Ella:
En un claro del bosque
iluminado por la luna,
me contemplo
en un espejo de bronce pulido...
Desato mis trenzas
y me apresto a desnudar mi cuerpo...
El está en el claro
montado y armado de una lanza
me observa
sus ojos profundos
y sus cejas poseen un gesto
de orgullo
que me turba...
Es hermoso
cuando ríe
hace soltar una bandada de pájaros
desde su alma...
es paciente
es el hombre con quien deseo unirme...
El:
Su silueta blanca
como la nieve de una sola noche,
sus mejillas enrojecidas
como la dedadera del páramo.
El brillante fulgor de la luna
cae a raudales sobre
sus blancos pechos
Eres hermosa, niña,
deseo el rayo de amor
de tus labios ardientes
reír y besar
los hoyuelos de placer
que adornan tus mejillas
cuando sonríes para mí...
Los amantes se dejan conducir
hasta la fuente
ahí El la envuelve con la pasión
que ha guardado sólo para Ella
Murmura frases a su oído
acaricia su cabello
huele la fragancia de sus pechos
y los besa con un gesto sagrado
Su mano desciende experta
hasta aquel panal de miel y madreselvas
recorriendo el sendero de fuego
de aquel ardiente pubis...
Ella lo contempla
con las mejillas
encendidas
con los labios entreabiertos
prestos a un beso
con el cabello enmarcando
su rostro de miel, leche y gardenias.
El:
Te adornaré el cabello
con rosas y dalias
besaré tus labios
libaré de tus pezones
te amaré hasta que el sol
asome sus dedos rosados
y retornaré amarte.
Ella:
Amame
en esta laguna
protegidos por el brillo de la luna
acariciando nuestros cuerpos
seamos los amantes
los escogidos para pintar
el cielo con estrellas fugaces
para cantar en la tierra
el amor que no perece
la llama que enciende
y anida
en los labios
de quienes han viajado
siglos para reencontrarse
y amarse en este claro de luna...
Arianna
La memoria de los árboles