El género
vernáculo_ IVAN ILLICH_ Planeta 1990.
I SEXISMO Y CRECIMIENTO ECONÓMICO
La sociedad industrial crea dos mitos: uno sobre su genealogía sexual y otro
sobre su tránsito hacia la igualdad. Ambos, según la experiencia personal de
los humanos que pertenecen al "segundo sexo", son desenmascarados
como mentiras. En mi análisis, empiezo con la experiencia de la mujer e intento
construir categorías que me permitan hablar del presente y del pasado en una
forma más satisfactoria.
Contrapongo el régimen de la escasez al reino del género. Argumento que la
pérdida del género vernáculo es condición decisiva para el auge del capitalismo
y un estilo de vida dependiente de mercancías industrialmente producidas. En
inglés moderno gender significa ". . .una de las tres especies
gramaticales que corresponde aproximadamente a la distinción por sexo (o a la
ausencia de sexo) en la que se dividen los sustantivos según la naturaleza de
las modificaciones que requieren las palabras con las que están sintácticamente
asociados" (Oxford English Dictionary, 1932). El Diccionario
Ideológico de la Lengua Española [Edit. Gustavo Gili, S.A., 1951] indica
que género es "el accidente gramatical que sirve para indicar el sexo de
las personas o de los animales y el que se atribuye a las cosas". También
lo considera sinónimo de especie o clase; los sustantivos pertenecen a los
géneros masculino, femenino o neutro. He adoptado este término para designar
una diferenciación en la conducta que es universal en las culturas vernáculas. Distingue
lugares, tiempos, herramientas, tareas, formas de lenguaje, gestos y
percepciones asociados con hombres de las que están asociados con mujeres. Esta
asociación constituye el género social porque es específico de una época o un
lugar. Le llamo género vernáculo porque tal conjunto de asociaciones es tan
peculiar de un pueblo tradicional (en latín, gens) como lo es su habla
vernácula.
Utilizo la palabra género de una nueva manera para designar una dualidad tan
obvia en el pasado que ni siquiera cabría darle un nombre y que hoy nos es tan
distante que a menudo la confundimos con el sexo. Al decir "sexo" me
refiero al resultado de una polarización en aquellas características comunes
que, a partir de fines del siglo XVIII, se atribuye a todos los seres humanos.
El género vernáculo siempre refleja una asociación entre una cultura dual,
local, material, y los hombres y mujeres que viven conforme a ella. El sexo
social, en cambio, es "católico"; polariza la fuerza de trabajo
humano, la libido, el carácter o la inteligencia y es el resultado de un
diagnóstico (en griego, una "discriminación") de las desviaciones de
la norma abstracta, sin género, de "lo humano". Se puede discutir de
sexo en el lenguaje no ambiguo de la ciencia, pero no del género, que alude a
una complementariedad que es enigmática y asimétrica. Sólo la metáfora puede
aproximársele.
La transición del dominio del género al del sexo constituye un cambio de la
condición humana que no tiene precedente. El hecho de que el género pudiera ser
irrecuperable, sin embargo, no es razón para ocultar su pérdida imputando el
sexo al pasado, ni para mentir sobre las degradaciones enteramente nuevas que
ha traído al presente.
No sé de ninguna sociedad industrial en la cual las mujeres sean económicamente
iguales a los hombres. De cuanto mide la economía, la mujer obtiene menos. La
literatura que trata de este sexismo económico se ha multiplicado recientemente
hasta inundarnos. Documenta la explotación sexista, la denuncia como
injusticia, normalmente la describe como una nueva versión de un mal ancestral,
y propone teorías para explicarla provistas de estrategias correctivas. Con el
patrocinio institucional de Naciones Unidas, del Consejo Mundial de Iglesias,
de gobiernos y universidades, prospera la más moderna industria de crecimiento:
los reformadores de carrera.
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Primero el proletariado, después los subdesarrollados y ahora
las mujeres son las mascotas favoritas de "los que se preocupan". Ya
no es posible referirse a la discriminación sexual sin crear la impresión de
que se quiere contribuir a la economía política del sexo: quien no promueve una
"economía no sexista", comparte el afán de solapar la economía
sexista que tenemos. Aunque formularé mi argumento con base en la evidencia de
discriminación, no quiero caer en ninguna de estas dos posiciones. Para mí, la
búsqueda de una "economía" no sexista es tan absurda como aborrecible
es la sexista. Aquí dejaré al desnudo la naturaleza intrínsecamente sexista de
la economía como tal y esclareceré la naturaleza sexista de la mayoría de los
postulados básicos sobre los que está construida esta "ciencia de los
valores bajo el supuesto de la escasez".
