BAJO LA DOS

 

Susana García

Octubre 2000

 

 

    Las cosas más raras no ocurren en lugares exóticos. O no como regla general. Muchas veces –y seguramente más de las que nos gustaría pretender- esas cosas inexplicables, o inauditas, o simplemente extrañas, pasan en los lugares que para nosotros son familiares, en los que jamás esperaríamos que ocurriera nada que esté fuera de los límites de la razón. Desafortunadamente, y como tuve que comprobar en mi propia piel, nuestra realidad, nuestro presente, nuestra cotidianeidad está repleta de "agujeros" –por llamarlos de alguna manera- que nos llevan a unas realidades que nada tienen que ver con lo que se supone que debería ser lógico.

 

    Imagino que no he revelado nada con mis palabras, así que lo más razonable –si es que me queda algo de razón después de todo- es contaros porqué llegue a estas conclusiones. Si alguien cree que todo esto es mera ficción, muy bien. Pero si algún día se encuentra en una situación semejante, entonces sabrá que, al igual que me pasó a mi, ha caído en el otro lado de la realidad. ¿Menos realidad? No, sólo diferente.

 

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    Era viernes. Y como todos los viernes, había bajado al mercado de la Boquería ha realizar las compras de carne y pescado de la semana. Aunque esto pueda sonar raro a algunas personas, os aseguro que hay un buen número de gente que lo hace, aunque no justamente el viernes. El viernes y el sábado, eso sí, son los dos días de la semana en que el mercado está rebosante de clientes –sobre todo si es final de mes y la gente ya ha recibido la paga- y probablemente son los dos días en los que más gente de "fuera del barrio" se acerca al mercado para hacer compras semanales. Como yo.

    Salí del mercado por el acceso de La Rambla –de las flores- para ir a buscar el metro en la parada de Liceo. Las Ramblas estaban, como todos los días, muy concurridas aunque por ser invierno, había pocos turistas extranjeros. Me detuve frente a una de las populares estatuas vivientes que forman parte del panorama de esta avenida barcelonesa. Generalmente no me detengo, ya que viviendo en Barcelona –y bajando a menudo por la zona- es algo que ya no consigue sorprenderme. Pero esta vez, aunque no me sorprendió, reconozco que me produjo curiosidad.

    La estatua viviente era un hombre joven, quizá entre 30 y 35 años, pero no me hagáis caso porque no soy muy hábil para adivinar la edad de las personas. Como digo era joven, y eso se podía fácilmente adivinar por la tersura de las carnes prietas del personaje. Y, claro, era fácil adivinar esa parte ya que el chico sólo vestía un taparrabos diminuto que cubría justo aquello para lo que había sido fabricado. Una tirilla fina de cordón bajaba de su cadera y se introducía entre las nalgas magras y prietas del joven. Su cuerpo estaba untando con algo que se asemejaba a arcilla y sus cabellos, sucios o presuntamente sucios y enmarañados, eran largos y salvajes. No me detuve porque acababa de ver un tío bueno en tanga. Tampoco porque estuviera muy quieto bajo los 10 grados de temperatura con tan poco abrigo. Me detuve porque su figura era la reencarnación de un hombre primitivo y me pareció que estaba tan conseguido su disfraz que era digno de elogio. ¡Dios mío! