y la verdadera
revolución emancipadora no podrían ser realizadas por los
anarquistas como tales, sino únicamente por las grandes masas (...),
pues los anarquistas o, mejor dicho, los revolucionarias en general, sólo
están llamados a esclarecer y ayudar al pueblo en ciertos casos.
Si los anarquistas se creyeran capaces de cumplir la revolución
social "guiando" a las masas, tal pretensión sería ilusoria,
como lo fue la de los bolcheviques por las mismas razones".
Sin embargo, los anarquistas españoles sentirán,
a su turno, la necesidad de organizar, dentro de su gran central obrera,
la Confederación Nacional del Trabajo, una minoría ideológica
consciente: la Federación Anarquista Ibérica. Ello obedeció
al deseo de combatir las tendencias reformistas de ciertos sindicalistas
"puros", así como las maniobras de los agentes de la "dictadura
del proletariado". Inspirada en las recomendaciones de Bakunin, la FAI
se esforzó por esclarecer antes que por dirigir; además,
la conciencia libertaria relativamente desarrollada de los muchos elementos
de base de la CNT contribuyó a evitar que la FAI cayera en los excesos
de los partidos revolucionarios "autoritarios". No obstante, cumplió
harto mediocremente el papel de guía, pues, más rica en activistas
y en demagogos que en revolucionarios consecuentes –así en el plano
teórico como en el práctico–, sus intentos de orientar a
los sindicatos resultaron torpes y fallidos, y siguió una estrategia
vacilante.
La relación entre la masa y la minoría consciente
constituye un problema que aún no ha sido plenamente solucionado,
ni siquiera por los anarquistas; al parecer, todavía no se ha dicho
la ultima palabra al respecto.
Segunda parte
En busca de la sociedad futura
EL ANARQUISMO NO ES UTOPICO
Por proclamarse constructivo, el anarquismo rechaza ante
todo la acusación de utópico. Recurre al método histórico
para tratar de probar que la sociedad futura no es invención suya,
sino, simplemente, producto del trabajo subterráneo del pasado.
Proudhon afirma que, bajo el inexorable sistema de autoridad que la aplasta
desde hace seis mil años, la humanidad se ha sostenido merced a
una "virtud secreta": "Por debajo del aparato gubernamental y de las instituciones
políticas, la sociedad producía lenta y silenciosamente su
propio organismo; se constituía un orden nuevo, expresión
de su vitalidad y autonomía".
El gobierno, perjudicial como es, contiene en sí
su propia negación. Es "un fenómeno de la vida colectiva,
la representación externa de nuestro derecho, una manifestación
de la espontaneidad social, una preparación de la humanidad para
un estado superior. En la religión, en lo que se denomina Dios,
la humanidad se busca a sí misma. De igual modo, en el gobierno
(...), el ciudadano se busca a sí mismo, busca la libertad". La
Revolución Francesa aceleró esta marcha incontenible hacia
la anarquía: "Desde el día en que nuestros padres (...) establecieron
como principio el libre ejercicio de las facultades del hombre y del ciudadano,
desde ese día, la autoridad quedó negada en el cielo y en
la tierra, y el gobierno, aún por delegación, pasó
a ser imposible".
La revolución industrial hace el resto. A partir
de ese momento, la política queda subordinada a la economía.
El gobierno ya no puede prescindir de la colaboración directa de
los productores; en realidad, sólo representa la relación
de los intereses económicos. La formación del proletariado
da cima a este proceso evolutivo. Mal que le pese, el poder ya no expresa
sino el socialismo. "El código de Napoleón es tan inadecuado
para la sociedad nueva como la república platónica: dentro
de pocos años, cuando el elemento económico haya sustituido
el derecho absoluto de la propiedad por el derecho relativo y móvil
de la mutualidad industrial, será necesario reconstruir de arriba
abajo este palacio de cartón".
A su vez, Bakunin reconoce alborozado "el incontestable
e inmenso servicio prestado a la humanidad por esta Revolución Francesa,
de la cual todos somos hijos". Se borró el principio de autoridad
de la conciencia del pueblo, y el orden desde arriba quedó anulado
por siempre jamás. Resta ahora "organizar la sociedad de manera
que pueda vivir sin gobierno". Bakunin invoca la tradición popular
para demostrar que esto puede lograrse. "Pese a la tutela opresora y dañina
del Estado", a través de los siglos las masas "han desarrollado
espontáneamente en su seno si no todos, por lo menos muchos de los
elementos esenciales del orden material y moral que constituye la verdadera
unidad humana".
NECESIDAD DE LA ORGANIZACION
El anarquismo no acepta ser sinónimo de desorganización.
Proudhon fue el primero en proclamar que la anarquía no consiste
en el desorden, sino, por el contrario, en el orden, el orden natural,
por oposición al artificial impuesto desde arriba; en la unidad
verdadera, a diferencia de la falsa engendrada por la coerción.
Una sociedad de esta naturaleza "piensa, habla y actúa como un hombre,
precisamente porque ya no está representada por un hombre, porque
ya no reconoce autoridad personal, porque en ella, como en todo ser organizado
y viviente, como en el infinito de Pascal, el centro está por doquier
y la circunferencia, en ninguna parte". La anarquía es la "sociedad
organizada, viva", "el más alto grado de libertad y de orden que
puede alcanzar la humanidad". Si ciertos anarquistas llegaron a pensar
de distinta manera, el italiano Errico Malatesta los llamó a la
realidad: "Por creer, debido a la influencia de la educación autoritaria
recibida, que la autoridad es el alma de la organización social,
para combatir a la primera, combatieron y negaron a la segunda (...). El
error fundamental de los anarquistas enemigos de la organización
consiste en creer que ésta no es posible sin autoridad, y en preferir,
admitida esta hipótesis, la renuncia a toda organización
antes que aceptar el menor atisbo de autoridad (...). Si creyéramos
que no puede haber organización sin autoridad, seríamos autoritarios,
pues nos quedaríamos con la autoridad, que traba y entristece la
vida, antes que con la desorganización, que la hace imposible".
Volin, anarquista ruso del siglo XX, es más terminante:
"Una interpretación errónea –o, las más de las veces,
deliberadamente inexacta– afirma que la concepción libertaria descarta
toda forma de organización. Nada más falso. No se trata de
‘organización’ o de ‘no organización’, sino de dos principios
de organización diferentes (...). Naturalmente, sostienen los anarquistas,
la sociedad tiene que estar organizada. Pero la nueva organización
(...) debe hacerse libremente, con vistas a lo social y, sobre todo, desde
abajo. El principio de organización no ha de partir de un centro
creado de antemano para acapararlo todo e imponerse al conjunto, sino –muy
al contrario– de todos los puntos, para convergir en núcleos de
coordinación, centros naturales destinados a servir de enlace entre
la totalidad de esos puntos (...). Inversamente, la otra forma de ‘organización’,
calcada de la vieja sociedad de opresión y explotación (...),
llevaría al paroxismo todas las lacras de la antigua sociedad (...).
Sólo podría mantenerse con ayuda de un nuevo artificio".
En realidad, los anarquistas no serán solamente
partidarios de la verdadera organización, sino, como conviene Henri
Lefebvre, en su reciente libro sobre la Comuna, "organizadores de primer
orden". No obstante, el filósofo cree ver aquí una contradicción,
"contradicción bastante asombrosa", observa, "que encontramos en
la historia del movimiento obrero hasta nuestros días, especialmente
en España". Esto sólo puede ser "asombroso" para quienes,
a priori, consideran a los libertarios como adalides de la desorganización.
LA AUTOGESTION
El Manifiesto Comunista de Marx y Engels, redactado a
principios de 1848, en vísperas de la Revolución de Febrero,
postulaba como única solución posible –al menos por un largo
período transitorio– la concentración del conjunto de los
medios de producción en manos de un Estado omnímodo, y tomaba
de Louis Blanc la idea autoritaria de reclutar a los trabajadores de la
industria y del campo en "ejércitos industriales". Proudhon fue
el primero que presentó una tesis contraria, al proponer una gestión
económica no estatal.
Con la Revolución de Febrero, brotaron espontáneamente
en París, en Lyon, diversas asociaciones obreras de producción.
Más que en la revolución política, es en esta naciente
autogestión donde el Proudhon de 1848 ve el verdadero "hecho revolucionario".
No fue inventada por teóricos ni predicada por doctrinarios. No
el Estado, sino el pueblo, dio el impulso inicial. Y Proudhon urge a los
trabajadores a organizarse de modo análogo en todos los puntos de
la República, a conquistar, en primer término, la pequeña
propiedad, el pequeño comercio y la pequeña industria y,
luego, las grandes propiedades y empresas, para terminar en las explotaciones
de mayor importancia (minas, canales, ferrocarriles, etc.) y llegar, de
esta manera, a "ser dueños de todo".
De las ideas de Proudhon, hoy se tiende a recordar únicamente
sus veleidades –ingenuas y antieconómicas, por cierto– de hacer
sobrevivir la pequeña empresa artesanal y comercial. Pero en este
punto su pensamiento es ambivalente. A decir verdad, Proudhon era la contradicción
en persona. Censuraba enérgicamente la propiedad privada por considerarla
fuente de injusticia y explotación, mas también creía
ver en ella cierta garantía de independencia personal; de ahí
su debilidad por la propiedad. Para colmo, con demasiada frecuencia se
confunde a Proudhon con la "pequeña camarilla supuestamente proudhoniana"
que, según Bakunin, se formó en torno de él en los
últimos años de su vida. Este grupito, bastante reaccionario,
fracasó desde el comienzo. Vanamente trató, en la Primera
Internacional, de oponer al colectivismo la propiedad privada de los medios
de producción. Y si duró poco, ello se debió sobre
todo a que la mayoría de sus adeptos, fácilmente convencidos
por los argumentos de Bakunin, no tardaron en abandonar sus conceptos presuntamente
proudhonianos para volcarse al colectivismo.
Además, el último grupito de "mutualistas",
como se autotitulaban, sólo rechazaba parcialmente la propiedad
colectiva: estaba en contra de su aplicación en la agricultura pues
estimaba que el individualismo del campesino francés no lo permitiría;
en cambio, aceptaba el sistema colectivista para los transportes y reclamaba
su aplicación en la autogestión industrial, sin admitir la
denominación. Y si retrocedía ante esta palabra era principalmente
porque los colectivistas discípulos de Bakunin y ciertos marxistas
"autoritarios", que apenas disimulaban su inclinación por la dirección
estatal de la economía, habían formado temporariamente contra
él un frente único que provocaba su inquietud.
En realidad, Proudhon sigue el paso de su tiempo. Comprende
que es imposible volver atrás. Es lo bastante realista para percatarse,
según nos confía en sus Carnets, de que "la pequeña
industria es cosa tan tonta como el cultivo de la tierra en escala individual".
En lo referente a la gran industria moderna, que exige abundante mano de
obra y una avanzada mecanización, es decididamente colectivista:
"La industria y el cultivo en gran escala deben nacer de la asociación,
tal tarea que toca al futuro". "No podemos elegir", afirma categóricamente.
Y se indigna contra quienes osaron decir que es adversario del progreso
técnico.
Pero su colectivismo rechaza el estatismo con idéntica
firmeza. La propiedad debe quedar abolida. En cuanto la comunidad (en el
sentido que da a la palabra el comunismo "autoritario"), es opresión
y servidumbre. Por tanto, Proudhon busca una combinación de comunidad
y propiedad: la asociación. Los instrumentos de producción
y de intercambio no deben estar administrados por compañías
capitalistas ni tampoco por el Estado. Por ser para los trabajadores "lo
que la colmena para las abejas", ha de confiarse su dirección a
asociaciones de obreros. Solamente así dejarán las fuerzas
colectivas de estar "alienadas" en beneficio de unos pocos explotadores.
En estilo de manifiesto, escribe Proudhon: "Nosotros, productores asociados
o en vías de asociarnos, no tenemos necesidad de un Estado (...).
La explotación por el Estado equivale a una monarquía y mantiene
el salariado (...). Queremos terminar con el gobierno del hombre por el
hombre, con la explotación del hombre por el hombre. Socialismo
es lo opuesto de gubernamentalismo (...). Deseamos que estas asociaciones
constituyan (...) el primer núcleo de una vasta federación
de compañías y sociedades unidas por el lazo común
de la república democrática y social".
Al entrar en detalles acerca de la autogestión
obrera, Proudhon enumera con precisión los principios esenciales
de ella:
Todo individuo asociado tiene derechos indivisos en el
activo de la compañía.
Cada obrero debe cumplir su parte en las tareas desagradables
y penosas.
Tiene la obligación de pasar por una serie de trabajos
y estudios, de grados y empleos que le permitan adquirir conocimientos
enciclopédicos. Proudhon insiste en la necesidad de que "el obrero
realice toda la serie de operaciones de la industria a la cual está
ligado".
Las funciones son electivas y los reglamentos están
sujetos a la aprobación de los asociados.
La remuneración es proporcional a la naturaleza
de la función desempeñada, a la importancia del talento y
al grado de la responsabilidad que se asume. Todos los asociados participan
en los beneficios proporcionalmente a los servicios que prestan.
Quien desee abandonar la asociación, puede hacerlo
libremente tras arreglar cuentas y liquidar sus derechos.
Los trabajadores asociados eligen a sus directores, ingenieros,
arquitectos y contadores. Proudhon recalca que el proletariado carece aún
de técnicos, por lo cual es necesario vincular con la autogestión
obrera a "personalidades industriales y comerciales" que iniciarían
a los obreros en la disciplina de los negocios y recibirían emolumentos
fijos: hay "lugar para todos bajo el sol de la revolución".
Este concepto libertario de la autogestión es la antítesis de la autoadministración paternalista y estatal esbozada por Louis Blanc en un proyecto de decreto del 15 de setiembre de 1849. El autor de L’Organization du Travail quiere crear asociaciones obreras bajo la égida del Estado, comanditadas por el Estado. Propone la siguiente repartición autoritaria de los beneficios:
25 % para un fondo de amortización del capital;
25 % para un fondo de seguro social;
25 % para un fondo de reserva;
25 % para repartir entre los trabajadores. (1)
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(1) Compárese esta distribución con las estipulaciones de los decretos de marzo de 1963, por los cuales la República de Argelia institucionalizó la autogestión, originariamente creación espontánea de los campesinos. La repartición de los beneficios –si no la fijación de los porcentajes– entre los diversos fondos previstos es aproximadamente igual a la de Blanc. El 25 % "para repartir entre los trabajadores" es, simplemente el "saldo de cuentas" que tantas controversias suscitó en Argelia.
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Proudhon rechaza rotundamente la autogestión de
este tipo. En su concepto, los trabajadores asociados no deben "someterse
al Estado" sino "ser el Estado mismo". "La asociación (...) puede
hacerlo todo, reformarlo todo, sin la ayuda del poder; puede invadir y
someter al poder mismo". Proudhon desea "llegar al gobierno por la asociación,
no a la asociación por el gobierno". Quien crea que un Estado como
aquel con que sueñan los socialistas "autoritarios" toleraría
la autogestión libre, está totalmente equivocado. En efecto,
¿soportaría el Estado "la formación de focos enemigos
en derredor de un poder centralizado"? Proudhon previene proféticamente:
"Mientras deban enfrentar la colosal fuerza que la centralización
procura al Estado, la iniciativa, la espontaneidad y la acción independiente
del individuo y la colectividad serán inoperantes".
Conviene señalar aquí que, en el congreso
de la Primera Internacional, previó el modo libertario de concebir
la autogestión, y no el estatal. Cuando, en el Congreso de Lausana
(1867), el belga César de Paepe, miembro informante, propone que
se nacionalicen las empresas y el Estado pase a ser su propietario, Charles
Longuet, entonces libertario, declara: "De acuerdo, a condición
de que se aclare que definimos el Estado como "la colectividad de los ciudadanos"
(...), y que los servicios estatales no serán administrados por
funcionarios públicos, (...) sino por compañías obreras...".
Al año siguiente, 1868, en el Congreso de Bruselas, se reinicia
el debate. El mismo miembro informante tiene ahora la precaución
de precisar conceptos, tal como se le reclamó: "La propiedad colectiva
pertenecerá a toda la sociedad, pero será concedida a asociaciones
de trabajadores. El Estado quedará reducido a la federación
de los diversos grupos obreros." La proposición, así aclarada,
es adoptada.
Los hechos demostrarían a Proudhon que su optimismo
de 1848 respecto de la autogestión era injustificado. Años
después, en 1857, criticó severamente a las asociaciones
obreras existentes. Fundadas sobre conceptos ingenuos, ilusorios y utópicos,
pagaron el tributo de la inexperiencia. Cayeron en el particularismo y
el exclusivismo. Actuaron como patronal colectiva y sufrieron la atracción
de las ideas de jerarquía y supremacía. "En estas compañías
supuestamente fraternales se agravaron" todos los abusos de las sociedades
capitalistas. Se vieron desgarradas por la discordia, las rivalidades,
las defecciones y las traiciones. Después de iniciados en los negocios,
sus administradores se retiraron "para establecerse por cuenta propia y
transformarse en burgueses y patrones." En otros casos, fueron los asociados
quienes reclamaron la repartición de lo producido. De varios cientos
de asociaciones obreras creadas en 1848, nueve años después
apenas restaba una veintena.
A esta mentalidad estrecha y particularista, Proudhon
opuso un concepto "universal" y "sintético" de la autogestión.
La tarea que tocaba cumplir al porvenir no era simplemente la de "reunir
en sociedades a unas centenas de obreros", sino otra mucho más importante:
"la reconstitución económica de una nación de treinta
y seis millones de almas". Las asociaciones obreras del futuro deberían
trabajar para todos, "en lugar de obrar en beneficio de unos pocos". Por
consiguiente, la autogestión exigía "cierta educación"
de los que la practicaran. "Uno no nace, sino que se hace asociado". La
misión más difícil de las asociaciones consistía
en "civilizar a los asociados". Les habían faltado "hombres surgidos
de las masas trabajadoras que, en la escuela de los explotadores, hubieran
aprendido a prescindir de éstos". Se trataba más bien de
formar un "fondo de hombres" y no una "masa de capitales".
En cuanto al aspecto jurídico, Proudhon creyó
al principio que sería conveniente confiar a las asociaciones obreras
la propiedad de sus empresas, pero más tarde descartó esta
solución particularista. Para fundamentar su cambio de idea, estableció
una distinción entre posesión y propiedad. La última
es absolutista, aristocrática, feudal y despótica; la primera
es democrática, republicana e igualitaria: consiste en el usufructo
de una concesión intransferible e inalienable. Los productores recibirían
los instrumentos de producción a modo de alodio, como acostumbraban
los antiguos germanos, vale decir, que no serían propietarios de
ellos. La propiedad sería reemplazada por la copropiedad federativa
conferida, no por cierto a un Estado, sino al conjunto de los productores
reunidos en una gran federación agrícola e industrial.
Proudhon se entusiasmaba ante la perspectiva de una autogestión
así concebida y corregida: "Lo que digo no es vana retórica,
sino consecuencia de las necesidades económicas y sociales: se acerca
el momento en que deberemos tomar indefectiblemente este nuevo camino (...).
Las clases (...) han de fundirse en una sola asociación de productores."
¿Triunfará la autogestión? "De la respuesta (...)
depende enteramente el porvenir de los trabajadores. Si es afirmativa,
un nuevo mundo se abre para la humanidad; si es negativa, el proletariado
puede darse por perdido (...). En este triste mundo no hay esperanzas para
él".
LAS BASES DEL INTERCAMBIO
¿Sobre qué bases debía fundarse el
intercambio entre las diversas asociaciones obreras? En un principio, Proudhon
sostuvo que el valor de cambio de todas las mercancías puede medirse
por la cantidad de trabajo necesaria para producirlas. Las distintas asociaciones
de producción cederían sus productos a precio de costo. Los
trabajadores, retribuidos con "bonos de trabajo", comprarían en
las agencias de intercambio o en las tiendas sociales a precio de costo
calculado en horas de labor. Los intercambios más importantes se
efectuarían por medio de una oficina de compensación o Banco
del Pueblo, que aceptaría los bonos de trabajo en concepto de pago.
Dicho banco cumpliría, al mismo tiempo, las funciones de establecimiento
de crédito. Sin cobrar intereses, prestaría a las asociaciones
obreras de producción las sumas necesarias para asegurar su buena
marcha.
Esta idea, llamada mutualista, era algo utópica o, en el mejor de los casos, difícil de poner en práctica en un régimen capitalista. El Banco del Pueblo, fundado por Proudhon a comienzos de 1849, logró obtener veinte mil adherentes en seis semanas, pese a lo cual su existencia fue breve. Especialmente quimérica era su ilusión de que cundiría el ejemplo del mutualismo. Fue muy ingenuo Proudhon al exclamar: "¡Era en verdad el nuevo mundo, la sociedad de promisión que, tras injertarse en el viejo orden social, lo transformaba poco a poco!".
En cuanto a la remuneración basada en la reviewuación
de la hora de trabajo, es discutible por varias razones. Los "comunistas
libertarios" de la escuela de Kroprotkin, Malatesta, Elisée Reclus,
Carlo Cafiero, y otros, no escatimarán sus críticas. En primer
término, la consideran injusta. "Tres horas de labor de Pedro pueden
valer cinco horas de trabajo de Pablo", objeta Cafiero. En la determinación
del valor del trabajo intervienen otros factores además del tiempo
que requiere la tarea: la intensidad, la formación profesional e
intelectual, etc. También es preciso tener en cuenta los deberes
familiares de cada obrero. (2)
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(2) Cfr. la misma discusión en la Crítica
del Programa de Gotha (redactado por Karl Marx en 1875 y publicado sólo
en 1891).
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Además, en el régimen colectivista, el trabajador
sigue siendo un asalariado, un esclavo de la comunidad, que compra y fiscaliza
su fuerza de trabajo. La remuneración proporcional a las horas de
labor cumplidas por cada persona no puede ser un ideal, sino, a lo sumo,
un recurso temporario a falta de algo mejor. Es preciso terminar con la
moral de los libros de contabilidad, con la filosofía del "debe
y el haber". Este modo de retribución procede de un individualismo
mitigado que está en contradicción con la propiedad colectiva
de los medios de producción. No puede, de ningún modo, conducir
a una transformación profunda y revolucionaria del hombre. Es incompatible
con la "anarquía". Una forma nueva de posesión exige también
otra forma de retribución. Los servicios prestados a la sociedad
no pueden reviewuarse en unidades monetarias, y ante todo deben considerarse
las necesidades personales. El producto del trabajo de todos ha de pertenecer
a todos por igual, y cada uno tendrá derecho a tomar libremente
su parte. A cada cual según sus necesidades, tal debería
ser la divisa del "comunismo libertario".
Pero Kropotkin, Malatesta y sus amigos parecen haber ignorado
que Proudhon previó las objeciones que podían hacerse a sus
primeros conceptos, y los revisó. Su Théorie de la Proprieté,
publicada después de su muerte, explica que propuso el pago de salarios
equivalentes a la cantidad de trabajo únicamente en su Primera Memoria
sobre la Propiedad (aparecida en 1840): "Olvidé decir dos cosas:
primero, que el trabajo se mide en proporción compuesta a su duración
e intensidad; segundo, que en la paga no debe estar incluida la amortización
de los gastos de educación del obrero y del trabajo que éste
ha realizado en su propia persona durante el período de aprendizaje
no remunerado, ni la prima de seguros contra los riesgos que corre, los
cuales varían según la profesión de que se trate".
Proudhon afirma haber "reparado" este "olvido" en sus escritos posteriores,
en los que propone que sociedades cooperativas de seguros mutuos compensen
los gastos y los riesgos desiguales. Por otra parte, Proudhon no considera
en absoluto que la retribución recibida por los miembros de una
asociación obrera sea un "salario", sino, antes bien, una repartición
de los beneficios realizada libremente por los trabajadores asociados y
corresponsables. De no ser así, la autogestión obrera carecería
de sentido, como bien lo señala en una tesis aún inédita
Pierre Haubtmann, el más reciente de los exegetas proudhonianos.
Los "comunistas libertarios" reprochan al mutualismo de
Proudhon y al colectivismo, más consecuente, de Bakunin, el no haber
querido establecer de antemano en qué forma se retribuiría
el trabajo en un régimen socialista. Quienes así los critican,
parecen olvidar que ambos fundadores del anarquismo no deseaban encuadrar
prematuramente a la sociedad dentro de rígidos límites. Estimaban
que, en este aspecto, convenía dejar la mayor libertad de acción
a las asociaciones de autogestión. Pero los propios "comunistas
libertarios" proporcionarán la justificación de esta flexibilidad,
de este rechazo de las soluciones precipitadas, cuando, en sus impacientes
definiciones del mundo del futuro subrayan que, en el régimen ideal
elegido por ellos, "el trabajo producirá mucho más de lo
que se necesite para todos": en efecto, únicamente cuando se inicie
la era de la abundancia, y no antes, podrán las normas "burguesas"
de remuneración dejar su lugar a otras específicamente "comunistas".
En un programa que redactó hacia 1884 para una vaga Internacional
anarquista, Malatesta reconocía que el comunismo sólo era
inmediatamente realizable en sectores muy restringidos y que, "para el
resto", sería necesario aceptar "transitoriamente" el colectivismo.
"Para llevar el comunismo a la práctica, es preciso
que los miembros de la sociedad lleguen a una gran madurez moral, adquieran
un elevado y profundo sentimiento de solidaridad que el impulso revolucionario
quizá no baste para crear, sobre todo en los primeros tiempos, en
que se darán condiciones materiales poco favorables para tal evolución."
En vísperas de la Revolución Española
de 1936, durante la cual el anarquismo se verá puesto a prueba,
Diego Abad de Santillán demostrará, con razonamientos similares,
que resulta imposible llevar inmediatamente a la práctica el comunismo
libertario. A juicio de Santillán, el sistema capitalista no ha
preparado a los seres humanos para tal forma de vida: en lugar de fomentar
los instintos sociales, el sentido de solidaridad, tiende a prohibir y
castigar estos sentimientos con todos los recursos de que dispone.
Santillán invocará las experiencias revolucionarias
de Rusia y otros lugares para instar a los anarquistas a mostrarse más
realistas. Criticará su resistencia a aceptar, por recelo o soberbia,
la lección de una realidad tan cercana. Es dudoso, afirmará,
que una revolución nos conduzca inmediatamente a la realización
de nuestro ideal anarcocomunista. La consigna colectivista de "a cada uno
el producto de su trabajo", respondería mejor que el comunismo a
las exigencias de la vida real durante la primera fase de un período
revolucionario, en la cual reinaría el caos económico, la
miseria causaría estragos y el abastecimiento sería el problema
más urgente de resolver. Las formas económicas que se ensayaran
marcarían, a lo sumo, una gradual evolución hacia el comunismo.
Encerrar brutalmente en jaulas a los seres humanos, aprisionarlos en formas
de vida social, significaría una actitud autoritaria que sólo
entorpecería la evolución. Mutualismo, colectivismo y comunismo
no son sino distintos medios tendientes a un mismo fin. Volviendo al prudente
empirismo recomendado por Proudhon y Bakunin, Santillán reclamará
para la ya próxima Revolución Española el derecho
de experimentar libremente. "En cada localidad, en cada medio, se decidirá
cuál es el grado de comunismo, de colectivismo o de mutualismo que
podrá llevarse a la práctica."
En verdad, como veremos luego, la experiencia de las "colectividades"
españolas de 1936 demostraría cuán grandes son las
dificultades que presenta la aplicación prematura del comunismo
integral.
LA COMPETENCIA
Entre las normas heredadas de la economía burguesa
existe una cuya conservación, en la economía colectivista
o de autogestión, suscita espinosos problemas: la competencia. En
opinión de Proudhon, ella es "expresión de la espontaneidad
social" y garantiza la "libertad" de las asociaciones. Por otra parte es,
y seguirá siendo por mucho tiempo, un estímulo irreemplazable
sin el cual se produciría un "gigantesco" aflojamiento" al desaparecer
la fuerte tensión que mueve al mundo industrial. Explica: "La compañía
obrera se compromete ante la sociedad a suministrar los productos y servicios
que se le piden, siempre a precio más cercano al de costo (...).
A tal efecto, la empresa obrera se abstiene de entrar en coalición
[monopolista], se somete a la ley de la competencia y pone sus libros y
archivos a disposición de la sociedad, la cual, como sanción
de su derecho de control, conserva la facultad de disolver las compañías:
"La competencia y la asociación se apoyan la una en la otra (...).
El error más deplorable del socialismo consiste en haberla considerado
[la competencia] como factor disolvente de la sociedad. No se trata (...)
de eliminar la competencia (...). Hay que buscar un equilibrio, puede decirse."
Tal apego al principio de la competencia, le valió
a Proudhon los sarcasmos de Louis Blanc: "No podemos comprender a quienes
imaginaron no sé qué misteriosa simbiosis de ambos principios
opuestos. Injertar la asociación en la competencia es una idea muy
peregrina: sería como reemplazar a eunucos por hermafroditas". Louis
Blanc deseaba "llegar a un precio uniforme", fijado por el Estado, e impedir
toda competencia entre los establecimientos de una misma rama industrial.
Proudhon replica que el precio "sólo puede regularse mediante la
competencia, vale decir, la prerrogativa del consumidor (...) de prescindir
de los servicios de quien pide demasiado por ellos (...)." "Eliminad la
competencia (...), y la sociedad, privada de fuerza motriz, se detendrá
como un reloj sin cuerda."
Por cierto que Proudhon no ignora los perjuicios de la
competencia que, además, describió harto detalladamente en
su tratado de economía política. Sabe muy bien que es fuente
de desigualdades y admite que "donde hay competencia, los batallones más
grandes tienen asegurada la victoria". Mientras sea "anárquica"
(en el sentido peyorativo de la palabra), mientras sólo se ejerza
en beneficio de intereses privados, engendrará necesariamente la
guerra civil, y, a fin de cuentas, la oligarquía. "La competencia
mata a la competencia".
Pero, a juicio de Proudhon, la falta de competencia no
sería menos perniciosa. Para ilustrar su aseveración, cita
el ejemplo del monopolio estatal del tabaco, el cual, por estar libre de
competidores, tiene una producción insuficiente y resulta muy oneroso.
Si todas las industrias estuvieran sometidas a un régimen semejante,
la nación no podría ya lograr un equilibrio de gastos e ingresos,
afirma Proudhon.
La competencia soñada por Proudhon no es, empero,
la de la economía capitalista, carente de principios rectores, sino
una competencia orientada por un ideal superior, que la "socializa", basada
en un intercambio leal y movida por un espíritu de solidaridad;
una competencia que, sin restringir la iniciativa individual, devolvería
a la colectividad las riquezas de las cuales la priva actualmente la apropiación
capitalista.
Es evidente que esta idea tiene algo de utópico.
La competencia y la economía llamada de mercado producen fatalmente
desigualdad y explotación, aun cuando se parta de una situación
de igualdad perfecta. Sólo con carácter transitorio, como
mal menor, sería dable integrarlas a la autogestión obrera,
hasta que:
1º quienes practiquen la autogestión hayan adquirido una mentalidad de "sinceridad en el intercambio", como dice Proudhon; y
2º sobre todo, la sociedad haya pasado de la etapa
de miseria a la de abundancia, momento desde el cual la competencia perdería
su razón de ser.
En este período de transición, sin embargo,
parece conveniente limitar, como se hace actualmente en Yugoslavia, la
competencia a los medios de consumo, pues así ésta presenta
al menos la ventaja de defender los intereses del consumidor.
Los "comunistas libertarios" rechazarán una economía
colectivista de tipo proudhoniano, fundada sobre el principio de lucha,
por considerar que dicho sistema sólo pondría a los competidores
en un plano de igualdad al comienzo, y que luego se iniciaría entre
ellos una batalla en la cual, necesariamente, habría vencedores
y vencidos. De este modo, el intercambio de productos terminaría
por regirse según las normas de la oferta y la demanda, "lo cual
equivaldría a caer en la competencia tradicional, en el más
puro sistema burgués". Este lenguaje se asemeja grandemente al que
hoy emplean ciertos comunistas detractores de la experiencia yugoslava.
Creen necesario dirigir contra la autogestión en
general la hostilidad que les inspira la economía de mercado competitivo.
¡Como si ambas modalidades estuvieran esencial y eternamente unidas
entre sí!
UNIDAD Y PLANIFICACION
En todo caso, Proudhon advierte que la gestión
por las asociaciones obreras sólo puede ser unitaria. Insiste en
"la necesidad de centralización y unidad". Pregunta: "¿No
expresan la unidad las compañías obreras de explotación
de las grandes industrias?". "En lugar de la centralización política
proponemos la centralización económica". No obstante, teme
que se desemboque en una planificación autoritaria (por eso, intuitivamente,
prefiere una competencia guiada por el espíritu de solidaridad).
De cualquier modo, el anarquismo se ha erigido, desde entonces, en adalid
de una planificación democrática y libertaria, elaborada
desde abajo por la federación de empresas autoadministradas.
