La literatura [1]
En las ciudades como Atenas, el saber leer, escribir y contar era, parece, lo ordinario entre 1os ciudadanos libres. La educaci�n no corr�a a cargo del Estado, sino que era privada (a no ser en lo que ata�e al entrenamiento militar y al gimnasio), y hasta mediados del siglo y la ense�anza regular se deten�a al nivel de los rudimentos elementales. La formaci�n profesional se adquir�a, corrientemente, en el hogar o mediante aprendizaje. Era �til la direcci�n de alg�n t�cnico en cuanto a la equitaci�n, el atletismo y la lucha. Pero en literatura o filosof�a, hasta los hom�bres de la generaci�n de Pericles o de S�focles aprendieron cuan�to sab�an por preceptos individuales y de ninguna regularidad, provenientes de sus mayores y de sus contempor�neos, o bien por su propio esfuerzo. Vinieron despu�s los hombres a los que se llam� �sofistas�, que recorr�an las principales poblaciones ofreciendo, por fuertes honorarios, la educaci�n en materias ret�ricas y filos�ficas y en el arte de la pol�tica. La educaci�n superior aumen�t� a partir de este impulso, aunque sigui� siendo una actividad privada y costosa, basada por lo com�n en las relaciones entre maestro y disc�pulo.
Los libros consist�an en unas hojas hechas con delgadas tiras de una ca�a egipcia denominada papiro, las cuales se iban pegando unas a otras por sus extremos para formar rollos que conten�an el texto escrito en una serie de columnas. La forma m�s c�moda del libro, en disposici�n de c�dice, a la que hoy estamos acostum�brados, as� como las hojas de pergamino o vitelas, m�s suaves, aparecieron s�lo muchos siglos despu�s. Al lector de un rollo de papiro se le facilitaba muy poco su tarea: no encontraba all� un sistema fijo de puntuaci�n, los comienzos de cap�tulo y de p�rrafo ven�an, aun en los textos literarios, donde menos se pen�saba, y normalmente no sol�a haber separaci�n ninguna entre las palabras. Cada copia ten�a que ser escrita, de la pri�mera letra a la �ltima, a mano, por lo cual es de suponer que nunca, en un momento dado, podr�a contarse con muchas copias de alg�n libro. Se mencionan tiendas de libros a finales del siglo V, pero se ha de pensar que ser�an negocios muy modestos, basados principalmente en el trato dc persona a persona, sin circulaci�n a escala comercial.
Ser�a, por tanto, trastocar las cosas, dar demasiada impor�tancia a lo que signific� en aquel entonces la palabra escrita. Los griegos prefer�an conversar y o�r; su misma arquitectura es la de un pueblo aficionado a la charla: no s�lo los grandes teatros de puertas afuera y los edificios de las asambleas lo demuestran, sino tambi�n la m�s caracter�stica de todas las construcciones griegas, la estoa, p�rtico o deambulatorio de techumbre sostenida por columnas. Por cada persona que leyese una tragedia hab�a decenas de miles que la conoc�an de haber actuado en su repre�sentaci�n o de haberla o�do. Esto suced�a tambi�n con la poes�a l�rica, compuesta de ordinario para ser cantada (frecuentemente por coros) en ceremonias ocasionales �bodas o fiestas religiosas, celebraciones de triunfos militares o de victorias en los juegos�. Y suced�a inclusive aunque m�s limitadamente, con la prosa. He�r�doto, por ejemplo, daba lecturas p�blicas de su Historia. Los fil�sofos ense�aban conferenciando y discutiendo. Plat�n expres� abiertamente su desconfianza con respecto a lo ya fijado en los libros: a �stos no se les puede hacer preguntas, por lo cual sus ideas est�n cerradas a ulteriores correcciones y afinamientos y, adem�s, hacen que se debilite la memoria (Fedro, 274-8). Su maes�tro S�crates fue m�s brillante conversador que nuestro famoso Doctor Johnson [2]
y se gan� su reputaci�n a base solamente de dialogar durante toda su larga vida, ya que jam�s escribi� ni una l�nea.
Plat�n mismo, pese a todas sus repugnancias, fue fecund�simo y excelente escritor, y un rasgo caracter�stico de sus obras es que la mayor�a de ellas tienen forma de �di�logos� en los que sus ideas filos�ficas se van desarrollando a trav�s de complicadas discusiones �presentadas dram�ticamente, es decir, puestas en boca de personajes reales, que arguyen, r�en o se enfadan no de otro modo a como suele hacerlo la gente en tales circunstancias. De los dem�s prosistas del siglo IV, los �nicos cuyo estilo puede compararse un poco con el de Plat�n fueron �tambi�n caracter�sticamente� oradores y maestros de ret�rica, tales corno Is�crates y Dem�stenes, que escrib�an no s�lo aut�nticos discursos sino adem�s panfletos pol�ticos con la apariencia de elegantes oraciones. Esta elevaci�n de la oratoria a formas altamente literarias representa el logro m�s depurado de la afici�n de los griegos a palabra hablada, aspecto de su vida que debe tenerse siempre en cuenta para cualquier examen de su literatura hasta el final del per�odo cl�sico.

