por DECKARD.
El pequeño Thomas nació a las afueras de Dublín en la agradable primavera de 1842.
Thomas pasó seis años, los seis primeros años de su vida, como todos los niños los
pasan: descubriendo el mundo con emoción y prisa. Los 16 siguientes los pasó
mágicamente embrujado, conservando su edad infantil, como la simpática e inocente tacita
de "La bella y la Bestia".
Un fatídico día, su señor se liberó de la maldición y, después de 16 años siendo
taza, olvidada ya su condición humana, Thomas se vio condenado a recuperar una vida que
no recordaba y a perder la que hasta entonces había sido su única y verdadera vida.
Desde ese momento, Thomas pasó lo que le quedó de existencia intentando volver a ser
taza. Dedicaba la mayor parte de las horas del día a recojerse en cuclillas en un
pequeño ovillo y concentrarse fuertemente en visualizar una taza, él mismo. Solía pasar
también largos ratos mirando fijamente pequeñas tacitas de té o balanceándose en
alguna silla o sofá tarareando una canción ininteligible (motivo por el cual esa
canción no aparece en el musical que adapta esta hermosa historia; nadie supo jamás qué
cantaba Thomas). Tal obsesión enfermiza le condujo a la locura, y ésta a una temprana
muerte a la edad de 12 años, después de 28 años de vida, 12 como niño y 16 como taza.
Sus padres, que jamás compartieron su dolor por la vuelta a la humanidad, antes bien, lo
celebraron con profundo júbilo, nunca comprendieron el desgarro de aquel niño condenado
a serlo (y no ser taza por ello) y, cuando nació su segundo hijo, John Scott, abandonaron
cualquier intento de consolar a Thomas y lo dejaron solo, preso de la melancolía y la
desesperación, en un sórdido manicomio donde, en la madrugada de un frío 25 de
diciembre, Thomas murió tumbado en su catre, alcanzado por fin su sueño de volver a
cantar con su voz atiplada de fina tacita de porcelana.