Bakunin vislumbra las perspectivas de planificación
en escala mundial que se abren a la autogestión: "Las cooperativas
obreras son un hecho nuevo en la historia; hoy presenciamos su nacimiento
y, en esta hora, podemos presentir, pero no determinar, el inmenso desarrollo
que alcanzarán sin duda, y las nuevas condiciones políticas
y sociales que surgirán de ellas en el futuro. Es posible, y hasta
muy probable, que algún día, tras desbordar los límites
de los municipios, de las provincias y hasta de los estados actuales, reconstituyan
toda la sociedad humana, la cual se dividirá, no ya en naciones,
sino en grupos industriales". De tal manera, las asociaciones obreras integrarán
"una inmensa federación económica" presidida por una asamblea
suprema. Sobre la base de los "datos amplios, precisos y detallados proporcionados
por la estadística mundial", combinarán la oferta con la
demanda a fin de dirigir, fijar y repartir entre los distintos países
la producción de la industria mundial, de suerte que prácticamente
desaparecerán las crisis comerciales e industriales, la paralización
de actividades y los desastres financieros; en suma, no habrá más
dificultades ni capitales perdidos.
¿SOCIALIZACION INTEGRAL?
El concepto proudhoniano de la gestión por las
asociaciones obreras entrañaba un equívoco. No aclaraba si
los grupos de autogestión habían de continuar en competencia
con empresas capitalistas, en una palabra, si, como se dice hoy en Argelia,
el sector socialista coexistiría con un sector privado, o si, por
el contrario, se socializaría y pondría bajo el régimen
de autogestión a la totalidad de las fuerzas de producción.
Bakunin es un colectivista consecuente. Ve claramente
los peligros que encierra la coexistencia de ambos sectores. Aun asociados,
los obreros no pueden formar capitales suficientes para hacer frente a
los grandes capitales burgueses. Por otra parte, se corre el riesgo de
que dentro mismo de las asociaciones obreras, y por contagio del medio
capitalista, surja "una nueva clase de explotadores del trabajo del proletariado".
La autogestión contiene las semillas de la emancipación económica
de las masas obreras, pero ellas sólo podrán germinar y florecer
plenamente cuando "los capitales, los establecimientos industriales, las
materias primas y los instrumentos de trabajo (...) sean propiedad colectiva
de las asociaciones obreras de producción industrial y agrícola,
libremente organizadas y federadas entre sí". "Una transformación
social radical y definitiva sólo podrá lograrse con medios
que actúen sobre la sociedad en su conjunto", vale decir, con una
revolución social que transforme la propiedad individual en propiedad
colectiva. Dentro de una organización social de este género,
los obreros serán colectivamente sus propios capitalistas y patrones.
Sólo se admitirá la propiedad privada de "las cosas que sirvan
verdaderamente para uso personal".
Si bien reconoce que las cooperativas de producción
presentan la ventaja de habituar a los obreros a organizarse, a dirigir
por sí mismos sus asuntos y siembran las primeras semillas de una
acción obrera colectiva, Bakunin estima que, hasta tanto no se cumpla
la revolución social, estos focos aislados dentro de la sociedad
capitalista sólo pueden tener limitada eficacia, y por ello incita
a los trabajadores a "ocuparse más de huelgas que de cooperativas".
SINDICALISMO OBRERO
Bakunin aprecia en su valor el papel de los sindicatos,
"organización natural de las masas", "único instrumento de
guerra verdaderamente eficaz" que los obreros pueden emplear contra la
burguesía. Considera que el movimiento sindical puede contribuir
mucho más que los ideólogos a que la clase trabajadora cobre
plena conciencia de lo que desea, a sembrar en ella el pensamiento socialista
que corresponde a sus inclinaciones naturales y a organizar las fuerzas
del proletariado fuera del radicalismo burgués. En su concepto,
el porvenir está en manos de la federación nacional e internacional
de las asociaciones profesionales.
En los primeros congresos de la Internacional, no se mencionó
expresamente el sindicalismo obrero. A partir del congreso de Basilea,
celebrado en 1869, aquél pasa a primer plano por influencia de los
anarquistas: tras la abolición del salario, los sindicatos constituirán
el embrión de la administración del futuro; el gobierno será
reemplazado por los consejos de las asociaciones gremiales.
Más tarde, en 1876, al exponer sus Idées
sur l’Organisation Sociale, James Guillaume, discípulo de Bakunin,
integrará el sindicalismo obrero dentro de la autogestión.
Recomendará que se formen federaciones corporativas por ramas laborales,
las cuales se unirán, "no ya para proteger su salario contra la
rapacidad de los patrones, sino (...) para garantizarse mutuamente el uso
de los instrumentos de trabajo que se encuentren en posesión de
cada grupo y que, por contrato recíproco, pasarán a ser propiedad
colectiva de la federación corporativa en su totalidad". Dichas
federaciones cumplirán la tarea de planificar, según la perspectiva
que abrió Bakunin.
De tal modo, se llena uno de los vacíos que dejó
Proudhon en su esbozo de la autogestión. Este tampoco aclaró
cuál sería el vínculo que uniría a las diversas
asociaciones de producción y les impediría dirigir sus negocios
con espíritu egoísta, con mentalidad de "campanario", sin
preocuparse por el interés general y el bien de las demás
empresas autoadministradas. El sindicalismo obrero es la pieza que faltaba,
el elemento que articula la autogestión, el instrumento destinada
a planificar y unificar la producción.
LAS COMUNAS
En la primera parte de su carrera, Proudhon se preocupa
exclusivamente de la organización económica. Su recelo de
todo lo que sea "política" lo lleva a descuidar el problema de la
administración territorial. Se limita a afirmar que los trabajadores
deben sustituir al Estado, ser ellos mismos el Estado, pero no define en
qué forma se realizará esta transformación.
En los últimos años de su vida se ocupa
más del problema "político", que aborda a la manera anarquista,
vale decir, buscando la solución desde abajo hacia arriba. En cada
localidad, los hombres integran lo que él llama un grupo natural,
que "se constituye en comuna u organización política y se
afirma en su unidad, su independencia, su vida o movimiento propio y su
autonomía".
"Grupos como éstos, separados por la distancia,
pueden tener intereses en común, llegar a entenderse, a asociarse
y, a través de esta garantía mutua, formar un grupo mayor".
Pero al llegar a este punto, el espectro del aborrecido Estado inquieta
al pensador anarquista, y éste expresa su ferviente anhelo de que
jamás, nunca jamás, los grupos locales, "al unirse para garantía
mutua de sus intereses y el desarrollo de sus riquezas (...), lleguen a
entregarse en una suerte de autoinmolación a este nuevo Moloch".
Proudhon define con relativa precisión la comuna
autónoma. Ella es, por esencia, "un ente soberano". En calidad de
tal, "tiene el derecho de gobernarse a sí misma, de administrarse,
de fijarse impuestos, de disponer de sus propiedades e ingresos, de crear
escuelas y nombrar profesores para su juventud", etc. "Así es una
comuna, pues así es la vida colectiva, la vida política (...).
Rechaza toda traba, no reconoce otro límite que ella misma; cualquier
coerción externa le es antipática y mortal".
Así como considera que la autogestión es
incompatible con un Estado autoritario, Proudhon opina que la comuna no
podría coexistir con un poder centralizado que gobernara desde arriba
hacia abajo. "No puede haber términos medios: la comuna será
soberana o dependiente, todo o nada. No tiene vuelta de hoja: desde el
momento en que renuncia a parte de sus derechos, en que acepta una ley
más alta, en que reconoce como superior al gran grupo (...) que
integra (...), es inevitable que algún día se encuentre en
contradicción con aquél, que se produzca el conflicto. Ahora
bien, si hay conflicto, por lógica y por fuerza será el poder
central quien gane, sin debate, sin juicio, sin transacción, porque
la discusión entre superior y subalterno es inadmisible, escandalosa
y absurda."
Bakunin integra la comuna dentro de la organización
de la sociedad del futuro en forma más consecuente que Proudhon.
Las asociaciones obreras de producción deberán aliarse libremente
dentro de las comunas; éstas, a su vez, se federarán voluntariamente
entre sí. "Con la abdicación del Estado, volverán
las comunas a la vida y a la acción espontánea, suspendidas
durante siglos por la actividad y la absorción todopoderosa de aquél."
¿Qué relación habrá entre
las comunas y los sindicatos obreros? El distrito de Courtelary, de la
Federación del Jura (3), responde sin vacilaciones en un texto publicado
en 1880: "El órgano de la vida local será la federación
de gremios, y esta federación local constituirá la futura
comuna". Pero los autores del texto se ven asaltados por una duda y se
preguntan: "¿Quién ha de redactar el contrato de la comuna
(...)? ¿Se encargará de ello una asamblea general de todos
los habitantes o lo harán delegaciones gremiales?". Llegan a la
conclusión de que ambos sistemas son factibles. ¿Se dará
prioridad a la comuna o al sindicato? He aquí un dilema que, más
adelante, especialmente en Rusia y en España, dividirá a
"anarcocomunistas" y "anarcosindicalistas".
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(3) Rama de la Internacional, sita en la Suiza francesa,
que adoptó las ideas de Bakunin.
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Bakunin opina que la comuna es el elemento ideal para
efectuar la expropiación de los instrumentos de trabajo en beneficio
de la autogestión. Durante la primera fase de la reorganización
social, ella se ocupará de dar lo estrictamente necesario a todas
las personas "desposeídas", a modo de compensación por los
bienes que les fueran confiscados. Describe con cierta precisión
la organización interna de la comuna. Será administrada por
un consejo compuesto de delegados electivos e investidos de mandato imperativo,
siempre responsables y sujetos a destitución. El consejo comunal
podrá formar, con sus miembros, comités ejecutivos que se
encargarán de las distintas ramas de la administración revolucionaria
de la comuna. Esta repartición de responsabilidades entre varias
personas presenta la ventaja de hacer intervenir en la gestión al
mayor número posible de elementos de la base. Reduce los inconvenientes
del sistema de representación, en el cual un pequeño grupo
de individuos escogidos acapara todas las tareas, en tanto que la población
participa más bien pasivamente en asambleas generales convocadas
muy de cuando en cuando. Bakunin intuyó que los consejos electivos
deben ser asambleas "obreras" simultáneamente legislativas y ejecutivas,
una "democracia sin parlamentarismo", como diría Lenin en uno de
sus momentos libertarios. El distrito de Courtelary amplía este
concepto: "Para no volver al error de una administración centralizada
y burocrática, los intereses generales de la comuna no deben entregarse
a una administración local, única y exclusiva, sino a diferentes
comisiones especiales encargadas de cada campo de actividad (...). Este
proceder eliminaría el carácter gubernativo de la administración".
Los epígonos de Bakunin no supieron reconocer tan
certeramente las etapas ineludibles de la evolución histórica.
Hacia 1880, se lanzaron contra los anarquistas colectivistas. Criticando
el precedente de la Comuna parisiense de 1871, Kropotkin amonestará
al pueblo por haber "aplicado en la comuna, una vez más, el sistema
representativo" y "renunciado a la propia iniciativa para ponerla en manos
de una asamblea de personas elegidas más bien al azar"; también
manifestará su consternación por el hecho de que ciertos
reformadores "buscan siempre, cueste lo que cueste, conservar esta forma
de gobierno por procuración". A su juicio, el régimen representativo
ha llegado a su fin. Significó la dominación organizada por
parte de la burguesía y debe desaparecer junto con ella. "La nueva
fase económica que se anuncia requiere otro modo de organización
política, basada en principios totalmente diferentes de los de la
representación." La sociedad deberá buscar su propia modalidad
política, la cual ha de ser de tipo más popular que la del
gobierno representativo, "más self-government, más gobierno
de y para sí mismo".
Esta democracia directa llevada a sus últimas consecuencias
y capaz de suprimir hasta los últimos vestigios de cualquier forma
de autoridad, tanto en el plano de la autogestión económica
como en el de la administración territorial, es, efectivamente,
el ideal que persigue todo socialista, sea "autoritario" o libertario.
No obstante, la condición necesaria para llegar a ella es, evidentemente,
alcanzar una etapa de la evolución social en la cual la totalidad
de los trabajadores posea la ciencia y la conciencia imprescindibles y,
paralelamente, terminar con el reino de la miseria para dar lugar al de
la abundancia. En 1880, mucho antes de Lenin, el distrito de Courtelary
anunció: "En una sociedad organizada científicamente, la
práctica más o menos democrática del sufragio universal
irá perdiendo importancia." Pero nunca antes de alcanzar este estadio.
UN TERMINO LITIGIOSO: "ESTADO"
El lector ya sabe que los anarquistas se negaban a emplear
la palabra Estado, aunque más no fuera transitoriamente. Respecto
de este punto, el abismo entre "autoritarios" y libertarios no fue siempre
infranqueable. En la Primera Internacional, los colectivistas, cuyo portavoz
era Bakunin, llegaron a admitir, como sinónimos de la expresión
"colectividad social", las expresiones siguientes: Estado regenerado, nuevo
Estado revolucionario y hasta Estado socialista. Pero bien pronto los anarquistas
se percataron de que para ellos era arriesgado emplear la misma palabra
que los "autoritarios", aunque le dieran un sentido completamente distinto.
Arribaron a la conclusión de que un nuevo concepto exigía
una nueva denominación y que el uso del vocablo tradicional podría
acarrear peligrosos equívocos; en consecuencia, dejaron de designar
con el nombre de Estado a la colectividad social del porvenir.
Por su parte, los marxistas se mostraron dispuestos a
hacer concesiones de vocabulario porque deseaban ganar el apoyo de los
anarquistas para imponer en la Internacional el principio de la propiedad
colectiva, al que se oponía el último reducto reaccionario
de los individualistas posproudhonianos. De labios afuera aceptaron las
expresiones de federación o de solidarización de las comunas,
propuestas por los anarquistas como sustitutos del término Estado.
Años más tarde, en sus comentarios acerca del programa de
Gotha de la socialdemocracia alemana, Engels, guiado por intenciones similares,
recomendará a su amigo y compatriota August Bebel que se "reemplace
en todas partes la voz Estado por la de Gemeinwesen, buena palabra alemana
cuyo sentido equivale al de la francesa Commune".
En el congreso de Basilea de 1869, los anarquistas colectivistas
y los marxistas decidieron de común acuerdo que, una vez socializada,
la propiedad debía ser explotada por las "comunas solidarias". En
un discurso, Bakunin puso los puntos sobre las íes: "Voto por la
colectividad del suelo, en particular, y de toda la riqueza social, en
general, en el sentido de una liquidación social. Entiendo por liquidación
social la expropiación de derecho de todas las propiedades actuales,
lo cual ha de hacerse aboliendo el Estado político y jurídico,
que es sanción y única garantía del sistema de propiedad
imperante. En cuanta a la organización posterior (...), considero
adecuada la solidarización de las comunas (...), y estoy tanto más
convencido de ello cuanto que dicha solidarización implica la organización
de la sociedad desde abajo hacia arriba".
EL PROBLEMA DE LA ADMINISTRACION DE LOS SERVICIOS PUBLICOS
Si bien se llegó a una avenencia, ciertos equívocos
no se disiparon, y la situación se complicó más aún
cuando, en el mismo congreso de Basilea, algunos delegados socialistas
"autoritarios" no tuvieron reparos en elogiar la dirección de la
economía por el Estado. Más tarde, llegado el momento de
abordar el tema de la administración de los grandes servicios públicos,
tales como los ferrocarriles, el correo, etc., se vio hasta qué
punto era espinoso el problema. En el congreso de la Internacional realizado
en La Haya en 1872, acababa de consumarse la escisión entre los
partidarios de Bakunin y los de Marx. Por tanto, la discusión acerca
de los servicios públicos se produjo en la Internacional impropiamente
llamada "antiautoritaria", sobreviviente de dicha escisión. Esta
cuestión provocó nuevos desacuerdos entre los anarquistas
y aquellos socialistas más o menos partidarios del Estado que optaron
por permanecer con ellos en la Internacional, tras separarse de Marx.
Por ser de interés nacional, es evidente que los
servicios públicos no pueden ser administrados exclusivamente por
las asociaciones obreras o por las comunas. Ya Proudhon había tratado
de salvar este escollo proponiendo que la gestión obrera fuera "equilibrada"
con una "iniciativa pública" cuya naturaleza no aclaraba debidamente.
¿Quién administraría los servicios públicos?
La federación de comunas, respondían los libertarios; el
Estado, se sentían tentados de responder los "autoritarios".
En el congreso de la Internacional celebrado en Bruselas
en 1874, el socialista belga César de Paepe intentó encontrar
un término medio entre las dos tesis en pugna. Los servicios públicos
locales estarían a cargo de la comuna y dirigidos por la administración
local, designada por los sindicatos obreros. En cuanto a los servicios
públicos de mayor alcance estarían gobernados, ya por una
administración regional nombrada por la confederación de
comunas y controlada por una cámara regional de trabajo, ya por
el "Estado obrero", vale decir, el Estado "basado en la agrupación
de comunas obreras libres", como sería el caso de las grandes empresas
nacionales. Pero los anarquistas encontraron sospechosa esta ambigua definición.
De Paepe prefirió creer que tal desconfianza se debía a una
mala interpretación. Quizá sólo se trataba de una
diferencia de palabras. Si así era, estaba dispuesto a descartar
el vocablo utilizado, aunque conservando y hasta ampliando el concepto,
que presentaría "con el barniz, más agradable, de alguna
otra denominación".
Pero la mayor parte de los libertarios consideraron que
la fórmula propuesta por el socialista belga conducía a la
reconstrucción del Estado: en su opinión, el "Estado obrero"
debía terminar por fuerza en "Estado autoritario". Y si, verdaderamente,
sólo se trataba de una diferencia de palabras, no comprendían
por qué había de bautizarse la nueva sociedad sin gobierno
con el mismo nombre que designaba la organización abolida. Posteriormente,
en el congreso de Berna de 1876, Malatesta admitió que los servicios
públicos requerían una organización única y
centralizada, pero se negó a aceptar que fueran administrados desde
arriba por una institución como el Estado. Estimaba que sus oponentes
confundían Estado con sociedad, la cual es un "organismo vivo".
Al año siguiente, en 1877, durante el congreso socialista universal
de Gante, César de Paepe reconoció que el famoso Estado obrero
o Estado popular "podía ser, en efecto, durante algún tiempo,
simplemente un Estado de asalariados". Pero ésta "debía ser
sólo una fase transitoria, impuesta por las circunstancias", después
de la cual el importuno quídam tendría que desprenderse de
los instrumentos de trabajo para entregarlos a las asociaciones obreras.
Perspectiva tan lejana como problemática no atraía a los
anarquistas: cuando el Estado se apodera de algo, no lo devuelve jamás.
FEDERALISMO
En resumen, la sociedad libertaria del futuro debía
estar dotada de una doble estructura: la económica, constituida
por la federación de asociaciones obreras de autogestión,
y la administrativa, formada por la federación de comunas. Sólo
faltaba coronar y articular el edificio con una institución de gran
alcance, que pudiera extenderse al mundo entero: el federalismo.
A medida que madura el pensamiento de Proudhon, la idea
federalista se afirma y prreviewece. Una de sus últimas obras lleva
el título de Du Principe Fedératif; por otra parte, sabemos
que, hacia el fin de su vida, se inclinaba a declararse federalista antes
que anarquista. No vivimos ya en la época de las pequeñas
comunas antiguas que, por lo demás, en ese entonces solían
unirse en federaciones. El problema de la era moderna reside en la administración
de los grandes países. Proudhon hace la siguiente observación:
"Si la superficie del Estado no superara jamás la de una comuna,
dejaría que cada uno decidiera a su arbitrio y todo quedaría
dicho. Pero no olvidemos que nos encontramos ante grandes aglomeraciones
de territorios donde las ciudades, los pueblos y las aldeas se cuentan
por millones." No se trata de fragmentar la sociedad en microcosmos; la
unidad es indispensable.
Pero los "autoritarios" tienen la pretensión de
regir estos grupos locales según las leyes de la "conquista", "lo
cual declaro absolutamente imposible en virtud de la propia ley de la unidad",
objeta Proudhon. "Todos estos grupos (...) son organismos indestructibles
(...), que no pueden despojarse de su independencia soberana, así
como el miembro de la comuna, en su calidad de tal, no puede perder sus
prerrogativas de hombre libre (...). Lo único que se conseguiría
(...) sería crear un antagonismo irreconciliable entre la soberanía
general y cada una de las soberanías particulares, soliviantar a
una autoridad contra la otra; en una palabra, organizar la división
creyendo fomentar la unidad."
En semejante sistema de "absorción unitaria", las
comunas o grupos naturales quedarían "eternamente condenados a desaparecer
dentro de la aglomeración superior, que puede decirse es artificial".
La centralización, que consiste en "retener en la indivisión
gubernamental a grupos autónomos por naturaleza", "es la verdadera
tiranía para la sociedad moderna". Es un sistema imperialista, comunista,
absolutista, truena Proudhon, agregando, en una de esas amalgamas cuyo
secreto sólo él conocía: "Todos estos vocablos son
sinónimos".
Por el contrario, la unidad, la verdadera unidad, la centralización,
la verdadera centralización, serían indestructibles si, entre
las diversas unidades territoriales, se instituyera un lazo de derecho,
un contrato de mutualidad y un pacto de federación. "La centralización
de una sociedad de hombres libres (...) consiste en un contrato que los
une. La unidad social (...) es producto de la libre adhesión de
los ciudadanos (...). Para que una nación se manifieste en su unidad,
es preciso que dicha unidad esté centralizada (...) en todas sus
funciones y facultades; es necesario que la centralización se efectúe
desde abajo hacia arriba, de la circunferencia al centro, y que todas las
funciones sean independientes entre sí y se gobiernen por sí
mismas. Cuanto más se multipliquen los centros, tanto más
fuerte será la centralización."
El sistema federativo es lo opuesto de la centralización
gubernamental. La autoridad y la libertad, dos principios en perpetua lucha,
están condenados a transigir la una con la otra. "La federación
resuelve todas las dificultades que se presentan para lograr una armonía
entre libertad y autoridad. La Revolución Francesa estableció
las premisas de un orden nuevo, cuyo secreto posee su heredera, la clase
trabajadora. ¿En qué consiste este orden nuevo? En la unión
de todos los pueblos dentro de una ‘confederación de confederaciones’.
Esta expresión no es caprichosa, por cuanto una confederación
universal sería demasiado vasta; es menester coligar grandes conjuntos."
Y Proudhon, dado a vaticinar, anuncia: "El siglo XX iniciará la
era de las federaciones."
Bakunin se limita a desarrollar y profundizar las ideas
federalistas de Proudhon. Al igual que éste, pone de relieve la
superioridad de la unidad federativa con respecto a la "autoritaria": "Cuando
desaparezca el maldito poder estatal que obliga a personas, asociaciones,
comunas, provincias y regiones a vivir juntas, todas estarán ligadas
mucho más estrechamente y constituirán una unidad mucho más
viva, más real, más poderosa que la que se ven hoy forzadas
a formar bajo la presión del Estado, que aplasta a todos por igual".
Los autoritarios "confunden siempre (...) la unidad formal, dogmática
y gubernamental con la unidad viva y real, que sólo puede ser resultado
del libérrimo desarrollo de todas las individualidades y colectividades,
así como de la alianza federativa y absolutamente voluntaria (...)
de las asociaciones obreras en comunas, de éstas en regiones, y
de las regiones en naciones".
Bakunin insiste en la necesidad de un ente intermediario
que sirva de vínculo entre la comuna y el organismo federativo nacional:
la provincia, o región, constituida por la libre federación
de comunas autónoma. No debe pensarse que el federalismo conduce
al aislamiento, al egoísmo. La solidaridad es inseparable de la
libertad. "Aunque absolutamente autónomas, las comunas se sienten
(...) solidarias entre sí y se unen estrechamente, sin sacrificar
un ápice de su libertad." En el mundo moderno, los intereses materiales,
intelectuales y morales han servido para crear una unidad fuerte y real
entre todas las partes que componen una nación y hasta entre diferentes
naciones. Y esta unidad sobrevivirá a los Estados.
Pero el federalismo es un arma de doble filo. Así,
durante la Revolución Francesa, el federalismo girondino era contrarrevolucionario,
mientras que la escuela monárquica de Charles Maurras predicaba
el regionalismo. Y en ciertos países, como los Estados Unidos, el
carácter federal de la Constitución es explotado por quienes
niegan los derechos civiles a los hombres de color. Bakunin considera que
únicamente el socialismo puede aportar contenido revolucionario
al federalismo. Por ese motivo, sus partidarios españoles apoyaron
más bien tibiamente al partido federalista burgués de Pi
y Margall, que se decía proudhoniano, y aun a su ala izquierda "cantonalista",
durante el breve episodio de la abortada república de l874. (4)
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(4) Cuando Federica Montseny, ministra anarquista, puso
por las nubes el regionalismo de Pi y Margall en una conferencia pública
pronunciada en Barcelona en enero de 1937, Gaston Lreview tildó
esta actitud de traición a las ideas de Bakunin.
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INTERNACIONALISMO
El principio federalista conduce lógicamente al
internacionalismo, es decir, a la organización federativa de las
naciones "en la grande y fraterna unión internacional de los hombres".
También aquí Bakunin desenmascara la utopía burguesa
de un federalismo no nacido del socialismo internacionalista y revolucionario.
Muy adelantado respecto de su tiempo, es "europeísta", como se dice
actualmente. Proclama la necesidad de formar los Estados Unidos de Europa
como única manera de "hacer imposible la guerra civil entre los
distintos pueblos que componen la familia europea". Pero tiene la precaución
de advertir contra la creación de ligas europeas que agrupen a los
estados "tal como están constituidos en el presente": "Ningún
Estado centralista, burocrático y, por ende, militar, aun cuando
se llame república, podrá entrar sincera y seriamente en
una confederación internacional. Por su constitución, que
nunca dejará de ser una negación franca o disimulada de la
libertad interna, tal Estado sería necesariamente una permanente
declaración de guerra, una amenaza contra la existencia de los países
vecinos". Toda alianza con un Estado reaccionario significaría una
"traición a la Revolución". Los Estados Unidos de Europa,
primero, y los del mundo entero, después, sólo podrán
crearse cuando, por doquier, se haya destruido la antigua organización
fundada, de arriba abajo, en la violencia y en el principio de autoridad.
Por el contrario, en caso de que triunfara la revolución social
en un país dado, toda nación extranjera que se sublevara
en nombre de los mismos principios sería recibida en la federación
revolucionaria sin tomar en cuenta las fronteras que separan actualmente
a los estados.
El verdadero internacionalismo descansa sobre la autodeterminación
y su corolario, el derecho de secesión. "Toda persona, toda asociación,
toda comuna, toda provincia, toda región, toda nación, tiene
el derecho absoluto de disponer de sí misma, de asociarse o no,
de aliarse con quien quiera y de romper sus alianzas sin consideración
por los supuestos derechos históricos ni por las conveniencias de
sus vecinos", añade Bakunin a los conceptos de Proudhon. "De todos
los derechos políticos, el primero y más importante es el
derecho de unirse y separarse libremente; sin él, la confederación
sería siempre sólo una centralización disfrazada".
Para los anarquistas, empero, este principio no implica
una tendencia divisionista o aislacionista. Muy por el contrario, abrigan
la "convicción de que, una vez reconocido el derecho de secesión,
las secesiones de hecho se tornarán imposibles, ya que la unidad
nacional será producto de la libre voluntad, y no de la violencia
y la mentira histórica". Entonces, y sólo entonces, la unidad
nacional será "verdaderamente fuerte, fecunda e indisoluble".
Lenin, y luego los primeros congresos de la Tercera Internacional
tomarán de Bakunin estos conceptos, que los bolcheviques adoptarán
como base de su política de nacionalidades y de su estrategia anticolonialista,
para, finalmente, renegar de ellos y volcarse hacia la centralización
autoritaria y un imperialismo disimulado.
DESCOLONIZACION
Cabe observar que, por consecuencia lógica, el
federalismo conduce a sus fundadores a prever proféticamente el
problema de la supresión del colonialismo. Al establecer una distinción
entre unidad "conquistadora" y unidad "racional", Proudhon advierte que
"todo organismo que rebase sus justos límites y trate de invadir
a anexarse otros, pierde en fuerza lo que gana en superficie, y tiende
a su disolución". Cuanto más amplíe una comuna [léase
nación] su población y su territorio, tanta más se
acercará a la tiranía y, finalmente, al derrumbe.
"Que establezca a cierta distancia de ella sucursales
o colonias y, tarde o temprano, estas colonias o sucursales se transformarán
en nuevas comunas que sólo quedarán unidas a la metrópoli
por un vínculo federativo y hasta pueden llegar a desvincularse
totalmente de ella (...).
"Cuando la nueva comuna está en condiciones de
bastarse a sí misma, proclama su independencia por voluntad propia:
¿con qué derecho pretende la metrópoli tratarla como
vasallo, como propiedad explotable en su beneficio?
"Por eso en nuestros días hemos visto a los Estados
Unidos independizarse de Inglaterra, lo mismo que el Canadá, al
menos de hecho, ya que no oficialmente. De igual modo, Australia está
por separarse de su madre patria con el consentimiento y la total aprobación
de ésta, y Argelia se constituirá tarde o temprano en la
Francia de Africa, a no ser que, por abominables cálculos, insistamos
en retenerla mediante la fuerza y la miseria".
También Bakunin dirige su mirada hacia los países
subdesarrollados. Duda de que la Europa imperialista "pueda mantener en
la servidumbre a ochocientos millones de asiáticos". "El Oriente,
esos ochocientos millones de hombres adormecidos y sojuzgados que forman
las dos terceras partes de la humanidad, se verá obligado a despertar
y a entrar en acción. Pero, ¿hacia dónde se encaminará,
qué objetivo se fijará?
Siente "la más profunda simpatía por toda
insurrección nacional contra la opresión". Insta a los pueblos
oprimidos a seguir el fascinante ejemplo de la sublevación española
contra Napoleón, la cual, pese a la formidable desproporción
entre los guerrilleros nativos y las tropas imperiales, no pudo ser dominada
por el invasor y resistió durante cinco años hasta que, finalmente,
logró expulsar a los franceses de España.
Todo pueblo "tiene el derecho de ser él mismo y
nadie ha de imponerle sus costumbres, sus trajes, su idioma, sus opiniones
y sus leyes". Pero, vuelve a recalcar, no puede haber verdadero federalismo
sin socialismo. Desea que la liberación nacional se cumpla "en beneficio,
tanto político como económico, de las masas populares", y
"no con la ambiciosa intención de fundar un Estado poderoso". La
revolución de liberación nacional que "se haga al margen
del pueblo, habrá de apoyarse en la clase privilegiada para triunfar
(...) y por lo tanto irá necesariamente contra el pueblo"; será,
en consecuencia, "un movimiento retrógrado, funesto y contrarrevolucionario".
Sería lamentable que las colonias, tras liberarse
del yugo extranjero, fuesen a caer bajo un yugo propio, de carácter
político y religioso. Para emancipar a estos países es preciso
"desarraigar de sus masas populares la fe en cualquier forma de autoridad,
divina o humana". Históricamente, la cuestión nacional pasa
a segundo plano frente a la social. Sólo la revolución social
puede salvarnos; una revolución nacional aislada no tiene posibilidad
de triunfo. La revolución social desemboca necesariamente en una
revolución mundial.
Bakunin piensa que, una vez superado el colonialismo,
se iniciará la paulatina y creciente federación internacional
de los pueblos revolucionarios: "El porvenir pertenece ante todo a la unión
euroamericana internacional. Luego, mucho más adelante, esta gran
nación euroamericana se fundirá orgánicamente con
el conglomerado afroasiático."
Como vemos, el análisis de Bakunin nos proyecta
en plena siglo XX
Tercera parte
El anarquismo en la práctica revolucionaria
I
DE 1880 A 1914
EL ANARQUISMO SE AISLA DEL MOVIMIENTO OBRERO
Pasaremos ahora a ver al anarquismo en acción.
Entramos así en el siglo XX. Es indudable que el pensamiento libertario
no estuvo totalmente ausente de las revoluciones del siglo XIX, pero en
éstas cumplió un papel poco preponderante. Aun antes de que
estallara la Revolución de 1848, Proudhon se mostró contrario
a ella. La acusó de tener carácter político, de ser
un engañabobos burgués, lo que, por otra parte, fue en buena
medida. Sobre todo la consideraba inoportuna e inadecuada por sus barricadas
y sus luchas callejeras, medios ya envejecidos; la panacea de sus sueños,
el colectivismo mutualista, debía imponerse muy de otra manera.
En cuanto a la Comuna, si bien rompió espontáneamente con
el "centralismo estatista tradicional", fue, como observó Henri
Lefebvre, fruto de una "avenencia", de una suerte de "frente común"
entre proudhonianos y bakuninistas, por un lado, y jacobinos y blanquistas,
por el otro. Constituyó una "audaz negación" del Estado,
pero los anarquistas internacionalistas, según testimonio de Bakunin,
sólo constituyeron una "ínfima minoría".