Explicaré cómo todo crecimiento económico implica la destrucción del género
vernáculo (capítulos 3-5) y se basa en la explotación del sexo económico
(capítulo 2). Quiero examinar el apartheid y la subordinación económicos de la
mujer, evitando las trampas sociobiológicas y estructuralistas que explican
esta discriminación como algo inevitable, por factores "naturales"o
"culturales". En tanto historiador, quiero rastrear los orígenes de
la subordinación económica de la mujer; en tanto antropólogo, quiero captar lo
que la nueva sujeción revela sobre el parentesco, cuando se da; en tanto
filósofo, quiero aclarar lo que este patrón repetitivo nos dice sobre los
axiomas de los prejuicios comunes, es decir, los que sustentan a la universidad
contemporánea y a sus ciencias sociales.
No fue fácil dar forma a lo que tenía que decir. El lenguaje común de la era
industrial resultó carente de género y también sexista; más de lo que imaginé
al principio. Sabía que el género era dual, pero mi pensamiento sufrió
constantemente la distorsión asociada con la perspectiva sin género que el
lenguaje industrializado necesariamente refuerza.
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Quedé atrapado en una telaraña enloquecedora de palabras
clave. Ahora veo que las palabras clave son un rasgo característico del
lenguaje moderno, claramente distintas de los términos técnicos.
"Automóvil" y "jet" son términos técnicos. He aprendido que
tales palabras pueden desbordar el lexicón de un lenguaje tradicional. Cuando
esto sucede, hablo de la criollización tecnológica. En cambio, un término como
"transporte" es una palabra clave. No sólo designa un dispositivo;
imputa, además, una necesidad básica.
Un examen de los idiomas modernos nos muestra que en su uso común las palabras
clave son fuertes, persuasivas. Algunas son etimológicamente antiguas, pero han
adquirido un nuevo significado, enteramente distinto al de su intención
inicial. Tal es el caso de "familia", "hombre" y
"trabajo". Otras palabras son de más reciente cuño, pero fueron
originalmente concebidas sólo para uso especializado. En un momento dado se
deslizaron al lenguaje cotidiano y hoy denotan un amplio campo de pensamiento y
de experiencia. "Rol", "sexo", "energía",
"producción", "desarrollo", "consumidor", son
ejemplos bien conocidos.
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En todo idioma industrializado, estas palabras clave adoptan
sentidos aparentemente comunes y cada idioma moderno tiene un conjunto propio
de ellas que da a cada sociedad su perspectiva única de la realidad ideológica
y social del mundo contemporáneo. El conjunto de palabras clave en todos los
idiomas industrializados modernos es homólogo. La realidad que interpretan es
fundamentalmente la misma en todas partes. Las mismas carreteras que conducen a
las mismas escuelas y edificios de oficinas provistos de las mismas antenas de
televisión, transforman paisajes y sociedades disímbolos en una monótona
uniformidad. En forma muy semejante, los textos dominados por palabras clave se
traducen con facilidad del inglés al japonés y al malayo.
Los términos técnicos universales que se han convertido en palabras clave, como
"educación", "proletariado" y "medicina",
significan lo mismo en todos los idiomas modernos. Otros términos tradicionales
de campos lingüísticos muy distintos corresponden casi exactamente unos a otros
cuando se utilizan como palabras clave en diferentes idiomas. Ejemplos de ello
son "humanidad" y "Menschheit". Por lo tanto, el estudio de
las palabras clave requiere de cierta comparación entre idiomas.
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Para explicar la aparición y la propagación de las palabras
clave en un idioma, hube de aprender a distinguir el habla vernácula con la que
nos familiarizamos a través de la interacción cotidiana con la gente que habla
y dice lo que piensa, de la lengua materna enseñada, que adquirimos a través de
profesionales contratados para hablar en nuestro nombre y con nosotros. Las
palabras clave son una característica de la lengua materna enseñada, Son aún
más enlaces que la simple estandarización del vocabulario y de las reglas
gramaticales en su represión de lo vernáculo, porque su aparente sentido común
da un barniz seudovernáculo a la realidad diseñada por la ingeniería. En
consecuencia, en la formación de un lenguaje industrializado las palabras clave
son aún más importantes que la criollización a través de los términos técnicos,
porque cada una de ellas denota una perspectiva común a todo el conjunto.
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He encontrado que la característica más importante de las
palabras clave en todos los idiomas es su exclusión del género. Por lo tanto,
la comprensión del género, y su distinción del sexo (palabra clave), dependerá
de evitar o de usar con cautela todos los términos que puedan ser palabras
clave.
Así pues, cuando empecé a escribir este ensayo estaba lingüísticamente
encerrado en un doble ghetto: no podía utilizar las palabras en la resonancia
tradicional del género, ni estaba dispuesto a repetirlas con su actual
connotación sexista. Me di cuenta de esta dificultad cuando intenté usar
versiones previas de este texto para mis conferencias de los años 1980-82.
