CAPÍTULO XIII: ¿HASTA DONDE LLEGA EL VASTO ESPACIO?

 

Tras la sorpresa inicial, los tripulantes y pasajeros de la Twingo se calmaron un poco. Bueno, todos no. Carlos Iribaituren no podía calmarse por la sencilla razón de que estaba inconsciente. Belén fue en busca de Nacho para pedirle ayuda. Lo encontró en los servicios, refunfuñando por haberse quedado a medias de su ducha y porque no había podido enjuagarse bien el cabello de jabón y le iba a quedar apelmazado.

Ambos se dirigieron al cubículo donde Iribaituren se hallaba tendido. Allí, en el frío suelo de la nave, con el rostro muy pálido, Carlos respiraba rítmicamente.

Entre los dos, y no con poco problema, trasladaron el desmadejado cuerpo de Carlos al catre.

Nacho se sentó en el borde de la pequeña cama y contempló a Iribaituren. Estaba tan pálido a la luz de la vela, que Nacho se sintió bastante preocupado. Cogió la inerte mano y la sostuvo entre las suyas, deseando que Carlos se repusiera pronto. A pesar de sus divergencias, todas basadas en mal interpretaciones de Carlos, Nacho le consideraba un amigo. Un amigo que le había sacado de aquel infecto asteroide. Pero en especial esperaba que se recobrase pronto porque él se veía completamente incapaz de habérselas con la nave y con los problemas que, seguramente, se avecinaban.

 

 

Belén volvió al baño y rebuscó en el botiquín. Desde luego los barbitúricos serían de poca ayuda y las tiritas tampoco servían para nada. Cogió vendas, esparadrapo y algodón, y rescató un bote de cristal etiquetado como "árnica". Recordaba que en los cómics de Zipi y Zape siempre usaban el árnica para curarse los chichones. Debía ser útil para curar a Carlos, sin duda.

Antes de volver al cubículo, cogió otra vela, la encajó en otra botella vacía y pasó por la enfermería. Los tres enfermos estaban sentados en el suelo, sobre sucias esterillas, mirándose con cara de póker.

 

Cuando Belén entró en el cubículo-dormitorio, Nacho se apresuró a soltar la mano de Carlos, no fuera que su gesto se interpretara de forma equívoca. Belén dejó lo que llevaba sobre una pequeña mesita.

Belén curó con mimo y con árnica el chichón de Carlos, que cada vez parecía más un huevo de pato y menos un chichón, y le vendó la cabeza de forma experta. Otra cosa no, pero vendar...

 

Gustavo Aníbal se despertó de su siestecilla y quedó sorprendido por la penumbra que lo envolvía. Y digo penumbra porque, a pesar de que el corte de energía había afectado a los paneles lumínicos - también conocidos como pantallas fluorescentes, aunque esto último suena más prosaico - y al suministro de agua caliente y calefacción, la pantalla que presidía la sala de mandos estaba encendida. Por una vez, y sin que sirviera de precedente, la imagen aparecía nítida, libre de nieve o parásitos electrostáticos (muy comunes en la moderna navegación espacial).

La hermosa imagen de un planeta de color turquesa ocupaba el centro de la imagen. Podría haberse creído que aquel planeta era, ni más ni menos, que la Tierra. Un planeta que en el pasado se había ganado el apodo de "el planeta azul". Pero Gustavo, que entendía poco de astronomía pero conocía los rudimentos básicos gracias a sus clases en el C.P. Cosculluela (Centro de Primaria), supo en seguida que no era su planeta natal. Y no porque Gustavo tuviera un sexto sentido o una innata virtud de adivinación. Si no porque la Tierra hacia mucho tiempo que ya no era azul, mucho menos de color turquesa. Ahora, y verificado por todas las fotos que llegaban constantemente a la Estación, era un planeta gris y marrón, gracias a la contaminación y a la deforestación.

Y si aquella no era la Tierra... ¿Dónde demonios estaban?

Sumido en sus cavilaciones, Gustavo Aníbal no oyó a Nacho cuando este entró en la sala. Sólo se dio cuenta de que había entrado cuando Nacho se precipitó hacia la pantalla y gritó:

 

Capítulo dedicado a mi compañera Conchita (ella sabrá el porqué) y al grupo de es.rec.ficcion.misc de los grupos de noticias en Internet (si tú no tienes servidor de noticias, puedes visitarlo en www.aforo.com)

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