CIUDAD, VIVIENDA Y CIUDADANÍA.
charla 05
02 JUlIO 2002
sostenibilidad y Medio Ambiente Urbano
Félix Arias
El tema de la sostenibilidad –o sustentabilidad- en la ciudad o a escala planetaria es un tema abordado desde teorías y posiciones muy diversas, y por tanto muy dado a producir confusiones. De hecho, en una carta reciente del Ministerio de Asuntos Exteriores, éste convocaba a otros organismos e instituciones del estado español para que asistieran a una reunión preparatoria del documento que se iba a presentar en Johannesburgo, durante la cumbre de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible. Esto constituye un claro ejemplo de cómo pueden variar las nociones de sostenibilidad según los sujetos sociales o políticos que las enuncien, y de cómo es un término que se ha incorporado al discurso del poder, vaciándolo del significado inicial por el que aparece en los debates de la ciudadanía, alarmada por la dirección que sigue y por los efectos que produce el crecimiento sin límites del modelo neoliberal.
En cualquier caso, la ciudad constituye el territorio donde nos jugamos de una manera más seria la sostenibilidad de cara al futuro, porque es donde se acumula la mayor parte de la población, de la producción, y a su vez, del consumo. Así desde la ciudad se controlan nuestros hábitos de consumo, nuestras demandas y también nuestras necesidades, de una manera tal que las formas de vida urbanas están dictadas desde unos mecanismos de control e imposición verdaderamente sutiles.
Pero además la ciudad, o la estructura territorial de asentamiento, que es tanto los barrios, como los pueblos, como los conjuntos de sistemas urbanos que conforman las distintas ciudades medias, pequeñas y grandes, tienen una característica fundamental, que es la configuración y realización de las actividades que tienen lugar dentro de ellas. Los criterios bajo los cuales se desarrollen estas actividades contribuyen de manera decisiva a la sostenibilidad global del planeta a través de las sostenibilidad local de los distintos sistemas que se manifiestan e interrelacionan entre sí de una manera cada vez más compleja.
Una primera idea a plantear al hablar de sostenibilidad urbana es que este concepto constituye una paradoja, porque las ciudades presentan un clarísimo ejemplo de insostenibilidad, es decir, tanto la aparición como el crecimiento desmesurado de lo urbano evidencia que no es y nunca será sostenible. Para ello habría que procurar entender los mecanismos por los que funciona el fenómeno de las ciudades; entender la huella ecológica que producen en el resto del territorio y elaborar propuestas mediante las cuales se pudiera organizar mejor físicamente, socialmente, políticamente... con el objeto de reducir sus consumos, y en definitiva, su huella sobre el resto del territorio y el conjunto del planeta.
Pero cualquier argumento que defienda un modelo de ciudad sostenible, en el fondo, es puramente demagógico, porque no existe ni puede existir tal cosa. Es decir, la ciudad se caracteriza, precisamente, porque es una concentración de personas y de actividades que se abastecen de productos y recursos que vienen del exterior, y en la que se van produciendo procesos de acumulación y concentración cada vez mayores. Y una de sus características principales es la proximidad, la cercanía de las actividades en las que se genera esa productividad "especial" de la ciudad, no sólo de la parte económica, sino también social, política o cultural. La ciudad es un crisol, una mezcla tremenda de conocimientos, culturas, relaciones, etc.
Pero eso se hace posible a costa de todos los recursos que consume del exterior y por lo tanto la ciudad –y sobre todo las ciudades a partir de mediados del siglo XIX- ha desarrollado toda una serie de infraestructuras que le han permitido el crecer de una manera desmesurada. Siempre ha habido grandes ciudades en la historia, desarrolladas a partir de potencias económicas y militares concretas, pero sin embargo en la actualidad el proceso de urbanización es tal - a lo largo del siglo XX- que se convierte en el sistema principal y casi único de asentamiento de la población sobre el territorio. Esto se manifiesta en los países desarrollados, pero también en los llamados subdesarrollados que han importado el modelo de ciudad moderna y occidental, pero donde las grandes ciudades cumplen una función económica subordinada a las metrópolis extranjeras. Estas ciudades acumulan una parte muy importante y cada vez mayor de la población en condiciones de precariedad y pobreza extrema, al margen del acceso a infraestructuras básicas de luz, alcantarillado, agua potable...