No obstante, gracias al impulso que le dio Bakunin, el
anarquismo logró injertarse en un movimiento de masas de naturaleza
proletaria, apolítica e internacionalista: la "Primera Internacional".
Mas, hacia 1880, los anarquistas comenzaron a mostrarse despectivos con
"la tímida Internacional de los primeros tiempos" y pretendieron
sustituirla, como dijo Malatesta en 1884, con una "Internacional temible",
que habría sido simultáneamente comunista, anarquista, antirreligiosa,
revolucionaria y antiparlamentaria. El espantajo que así quiso agitar
diluyóse en la nada: el anarquismo se aisló del movimiento
obrero y, a consecuencia de ello, se debilitó, se extravió
en el sectarismo y en un activismo minoritario.
¿A qué obedeció este retroceso? Una
de las razones fue el acelerado desarrollo industrial y la rápida
conquista de los derechos políticos, que predispusieron a los trabajadores
a aceptar el reformismo parlamentario. De ahí que el movimiento
obrero internacional quedara acaparado por la socialdemocracia, política,
electoralista y reformista, que no se proponía realizar la revolución
social, sino apoderarse legalmente del Estado burgués y satisfacer
las reivindicaciones inmediatas.
Reducidos una débil minoría, los anarquistas
renunciaron a la idea de militar dentro de los grandes movimientos populares.
Por querer mantener la pureza doctrinaria –de una doctrina en la cual se
daba ahora libre curso a la utopía, combinación de prematuros
sueños futuristas y nostálgicas evocaciones de la Edad de
Oro– Kropotkin, Malatesta y sus amigos volvieron la espalda al camino abierto
por Bakunin. Reprocharon a la literatura anarquista –e incluso al propio
Bakunin– el estar demasiado "impregnada de marxismo". Se encerraron en
sí mismos y se organizaron en pequeños grupos clandestinos
de acción directa, en los que la policía infiltró
hábilmente a sus soplones.
El virus quimérico y aventurero se introdujo en
el anarquismo tras el retiro de Bakunin, ocurrido en 1876 y seguido, a
poco, de su muerte. El congreso de Berna lanzó el lema de la "propaganda
por el hecho". Cafiero y Malatesta se encargaron de dar la primera lección.
El 5 de abril de 1877, treinta militantes armados, dirigidos por ellos,
invadieron las montañas de la provincia italiana de Benevento, quemaron
los archivos comunales de una aldea, distribuyeron entre los pobres el
contenido de la caja del recaudador de impuestos, intentaron aplicar un
"comunismo libertario" en miniatura –rural y pueril– y, finalmente, acosados,
transidos de frío, se dejaron capturar sin oponer resistencia.
Tres años después –el 25 de diciembre de
1880, para ser más exacto– Kropotkin proclamaba en su periódico
Le Revolté: "La revuelta permanente mediante la palabra, el impreso,
el puñal, el fusil, la dinamita (...), todo lo que no sea legalidad
es bueno para nosotros". De la "propaganda por el hecho" a los atentados
individuales sólo había un paso que no tardó en darse.
Si la defección de las masas obreras fue uno de
los motivos que empujaron a los anarquistas al terrorismo, la "propaganda
por el hecho" contribuyó a su vez, en cierta medida, a despertar
a los trabajadores aletargados. Fue, como dijo Robert Louzon en un artículo
de Révolution Prolétarienne (noviembre de 1937), "cual un
campanazo que arrancó al proletariado francés del estado
de postración en que lo habían sumido las matanzas de la
Comuna (...), preludio de la fundación de la CGT (Confédération
Générale du Travail) y del movimiento sindical de masas de
los años 1900 a 1910". Afirmación un poco optimista que rectifica,
o completa, (1) el testimonio de Fernand Pelloutier, joven anarquista convertido
al sindicalismo revolucionario: a su juicio, el empleo de la dinamita alejó
del camino del socialismo libertario a los trabajadores, pese a que se
sentían completamente decepcionados del socialismo parlamentario;
ninguno se atrevía a llamarse anarquista por temor de que se pensara
que prefería la revuelta aislada en perjuicio de la acción
colectiva.
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(1) Robert Louzon señaló al autor de este
libro que, desde un punto de vista dialéctico, su opinión
y la de Pelloutier no se excluyen en absoluto: el terrorismo tuvo efectos
contradictorios sobre el movimiento obrero.
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La combinación de las bombas y de las utopías
kropotkinianas proporcionó a los socialdemócratas armas que
supieron usar muy bien contra los anarquistas.
LOS SOCIALDEMOCRATAS VITUPERAN A LOS ANARQUISTAS
Durante muchos años, el movimiento obrero socialista
estuvo dividido en dos facciones irreconciliables: la tendencia anarquista,
que caía en la pendiente del terrorismo mientras se perdía
en la espera del milenio, y el movimiento político, que se proclamaba
fraudulentamente marxista en tanto se hundía en el "cretinismo parlamentario".
Como bien recordaría más adelante el anarquista y luego sindicalista
Pierre Monatte, "en Francia, el espíritu revolucionario iba muriendo
(...) año tras año. El revolucionarismo de Guesde (...) era
sólo de palabra o, peor aún, electoral y parlamentario; por
su parte, el de Jaurès iba mucho más lejos: era lisa y llanamente
ministerial y gubernamental". En Francia, la separación de anarquistas
y socialistas se consumó en el congreso de El Havre de 1880, cuando
el naciente partido obrero se lanzó a la actividad electoral.
Los socialdemócratas de diversos países,
reunidos en París en 1889, decidieron resucitar la práctica,
largo tiempo eclipsada, de los congresos socialistas internacionales, con
lo cual prepararon el camino para la Segunda Internacional. Algunos anarquistas
creyeron su deber participar en la asamblea convocada, pero su presencia
dio motivo a violentos incidentes. Los socialdemócratas lograron
ahogar a sus adversarios con la fuerza del número y, en el congreso
de Bruselas de 1891, se expulsó a los libertarios en medio de manifestaciones
de hostilidad hacia ellos. No obstante, y pese a ser reformistas, buena
parte de los delegados obreros, ingleses, holandeses e italianos, se retiraron
a modo de protesta. En el congreso siguiente, celebrado en Zurich en 1893,
los socialdemócratas propusieron que, en el futuro, sólo
se admitieran, aparte de las organizaciones sindicales, a aquellos partidos
y agrupaciones socialistas que reconocieran la necesidad de la "acción
política", vale decir, de la conquista del poder burgués
mediante el voto.
En la reunión de Londres de 1896, algunos anarquistas
franceses e italianos eludieron esta estipulación eliminatoria haciéndose
enviar como delegados de sindicatos. Si bien este proceder sólo
obedeció al deseo de vencer al enemigo por la astucia, sirvió,
como se verá luego, para que los anarquistas retomaran el camino
de la realidad: habían entrado en el movimiento sindical. Pero cuando
uno de ellos, Paul Delesalle, intentó subir a la tribuna, tuvo que
pagarlo con su integridad física, pues fue violentamente arrojado
por las escaleras. Jaurès afirmó que los libertarios habían
transformado a los sindicatos en agrupaciones revolucionarias y anarquistas,
que los habían desorganizado tal como quisieron hacerlo con aquel
congreso, "para gran beneficio de la reacción burguesa".
Wilhelm Liebknecht y August Bebel, jefes socialdemócratas
alemanes y electoralistas inveterados, fueron quienes más se encarnizaron
contra los anarquistas, como ya lo habían hecho en la Primera Internacional.
Secundados por la señora de Aveling, hija de Karl Marx, que tildó
de "locos" a los libertarios, los jefes socialdemócratas manejaron
la asamblea a su antojo y lograron que ésta adoptara una resolución
por la cual se excluía de los futuros congresos a todos los "antiparlamentarios",
cualquier que fuese el título con que se presentaran.
Tiempo después, en El Estado y la Revolución,
tendiendo a los anarquistas un ramo en el cual se entremezclaban flores
y espinas, Lenin les hizo justicia contra los socialdemócratas.
A éstos les reprochó el haber "dejado a los anarquistas el
monopolio de la crítica del parlamentarismo", y el haber "calificado
de anarquista" a dicha crítica. No era de asombrar, pues, que el
proletariado de los países parlamentarios, harto de tales socialistas,
hubiera volcado cada vez más sus simpatías hacia el anarquismo.
Los socialdemócratas tacharon de anarquista toda tentativa de destruir
el Estado burgués. Los libertarios señalaron "con exactitud
el carácter oportunista de las ideas sobre el Estado que profesan
la mayoría de los partidos socialistas".
Siempre al decir de Lenin, Marx concuerda con Proudhon
en un punto: ambos son partidarios de la "destrucción del actual
aparato del Estado". "Esa analogía entre marxismo y anarquismo,
el de Proudhon, el de Bakunin, es algo que los oportunistas no quieren
ver". Los socialdemócratas encararon con espíritu "no marxista"
sus discusiones con los anarquistas. Su crítica del anarquismo se
reduce a esta trivialidad burguesa: "Nosotros aceptamos el Estado; los
anarquistas, no". Pero, con muy buen fundamento, los libertarios podrían
replicarle a la socialdemocracia que ella no cumple con su deber, que es
el de educar a los obreros para la revolución. Lenin fustiga un
panfleto antianarquista del socialdemócrata ruso Plejánov,
diciendo que es "muy injusto con los anarquistas", "sofístico",
y que está "lleno de razonamientos groseros tendientes a insinuar
que no hay ninguna diferencia entre un anarquista y un bandido".
LOS ANARQUISTAS EN LOS SINDICATOS
Hacia 1890, los anarquistas se encontraban en un callejón
sin salida. Aislados del mundo obrero, entonces monopolizado por los socialdemócratas,
se encerraron bajo llave en sus santuarios y se parapetaron en torres de
marfil para dar vueltas y vueltas sobre una ideología cada vez más
irreal, cuando no se entregaban a atentados individuales o aplaudían
tales actos, dejándose así arrastrar por el engranaje de
la represión y de las represalias.
Kropotkin fue uno de los primeros que tuvieron el mérito
de entonar su mea culpa y de reconocer la inutilidad de la "propaganda
por el hecho". En una serie de artículos publicados en 1890, afirmó
"que es preciso estar con el pueblo, quien ya no pide actos aislados sino
hombres de acción en sus filas". Previno contra "la ilusión
de que puede vencerse a la coalición de explotadores con unas libras
de explosivos". Preconizó el retorno a un sindicalismo de masas
similar al que engendró y difundió la Primera Internacional:
"Uniones gigantescas que engloben a los millones de proletarios".
Si querían desligar a las masas obreras de los
supuestos socialistas que sólo se burlaban de ellas, los anarquistas
debían necesariamente penetrar en los sindicatos. Fernand Pelloutier
delineó la nueva táctica en su artículo "El anarquismo
y los sindicatos obreros", publicado en 1895 por Les Temps Nouveaux, semanario
anarquista. El anarquismo bien podía prescindir de la dinamita,
y era imperioso que fuera hacia la masa a fin de cumplir un doble propósito:
el de propagar las ideas libertarias en un medio importantísimo
y el de arrancar al movimiento sindical del estrecho corporativismo en
el que había estado hundido hasta entonces. El sindicalismo había
de ser una "escuela práctica de anarquismo". Laboratorio de las
luchas económicas, apartado de las competencias electorales, administrado
anárquicamente, ¿no era el sindicato, revolucionario y libertario
a la vez, la única organización que podía equilibrar
y destruir la nefasta influencia de los políticos socialdemócratas?
Pelloutier enlaza los sindicatos obreros con la sociedad "comunista libertaria"
que seguía siendo la meta final de los anarquistas. Y así
inquiere: el día en que estalle la revolución, "¿no
habrá ya una organización lista para suceder a la actual,
una organización casi libertaria que suprima de hecho todo poder
político y cuyas partes integrantes, dueñas de los instrumentos
de producción, rijan sus asuntos independiente y soberanamente,
con el libre consentimiento de sus miembros?".
Más adelante, en el congreso anarquista internacional
de 1907, Pierre Monatte declaraba: "El sindicalismo (...) abre al anarquismo,
demasiado tiempo replegado en sí mismo, perspectivas y esperanzas
nuevas". Por una parte, "el sindicalismo (...) ha devuelto al anarquismo
el espíritu de su origen obrero; por la otra, los anarquistas han
contribuido en buena medida a conducir al movimiento obrero hacia el camino
revolucionario y a popularizar la idea de la acción directa". En
esa misma reunión, y tras acaloradas discusiones, se adoptó
una resolución de síntesis que comenzaba con la siguiente
declaración de principios: "El congreso anarquista internacional
considera que los sindicatos son organizaciones de combate en la lucha
de clases tendiente al mejoramiento de las condiciones de trabajo, a la
vez que uniones de productores que pueden servir para transformar la sociedad
capitalista en otra anarcocomunista".
Pero mucho les costó a los anarquistas sindicalistas
encaminar al conjunto del movimiento libertario hacia el nuevo sendero
elegido. Los "puros" del anarquismo abrigaban un incontenible recelo contra
el movimiento sindical. Les chocaba su excesivo espíritu práctico
y lo acusaban de complacerse en la sociedad capitalista, de ser parte de
ella y acantonarse tras las reivindicaciones inmediatas. Negaban que el
sindicalismo pudiera resolver por sí solo los problemas sociales,
según lo pretendía. Durante el congreso de 1907, en áspera
réplica a Monatte, Malatesta sostuvo que el movimiento obrero era
para los anarquistas un medio, pero no un fin: "El sindicalismo es y será
siempre nada más que un movimiento legalista y conservador, sin
otro objetivo alcanzable –¡vaya!– que el mejoramiento de las condiciones
de trabajo". Cegado por el deseo de lograr ventajas inmediatas, el movimiento
sindical desviaba a los trabajadores de su verdadera meta: "No es que debamos
incitar a los obreros a dejar el trabajo, sino, más bien, a continuarlo
por cuenta propia". Finalmente, Malatesta alertaba contra el espíritu
conservador de las burocracias gremiales: "Dentro del movimiento obrero,
el funcionario es un peligro sólo comparable al del parlamentarismo.
El anarquista que acepta ser funcionario permanente y asalariado de un
sindicato está perdido para el anarquismo".
Monatte replicó que, al igual que toda obra humana,
el movimiento sindical no estaba, por cierto, libre de imperfecciones:
"Creo que, en lugar de ocultarlas, es útil tenerlas siempre presentes
a fin de poder contrarrestarlas". Reconocía que la burocracia sindical
daba motivo a vivas críticas, a menudo justificadas. Pero rechazaba
la acusación de que se deseaba sacrificar al anarquismo y la revolución
en bien del sindicalismo. "Como para todos los que estamos aquí,
la anarquía es nuestro objetivo final. Mas los tiempos han cambiado,
y por eso, sólo por eso, nos hemos visto obligados a modificar nuestro
modo de encarar el movimiento y la revolución (...). Si, en lugar
de criticar desde arriba los vicios pasados, presentes y hasta futuros
del sindicalismo, los anarquistas participaran más íntimamente
en la actividad sindical, los peligros que aquél puede provocar
quedarían conjurados por siempre jamás".
Por lo demás, la ira de los intransigentes del
anarquismo no carecía totalmente de fundamento. Pero el tipo de
sindicatos que desaprobaban pertenecía a una época ya superada:
se trataba de aquellos sindicatos, en un principio simple y llanamente
corporativos y luego llevados a remolque por los políticos socialistas
que proliferaron en Francia durante los años siguientes a la represión
de la Comuna. Por otra parte, los anarquistas "puros" juzgaban que el sindicalismo
de lucha de clases, regenerado por la penetración de los anarcosindicalistas,
presentaba un inconveniente en el sentido contrario: pretendía producir
su ideología propia, "bastarse a sí mismo". Emile Pouget,
su portavoz más mordaz, afirmó: "La supremacía del
sindicato sobre los otros modos de cohesión de los individuos débese
al hecho de que él cumple, frontal y paralelamente, la tarea de
conquistar mejoras parciales y la de concretar –misión más
decisiva– la transformación social. Y justamente porque responde
a esta doble tendencia (...) sin sacrificar el presente en aras del porvenir,
o viceversa, el sindicato se presenta como la forma de agrupamiento por
excelencia".
Los esfuerzos dcl nuevo sindicalismo por afianzar y preservar
su "independencia", proclamada en una célebre Carta que se firmó
durante el congreso de la CGT celebrado en Amiens en 1906, no estaban dirigidos
principalmente contra los anarquistas: antes bien respondían al
deseo de librarse de la tutela de la democracia burguesa y su apéndice
en el movimiento obrero, la socialdemocracia. Además, se buscaba
conservar la cohesión del movimiento sindical, evitar una proliferación
de sectas políticas rivales como la que se produjo en Francia antes
de la "unidad socialista". De la obra de Proudhon titulada Capacidad Política
de la Clase Obrera, que tenían como biblia los sindicalistas revolucionarios,
tomaron éstos especialmente la idea de "separación": constituido
como clase aparte y bien delimitada, el proletariado debía rechazar
todo aporte de la clase enemiga.
Pero ciertos anarquistas se ofuscaron al ver que el sindicalismo
obrero pretendía prescindir de su tutela. Doctrina radicalmente
falsa, exclamó Malatesta, doctrina que amenazaba la existencia misma
del anarquismo. Y el segundón Jean Grave se hizo eco así;
"El sindicalismo puede, y debe, bastarse a sí mismo en su lucha
contra la explotación patronal, pero de ningún modo ha de
aspirar a resolver por sí solo el problema social". "Tan poco se
basta a sí mismo que la definición de lo que es, de lo que
debe ser y hacer, tuvo que venirle de afuera."
A despecho de estas recriminaciones, y gracias al fermento
revolucionario depositado en él por los anarquistas convertidos
al sindicalismo, en los años precedentes a la primera guerra mundial
el movimiento sindical llegó a constituirse en Francia y los demás
países latinos en una potencia que debían tener muy en cuenta,
no sólo la burguesía y el gobierno, sino también los
políticos socialdemócratas, que desde entonces perdieron
mucho terreno en el dominio del movimiento obrero. El filósofo Georges
Sorel consideraba que la entrada de los anarquistas en los sindicatos fue
uno de los grandes acontecimientos de su época. Sí, la doctrina
anarquista se había diluido en el movimiento de masas, pero en él
se reencontró consigo misma, bajo formas nuevas, y renovó
sus fuerzas.
La fusión de la idea anarquista con la sindicalista
dejó en el movimiento libertario profundas huellas. Hasta 1914,
la CGT francesa fue el producto, bastante efímero, de dicha síntesis.
Pero el fruto más acabado y duradero debía ser la CNT española
(Confederación Nacional del Trabajo), fundada en 1910 al producirse
la disgregación del partido radical del político Alejandro
Leroux. Diego Abad de Santillán, uno de los portavoces del anarcosindicalismo
español, no dejará de rendir homenaje a Fernand Pelloutier,
Emile Pouget y otros anarquistas que comprendieron la necesidad de hacer
fructificar sus ideas ante todo en las organizaciones económicas
del proletariado.
II
EL ANARQUISMO EN LA REVOLUCION RUSA
La Revolución Rusa dio nuevo impulso al anarquismo,
ya remozado en el sindicalismo revolucionario. Esta afirmación puede
sorprender al lector, habituado a considerar la gran mutación revolucionaria
de octubre de 1917 como obra y patrimonio exclusivo de los bolcheviques.
En rigor de verdad, la Revolución Rusa fue un vasto movimiento de
masas, una ola de fondo popular que rebasó y arrasó a los
grupos ideológicos. No perteneció a nadie en particular;
sólo al pueblo. En la medida en que constituyó una auténtica
revolución, impulsada desde abajo hacia arriba, capaz de producir
espontáneamente órganos de democracia directa, presentó
todas las características de una revolución social de tendencias
libertarias. No obstante, la debilidad relativa de los anarquistas rusos
les impidió explotar una situación excepcionalmente favorable
para lograr el triunfo de sus ideas.
La Revolución fue finalmente confiscada y desnaturalizada
por la maestría, dirán unos, por la astucia, dirán
otros, del equipo de revolucionarios profesionales agrupados en torno de
Lenin. Pero esta doble derrota del anarquismo y de la auténtica
revolución popular no resultó del todo estéril para
la idea libertaria. En primer término, no se renegó de la
apropiación colectiva de los medios de producción, con lo
que se preservó el terreno donde algún día, quizá,
el socialismo desde la base se impondrá sobre la regimentación
estatal. En segundo lugar, la experiencia soviética significó
una importante lección para algunos anarquistas de Rusia y otros
países, a quienes este fracaso temporario enseñó muchas
cosas –de las cuales el propio Lenin pareció tomar conciencia en
vísperas de su muerte–, y obligó a reconsiderar los problemas
de conjunto de la revolución y del anarquismo. En suma, les mostró,
si necesario era, cómo no debe hacerse una revolución, para
usar la expresión de Kropotkin, repetida por Volin. Lejos de probar
que el socialismo libertario es impracticable, la experiencia soviética
confirmó, en buena medida, la exactitud profética de las
ideas expresadas por los fundadores del anarquismo y, especialmente, de
su crítica del socialismo "autoritario".
UNA REVOLUCION LIBERTARIA
La revolución de 1905 fue el punto de partida de
la de 1917. En ella surgieron órganos revolucionarios de nuevo cuño:
los soviets, nacidos en las fábricas de San Petersburgo, durante
una huelga general espontánea. Los soviets se encargaron de coordinar
la lucha de los establecimientos en huelga, y llenaron así un lamentable
vacío, por cuanto el país carecía casi por completo
de movimiento sindical y de tradición sindicalista. El anarquista
Volin se contaba entre los hombres del pequeño grupo estrechamente
ligado a los obreros que, por sugerencia de éstos, tuvo la idea
de crear el primer soviet. El testimonio de Trotski, que meses después
debía llegar a la presidencia del Soviet, confirma el de Volin.
Sin intención peyorativa, más bien podría decirse
lo contrario, escribe Trotski en sus comentarios sobre la revolución
de 1905: "La actividad del soviet significa la organización de la
anarquía. Su existencia y desarrollo ulteriores marcaron una consolidación
de la anarquía".
Esta experiencia se grabó indeleblemente en la
conciencia obrera, y cuando estalló la Revolución de febrero
de 1917, los dirigentes revolucionarios no tuvieron nada que inventar.
Los trabajadores se apoderaron espontáneamente de las fábricas.
Los soviets resurgieron naturalmente; una vez más, tomaron por sorpresa
a los profesionales de la Revolución. Según reconoció
el mismo Lenin, las masas obreras y campesinas eran "cien veces más
izquierdistas" que los bolcheviques. Los soviets gozaban de tal prestigio
que la insurrección de octubre sólo pudo desencadenarse a
su llamado y en su nombre.
Pese a su impulso carecían de homogeneidad, de
experiencia revolucionaria y de preparación ideológica. Por
ello fueron fácil presa de partidos políticos con ideas revolucionarias
vacilantes. Pese a ser una organización minoritaria, el partido
bolchevique era la única fuerza revolucionaria que estaba verdaderamente
organizada y perseguía objetivos definidos. Ni en el plano político
ni en el sindical tenía casi rivales dentro del campo de la extrema
izquierda y disponía de elementos dirigentes de primer orden. Desplegaba
"una actividad frenética, febril, impresionante", como admitió
Volin.
Con todo, el aparato del partido –donde Stalin desempeñaba,
a la sazón, un papel secundario– siempre miró con cierta
desconfianza la molesta competencia de los soviets. Inmediatamente después
de la toma del poder, la irresistible tendencia espontánea a la
socialización de la producción se canalizó mediante
el control obrero. El decreto del 14 de noviembre de 1917 legalizó
la intervención de los trabajadores en la dirección de las
empresas y en el cálculo del costo, abolió el secreto comercial
y obligó a los patronos a mostrar su correspondencia y sus cuentas.
"Los jefes de la revolución no tenían intención
de ir mas allá", informa Victor Serge. En abril de 1918, "seguían
considerando la posibilidad (...) de formar sociedades mixtas por acciones,
en las cuales participarían capitales rusos y extranjeros, amén
del Estado soviético". "Las medidas de expropiación se tomaron
por iniciativa de las masas y no del poder gobernante".
El 20 de octubre de 1917, en el primer congreso de consejos
de fábrica, se presentó una moción de inspiración
anarquista en la cual se reclamaba: "El control de la producción
y las comisiones de control no deben ser simples comités de verificación,
sino (...) las células generadoras del mundo futuro, destinadas
a preparar desde ahora el paso de la producción a manos de los obreros".
A. Pankrátova señala: "Cuanto más viva era la resistencia
opuesta por los capitalistas a la aplicación del decreto sobre el
control obrero, y cuanto más empecinada su negativa a permitir la
injerencia de los trabajadores en la producción, tanto más
fácil y favorablemente se afirmaban estas tendencias anarquistas
después de la Revolución de Octubre".
Pronto se comprobó, en efecto, que el control obrero
era una medida tibia, inoperante y deficiente. Los empleadores saboteaban,
ocultaban las existencias, sustraían herramientas, provocaban a
los obreros y hacían lock-out; a veces se servían de los
comités de fábrica como de simples agentes o auxiliares de
la dirección, y hasta hubo quienes trataron de hacer nacionalizar
sus establecimientos por creerlo provechoso. Como respuesta a estas sucias
maniobras, los obreros se apoderaban de las fábricas y las ponían
nuevamente en marcha por su cuenta.
"No eliminaremos a los industriales por iniciativa propia"
–expresaban los obreros en sus mociones–, "pero nos haremos cargo de la
producción si no quieren asegurar el funcionamiento de las fábricas".
Pankrátova agrega que, en este primer período de socialización
"caótica" y "primitiva", los consejos de fábrica "frecuentemente
tomaban la dirección de los establecimientos cuyos propietarios
habían sido eliminados o habían preferido huir".
Muy pronto, el control obrero debió dar paso a la socialización. Lenin tuvo que obligar prácticamente a sus timoratos lugartenientes a arrojarse en el "crisol de la creación popular viva" y a usar un lenguaje auténticamente libertario. La autogestión obrera debía ser la base de la reconstrucción revolucionaria. Sólo ella podía despertar en las masas un entusiasmo revolucionario capaz de hacer posible lo imposible. Cuando el ultimo peón, el más insignificante desocupado, la humilde cocinera vean las fábricas, la tierra y la administración confiadas a las asociaciones de obreros, empleados, funcionarios y campesinos, puestas en manos de comités democráticos de abastecimiento, etc., creados espontáneamente por el pueblo, "cuando los pobres vean y sientan esto, ninguna fuerza podrá vencer a la revolución social". El porvenir pertenecía a una república del tipo de la Comuna de 1871, a una república de soviets.
"Con objeto de impresionar a las masas, de ganarse su
confianza y sus simpatías, el partido bolchevique comenzó
a lanzar (...) lemas que, hasta entonces, habían sido característicos
(...) del anarquismo", relata Volin. Lemas tales como todo el poder a los
soviets, eran intuitivamente tomados por las masas en un sentido libertario.
Así, testimonia Arshinov: "Los trabajadores interpretaban que la
implantación de un poder soviético significaría la
libertad de disponer de su propio destino social y económico". En
el tercer congreso de los soviets (realizado a principios de 1918), Lenin
proclamó: "Las ideas anarquistas adquieren ahora formas vivas".
Poco después, en el séptimo congreso del Partido (6 a 8 de
marzo), hizo adoptar tesis que trataban, entre otras cosas, de la socialización
de la producción dirigida por los organismos obreros (sindicatos,
comités de fábrica, etc.), de la eliminación de los
funcionarios profesionales, la policía y el ejército, de
la igualdad de salarios y sueldos, de la participación de todos
los miembros de los soviets en la dirección y administración
del Estado, de la supresión progresiva y total de dicho Estado y
del signo monetario. En el congreso de sindicatos (primavera de 1918),
Lenin describió las fábricas como "comunas autogobernadas
de productores y consumidores". El anarcosindicalista Maximov llegó
a sostener: "Los bolcheviques no sólo abandonaron la teoría
del debilitamiento gradual del Estado, sino también la ideología
marxista en su conjunto. Se habían transformado en una suerte de
anarquistas".
UNA REVOLUCION "AUTORITARIA"
Pero este audaz cambio, tendiente a ubicarse en la línea
del instinto y la disposición revolucionaria de las masas, si bien
logró poner a los bolcheviques a la cabeza de la Revolución,
no correspondía a su ideología tradicional ni a sus verdaderas
intenciones. Desde siempre fueron "autoritarios", entusiastas de las ideas
de Estado, dictadura, centralización, partido dirigente y dirección
de la economía desde arriba, todas ellas en flagrante contradicción
con una concepción verdaderamente libertaria de la democracia soviética.
El Estado y la Revolución, obra escrita en vísperas
de la insurrección de octubre, es un espejo en el que se refleja
la ambivalencia del pensamiento de Lenin. Algunas de sus páginas
bien podrían haber sido firmadas por un libertario y, como ya hemos
visto, en ellas se rinde homenaje a los anarquistas, parcialmente al menos.
Pero este llamado a la revolución desde abajo encierra un alegato
en favor de la revolución desde arriba. Las ideas de Estado, centralización
y jerarquía no están insinuadas de modo más o menos
disimulado; por el contrario, aparecen franca y directamente: el Estado
sobrevivirá a la conquista del poder por el proletariado y se extinguirá
sólo después de transcurrido un período transitorio.
¿Cuánto durará este purgatorio? Lenin no nos oculta
la verdad; nos la dice sin pena, antes bien con alivio: el proceso será
"lento", de "larga duración". Bajo la apariencia del poder de los
soviets, la revolución engendrará en realidad el "Estado
proletario" o la "dictadura del proletariado", "el Estado burgués
sin burguesía", como admite, casi sin quererlo, el propio autor
cuando consiente en ir al fondo de su pensamiento. Tal Estado omnívoro
tiene por cierto la intención de absorberlo todo.
Lenin sigue la escuela de su contemporáneo, el
capitalismo de Estado alemán, de la Kriegswirtschaft (economía
de guerra). También toma como modelo los métodos capitalistas
de organización de la gran industria moderna, con su "disciplina
de hierro". Un monopolio estatal como el Correo le hace exclamar, maravillado:
"¡Qué mecanismo admirablemente perfeccionado! Toda la vida
económica organizada como el Correo, (...) eso es el Estado, ésa
es la base económica que necesitamos". El querer prescindir de la
"autoridad" y la "subordinación", no es más que "un sueño
anarquista", afirma categóricamente. Poco antes, le entusiasmaba
la idea de confiar la producción y el intercambio a las asociaciones
obreras, a la autogestión. Pero había un error en el orden
de las cosas. No oculta su receta mágica: todos los ciudadanos han
de convertirse en "empleados obreros de un sólo trust universal:
el Estado", la sociedad entera será "una inmensa oficina y una gran
fábrica". Existirán los soviets, a no dudarlo, pero bajo
la égida del partido obrero, de un partido que tiene la misión
histórica de "dirigir" al proletariado.
Los anarquistas rusos más lúcidos no se
dejaron engañar. En el apogeo del período libertario de Lenin,
conjuraban ya a los trabajadores a ponerse en guardia. En su periódico
Golos Trudá (La Voz del Trabajo), podían leerse, hacia fines
de 1917 y principios de 1918, estas proféticas advertencias de Volin:
"Una vez que hayan consolidado y legalizado su poder, los bolcheviques
–que son socialistas, políticos y estatistas, es decir, hombres
de acción centralistas y autoritarios– comenzarán a disponer
de la vida del país y del pueblo con medios gubernativos y dictatoriales
impuestos desde el centro (...). Vuestros soviets (...) se convertirán
paulatinamente en simples instrumentos ejecutivos de la voluntad del gobierno
central (...). Asistiremos a la erección de un aparato autoritario,
político y estatal que actuará desde arriba y comenzará
a aplastarlo todo con su mano de hierro (...). ¡Ay de quien no esté
de acuerdo con el poder central!". "Todo el poder a los soviets pasará
a ser, de hecho, la autoridad de los jefes del partido".
La tendencia cada vez más anarquizante de las masas
obligó a Lenin a apartarse por un tiempo del viejo camino, dice
Volin. Sólo dejaba subsistir al Estado, la autoridad y la dictadura
por una hora, por un minuto, para dar paso, acto seguido, al "anarquismo".
"Pero, por todos los diablos, ¿no os imagináis (...) qué
dirá el ciudadano Lenin cuando se consolide el poder actual y sea
posible hacer oídos sordos a la voz de las masas?". Naturalmente,
volverá a los senderos trillados. Creará un "Estado marxista"
del tipo más perfeccionado.
Como se comprende, sería aventurado sostener que
Lenin y su equipo tendieron conscientemente una trampa a las masas. En
ellos existía más dualismo doctrinario que duplicidad. Entre
los dos polos de su pensamiento había una contradicción tan
evidente, tan flagrante, que era de prever que pronto los hechos obligarían
a una definición. Una de dos: o bien la presión anarquizante
de las masas compelía a los bolcheviques a olvidar sus inclinaciones
autoritarias o, por el contrario, la consolidación de su poder,
reforzada por el sofocamiento o debilitamiento de la revolución
popular, los llevaba a relegar sus veleidades anarquizantes al desván
de los trastos viejos.