La poes�a
 
La cualidad oral de la literatura es, probablemente, parte im�portante para explicarse por qu� vino con tanto retraso el desa�rrollo de la prosa. No se trata s�lo de la tard�a aparici�n de la prosa como belles lettres �Jenofonte, en el siglo IV, es el primer representante de nota en esta categor�a�, sino del (para nosotros) curioso empleo de la poes�a en los escritos pol�ticos y filos�ficos.
Uno de los primeros ejemplos fue el de Sol�n, que expresaba sus ideas pol�ticas y �ticas en d�sticos eleg�acos. Todav�a a fines del siglo VI hac�a igual Jen�fanes, que parti� del Asia Menor como exiliado y vivi� en la Grecia de Occidente, y medio siglo m�s tarde les imitaron en esto Emp�docles de Acragas y Parm�nides de Elea, importantes fil�sofos presocr�ticos que al escribir usaron s�lo la forma po�tica. Otros fil�sofos coet�neos suyos, as� como los primeros escritores de geograf�a y de historia hab�an dado cierta importancia a la prosa, pero como �nicamente se conservan exiguos fragmentos de sus obras, es imposible determinar sus cualidades literarias. Her�doto es, por consiguiente, el primer griego del que puede afirmarse que fue un gran prosista de elegan�te estilo. Tampoco despu�s de �l hubo nunca muchos, aparte de Plat�n y los oradores, aunque se produjeron enormes cantidades de prosa. La poes�a conserv� su posici�n dominante hasta los si�glos de decadencia de la civilizaci�n griega, bajo el gobierno roma�no, �poca en la que unos pocos prosistas, sobre todo Plutarco y Luciano (nacidos hacia el 46 d. J. C y el 120 d. J. C. respectiva�mente) pusieron florido broche al estilo narrativo.
La poes�a pas� por una serie de interesantes cambios que reflejan algo de la historia de la sociedad griega. Si los inicios del per�odo arcaico estuvieron marcados por el tr�nsito de la poes�a �pica a la poes�a personalista de un hombre como Arqu�loco, la transici�n al per�odo cl�sico implic� otro pronunciado cambio. En cierto sentido, claro est�, la poes�a es siempre expresi�n personal de los sentimientos particulares del poeta, de sus ideas y valora�ciones (aunque en la poes�a heroica hubo siempre un elemento impersonal muy vigoroso que culmin� en la Il�ada y en la Odisea). Lo notable es que, en la Grecia cl�sica, tanto los temas como las ocasiones que los inspiraban dejaron de ser individuales para con�vertirse en comunitarios. La poes�a al estilo de los pir�ticos versos de Arqu�loco, de los amorosos poemas de Safo y de las canciones de bebedor de Anacreonte dej� de escribirse. Hubo, s�, excep�ciones; no faltaron poetas de segunda l�nea que consiguiesen fugaces �xitos con sus composiciones amatorias; pero sigue siendo v�lida la generalizaci�n de que la poes�a cl�sica abandon� las emociones puramente personales y se dio a cultivar los temas sociales, religiosos y de alta moral.
La transici�n se percibe con la mayor facilidad en tres hombres que cerraron la �poca de la poes�a l�rica: Sim�nides de Ceos, su sobrino Baqu�lides y el mayor poeta, probablemente de todos los de aquella modalidad, el beocio P�ndaro, que vivi� desde el a�o 518 a, poco m�s o menos, el 438. Fueron todos muy fecundos, y sus obras se distribuyen en una amplia gama de categor�as: himnos, peanes (c�nticos con los que se celebraba corrientemente alguna victoria militar), cantos f�nebres, epigramas, odas epinicias (en honor a quien venc�a en los juegos). Ha de advertirse, en primer lugar, que toda esta poes�a se compuso para determinadas ocasiones, y generalmente por encargo lucrativo. Los poetas hac�an largos y frecuentes viajes, con lo que sus obras ten�an car�cter universal. Cada poema estaba vinculado a un sitio concreto sola�mente por la ocasi�n � el personaje que en �l se evocaban, pero nunca era �regional� o �nacional� como tanta de la poes�a moder�na lo ha sido siempre. En segundo lugar, la religi�n formaba parte de su contextura misma, por as� decirlo. El pe�n, por ejemplo, fue originariamente un himno a Apolo, y nunca perdi� este car�cter, aun cuando pas� a ser un himno a la victoria y a la paz. Las odas epinicias �las mejor conocidas, porque la obra de P�ndaro en este g�nero se ha conservado �ntegra� surg�an al calor de alg�n acontecimiento religioso, los juegos de un festival, y celebraban al que en �stos venc�a, para lo cual iban relatando complicad�si�mos mitos en forma fragmentaria y llena de alusiones, si es que hab�a manera de relacionarlos (por ligeramente que fuese) con el tema de que se tratara, y entrever�ndolos con ense�anzas y m�xi�mas morales y hasta con comentarios pol�ticos y sociales. Su asunto aparente pod�a muy bien ser la glorificaci�n de un atleta, pero en realidad exaltaban a la comunidad y a sus dioses.
Por ejemplo, la segunda ada p�tica de P�ndaro, una de las varias que escribi� para Hier�n, tirano de Siracusa desde el a�o 478 hasta el 467 o el 466, en que muri�, comienza as�, con evidente propiedad:
 
�Siracusa grandiosa,
templo de Ares cruento,
de hombres y potros, cuyo gran contento
las armas son, oh tu, nutriz dichosa!
Desde la f�rtil Tebas
vengo, de las cuadrigas que con ruido
el suelo hacen temblar, a darte nuevas
con este himno: Ha vencido
Hier�n, de carro hermoso,
que orn� con sus espl�ndidos laureles
a Ortigia, que es de Artemis reposo,
la diosa de los r�os;
no sin cuyo favor, de sus corceles
con vistoso jaez y manos h�biles
pudo amansar los br�os. [3]
 
Pero unos cuantos versos m�s abajo el poeta se pone a contar el mito, singularmente desagradable, de Ixi�n, el progenitor de los centauros, que intent� seducir a Hera,.la consorte del rey de los dioses, y recibi� adecuado castigo: girar por siempre atado a una rueda de fuego. Este mito, de origen tesalio, no tiene m�s relaci�n conocida con Hier�n ni con Siracusa que la que, llevado de un didactismo enteramente arbitrario, pasa a prestarle el poeta:
 
Es Dios, que fija todos los t�rminos a las esperanzas;
Dios, quien atrapa al �guila en Su vuelo y adelanta al delf�n
�en el mar; quien doblega bajo su poder al hombre de pensamientos
demasiado altaneros,
mientras a otros les otorga honor inmarcesible. Lo que yo necesito es
escapar del diente del reproche por excesivas faltas.
Hall�ndome lejos, vi al gru��n de Arqu�loco
trabajando impotente y ceb�ndose en su propio aborrecible
odio, en nada m�s; juntar a la riqueza la fortuna de la sabidur�a
es el m�s alto destino.
T�, con tu �nimo intr�pido, puedes evidenciarlo,
t�, que eres pr�ncipe de calles enguirnaldadas por sus multi�tudes.
 
Y as� va prosiguiendo. Hay muchas cosas que se nos hacen oscuras en esta singular oda (P�ndaro es raras veces claro para el lector moderno); se percibe tambi�n en ella algo de resentimiento personal, producido acaso por su rivalidad con Sim�nides en punto al patronazgo de Hier�n.
No obstante, ya no es �sta una poes�a personalista como lo era la de Safo y Alceo, anterior en un siglo o m�s. Aunque los poe�mas de P�ndaro pueden ser clasificados todav�a como l�ricos en un sentido formal muy restringido, hasta estos breves pasajes que acabamos dc leer revelan que psicol�gica e intelectualmente son m�s afines a su contempor�neo ateniense Esquilo, a las formas art�sticas, muy diferentes, que �ste cre�.
 
 