La habitabilidad de las ciudades, como acabo de señalar, va mejorando a lo largo del siglo XIX y en el transcurrir del siglo XX, fundamentalmente basándose en la introducción de mejoras en las infraestructuras ambientales. Se desarrollan los sistemas de saneamiento generalizados para la ciudad, con motivo de las crisis sanitarias que se producen como consecuencia de la revolución industrial, con el consiguiente impacto de los residuos y la contaminación producida desde las fábricas. Se empieza a generar la necesidad de nuevas infraestructuras ambientales que mejoren la habitabilidad, la higiene, la salubridad y, en definitiva, que reproduzcan mejor la fuerza de trabajo y protejan a las clases altas de las epidemias que arrasaban las ciudades diezmando a la población económicamente más débil.
El siguiente proceso de transformación que se produce en las infraestructuras favoreciendo el crecimiento brutal de las ciudades es la evolución de los medios de transporte. En un primer lugar, las máquinas de vapor permiten que evolucionen los barcos. Después aparece el ferrocarril, que también permite abastecer las ciudades con mayor facilidad. Por ejemplo en Madrid, la primera línea de ferrocarril construida conecta la ciudad con Aranjuez, básicamente sirviendo al objetivo de suministrar la ciudad de las hortalizas de toda la ribera de Aranjuez y del Jarama. El hecho es que el ferrocarril va permitiendo el abastecimiento de productos a las ciudades desde distancias cada vez mayores.
Pero el medio de transporte fundamental para la transformación de las infraestructuras urbanas aparece a partir del siglo XX con las máquinas de motor de combustión, con los automóviles. En España se crean los firmes especiales y las carreteras asfaltadas coincidiendo con los años de la dictadura del general Primo de Rivera, convirtiéndose con ello el coche en un sistema de transporte fundamental de mercancías y personas, dominando la ciudad y la lógica de sus habitantes. A partir de la carta de Atenas, durante las décadas de los años 20 y 30, se empieza a generalizar la ciudad organizada alrededor del coche como medio de transporte. Asociado al uso masivo del hormigón armado para la construcción de puentes, carreteras y obras ferroviarias, y posteriormente, aplicado a la construcción de grandes edificios.
En este momento de la historia aparece la arquitectura internacional, que se reproduce en todas las ciudades del mundo y en el que los edificios pasan a ser construidos en el plano vertical a base de pilares y vigas, mediante el uso de materiales como el hormigón y el hierro. Así se produce un cambio radical en las formas de lo construído; los edificios de altura empiezan a dominar el territorio y la ciudad empieza a concebirse en este momento como una aglomeración de grandes bloques de viviendas, frente a aquellas anteriores muchas veces procedentes de la autoconstrucción, mediante técnicas tradicionales o artesanales, que van cayendo en el desuso.
Entonces nos encontramos frente a unas ciudades que desarrollan infraestructuras ambientales y de transporte, y que empiezan a admitir la evidencia de que ya no existe una ciudad construida por los ciudadanos. Las ciudades del siglo XVIII, dominadas por las estructuras de poder de las clases altas y la incipiente burguesía, se transforman en esa ciudad que estalló en el XIX, con el fenómeno de la industrialización y la aparición de la clase obrera, sin tener resuelto el problema ambiental de la higiene y con la aparición de los primeros medios de transporte. Para dar finalmente paso ya en el siglo XX a las nuevas ciudades, de concepción ambientalista, higienista y con el uso generalizado del hormigón en lo construido y del coche como medio de transporte indispensable.
Esta nueva ciudad de construcción industrializada es la que permite que el mercado inmobiliario se desarrolle y funcione, y que pueda imponer sus intereses a los del resto de la población. Esta ciudad, hay que reiterar que sumida en un proceso de crecimiento constante, va acumulando toda una serie de problemas derivados de un consumo y un despilfarro de recursos no renovables enorme. Produce y expulsa residuos contaminantes que van a parar a los ríos, a los megabasureros, al aire. Y tan sólo esporádicamente estos problemas forman parte de la agenda política de turno, cuando empiezan a constituirse un problema inmediato para la ciudadanía común, en los casos de contaminación ambiental local.
La ciudad es entonces el lugar donde se juega la batalla de la sostenibilidad. Sólo reduciendo enormemente la huella ecológica de las ciudades se podrá conseguir que halla una sostenibilidad a nivel global. Las soluciones están en la ciudad, pero no por ello en manos de sus ciudadanos.