El problema se complicó al añadirse un elemento
nuevo y perturbador: la situación derivada de la terrible guerra
civil, la intervención extranjera, la desorganización de
los transportes y la escasez de técnicos. Estas circunstancias empujaron
a los dirigentes soviéticos a tomar medidas de excepción,
a recurrir a la dictadura, la centralización y un régimen
de "mano de hierro". Los anarquistas negaron, empero, que todas estas dificultades
tuvieran únicamente causas "objetivas" y externas a la Revolución.
Opinaban que, en parte, se debían a la lógica interna de
los conceptos autoritarios del bolcheviquismo, a la impotencia de un poder
burocratizado y centralizado en exceso. Según Volin, la incompetencia
del Estado y su pretensión de dirigir y controlar todo fueron dos
de los factores que lo incapacitaron para reorganizar la vida económica
del país y lo condujeron a un verdadero "desastre", marcado por
la paralización de la actividad industrial, la ruina de la agricultura
y la destrucción de todo vínculo entre las distintas ramas
de la economía.
Volin relata el caso de la antigua refinería de
petróleo Nobel, de Petrogrado. Al ser abandonada por sus propietarios,
los cuatro mil obreros empleados en el establecimiento decidieron hacerlo
trabajar colectivamente. Guiados por este propósito, se dirigieron
al gobierno bolchevique sin encontrar eco. Entonces intentaron poner la
empresa en marcha con sus propios medios. Se dividieron en grupos móviles
que se ocuparon afanosamente de buscar combustibles, materias primas, mercados
y transporte. Para solucionar este último problema, habían
ya iniciado negociaciones con sus camaradas ferroviarios. El gobierno se
irritó. Por ser responsable ante el país entero, no podía
admitir que cada fábrica actuara a su gusto y manera. Obstinado,
el consejo obrero convocó una asamblea general de trabajadores.
El Comisario de Trabajo en persona se tomó la molestia de advertir
a los obreros que no osaran realizar "un acto de grave indisciplina". Fustigó
su actitud "anarquista y egoísta" y los amenazó con el despido
sin indemnización. Los trabajadores replicaron que no solicitaban
ningún privilegio: el gobierno no tenía más que dejar
a los obreros y campesinos actuar del mismo modo en todo el país.
Todo fue en vano. El gobierno se mantuvo en su posición y la refinería
fue clausurada.
La dirigente comunista Alexandra Kolontái corrobora
lo expuesto por Volin. En 1921, señaló con pesar que innumerables
iniciativas obreras habían naufragado en el mar de legajos y de
estériles palabras administrativas: "¡Que amargura para los
obreros! (...), darse cuenta de cuánto habrían podido hacer
si se les hubiera dado el derecho y la posibilidad de actuar (...). La
iniciativa perdió impulso; el deseo de actuar murió".
En realidad, el poder de los soviets duró apenas
unos meses, desde octubre de 1917 hasta la primavera de 1918. Muy pronto,
los consejos de fábrica fueron despojados de sus atribuciones so
pretexto de que la autogestión no tenía en cuenta las necesidades
"racionales" de la economía y fomentaba el egoísmo de las
empresas, empeñadas en hacerse competencia, disputarse los magros
recursos y sobrevivir a toda costa, aunque hubiera otras fábricas
más importantes "para el Estado" y mejor equipadas. En resumen,
y para usar las palabras de A. Pankrátova, se iba a una fragmentación
de la economía en "federaciones autónomas de productores,
del tipo soñado por los anarquistas". Es innegable que la naciente
autogestión obrera merecía ciertos reparos. Penosamente,
casi a tientas, había tratado de crear nuevas formas de producción
sin precedentes en la historia humana. Se había equivocado, había
tomado por caminos falsos, es cierto, pero éste era el tributo del
aprendizaje. Como afirmó Kolontái, el comunismo no podía
"nacer sino de un proceso de búsquedas y pruebas prácticas,
cometiendo errores quizás, pero basándose en las fuerzas
creadoras de la propia clase obrera".
Los dirigentes del partido no compartían esta opinión.
Por el contrario, se sentían muy felices de arrebatar a los comités
de fábrica los poderes que, en su fuero interno, se habían
resignado –sólo resignado– a entregarles. A partir de 1918, Lenin
inclinó sus preferencias hacia la primacía de la "voluntad
de uno solo" en la dirección de las empresas. Los trabajadores debían
obedecer "incondicionalmente" a la voluntad única de los dirigentes
del desarrollo laboral. Todos los jefes bolcheviques, nos dice Kolontái,
"desconfiaban de la capacidad creadora de las colectividades obreras".
Para colmo, la administración había sido invadida por innumerables
elementos pequeño-burgueses, restos del antiguo capitalismo ruso,
que se habían adaptado con harta celeridad a las instituciones soviéticas,
habían obtenido puestos de responsabilidad en los diversos comisariatos
y consideraban que la gestión económica debía estar
en sus manos y no en las de las organizaciones obreras.
Se asistía a la creciente injerencia de la burocracia
estatal en la economía. Desde el 5 de diciembre de 1917 la industria
fue presidida por el Consejo Económico Superior, encargado de coordinar
autoritariamente la actividad de todos los organismos de producción.
El congreso de los Consejos Económicos (26 de mayo - 4 de junio
de 1918) decidió que se formaran directorios de empresa según
el siguiente esquema: las dos terceras partes de sus integrantes serían
nombrados por los consejos regionales o el Consejo Económico Superior,
mientras que el tercio restante sería elegido por los obreros de
cada establecimiento. El decreto del 28 de mayo de 1918 extendió
la colectivización a la industria en su conjunto, pero, de un mismo
plumazo, transformó en nacionalizaciones las socializaciones espontáneas
de los primeros meses de la Revolución. Correspondía al Consejo
Económico Superior la tarea de organizar la administración
de las empresas nacionalizadas. Los directores y el plantel técnico
continuaban en funciones, pero a sueldo del Estado. Durante el segundo
congreso del Consejo Económico Superior, reunido a fines de 1918,
el miembro informante regañó con acritud a los consejos de
fábrica por ser éstos los que, prácticamente, dirigían
las empresas en lugar del consejo administrativo.
Seguían haciéndose votaciones para elegir
a los integrantes de los comités de fábrica, mas solo por
formulismo, pues un miembro de la célula comunista procedía
primero a leer una lista de candidatos, preparada de antemano, y luego
se votaba levantando la mano, todo ello en presencia de los "guardias comunistas"
armados del establecimiento. Quien se declaraba contra los candidatos propuestos,
pronto sufría sanciones económicas (reducción de salario,
etc.). Como bien dijo Arshinov, ya no había más que un amo
omnipotente: el Estado. La relación entre los obreros y este nuevo
patrón era idéntica a la que había existido entre
el trabajo y el capital. Se restauró el salariado, con la única
diferencia de que ahora el trabajador cumplía un deber para con
el Estado.
Los soviets fueron relegados a una función puramente
nominal. Se los convirtió en instituciones del poder gubernamental.
"Debéis ser las células estatales de la base", declaró
Lenin el 27 de junio de 1918, en el congreso de los consejos de fábrica.
Según las palabras de Volin, quedaron reducidos a "cuerpos puramente
administrativos y ejecutivos, encargados de pequeñas tareas locales
sin importancia y totalmente sometidos a las directivas de las autoridades
centrales: el gobierno y los órganos dirigentes del Partido". No
gozaban siquiera de "una sombra de poder". Durante el tercer congreso de
los sindicatos (abril de 1920), Losovski, miembro informante, reconoció:
"Hemos renunciado a los viejos métodos de control obrero, de los
cuales sólo hemos conservado el principio estatal". A partir de
entonces, ese "control" fue ejercido por un organismo del Estado: la Inspección
Obrera y Campesina.
En los primeros tiempos, las federaciones de la industria,
de estructura centralista, sirvieron a los bolcheviques para aprisionar
y subordinar a los consejos de fábrica, federalistas y libertarios
por naturaleza. El 1º de abril de 1918 se consumó la fusión
de los dos tipos de organización, siempre bajo el ojo vigilante
del partido. El gremio de los metalúrgicos de Petrogrado prohibió
a los consejos de fábrica "tomar iniciativas desorganizadoras" y
reprobó su "peligrosísima" tendencia a poner en manos de
los trabajadores tal o cual empresa. Según decía, ello significaba
imitar de la peor manera a las cooperativas de producción, que "habían
demostrado su inoperancia hacia ya largo tiempo" y estaban destinadas a
transformarse en empresas capitalistas". "Todo establecimiento abandonado
o saboteado por un industrial y cuya producción fuera necesaria
para la economía nacional, debía pasar a depender del Estado".
Era "inadmisible" que los obreros tomaran empresas a su cargo sin contar
con la aprobación del aparato sindical.
Tras esta operación preparatoria se domesticó,
depuró y despojó de toda autonomía a los sindicatos
obreros; sus congresos fueron diferidos, sus miembros, detenidos, y sus
organizaciones, disueltas o fusionadas en unidades más grandes.
Al término de este proceso, se había eliminado hasta el menor
rastro de orientación anarcosindicalista, y el movimiento gremial
quedó estrechamente subordinado al Estado y al partido único.
Igual suerte corrieron las cooperativas de consumo. Al
principio surgieron por doquier, se multiplicaron y confederaron. Pero
cometieron el error de escapar al control del partido y de dejar que algunos
socialdemócratas (mencheviques) se infiltraran en ellas. Los bolcheviques
comenzaron por privar a las tiendas locales de sus medios de abastecimiento
y transporte, so pretexto de que su actividad equivalía a un "comercio
privado" o de que se dedicaban a la "especulación"; en algunos casos,
ni siquiera daban razones para justificar este proceder. Luego todas las
cooperativas libres fueron clausuradas simultáneamente, y en su
lugar se instalaron burocráticas cooperativas estatales. Por el
decreto del 20 de marzo de 1919, las cooperativas de consumo pasaban al
comisariato de abastecimiento y las cooperativas de producción industrial
se integraban en el Consejo Económico Superior. Mucho fueron los
miembros de las cooperativas que terminaron en prisión.
La clase obrera no supo reaccionar con suficiente rapidez
y energía. Estaba dispersa, aislada en un inmenso país atrasado
y de economía primordialmente rural, agotada por las privaciones
y las luchas revolucionarias y, peor aún, desmoralizada. Había
perdido sus mejores elementos, que la dejaron para ir a combatir en la
guerra civil o fueron absorbidos por la maquinaria del partido o del gobierno.
Pese a todo, hubo muchos trabajadores que se percataron de que sus conquistas
revolucionarias les había sido arrebatadas, de que se los había
privado de sus derechos y puesto bajo tutela, que se sintieron humillados
por la arrogancia o la arbitrariedad de los nuevos amos y tuvieron conciencia
de cuál era la verdadera naturaleza del supuesto "Estado proletario".
Fue así como, durante el verano de 1918, obreros descontentos de
las fábricas de Moscú y Petrogrado realizaron elecciones
entre ellos a fin de formar auténticos "consejos de delegados" para
oponerlos a los soviets de empresa, ya denominados por el poder central.
Según atestigua Kolontái, el obrero sentía, veía
y comprendía que se le hacía a un lado. Le bastaba comprobar
cómo vivían los funcionarios soviéticos y cómo
vivía él, pilar sobre el cual descansaba, al menos en teoría,
la "dictadura del proletariado".
Pero cuando los trabajadores llegaron a ver claro, era
ya demasiado tarde. El poder había tenido tiempo de organizarse
sólidamente y disponía de fuerzas de represión capaces
de doblegar cualquier intento de acción autónoma de las masas.
Volin afirma que, durante tres años, la vanguardia obrera libró
una lucha dura y desigual, prácticamente ignorada fuera de Rusia,
contra un aparato estatal que se obstinaba en negar que entre él
y las masas se había abierto un abismo. Durante el lapso de 1919
a 1921 se multiplicaron las huelgas en los grandes centros urbanos, sobre
todo en Petrogrado, y hasta en Moscú. Fueron, como veremos luego,
duramente reprimidas.
Dentro del propio partido dirigente surgió una
"Oposición Obrera" que reclamaba el retorno a la democracia soviética
y a la autogestión. Durante el décimo congreso del Partido,
realizado en marzo de 1921, Alexandra Kolontái, uno de sus voceros,
distribuyó un folleto en el que se pedía libertad de iniciativa
y de organización para los sindicatos, así como la elección,
por un "congreso de productores", de un órgano central de administración
de la economía nacional. Este opúsculo fue confiscado y prohibido.
Lenin logró que los congresistas aprobaran casi por unanimidad una
resolución en la cual se declaraba que las tesis de la Oposición
Obrera eran "desviaciones pequeño-burguesas y anarquistas": a sus
ojos, el "sindicalismo", el "semianarquismo" de los opositores constituía
un "peligro directo" para el monopolio del poder ejercido por el Partido
en nombre del proletariado.
Esta lucha continuó en el seno del grupo directivo
de la central sindical. Por haber apoyado la independencia de los sindicatos
respecto del partido, Tomski y Riazánov fueron excluidos del Presidium
y enviados al exilio. Igual suerte sufrieron Shliápnikov, principal
dirigente de la Oposición Obrera, y G. I. Miásnikov, cabeza
de otro grupo opositor. Este último, auténtico obrero que
en 1917 ajustició al Gran Duque Miguel, que había actuado
en el partido durante quince años y que, antes de la Revolución,
había cumplido siete años de cárcel y setenta y cinco
días de huelga de hambre, se atrevió a imprimir, en noviembre
de 1921, un folleto en el cual aseveraba que los trabajadores habían
perdido confianza en los comunistas porque el partido ya no hablaba el
mismo idioma que la clase obrera y ahora dirigía contra ella los
mismos medios de represión que se emplearon contra los burgueses
entre 1918 y 1920.
EL PAPEL DE LOS ANARQUISTAS
¿Qué papel desempeñaron los anarquistas
rusos en aquel drama, en el cual una revolución de tipo libertario
fue transmutada en su opuesto? Rusia no tenía casi tradición
libertaria. Bakunin y Kropotkin se convirtieron al anarquismo en el extranjero;
ni uno ni otro militaron jamás como anarquistas dentro de Rusia.
En lo que atañe a sus obras, por lo menos antes de la Revolución
de 1917, se publicaron fuera de su país natal y, muchas veces, en
lengua extranjera. Sólo algunos extractos llegaron a Rusia, y ello
clandestinamente, con grandes dificultades y en cantidades muy limitadas.
La educación social, socialista y revolucionaria de los rusos, no
tenía absolutamente nada de anarquista. Muy por el contrario, asegura
Volin, "la juventud rusa avanzada leía una literatura que, invariablemente,
presentaba al socialismo desde una perspectiva estatista". Las mentes estaban
impregnadas de la idea de gobierno: la socialdemocracia alemana había
contaminado a todos.
Los anarquistas eran apenas "un puñado de hombres
sin influencia". Sumaban, cuando más, algunos miles. Siempre al
decir de Volin, su movimiento era "todavía demasiado débil
para tener influencia inmediata y concreta sobre los acontecimientos".
Por lo demás, la mayoría de ellos, intelectuales de tendencias
individualistas, prácticamente no habían participado en el
movimiento obrero. Néstor Majno fue, junto con Volin, una de las
excepciones a esta regla; actuó en su Ucrania natal en el corazón
de las masas y, en sus memorias, declara con gran severidad que el anarquismo
ruso "se encontraba a la zaga de los acontecimientos y, a veces, hasta
completamente fuera de ellos".
No obstante, ese juicio parece algo injusto. Entre la
Revolución de febrero y la de octubre, los anarquistas cumplieron
un papel nada desdeñable. Así lo reconoce Trotski repetidamente
en el curso de su Historia de la Revolución Rusa. "Osados" y "activos"
pese su escaso número, fueron adversarios por principio de la Asamblea
Constituyente, en un momento en que los bolcheviques no eran todavía
antiparlamentarios. Mucho antes que el partido de Lenin, inscribieron en
su bandera el lema de todo el poder a los soviets. Ellos dieron impulso
al movimiento de socialización espontánea de la vivienda,
muchas veces contra la voluntad de los bolcheviques. Y en parte por iniciativa
de los militantes anarcosindicalistas, los obreros se apoderaron de las
fábricas, aun antes de octubre.
Durante las jornadas revolucionarias que pusieron término
a la república burguesa de Kerenski, los anarquistas estuvieron
en los puestos de vanguardia en la lucha militar; descollaron especialmente
en el regimiento de Dvinsk, el cual, a las órdenes de veteranos
libertarios como Grachov y Fedótov, desalojó a los "cadetes"
contrarrevolucionarios. La Asamblea Constituyente fue dispersada por el
anarquista Anatol Zhelezniákov, secundado por su destacamento; los
bolcheviques no hicieron más que ratificar la hazaña ya cumplida.
Muchos grupos de guerrilleros, formados por anarquistas o dirigidos por
ellos (los de Mokoúsov, Cherniak y otros), lucharon sin tregua contra
los ejércitos blancos desde 1918 a 1920.
No hubo casi ciudad importante que no contara con un grupo
anarquista o anarcosindicalista afanoso por difundir material impreso relativamente
considerable: periódicos, revista, folletos de propaganda, opúsculos,
libros. En Petrogrado aparecían dos semanarios y en Moscú
un diario, cada uno de los cuales tenía una tirada de 25.000 ejemplares.
El público de los anarquistas aumentó a medida que se ahondaba
la Revolución, hasta que se apartó de las masas.
El 6 de abril de 1918, el capitán francés
Jacques Sadoul, que cumplía una misión en Rusia, escribió
en un informe: "El partido anarquista es el más activo, el más
combativo de los grupos de la oposición y, probablemente, el más
popular (...). Los bolcheviques están inquietos". A fines de 1918,
afirma Volin, "esta influencia llegó a un punto tal que los bolcheviques,
quienes no admitían críticas, y menos aún que se los
contradijera, se inquietaron seriamente". Para la autoridad soviética,
informa el mismo autor, "tolerar la propaganda anarquista equivalía
(...) al suicidio. Por ello hizo todo lo posible, primero por impedir,
luego por prohibir y, finalmente por suprimir mediante la fuerza bruta
cualquier manifestación de las ideas libertarias".
El gobierno bolchevique "comenzó por clausurar
brutalmente los locales de las organizaciones libertarias y prohibirles
a los anarquistas toda propaganda o actividad". Fue así como, la
noche del 12 de abril de 1918, destacamentos de guardias rojos armados
hasta los dientes realizaron una sorpresiva operación de limpieza
en veinticinco casas ocupadas por los anarquistas en Moscú. Creyéndose
atacados por soldados blancos, los libertarios respondieron a tiros. Luego,
siempre según Volin, el poder gobernante procedió rápidamente
a tomar "medidas más violentas: encarcelamientos, proscripciones,
muertes". "Durante cuatro años este conflicto tendrá en vilo
al poder bolchevique (...), hasta la aniquilación definitiva de
la corriente libertaria manu militari" (fines de 1921).
La derrota de los anarquistas fue facilitada por el hecho
de que estaban divididos en dos fracciones: una que se negaba a ser domesticada
y otra que se dejaba domar. Este último grupo invocaba la "necesidad
histórica" para justificar su lealtad hacia el régimen y
aprobar, al menos momentáneamente, sus actos dictatoriales. Para
ellos, lo primordial era terminar victoriosamente la guerra civil y aplastar
la contrarrevolución.
Estrategia de pocos alcances, opinaban los anarquistas
intransigentes. En efecto, eran precisamente factores como la impotencia
burocrática del aparato gubernamental, la decepción y el
descontento populares los que alimentaban los movimientos contrarrevolucionarios.
Además, el poder terminó por no distinguir ya la avanzada
de la Revolución libertaria, que ponía en tela de juicio
la validez de sus medios de dominación, de las empresas criminales
de sus adversarios derechistas. Para los anarquistas, sus futuras víctimas,
el aceptar la dictadura y el terror equivalía a una política
de suicidio. Finalmente, la adhesión de los anarquistas llamados
"soviéticos" facilitó el aniquilamiento de los otros, de
los irreductibles, a quienes se tachó de "falsos" anarquistas, de
soñadores irresponsables y carentes de sentido de la realidad, de
estúpidos desorientados, de divisionistas, de locos furiosos y,
como corolario, de bandidos y contrarrevolucionarios.
El más brillante y, por tanto, el más escuchado
de los anarquistas adheridos al régimen, fue Victor Serge. Hombre
a sueldo del gobierno, publicó en lengua francesa un opúsculo
en el que intentaba defenderlo de las críticas anarquistas. El libro
que escribió tiempo después, L’An I de la Révolution
Russe, es en gran parte una justificación de la eliminación
de los soviets por parte del bolcheviquismo. Presenta al partido –mejor
dicho a su grupo selecto de dirigentes– como cerebro de la clase obrera.
Es misión de los jefes de la vanguardia, debidamente seleccionados,
determinar qué puede y debe hacer el proletariado. Sin ellos, los
trabajadores organizados en soviets no serían "más que una
masa informe de hombres con aspiraciones confusas iluminadas por fugaces
relámpagos de inteligencia".
Victor Serge era, sin duda, demasiado lúcido para
hacerse la menor ilusión sobre la verdadera naturaleza del poder
soviético. Pero éste se encontraba todavía aureolado
por el prestigio de la primera revolución proletaria victoriosa
y era objeto de los infames ataques de la contrarrevolución mundial;
y esa fue una de las razones –la más honorable– por las cuales Serge,
como tantos otros revolucionarios, se creyó en el deber de callar
y disimular los errores bolcheviques. Durante una conversación que
sostuvo privadamente en el verano de 1921 con el anarquista Gaston Lreview,
llegado a Moscú como integrante de la delegación española
ante el Tercer Congreso de la Internacional Comunista, confesó:
"El partido comunista ya no ejerce la dictadura del proletariado, sino
sobre el proletariado". Al regresar a Francia, Lreview publicó en
Le Libertaire algunos artículos en los que, basándose en
hechos precisos, cotejaba las palabras que Victor Serge le había
dicho confidencialmente con los conceptos expresados públicamente
por éste, los cuales calificaba de "mentiras conscientes". En su
libro Living my life, Emma Goldman, anarquista norteamericana que vio personalmente
la actuación de Victor Serge en Moscú, no se mostró
mucho más blanda con él.
LA "MAJNOVCHINA"
Si bien la eliminación de los grupos anarquistas
urbanos, pequeños núcleos impotentes, iba a ser tarea relativamente
fácil, no sucedería lo mismo con los del Sur de Ucrania,
donde el campesino Néstor Majno había formado una fuerte
organización anarquista rural de carácter económico
y militar. Hijo de campesinos ucranianos pobres, Majno contaba apenas treinta
años en 1919. Participó en la Revolución de 1905 y
abrazó la idea anarquista siendo muy joven. Condenado a muerte por
el zarismo, su pena fue conmutada por la de ocho años de encierro,
tiempo que pasó casi siempre encadenado en la cárcel de Butirki.
Esta fue su única escuela, pues allí, con la ayuda de un
compañero de prisión, Piotr Arshinov, llenó, siquiera
parcialmente, las lagunas de su educación.
La organización autónoma de las masas campesinas
que se constituyó por su iniciativa inmediatamente después
del movimiento de octubre, abarcaba una región poblada por siete
millones de habitantes que formaba una suerte de círculo de 280
por 250 kilómetros. La extremidad sur de esta zona llegaba al mar
de Azov, incluyendo el puerto de Berdiansk. Su centro era Guliai-Polié,
pueblo que tenía entre veinte y treinta mil habitantes. Esta región
era tradicionalmente rebelde. En 1905, fue teatro de violentos disturbios.
Todo comenzó con el establecimiento, en suelo ucranio,
de un régimen derechista impuesto por los ejércitos de ocupación
alemán y austríaco. El nuevo gobierno se apresuró
a devolver a sus antiguos propietarios las tierras que los campesinos revolucionarios
acababan de quitarles. Los trabajadores del suelo tomaron las armas para
defender sus recientes conquistas, tanto de la reacción como de
la intempestiva intrusión, en la zona rural, de los comisarios bolcheviques
y de sus requisas, gravosas por demás. Esta gigantesca rebelión
campesina tuvo como alma mater a un hombre justiciero, una especie de Robin
Hood anarquista, a quien los campesinos llamaban "Padre" Majno. Su primer
hecho de armas fue la conquista de Guliai-Polié, a mediados de septiembre
de 1918. Pero el armisticio del 11 de noviembre trajo consigo la retirada
de las fuerzas de ocupación germano-austríacas y brindó
a Majno una ocasión única para reunir reservas de armas y
materiales.
Por primera vez en la historia, en la Ucrania liberada
se aplicaron los principios del comunismo libertario y, dentro de lo que
la situación de guerra civil permitía, se practicó
la autogestión. Los campesinos cultivaban en común las tierras
disputadas a los antiguos terratenientes y se agrupaban en "comunas" o
"soviets de trabajo libres", donde reinaban la fraternidad y la igualdad.
Todos –hombres, mujeres y niños– debían trabajar en la medida
de sus fuerzas. Los compañeros elegidos para cumplir temporariamente
las funciones administrativas volvían a sus tareas habituales, junto
a los demás miembros de la comuna, una vez terminada su gestión.
Cada soviet era sólo el ejecutor de la voluntad
de los campesinos de la localidad que lo había elegido. Las unidades
de producción estaban federadas en distritos, y éstos, en
regiones. Los soviets formaban parte de un sistema económico de
conjunto, basado en la igualdad social. Debían ser absolutamente
independientes de cualquier partido político y no se permitía
a ningún político profesional tratar de gobernarlos amparándose
tras el poder soviético. Sus miembros tenían que ser trabajadores
auténticos, dedicados a servir exclusivamente los intereses de las
masas laboriosas.
Siempre que los guerrilleros majnovistas entraban en una
localidad, fijaban carteles que rezaban: "La libertad de los campesinos
y de los obreros les pertenece y no puede ni debe sufrir restricción
alguna. Corresponde a los propios campesinos y obreros actuar, organizarse,
entenderse en todos los dominios de la vida, siguiendo sus ideas y deseos
(...). Los majnovistas sólo pueden ayudarlos dándoles consejos
u opiniones (...). Pero no pueden ni quieren, en ningún caso, gobernarlos."
Cuando, posteriormente, en el otoño de 1920, los
hombres de Majno se vieron obligados a celebrar un efímero acuerdo
de igual a igual con el poder bolchevique, insistieron en que se añadiera
la siguiente cláusula: "En la región donde opere el ejército
majnovista, la población obrera y campesina creará sus propias
instituciones libres para la autoadministración económica
y política; dichas instituciones serán autónomas y
estarán ligadas federativamente –por pactos– con los organismos
gubernamentales de las repúblicas soviéticas". Consternados,
los negociadores bolcheviques decidieron remitir esta cláusula a
Moscú para su estudio; ni que decir que en la capital se la juzgó
"absolutamente inadmisible".
Uno de los puntos relativamente débiles del movimiento
majnovista lo constituyó el escaso número de intelectuales
libertarios que tuvieron participación directa en él. De
todos modos, por momentos al menos, recibió ayuda exterior. Primero
lo auxiliaron los anarquistas de Járkov y de Kursk que, a fines
de 1918, se fusionaron en una alianza bautizada con el nombre de Nabat
(Alarma), cuyo principal animador era Volin. En abril de 1919, celebraron
un congreso donde se pronunciaron "categórica y definitivamente
contra toda intervención en los soviets, convertidos en organismos
puramente políticos y organizados sobre bases autoritarias, centralistas
y estatistas". El gobierno bolchevique consideró este manifiesto
como una declaración de guerra, y el grupo Nabat tuvo que suspender
sus actividades. En julio de ese año, Volin logró llegar
al cuartel general de Majno y allí, de concierto con Piotr Arshinov,
tomó a su cargo la sección de cultura y educación
del movimiento. Fue también presidente de uno de los congresos majnovistas,
que se reunió en octubre en la ciudad de Alexandrovsk, donde se
adoptaron Tesis Generales que dejaban sentada la doctrina de los "soviets
libres".
En las reuniones del movimiento se congregaban delegados
de los campesinos y de los guerrilleros, pues la organización civil
era la prolongación de un ejército campesino rebelde que
practicaba la táctica de las guerrillas. Esta fuerza era notablemente
móvil, capaz de recorrer hasta cien kilómetros por día,
no sólo merced a su caballería sino también a su infantería,
que se desplazaba en ligeros vehículos suspendidos sobre flejes
y tirados por caballos. Estaba organizada con arreglo a principios específicamente
libertarios, tales como el servicio voluntario, la designación electiva
de todos los grados y la aceptación voluntaria de la disciplina.
Es de notar que todos obedecían rigurosamente las reglas disciplinarias,
que eran elaboradas por comisiones de guerrilleros y luego validadas por
asambleas generales.
Los cuerpos de guerrilleros de Majno dieron mucho que
hacer a los ejércitos "blancos" intervencionistas. En cuanto a las
unidades de los guardias rojos bolcheviques, eran bastante ineficaces.
Sólo combatían junto a las vías férreas y jamás
se alejaban de sus trenes blindados; al primer fracaso, se replegaban y,
muchas veces, ni siquiera daban tiempo a sus propios soldados para volver
a subir. Por ello inspiraban poca confianza a los campesinos que, aislados
en sus villorrios y privados de armas, habrían estado a merced de
los contrarrevolucionarios. "El honor de haber aniquilado la contrarrevolución
de Denikin en el otoño de 1918, corresponde principalmente a los
insurrectos anarquistas", escribe Arshinov, cronista de la majnovchina.
Majno se negó en todo momento a poner su ejército
bajo el mando supremo de Trotski, jefe del Ejército Rojo, después
de que las unidades de los guardias rojos se fusionaron en este último.
El gran revolucionario creía su deber encarnizarse contra el movimiento
rebelde. El 4 de junio de 1919, dictó una orden por la cual prohibía
el próximo congreso de los majnovistas, a quienes acusaba de levantarse
contra el poder de los soviets en Ucrania, estigmatizaba como acto de "alta
traición" cualquier participación en dicho congreso y mandaba
arrestar a sus delegados. Iniciando una política imitada dieciocho
años después por los stalinistas españoles en su lucha
contra las brigadas anarquistas, Trotski se negó a dar armas a los
guerrilleros de Majno, con lo cual eludía su deber de auxiliarlos,
y luego los acusó de "traidores" y de haberse dejado vencer por
las tropas blancas.
No obstante, los dos ejércitos actuaron de acuerdo
en dos oportunidades, cuando la gravedad del peligro intervencionista exigió
su acción conjunta. Primero, en marzo de 1919, contra Denikin, y
luego, durante el verano y el otoño de 1920, momento en que las
tropas blancas de Wrangel llegaron a constituir una seria amenaza, finalmente
eliminada por Majno. Una vez conjurado el peligro extremo, el Ejército
Rojo no tuvo reparos en reanudar las operaciones militares contra los guerrilleros
de Majno, quienes le devolvían golpe por golpe.
A fines de noviembre de 1920, el gobierno, sin el menor
escrúpulo, les tendió una celada. Se invitó a los
oficiales del ejército majnovista de Crimea a participar en un consejo
militar. Tan pronto como llegaron a la cita, fueron detenidos por la Cheka,
policía política, y fusilados, previo desarme de sus guerrilleros.
Simultáneamente, se lanzó una ofensiva a fondo contra Guliai-Polié.
La lucha entre libertarios y "autoritarios" –lucha cada vez más
desigual– duró otros nueve meses. Por último, Majno tuvo
que abandonar la partida al ser puesto fuera de combate por fuerzas muy
superiores en número y equipo. En agosto de 1921 logró refugiarse
en Rumania, de donde pasó a París, ciudad en la que murió
tiempo después, pobre y enfermo. Así terminó la epopeya
de la majnovchina, que fue, según Piotr Arshinov, el prototipo de
movimiento independiente de las masas laboriosas y, por ello, sería
futura fuente de inspiración para los trabajadores del mundo.
CRONSTADT
Las aspiraciones de los campesinos revolucionarios majnovistas
eran bastante semejantes a las que, en febrero-marzo de 1921, impulsaron
a la revuelta a los obreros de Petrogrado y a los marineros de la fortaleza
de Cronstadt.
Los trabajadores urbanos tenían que soportar condiciones
materiales ya intolerables debido a la escasez de víveres, combustibles
y medios de transporte, a la par que se veían agobiados por un régimen
cada vez más dictatorial y totalitario, que aplastaba hasta la menor
manifestación de descontento. A fines de febrero estallaron huelgas
en Petrogrado, Moscú y otros centros industriales. Los trabajadores
marcharon de un establecimiento a otro, cerrando fábricas y atrayendo
nuevos grupos de obreros al cortejo de huelguistas que reclamaban pan y
libertad. El poder respondió con balas, ante lo cual los trabajadores
de Petrogrado realizaron un mitin de protesta en el que participaron diez
mil personas.