La tragedia

 
El patrono individual del poeta l�rico nunca dej� del todo dc ser tenido en cuenta, especialmente si se trataba de un tirano. No fue casual que Sim�nides y P�ndaro tuviesen tan estrechos v�nculos con Sicilia, ni que P�ndaro, en particular, se identificase en mu�chos aspectos de sus ideas con el mundo de la aristocracia tradi�cional, a la saz�n en v�as de desaparecer, y con la tiran�a, m�s bien que con la nueva y triunfante polis cl�sica. Fue Atenas, la democr�tica ciudad-estado por excelencia, la que produjo y pa�trocin� �estrictamente hablando� la tragedia, forma art�stica a la que en seguida se concedi� el sitio de honor despu�s de Ho�mero, con preferencia a toda la restante poes�a, no s�lo entre los atenienses, sino entre los griegos en general. Lo que cuenta Plu�tarco (Vida de Nicias, XX1X) de que algunos de los atenienses capturados en Siracusa en 413 debieron la conservaci�n de sus vidas a haber sabido recitar a Eur�pides de memoria puede ser cierto o no, pero ilustra muy bien la importancia que hab�a al�canzado la tragedia.
Sus or�genes son oscuros. La aparici�n de la poes�a l�rica dir�ase l�gica y obvia: la humanidad ha cantado siempre al cele�brar algunos ritos, sobre todo en las relaciones con sus dioses, y un poema l�rico era, como su nombre indica, un c�ntico que se acompa�aba ta�endo la lira (o, por posterior extensi�n, tambi�n tocando la flauta). Con frecuencia, tal canto, especialmente si era coral, acompa�aba a su vez los movimientos de una danza o farsa m�mica y, a veces, se consideraba m�s propio y aun necesario que los danzantes llevaran m�scaras: para representar, pongamos por caso, a los s�tiros, asociados siempre con Dionisos. Parecidas combinaciones se hallan tan por doquier que no es de maravillar que en la Grecia del siglo VI SC hiciesen experimentos encaminados a darle a la poes�a l�rica, cuya mezcolanza de formas era ya muy grande, alguna relaci�n org�nica con los antiguos ritos. Ni resulta sorprendente que fuera Dionisos el dios en torno al cual gir� tal inter�s. Lo mismo que Dem�ter, la diosa de la fertilidad, ocupaba �l un puesto distinguido en el Pante�n; virtualmente ignorado por Homero y sin contarse entre los Ol�mpicos (aunque era hijo de Zeus), alcanz� Dionisos alta posici�n dentro de su rango en la religi�n oficial del Estado mientras segu�a siendo, a la vez, un dios preeminentemente popular: el dios del vino y del jolgorio, de los �xtasis y frenes�es y de los ritos orgi�sticos.
La combinaci�n de la poes�a l�rica con el ritual dionis�aco cons�tituy� la prehistoria de la tragedia. Sin embargo, como la mayor�a de los datos geneal�gicos, �ste tambi�n explica mucho menos de lo que parece. Porque lo que de aquella combinaci�n result� no fue ni danza ritual, ni celebraci�n de las glorias del dios por un coro, ni una simple e inmediata conjunci�n de ambas cosas, sino algo nuevo y diferente, a saber, el teatro.
Los griegos, o con m�s exactitud, los atenienses, al llegar a este punto, dieron con la idea del teatro, lo mismo que fueron los inventores de otras muchas instituciones sociales y culturales que luego se incorporaron al patrimonio de Occidente. Nada tiene de evidente, de suyo, la idea del teatro, de unas escenas y unos actores a trav�s de los cuales el individuo particular, sin la direcci�n de sacerdotes ni de otras autoridades, pudiese exa�minar en p�blico los destinos humanos y hacer comentarios sobre ellos. Es decir, no content�ndose ya con cantar himnos de alabanza a los dioses, ni con la representaci�n de dramas ri�tuales, como la del mito de Dionisos que parece haber sido la culminaci�n de los misterios eleusinos (o, para poner el ejem�plo m�s familiar a nosotros, con la representaci�n del drama de la Pasi�n), sino mediante un juego po�tico que era en sus�tancia y pese a los muchos elementos tradicionales una creaci�n del autor de la obra esc�nica, as� en lo referente a la acci�n de los personajes como en cuanto a los modos, im�genes y comen�tarios introducidos en los largos pasajes que se confiaban al coro. Los griegos acertaban en su estimaci�n cuando pon�an la tragedia a la par con la �pica: dentro de su l�nea, esta nueva creaci�n era un tanto atrevida y revolucionaria, y su impacto perdur� mucho m�s que la sociedad que la produjo.
La tragedia no era, pues, un drama ritual �nunca se insistir� demasiado en esto�, pero conservaba estrech�simos v�nculos con la religi�n; ante todo, por su total asociaci�n con los festivales (y en consecuencia, como griegos que eran, porque se produc�a competitivamente). Las m�s de las tragedias fueron estrenadas durante las Dionis�acas Mayores o de la Ciudad, que se celebra�ban en Atenas al empezar la primavera con m�s esplendor que las otras tres festividades con que los atenienses honraban cada a�o a Dionisos. El primer d�a estaba dedicado a una solemne procesi�n, en el transcurso de la cual se sacrificaba un toro y se verificaba la colocaci�n oficial de la imagen del dios en el teatro, y luego hab�a un certamen de odas ditir�mbicas a cargo de diez coros, cinco de hombres maduros y cinco de muchachos, com�puesto cada uno de ellos de cincuenta coristas acompa�ados de flautas. El segundo d�a se representaban cinco comedias.
Y despu�s ven�a el concurso de tragedias, que duraba tres d�as enteros, cada uno de ellos asignado a uno de los autores concursantes, quienes escrib�an para aquella ocasi�n tres trage�dias (nosotros las llamar�amos piezas de un acto), las cuales po�d�an formar entre las tres, por sus relaciones intr�nsecas, una trilog�a, aunque esto no era obligatorio y parece que de ordinario no la formaron, y una cuarta pieza de g�nero muy distinto, una grotesca �s�tira�.
Las proporciones de este esfuerzo oscilan, en conjunto, poco. Los que tomaban parte activa en �l no sol�an ser menos de mil individuos entre adultos y adolescentes, que hab�an pasado antes mucho tiempo en repeticiones, y el teatro, si se llenaba, conten�a unos 14 000 espectadores que se sentaban al aire libre en hileras escalonadas, mirando hacia abajo, hacia el sitio en que evolucionaban los danzantes (lugar llamado orquesta y que no era m�s que un despejado espacio circular) y hacia el escenario que se alzaba tras �l, cerrado por un sencillo muro y dotado de rudimen�tarios artificios esc�nicos. El esfuerzo se repet�a cada a�o, aun durante la guerra del Peloponeso, y siempre con nuevas obras. En el transcurso del siglo V varios festejos rurales menores ini�ciaron la pr�ctica de representar piezas que hab�an sido estre�nadas en algunas de las primeras Dionis�acas de la Ciudad; pero la primera ocasi�n conocida en que se repiti� la representaci�n de una pieza antigua en las principales Dionis�acas atenienses no tuvo lugar hasta el 386. Los escritores de tragedia, aunque no po�d�an contar con un gran p�blico de lectores, no se desalenta�ban; a�o tras a�o iban produciendo nuevas piezas con la espe�ranza de aquella representaci�n �nica �esperanza muy expuesta a quedarse en ilusoria para muchos de ellos, especialmente para los de menos renombre, pues la regla de un solo autor por d�a y durante tres d�as era invariable.
La fuerza motivadora de semejante despliegue de energ�a hay que buscarla en la ocasi�n misma, gran celebraci�n com�n, so�lemne y festiva a un tiempo (superada en majestad solamente por las Grandes Panateneas, que se celebraban cada cuatro a�os en honor a la diosa Atenea, patrona de la polis). El m�s alto funcio�nario del Estado, el. arconte ep�nimo, elegido anualmente, presi�d�a los ceremoniosos actos, y entre sus obligaciones se inclu�a la de seleccionar a los autores de tragedias que habr�an dc competir. Los nada despreciables costos de la representaci�n eran cubiertos, en parte, directamente por el tesoro y, en parte, por asignaciones impuestas a los individuos de las clases m�s adineradas, precisa. mente a aquellos a quienes se les daban los puestos de mando y se les cargaban algunos de los gastos de los nav�os de guerra, con id�nticos matices honor�ficos en ambos tipos de actividades a pri�mera vista incomparables. Y qui�nes ganaban el concurso lo decid�a un jurado de cinco jueces, escogidos por complicados procedi�mientos en los que se inclu�a el inevitable echar a suertes.
