No se como llegué aquí. Ni siquiera sé cuando.
Lo que recuerdo de cuando llegué a este lugar (si se lo puede llamar lugar) es que era
completamente oscuro, no podía ver mas allá de mis manos, ni percibía olor o sonido
alguno. Creo que mis sentidos estaban embotados por tamaña negrura. Tanto, así, que ni
siquiera sentía el contacto con el suelo, donde debían de sustentarse mis pies. Al mirar
hacia abajo solo vi mas oscuridad, las tinieblas eran sumamente densas.
En mi turbación intenté aferrarme algo, solo se me ocurrió gritar. Grite y mi grito se
perdió en el vacío infinito que lo abarcaba todo. Traté de huir, de correr en cualquier
dirección, y mis pies no hacían contacto con superficie alguna sobre la cual impulsarse.
Aún en el mejor de los casos podría haberme deslizado un poco, pero tampoco llegaría a
ningún lado, no se veían paredes ni principio ni fin al abismo en el que me encontraba.
Grite otra vez, con mas fuerza, desesperado, anhelando oír al menos mi voz, para
asegurarme de estar en posesión de mis facultades. Nada, solo sentí moverse mis labios y
un chillido sordo que emanaba de ellos.
Por tercera vez lancé un alarido de terror.
- Ya deja de hacer eso - dijo, molesta, una voz a mis espaldas.
Una mezcla de emociones que oscilaban entre la ilusión y el terror invadió mi ser.
Ilusión al saber que no era el único allí.
Y terror.
Terror de no ser el único en ese sitio, de estar acompañado por, Dios sabe, que extraña
criatura, moradora de tan abominable paraje, sin espacio, y tal vez, sin tiempo. Pero
también sentía terror al considerar otra posibilidad, tanto o mas aterradora que la
primera: tal vez la voz sólo existía en mi cabeza, quizás estuviera imaginándome esa
necesaria compañía. ¿Había perdido, finalmente, la razón?
Grite una vez más.
- Que te calles, maldito llorón. Nada lograrás chillando de esa manera - increpó la
voz.
- Oh, ya déjalo, pronto se le pasará, cuando comprenda que todo lo que haga es en vano -
recriminó una segunda voz.
Haciendo acopio de fuerzas giré sobre mis pies, que curiosamente respondieron a la
perfección, hacia el sitio de donde provenían las voces. Hasta ese momento no me había
atrevido siquiera a mover la cabeza en esa dirección.
- ¿Qui...quien dijo eso? - pregunté mientras me deslizaba sobre los talones.
- Somos espíritus malvados y estás en el infierno - respondió alguien, que reconocí
como la voz que había hablado en segundo lugar.
- Déjate de estupideces - reprimió alguien, que deduje, había sido quien me mandó a
callar cuando grité. - Y tu, llorón, ¿acaso no puedes ver o es que tienes los ojos
cerrados por el miedo?
Comprendí que mi pregunta había sido estúpida.
No alcancé a detectar el origen de la luz, en realidad no había luz alguna, lo único
que veía, aparte de a mi mismo era a las demás personas que estaban en esa nada conmigo.
Vi los rostros de quienes me habían hablado. Pude ver un hombre fornido de cabeza enorme
y anchos y musculosos hombros, que esbozaba un sonrisa burlona, fue el que me dijo esa
cosa de los espíritus. También a una mujer que fue quien me habló por primera vez,
tenía un brillo extraño en los ojos, cabellos canos y su semblante manifestaba infinita
sapiencia y sufrimientos, acumulados a lo largo de miles de años.
- ¿Quiénes son ustedes y qué hago aquí? - pregunté, abriendo enormemente los ojos.
- Me llaman Dorian - respondió la mujer -, y estos son Walter y Howard - dijo, haciendo
un ademán con la mano que abarcó, primero, al hombre musculoso y a un niño en el que no
había reparado hasta ese momento.
- Respecto de que haces aquí, eso no puedo respondértelo, ni tampoco ellos. Teníamos la
esperanza de que tu supieras algo, hasta que te pusiste a chillar como marrano. Ni Howard
hizo tanto berrinche cuando apareció, como tú.
- ¿Qué diablos es este lugar? ¿Dónde estamos? - alcancé a preguntar. Parecía que lo
único que podía hacer, era preguntar para intentar comprender, algo de todo aquello.
- Este es el infierno, muchacho - dijo Walter. Y en su voz apareció un dejo casi
imperceptible de tristeza que no concordaba con su seño fruncido y su mandíbula tensa.
***
Mucho tiempo, calculo, pasó desde entonces. Supe que Dorian tendría unos treinta y
cinco años, Walter algo mas de cuarenta y Howard, que rara vez decía algo, ocho.
Yo no sabía mi edad, apenas recordaba mi nombre. Era algo extraño. Me sentía como una
de esas personas que se dan un golpe en la cabeza y se despiertan con amnesia, recordando
solo ciertas trivialidades, como el año que el hombre llego a la Luna o la melodía de La
Marsellaise, pero sin saber nada acerca de las circunstancias en que las habían
aprendido.
- Es normal - me indicó Dorian - al llegar acá apenas podía recordar mi nombre, lo
mismo que Walter.
- Así es - asintió el hombre - y te llevará tiempo aprender sobre ti, antes de llegar
acá. Pero no te preocupes, tienes toda la eternidad para hacerlo. Como ya sabes, no hay
modo de salir de esta maldita oscuridad.
- No hay forma para nosotros - corrigió Dorian -, Howard suele salir y entrar cada
ciertos periodos, pero no nos dice como lo hace. Creo que ni él lo sabe.