Cronstadt era una base naval insular situada a treinta
kilómetros de Petrogrado, en el golfo de Finlandia, cuyas aguas
se hielan en invierno. La isla estaba habitada por marineros y varios miles
de obreros ocupados en los arsenales de la marina de guerra. En las peripecias
revolucionarias de 1917, los marineros de Cronstadt habían cumplido
un papel de vanguardia. Fueron, según palabras de Trotski, "el orgullo
y la gloria de la Revolución Rusa". Los habitantes civiles de Cronstadt
formaban una comuna libre, relativamente independiente del poder. En el
centro de la fortaleza había una inmensa plaza pública, con
capacidad para 30.000 personas, que servía a modo de foro popular.
Sin duda, los marineros ya no tenían los mismos
efectivos ni la misma composición revolucionaria que en 1917; la
dotación de 1921 contaba con muchos más elementos salidos
del campesinado, pero conservaba el espíritu militante y, por su
actuación anterior, el derecho de seguir participando activamente
en las reuniones obreras de Petrogrado. Fue así como enviaron emisarios
ante los trabajadores en huelga de la antigua capital. Pero las fuerzas
del orden obligaron a dichos enviados a volver sobre sus pasos. Entonces
se celebraron en el foro de la isla dos mítines populares en los
cuales se decidió defender las reivindicaciones de los huelguistas.
A la segunda reunión, efectuada el 1º de marzo, asistieron
16.000 personas –marinos, trabajadores y soldados– y, pese a la presencia
del jefe de Estado, el presidente del ejecutivo central, Kalinin, adoptaron
una resolución en la cual pedían que dentro de los diez días
siguientes, y sin la participación de los partidos políticos,
se convocara una conferencia de obreros, soldados rojos y marinos de Petrogrado,
Cronstadt y la provincia de Petrogrado. Exigióse también
que se eliminaran los "oficiales políticos", pues ningún
partido político debía gozar de privilegios, y que se suprimieran
los destacamentos comunistas de choque del ejército, así
como la "guardia comunista" de las fábricas.
Naturalmente, los rebeldes de Cronstadt dirigían
sus cañones contra el monopolio del partido dirigente, que no vacilaban
en calificar de "usurpación". Pasemos breve revista a los conceptos
expresados por el diario oficial de esta nueva Comuna, la lzvestia de Cronstadt.
Oigamos a los marineros encolerizados. Después de haberse arrogado
el poder, el Partido Comunista no tenía más que una preocupación:
conservar ese poder por cualquier medio. Se había apartado de las
masas y demostró ser incapaz de sacar al país de una situación
totalmente desastrosa. Ya no contaba con la confianza de los obreros. Se
había tornado burocrático. Despojados de su poder, los soviets
habían perdido su verdadero carácter, ahora estaban monopolizados
y eran manejados desde fuera; los sindicatos se habían estatizado.
Sobre el pueblo pesaba un omnipotente aparato policial
que dictaba sus propias leyes por la fuerza de las armas y el terror. En
el plano económico no reinaba el prometido socialismo, basado en
el trabajo libre, sino un duro capitalismo de Estado. Los obreros eran
simples asalariados de ese trust nacional y estaban sometidos al mismo
régimen de explotación de antaño. Los hombres de Cronstadt
llegaron hasta el sacrilegio de poner en tela de juicio la infalibilidad
de los jefes supremos de la Revolución. Se mofaban irreverentemente
de Trotski y aun de Lenin. Más allá de sus reivindicaciones
inmediatas, tales como la restauración de las libertades y la realización
de elecciones libres en todos los órganos de la democracia soviética,
apuntaban hacia un objetivo de mayores alcances y de contenido netamente
anarquista: una "tercera Revolución".
En efecto, los rebeldes se proponían mantenerse
dentro del terreno revolucionario y se comprometieron a velar por las conquistas
de la revolución social. Afirmaban no tener nada en común
con quienes desearan "restablecer el knut del zarismo", y si tenían
intención de derribar el poder "comunista", no era precisamente
para que "los obreros y campesinos volvieran a ser esclavos". Tampoco cortaban
todos los puentes entre ellos y el régimen, pues todavía
conservaban la esperanza de "encontrar un lenguaje común". Por último,
reclamaban la libertad de expresión, no para cualquiera, sino solamente
para los partidarios sinceros de la Revolución: anarquistas y "socialistas
de izquierda" (fórmula que excluía a los socialdemócratas
o mencheviques).
Pero la audacia de Cronstadt iba mucho más allá
de lo que podían soportar un Lenin o un Trotski. Los jefes bolcheviques
habían identificado definitivamente la Revolución con el
Partido Comunista y, a sus ojos, todo lo que contrariara ese mito sólo
podía ser "contrarrevolucionario". Veían hecha pedazos toda
la ortodoxia marxista-leninista. Y el hecho de que fuera un movimiento
que sabían auténticamente proletario el que, de repente,
impugnaba su poder, un poder que gobernaba en nombre del proletariado,
hacía aparecer más aterradora la sombra de Cronstadt. Además,
Lenin se aferraba a la idea un poco simplista de que sólo había
dos caminos: la dictadura de su partido o la restauración del régimen
zarista. En 1921, los gobernantes del Kremlin siguieron un razonamiento
similar al que los guió en el otoño de 1956: Cronstadt fue
la prefiguración de Budapest.
Trotski, el hombre "de la mano de hierro", aceptó
tomar personalmente la responsabilidad de la represión. "Si no deponéis
vuestra actitud, os cazaremos como a perdices", comunicó a los "revoltosos"
a través de las ondas radiales. Los marineros fueron sindicados
como cómplices de los guardias blancos, de las potencias occidentales
intervencionistas y de la "Bolsa de París". Serían sometidos
por la fuerza de las armas. En vano se esforzaron los anarquistas Emma
Goldman y Alexandr Berkman, que habían encontrado asilo en la patria
de los trabajadores tras ser deportados de los Estados Unidos, por hacer
ver, en una patética carta dirigida a Zinóviev, que el uso
de la fuerza haría "un mal incalculable a la revolución social"
y por inducir a los "camaradas bolcheviques" a solucionar el conflicto
con una negociación amistosa. En cuanto a los obreros de Petrogrado,
sometidos a un régimen de terror y a la ley marcial, no pudieron
acudir en ayuda de Cronstadt.
Un antiguo oficial zarista, el futuro mariscal Tujachevski,
partió al mando de un cuerpo expedicionario compuesto de tropas
que fue menester seleccionar cuidadosamente, pues gran cantidad de soldados
rojos se negaban rotundamente a disparar contra sus hermanos de clase.
El 7 de marzo comenzó el bombardeo de la fortaleza. Con el título
de "¡Que el mundo lo sepa!", los asediados lanzaron un último
llamamiento: "La sangre de los inocentes caerá sobre la cabeza de
los comunistas, locos furiosos ebrios de poder. ¡Viva el poder de
los soviets!" Los sitiadores pudieron desplazarse sobre el hielo del golfo
de Finlandia y, el 18 de marzo, vencieron la "rebelión" en una orgía
de matanzas.
Los anarquistas casi no intervinieron en este episodio.
El comité revolucionario de Cronstadt había invitado a colaborar
a dos libertarios: Iárchuk (animador del soviet de Cronstadt en
1917) y Volin. Sin embargo, los mencionados no pudieron aceptar la invitación,
pues los bolcheviques los habían encarcelado. Como observa Ida Mett
en La Révolte de Cronstadt, los anarquistas sólo influyeron
"en la medida en que el anarquismo difundía también la idea
de la democracia obrera". Pese a no haber tenido participación activa
en el acontecimiento, los anarquistas lo sintieron como propio. Así,
Volin expresaría tiempo después: "Cronstadt fue la primera
tentativa popular totalmente independiente de liberarse de todo yugo y
de realizar la Revolución Social: un intento hecho directamente
(...) por las propias masas laboriosas, sin pastores políticos,
sin ‘jefes’ ni ‘tutores’." Y Alexandr Berkman declarará: "Cronstadt
hizo volar en pedazos el mito del Estado proletario; demostró que
la dictadura del Partido Comunista y la Revolución eran incompatibles".
EL ANARQUISMO MUERTO Y REDIVIVO
Aunque los anarquistas no cumplieron un papel directo
en el levantamiento de Cronstadt, el régimen bolchevique aprovechó
la oportunidad para terminar con una ideología que seguía
inspirándole temor. Pocas semanas antes del aniquilamiento de Cronstadt,
el día 8 de febrero, había muerto en suelo ruso el viejo
Kropotkin, y sus funerales dieron motivo a un acto imponente. Sus restos
mortales fueron seguidos por un enorme cortejo de cien mil personas, aproximadamente.
Entremezcladas con las banderas rojas, flotaban por encima
de la multitud las banderas negras de los grupos anarquistas, en las cuales
podía leerse en letras de fuego: "Donde hay autoridad, no hay libertad".
Según relatan los biógrafos del desaparecido, aquélla
fue "la última gran manifestación contra la tiranía
bolchevique, y mucha gente participó en ella tanto para reclamar
libertad como para rendir homenaje al gran anarquista".
Después de Cronstadt, se arrestó a cientos
de anarquistas. Pocos meses más tarde, la libertaria Fanny Baron
y ocho de sus compañeros eran fusilados en los sótanos de
la Cheka de Moscú.
El anarquismo militante había recibido el golpe
de gracia. Pero fuera de Rusia, los anarquistas que habían vivido
la Revolución Rusa emprendieron la gigantesca tarea de criticar
y revisar la doctrina, con lo cual dieron renovado vigor y mayor concreción
al pensamiento libertario. A principios de setiembre de 1920, el congreso
de la alianza anarquista de Ucrania, conocido por el nombre de Nabat, había
rechazado categóricamente la expresión "dictadura del proletariado",
por considerar que un régimen tal conduciría fatalmente a
la implantación de una dictadura sobre la masa, ejercida por una
fracción del proletariado –la atrincherada en el Partido–, por los
funcionarios y por un puñado de jefes. Poco antes de su desaparición,
en su "Mensaje a los Trabajadores de Occidente", Kropotkin señaló
con angustia el encumbramiento de una "formidable burocracia": "Para mí,
esta tentativa de construir una república comunista sobre bases
estatistas fuertemente centralizadas, bajo el imperio de la ley de hierro
de la dictadura de un partido, ha acabado en un fracaso formidable. Rusia
nos enseña cómo no debe imponerse el comunismo".
En su número del 7 al 14 de enero de 1921, el periódico
francés Le Libertaire publicó un patético llamamiento
dirigido por los anarcosindicalistas rusos al proletariado mundial: "Compañeros,
poned fin a la dominación de vuestra burguesía tal como lo
hemos hecho nosotros en nuestra patria. Pero no repitáis nuestros
errores: ¡no dejéis que en vuestro país se establezca
el comunismo de Estado!".
Impulsado por esta proclama, el anarquista alemán
Rudolf Rocker escribió en 1920 La Bonqueroute du Communisme d’ Etat.
Esta obra, aparecida en 1921, fue el primer análisis político
que se hizo acerca del proceso de degeneración de la Revolución
Rusa. A su juicio, no era la voluntad de una clase lo que expresaba en
la famosa "dictadura del proletariado", sino la dictadura de un partido
que pretendía hablar en nombre de una clase y se apoyaba en la fuerza
de las bayonetas. "Bajo la dictadura del proletariado, en Rusia ha nacido
una nueva clase, la comisariocracia, que ejerce sobre las grandes masas
una opresión tan rigurosa como la que antaño hacían
sentir los paladines del antiguo régimen." Al subordinar sistemáticamente
todos los elementos de la vida social a la omnipotencia de un gobierno
investido de todas las prerrogativas, "debía desembocarse necesariamente
en la formación de esta jerarquía de funcionarios que resultó
fatal para la evolución de la Revolución Rusa". "Los bolcheviques
no sólo han copiado el aparato estatal de la sociedad de otrora,
sino que también le han dado una omnipotencia que ningún
otro gobierno se arroga".
En junio de 1922, el grupo de anarquistas rusos exiliados
en Alemania publicó en Berlín un librito revelador, salido
de la pluma de A. Goriélik, A. Kómov y Volin, que llevaba
por título Représsion de l’Anarchisme en Russie Soviétique.
A principios de 1923, apareció una traducción francesa debida
a Volin. Esta obra constituía una relación alfabética
del martirologio del anarquismo ruso. Alexandr Berkman, en 1921 y 1922,
y Emma Goldman, en 1922 y 1923, publicaron una serie de opúsculos
en donde relataban las tragedias que habían presenciado en Rusia.
También Piotr Arshinov y el propio Néstor
Majno, que habían logrado ponerse a salvo en Occidente, dejaron
testimonio escrito de sus experiencias.
Muchos años después, durante la segunda
guerra mundial, G. P. Maximov y Volin escribieron los dos grandes clásicos
de la literatura libertaria sobre la Revolución Rusa, esta vez con
la madurez de espíritu que confiere la perspectiva de los años.
En opinión de Maximov, cuya crónica apareció
en lengua inglesa, la lección del pasado nos proporciona la certidumbre
de un porvenir mejor. La nueva clase dominante de la URSS no puede ni debe
vivir eternamente; el socialismo libertario la sucederá. Las condiciones
objetivas conducen a esta evolución: "¿Puede concebirse (...)
que los trabajadores quieran que los capitalistas retornen a las empresas?
¡Jamás! Pues se rebelan precisamente contra la explotación
por parte del Estado y sus burócratas". La finalidad que persiguen
los obreros es reemplazar esta gestión autoritaria de la producción
por sus propios consejos de fábrica y unir dichos consejos en una
vasta federación nacional. En suma, desean la autogestión
obrera. De igual modo, los campesinos han comprendido que ya no se puede
volver a la economía individual y que hay una sola solución:
la agricultura colectiva y la colaboración de las colectividades
rurales con los consejos de fábrica y los sindicatos. En una palabra,
el único camino es la expansión del programa de la Revolución
de Octubre en un clima de libertad.
Cualquier tentativa inspirada en el ejemplo ruso, afirma
resueltamente Volin, desembocaría fatalmente en un "capitalismo
de Estado basado en la odiosa explotación de las masas", es decir,
en la "peor forma de capitalismo, la cual no tiene ninguna relación
con la marcha de la humanidad hacia la sociedad socialista". Sólo
podría promover "la dictadura de un partido, que conduce ineluctablemente
a la represión de la libertad de palabra, de prensa, de organización
y de acción, incluso para las corrientes revolucionarias –represión
de la cual sólo está excluido el partido que ocupa el poder"–
y desemboca en una "inquisición social" que ahoga "hasta el hálito
de la Revolución". Volin termina diciendo que Stalin "no nació
del aire", que Stalin y el stalinismo son simplemente la consecuencia lógica
del sistema autoritario fundado y establecido entre 1918 y 1921. "Esta
es la lección que da al mundo la formidable y decisiva experiencia
bolchevique: una lección que viene a corroborar notablemente la
tesis libertaria y que, a la luz de los acontecimientos, será pronto
comprendida por todos los que padecen, sufren, piensan y luchan".
III
EL ANARQUISMO EN LOS CONSEJOS DE FABRICA ITALIANOS
Siguiendo el ejemplo de lo sucedido en Rusia, inmediatamente
después de la primera guerra mundial, los anarquistas italianos
caminaron por un tiempo del brazo con los partidarios del poder de los
soviets. La revolución soviética había tenido profunda
repercusión entre los trabajadores italianos, especialmente entre
los metalúrgicos del Norte de la península, que estaban a
la vanguardia del movimiento obrero. El 20 de febrero de 1919, la Federación
Italiana de Obreros Metalúrgicos (FIOM) obtuvo la firma de un acuerdo
por el cual se establecía que en las empresas se designaran "comisiones
internas" electivas. Luego, mediante una serie de huelgas con ocupación
de los establecimientos, la federación intentó transformar
dichos organismos de representación obrera en consejos de fábrica
que propenderían a dirigir las empresas.
La última de esas huelgas, producida a fines de
agosto de 1920, tuvo por origen un cierre patronal. Los metalúrgicos
decidieron unánimemente continuar la producción por sus propios
medios. Prácticamente inútiles fueron sus intentos de obtener,
mediante la persuasión, primero, y la fuerza, después, la
colaboración de los ingenieros y del personal superior. Así
librados a su suerte, tuvieron que crear comités obreros, técnicos
y administrativos, que tomaron la dirección de las empresas. De
esta manera se avanzó bastante en el proceso de autogestión.
En los primeros tiempos, las fábricas autoadministradas contaron
con el apoyo de los bancos. Y cuando éstos se lo retiraron, los
obreros emitieron su propia moneda para pagar los salarios. Se estableció
una autodisciplina muy estricta, se prohibió el consumo de bebidas
alcohólicas y se organizó la autodefensa con patrullas armadas.
Las empresas autoadministradas anudaron fuertes vínculos solidarios.
Los metales y la hulla pasaron a ser propiedad común y repartíanse
equitativamente.
Pero una vez alcanzada esta etapa era preciso ampliar
el movimiento o batirse en retirada. El ala reformista de los sindicatos
optó por un compromiso con la parte patronal. Después de
ocupar y administrar las fábricas durante algo más de tres
semanas, los trabajadores tuvieron que evacuarlas tras recibir la promesa
–no cumplida– de que se pondría un control obrero. En vano clamó
el ala revolucionaria –socialistas de izquierda y anarquistas– que aquel
paso significaba una traición.
Dicha ala izquierda poseía una teoría, un
órgano y un portavoz. El primer número del semanario L’Ordine
Nuovo apareció en Turín el 1º de mayo de 1919. Su director
era el socialista de izquierda Antonio Gramsci, a quien secundaban un profesor
de filosofía de la Universidad de Turín, de ideas anarquistas,
que firmaba con el seudónimo de Carlo Petri, todo un núcleo
de libertarios turineses. En las fábricas, el grupo de L’Ordine
Nuovo contaba principalmente con el apoyo de dos anarcosindicalistas militantes
del gremio metalúrgico: Pietro Ferrero y Maurizio Garino. Socialistas
y libertarios firmaron conjuntamente el manifiesto de L’Ordine Nuovo, acordando
que los consejos de fábrica debían considerarse como "órganos
adaptados para la futura dirección comunista de las fábricas
y de la sociedad".
L’Ordine Nuovo tendía, en efecto, a sustituir la
estructura del sindicalismo tradicional por la de los consejos de fábrica.
Ello no significa que fuera absolutamente hostil a los sindicatos, en los
cuales veía "las sólidas vértebras del gran cuerpo
proletario". Simplemente criticaba, a la manera del Malatesta de 1907,
la decadencia de aquel movimiento sindical burocrático y reformista
que se había hecho parte integrante de la sociedad capitalista;
además, señalaba la incapacidad orgánica de los sindicatos
para cumplir el papel de instrumentos de la revolución proletaria.
En cambio, L’Ordine Nuovo estimaba que el consejo de fábrica
reunía todas las virtudes. Era el órgano destinado a unificar
a la clase obrera, el único capaz de elevar a los trabajadores por
encima del estrecho círculo de cada gremio, de ligar a los "no organizados"
con los "organizados". Incluía en el activo de los consejos la formación
de una psicología del productor, la preparación del trabajador
para la autogestión. Gracias a ellos, hasta el más modesto
de los obreros podía descubrir que la conquista de la fábrica
no era un imposible, que estaba al alcance de su mano. Los consejos eran
considerados como una prefiguración de la sociedad socialista.
Los anarquistas italianos, más realistas y menos
verbosos que Antonio Gramsci, ironizaban a veces sobre los excesos "taumatúrgicos"
de la predicación en favor de los consejos de fábrica. Aunque
reconocían los méritos de éstos, no los exageraban.
Así como Gramsci, no sin razón, denunciaba el reformismo
de los sindicatos, los anarcosindicalistas hacían notar que, en
un período no revolucionario, también los consejos de fábrica
corrían el riesgo de degenerar en organismos de colaboración
con las clases dirigentes. Los libertarios más apegados al sindicalismo
encontraban asimismo injusto que L’Ordine Nuovo condenara por igual el
sindicalismo reformista y el revolucionario practicado por su central,
la Unión Sindical Italiana. (1)
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(1) La discusión entre anarcosindicalistas acerca
de los respectivos méritos de los consejos de fábrica y de
los sindicatos obreros no era, por otra parte, una novedad. En efecto,
en Rusia acababa de dividir a los anarquistas y hasta de provocar una escisión
en el equipo del diario libertario Golos Trudá. Unos se mantuvieron
fieles al sindicalismo clásico, mientras que los otros, con G. P.
Maximov, optaron por los consejos.
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La interpretación contradictoria y equívoca
del prototipo de consejo de fábrica, el soviet, propuesta por L’Ordine
Nuovo era sobre todo motivo de cierta inquietud para los anarquistas. Por
cierto que Gramsci usaba a menudo el epíteto "libertario" y había
disputado con Angelo Tasca, autoritario inveterado que defendía
un concepto antidemocrático de la "dictadura del proletariado",
reducía los consejos de fábrica a simples instrumentos del
Partido Comunista y acusaba de "proudhoniano" el pensamiento gramscista.
Pero Gramsci no estaba tan al corriente de lo que sucedía como para
ver la diferencia entre los soviets libres de los primeros meses de la
Revolución y los soviets domesticados por el Estado bolchevique.
De ahí la ambigüedad de las fórmulas que empleaba. El
consejo de fabrica era, a sus ojos, el "modelo del Estado proletario" que,
según anunciaba, se incorporaría a un sistema mundial: la
Internacional Comunista. Creía poder conciliar el bolcheviquismo
con el debilitamiento del Estado y una concepción democrática
de la "dictadura del proletariado".
Los anarquistas italianos saludaron el nacimiento de los
soviets rusos con un entusiasmo falto de espíritu crítico.
Uno de ellos, Camillo Berneri, publicó el 1º de junio de 1919
un artículo intitulado "La Autodemocracia", en el cual saludaba
al régimen bolchevique como "el ensayo más práctico
y en mayor escala de democracia integral" y como "la antítesis del
socialismo de Estado centralizador". Un año después, en el
congreso de la Unión Anarquista Italiana, Maurizio Garino utilizaría
un lenguaje muy distinto: los soviets implantados en Rusia por los bolcheviques
diferían sustancialmente de la autogestión obrera concebida
por los anarquistas. Constituían la "base de un nuevo Estado, inevitablemente
centralizador y autoritario".
Luego, los anarquistas italianos y los amigos de Gramsci
tomarían por caminos divergentes. Los segundos, que siempre habían
sostenido que el partido socialista, al igual que el sindicato, estaba
integrado en el sistema burgués y, por lo cual no era indispensable
ni recomendable adherirse a él, hicieron una "excepción"
con los grupos comunistas que militaban en el partido socialista y que,
después de la escisión de Liorna del 21 de enero de 1921,
formaron el partido comunista italiano, incorporado a la Internacional
Comunista.
En lo que atañe a los libertarios italianos, tuvieron
que abandonar algunas de sus ilusiones y recordar las advertencias de Malatesta,
quien, en una carta escrita desde Londres en el verano de 1919, los había
puesto en guardia contra "un nuevo gobierno que acaba de instalarse (en
Rusia) por encima de la Revolución, para frenarla y someterla a
los fines particulares de un partido (...) mejor dicho, de los jefes de
un partido". El viejo revolucionario afirmó proféticamente
que se trataba de una dictadura "con sus decretos, sus sanciones penales,
sus agentes ejecutivos, y, sobre todo, su fuerza armada, que también
sirve para defender a la Revolución contra sus enemigos externos,
pero que mañana servirá para imponer a los trabajadores la
voluntad de los dictadores, detener la Revolución, consolidar los
nuevos intereses establecidos y defender contra la masa a una nueva clase
privilegiada. No cabe duda de que Lenin, Trotski y sus compañeros
son revolucionarios sinceros, pero también es cierto que preparan
los planteles gubernativos que sus sucesores utilizarán para sacar
provecho de la revolución y matarla. Ellos serán las primeras
víctimas de sus propios métodos".
Dos años más tarde, en un congreso reunión
en Ancona entre el 2 y el 4 de noviembre de 1921, la Unión Anarquista
Italiana se negó a reconocer al gobierno ruso como representante
de la Revolución; en cambio, lo denunció como "el mayor enemigo
de la Revolución", "el opresor y explotador del proletariado, en
cuyo nombre pretende ejercer el poder". Aquel mismo año, el escritor
libertario Luigi Fabbri concluía: "El estudio crítico de
la Revolución Rusa tiene enorme importancia (...) porque puede servir
de guía a los revolucionarios occidentales para que eviten en lo
posible los errores que la experiencia rusa ha puesto al descubierto".
IV
EL ANARQUISMO EN LA REVOLUCION ESPAÑOLA EL ESPEJISMO
SOVIETICO
Una de las constantes de la historia es el atraso de la
conciencia subjetiva con respecto a la realidad objetiva. La lección
que a partir de 1920 aprendieron los anarquistas de Rusia, testigos del
drama de ese país, sólo sería conocida, aceptada y
compartida años más tarde. El prestigio y el fulgor de la
primera revolución proletaria victoriosa en la sexta parte del globo,
fueron tales que el movimiento obrero permanecería durante largo
tiempo como fascinado por tan reputado ejemplo. Surgieron "Consejos" por
doquier; no sólo en Italia, como hemos visto, sino también
en Alemania, Austria y Hungría se siguió el modelo de los
soviets rusos. En Alemania, el sistema de Consejos fue el artículo
fundamental del programa de la Liga Espartaquista de Rosa Luxemburg y Karl
Liebknecht.
En 1919, tras el asesinato del ministro-presidente de
la República Bávara, Kurt Eisner, se proclamó en Munich
una república soviética presidida por el escritor libertario
Gustav Landauer, luego asesinado por la contrarrevolución. El poeta
anarquista Erich Mühsam, amigo y compañero de lucha de éste
último, compuso una Räte-Marseillaise ("Marsellesa de los Consejos"),
en la cual llamaba a los trabajadores al combate, no para formar batallones,
sino Consejos similares a los de Rusia y Hungría, a fin de terminar
con el caduco mundo de esclavitud secular.
No obstante, en la primavera de 1920, un grupo opositor
alemán, partidario del Räte-Kommunismus ("Comunismo de Consejos"),
se separó del Partido Comunista Obrero Alemán (KAPD). (1)
En Holanda, la idea de los Consejos engendró un movimiento gemelo
dirigido por Hermann Gorter y Anton Pannekoek. Durante una viva polémica
que sostuvo con Lenin, el primero de ellos no temió replicar, en
el más puro estilo libertario, al infalible conductor de la Revolución
Rusa: "Todavía estamos buscando a los verdaderos jefes, jefes que
no traten de dominar a las masas ni las traicionen; y mientras no los tengamos,
queremos que todo se haga desde abajo hacia arriba y por la dictadura de
las propias masas. Si en mi camino por la montaña un guía
me conduce hacia el abismo, prefiero andar solo". Pannekoek, por su parte,
proclamó que los Consejos constituían la forma de autogobierno
que venía a reemplazar a los gobiernos de un mundo ya terminado;
al igual que Gramsci, no supo ver la diferencia entre los Consejos y la
"dictadura bolchevique".
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(1) En abril de 1922, el KAPD formaría, junto con
los grupos opositores de Holanda y Bélgica, una "Internacional Obrera
Comunista".
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En todas partes, especialmente en Baviera, Alemania y
Holanda, los anarquistas tuvieron participación positiva en la elaboración
teórica y práctica del sistema de consejos.
También los anarcosindicalistas españoles
dejáronse deslumbrar por la Revolución de Octubre. En el
congreso celebrado por la CNT en Madrid (10-20 de diciembre de 1919), se
aprobó un texto en el cual se expresaba que "la epopeya del pueblo
ruso ha electrizado al proletariado universal". Por aclamación,
"sin reticencia alguna, cual doncella que se entrega al hombre de sus amores",
los congresistas aprobaron la adhesión provisional a la Internacional
Comunista, visto el carácter revolucionario de ésta, al tiempo
que manifestaban el deseo de que se convocara un congreso obrero universal
para fijar las bases sobre las cuales habría de edificarse la verdadera
Internacional de los trabajadores. Pese a todo, se habían oído
algunas tímidas voces disonantes: la Revolución Rusa tenía
carácter "político" y no encarnaba el ideal libertario, afirmaban.
El congreso fue más allá todavía. Decidió enviar
una delegación al segundo congreso de la Tercera Internacional,
que se reunió en Moscú el 15 de julio de 1920.
Mas para esa fecha el pacto amoroso había comenzado
a tambalear. El delegado del anarcosindicalismo español había
concurrido a la asamblea deseoso de participar en la creación de
una Internacional sindical revolucionaria y, para su disgusto, se encontró
con un texto que hablaba de "conquista del poder político", "dictadura
del proletariado" y de una ligazón orgánica que apenas disimulaba
la subordinación de hecho de los sindicatos obreros respecto de
los partidos comunistas: en los siguientes congresos de la IC, las organizaciones
sindicales de cada país estarían representadas por los delegados
de los respectivos partidos comunistas; en cuanto a la proyectada Internacional
Sindical Roja, dependería, sin más, de la Internacional Comunista
y sus secciones nacionales. Tras exponer el concepto libertario de lo que
debe ser la revolución social, el vocero español, Angel Pestaña,
exclamó: "La revolución no es ni puede ser obra de un partido.
A lo sumo, un partido puede fomentar un golpe de Estado. Pero un golpe
de Estado no es una revolución". Y terminó diciendo: "Afirmáis
que la revolución es impracticable sin Partido Comunista, que la
emancipación es imposible sin conquistar el poder político
y que, sin dictadura, no podéis destruir a la burguesía:
esto es lanzar afirmaciones puramente gratuitas".
Ante las reservas formuladas por el delegado de la CNT,
los comunistas hicieron ver que cambiarían la resolución
en lo tocante a la "dictadura del proletariado". Al fin de cuentas, Losovski
publicó ni más ni menos que el texto en su forma original,
sin las modificaciones introducidas por Pestaña, pero con la firma
de éste. Desde la tribuna, Trotski atacó durante casi una
hora al representante español, y cuando éste pidió
la palabra para responder, el presidente declaró cerrado el debate.
El 6 de septiembre de 1920, tras una permanencia de varios
meses en Moscú, Pestaña abandonó Rusia profundamente
decepcionado por todo lo que había podido ver allí. Rudolf
Rocker, a quien visitó en Berlín, relata que semejaba el
"sobreviviente de un naufragio". No se sentía con suficiente valor
para revelar la verdad a sus camaradas españoles; y destruir las
enormes esperanzas que éstos habían depositado en la Revolución
Rusa, le parecía un "crimen". Pero en cuanto pisó suelo español
se le encerró en la cárcel, y así quedó libre
del penoso deber de desengañar a sus compañeros.
En el verano de 1921, otra delegación de la CNT
participó en el Tercer Congreso de la Internacional Comunista y
en la asamblea constitutiva de la Internacional Sindical Roja. Entre los
delegados de la CNT, había jóvenes neófitos del bolcheviquismo
ruso, tales como Joaquín Maurín y Andrés Nin, pero
también un anarquista francés de gran claridad mental, Gaston
Lreview. A riesgo de que lo acusaran de "hacerle el juego a la burguesía"
y de "ayudar a la contrarrevolución", decidió no callar.
En su concepto, no decirles a las masas que lo que había fracasado
en Rusia no era la Revolución, sino el Estado, "no hacerles ver
que detrás de la Revolución sangrante se oculta el Estado
que la paraliza y la ultraja", hubiera sido peor que guardar silencio.
Así se expresó en el número de noviembre de 1921 de
Le Libertaire, de París. Vuelto a España, recomendó
a la CNT que anulara su adhesión a la Tercera Internacional y a
su supuesta filial sindical, pues estimaba que "toda colaboración
honesta y leal" con los bolcheviques era imposible.
Abierto así el fuego, Pestaña se decidió
a publicar su primer informe, luego completado por otro en el que mostraba
la verdad sobre el bolcheviquismo: "Los principios del Partido Comunista
son todo lo contrario de lo que afirmaba y proclamaba en los primeros tiempos
de la Revolución. Por sus principios, los medios de que se valen
y los objetivos que persiguen, la Revolución Rusa y el Partido Comunista
son diametralmente opuestos (...). Ya dueño absoluto del poder,
el Partido Comunista decretó que quien no pensara como comunista
(entiéndase bien, como "comunista" a su manera) no tenía
el derecho de pensar (...). El Partido Comunista negó al proletariado
ruso los sagrados derechos que le había otorgado la Revolución".
Pestaña puso en duda la validez de la Internacional Comunista: por
ser lisa y llanamente una prolongación del Partido Comunista ruso,
no podía encarnar la revolución frente al proletariado mundial.