Nunca antes tantos amigos y colegas habían intentado disuadirme de una tarea en
la que me había embarcado. La mayoría consideraba que debía concentrar mi atención
en algo menos trivial, menos ambiguo o menos escabroso; otros insistían en que,
en la actual crisis del feminismo, las mujeres no era tema que debieran tratar
los hombres.
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Tras escucharlos con atención llegué a ver que casi todos mis
interlocutores se sentían incómodos porque mi razonamiento interfería con sus
sueños: con el sueño feminista de una economía sin género y sin roles sexuales
obligatorios; con el sueño izquierdista de una economía política cuyos sujetos
fueran igualmente humanos; con el sueño futurista de una sociedad moderna donde
la gente fuera plástica, donde la elección de ser dentista, varón, protestante
o manipulador de genes mereciera el mismo respeto. La conclusión sobre la
economía tout court evidenciada por mi perspectiva de la discriminación sexual
trastornaba cada uno de esos sueños con igual intensidad, pues los deseos que
expresan están hechos de un mismo material: economía sin género (véase el
capítulo 7).
Una sociedad industrial no puede existir a menos que imponga ciertos supuestos
unisex: los supuestos de que ambos sexos están hechos para el mismo trabajo,
perciben la misma realidad y tienen, con algunas variaciones cosméticas de
menor importancia, las mismas necesidades. Y el supuesto mismo de la escasez,
que es fundamental a la economía, está lógicamente basado en este postulado
unisex.
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Para que pueda haber competencia por el "trabajo"
entre hombres y mujeres, se requiere redefinir el "trabajo" como una
actividad apropiada para los humanos independientemente de su sexo. El sujeto
en el que se basa la teoría económica es precisamente este humano sin género.
Si se acepta la escasez, cunde el postulado unisex. Toda institución moderna,
de la escuela a la familia y del sindicato al tribunal, incorpora este supuesto
de la escasez, esparciendo así, por toda la sociedad, su postulado esencial
unisex.
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Hombres y mujeres, por ejemplo, siempre han crecido; ahora,
para hacerlo,necesitan de "educación". En las sociedades
tradicionales maduraban sin que las condiciones para su crecimiento fueran
percibidas como algo escaso. Hoy las instituciones de educación enseñan que el
aprendizaje y la aptitud deseables son bien escasos por los cuales hombres y
mujeres deben competir.
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Pero la educación, considerada como ejemplo de una típica
necesidad moderna, implica más: supone la escasez de un valor sin género;
enseña aun tanto el hombre como la mujer, cuando experimentan su proceso vital,
son básicamente seres humanos necesitados de una educación sin género. Las
instituciones económicas se basan así en el supuesto de la escasez de valores
sin género, igualmente deseables o necesarios para neutros en competencia que
pertenecen a dos sexos biológicos.
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Lo que Karl Polanyi llamó la "desimbricación" de
una economía formal de mercado,lo describo, antropológicamente, como la
metamorfosis grotesca del género en sexo.
Implacablemente, las instituciones económicas transforman los dos géneros en
algo nuevo, en neutros económicos distinguibles únicamente por su sexo
desimbricado. Un abultamiento característico pero secundario en los blue jeans
es hoy lo único que diferencia y otorga privilegios a una clase de ser humano
sobre la otra. La discriminación económica en contra de la mujer no puede
existir sin la abolición del género y la construcción social del sexo.
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Esto es lo que quiero mostrar. Y si es cierto -es decir, si
el crecimiento económico es intrínseca e irremediablemente destructor del
género, o sea, sexista-, el sexismo sólo podrá reducirse "a costa de"
la retracción económica.
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Más aún, la decadencia del sexismo requiere como condición
necesaria, si bien insuficiente, la contracción del nexo monetario y la
expansión de formas de subsistencia ajenas al ámbito de la economía y el
mercado.
Dos motivos centrales nos impelían hasta ahora a adoptar políticas de
crecimiento negativo: la degradación ambiental y la contraproductividad
paradójica. Hoy nos presiona una tercera urgencia: el crecimiento negativo es
necesario para reducir el sexismo.
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Este planteamiento es difícil de aceptar para los críticos
bienintencionados que intentaron disuadirme de mi actual línea de
argumentación; temían que pudiera hacer el ridículo o que sus sueños de crecer
con igualdad parecieran fantasías. Creo, sin embargo, que es el momento de
trastocar las estrategias sociales, de reconocer que la paz entre hombres y
mujeres, cualquiera que sea su forma, depende de la contracción económica y no
de una expansión. Hasta ahora, ni la buena voluntad ni la lucha, ni la
legislación ni la técnica, han logrado reducir la explotación sexista
característica de la sociedad industrial. Como mostraré más adelante, no se
sostiene la interpretación de esta degradación económica por el sexo como una
simple exacerbación del machismo en condiciones de mercado. Hasta ahora,
siempre que se ha promulgado y aplicado legalmente la igualdad de derechos,
siempre que el compañerismo de los sexos ha llegado a ser moda, tales
innovaciones han producido una sensación de logro a las élites que las proponen
y alcanzan, pero han dejado a la mayoría de las mujeres en la misma posición
que antes, cuando no en peores condiciones.