Porque asistimos a una circunstancia fundamental: el distanciamiento que se prolonga cada vez más entre los ciudadanos y las decisiones que se toman sobre la ciudad. En los pueblos, o en las ciudades más pequeñas, el debate sobre la ciudad se puede producir de una forma más cercana a una posibilidad democrática, de una forma más o menos dominada por unos grupos de poder o unos intereses, pero se producen de una manera tal que el ciudadano tiene más proximidad con las estructuras de poder, con la toma de decisiones que afectan al común. Conforme las ciudades van creciendo, la estructuración política de la ciudad se va alejando, y las decisiones se toman cada vez menos en el entorno del ciudadano. De esta manera las decisiones sobre las grandes industrias o las grandes actividades que se van a asentar en la ciudad se toman en la lejanía de aquellas personas sobre los que finalmente van a repercutir, y teniendo cada vez menos en cuenta las condiciones locales del territorio.
Cualquier decisión de actividad económica no está vinculada a lo local, pero tampoco el debate sobre espacios públicos, sobre el tipo de edificaciones que hay que hacer, o sobre la adecuación de los equipamientos sociales a las necesidades reales de la población que vive en un barrio. El paroxismo de esta situación lo alcanza con creces la ciudad de Madrid. Pocas ciudades debe haber que tengan una circunscripción política única de 3 millones de habitantes, en la que los representantes políticos son elegidos entre tres millones de vecinos. De esta forma resulta imposible que haya cualquier tipo de relación, de cohesión o transparencia entre el ciudadano común y el político profesional.
Una comparación posible para mostrar este abismo podría resultar al contrastar un municipio cualquiera de 20.000 habitantes y 17 concejales con la ciudad de Madrid, que cuenta con 54 para 3 millones de habitantes. Así en nuestra ciudad tenemos barrios de 50.000 vecinos con mucha identidad, o distritos de 200.000 habitantes que no tienen un concejal elegido por la propia gente de estos barrios o distritos. La única relación existente con el Ayuntamiento se produce a través de un concejal delegado por el alcalde para que sea el presidente de la correspondiente junta de distrito. Así que nos encontramos con una única persona, que además no conoce el barrio, y con la que resulta completamente imposible que se pueda establecer cualquier tipo de relación representativa de nuestros intereses.
Los romanos tenían tres términos para referirse a la ciudad: la urbs-urbis, la ciudad física; la civitas, el conjunto de los ciudadanos, y la polis, la organización política de la ciudad. En estos momentos, en la cultura de la ciudad actual, la urbs se ha transformado en un sistema de urbanización controlado por los promotores inmobiliarios. La civitas, la ciudadanía, queda reducida al papel de espectadora o a lo sumo de consumidora potencial, y la esfera de lo político cada vez se encuentra más desvinculada de los problemas de la ciudad y sus habitantes. Entre estos tres términos se produce una articulación que define la actual organización de la ciudad, de lo que entendemos por urbanismo no sólo en un sentido físico, sino dentro de un marco lo suficientemente amplio para que incluya las relaciones con la organización de la ciudadanía y de la política.
Ramón Fernández Durán
La crisis de la metrópoli global
Yo creo que las ciudades hoy día no existen; serían metrópolis, ciudades globales. Pero lo cierto es que en las próximas décadas - aunque ya estamos inmersos en ello- vamos a asistir a la crisis de muchas metrópolis del mundo, a una crisis profunda de nuestro modelo de expresión territorial.
Este modelo inicia su expansión hace unos 500 años, a través de la transición del capitalismo comercial al industrial en sus distintas fases, y llega hasta nuestros días bajo el dominio del capitalismo global o globalización económica y financiera. El modelo ha tenido y tiene una lógica determinante: la necesidad de crecimiento y acumulación continua. Fuera de esta lógica no puede funcionar y por distintas razones, esa lógica interna inexorable está completamente determinada por el hecho de estar basada en la lógica del interés compuesto, del dinero, lo cual está generando crecientes desequilibrios de todo tipo: sociales, económicos, financieros, ecológicos, políticos, militares.... Y en su huída hacia adelante, estos distintos desequilibrios se realimentan unos a otros, y se cruzan en el camino con un despliegue continuo de necesidades, manifestándose con distinta intensidad en los diferentes territorios del mundo.