El congreso nacional de Zaragoza, realizado en junio de
1922, al que estaba destinado este informe, decidió el retiro de
la CNT de la Tercera Internacional o, más exactamente, de su sucedáneo
sindical, la Internacional Sindical Roja; además, aprobó
el envío de delegados a una conferencia anarcosindicalista internacional
que se celebró en Berlín en el mes de diciembre, de la cual
surgió una "Asociación Internacional de Trabajadores". Esta
Internacional fue sólo un fantasma, por cuanto, aparte de la importante
central de España, en los demás países logró
muy escasos adherentes. (2)
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(2) En Francia, adhirieron los sindicalistas de la tendencia
de Pierre Besnard que, excluidos de la Confédération Générale
du Travail Unitaire (CGTU), fundaron en 1924 la Confédération
Générale du Travail Syndicaliste Révolutionnaire (CGTSR).
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Esta ruptura marcó el nacimiento del implacable
odio que Moscú concentraría en el anarquismo español.
Desautorizados por la CNT, Joaquín Maurín y Andrés
Nin la dejaron para fundar el Partido Comunista español. En un opúsculo
publicado en mayo de 1924, Maurín declaró una guerra sin
cuartel a sus antiguos compañeros: "La eliminación definitiva
del anarquismo es tarea difícil en un país cuyo movimiento
obrero carga ya con medio siglo de propaganda anarquista. Pero lo conseguiremos".
LA TRADICION ANARQUISTA EN ESPAÑA
Vemos, pues, que los anarquistas españoles aprendieron
a tiempo la lección de la Revolución Rusa, lo cual contribuyó
a estimularlos para preparar una revolución antinómica. La
degeneración del comunismo "autoritario" acrecentó su voluntad
de imponer un comunismo libertario. Cruelmente defraudados por el espejismo
soviético, vieron en el anarquismo "la última esperanza de
renovación en este sombrío período", como expresará
luego Santillán.
La revolución libertaria estaba semipreparada en la conciencia de las masas populares y en el pensamiento de los teóricos libertarios. Como bien observa José Peirats, el anarcosindicalismo era, "por su psicología, su temperamento y sus reacciones, el sector más español de toda España". Constituía el doble producto de una evolución combinada. Correspondía simultáneamente a la situación de un país atrasado, donde la vida rural se mantenía en su estado arcaico, y a la aparición y el desarrollo, en ciertas regiones, de un moderno proletariado nacido de la industrialización. La originalidad del anarquismo español residía en su singular mezcla de tendencias hacia el pasado y el futuro, cuya simbiosis distaba mucho de ser perfecta.
Hacia 1918, la CNT contaba con más de un millón
de afiliados. Dentro del campo industrial, tenía considerable fuerza
en Cataluña y, en menor medida, en Madrid y Valencia; (3) pero también
hundía sus raíces en el campo –entre los campesinos pobres–,
donde sobrevivía la tradición del comunalismo aldeano, teñido
de localismo y de espíritu cooperativo. En 1898, el escritor Joaquín
Costa, en su obra El colectivismo agrario, inventarió las supervivencias
de éste. Todavía quedaban muchas aldeas donde había
bienes comunales, cuyas parcelas se concedían a los campesinos que
no poseían tierras; también se encontraban villorrios que
compartían con otros los campos de pastoreo y algunos "bienes comunales".
En el Sur, región de grandes haciendas, los jornaleros agrícolas
tendían más a la socialización que a la repartición
de las tierras.
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(3) En Castilla, Asturias, etc., predominaba la Unión
General de Trabajadores (UGT), central obrera social-demócrata.
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Además, muchos decenios de propaganda anarquista
en el campo, realizada por medio de folletos de divulgación como
los de José Sánchez Rosa, habían preparado el terreno
para el colectivismo agrario. La CNT tenía especialmente fuerza
entre los campesinos del Sur (Andalucía), del Este (región
de Levante, alrededores de Valencia) y del Nordeste (Aragón, vecindades
de Zaragoza).
La doble base, industrial y rural, del anarcosindicalismo
español, orientó el "comunismo libertario" por él
propugnado en dos direcciones un tanto divergentes: una comunalista y otra
sindicalista. El comunalismo tenía un matiz más particularista
y más rural, casi podría decirse más meridional, pues
uno de sus principales bastiones era Andalucía. El sindicalismo
mostraba un tinte más integracionista y urbano, más septentrional,
cabría afirmar, por cuanto su centro vital era Cataluña.
Los teóricos libertarios se mostraban algo vacilantes y estaban
divididos en lo que a este punto respecta.
Unos, que compartían las ideas de Kropotkin y su
idealización –erudita pero simplista– de las comunas de la Edad
Media, identificadas por ellos con la tradición española
de la comunidad campesina primitiva, tenían siempre a flor de labios
el lema de "comuna libre". Durante las insurrecciones campesinas que siguieron
al advenimiento de la República, en 1931, se realizaron diversos
ensayos prácticos de comunismo libertario. Por acuerdo mutuo y voluntario,
algunos grupos de campesinos que poseían pequeñas parcelas
decidieron trabajar en común, repartirse los beneficios en partes
iguales y consumir "de lo propio"; además, destituyeron a las autoridades
municipales y las reemplazaron por comités electivos. Creyeron ingenuamente
haberse independizado del resto de la sociedad, de los impuestos y del
servicio militar.
Otros, que se proclamaban seguidores de Bakunin –fundador
del movimiento obrero colectivista, sindicalista e internacionalista de
España– y de su discípulo Ricardo Mella, se preocupaban más
por el presente que por la Edad de Oro, eran más realistas. Daban
primordial importancia a la integración económica y consideraban
que, por un largo período transitorio, era mejor remunerar el trabajo
con arreglo a las horas de labor cumplidas que distribuir las ganancias
según las necesidades de cada uno. A su ver, la combinación
de las uniones locales de sindicatos y de las federaciones por ramas industriales
era la estructura económica del porvenir.
Al principio, los militantes de la base confundieron hasta
cierto punto la idea de sindicato con la de comuna, debido a que, durante
largo tiempo, dentro de la CNT predominaron los sindicatos únicos
(uniones locales), que estaban más cerca de los trabajadores, se
encontraban a salvo de todo egoísmo de corporación y constituían
algo así como el hogar material y espiritual del proletariado. (4)
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(4) Sólo en 1931 aprobó la CNT una idea
rechazada en 1919: la de crear federaciones de industria. Los "puros" del
anarquismo temían la propensión al centralismo y a la burocracia
de estas federaciones, pero se había hecho imperativo responder
a la concentración capitalista con la concentración de los
sindicatos de cada industria. Fue preciso esperar hasta 1937 para que quedaran
realmente organizadas las grandes federaciones de industria.
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Las opiniones de los anarcosindicalistas españoles
estaban también divididas respecto de otro problema, el cual hizo
resurgir en la práctica el mismo debate teórico que otrora,
en el congreso anarquista internacional de 1907, creó la oposición
entre sindicalistas y anarquistas. La actividad en pro de las reivindicaciones
cotidianas había generado en la CNT una tendencia reformista que
la FAI (Federación Anarquista Ibérica), fundada en 1927,
se consideró llamada a combatir para defender la integridad de la
doctrina anarquista. En 1931, la tendencia sindicalista publicó
un manifiesto, denominado de los "Treinta", en el cual se declaraba en
rebeldía contra la "dictadura" de las minorías dentro del
movimiento sindical, y afirmaba la independencia del sindicalismo y su
aspiración a bastarse solo. Cierto número de sindicatos abandonó
la CNT y, pese a que se logró llenar la brecha de esta escisión
poco antes de la Revolución de julio de 1936, la corriente reformista
subsistió en la central obrera.
BAGAJE DOCTRINARIO
Los anarquistas españoles jamás dejaron
de publicar en su idioma los escritos fundamentales (y hasta los de menor
importancia) del anarquismo internacional, con lo cual salvaron del olvido,
y aun de la destrucción, las tradiciones de un socialismo revolucionario
y libre a la vez. Augustin Souchy, anarcosindicalista alemán que
se puso al servicio del anarquismo español, escribió: "En
sus asambleas de sindicatos y grupos, en sus diarios, folletos y libros,
se discutía incesante y sistemáticamente el problema de la
revolución social".
Inmediatamente después de la proclamación
de la República Española de 1931, se produjo un florecimiento
de la literatura "anticipacionista". Peirats hizo una lista de tales escritos,
muy incompleta según él, la cual incluye cerca de cincuenta
títulos; el mismo autor subraya que esta "obsesión de construcción
revolucionaria" que se tradujo en una proliferación editorial, contribuyó
grandemente a encaminar al pueblo hacia la Revolución. Así,
los anarquistas españoles conocieron el folleto Idées sur
l’Organisation Sociale, escrito por James Guillaume en 1876, a través
de los muchos pasajes que de él incluía el libro de Pierre
Besnard, Les Syndicats Ouvriers et la Révolution Sociale, aparecido
en París hacia 1930. En 1931, Gaston Lreview publicó en la
Argentina, país adonde había emigrado, Problemas económicos
de la revolución española, que inspiró directamente
la importante obra de Diego Abad de Santillán a la cual nos referiremos
más adelante.
En l932, el doctor Isaac Puente, medico rural que, al
año siguiente, sería el principal animador de un comité
de insurrección en Aragón, publicó un esbozo –algo
ingenuo e idealista– de comunismo libertario, en el cual exponía
ideas que luego tomaría el congreso de la CNT reunido en Zaragoza
el 1º de mayo de 1936.
El programa de Zaragoza define con cierta precisión
cómo debe funcionar una democracia aldeana directa: la asamblea
general de los habitantes elige un consejo comunal integrado por representantes
de diversos comités técnicos. Cada vez que los intereses
de la comuna lo requieren, la asamblea general se reúne a petición
del consejo comunal o por voluntad de los propios aldeanos. Los distintos
cargos de responsabilidad carecen totalmente de carácter ejecutivo
o burocrático. Sus titulares (con excepción de algunos técnicos
y especialistas en estadística) cumplen su tarea como simples productores
que en nada se distinguen de los demás, y al fin de la jornada de
trabajo se reúnen para discutir cuestiones de detalle que no necesitan
ratificación de la asamblea general.
Cada trabajador en actividad recibe una tarjeta de productor
en la cual constan los servicios prestados, reviewuados en unidades de
días de trabajo cumplidos y contra cuya presentación puede
obtener mercancías de valor equivalente. A los elementos pasivos
de la población se les entrega una simple tarjeta de consumidor.
No existen normas absolutas: se respeta la autonomía de las comunas.
Si alguna de ellas considera conveniente implantar un sistema de intercambio
interior propio, puede hacerlo libremente, pero a condición de no
lesionar en lo mínimo los intereses de las demás. En efecto,
el derecho a la autonomía comunal no excluye el deber de mantener
la solidaridad colectiva dentro de las federaciones cantonales y regionales
en que se unen las comunas.
El cultivo del espíritu es una de las preocupaciones
preponderantes de los congresistas de Zaragoza. La cultura debe hacer que,
durante su existencia, cada hombre tenga acceso y derecho a las ciencias,
las artes y las investigaciones de todo género, en compatibilidad
con su tarea de contribuir a la producción de bienes materiales.
Merced a esta doble actividad, el ser humano tiene garantizados su equilibrio
y su buena salud. Se acabó la división de la sociedad en
trabajadores manuales e intelectuales: todos son simultáneamente
lo uno y lo otro. Una vez finalizada su jornada de productor, el individuo
es dueño absoluto de su tiempo. La CNT piensa que en una sociedad
emancipada, donde las necesidades de orden material estén satisfechas,
las necesidades espirituales se manifestarán más imperiosamente.
Hacía ya mucho tiempo que el anarcosindicalismo
español procuraba salvaguardar la autonomía de lo que llamaba
los "grupos de afinidad". Entre otros, el naturismo y el vegetarianismo
contaban con muchos adeptos, sobre todo campesinos pobres del Sur. Se estimaba
que estos dos métodos de vida podían transformar al hombre
y prepararlo para la sociedad libertaria. Así, el congreso de Zaragoza
no se olvidó de la suerte de los grupos naturistas y nudistas, "refractarios
a la industrialización". Dado que, por esta actitud, estarían
incapacitados para subvenir a todas sus necesidades, el congreso consideró
la posibilidad de que los delegados de aquéllos que concurrieran
a las reuniones de la confederación de comunas concertaran acuerdos
económicos con las otras comunas agrícolas e industriales.
¿Debemos sonreír? En vísperas de una fundamental y
sangrienta mutación social, la CNT no creía que fuera risible
buscar la forma de satisfacer las aspiraciones infinitamente variadas del
ser humano.
En lo penal, el congreso de Zaragoza afirma, fiel a las
enseñanzas de Bakunin, que la principal causa de la delincuencia
es la injusticia social y que, en consecuencia, una vez suprimida la segunda,
la primera desaparecerá casi por completo. Sostiene que el hombre
no es malo por naturaleza. Las faltas cometidas por los individuos, tanto
en el aspecto moral como en sus funciones de productor, serán examinadas
por las asambleas populares, que se esforzarán por encontrar una
solución justa para cada caso.
El comunismo libertario no acepta más correctivos
que los métodos preventivos de la medicina y la pedagogía.
Si un individuo, víctima de fenómenos patológicos,
atenta contra la armonía que debe reinar entre sus semejantes, se
dará debida atención a su desequilibrio a la par que se estimulará
su sentido de la ética y de la responsabilidad social. Como remedio
para las pasiones eróticas, que acaso no puedan refrenarse ni siquiera
por respeto a la libertad de los demás, el congreso de Zaragoza
recomienda el "cambio de aire", recurso eficaz tanto para los males del
cuerpo como para los del amor. La central obrera duda, empero, de que en
un ambiente de libertad sexual pueda existir semejante exacerbación.
Cuando, en mayo de 1936, el congreso de la CNT adoptó
el programa de Zaragoza, nadie preveía que, en dos meses, estaría
preparado el terreno para su aplicación, En realidad, la socialización
de la tierra y de la industria que siguió a la victoria revolucionaria
del 19 de julio, habría de apartarse sensiblemente de aquel idílico
programa. Aunque en él se repetía continuamente la palabra
"comuna", el término adoptado para designar las unidades socialistas
de producción fue el de colectividades. No se trató de un
simple cambio de vocabulario: los artesanos de la autogestión española
habían comenzado a abrevar en otra fuente.
Efectivamente, el esquema de construcción económica
esbozado dos meses antes del congreso de Zaragoza por Diego Abad de Santillán
en su libro El Organismo Económico de la Revolución, se diferenciaba
notablemente del programa de Zaragoza.
Santillán no es, como tantos de sus congéneres,
un epígono infecundo y estereotipado de los grandes anarquistas
del siglo XIX. Deplora que la literatura anarquista de los últimos
veinticinco o treinta años se haya ocupado tan poco de los problemas
concretos de la economía moderna y no haya sido capaz de crear nuevos
caminos hacia el porvenir, limitándose a producir en todas las lenguas
una superabundancia de obras dedicadas a elaborar hasta el cansancio, y
sólo abstractamente, el concepto de libertad.
¡Cuán brillantes le parecen los informes
presentados en los congresos nacionales e internacionales de la Primera
Internacional, en comparación con esta indigesta mole libresca!
En ellos, observa Santillán, encontramos mayor comprensión
de los problemas económicos que en las obras de los períodos
posteriores.
Santillán no es hombre de quedarse atrás,
sigue el ritmo de su tiempo. Tiene conciencia de que "el formidable desarrollo
de la industria moderna ha creado toda una serie de nuevos problemas, otrora
imprevisibles". No debemos pretender retornar al arado romano ni a las
primitivas formas artesanales de producción. El particularismo económico,
la mentalidad localista, la patria chica, tan adorada en la campaña
española por quienes añoran la Edad de Oro, la "comuna libre"
de Kropotkin, de espíritu estrecho y medireview, deben quedar relegados
al museo de antigüedades. Son vestigios de conceptos comunalistas
ya caducos.
Desde el punto de vista económico, no pueden existir
las "comunas libres": "Nuestro ideal es la comuna asociada, federada e
integrada en la economía total del país y de las demás
naciones en revolución". El colectivismo, la autogestión,
no deben consistir en la sustitución del propietario privado por
otro multicéfalo. La tierra, las fábricas, las minas y los
medios de transporte con obra de todos y a todos han de servir por igual.
Hoy la economía no es local, ni siquiera nacional, sino mundial.
La vida moderna se caracteriza por la cohesión de la totalidad de
las fuerzas de producción y distribución. "Es imperioso,
y corresponde a la evolución del mundo económico moderno,
implantar una economía socializada, dirigida y planificada".
Para llenar las funciones de coordinación y planificación, Santillán propone un Consejo Económico Federal que no sea un poder político, sino un simple organismo de coordinación encargado de regular las actividades económicas y administrativas. Este Consejo ha de recibir las directivas desde abajo, a saber, de los consejos de fábrica confederados simultáneamente en consejos sindicales por rama industrial y en consejos económicos locales. Será pues, el punto de convergencia de dos líneas, una local y otra profesional. Los órganos de base le suministrarán las estadísticas necesarias para que en todo momento pueda conocer la verdadera situación económica. De tal modo, estará capacitado para localizar las principales deficiencias y determinar cuáles son los sectores donde resulta más urgente promover nuevas industrias y nuevos cultivos. "Cuando la autoridad suprema resida en las cifras y las estadísticas, no habrá ya necesidad de gendarmes". En un sistema de esta índole, la coerción estatal no es provechosa, sino estéril y hasta imposible. El Consejo Federal se ocupará de la difusión de nuevas normas de la intercomunicación de las regiones y de la creación de un espíritu de solidaridad nacional. Estimulará la búsqueda de nuevos métodos de trabajo, nuevos procedimientos fabriles y nuevas técnicas rurales. Distribuirá la mano de obra entre las distintas regiones y ramas de la economía.
Incontestablemente, Santillán aprendió mucho
de la Revolución Rusa. Por un lado, ella le enseñó
que es necesario tomar providencias para impedir la resurrección
del aparato estatal y burocrático; pero, por el otro, le demostró
que una revolución victoriosa no puede dejar de pasar por fases
económicas intermedias, en las cuales, por un tiempo, subsiste lo
que Marx y Lenin llaman el "derecho burgués". Tampoco se puede pretender
suprimir de un manotazo el sistema bancario y monetario; es preciso transformar
estas instituciones y utilizarlas como medio de intercambio provisional,
a fin de mantener en actividad la vida social y preparar el camino para
nuevas formas de la economía.
Santillán cumplió importantes funciones
en la Revolución Española. Se desempeñó sucesivamente
como miembro del comité central de las milicias antifascistas (fines
de julio de 1936), integrante del Consejo Económico de Cataluña
(11 de agosto) y Ministro de Economía de la Generalidad (mediados
de diciembre).
UNA REVOLUCION "APOLITICA"
La Revolución Española había, pues,
madurado relativamente en la mente de los pensadores libertarios y en la
conciencia popular. Por ello no es de extrañar que la derecha española
viera el principio de una revolución en la victoria electoral del
Frente Popular (febrero de 1936). En realidad las masas no tardaron en
rebasar los estrechos límites del triunfo logrado en las urnas.
Burlándose de las reglas del juego parlamentario, no esperaron siquiera
que se formara el gobierno para liberar a los presos políticos.
Los arrendatarios rurales dejaron de pagar el arrendamiento. Los jornaleros
agrícolas ocuparon las tierras y se pusieron a trabajarlas para
imponer de inmediato la autoadministración. Los ferroviarios se
declararon en huelga para exigir la nacionalización de los ferrocarriles,
mientras que los albañiles madrileños reivindicaron el control
obrero, primera etapa hacia la socialización.
Los jefes militares, con el coronel Franco a la cabeza,
respondieron a estos pródromos de revolución con un golpe
militar. Pero sólo consiguieron acelerar el curso de una revolución
ya prácticamente iniciada. Con excepción de Sevilla, en la
mayor parte de las grandes ciudades –Madrid, Barcelona y Valencia, especialmente–
el pueblo tomó la ofensiva, sitió los cuarteles, levantó
barricadas en las calles y ocupó los puntos estratégicos.
De todas partes, acudieron los trabajadores al llamado de sus sindicatos.
Con absoluto desprecio de su vida, el pecho descubierto y las manos vacías,
se lanzaron al asalto de los bastiones franquistas. Lograron arrebatarle
los cañones al enemigo y conquistar a los soldados para su causa.
Merced a este furor popular, la insurrección militar
quedó aplastada en veinticuatro horas. Entonces, espontáneamente,
principió la revolución social. Fue un proceso desigual,
a no dudarlo, de variada intensidad según las regiones y las ciudades;
pero en ninguna parte tuvo tanto ímpetu como en Cataluña
y, particularmente, en Barcelona. Cuando las autoridades constituidas salieron
de su estupor, se dieron cuenta que, simplemente, ya no existían.
El Estado, la policía, el ejército y la administración
parecían haber perdido su razón de ser. Los guardias civiles
habían sido expulsados o eliminados. Los obreros vencedores se ocupaban
de guardar el orden. La organización del abastecimiento era lo más
urgente, y para llenar esta necesidad se formaron comités; éstos
distribuían los víveres en las barricadas transformadas en
campamentos y luego abrieron restaurantes comunitarios. Los comités
de barrio organizaron la administración; los de guerra, la partida
de las milicias obreras hacia el frente. La casa del pueblo se había
convertido en el verdadero ayuntamiento. Ya no se trataba simplemente de
la "defensa de la República" contra el fascismo, sino de la Revolución.
De una Revolución que, a diferencia de la rusa, no tuvo necesidad
de crear enteramente sus órganos de poder: la elección de
soviets resultaba superflua debido a la omnipresencia de la organización
anarcosindicalista, de la cual surgían los diversos comités
de base. En Cataluña, la CNT y su minoría consciente, la
FAI, eran más poderosas que las autoridades, transformadas en simples
espectros.
Nada impedía, sobre todo en Barcelona, que los
comités obreros tomaran de jure el poder que ya ejercían
de facto. Pero se abstuvieron de dar tal paso. Durante decenios el anarquismo
español previno al pueblo contra el engaño de la "política",
le recomendó dar primacía a lo "económico" y se esforzó
por desviarlo de la revolución burguesa democrática para
conducirlo, mediante la acción directa, hacia la revolución
social. En el linde de la Revolución, los anarquistas siguieron,
aproximadamente, el siguiente razonamiento: que los políticos hagan
lo que quieran; nosotros, los "apolíticos", nos ocuparemos de la
economía. En un artículo intitulado "La Inutilidad del Gobierno"
y publicado el 3 de septiembre de 1936 por el Boletín de Información
CNT-FAI, se daba por descontado que la expropiación económica
en vías de realización acarrearía ipso facto "la liquidación
del Estado burgués, reducido por asfixia".
LOS ANARQUISTAS EN EL GOBIERNO
Pero muy pronto esta subestimación del gobierno
fue reemplazada por una actitud opuesta. Bruscamente, los anarquista españoles
se convirtieron en gubernamentalistas. Poco después de la Revolución
del 19 de julio, el activista anarquista García Oliver se entrevistó
en Barcelona con el presidente de la Generalidad de Cataluña, el
burgués liberal Companys. Aunque el último estaba dispuesto
a hacerse a un lado, se lo mantuvo en sus funciones. La CNT y la FAI renunciaron
a ejercer una "dictadura" anarquista y se declararon prestas a colaborar
con las demás agrupaciones izquierdistas. Hacia mediados de septiembre,
la CNT exigió a Largo Caballero, presidente del consejo de gobierno
central, que se creara un "Consejo de Defensa" integrado por quince personas,
en el cual dicha central se conformaba con tener cinco representantes.
Esto equivalía a aceptar la idea de participar en el gobierno ocupando
cargos ministeriales, pero con otro nombre.
Finalmente, los anarquistas tomaron carteras en los dos
gobiernos: en el de la Generalidad de Cataluña, primero, y en el
de Madrid, después. En una carta abierta fechada el 14 de abril
de 1937 y dirigida a la compañera ministra Federica Montseny, el
anarquista italiano Camillo Berneri, que se encontraba en Barcelona, los
censuró afirmando que estaban en el gobierno sólo para servir
de rehenes y de pantalla "a políticos que coqueteaban con el enemigo"
[de clase]. (5) En realidad, el Estado en el cual se habían dejado
integrar seguía siendo burgués, y buena parte de sus funcionarios
y de su personal político no era leal a la República. ¿Cuál
fue la razón de esta abjuración? La Revolución Española
había sido la inmediata respuesta proletaria a un golpe de Estado
contrarrevolucionario. Desde el principio, la necesidad de combatir con
milicias antifascistas a las cohortes del coronel Franco imprimió
a la Revolución un carácter de autodefensa, un carácter
militar. Los anarquistas pensaron que, para enfrentar el peligro común,
tenían que unirse, quisiéranlo o no, con las demás
fuerzas sindicales y hasta con los partidos políticos dispuestos
a cerrarle el paso a la rebelión. Al dar las potencias fascistas
un creciente apoyo al franquismo, la lucha "antifascista" degeneró
en una guerra verdadera, de corte clásico, en una guerra total.
Los libertarios no podían participar en ésta sin renunciar
cada vez más a sus principios, tanto en lo político como
en lo militar. Ateniéndose a un falso razonamiento, creyeron que
la victoria de la Revolución sería imposible si primero no
se ganaba la guerra, y en aras de esa victoria "sacrificaron todo", como
convino Santillán. Vanamente objetó Berneri que era un error
darle prioridad a la guerra sin más, y trató de hacerles
ver que sólo una guerra revolucionaria podía asegurar el
triunfo sobre Franco. En rigor de verdad, frenar la Revolución equivalía
a mellar el arma principal de la República: la participación
activa de las masas. Peor aún, la España republicana, sometida
al bloqueo de las democracias occidentales y seriamente amenazada por el
avance de las tropas fascistas, se veía obligada a recurrir a la
ayuda militar rusa para poder sobrevivir, y este socorro presentaba dos
inconvenientes: primero, la situación debía beneficiar sobre
todo al Partido Comunista y lo menos posible a los anarquistas; segundo,
Stalin no quería, por ningún concepto, que en España
triunfara una revolución social, no sólo porque ella hubiera
sido libertaria, sino también porque hubiera expropiado los capitales
invertidos por Inglaterra, presunta aliada de la URSS en la "ronda de las
democracias" opuesta a Hitler. Los comunistas españoles hasta negaban
que hubiera revolución: simplemente, el gobierno legal luchaba por
reducir una sedición militar. Después de las sangrientas
jornadas de Barcelona (mayo de 1937), en cuyo transcurso las fuerzas del
orden desarmaron a los obreros por mandato stalinista, los libertarios,
invocando la unidad de acción antifascista, prohibieron a los trabajadores
contraatacar. Escapa de los límites de este libro analizar la lúgubre
perseverancia con que los anarquistas españoles se mantuvieron en
el error del Frente Popular hasta la derrota final de los republicanos.
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(5) Entre el 11 y el 19 de junio de 1937, se realizó
en París un congreso extraordinario de la Asociación Internacional
de Trabajadores, a la que estaba afiliada la CNT. En dicho Congreso se
reprobó a la central anarco sindicalista por su participación
en el gobierno y por concesiones que a consecuencia de ello había
hecho. Con este precedente, Sebastien Faure se decidió a publicar
en los números del 8, 15 y 22 de julio de Le Libertaire una serie
de artículos intitulada "La Pente Fatale", donde criticaba severamente
a los anarquistas españoles por colaborar con el gobierno. Disgustada,
la CNT provocó la renuncia del secretario de la AIT, Pierre Besnard.
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LOS TRIUNFOS DE LA AUTOGESTION
No obstante, en la esfera de mayor importancia para ellos,
vale decir, en la económica, los anarquistas españoles, presionados
por las masas, se mostraron más intransigentes y las concesiones
que se vieron obligados a hacer fueron mucho más limitadas. En buena
medida, la autogestión agrícola e industrial tomó
vuelo por sus propios medios. Pero, a medida que se fortalecía el
Estado y se acentuaba el carácter totalitario de la guerra, tornábase
más aguda la contradicción entre aquella república
burguesa beligerante y ese experimento de comunismo o, más generalmente,
de colectivismo libertario que se llevaba adelante paralelamente. Por último,
la autogestión tuvo que batirse prácticamente en retirada,
sacrificada en el altar del "antifascismo".
Nos detendremos un poco sobre esta experiencia, la cual,
afirma Peirats, no ha sido aún objeto de estudio metódico,
tarea por cierto engorrosa ya que la autogestión presenta infinidad
de variantes, según el lugar y el momento de que se trate. Creemos
conveniente dedicarle especial atención, pues es relativamente poco
conocida. Hasta en el campo republicano se la ignoró casi por completo
e incluso se la desacreditó. La guerra civil la hundió en
la sombra del olvido y aún hoy la reemplaza en los recuerdos de
la humanidad. El filme Morir en Madrid no menciona siquiera dicha experiencia,
y, sin embargo, ella es quizá el legado más positivo del
anarquismo español.
Al producirse la Revolución del 19 de julio de 1936, fulminante respuesta popular al pronunciamiento franquista, los grandes industriales y hacendados se apresuraron a abandonar sus posesiones para refugiarse en el extranjero. Los obreros y campesinos tomaron a su cargo aquellos bienes sin dueño. Los trabajadores agrícolas decidieron continuar cultivando el suelo por sus propios medios y, espontáneamente, se asociaron en "colectividades", El 5 de septiembre se reunió en Cataluña un congreso regional de campesinos, convocado por la CNT, en el que se resolvió colectivizar la tierra bajo el control y la dirección de los sindicatos. Las grandes haciendas y los bienes de los fascistas serían socializados. En cuanto a los pequeños propietarios, podían escoger libremente entre continuar en el régimen de propiedad individual o entrar en el de propiedad colectiva. Estas iniciativas sólo recibieron consagración legal más tarde, el 7 de octubre de 1936, cuando el gobierno republicano central confiscó sin previo pago de indemnización los bienes de las "personas comprometidas en la rebelión fascista". Fue ésta una medida incompleta desde el punto de vista legal, pues sólo sancionaba una pequeña parte de las apropiaciones ya realizadas espontáneamente por el pueblo: los campesinos habían efectuado las expropiaciones indiscriminadamente, sin tomar en cuenta si el propietario había participado o no en el golpe militar.
En los países subdesarrollados, donde faltan los
medios técnicos necesarios para el cultivo en gran escala, el campesino
pobre se siente más atraído por la propiedad privada de la
cual nunca gozó, que por la agricultura socializada. Pero en España,
la educación libertaria y la tradición colectivista compensaron
la insuficiencia de los medios técnicos y contrarrestaron las tendencias
individualistas de los campesinos empujándolos, de buenas a primeras,
hacia el socialismo. Los campesinos pobres optaron por ese camino, en tanto
que los más acomodados se aferraron al individualismo, como sucedió
en Cataluña. La gran mayoría (90 por ciento) de los trabajadores
de la tierra prefirieron, desde el principio, entrar en las colectividades.
Con ello se selló la alianza de los campesinos con los obreros urbanos,
quienes, por la naturaleza de su trabajo, eran partidarios de la socialización
de los medios de producción.
Al parecer, la conciencia social estaba aún más
desarrollada en el campo que en la ciudad.
Las colectividades agrícolas comenzaron a regirse
según una doble gestión: económica y local a la vez.
Ambas funciones estaban netamente delimitadas, pero, en casi todos los
casos, las asumían o las dirigían los sindicatos.
En cada aldea, la asamblea general de campesinos trabajadores
elegía un comité administrativo que se encargaba de dirigir
la actividad económica. Salvo el secretario, los miembros del comité
seguían cumpliendo sus tareas habituales. Todos los hombres aptos,
entre los dieciocho y sesenta años de edad, tenían la obligación
de trabajar. Los campesinos se organizaban en grupos de diez o más,
encabezados por un delegado; a cada equipo se le asignaba una zona de cultivo
o una función, de acuerdo con la edad de sus miembros y la índole
del trabajo. Todas las noches, el comité administrativo recibía
a los delegados de los distintos grupos. En cuanto a la parte de administración
local, la comuna convocaba frecuentemente una asamblea vecinal general
en la que se rendían cuentas de lo hecho.
Todo era de propiedad común, con excepción
de las ropas, los muebles, las economías personales, los animales
domésticos, las parcelas de jardín y las aves de corral destinadas
al consumo familiar. Los artesanos, los peluqueros, los zapateros, etc.,
estaban a su vez agrupados en colectividades. Las ovejas de la comunidad
se dividían en rebaños de varios cientos de cabezas, que
eran confiados a pastores y distribuidos metódicamente en las montañas.
En lo que atañe al modo de repartir los productos,
se probaron diversos sistemas, unos nacidos del colectivismo, otros del
comunismo más o menos integral y otros, aún, de la combinación
de ambos. Por lo general, se fijaba la remuneración en función
de las necesidades de los miembros del grupo familiar. Cada jefe de familia
recibía, a modo de jornal, un bono expresado en pesetas, el cual
podía cambiarse por artículos de consumo en las tiendas comunales,
instaladas casi siempre en la iglesia o sus dependencias. El saldo no consumido
se anotaba en pesetas en el haber de una cuenta de reserva individual,
y el interesado podía solicitar una parte limitada de dicho saldo
para gastos personales. El alquiler, la electricidad, la atención
médica, los productos medicinales, la ayuda a los ancianos, etc.
eran gratuitos, lo mismo que la escuela, que a menudo funcionaba en un
viejo convento y era obligatoria para los niños menores de catorce
años, a quienes no se permitía realizar trabajos manuales.
