Atajo para hacerse Santo


Contempla a Dios nuestro Señor disponiendo todas las cosas
con número, peso y medida.

Dios mío, dame la gracia de hacer bien todas mis obras.

    Pocos conocen el secreto de hacerse santos. Pocos buscan y siguen el atajo para hacérselo brevemente, prontamente, seguramente.
    Y ¿Sabes por qué?, Porque no andan con sencillez, con humildad, con verdad en la presencia de Dios. Buscan más bien su propio querer y sentir, lo que les gusta y no lo que gusta a Dios, y de aquí resulta todo mal.
    No seas tú así, no seas del número de las vírgenes necias, sino de las prudentes.
    Para ello, considera que toda la perfección y santidad esta en hacer lo que Dios quiere y del modo que Él quiere... Toda la perfección y santidad está vinculada en conformar nuestra voluntad a la divina, en todas las cosas, porque la voluntad de Dios es regla de toda santidad y perfección, por ser esencialmente santa...
    Ella se te manifiesta por sus preceptos, por sus consejos, por la obediencia a tus superiores y por lo que su Divina Providencia dispone, sea prospero, sea adverso.
    ¡Qué poco necesitas para ser santo! Basta que en todas las cosas hagas la voluntad de Dios...
    Dios mío, Dios de mi corazón y de toda santidad, enseñame a hacer tu voluntad santísima. Pon en mí corazón no otro deseo ni aspiración más que el de hacer en todas las cosas tu santísima voluntad.

    Considera la obligación que tienes de hacer la voluntad de Dios en todas las cosas.
    Dios es tu primer principio y tu último fin.
    Dios te ha dado todo lo que tienes en el ser natural y de gracia, y te exige justamente que todo lo emplees en su servicio según su voluntad.
    Mira si hay en ti cosa buena que no la hayas recibido de Dios, y verás que todo lo bueno lo has recibido de su mano y sólo lo malo, los pecados, es propiedad tuya. Luego, ni en lo poco ni en lo mucho te puedes dispensar de servirle según su voluntad.
    Considera, además, que Dios es tu Padre, tu Creador, Conservador, Señor y Redentor, y verás por todos estos títulos tu obligación de hacer su voluntad. Porque si todos reconocen que el hijo debe hacer la voluntad de su padre y el siervo o criado la de su señor y el vasallo la de su rey, ¿con cuánta más razón y justicia debes hacer la voluntad de tu Padre celestial, que a todos los beneficios dichos, reúne el de haberte redimido y comprado con el precio de su sangre derramada en el madero de la cruz, en medio de indecibles tormentos?...
    ¿Por ventura tu Dios y Señor y Redentor tiene menos derecho sobre tu voluntad que sobre todas las criaturas?.
    Mira cómo todas las criaturas irracionales cumplen exactamente la voluntad de Dios en todas las cosas, el cielo, la tierra, los animales... y sólo tú abusando de¡ don de tu libertad, por el cual te asemejas más a Dios, ¿no te sujetarías a lo que Dios quiere de ti? Ingrato serías y desgraciado si tal hicieres. Cumple, pues, en todas las cosas la divina voluntad.

    Considera que Dios todo lo dispone con número, peso y medida, y que su consejo permanecerá, y su voluntad se hará, porque contra Dios no hay consejo, ni cosa que valga.
    Haz, pues, de la necesidad virtud, porque si no haces lo que Dios quiere para tu bien como Padre bondadoso, habrás de hacer lo que Él quiere para su gloria como justo Juez.
    Por su infinita sabiduría sabe lo que más te con- viene; por su infinita bondad quiere lo mejor, y no puede dejar de quererlo; y con su infinito poder puede llevarlo a cabo sin que nadie pueda im- pedírselo...
    ¿No son estos motivos más que suficientes para dejarte enteramente en las manos de Dios y conformarte en todo con su voluntad? ¿Qué temes...? ¿Qué puedes temer de próspero ni de adverso, si todo te ha de venir de¡ más bondadoso de los padres?...
    Pondera cómo éste es el camino que han seguido todos los santos y por eso fueron santos, y sobre todo el Capitán de todos ellos: Jesús. «Yo hago siempre, decía, lo que es de¡ agrado de mi Padre celestial.»
    Nace Jesús, huye a Egipto, vive pobre y oculto hasta los treinta años en Nazaret, predica, trabaja, muere en una cruz..., porque ésta es la voluntad de su Padre celestial. Esta es su comida, su vida, su ser.
    ¿Qué debes hacer tú? ¿Qué razón podrás alegar para dejar de hacer lo que Dios quiere, por más difícil que sea a tu orgullo o amor propio?...
    Dios mío, no quiero decir más con mis obras: Dios lo quiere y yo no lo quiero, sino diré siempre en lo próspero y adverso: Hágase, Señor, tu voluntad, y esté, Jesús, grabada siempre en mi corazón, y sea mi vida.
 
 

En todos mis trabajos diré: Hágase, Dios mío, tu voluntad. Alabado sea Dios.

A.M.G.D.


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