Porque lo que puede afirmarse es que hoy la practica totalidad del planeta funciona con la lógica del capital o monetaria. Así sus desequilibrios hacen que se produzcan colapsos en ciertas zonas de la tierra: en Argentina, Indonesia, Ecuador... mientras que, hasta ahora, las crisis no habían afectado de lleno a las metrópolis centrales. Si acaso se manifestaba con mayor intensidad en algunos barrios donde los fenómenos de exclusión y precarización generaban tensiones y estallidos sociales en momentos determinados.
A todo esto seguramente habrá que añadir en las próximas décadas el que, por primera vez, los límites ecológicos a escala planetaria se van a empezar a cruzar en el despliegue del modelo. Hasta ahora ha habido límites ecológicos tocados, pero por vez primera se empiezan a traspasar en una dimensión más amplia, regional o planetaria, en cuestiones como la necesidad o el consumo creciente de combustibles fósiles: petróleo, gas natural o carbón, que son elementos claves para el metabolismo del modelo actual. Este modelo necesita de un mayor consumo energético día a día para su despliegue y funcionamiento, pero en este consumo se va a constatar la existencia de esos límites ecológicos y las tensiones y conflictos sociales que sus desequilibrios provocan. Ya estamos empezando a ver como para garantizar el acceso a esos recursos estratégicos por parte de las potencias hegemónicas, es preciso acceder y controlar los lugares donde esos recursos se ubican.
Procesos de concentración urbana
Esto es una primera exposición para argumentar como los procesos de crecimiento económico y de concentración del capital han llevado aparejados procesos de acumulación urbana a nivel mundial, y como esto representa un proceso continuo, con menor o mayor intensidad según la época.
El proceso de concentración urbana fue paulatino hasta Roma, ciudad que llega a alcanzar un millón de habitantes. Pero con el desmembramiento del Imperio, la ciudad de Roma cae debido a la falta de los recursos procedentes de los territorios que ya no controla, totalmente incapaz de seguir funcionando como metrópoli central. Y será durante aproximadamente los 1.000 años siguientes cuando asistamos en el Mediterráneo a un proceso general de ruralización.
A continuación, si seguimos contemplando el territorio europeo, veremos que el proceso de concentración urbana despega de nuevo con el Renacimiento. En el siglo XV las principales ciudades europeas alcanzan los trescientos mil habitantes. Y el proceso de concentración urbana, según se amplía el dominio mundial del capital, sigue intensificándose. A finales del XIX apenas unas pocas ciudades tienen la categoría de urbes millonarias: París, Berlín, Londres, Nueva York. Mientras que en la actualidad, en el cambio del siglo XX al XXI, existen unas 225 ciudades por encima del millón de habitantes; muchas de ellas por encima de los 10 millones, e incluso algunas por encima de los 20 millones: Sao Paulo, México DF, etc.
Así pues, vemos que el proceso de concentración urbana ha ido parejo al proceso de crecimiento del capitalismo mundial y se ha intensificado en los últimos 50 años. Es decir, a la vez que se intensifican los procesos de mundialización económica y financiera, sobre todo después de la II Guerra Mundial.
Como consecuencia empieza a producirse una situación nueva: mientras que en los años 60 las principales metrópolis, en cuanto a lo que a cantidad de población se refiere, se encuentran en los países centrales y más ricos, a posteriori este hecho se invierte, ya que a partir de estos años los principales procesos de concentración urbana tienen lugar en los espacios del sur o de la periferia. De tal manera que hoy día es allí donde encontramos las ciudades más superpobladas del ranking mundial.
żA qué se ha debido esto, y además en un lapso tan pequeño de tiempo? Según los casos, como consecuencia de distintas circunstancias. Por un lado, a causa de que en esta etapa se ha configurado una nueva división internacional del trabajo, mediante una deslocalización productiva de algunas actividades para abaratar sus costes de producción, mediante su traslado a países de la periferia, como por ejemplo es el caso del sudeste asiático. La aparición de nuevos núcleos industriales provocan migraciones a la búsqueda de empleo y con ello procesos de concentración urbana.
La deslocalización de la producción también ha llevado aparejada una inversión muy fuerte en materia de infraestructuras, propiciada desde el Banco Mundial o por los bancos regionales de desarrollo. Junto a esto, en los países de la periferia se ha fomentado un tipo de agricultura destinada a la exportación hacia los mercados del Norte. Y eso ha desarticulado las economías agrarias locales y ha expulsado población de las áreas rurales, forzándolas a emigrar hacia las ciudades.