Los dramaturgos ten�an, claro est�, entera conciencia de la importancia de la ocasi�n, si bien �cosa bastante curiosa� no sol�an hacer especiales referencias a Dionisos, cuyos mitos y fun�ciones raramente eran el tema de las piezas. Ser�a f�cil citar pasajes llenos de altos sentimientos morales y piadosos, pero resultar�a cicatero y, en esencia, desorientador. Cuando Arist�teles asegura que dc los seis elementos que constituyen la tragedia �el m�s importante es la combinaci�n de las acciones, pues la tra�gedia es una imitaci�n (m�mesis) no de los hombres sino de la acci�n y de la vida� (Po�tica VI), su an�lisis apunta a la nece�sidad de considerar cada pieza en todo su conjunto, pues el todo es mayor que sus partes; la acci�n, en este sentido, es de mayor entidad que la m�sica y que la poes�a o que los caracteres de los personajes, aun siendo tambi�n imprescindibles, como lo son, cada uno de estos elementos. S�lo asistiendo a toda una tragedia (o ley�ndola de una tirada) puede percibirse su efecto m�s propio; la ininterrumpida tensi�n; lo elevado y frecuentemente opaco dcl lenguaje po�tico; los largos y complicados parlamentos y odas, llenos de alusiones y dc oraculares oscuridades; la absoluta con�centraci�n en torno a las cuestiones m�s fundamentales de la existencia humana, del comportamiento y el destino del hombre sometido al poder y a la autoridad divinos. Era este efecto total lo que daba a la tragedia su alt�sima calidad religiosa, hecha m�s concreta y v�vida por las referencias directas a or�culos, pro�fec�as y dioses; por el empleo del mito como fuente ordinaria del mismo argumento; por los muchos pasajes de car�cter h�mnico que entonaba el coro; por las m�scaras, los atuendos y los pasos de danza que los griegos sol�an usar tambi�n en sus ritos.
Ninguno de los notables rasgos que distinguen a la tragedia griega es tan sorprendente como el del indiscutido monopolio que de la misma detentaron los atenienses. Los primeros experi�mentos o ensayos del siglo vi parecen haber acaecido en Co�rinto y en Sici�n, en el Peloponeso; pero en cuanto los atenienses se interesaron por aquella novedad (seg�n la tradici�n, el honor de haberla introducido entre ellos pertenece a Tespis, contempo�r�neo de Pis�strato), su ulterior progreso estuvo ya del todo en sus manos. Hasta muy avanzado el siglo iv, s�lo en Atenas se re�presentaron con regularidad tragedias, y todas ellas fueron al parecer escritas, en sus versiones originales, para los concursos atenienses. A los escritores que no eran de Atenas se les permit�a concurrir y, a veces, llegaron a obtener el primer premio, pero no se ha conservado el recuerdo de ning�n hombre de aquellos que escribiese una tragedia para ser representada en su propia ciudad. Esquilo fue dos veces a Sicilia, y esto es significativo por lo excepcional para su �poca: al hablar de los prisioneros ate�nienses, Plutarco explic� que los griegos sicilianos, enamorados de Eur�pides, estaban pendientes de los fragmentos de sus obras que o�an de labios de los viajeros y que se aprend�an de corrido.
Esquilo, S�focles y Eur�pides dominaron entre los tres el siglo V. Escribieron en total unas 300 piezas, de las cuales han lle�gado hasta nosotros treinta y dos. No poseemos ni una sola obra de ninguno de los dem�s autores de tragedias, 150 en n�meros redondos, cuyos nombres se conocen, varios de ellos famosos otro�ra. Hay motivos para pensar que el proceso de selecci�n a trav�s de las edades no ha sido malo. Desde mediados del siglo IV se hizo habitual la repetici�n de piezas antiguas, as� como la presen�taci�n de las mismas en muchas partes de la H�lade. Pasaron a ser un rasgo t�pico de la vida cultural griega las compa��as ambulantes de �artistas dionis�acos� y, seg�n se quejaba Arist�teles en su Ret�rica (III, 1, 4), �los actores eran m�s considerados que los poetas�. Tambi�n pod�a haber dicho que se iban haciendo m�s importantes los edificios de los teatros: el de Dionisos, que en el siglo y era de rudimentaria construcci�n, fue transformado, en el siglo IV, en su espl�ndido anfiteatro de piedra, equiparable a los de Delfos, Epidauro y otros muchos lugares.
Para resumir, despu�s de la guerra del Peloponeso, aunque la tragedia sigui� siendo durante mucho tiempo un arte popular, se convirti� r�pidamente en un arte secundario y derivativo, viviendo a costa de los maestros antiguos m�s que nutrida de nuevas y vitales creaciones.
Evidentemente la Atenas del siglo y proporcionabas de un modo u otro, la atm�sfera en que este arte pod�a florecer. Ser�a demasiado aventurado y gratuito insinuar adem�s que la tragedia ten�a una vinculaci�n simple y directa con la democracia. En sus escenas se hallan alusiones pol�ticas bastante frecuentes, y unas cuantas, como Los persas de Esquilo, escrita menos de diez a�os despu�s de la batalla de Salamina, se sal�an del terreno del mito para ocuparse de intereses contempor�neos. Nada hab�a en esto de inconsistente o de inadecuado; la Dionis�aca Mayor era una celebraci�n comunitaria, la religi�n un inter�s de la polis, y siem�pre que los dramaturgos tocaban alg�n aspecto pol�tico lo hac�an desde el punto de vista de sus implicaciones morales, no desde cl de las consecuencias pr�cticas. No eran ni panfletistas ni teoriza�dores pol�ticos ni propagandistas (como no nos refiramos a una propaganda de la moralidad y, en general, de la justicia). A decir verdad, sus opiniones pol�ticas particulares siguen siendo hasta la fecha dif�cilmente discernibles (algo as� como lo que ocurre con las de Shakespeare).
Si alg�n v�nculo tuvieron las tragedias con el ambiente demo�cr�tico de la Atenas del siglo V, deber� busc�rsele por otros de�rroteros; en la manera como se vieron incitados, dig�moslo as�, los dramaturgos a explorar el alma humana y en la tolerancia que demostraron en unas circunstancias en las que semejante cuali�dad no era lo que podr�a esperarse. Las condiciones requeridas para participar en los festivales impon�an a los artistas unas li�mitaciones muy definidas en cuanto al empleo de los actores y de los coros, la elecci�n de los temas y hasta la estructura de las piezas y su lenguaje y metro po�ticos. Esquilo introdujo un �deu�teragonista� o segundo actor, avance t�cnico que fue acaso de�cisivo para la creaci�n efectiva de esta forma art�stica; luego, S�focles a�adi� un tercero, y aqu� se detuvo aquella evoluci�n. El papel del coro fue disminuyendo gradual pero persistentemente hasta que Eur�pides lo redujo en muchas de sus obras a poco mas que un interludio musical. Con Eur�pides se tiene a menudo la impresi�n de que, de haberle sido posible, habr�a dado al traste de una vez con toda la convencional estructura establecida. Pero no pudo hacerlo, y sigue siendo todav�a uno de los tr�gicos �ticos, aunque �l, lo mismo que sus predecesores, logr� bucear con asom�brosa amplitud y libertad en los mitos y creencias tradicionales, as� como en los palpitantes problemas que la sociedad iba sacando a la superficie, tales como la novedosa insistencia socr�tica en la necesidad de razonar, o en la calidad humana de los escla�vos, o en las responsabilidades y la corrupci�n del poder. De hecho, los tr�gicos sondearon a fondo tales problemas anualmente, bajo los auspicios dcl Estado y de Dionisos y en presencia de las ma�yores multitudes de hombres, mujeres y ni�os (e incluso de es�clavos) que nunca se hab�an reunido en Atenas.
Los asientos de honor contaban entre los m�s grandes pre�mios que el Estado pod�a otorgar y que tanto los forasteros distinguidos como los primates atenienses ambicionaban. Es im�posible �ya se comprende� dar una idea de lo que ser�an los sentimientos de aquellos enormes auditorios, la mayor parte de cuyos componentes permanec�an en sus asientos, por lo com�n, durante tres largos d�as, prestando atenci�n a un dif�cil e intrin�cado drama po�tico. Lo que s� est� a nuestro alcance es registrar el fen�meno y ponderar el alto nivel cultural que supone.
 