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El ideal de una igualdad económica unisex está agonizando, al
igual que el ideal de que el crecimiento conduce a una convergencia del PNB al
norte y al sur del ecuador. Sin embargo, ahora es posible invertir la cuestión.
En lugar de aferrarse al sueño de un crecimiento antidiscriminatorio, la razón
exige buscar la contracción económica como política que propicie el surgimiento
de una sociedad no sexista o, por lo menos, menos sexista. Al reflexionar, veo
ahora que una economía industrial sin una jerarquía sexista es tan inconcebible
como una sociedad preindustrial sin género, es decir, sin una clara división
entre lo que hacen, dicen y ven hombres y mujeres. Ambos son sueños de opio,
sin importar el sexo de quien los sueña. Pero la reducción del nexo monetario,
es decir, de la producción y la dependencia de mercancías, no está en el reino
de la fantasía. Tal repliegue, es cierto, significa la renuncia a las
expectativas y los hábitos cotidianos hoy considerados "naturales al
hombre". Mucha gente, incluyendo algunos que saben que dar marcha atrás es
la alternativa necesaria al horror, considera imposible esta opción, pero un
número rápidamente en aumento de gentes experimentadas, junto con un creciente
número de expertos (algunos convencidos y otros oportunistas) coinciden en que
es la decisión más sabia. La subsistencia que se basa en una desconexión
progresiva del nexo monetario parece ser hoy una condición de supervivencia.
Sin un crecimiento negativo es imposible mantener el equilibrio ecológico,
lograr la justicia entre regiones del mundo o fomentar la paz de los pueblos.
Y, por supuesto, tal política deberá ponerse en práctica en los países ricos a
un ritmo más acelerado que en los países pobres. Quizá lo más a que puede
aspirarse es a alcanzar acceso igual a los escasos recursos del mundo al nivel
que actualmente es típico de los países más pobres.
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La traducción de tal planteamiento en acción específica
requeriría de una alianza multifacética de muchos grupos e intereses diversos
que pretenden la recuperación de los ámbitos de comunidad, lo que yo llamo la
"ecología política radical". A fin de atraer a esta alianza a quienes
resienten la pérdida del género, estableceré el vínculo entre el tránsito de la
producción a la subsistencia y la reducción del sexismo.
Para demostrar que existe una relación entre el sexismo y la economía, debo
construir una teoría. Esta teoría es requisito previo para una historia de la
escasez.
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A todo lo largo del ensayo, he preferido precisar el
argumento teórico con ejemplos en lugar de recargarlo de datos. Recurriré a los
primeros a fin de ilustrar la teoría y de estimular la investigación, y los
datos--cuando los haya--quedarán integrados en las notas temáticas al pie de
página. Debido a la novedad de este enfoque teórico y a la insuficiencia de
estudios empíricos que adopten esta perspectiva, creí ocasionalmente necesario
usar un nuevo lenguaje.
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No obstante, siempre que fue posible utilicé palabras viejas
en formas nuevas para decir en precisión lo que exigieron tanto la teoría como
la evidencia.
Mi teoría me permite oponer dos modos de existencia que denominaré el reino del
género vernáculo y el régimen del sexo económico. Los términos mismos indican
que ambas formas de ser son duales y que las dualidades son de clase muy
distinta. Al decir género social me refiero a la dualidad circunscrita a un
tiempo y un lugar que coloca a hombres y mujeres en circunstancias y
condiciones que les impiden decir, hacer, desear o percibir "la misma
cosa".
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Al decir sexo económico o social me refiero a la dualidad que
se tiende hacia la meta ilusoria de la igualdad económica, política, legal o
social entre hombres y mujeres. En esta segunda construcción de la realidad,
como lo demostraré, la igualdad es casi pura fantasía. El ensayo, entonces,
está concebido como un epílogo de la era industrial y sus quimeras. Al
escribirlo llegué a comprender de otra manera --más allá de lo que vi en Tools
for Conviviality, 1971 (La convivencialidad, 1974; Joaquín Mortiz/Planeta,
1985)-- lo que esta era ha destruido irremediablemente. Únicamente la grotesca
metamorfosis de los ámbitos de comunidad en recursos se puede comparar con la
del género en sexo. Describo esta última a partir de la perspectiva del pasado.
Del futuro no sé ni diré nada.