Otra causa importante ha sido la construcción del modelo de Estado-Nación después de la segunda guerra mundial, como consecuencia de la ruptura del vínculo colonial en las décadas de los años 60 y 70. En los países que fueron colonia se produce una concentración política muy fuerte en las metrópolis, lo que favorece la concentración urbana y los procesos de urbanización en las periferias de la ciudad. En la construcción de estos estados se produce la creación de sus propias monedas, la emisión de su propio dinero y una cierta autonomía para mantener su funcionamiento. Pero el predominio posterior de la economía monetaria ha llevado parejo la desarticulación de otras formas económicas más autónomas o autosuficientes.
Esto se está viendo acelerado en los últimos años. A partir de los años 80, con la crisis de la deuda externa, los países de la periferia pierden su independencia a nivel de política económica, la cual se diseña en Washington a través del Consenso de Washington, que dicta las políticas de ajuste estructural que tienen que acometer estos países. Como consecuencia de ello, mucha de la actividad productiva que se había desarrollado sucumbe, se generan procesos de privatización sobre los servicios públicos, y empiezan a aparecer grandes núcleos de excluidos, de precarios, de desempleados. Así, toda esta población que no tiene acceso al dinero, implica también un cambio sustancial en el funcionamiento de las grandes metrópolis.
A lo largo de los 90 y hasta hoy, la mayoría de los países no sólo han perdido su capacidad para diseñar sus políticas económicas, sino que también están perdiendo su autonomía en materia de política monetaria. De esta manera los bancos nacionales que ya no son capaces de mantener sus monedas, se ven obligados a vincularlas a una moneda fuerte o a polarizar su economía. Cualquiera de las dos opciones incrementa la escasez del recurso dinero, al que únicamente pueden acceder determinados sectores sociales, y lo cual se refleja en el funcionamiento de las metrópolis, en las que se contemplan crecientes desigualdades en términos económicos y sociales.
( NOTA ANTONIO; Me quedé aquí)
Estamos caminando hacia un mundo de dos o tres monedas: dólar, el euro y el yen.
Pero es que incluso los últimos acontecimientos dejan de manifiesto que hasta los grandes poderes económicos y financieros están empezando a perder la fe en estas monedas principales.
Una vez que se había eliminado el oro en el 71, para eliminar el precio del oro, del dinero, estamos asistiendo a la caída del dólar; el euro sube, pero no por fortaleza propia, sino por la caída del dólar, y además se dispara el precio del oro.
El mundo, que antes tenía muchas monedas, ya que los estados tenía la capacidad de emitirlas y porque había más dinero en circulación, va a pasar a depender de dos o tres sólo, a las que sólo accederán sectores concretos, seguramente del Norte, y si se intensifica la crisis de los mercados financieros, lo que está ocurriendo estos días –que yo creo que sí-, asistiremos a una huída hacia esas "guaridas" del dinero que son la renta fija, el oro... y cada vez menos dinero en circulación.
Eso hará seguramente, que se agudice la crisis en los espacios metropolitanos porque son los espacios que más dependen del dinero.
Así, es probable que, en las próximas décadas, asistamos a una intensificación de las crisis de todo tipo, que se van a manifestar en las áreas metropolitanas: la metrópolis se va a convertir en el espacio privilegiado de la crisis global y el problema es cómo actuamos en escenarios de esas características.
También hemos de tener en cuenta que el dinero, que se había ido multiplicando a través de la emisión de distintos tipos de activos, sobre todo en los años 80 y 90, con la desregularización de los mercados financieros, que se orientó hacia las bolsas en un auge espectacular que duró hasta abril del 2000, en el momento en que ha empezado a pincharse esa burbuja especulativa, esa enorme cantidad de dinero, que ya sabemos que se refugia en gran manera en activos inmobiliarios, que también experimentaron un gran auge –vemos lo que ocurre con la vivienda en España: la economía crece un 3 o un 4 por cien, y el precio de la vivienda crece al 13, o al 15 o al 20 por ciento; no tiene ninguna relación con la actividad económica. Y esto crea un gran problema también porque la mayoría de la gente, que no tiene patrimonio propio, depende de un crédito para acceder a una vivienda, cuando además, tiene un trabajo precario, de forma que no puede acceder a ese crédito. Este será un problema que creará cada vez más tenso, ya se está viendo.
Y uno de los escenarios que muy probablemente veamos, como a ocurrido en Japón, es un colapso del mercado mundial. En Japón lleva cayendo varios años; aquí, están cayendo las bolsas y es probable que lleguemos a esa caída global. Lo siguiente que es probable que caigan son los mercados inmobiliarios, y después los bancos.