 

La comedia

 
La publicaci�n, en 1958, de un papiro escrito en el siglo III d. J. C. dio a conocer el texto de El d�scolo o El mis�ntropo, una de las piezas primerizas y de inferior calidad del poeta ateniense Menandro (nacido en 342 � 341).
Antes de este descubrimiento, las �nicas comedias griegas que pose�amos eran once en total, escritas por otro ateniense tambi�n ilustre, Arist�fanes (nacido hacia 450). Lo mismo que la tragedia, la comedia fuel un monopolio ateniense, y sus piezas se escrib�an para los concursos de los festivales dionis�acos. Pero aqu� se ter�minan los paralelos. En el sentido lato de la palabra, alguna forma de comedia existi� probablemente por todo el �mbito del mundo griego. Lo que los atenienses desarrollaron e hicieron cosa propia fue su modalidad po�tica, toda versificada y representada por po�cos actores y un coro.
Durante el siglo y, en la denominada �comedia antigua�, los actores vest�an atuendos grotescamente llamativos, se entregaban con frecuencia a la bulla y la chacota, eran exuberantes en sus gesticulaciones, voceaban hasta enronquecer, hac�an obscenidades sin ning�n reparo y, de vez en cuando, se mostraban l�ricos y serios. Miradas las cosas por encima, hab�a en la comedia m�s vestigios de los ritos, procesiones, m�scaras y festejos religiosos que en la tragedia; pero esto era s�lo exteriormente, pues la co�media, lejos de tener algo de drama ritual en ninguno de los sentidos propios de �ste, era fundamentalmente no religiosa en todos sus aspectos.
Apenas resultaba concebible que un griego charlase durante un rato sin hacer alguna referencia a los dioses y a sus mitos; y esto suced�a tambi�n en la comedia. Pero rara vez tomaba �sta por tema la religi�n, ni siquiera para tratarlo en tono menor, a pesar de que su trasfondo ambiental lo constitu�an los festivales religiosos.
Los poetas c�micos trataban preferentemente de cuanto les brindaba el escenario dc su tiempo con toda su rica variedad: la pol�tica y sus representantes, las costumbres, los vestidos, las mo�das, las pretensiones, los vicios, las ideas de �ltima hora y las tradiciones muertas, los generales y los soldados, los campesinos, los fil�sofos, los j�venes elegantes, los esclavos... Libre de las ca�n�nicas trabas a que deb�an someterse los poetas tr�gicos �y fueron rar�simas excepciones�, el comedi�grafo pod�a servirse dc los procedimientos estil�sticos que le viniesen mejor para dar suelta a los torrentes de la risa, y le estaba permitido abusar lo mismo de las personalidades que de las ideas, de suerte que su voraz apetito de v�ctimas no respetaba ni a los dioses. A veces, los tiros iban disimulados, aunque casi nunca lo bastante como para enga�ar a un espectador medianamente informado; pero, a menudo, aquellos contra quienes se dirig�an las chanzas eran lla�mados por sus nombres propios, como, por ejemplo, S�crates en Las nubes o Eur�pides en Los acarnienses, en Las ranas y en Las tesmoforiatisas.
S�lo podemos enjuiciar la comedia antigua por lo que nos queda de Arist�fanes, y en cuanto a juzgar con hondura a este autor no es f�cil hacerlo. Su ingenio y su inventiva no ten�an l��mites, como tampoco la ferocidad de sus invectivas, y pose�a un talento muy agudo. Era tambi�n capaz de lanzarse a bell�simos y profundos vuelos po�ticos. Lo que a menudo se nos escapa, por desgracia, es la l�nea divisoria entre sus m�ltiples facetas: �Cuan�do un chiste no pasaba de mero chiste, y cu�ndo era adem�s hiriente estocada, o hasta qu� punto eran serios o qu� secreta intenci�n conten�an los pasajes serios?
De sus primeras diez comedias, representadas todas durante la primera mitad de la guerra del Peloponeso, siete fueron de tema pol�tico, llenas de tirones de barbas a los dirigentes populares, empezando por Pendes, y de ataques a instituciones, como la del jurado, y a la guerra misma. Abundaban en chistes groseros, mucho m�s soeces que los que suelen tolerarse hoy en las revistas vodevilescas. Con todo, no se sigue de aqu� por necesidad, hablan�do en t�rminos de pura l�gica, que fuese Arist�fanes adverso a la democracia ateniense y a la guerra contra Esparta; ni que semejan�te pintura dc los demagogos, de la plebe ciudadana y de los jurados fuese exacta y hecha con imparcialidad o pretendiese serlo. Por un lado, pueden titarse pasajes de las piezas que se conservan que en numerosas cuestiones servir�an para defender tanto esta posici�n como la contraria. Por otro, hay el hecho de que Arist�fanes gan� cuatro primeros premios, tres segundos y un tercero durante su carrera, al parecer la de m�s �xitos de toda la comedia antigua; y esto fuerza a pensar que sus auditorios, muchos de cuyos compo�nentes no ser�an, con seguridad, antidem�cratas ni pacifistas, le miraban de muy distinta manera que como si hubiese sido el re�conocido enemigo pol�tico en que suelen convertirle a veces los es�tudiosos modernos. Ahora bien, el otro extremo, el de afirmar que all� todo era diversi�n inocente, sin que se cometieran o intentaran maliciosas ofensas, reducir�a la comedia entera a trivial palabreo, a un re�r superficial carente de mensaje. Plat�n, al menos, opinaba que era cosa m�s seria cuando le hizo decir a S�crates al descri�birle autodefendi�ndose ante el tribunal en el a�o 399 (Apolog�a, 18): Me temo, ciertamente, que los acusadores sean esos hombres que propalan falsos rumores acerca de mi obra, por ejemplo, que mi especialidad consiste en hacer que el peor argumento parezca el mejor. A tales hombres no me es dado interrogarles para cogerles en contradicci�n: �Ni s� sus nombres ni puedo decir qui�nes sean, a menos que se trate quiz� de alg�n poeta c�mico.� La referencia a Arist�fanes es en seguida expl�cita, y el testimonio de Plat�n respecto al duradero efecto de Las nubes no puede menospreciarse.