Dejé que estas últimas frases llegaran a mi cabeza e interrogué nuevamente - pensé que
tú, Dorian, fuiste la primera en llegar aquí.
- Nosotros también lo creímos - dijo Walter - hasta que Howard hizo su primera
"salida".
- Es cierto - confirmó Dorian -, cuando Howard apareció por primera vez, pensamos que
sería su primera llegada, hasta que una vez se desvaneció ante nuestros ojos. Al tiempo
regresó y volvió a desaparecer un par de veces mas desde entonces. No puedo asegurar que
haya estado, o no, antes de mi.
- Entiendo - dije. - Sería posible que el niño nos explique el modo de salir de este
abismo, ¿no lo creen?
- Imposible - gruño Walter - nunca nos dice una palabra sobre eso.
Nuevamente mi mente se vio tentada por la posibilidad de la locura. ¿Y si era así?, si
realmente estuviera loco sería un alivio, no tendría plena conciencia de lo que me
estaba pasando, pero...no, no cabía esa posibilidad. El abismo era real, hasta donde
puede ser real algo intangible, las demás personas conmigo también lo eran, y lo peor de
todo, el dolor y la agonía de estar allí, eran terriblemente reales.
Tal vez, después de todo, esa ominosa oscuridad sí fuera el infierno. Quizá el infierno
y, por contraste, también el paraíso, fuera un estado al que accede la mente (alma,
espíritu, ser no corpóreo, o como se lo quiera llamar), luego de que el cuerpo muere.
Tal vez esté muerto y haya ido a parar al abismo eterno. Pero, por qué no recordaba nada
de mi vida, por qué estaba condenado a tan tremendo martirio. Sentía que mis
especulaciones cobraban fuerza a medida que el tiempo transcurría. ¿Qué otra cosa
podría ser este sitio, sino la mismísima prisión de las almas?
***
Como dije, mucho tiempo pasó desde que llegué. No sabría decir cuanto, no tenía
modo de medirlo, sino por el incremento de mi desesperación, la tortura de mi mente, el
cansancio de todo mi ser ante la inconcebible idea de no poder, ni siquiera morir de
angustia.
Al tiempo vi una de las desapariciones de Howard, también su regreso. No había nada de
espectacular en ello. El niño se desvanecía como una niebla y de repente no estaba mas.
Cuando regresaba aparecía tan imprevistamente como cuando se iba.
***
- Me llamaban la bruja Dorian - me contó la mujer en una ocasión. - Solía participar
en todo tipo de cultos y sectas. No se el motivo, pero siempre sentí una extraña
atracción hacia ese tipo de cosas. Con quienes me acompañaban en esas atrocidades,
llegamos hasta matar y comer ratas que cazábamos durante nuestros estados de trance -. Si
hubiese sentido mis tripas, se me habrían revuelto, pero a esa altura de las
circunstancias, ya nada me asombraba.
- Yo me deleitaba asesinando mujeres - dijo Walter en esa ocasión, luego de mi pregunta
sobre sus recuerdos, y un brillo extraño y veloz surco su rostro como un relámpago, o
quizás solo fue mi parecer. No quise hacer mas preguntas al respecto, tampoco parecía
que Walter tuviese ganas de hablar de ello. Lo único que agregó fue que era lo único
que recordaba aparte de su nombre y que eso lo mortificaba continuamente. Todos
compartíamos su pesar, todos los que estábamos en medio de esa nada, pasábamos nuestra
existencia (o inexistencia) sufriendo el terrible tormento de estar en ningún sitio, sin
posibilidad de huir o de morir a ese tormento, aunque sea por piedad. O al menos es lo que
parecía, Howard tampoco se veía contento de compartir el vacío con nosotros y todo el
tiempo se la pasaba acurrucado en lo que, si hubiese habido paredes o referencia espacial
alguna, sería un rincón. En una ocasión logré sacarle unas palabras.
- Niño - le dije - ¿tienes alguna idea de por qué estamos aquí?
- Todos tienen lo que se merecen - me respondió, con voz átona. Prosiguió: - Tanto en
la existencia anterior como en esta y en la siguiente, todo el mundo obtiene lo justo.
- ¿Qué quieres decir? - pregunté intrigado.
- Lo dicho. Si no te basta con una existencia, pasarás a la siguiente y así hasta
alcanzar tu, llamémoslo, cuota.
- ¡Será mejor que te expliques! - exclamé desesperado - ¿Estás diciendo que estamos
aquí para pagar por lo hecho durante nuestra vida? ¿Cómo rayos voy a pagar por lo que
ni siquiera sé que hice?
- He ahí el asunto - dijo y en ese momento desapareció. Jamás regresó.
Al tiempo, supongo que siglos después, también desapareció Dorian. Cuando casi nos
hubimos olvidado de ella, le llegó el turno a Walter.
Yo aún espero mi perdón, todavía no recuerdo mi vida, o mejor dicho, mi existencia
anterior. El terror sigue invadiendo mi mente. La locura está fuera de discusión. Ni
siquiera tengo compañía, ni puedo ver mas que mi propio cuerpo. Pienso esto mientras el
paso de los días, años o siglos, a estas alturas ya no importa el tiempo, sigue su curso
y mortifica un poco (solo un poco) más, mi ya excesivamente, torturada alma. No espero
que alguien llegue a conocer lo que me ocurre, ni tampoco deseo que persona alguna caiga
en semejante demencia, solo lo recuerdo, como lo hago cada tanto, para amenizar mi
agonía.
Gustavo Fuentes (UnderCode)