La adhesión a la colectividad era totalmente voluntaria;
así lo exigía la preocupación fundamental de los anarquistas:
el respeto por la libertad. No se ejercía presión alguna
sobre los pequeños propietarios, quienes, al mantenerse apartados
de la comunidad por propia determinación y pretender bastarse a
sí mismos, no podían esperar que ésta les prestara
servicios o ayuda. No obstante, les estaba permitido participar, siempre
por libre decisión, en los trabajos de la comuna y enviar sus productos
a los almacenes comunales. Se los admitía en las asambleas generales
y gozaban de ciertos beneficios colectivos. Sólo se les impedía
poseer más tierra de la que podían cultivar; y se les imponía
una única condición: que su persona o sus bienes no perturbaran
en nada el orden socialista. Aquí y allá, se reunieron las
tierras socializadas en grandes predios mediante el intercambio voluntario
de parcelas con campesinos que no integraban la comunidad. En la mayor
parte de las aldeas socializadas, fue diminuyendo paulatinamente el número
de campesinos o comerciantes no adheridos a la colectividad. Al sentirse
aislados, preferían unirse a ella.
Con todo, parece que las unidades que aplicaban el principio
colectivista de la remuneración por día de trabajo resistieron
mejor que aquellas, menos numerosas, en las cuales se quiso aplica antes
de tiempo el comunismo integral desdeñando el egoísmo todavía
arraigado en la naturaleza humana, sobre todo en las mujeres. En ciertos
pueblos, donde se había suprimido la moneda de intercambio y se
consumía la producción propia, es decir, donde existía
una economía cerrada, se hicieron sentir los inconvenientes de tal
autarquía paralizante; además, el individualismo no tardó
en volver a tomar la delantera y provocó la desmembración
de la comunidad al retirarse ciertos pequeños propietarios que habían
entrado en ella sin estar maduros, sin una verdadera mentalidad comunista.
Las comunas se unían en federaciones cantonales,
a su vez coronadas por federaciones regionales. En principio, (6) todas
las tierras de una federación cantonal formaban un solo territorio
sin deslindes. La solidaridad entre aldeas fue llevada a su punto máximo.
Se crearon cajas de compensación que permitían prestar ayuda
a las colectividades menos favorecidas. Los instrumentos de trabajo, las
materias primas y la mano de obra excedente estaban a disposición
de las comunidades necesitadas.
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(6) Decimos "en principio", pues no faltaron litigios
entre aldeas.
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La socialización rural varió en importancia
según las provincias. En Cataluña, comarca de pequeña
y mediana propiedad, donde el campesinado tiene profundas tradiciones individualistas,
se limitó a unas pocas colectividades piloto. En Aragón,
por el contrario, se socializaron más de las tres cuartas partes
de las tierras. La iniciativa creadora de los trabajadores agrícolas
se vio estimulada por el paso de la columna Durruti, milicia libertaria
en camino hacia el frente norte para combatir a los fascistas, y la subsiguiente
creación de un poder revolucionario surgido de la base, único
en su género dentro de la España republicana. Se constituyeron
cerca de 450 colectividades, que agrupaban a unos 500.000 miembros. En
la región de Levante (cinco provincias; capital, Valencia), la más
rica de España, se formaron alrededor de 900 colectividades, que
englobaban el 43 % de las localidades, el 50 % de la producción
de cítricos y el 70 % de su comercialización. En Castilla
se crearon aproximadamente 300 colectividades, integradas por 100.000 adherentes,
en números redondos. La socialización se extendió
hasta Extremadura y parte de Andalucía. En Asturias manifestó
ciertas veleidades, pronto reprimidas.
Cabe señalar que este socialismo de base no fue,
como creen algunos, obra exclusiva de los anarcosindicalistas. Según
testimonio de Gaston Lreview, muchos de los que practicaban la autogestión
eran "libertarios sin saberlo". En las provincias nombradas en último
término, la iniciativa de emprender la colectivización fue
de los campesinos socialistas, católicos e incluso, como en el caso
de Asturias, comunistas.(7)
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(7) No obstante, en las localidades del sur que no estaban
controladas por los anarquistas, las apropiaciones de latifundios realizadas
autoritariamente por los municipios no constituyeron una verdadera mutación
revolucionaria para los jornaleros, quienes siguieron en la condición
de asalariados; allí no hubo autogestión.
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Allí donde la autogestión agrícola
no fue saboteada por sus adversarios o trabada por la guerra, se impuso
con éxito innegable. Los triunfos logrados se debieron en parte
al estado de atraso de la agricultura española. En efecto, fácil
era superar las más elevadas cifras de producción de las
grandes haciendas, pues siempre habían sido lamentables. La mitad
del territorio peninsular había pertenecido a unos 10.000 señores
feudales, quienes prefirieron mantener buena parte de sus tierras como
eriales antes que permitir la formación de una capa de colonos independientes
o acordar salarios decentes a sus jornaleros, lo cual hubiera puesto en
peligro su posición de amos medireviewes. De esta manera se demoró
el debido aprovechamiento de las riquezas naturales del suelo español.
Se formaron extensos predios reuniendo distintas parcelas
y se practicó el cultivo en grandes superficies, siguiendo un plan
general dirigido por agrónomos. Merced a los estudios de los técnicos
agrícolas, se logró incrementar entre un 30 y un 50 % el
rendimiento de la tierra. Aumentaron las áreas sembradas, se perfeccionaron
los métodos de trabajo y se utilizó más racionalmente
la energía humana, animal y mecánica.
Se diversificaron los cultivos, se iniciaron obras de
irrigación y de reforestación parcial, se construyeron viveros
y porquerizas, se crearon escuelas técnicas rurales y granjas piloto,
se seleccionó el ganado y se fomentó su reproducción;
finalmente, se pusieron en marcha industrias auxiliares. La socialización
demostró su superioridad tanto sobre el sistema de la gran propiedad
absentista, en el que se dejaba inculta parte del suelo, como sobre el
de la pequeña propiedad, en el cual se laboraba la tierra según
técnicas rudimentarias, con semillas de mala calidad y sin fertilizantes.
Se esbozó, al menos, una planificación agrícola
basada en las estadísticas de producción y de consumo que
entregaban las colectividades a sus respectivos comités cantonales,
los cuales, a su vez, las comunicaban al comité regional, que cumplía
la tarea de controlar la cantidad y calidad de la producción de
cada región. Los distintos comités regionales se encargaban
del comercio interregional: reunían los productos destinados a la
venta y con ellos realizaban las compras necesarias para toda la comarca
de su jurisdicción.
Donde mejor demostró el anarcosindicalismo sus
posibilidades de organizar e integrar la actividad agrícola fue
en Levante. La exportación de los cítricos exigía
técnicas comerciales modernas y metódicas que, pese a ciertos
conflictos, a veces serios, con los productores ricos, pudieron ponerse
en práctica con brillantes resultados.
El desarrollo cultural fue a la par del material. Se inició
la alfabetización de los adultos; en las aldeas, las federaciones
regionales fijaron un programa de conferencias, funciones cinematográficas
y representaciones teatrales.
Tan buenos resultados no se debieron únicamente
a la poderosa organización del sindicalismo sino también,
en gran parte, a la inteligencia y a la iniciativa del pueblo. Aunque analfabetos
en su mayoría, los campesinos dieron pruebas de tener una elevada
conciencia socialista, un gran sentido práctico y un espíritu
de solidaridad y de sacrificio que despertaban la admiración de
los observadores extranjeros. Después de visitar la colectividad
de Segorbe, el laborista independiente Fenner Brockway, hoy lord Brockway,
se expresó de esta guisa: "El estado de ánimo de los campesinos,
su entusiasmo, el espíritu con que cumplen su parte en el esfuerzo
común, el orgullo que ello les infunde, todo es admirable".
También en la industria demostró la autogestión
cuánto podía hacer. Esto se vio especialmente en Cataluña,
la región más industrializada de España. Espontáneamente,
los obreros cuyos patrones habían huido, pusieron las fábricas
en marcha. Durante más de cuatro meses, las empresas de Barcelona,
sobre las cuales ondeaba la bandera roja y negra de la CNT, fueron administradas
por los trabajadores agrupados en comités revolucionarios, sin ayuda
o interferencia del Estado, a veces hasta sin contar con una dirección
experta. Con todo, la mayor suerte del proletariado fue tener a los técnicos
de su parte. Contrariamente a lo ocurrido en Rusia en 1917-1918 y en Italia
en 1920, durante la breve experiencia de la ocupación de las fábricas,
los ingenieros no se negaron a prestar su concurso en el nuevo ensayo de
socialización; desde el primer día, colaboraron estrechamente
con los trabajadores.
En octubre de 1936, se reunió en Barcelona un congreso
sindical en el que estaban representados 600.000 obreros, y cuya finalidad
era estudiar la socialización de la industria. La iniciativa obrera
fue institucionalizada por un decreto del gobierno catalán, fechado
el 24 de octubre de 1936, el cual, a la par que ratificaba el hecho consumado,
introducía un control gubernamental en la autogestión. Se
crearon dos sectores, uno socializado y otro privado. Fueron objeto de
socialización las fábricas que empleaban a más de
cien personas (las que daban trabajo a un número de cincuenta a
cien obreros podían socializarse a requerimiento de las tres cuartas
partes de éstos), las empresas cuyos propietarios habían
sido declarados "facciosos" por un tribunal popular o las habían
cerrado y, por último, los establecimientos que eran tan esenciales
para la economía nacional que no podían dejarse en manos
de particulares (en rigor de verdad, se socializaron muchas firmas que
estaban endeudadas).
Cada fábrica autoadministrada estaba dirigida por
un comité de administración compuesto de quince miembros
que representaban a las diversas secciones y eran elegidos por los trabajadores
reunidos en asamblea general; el mandato de la comisión duraba dos
años y anualmente se renovaba la mitad de sus miembros. El comité
designaba un director, en el cual delegaba total o parcialmente sus poderes.
En el caso de las empresas muy importantes, el nombramiento de director
requería la aprobación del correspondiente organismo tutelar.
Además, cada comité de administración estaba controlado
por un representante del gobierno. Ya no era una autogestión en
el verdadero sentido de la palabra, sino más bien una cogestión
en estrecha asociación con el Estado.
El comité de administración podía
ser destituido, ya por la asamblea general, ya por el consejo general de
la rama industrial de que se tratara (compuesto de cuatro representantes
de los comités de administración, ocho de los sindicatos
obreros y cuatro técnicos nombrados por el organismo tutelar). Este
consejo general planificaba el trabajo y fijaba la repartición de
los beneficios: sus decisiones tenían valor ejecutivo. En las fábricas
socializadas, subsistía de modo integral el régimen de salarios.
Cada trabajador recibía una suma fija como retribución por
su labor. No se repartían los beneficios según el escalafón
de la empresa. Tras la socialización, los sueldos no variaron casi
y los aumentos fueron menores que los otorgados por el sector privado.
El decreto del 24 de octubre de 1936 constituyó
una avenencia entre la aspiración a la gestión autónoma
y la tendencia a la tutela estatal, al mismo tiempo que una transacción
entre capitalismo y socialismo. Fue redactado por un ministro libertario
y ratificado por la CNT porque los dirigentes anarquistas participaban
en el gobierno. ¿Cómo podía disgustarles la injerencia
del Estado en la autogestión si ellos mismos tenían las riendas
del gobierno? Una vez metido en el redil, el lobo termina por convertirse
en amo de las ovejas.
La práctica mostró que, pese a los considerables
poderes con que se había investido a los consejos generales de ramas
industriales, se corría el peligro de que la autogestión
obrera condujera a un particularismo egoísta, a una suerte de "cooperativismo
burgués", como señala Peirats, debido al hecho de que cada
unidad de producción se preocupaba exclusivamente de sus propios
intereses. Unas colectividades eran ricas y otras, pobres. Las primeras
estaban en condiciones de pagar salarios relativamente altos, en tanto
que las segundas ni siquiera alcanzaban a reunir lo suficiente para mantener
el nivel salarial prerrevolucionario.
Las colectividades prósperas tenían abundante
materia prima; las otras, en cambio, carecían de ella, y así
en todos los órdenes. Este desequilibrio se remedió bastante
pronto con la creación de una caja central de igualación,
por cuyo intermedio se distribuían equitativamente los recursos.
En diciembre de 1936, se realizó en Valencia un congreso sindical
que decidió ocuparse de coordinar los distintos sectores de producción
encuadrándolos dentro de un plan general y orgánico, tendiente
a evitar la competencia perjudicial y los esfuerzos desorganizados.
A partir de ese momento, los sindicatos se dedicaron a
reorganizar sistemática y totalmente diversas ramas fabriles: clausuraron
cientos de pequeñas empresas y concentraron la producción
en las mejor equipadas. Veamos un ejemplo: en Cataluña, de más
de 70 fundiciones, se dejaron 24; las curtidurías fueron reducidas
de 71 a 40, y las cristalerías, de 100 a 30. Pero la centralización
industrial bajo control sindical no pudo concretarse con la rapidez y plenitud
que hubieran deseado los planificadores anarcosindicalistas. ¿Por
qué? Porque los stalinistas y los reformistas se oponían
a la confiscación de los bienes de la clase media y respetaban religiosamente
al sector privado.
En los demás centros industriales de la España
republicana, donde no se aplicó el decreto catalán de socialización,
se crearon menos colectividades que en Cataluña; de todos modos,
la mayoría de las empresas que siguieron siendo privadas tenían
un comité obrero de control, como se vio en Asturias.
Al igual que la agrícola, la autogestión
industrial se aplicó con muy buen éxito. Los testigos presenciales
se deshacen en elogios, sobre todo cuando recuerdan el excelente funcionamiento
de los servicios públicos regidos por autogestión. Cierto
número de empresas, si no todas, estuvieron notablemente administradas.
La industria socializada realizó un aporte decisivo en la guerra
antifascista. Las pocas fábricas de armamentos que se crearon en
España antes de 1936, se encontraban fuera de Cataluña, ya
que los patrones no confiaban en el proletariado catalán. Por ello,
fue menester transformar rápidamente las fábricas de la región
de Barcelona para ponerlas en condiciones de servir a la defensa republicana.
Obreros y técnicos rivalizaron en entusiasmo y espíritu de
iniciativa. Muy pronto se mandó al frente material bélico
fabricado principalmente en Cataluña.
Iguales esfuerzos se concentraron en la producción
de sustancias químicas indispensables para la guerra. En la esfera
de las necesidades civiles, la industria socializada no se quedó
atrás. Febrilmente se inició una actividad nunca antes practicada
en España: la transformación de las fibras textiles; se trabajó
el cáñamo, el esparto, la paja de arroz y la celulosa.
LA AUTOGESTION SOCAVADA
Mas el crédito y el comercio exterior siguieron
en manos del sector privado, por voluntad del gobierno republicano burgués.
Y aunque el Estado controlaba los bancos, se guardaba muy bien de ponerlos
al servicio de la autogestión. Por carecer de dinero en efectivo,
muchas colectividades se mantenían con los fondos embargados al
producirse la Revolución de julio de 1936. Luego, para poder vivir
al día, tuvieron que apoderarse de bienes tales como las joyas y
los objetos preciosos pertenecientes a las iglesias, a los conventos y
a los elementos franquistas. La CNT pensó crear un "banco confederal"
para financiar la autogestión. Sin embargo, era utópico querer
entrar en competencia con el capital financiero no tocado por la socialización.
La única solución hubiera sido transferir todo el capital
a manos del proletariado organizado. Pero la CNT, prisionera del Frente
Popular, no se atrevió a ir tan lejos.
Con todo, el mayor obstáculo fue la hostilidad,
primero sorda y luego franca, que los distintos estados mayores políticos
de la República abrigaban hacia la autogestión. La acusaron
de "romper la unidad del frente" de la clase obrera y la pequeña
burguesía y, en consecuencia, de "hacerle el juego" al enemigo franquista.
(Preocupación que no impidió a sus detractores, primero,
negarle armas a la vanguardia libertaria –que en Aragón se vio constreñida
a hacer frente a las ametralladoras fascistas con las manos vacías–
¡y después censurarla por su "inercia"!).
Uribe, comunista que ocupaba la cartera de Agricultura,
se encargó de preparar el decreto del 7 de octubre de 1936, por
el cual se legalizaba una parte de las colectivizaciones rurales. Aunque
aparentaba lo contrario, lo guiaban un profundo espíritu anticolectivista
y la intención de desalentar a los campesinos que practicaban la
agricultura socializada. Impuso reglas jurídicas muy rígidas
y complicadas para la validación de las colectivizaciones. Fijó
un plazo perentorio a las colectividades: aquellas que no fueran legalizadas
dentro del límite de tiempo establecido, quedarían automáticamente
fuera de la ley y sus tierras podrían ser restituidas a sus antiguos
propietarios.
Uribe incitó a los campesinos a no entrar en las
colectividades o los predispuso contra ellas. En un discurso que dirigió
a los pequeños propietarios individualistas en diciembre de 1936,
les aseguró que los fusiles del Partido Comunista y del gobierno
estaban a su disposición. A ellos entregó los fertilizantes
importados que se negaba a distribuir entre las colectividades. Junto con
su colega Comorera, Ministro de Economía de la Generalidad de Cataluña,
agrupó en un sindicato único, de carácter reaccionario,
a los propietarios pequeños y medianos, a quienes se unieron los
comerciantes y hasta algunos hacendados que simulaban ser modestos propietarios.
También se encargó de que la tarea de organizar el abastecimiento
de Barcelona pasara de los sindicatos obreros al comercio privado.
Como remate, la coalición gubernamental no tuvo
escrúpulos en acabar manu militari con la autogestión obrera,
después de aplastada la vanguardia de la Revolución en mayo
de 1937. Un decreto del 10 de agosto de ese año declaró disuelto
el "consejo regional de defensa" de Aragón, so pretexto de que éste
había "quedado fuera de la corriente centralizadora". Joaquín
Ascaso, principal animador de dicho consejo, compareció ante la
justicia acusado de "vender joyas", cosa que en realidad había hecho
a fin de procurar fondos para las colectividades. De inmediato, la 11ª
división móvil del comandante Lister (stalinista), apoyada
por tanques, lanzó una ofensiva contra las colectividades. Entró
en Aragón como en suelo enemigo. Sus fuerzas detuvieron a los responsables
de las empresas socializadas, ocuparon y luego clausuraron los locales,
disolvieron los comités administrativos, desvalijaron las tiendas
comunales, destrozaron los muebles y dispersaron el ganado. La prensa comunista
clamó contra "los crímenes de la colectivización forzada".
El treinta por ciento de las colectividades de Aragón fueron completamente
destruidas.
Con todo, y pese a su brutalidad, en general el stalinismo
no consiguió obligar a los campesinos aragoneses a adoptar el régimen
de propiedad privada. Tan pronto como se retiró la división
Lister, los aragoneses rompieron la mayor parte de las actas de propiedad
que les habían hecho firmar a punta de pistola y no tardaron en
reconstruir las colectividades. Como bien expresa G. Munis, "fue uno de
los episodios ejemplares de la Revolución Española. Los campesinos
reafirmaron sus convicciones socialistas, a pesar del terror gubernamental
y del boicot económico a que estaban sometidos".
El restablecimiento de las colectividades de Aragón
tuvo además otro motivo menos heroico: demasiado tarde, el Partido
Comunista se percató de que había infligido un serio golpe
a la economía rural al menoscabar sus fuerzas vivas; comprobó
que había puesto en peligro las cosechas por falta de brazos, desmoralizado
a los combatientes del Frente de Aragón y reforzado peligrosamente
la clase media de propietarios de tierras. Por eso, trató de reparar
los estragos que él mismo había causado y de resucitar una
parte de las colectividades. Pero las nuevas colectividades no pudieron
reunir tierras de extensión y calidad comparables a las de las anteriores
ni contar con iguales efectivos, ya que, a causa de las persecuciones,
muchos militantes habían huido hacia el frente para buscar asilo
en las divisiones anarquistas combatientes o habían sido encarcelados.
En Levante, en Castilla, en las provincias de Huesca y
de Teruel, se perpetraron similares ataques armados contra la autogestión
agrícola, ¡y esto lo hicieron republicanos!
Bien o mal, la autogestión logró sobrevivir
en ciertas regiones que aún no habían caído en manos
de los franquistas; tal sucedió especialmente en Levante.
La política equívoca, por decir lo menos,
que siguió el gobierno de Valencia en materia de socialismo rural
contribuyó a la derrota de la República Española:
los campesinos pobres no tuvieron siempre clara conciencia de que debían
combatir por la República para defender sus intereses.
A despecho de sus buenos resultados, también la
autogestión industrial fue socavada por la burocracia administrativa
y los socialistas "autoritarios". Se desencadenó una formidable
campaña periodística y radial destinada a denigrar y calumniar
la autogestión, campaña que se concentró especialmente
en crear dudas acerca de la honestidad de los consejos de fábrica
en sus funciones administrativas. El gobierno republicano central se negó
invariablemente a conceder créditos a las empresas catalanas autoadministradas,
incluso cuando Fábregas, ministro libertario de Economía
de Cataluña, ofreció los mil millones de pesetas depositados
en las Cajas de Ahorro en calidad de garantía por los anticipos
otorgados a la autogestión. Tras tomar la cartera de Economía
en junio de 1937, el stalinista Comorera privó a las fábricas
autoadministradas de materias primas, las que prodigaba al sector privado.
También omitió abonarles a las empresas socializadas los
suministros encargados por la administración catalana.
El gobierno central disponía de un arma poderosa
para estrangular a las colectividades: la nacionalización de los
transportes, que le permitía proveer a unos y suspender todas las
entregas a otros. Además, adquiría en el extranjero los uniformes
destinados al ejército republicano, en lugar de solicitárselos
a las colectividades textiles de Cataluña. Esgrimiendo como pretexto
las necesidades de la defensa nacional, excluyó mediante un decreto
del 22 de agosto de 1937, a las empresas metalúrgicas y mineras
del decreto catalán de socialización de octubre de 1936,
calificado de "contrario al espíritu de la Constitución".
Los ex capataces y los directores desplazados por la autogestión
o, para ser más exactos, que rehusaron trabajar como técnicos
en las empresas autoadministradas, volvieron a sus puestos con ánimo
de venganza.
El decreto del 11 de agosto de 1938, que militarizó
las industrias bélicas en beneficio del ministerio de armamentos,
dio el golpe de gracia a la autogestión. Una burocracia pletórica
y abusiva se abalanzó sobre las fábricas. Estas tuvieron
que soportar la intromisión de infinidad de inspectores y directores
que habían recibido sus nombramientos sólo en mérito
a su filiación política, específicamente, a su reciente
adhesión al Partido Comunista. Al verse despojados del control de
las empresas creadas enteramente por ellos durante los primeros meses críticos
de la guerra, los obreros se desmoralizaron y la producción disminuyó.
Pese a todo, la autogestión industrial sobrevivió
en Cataluña en las demás ramas hasta el derrumbe de la República
Española. Pero marchaba muy lentamente, pues la industria había
perdido sus principales mercados y faltaban materias primas debido a que
el gobierno había cortado los créditos necesarios para adquirirlas.
En suma, apenas nacidas, las colectividades españolas
quedaron aprisionadas dentro de la rigurosa red de una guerra que seguía
los cánones militares clásicos, y que la República
invocó o usó como escudo para cortarle las alas a su propia
vanguardia y transigir con la reacción interna.
No obstante, aquel intento de socialización dejó
una enseñanza estimulante. En 1938, Emma Goldman le dedicó
estas palabras de homenaje: "La colectivización de las industrias
y de la tierra se nos aparece como la más grandiosa realización
de todos los períodos revolucionarios de la historia. Además,
aunque Franco venza y los anarquistas españoles caigan exterminados,
la idea que ellos han lanzado seguirá viviendo". En un discurso
pronunciado en Barcelona el 21 de julio de 1937, Federica Montseny señaló
los dos términos de la alternativa ante la cual se encontraban:
"En un extremo, los partidarios de la autoridad y del Estado totalitario,
de la economía dirigida por el Estado y de una organización
social que militarice a todos los hombres y convierta al Estado en un gran
patrón, en una gran celestina; en el otro extremo, la explotación
de las minas, de los campos, de las fábricas de los talleres por
la propia clase trabajadora organizada en federaciones sindicales". Es
ésta una disyuntiva que no sólo se le presentó a la
Revolución Española, sino que, algún día, puede
llegar a planteársele al socialismo del mundo entero.
A manera de conclusión
La derrota de la Revolución Española privó
al anarquismo del único bastión que tenía en el mundo.
De aquella dura prueba salió aniquilado y disperso y, en cierta
medida, desacreditado. Por otra parte, el juicio de la historia ha sido
severo y, en algunos aspectos, injusto. La experiencia de las colectividades
–rurales e industriales–, que se llevó a efecto en medio de las
circunstancias más trágicamente desfavorables, dejó
un saldo muy positivo. Pero se desconocieron los méritos de aquel
experimento, que fue subestimado y calumniado. Durante varios años,
por fin libre de la indeseable competencia libertaria, el socialismo autoritario
quedó, en algunas partes del globo, dueño absoluto del terreno.
Por un momento, la victoria militar de la URSS cobre el hitlerismo, en
1945, más los incontestables y hasta grandiosos logros realizados
en el campo técnico, parecieron dar la razón al socialismo
de Estado.
Pero los mismos excesos de este régimen no tardaron
en engendrar su propia negación. Hicieron ver que sería conveniente
moderar la paralizante centralización estatal, dar mayor autonomía
a las unidades de producción y permitir que los obreros participaran
en la dirección de las empresas, medida que los estimularía
a trabajar más y mejor. Uno de los países vasallos de Stalin
llegó a formar lo que podríamos llamar "anticuerpos", para
usar un término médico. La Yugoslavia de Tito se liberó
de un pesado yugo, que hacía de ella una especie de colonia. Procedió
a rereviewuar dogmas cuyo carácter antieconómico saltaba
ya a la vista. Retornó a los maestros del pasado. Descubrió
y leyó, con la medida discreción, la obra de Proudhon, en
cuyas anticipaciones encontró fuente de inspiración. Exploró,
asimismo, las zonas libertarias, muy poco conocidas, del pensamiento de
Marx y de Lenin. Entre otras, ahondó en la idea de la extinción
gradual del Estado, concepto que seguía figurando en los discursos
políticos pero que sólo era ya una mera fórmula ritual,
vacía de significado. Espigando en la historia del corto período
durante el cual los bolcheviques estuvieron identificados con la democracia
proletaria desde abajo, con los soviets, encontró una palabra que
los conductores de la Revolución de Octubre habían tenido
en los labios pero muy pronto olvidaron: autogestión. Igual interés
concentró en los consejos de fábrica en embrión que,
por contagio revolucionario, surgieron en aquella misma época en
Alemania e Italia y, más recientemente, en Hungría. Entonces,
como expresó en Arguments el italiano Roberto Guiducci, los yugoslavos
se preguntaron si no "podría aplicarse, adaptada a los tiempos modernos",
"la idea de los consejos que, por razones evidentes, el stalinismo había
reprimido".
Cuando Argelia dejó de ser colonia y logró
por fin su independencia, sus nuevos dirigentes pensaron en la conveniencia
de institucionalizar las apropiaciones espontáneas, que realizaron
campesinos y obreros, de los bienes abandonados por los europeos, y tomaron
como guía y modelo el precedente yugoslavo, cuya legislación
en la materia copiaron.
Es incuestionable que, si no le cortan las alas, la autogestión
es una institución de tendencias democráticas, libertarias
incluso. A la manera de las colectividades españolas de 1936-1937,
propende a confiar la dirección de la economía a los propios
productores. A tal efecto, pone en cada empresa una representación
obrera designada por elección en un proceso de tres etapas: primero
se reúne la asamblea general soberana y de ella surgen el consejo
obrero (su órgano deliberante) y, por último, el comité
de gestión (su instrumento ejecutivo). La legislación toma
ciertas providencias contra el peligro de burocratización, pues
prohíbe la reelección indefinida de los representantes obreros,
quienes, una vez finalizado su mandato, deben pasar directamente a la producción,
etc. Aparte de las asambleas generales, en Yugoslavia también se
consulta a los trabajadores por referéndum. Cuando se trata de grandes
empresas, las asambleas generales se realizan por secciones.
Tanto en Yugoslavia como en Argelia asignan, por lo menos
en teoría o como promesa para el futuro, una importante función
a la comuna, en la que, según alardean, se da prioridad a la representación
de los trabajadores de la autogestión. Siempre en teoría,
la dirección de los asuntos públicos tendería a descentralizarse,
a ejercerse crecientemente en la esfera local.
Pero la práctica se aparta sensiblemente de las
intenciones expresadas. En los países de referencia, la autogestión
da sus primeros pasos dentro del marco de un Estado dictatorial, militar
y policial edificado sobre el armazón de un partido único,
cuyo timón está en manos de un poder autoritario y paternalista
que escapa de todo control y de toda crítica. Por tanto, existe
una incompatibilidad entre los principios autoritarios de la administración
política y los principios libertarios de la gestión económica.
Por lo demás, y pese a las precauciones legislativas,
dentro de las empresas se observa cierta tendencia a la burocratización.
En su mayoría, los trabajadores no están todavía bastante
maduros para participar de modo efectivo en la autogestión. Carecen
de instrucción y de conocimientos técnicos, no han logrado
liberarse lo suficiente de la mentalidad de asalariados y delegan con demasiada
ligereza sus poderes en manos de sus representantes. De resultas de ello,
una minoría restringida asume la dirección de la empresa,
se arroga toda suerte de privilegios, actúa a su gusto y capricho,
se perpetúa en las funciones directivas, gobierna sin control, pierde
contacto con la realidad, se aísla de la base obrera, a la que a
veces trata con orgullo y desdén, todo lo cual desmoraliza a los
trabajadores y los predispone contra la autogestión.
Para terminar, el Estado suele ejercer su control tan
indiscreta y despóticamente que no da a los obreros de la autogestión
la oportunidad de dirigir verdaderamente las empresas. El Estado pone sus
propios directores junto a los órganos de la autogestión,
sin preocuparse gran cosa por obtener el consentimiento de éstos,
el cual, sin embargo, debe solicitar como requisito previo exigido por
la ley. A menudo, dichos funcionarios se entremeten en la gestión
de modo abusivo y a veces se comportan con la mentalidad arbitraria de
los antiguos patrones. En las grandes empresas yugoslavas, los directores
son designados exclusivamente por el Estado: el mariscal Tito distribuye
estos puestos entre los miembros de vieja guardia.
Además, en lo financiero la autogestión
depende estrechamente del Estado, pues vive de los créditos que
éste tiene a bien concederle. Sólo puede disponer libremente
de una parte limitada de sus beneficios; el resto se destina al tesoro
público como cuota obligatoria. El Estado utiliza la renta proveniente
de la autogestión, no sólo para desarrollar los sectores
atrasados de la economía –cosa muy justa– sino también para
mantener la maquinaria gubernamental, una burocracia pletórica,
el ejército, la policía y un aparato propagandístico
que muchas veces insume cantidades desmesuradas. La remuneración
insuficiente de los trabajadores pone en peligro el impulso de la autogestión
y va en contra de sus principios.
Por añadidura, la empresa está sometida
a los planes económicos que el poder central ha fijado arbitrariamente
y sin consultar a la base, por lo cual su libertad de acción se
ve considerablemente restringida. En Argelia, para colmo de males, la autogestión
está obligada a dejar totalmente en manos del Estado la comercialización
de una importante parte de su producción. Por otra parte, está
subordinada a "órganos tutelares" que, aparentando proporcionarle
ayuda técnica y contable desinteresada, tienden a sustituirla y
a apoderarse de la dirección de los establecimientos autoadministrados.
En general, la burocracia del Estado totalitario ve con
malos ojos el deseo de autonomía de la autogestión. Como
ya vislumbró Proudhon, la burocracia totalitaria no puede admitir
ningún otro poder fuera del suyo; le tiene fobia a la socialización
y añora la nacionalización, vale decir, la gestión
directa por los funcionarios del Estado. Aspira a pisotear la autogestión,
a reducir sus atribuciones, a absorberla, inclusive.
No es menor la prevención del partido único
respecto de la autogestión. Tampoco éste podría tolerar
rival alguno. Y si lo abraza, es para ahogarlo. Tiene secciones en la mayoría
de las empresas. Le es difícil resistir la tentación de inmiscuirse
en la gestión, de volver superfluos los órganos elegidos
por los trabajadores o reducirlos al papel de dóciles instrumentos,
de falsear las elecciones preparando de antemano las listas de candidatos,
de hacer ratificar por los consejos obreros decisiones que él ya
ha tomado, de manejar y desvirtuar los congresos obreros nacionales.