Probablemente, el atenernos a una sola l�nea, estir�ndola, no ser�a certero; sin embargo, desde cualquier punto de vista, las implicaciones resultan bastante claras. �En qu� otro sitio se halla�r�n unos festejos p�blicos anuales, de car�cter religioso como �stos, y que se dediquen a la satirizaci�n continua de las m�s que�ridas instituciones, y �todav�a m�s sorprendente� a chistes y a peroratas antibelicistas en medio de una guerra encarnizada y cr��tica, y esto como actividad estatal, comenzando por la misma selecci�n de las piezas y concluyendo por la coronaci�n del co�medi�grafo que ganaba el concurso? �Y todo ello llevado a cabo con tal gracia y con tanto sentido cr�tico que aun hoy, m�s de 2000 a�os despu�s, muchos de aquellos chistes y escenas regoci�jan al espectador y arrancan tumultuosas oleadas de aplausos!
Tampoco hay que pensar que fuese Arist�fanes la figura �nica. Aunque consigui� los mayores �xitos y fue quien m�s premios gan�, hab�a autores como Cratino y Eupolis que no le iban muy en zaga.
Parece que algunos no gastaron tan bilioso humor como Aris�t�fanes para con la pol�tica y los pol�ticos atenienses, pero, to�mada en conjunto, la comedia antigua era toda de una pieza un fen�meno general que dur� cerca de medio siglo. Acaso ninguno
otro refleje con tanta exactitud ciertas caracter�sticas de la Ate�nas del siglo y; sus amplias libertades, su confianza en s� misma, su exuberante vitalidad y aquella capacidad que ten�a su demos de re�rse de s� propio.
Al acabar la guerra del Peloponeso, se termin� tambi�n este g�nero de comedia. La del siglo IV fue ya desde los comien�zos �como resulta notorio inclusive en las �ltimas piezas de Arist�fanes� de un tono m�s tranquilo, menos acosador e hiriente, de contenido en su conjunto no tan social y pol�tico. A mediados del siglo hab�a venido a ser una forma art�stica netamente distinta (con trayectoria diversa, por tanto, de la que sigui� la tragedia, que se fue enfriando hasta hacerse est�ril). La �comedia nueva�, cuya figura cumbre es Menandro, abandon� los asuntos corrientes, las ideas pol�ticas de la calle y los problemas que afectaban ala sociedad en general. Se convirti� en una comedia de costumbres, respetable, sana, tan cerrada casi dentro de estrechos c�nones como lo estuvo en Inglaterra la comedia de la �poca de la Restau�raci�n; limitada a personajes ficticios y a mon�tonos y conven�cionales enredos atinadamente resumidos en el t�tulo de la pieza shakespeariana, descendiente directo de la Comedia Nueva: una comedia de errores. El inter�s se redujo ahora, centr�ndose en la presentaci�n de simplificados caracteres t�picos, obvias morali�zaciones en torno al tema del triunfo de la virtud y habilidosos ardides del poeta al jugar con las frases o desenredar las situa�ciones. Las tramas de Arist�fanes ten�an por tema central los es�fuerzos de alg�n individuo, medio serios medio bufos, para evitar, actuando por cuenta e iniciativa propias, una mayor crisis p��blica, o para concluir con lo que se daba por supuesto que era un gran mal; como, por ejemplo, la guerra del Peloponeso, las perniciosas ense�anzas de los sofistas, la mala poes�a de Eur�pides y la actitud de �ste respecto a las mujeres. Las tramas de Menandro giraban, en cambio, en torno a las h�biles y de ordinario re�torcidas tretas puestas en juego para arrancar a una muchacha de los halagos de un seductor, o para juntar a dos amantes, o bien en torno a particulares preocupaciones propias s�lo de los es�clavos y no de los libres.
Las cuestiones de gusto podr�n, tal vez, dejar de discutirse, pero lo que s� es inevitable es sacar la conclusi�n de que la Co�media Nueva era apropiada a la �poca final de la independencia ateniense, cuando la polis luchaba por sobrevivir, y m�s apropiada a�n a la Atenas pol�ticamente ya muerta del medio siglo pos�terior a Alejandro Magno. Y conserv� su popularidad, superior a la de la Comedia Antigua, durante mucho tiempo; bajo los ro�manos tambi�n, entre los cuales se difundi� bastante y estuvo muy en boga gracias a las imitaciones y adaptaciones escritas en lat�n por Plauto y Terencio (cuyas vidas transcurrieron por los a�os 250-150).
No cabe imaginar a la Roma de las guerras contra los cartagi�neses prestando apoyo, y menos a�n aplaudiendo divertida, a un personaje como el Dice�polis que en Los acarnienses de Arist�fanes dice desde su asiento en la Pnix: �Yo he venido aqu� a gritar, interrumpir y hacer chacota cada vez que un orador hable de algo que no sea la paz.�
 
 