El crecimiento económico se ha garantizado en los últimos años porque ha habido un endeudamiento creciente. El problema planteado es qué va a pasar con la deuda creciente de las empresas, de las familias...con todo el sistema financiero en un momento en que la economía no crece. Lo que ya está ocurriendo es que las principales empresas del mundo no pueden pagar las deudas en que ya han incurrido con el sistema financiero.
Y hasta ahora están cayendo las grandes empresas, después serán los bancos.
Estos son escenarios a tener en cuenta que se manifestarán, ya hemos dicho, fundamentalmente en las metrópolis y, a largo plazo, llegarán los límites ecológicos: yo creo que se manifestarán en 10, 15, 20 años. Sobre todo, cuando la curva de oferta del petróleo se cruce con la curva de la demanda; viene a decirse que se cruzarán entre el 2004 y el 2010. Hasta ahora hay más oferta que demanda, aunque esta segunda crece y la pregunta es que pasará cuando no haya oferta suficiente, porque sólo se podrá cubrir cierta demanda; que pasará con las metrópolis que no tengan acceso al petróleo.
Yo creo que estos escenarios están bastantes próximos, así que hay que ver cómo situamos nuestra reflexión para hacer frente a este proceso
Una última cosa: observar los sitios donde se han producido colapsos en los últimos años y qué ha ocurrido. Uno de los procesos de colapso se ha dado en Cuba, cuando cae el muro de Berlín, cuando colapsan la Unión soviética... Cuba mantenía en parte su confinamiento por un aporte exterior muy importante de productos energéticos, en concreto petróleo que suministraba la URSS a cambio de azúcar, entre otras cuestiones.
Cuando deja de llegar petróleo a Cuba –ahora se lo intenta garantizar de alguna forma el venezolano Chaves, - el problema que se dá es enorme porque se había producido una concentración urbana importante, en dos o tres núcleos: La Habana, Santiago...; había un monocultivo, el de la caña de azúcar. Aparecen los balseros intentando huir hacia Estados Unidos, unas tensiones sociales internas muy fuertes, había un desabastecimiento de productos básicos y el propio régimen cubano se ve obligado a aflojar un poco la mano y permitir el acceso, no a la compra de la tierra, pero sí a la posibilidad de caución de carácter más local, a la creación de mercados locales, etc y se produce, por primera vez, una reducción de la población de las principales ciudades, que vuelve al campo.
Cuando se produce la crisis de Indonesia, en el 97-98, con la crisis de las divisas del sudeste asiático, con el engaño de los créditos del FMI, del banco mundial... ase produce también un cierto retorno al campo.
Y lo que ocurre ahora en Argentina; es curioso como la población ha empezado a crear sus propios huertos en las periferias metropolitanas, pero también como se está empezando a dar una vuelta hacia el mundo rural, aparte de los sistemas de trueque y de monedas locales que se están viendo para conseguir la satisfacción de las necesidades básicas.
El problema es que hemos quemado las naves, como Cortés, porque cómo se vuelve al campo cuando la estructura de la propiedad en el campo es determinada.
Nos han obligado a acudir a la metrópoli, nos han eliminado nuestra autonomía, nos han hecho dependientes del dinero... Y el problema es cuando no tenemos acceso al dinero. Cómo hacer frente a esas enormes crisis que llegarán, porque además los cambios no se dan de la noche a la mañana.
En la ciudad se instala una dependencia cada vez más grande del dinero como elemento imprescindible para satisfacer nuestras necesidades, pero también como elemento necesario para la interrelación social.
Debate:
Pregunta: Cómo afrontar estos colapsos desde un medio urbano como el nuestro, cómo podemos intervenir y qué posibilidades hay de hacerlo desde nuestro medio, el urbano?
Pregunta: como contaba el primer ponente, el resultado catastrófico a nivel político que estamos viviendo en los barrios, lo vivimos en el nuestro. En el distrito de Puente de Vallecas, contamos con unos poderes políticos en la Concejalía alejados del barrio; gente "de despacho", que no se patea el barrio. Esto es muy problemático, porque los ciudadanos nos estamos viendo privados de unos derechos nuestros, el derecho a poder decidir, sin injerencias y presiones, cómo queremos que funcione nuestro barrio, o como necesitaríamos que fuera. Yo preguntará de qué manera- que puede salir de este foro- se puede aquí articular algo, para que ésto cambie.