Ciertas empresas autoadministradas reaccionan contra esa
propensión autoritaria y centralista manifestando una tendencia
a la autarquía. Se comportan como si estuvieran compuestas de pequeños
propietarios asociados. Consideran que actúan en beneficio exclusivo
de los trabajadores del establecimiento y se inclinan a reducir sus efectivos
a fin de dividir las ganancias en menos partes. En lugar de especializarse,
preferirían producir un poco de todo. Se las ingenian para eludir
los planes o reglamentos que toman en consideración el interés
de la colectividad en su conjunto. En Yugoslavia, donde se ha mantenido
la libre competencia entre las empresas, tanto para estimular la producción
como para proteger al consumidor, la tendencia a la autonomía conduce
a notables desigualdades en los resultados de la explotación de
aquéllas, así como a desatinos económicos.
Vemos, pues, que la autogestión sigue un movimiento
de péndulo que la hace oscilar continuamente entre dos comportamientos
extremos: exceso de autonomía o exceso de centralización,
"autoridad o anarquía", "obrerismo o autoritarismo abusivo". Este
es el caso particular de Yugoslavia, en donde, a través de los años,
se enmendó la centralización con la autonomía, y luego
la autonomía con la centralización, cambiante proceso durante
el cual el país remodeló continuamente sus instituciones,
sin haber logrado aún el "justo medio".
Al parecer, sería posible evitar o corregir la
mayor parte de las deficiencias de la autogestión si existiera un
auténtico movimiento sindical, independiente del poder y del partido
único, que fuera a la vez obra y organismo coordinador de los trabajadores
de la autogestión y estuviera animado por el mismo espíritu
que alentó en el anarcosindicalismo español. Ahora bien,
tanto en Yugoslavia como en Argelia, el sindicalismo obrero tiene un papel
secundario y hace las veces de "engranaje inútil", o bien está
subordinado al Estado y al partido único. En consecuencia, no cumple,
o lo hace muy imperfectamente, la función de conciliar autonomía
y centralización, función que debería encomendársele
y que cumpliría mucho mejor que los organismos políticos
totalitarios. Efectivamente, en la medida en que fuera un movimiento surgido
estrictamente de los trabajadores, que lo reconocerían como expresión
de su voluntad, el sindicalismo constituiría el instrumento más
apto para lograr una armonía entre las fuerzas centrífugas
y las centrípetas, para "equilibrar", como decía Proudhon,
las contradicciones de la autogestión.
Pese a todo, el panorama no se presenta tan tenebroso.
Sabido es que la autogestión debe enfrentar a adversarios poderosos
y tenaces que no han renunciado a la esperanza de hacerla fracasar. Pero
también es un hecho que, en los países donde se la aplica
experimentalmente, ha demostrado tener una dinámica propia. Ha abierto
nuevas perspectivas a los obreros y les ha devuelto en cierto grado la
alegría de trabajar. Ha comenzado a producir una verdadera revolución
en sus mentes, inculcándoles los rudimentos de un socialismo auténtico,
caracterizado por la desaparición progresiva del salariado, la desalienación
del productor y su conquista de la libre determinación. De tal modo,
ha contribuido a aumentar la productividad. Y a pesar de los tanteos y
los tumbos inevitables en todo período de noviciado, ha podido inscribir
en su activo resultados nada despreciables.
Los pequeños círculos de anarquistas que,
desde lejos, siguen los pasos de la autogestión yugoslava y argelina,
la miran con una mezcla de simpatía e incredulidad. Sienten que,
a través de ella, algunas migajas de su ideal están concretándose
en la realidad. Pero esta autogestión casi no se atiene al esquema
ideal previsto por el comunismo libertario. Por el contrario, se la ensaya
dentro de un marco "autoritario", que repugna al anarquismo y que, sin
duda, la hace frágil, existe siempre el peligro de que el cáncer
autoritario la devore. Mas si examináramos esta autogestión
desde cerca, sin tomar partido, podríamos descubrir signos bastante
alentadores.
En Yugoslavia, la autogestión es un factor de democratización
del régimen. Gracias a ella, el partido efectúa el reclutamiento
de sus afiliados sobre bases más sanas, en medios obreros. Hace
de animador, antes que de dirigente. Sus jefes se acercan cada vez más
a las masas, se interesan por sus problemas y aspiraciones. Como observó
recientemente Albert Meister, joven sociólogo que se tomó
la molestia de estudiar el fenómeno sobre el terreno, la autogestión
posee un "virus democrático" que, a la larga, contagia hasta al
partido único. Actúa sobre él como una suerte de "tónico"
y establece un vínculo entre sus últimos peldaños
y la masa obrera. Se ha producido una evolución tan notable que
los teóricos yugoslavos utilizan ya un lenguaje que ningún
libertario desaprobaría. Así, uno de ellos, Stane Kavcic,
anuncia: "En Yugoslavia, la fuerza de choque del socialismo no estará
formada en el futuro por un partido político y un Estado que actúe
desde la cima hacia la base, sino por el propio pueblo, pues existirán
normas que permitirán a los ciudadanos actuar desde la base hacia
la cima". Y termina proclamando audazmente que la autogestión libera
"crecientemente de la rígida disciplina y de la subordinación,
propias de todo partido político".
En Argelia, la autogestión no muestra tendencias
tan definidas, pero no podemos abrir juicio porque la experiencia es demasiado
reciente y, además, corre el riesgo de ser condenada. No obstante,
a título ilustrativo conviene mencionar que, en las postrimerías
de 1964, el responsable de la comisión de orientación del
FLN, Hocin Zahuan (luego relevado de sus funciones por el golpe de Estado
militar y convertido en jefe de un grupo socialista opositor y clandestino),
denunció públicamente la propensión de los órganos
de fiscalización a ponerse por encima de la autogestión y
a "comandarla": "Entonces, se acabó el socialismo –dijo–. Sólo
se ha cambiado la forma de explotar a los trabajadores". Para concluir,
el autor del artículo exigía que los productores fueran "realmente
dueños de lo que producen" y dejaran de ser "manejados en beneficio
de fines ajenos al socialismo".
* * *
En suma, sean cuales fueren las dificultades con que choca
la autogestión y las contradicciones en que se debate, en la práctica
parece tener siquiera, desde ya, el mérito de brindar a las masas
la oportunidad de aprender el ejercicio de la democracia directa orientada
desde abajo hacia arriba, de desarrollar, fomentar y estimular su libre
iniciativa, de inculcarles el sentido de sus responsabilidades en lugar
de mantener, como sucede en la noria del comunismo de Estado, las costumbres
seculares de pasividad y sumisión y el complejo de inferioridad
que les ha legado un pasado de opresión. Y aunque este aprendizaje
es a veces penoso, aunque sigue un ritmo algo lento, aunque grava a la
sociedad con gastos suplementarios y sólo puede realizarse a costa
de algunos errores y cierto "desorden", más de un observador considera
que estas dificultades, esta lentitud, estos gastos suplementarios, estos
trastornos del crecimiento son menos nocivos que el falso orden, el falso
brillo, la falsa "eficiencia" del comunismo de Estado que aniquila al hombre,
mata la iniciativa popular, paraliza la producción y, pese a ciertas
proezas materiales logradas quién sabe a qué precio, desacredita
la propia idea socialista.
Siempre que la naciente tendencia liberalizante no sea
anulada por una reincidencia autoritaria, aun la URSS parece dispuesta
a reconsiderar sus métodos de gestión económica. Antes
de su caída, acaecida el 15 de octubre de 1964, Jrushchov dio muestras
de haber comprendido, aunque tardía y tímidamente, que era
menester descentralizar la industria. A principios de diciembre de 1964,
Pravda publicó un largo artículo intitulado "El Estado de
todo el pueblo", en el que se definían los cambios de estructura
que determinan que la forma del Estado llamado "de todo el pueblo", difiera
de la que corresponde a la "dictadura del proletariado". Dichos cambios
son: creciente democratización, participación de las masas
en la dirección de la sociedad a través de la autogestión,
rrevieworización de los soviets y de los sindicatos, etcétera.
Con el título de "Un problema capital: la liberalización
de la economía", Michel Tatu publicó en Le Monde del 16 de
febrero de 1965 un ensayo en donde muestra al desnudo los mayores males
"que afectan a toda la maquinaria burocrática soviética y
fundamentalmente a la economía". El nivel técnico alcanzado
por esta última hace cada vez más insoportable el yugo de
la burocracia sobre la gestión. Tal como están las cosas,
los directores de empresa no pueden tomar decisiones de ninguna clase sin
pedir la aprobación de por lo menos una oficina, y a menudo la de
media docena de ellas. "Nadie deja de reconocer los notables progresos
económicos, técnicos y científicos realizados en treinta
años de planificación stalinista. Ahora bien, como consecuencia
de este proceso, la economía está hoy ubicada en la categoría
de las ya desarrolladas, de manera que las viejas estructuras que sirvieron
para llegar a esta etapa resultan ahora totalmente inadecuadas y su insuficiencia
se hace sentir cada vez más". "Por tanto, para vencer la enorme
inercia que impera de arriba abajo de la máquina, se impone operar,
no ya reformas de detalle, sino un cambio total de espíritu y de
métodos, una especie de nueva destalinización".
Pero, como bien hizo notar Ernest MandeI en un reciente
artículo aparecido en Temps Modernes, hay una condición sine
qua non: que la descentralización no se detenga en la etapa en que
los directores de empresa hayan logrado su autonomía, sino que siga
adelante hasta llegar a una verdadera autogestión obrera.
En un librito aparecido hace muy poco, también
Michel Garder pronostica que en la URSS se producirá "inevitablemente"
una revolución. Mas, pese a sus tendencias visiblemente antisocialistas,
el autor duda, probablemente a disgusto, de que la "agonía" del
actual régimen pueda conducir al retorno del capitalismo privado.
Muy al contrario, piensa que la futura revolución retomará
el lema de 1917: Todo el poder a los soviets. Supone, asimismo, que se
apoyará en un sindicalismo vuelto a la vida y nuevamente auténtico.
Finalmente, la estricta centralización actual será seguida
por una federación menos centralizada: "Por una de esa paradojas
que tanto abundan en la historia, un régimen falsamente titulado
soviético corre el peligro de desaparecer por obra de los soviets".
Esta conclusión es similar a la extraída
por un observador izquierdista, Georges Gurvitch, quien considera que,
si en la URSS llegaran a imponerse las tendencias a la descentralización
y hasta a la autogestión obrera, aunque más no fuera incipientemente,
ello mostraría "que Proudhon acertó mucho más de lo
que pudiera creerse".
En Cuba, donde el estatista "Ché" Guevara tuvo
que abandonar la dirección de la industria, se abren quizá
nuevas perspectivas. En un libro reciente, el especialista en economía
castrista René Dumont señala con pena la "hipercentralización"
y la burocratización del régimen. Subraya especialmente los
errores "autoritarios" de un departamento ministerial que, empeñado
en dirigir él mismo las fábricas, logra exactamente lo contrario:
"Por querer crear una organización fuertemente centralizada, terminan
prácticamente (...) por dar libertad de acción al no poder
dominar lo esencial". Iguales críticas le merece el monopolio estatal
de la distribución de los productos: la paralización resultante
habría podido evitarse "si cada unidad de producción hubiese
conservado la facultad de abastecerse directamente". "Cuba reinicia inútilmente
el ciclo completo de los errores económicos de los países
socialistas", le confesó a René Dumont un colega polaco que
conocía muy bien el proceso. El autor termina exhortando al régimen
cubano a instaurar la autonomía de las unidades cooperativas agrícolas.
Sin vacilar, afirma que el remedio para todos estos males puede resumirse
en una sola palabra: la autogestión, que podría conciliarse
perfectamente con la planificación.
* * *
Gracias a estas experiencias, las ideas libertarias han
podido emerger últimamente del cono de sombra en que las relegaron
sus detractores. El hombre contemporáneo, que ha servido de cobayo
del comunismo estatal en gran parte del globo y, medio aturdido aún,
está ya saliendo de este "infierno", vuelve repentinamente los ojos,
con viva curiosidad y casi siempre para su beneficio, hacia las nuevas
formas de sociedad regida por autogestión que propusieron en el
siglo pasado los pioneros de la anarquía. Es cierto que no acepta
esto esquemas en su totalidad, pero de ellos extrae enseñanzas e
ideas inspiradoras para tratar de llevar a buen término la misión
que toca a esta segunda mitad del siglo: romper, en el plano económico
y político, las cadenas de lo que, de modo demasiado indefinido,
se ha denominado "stalinismo", sin por ello renunciar a los principios
fundamentales del socialismo, antes bien, descubriendo –o reencontrando–
las fórmulas del ansiado socialismo auténtico, es decir,
de un socialismo conjugado con la libertad.
En medio de la Revolución de 1848, Proudhon previó
sabiamente que sería demasiado pedir a sus artesanos que se encaminaran
de buenas a primeras hacia la "anarquía" y, por no ser factible
tal programa máximo, esbozó un programa libertario mínimo:
debilitamiento progresivo del poder del Estado, desarrollo paralelo de
los poderes populares desde abajo, que él llamaba clubes y el hombre
del siglo XX denominaría consejos. Al parecer, el propósito
más o menos consciente de buena cantidad de socialistas contemporáneos
es precisamente encontrar un programa de este género.
El anarquismo tiene, pues, una oportunidad de renovarse,
pero no logrará rehabilitarse plenamente si primero no e capaz de
desmentir con la doctrina y la acción las falaces interpretaciones
que durante demasiado tiempo se han hecho de él. Impaciente por
eliminar de España al anarquismo, Joaquín Maurín sugirió
hacia 1924 que esta idea sólo podría subsistir en algunos
"países atrasados", entre las masas populares que se "aferran" a
ella porque carecen totalmente "de educación socialista" y están
"libradas a sus impulsos naturales". Y concluyó: "Un anarquista
que llega a ver claro, que se instruye y aprende, cesa automáticamente
de serlo".
Confundiendo "anarquía" con desorganización,
el historiador francés del anarquismo Jean Maitron imaginó,
años atrás, que la idea había muerto junto con el
siglo XIX, por cuanto la nuestra es una época "de planes, de organización
y de disciplina". Más recientemente, el británico George
Woodcock acusó a los anarquistas de ser idealistas que van contra
la corriente histórica predominante y se nutren de las visiones
de un futuro idílico, a la par que siguen atados a los rasgos más
atrayentes de un pasado ya casi muerto. James Joll, otro especialista inglés
en materia de anarquismo, se empeña en afirmar que los anarquistas
están fuera de época porque sus conceptos se oponen decididamente
al desarrollo de la gran industria, la producción y el consumo en
masa, y porque sus ideas se basan en la visión romántica
y retrógrada de una sociedad idealizada, ya perteneciente al pasado,
compuesta de artesanos y campesinos. En suma, porque dichas ideas se fundan
en el rechazo total de la realidad del siglo XX y de la organización
económica.
A lo largo de las páginas precedentes hemos tratado
de demostrar que esta imagen del anarquismo es falsa. El anarquismo constructivo,
aquel que tuvo su expresión más acabada en la pluma de Bakunin,
se funda en la organización, la autodisciplina, la integración
y una centralización no coercitiva sino federalista. Se apoya en
la gran industria moderna, en la técnica moderna, en el proletariado
moderno, en un internacionalismo de alcances mundiales. Por estas razones
es actual y pertenece al siglo XX. Tal vez quepa afirmar que es más
bien el comunismo de Estado, y no el anarquismo, el que ya no responde
a las necesidades del mundo contemporáneo.
A regañadientes, Joaquín Maurín admitió,
en 1924, que en la historia del anarquismo los "síntomas de debilitamiento"
eran "seguidos de un impetuoso renacimiento". Acaso el marxista español
sólo haya sido buen profeta por esta última afirmación.
El porvenir lo dirá.
BIBLIOGRAFIA SUMARIA
Dado su gran numero, resulta imposible incluir aquí todas las obra de las cuales hemos extraído los textos citados o resumidos en este libro. Por consiguiente, nos limitamos a dar algunas sugerencias bibliográficas
que pueden guiar al lector.
En primer término, queremos señalar que
las Editions de Delphes (29, rue de Trévise, Paris, 9e.) tienen
en preparación una importante obra en dos volúmenes: NI DIEU
NI MAITRE, histoire et anthologie de l’anarchie, en la que se reproducen
ciertos textos anarquistas agotados o inéditos.
ANARQUISMO
Henri Arvon, L’Anarchisme, 1951.
Augustin Hamon, Psychologie de l’anarchiste-socialiste, 1895; Le Socialisme et le Congrès de Londres, 1897.
Irving L. Horowitz, The Anarchists, New York, 1964.
James Joll, The Anarchists, Oxford, 1964.
Jean Maitron, Histoire du movement anarchiste en France (1880-1914), 1955.
Alain Sergent y Claude Harmel, Histoire de l’Anarchie, 1949.
George Woodcock, Anarchism, Londres, 1962.
Ettore Zoccoli, L’Anarchia, Milán, 1906.
STIRNER
Max Stirner, L’Unique et sa.Proprieté, reed. 1960; Kleinere Schriften, Berlín, 1898.
Henri Arvon, Aux sources de l’existentialisme: Max Stirner,
1954.
PROUDHON
P. J. Prondhon, Oeuvres complètes y Carnets, E. Rivière; Manuel du spéculateur à la Bourse, 3ª ed., 1857; La Théorie de la propriété, 1865; Mélanges 1848-1852, 3 vol., 1868.
Georges Gurvitch, Proudhon, 1965.
Pierre Haubtmann, tesis de doctorado (inéditas)
sobre Proudhon.
BAKUNIN
Mijail Bakunin, Oeuvres, 6 vol., ed. Stock; Archives Bakunin, Leiden, 1961-1965, 4 vol. publicados; Correspondance de Michel Bakounine (ed. por Michel Dragomanov), 1896; Bakunin, La Liberté (trazos escogidos), 1965.
Max Nettlau, Michael Bakunin, Londres, 1896-1900, 3 vol.
PRIMERA INTERNACIONAL
James Guillaume, L’Internationale, Documents et Souvenirs (1864-1878), 4 vol., 1905-1910; Idées sur l’organisation sociale, 1876.
Jacques Freymond, La Première Internationale, Ginebra, 1962, 2 vol.
Miklos Molnar, Le déclin de la Première lnternationale, Ginebra, 1963.
César de Paepe, De l’organisation des services publics dans la societé future, Bruselas, 1874.
Mémoire du district de Courtelary, Ginebra, 1880.
COMUMA DE 1871
Bakunin, La Commune de Paris et la notion de l’Etat, 1871.
Henri Lefebvre, La Proclamation de la Commune, 1965.
O. H. Lissagaray, Histoire de la Commune de 1871, reed., 1964.
Karl Marx, La guerre civile en France, 1871.
KROPOTKIN
Piotr Kropotkin, Obras diversas.
Woodcock y Avakoumovitch, Pierre Kropotkine le prince anarchiste, trad. Fr., 1953.
Artículo en el Journal de l’Université de
Moscou, Nº 1, 1961.
MALATESTA
Malatesta, Programme et organisation de l’Association Internationale des Travailleurs, Florencia, 1884, reproducido en Studi Sociali, Montevideo, mayo-noviembre de 1934.
Errico Malatesta, L’Anarchie, París, 1929.
Malatesta, His Life and Ideas, Londres, 1965.
SINDICALISMO
Pierre Besnard, Les Syndicats ouvriers et la revolution sociale, 1930.
Pierre Monate, Trois Scissions syndicales, 1958.
Fernand Pelloutier, "L’anarchisme et les syndicats ouvriers", en Les Temps Nouveaux, 1895; Histoire des Bourses du Travail, 1921.
Emile Pouget, Le Syndicat (S. F.); Le parti du travail, red. 1931; Ad Memoriam, 1931.
Congrès anarchiste tenu à Amsterdam...., 1908.
Ravachol et les anarchistes, ed. Maitron, 1964.
REVOLUCION RUSA
Piotr Arshinof, L’Histoire du mouvement makhnoviste, 1928.
Alexandre Berkman, La Révolution russe et le Parti communiste, 1921; The Bolshevik Myth (1920-1921), 1922; The Russian Tragedy, Berlín, 1922; The Kronstadt Rebellion, Berlín, 1922; The Anti-Climax, Berlín, 1925.
Isaac Deutscher, Trotsky, 3 vol., 1963-1965.
Luiggi Fabbri, Dittadura e Revoluzione, Milán, 1921.
Ugo Fedeli, Dalla Insurrezione dei contadini in Ucraina alla Rivolta di Cronstadt, Milán, 1950.
Emma Goldman, Les Bolcheviks et la Révolution russe, Berlín, 1922; My disillusionment in Russia; My further disillusionment with Russia, N. Y., 1923; Living my life, N. Y., 1934; Trotsky protests too much, N. Y., 1938.
Alexandra Kolontái, L’opposition ouvrière, 1921, reed. en "Socialisme ou Barbarie", Nº 35, 1964.
M. Kubanin, Makhnoshchina, Leningrado, S.F.
Lenin, L’Etat et la Révolution, 1917; Sur la Route de l’Insurrection, 1917; La Maladie infantile du communisme, 1920.
Gaston Lreview, "Choses de Russie" en Le Libertaire, 11-17 de noviembre, 1921; Le Chemin du Socialisme, les débuts de la crise communiste bolchevique, Ginebra, 1958.
Nestor Majno, La Révolution russe en Ukraine, 1927 (vol I) id. (en ruso), 3 vol.
G. P, Maximov, Twenty years of Terror in Russia, Chicago, 1940.
Ida Mett, La Commune de Cronstadt, 1938, nuev. ed., 1948.
A. Pankrátova, Les Comités d’usine de Russie (...), Moscú, 1923.
Rudolf Rocker, Die Bankrotte des russischen Staatskommunismus, Berlín, 1921.
Georges Sadoul, Notes sur la Révolution bolchevique, 1919.
Leonard Shapiro, Les Bolcheviks et l’Opposition (1917-1922), 1957.
I. Stepanov, Du contrôle à la administration ouvrière (...), Moscú, 1918.
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St. Anthony’s Papers, Nº 6 (sobre Cronstadt y Majno), Oxford, s.f.
Répression de l’anarchisme en Russie soviétique,
1923.
CONSEJOS OBREROS
Antonio Gramsci, L’Ordine Nuovo, 1919-1920, 1954.
Hermann Gorter, Rèponse à Lénine, 1920. ed. 1930.
Pier Carlo Masini, Anarchici e comunisti nel movimento dei Consigli, Milán, 1951; Antonio Gramsci e l’Ordine Nuovo visti da un libertario, Livorno, 1956; Gli anarchici italiani e la rivoluzione russa, 1962.
Erich Mühsam, Auswahl, Zurich, 1962.
Anton Pannekoek, Workers Councils, reed., Melbourne, 1950.
Paolo Spriano, L’occupazione delle fabbriche settembre
1920, Turín, 1964.
REVOLUCION ESPAÑOLA
Burnett Bolloten, The Grand Camouflage, Londres, 1961.
Franz Borkenau, The Spanish Cockpit, Londres, 1937, reed. University of Michigan Press, 1965.
Gerald Brenan, Le Labyrinthe espagnol, trad. fr., 1962.
Pierre Broué y Enile Témine, La Révolution et la guerre d’Espagne, 1961.
Gaston Lreview, Problemas económicos de la Revolución social española, Rosario, 1931; Né FrancoNé Stalin, Milán, 1952.
Joaquín Maurín, L’anarcho-syndicalisme en Espagne, 1924; Révolution et contre-révolution en Espagne, 1937.
G. Munis, Jalones de Derrota (...), México, 1946.
José Peirats, La CNT en la revolución española, 3 vol., 1958; Los anarquistas en la crisis política española, Buenos Aires, 1964.
Angel Pestaña, 1º) Memoria... 2º) Consideraciones... (2 informes a la CNT), Barcelona, 1921-1922; Setenta días en Rusia, Barcelona, 1924.
Isaac Puente, El comunismo libertario, 1932.
Henri Rabasseire, Espagne creuset politique, s.f.
Vernon Richards, Lessons of the Spanish Revolution, Londres, 1953.
D. A. de Santillán, El organismo económico de la Revolución, 1936; La Revolución y la guerra en España, 1938.
Trotski, Ecrits, t. III, 1959.
El congeso confederal de Zaragoza, 1955.
Colletivisations, l’oeuvre constructive de la Revólution espagnole, trad. fr., 1937, reed., 1956.
Les Cahiers de "Terre libre", abril-mayo, 1938.
Collectivités anarchistes en Espagne révolutionnaire,
Noir et Rouge, marzo, 1964; Collectivités espagnoles , idem, Nº
30, junio de 1965.
AUTOGESTION CONTEMPORANEA
Stane Kavcic, L’autogestion en Yougoslavie, 1961.
Albert Meister, Socialisme et Autogestion, l’expérience yougoslave, 1964.
Les Temps Modernes, número de junio de 1965.
****************************************************************************************
Nota de la página 11
Cuando Guérin escribía estas palabras (l965)
era todavía imprevisible el derrumbe catastrófico de los
sistemas llamados del «socialismo real». Hoy, más que
ayer, parecen muy utópicas las esperanzas del autor en ciertas experiencias
totalmente frustradas.
Sin embargo, para el grueso del pensamiento anarquista,
la situación no es tan sencilla. Ni se justifica ahora el abandono
de las ideas socialistas, ni se justificaba, en la década del 60,
depositarlas en experiencias viciadas desde su origen por el autoritarismo
y el estatismo.
El derrumbe del muro de Berlín no aplastó
al socialismo. El socialismo estaba ausente de estos regímenes desde
el momento en que se optó por la dictadura de un grupo sacrificando
los derechos y libertades cotidianas de todos, usando los medios de represión
comunes a cualquier estado, en nombre de fines cada vez más lejanos.
El fracaso de los sistemas comunistas no se inicia con las desviaciones
criminales de Stalin. El germen totalitario estaba ya en el pensamiento
fundacional de Marx y Engels. En julio de 1870 Marx escribe a Engels: «Los
franceses necesitan palos. Si triunfan los prusianos, la centralización
del state power será provechosa para la centralización de
la clase obrera alemana. Además, la preponderancia alemana trasladaría
de Francia a Alemania el centro de gravedad del movimiento obrero de Europa
occidental, y basta comparar el movimiento de ambos países, desde
1866 hasta la actualidad, para ver que la clase obrera alemana es superior
a la francesa desde el punto de vista teórico y su organización.
Su preponderancia sobre la francesa en el escenario mundial sería
al mismo tiempo la preponderancia de nuestra teoría sobre la de
Proudhon...».
El 15 de junio de 1853 apareció en el «New
York Daily Tribune» un artículo firmado por Marx, «La
dominación británica en la India», donde se lee lo
siguiente: «¿Puede la humanidad realizar su destino sin una
revolución radical del estado social asiático? Si esta revolución
es necesaria, entonces Inglaterra, cualquiera que hayan sido sus crímenes
al desencadenarla, no fue sino el instrumento inconsciente de la Historia».
En una carta a Engels sigue diciendo el Sr. Marx: «Traté
de demostrar que la destrucción de la industria artesanal hindú
tuvo un significado revolucionario a pesar del carácter inhumano
de la obra hecha a beneficio exclusivo de la oligarquía financiera
e industrial británica. La demolición de estas formas primitivas
estereotipadas, las comunas rurales pueblerinas, es la conclusión
sine qua non de la europeización». La «europeización»
sería imprescindible para el establecimiento del futuro comunismo,
pese a la destrucción de individuos y sociedades enteras.
Para no desentonar con su amigo y maestro, Engels escribió
en enero de 1848: «En América hemos presenciado la conquista
de México por EE.UU., lo que nos ha complacido. Constituye un progreso,
también, que un país ocupado exclusivamente en sí
mismo, e impedido a todo desarrollo, sea lanzado por la violencia al movimiento
histórico».
En mayo de 1851 Engels escribió a Marx en la carta
en la que podemos leer: «Porque no se puede señalar un solo
ejemplo las que Polonia haya representado con éxito el progreso
y que haya hecho alguna cosa de importancia histórica. La naturaleza
del polaco es la del ocioso caballero. Conclusión: quitar todo lo
posible de la Polonia occidental, ocupar con alemanes sus fortalezas, su
pretexto de defenderlos, conducirlos al fuego, comerles su país.»
Es una lástima que los señores Marx y Engels
no se levanten de sus tumbas, pues podrían explicar a todo buen
marxista cómo justificar la invasión yanqui a Guatemala,
la implantación de la doctrina de seguridad nacional en Brasil,
Argentina, Chile, Uruguay, etc. Después de todo, son sólo
países subdesarrollados, a los cuales hay que ayudar a integrarse
al progreso. Y, quién sabe, con las maravillas del determinismo
histórico podríamos entender mejor las razones de la invasión
a la Bahía de los Cochinos. Las expediciones contra Granada y Panamá,
como escalones hacia la Gran Revolución Mundial.
En injusta y arbitraria la explotación de frases
del conjunto de una obra también es cierto que Marx permite tantas
lecturas como capillas puedan existir.
Sin embargo, cabe preguntar si con estas ideas, cuya falta
total de escrúpulos éticos produce escalofríos, podía
darse algo distinto a la dictadura estalinista y su hija predilecta, la
Nomenclatura tecnoburocrática, que transformándose en un
fin en sí misma, sacrificó vidas e ideas en nombre de una
meta cada vez más alejada de los deseos y necesidades del ser humano
común y corriente.
En el imaginario de los pueblos del Este, la asociación
de Coca-Cola, blue jean y hamburguesa=bienestar y sistema libre mercado
ha triunfado sobre la idea de justicia y solidaridad=socialismo. Como anarquistas
y por ende socialistas, no podemos aceptar que la solución a la
crisis sea volver a un punto anterior del camino. La única posibilidad,
para la humanidad en su conjunto, no es pretender engancharse al furgón
de los ricos, sino comprender que la totalidad de los recursos del planeta,
materias primas, recursos naturales de toda especie y reservas ecológicas,
pertenecen a todos.
Hay que rescatar los principios éticos que hicieron
posible soñar con una sociedad libre y justa para todos. Una sociedad
basada en la expoliación de unos países sobre otros y, dentro
de cada país, de una clase sobre otra, sólo nos conducirá
a nuevas crisis y nuevas guerras, cuyas consecuencias finales son cada
vez más peligrosas para la supervivencia del hombre como especie.
El uso justo y solidario de las reservas del planeta sólo será
posible si es en común y de forma socialista. El monopolio de esta
idea por el comunismo totalitario y su rotundo fracaso en la vida cotidiana
ha hecho recuperar al liberalismo capitalista el liderazgo intelectual
que había perdido, fundamentalmente desde la década del cuarenta;
durante estos años, toda crítica, todo análisis de
la sociedad, tenía que pasar por el materialismo marxista y sus
puntos de referencia, los países del «realismo» socialista.
Hoy nos quieren hacer creer que la única salida
a los problemas socioeconómicos es la libertad de mercado; la incorporación
de capitales, sean cuales fueren sus orígenes o intenciones; la
coronación del más apto y la distribución a cada cual
según su poder. Estas viejas ideas decaerán en pocos años,
fundamentalmente en los países subdesarrollados, donde los efectos
del natural egoísmo del capitalismo internacional pasan como un
viento del desierto, que arrasa y seca todo a su paso.
El desafío de todos los que nos consideramos socialistas
es que el fracaso que se avecina no sea capitalizado por los partidarios
de cualquier forma de totalitarismo. La solución a escala humana
será socialista y libertaria, o no será.
INDICE
PREFACIO
PRIMERA PARTE: LAS IDEAS – FUERZA DEL ANARQUISMO
Cuestión de vocablos
Una rebeldía visceral
La aversión por el estado
Contra la democracia burguesa
Crítica del socialismo "autoritario"
Las fuentes de energía: el individuo
Las fuentes de energía: las masas
SEGUNDA PARTE: EN BUSCA DE LA SOCIEDAD FUTURA
El anarquismo no es utópico
Necesidad de la organización
La autogestión
Las bases del intercambio
La competencia
Unidad y planificación
¿Socialización integral?
Sindicalismo obrero
Las comunas
Un término litigioso: "Estado"
El problema de la administración de los servicios públicos
Federalismo
Internacionalismo
TERCERA PARTE: EL ANARQUISMO EN LA PRACTICA REVOLUCIONARIA
I DE 1810 a 1914
El anarquismo se aísla del movimiento obrero
Los socialdemócratas vituperan a los anarquistas
Los anarquistas en los sindicatos
II. EL ANARQUISMO EN LA REVOLUCION RUSA
Una revolución libertaria
Una revolución "autoritaria"
El papel de los anarquistas
La "Majnovchina"
Cronstadt
El anarquismo muerto y redivivo
III. EL ANARQUISMO EN LOS CONSEJOS DE FABRICA ITALIANOS
IV. EL ANARQUISMO EN LA REVOLUCION ESPAÑOLA
El espejismo soviético
La tradición anarquista de España
Bagaje doctrinario
Una revolución "apolítica"
Los anarquistas en el gobierno
Los triunfos de la autogestión
La autogestión socavada
A MANERA DE CONCLUSION
BIBLIOGRAFIA SUMARIA
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