La prosa

 
Un gran n�mero, r�pidamente creciente, de escritos en prosa eran de car�cter t�cnico: la filosof�a, las leyes y la pol�tica, la ciencia y la t�cnica tuvieron todas ellas su literatura. Esta, sin em�bargo, salvo raras excepciones, interesa s�lo por su contenido y no como obra art�stica. Al principio, la �nica excepci�n fue la his�toria; m�s tarde se le a�adi� la oratoria. Durante mucho tiempo los griegos satisfacieron su curiosidad respecto al pret�rito recu�rriendo a su acervo de mitos y leyendas, que cre�an haber suce�dido en verdad. Ni los esc�pticos al estilo del fil�sofo Jen�fanes, que combat�a la moralidad ense�ada por las f�bulas y su burdo sobrenaturalismo, llegaron a dudar de la existencia de Agamen�n, rey de Micenas, o de la del Edipo, tom�ndolos m�s bien por otros griegos en todo iguales a ellos mismos pero que hab�an vivido en un infechable ��rase que se era... � y hab�an gobernado, luchado y procreado.
Este inter�s no era de tipo hist�rico en el sentido de que tra�tasen de averiguar la calidad de lo sucedido en la guerra de Troya o en alg�n otro per�odo o circunstancia, sino algo muy di�ferente. Garantizar o robustecer la orgullosa conciencia hel�nica o regional, la sanci�n del poder, el significado de las pr�cticas culturales, la solidaridad de la comunidad; esto era lo �nico que importaba cuando se volv�a la vista hacia el pasado. Y a tales fines serv�an estupendamente las antiguas historias, revisadas a me�dida que lo exig�an as� los nuevos acontecimientos, los cambios po1�ti��~ y sociales... Revisi�n que era f�cil dc hacer, dada la gran abundancia de mitos y de variantes de los mismos, as� como por la inevitable imprecisi�n de su transmisi�n oral.
Una nueva modalidad s� dio en el Asia Menor hacia finales del siglo VI, estimulada por las especiales condiciones de aquella zona. All� los griegos se hallaban sometidos a la soberan�a de reyes b�rbaros, primero al de Lidia y luego al de Persia, lo cual hizo que se desarrollara entre ellos la natural curiosidad en orden a averiguar los or�genes de aquellas gentes, curiosidad que no pod�a ser satisfecha por los mitos griegos, relativos a los griegos mismos. Como respuesta a semejante demanda aparecieron libros que daban toda suerte de informaci�n (con gran frecuencia err�nea), ya fuese geogr�fica, ya describiendo las costumbres pol�ticas y religiosas, ya fragmentariamente hist�rica. El n�mero de aque�llos escritores, conocidos con el nombre de log�grafos, no ha de exagerarse, como tampoco la calidad de sus trabajos, pero no dejan de ser al mismo tiempo notables la novedad y la originali�dad de su empresa. Nada hab�a sido intentado hasta entonces que se le pareciese, ni entre los griegos ni entre los otros pueblos de los que ellos tuvieron noticia; supon�a el acometerlo primera�mente una brecha en el etnocentrismo hel�nico y, despu�s, un dar al traste con sus propias tradiciones. �Lo que aqu� escri�bo �dice Hecateo de Mileto, que incidentalmente figur� entre los que dirigieron la revuelta de Jonia contra Persia� es la rela�ci�n que yo tengo por cierta. Pues las historias que los griegos refie�ren son muchas y, en mi opini�n, rid�culas.� Hecateo hablaba aqu� de la historia griega, no de la de los b�rbaros, y estas dos sencillas frases representan el primer intento de pasar del mito a la inves�tigaci�n hist�rica.
A continuaci�n vino un gran avance, por obra de un solo hombre, natural tambi�n del Asia Menor: Her�doto de Halicarna�so tuvo la ocurrencia de ampliar las miras de la logograf�a abarcando un �rea mucho mayor, en la que entrasen, por ejemplo, junto con los lidios y los persas, los escitas y los egipcios; y se propuso adem�s verificar la masa de datos acumulados (algunos de ellos ya escritos, pero otros muchos asequibles s�lo oralmente) mediante indagaciones personales hechas en los lugares mismos de los sucesos, para lo cual emprendi� una serie de r�pidas vi�sitas a aquellos sitios, y haciendo un an�lisis racional de las in�formaciones que recogi� y recurriendo a los anales de los reyes asirios, persas y egipcios procur� establecer una cronolog�a exacta, al menos para los 100 � 150 a�os inmediatamente anteriores. Esto s�lo habr�a sido ya un buen logro, pero en algunos casos fue m�s all� a�n.
Her�doto, huyendo de Halicarnaso por razones pol�ticas, fue a vivir como refugiado en Samos primero y despu�s en Atenas. Parece ser que fue en esta ciudad donde, bajo la impresi�n de sus esplendores, alcanzados durante el apogeo de Pericles, tom� la decisi�n m�s importante de su vida, a saber, la de dedicarse a escribir la historia de las guerras contra los persas. La audacia de tal proyecto es asombrosa; hab�a pasado casi una generaci�n desde el final de las guerras, apenas se dispon�a de documentos escritos... Sin embargo, Her�doto se propuso reconstruir los su�cesos con todo detalle, ahondando en la memoria de los supervi�vientes y en la de los hombres de la siguiente generaci�n que recordaban las an�cdotas que les hab�an sido referidas.
El libro que Her�doto produjo al fin era un libro complicado, en cuya primera mitad se conservaba mucho de la logograf�a ori�ginaria, pero agrupado todo ello en torno al gran tema central de la contienda entre griegos y persas. Indudablemente se hab�a hecho merecedor del t�tulo de �Padre de la Historia�.
Era, adem�s, un gran artista, cosa que no puede decirse de muchos de sus sucesores, los cuales tampoco fueron �y es lo que aqu� m�s nos interesa� grandes historiadores. Her�doto hall� desde muy pronto divers�simas acogidas y apreciaciones de su obra; unos le llamaban el Padre de la Historia, otros el Padre del Embuste; la disensi�n a este respecto no dej� de hacer o�r sus gritos en toda la Antig�edad, y aun hoy d�a Her�doto es frecuen�temente mal juzgado y se quiere ver en �l tan s�lo al narrador de an�cdotas, a un cuentista de encantador estilo e ilimitada cre�dulidad.
Mejor enterado estaba el ateniense Tuc�dides. �l supo ver qu� era en realidad lo que Her�doto pretend�a; descubrir las fuentes de la conducta humana mediante una exposici�n sistem�tica de las causas y el curso de una gran guerra, no como lo hac�an los poetas con el libre vuelo de la imaginaci�n, ni en abstracto como podr�an discurrir los fil�sofos sobre el hombre y la socie�dad, sino en concreto, con exactitud, atendiendo debidamente a la serie de los hechos y a sus conexiones. Y Tuc�dides pens� que esto lo har�a de mejor manera si se concentraba m�s en puntualizar lo verdaderamente sucedido, eliminando del relato, con absoluto rigor, lo �novelesco�, enfocando la atenci�n exclusivamente a la guerra y a la pol�tica, definiendo con m�s propiedad las �causas�, no dando entrada en el cuadro a factores sobrenaturales y dejando la escena toda para su �nico asunto: el hombre. Tuc�dides es�cribi� la historia de la guerra del Peloponeso, en cuyas primeras fases particip� �l mismo (lo cual le daba enorme ventaja sobre Her�doto), y consagr� su vida entera a su Historia, con notable constancia y unidad de pensamiento. Las partes del libro m�s generales y, en cierto sentido, m�s filos�ficas, est�n escritas con gran fuerza y brillantez. El relato propiamente dicho es desigual: gana en inter�s cuando narra la expedici�n a Sicilia, pero a me�nudo se desv�a en pesadas prolijidades sin importancia y poco interesantes. El estilo es con frecuencia duro y tosco, especial�mente en los discursos, y pocas veces elegante. A pesar de todo, leer y releer a Tuc�dides resulta siempre una experiencia memora�ble, porque abord� su gran tema con la mayor seriedad en los prop�sitos y con ferviente moral, no satisfecho de un mero des�cribir e ir contando, sino buscando a la vez en todo momento qu� es lo m�s permanente en el hombre y en la pol�tica, con la firme convicci�n de que la naturaleza humana es inmutable y �lo que importa ante todo� de que su estudio es digna ocupaci�n de la vida entera.
En lo sucesivo, aunque la historia se fue popularizando cada vez m�s y hubo muchos escritores que se dedicaron a ella, esto no impidi� que decayera incesantemente. Ninguna otra de las criaturas engendradas por los griegos abort� tan pronto; despu�s de haber tenido a los comienzos dos figuras geniales, sigui�ronse muchos siglos de mediocres autores a los que ni Her�doto ni Tu�c�dides serv�an de modelos, menos a�n de iniciadores cuyos m�todos y concepciones exigiesen refinamiento y modificaci�n. El estudio serio de la psicolog�a y de la moral pas� a ser compe�tencia de los fil�sofos; la historia degener� en pedestre enumera�ci�n de sucesos o en veh�culo de la propaganda pol�tica y recurso a los sentimientos; el �xito del historiador se med�a por su re�t�rica su pathos, por su capacidad para entretener, antes que por su sentido y su b�squeda de la verdad.
S�lo en raras ocasiones sobresale alguno del mont�n y mues�tra un poco de aquella gravedad y amplitud de miras que carac�terizaba a los dos gigantes del siglo V. Los m�s distinguidos entre estas excepciones, Polibio, que escrib�a en el siglo II a. J. C., y Di�n Casio, de comienzos del siglo III a. J. C., fueron en realidad historiadores de Roma m�s que de Grecia. Tambi�n hay que men�cionar a Diodoro S�culo, que compil� una historia del mundo desde los principios de la cesariana guerra de las Galias (�l era algo m�s joven que Julio C�sar). Su vasta obra fue llamada con pro�piedad Biblioteca de la Historia Universal; Diodoro no ten�a 1a capacidad suficiente para hacer mucho m�s que �recortar e ir pe�gando�, y ni siquiera supo hacer esto con bastante habilidad, pero s� que tuvo, en cambio, la visi�n, rara para su �poca, de una humanidad universal.
Todos estos hombres han de ser tenidos en cuenta imprescin�diblemente por la informaci�n que proporcionan; ninguno de ellos merece ser estudiado como figura literaria, ni siquiera como ex�ponente del arte de la historia.
En el aspecto de lo formal hay que decir que la historia de�cay� r�pidamente por el auge que en la Grecia posterior al siglo y fue tomando el cultivo de la ret�rica. La aparici�n de la oratoria como forma art�stica independiente fue s�lo una muestra del in�vasor mal. Otra muestra palmar�a se dio en la educaci�n; Is�cra�tes triunfaba sobre Plat�n, la ret�rica era ensalzada con prefe�rencia a la filosof�a y antepuesta en los programas de las escuelas superiores que se convirtieron en rasgo caracter�stico del helenis�mo y de la Grecia romana. El sirviente se hab�a transformado en amo; el modo de expresar una idea vino a ser m�s importante que la idea misma. Esto era ya demasiado evidente en el siglo iv, y lleg� a ser lo normal en la edad helen�stica.
De las belles lettres helen�sticas es relativamente poco lo que se conserva, pero no hay raz�n para creer que lo que se ha per�dido habr�a alterado en lo sustancial el cuadro. La vitalidad crea�dora que aquella edad tuvo se volc� preferentemente en la filosof�a y en las ciencias. Hasta en lo mejor de su literatura, sea en los himnos de Cal�maco, sea en los pastoriles idilios de Te�crito o bien en los epigramas amatorios conservados en la Antolog�a grie�ga, se percibe un no s� qu� de fr�o y falto de vida, algo esencial�mente ret�rico y que suena a hueco, por sutil que resulte la cons�trucci�n y preciosa la frase. Los poemas m�s breves abordan de nuevo los asuntos individuales y privados, como lo hac�a la lite�ratura arcaica, y esto mismo acontece con la prosa tard�a de las narraciones noveladas de amores y aventuras, como Dafnis y Cloe. Pero con una diferencia: la pasi�n ha quedado reducida a sentimentalismo; los personajes, a figuras de molde menos vivas a�n y menos aut�nticas que las de la Comedia Nueva; su mundo, a un pa�s de infantiles ensue�os y maravillas. Arqu�loco y Safo se abrazaban a la realidad, la estrechaban por el cuello; Meleagro y Longo se escapan de ella, prefieren el erotismo y el darse a habili�dosas descripciones coloristas. S�lo alguna que otra rara excep�ci�n rompe la monoton�a. Plutarco, brillante ensayista y bi�grafo, erudito de poderoso aliento que consigui� hacerse con algo del gusto y de la profundidad que hab�an caracterizado a la para entonces ya muerta civilizaci�n cl�sica, a pesar de la abrumadora carga que su propio tiempo le impon�a y a pesar tambi�n de una inconveniente indiferencia suya para con lo que nosotros (o Tu�c�dides) llamar�amos la verdad hist�rica. O Luciano, entre todos aquellos escritores, el, m�s asombroso recreador (en el sentido biol�gico): un ret�rico profesional que se ganaba la vida, al menos en parte, dando recitales p�blicos, y que por medio de agud�si�mos escritos se mofaba de la afectaci�n e hipocres�a de su �poca, especialmente en materias religiosas y de filosof�a popular, em�pleando un lenguaje y un estilo que no desmerec�an de los de Arist�fanes. Nada extra�o es que no se le estimase mucho en la fr�a y autocr�tica �poca de los emperadores Antoninos; otra cues�ti�n ser�a la del olvido al que se le suele relegar.
El inconfundible matiz libresco que se percibe en todos aque�llos escritores era el que pod�a esperarse de una edad cuya con�tribuci�n a la literatura la formaron sobre todo los trabajos de erudici�n.
Orientados por la Biblioteca y el Museo que fund� en Ale�jandr�a Tolomeo I, uno de los generales de Alejandro Magno que estableci� en Egipto la dinast�a macedonia, los sabios hele�n�sticos trataron de reunir todo el corpus de la literatura griega, la fueron catalogando, fijaron de manera bastante razonable sus textos, elaboraron las reglas de la gram�tica y de la composici�n y llevaron a cabo muchos otros servicios parecidos. Con todo y ser de gran valor, esta tarea representaba otro tipo de intereses muy diversos de los que supon�a aquella actividad literaria que hab�a distinguido a la H�lade desde la �poca de Homero en adelante.


En FINLEY, M. I. Los griegos de la antig�edad. Labor S.A., Colombia (1994)
Se refiere el autor a Samuel Johnson, literato ingl�s (1709-1784), hom�bre de vasta cultura y proverbiales elocuencia e ingenio, suprema autoridad ling��stica en la Inglaterra de su �poca. (Nota del T.)
[3] En la traducci�n de este pasaje de P�ndaro sigue siendo muy aceptable la versi�n de D. Albino Mercarini, por lo que la reproduzco permiti�ndome sus�tituir tan s�lo su �Marte> por Ares y su �Diana� por Artermis, cambio que no altera el ritmo. (Nota del T.)

 

 

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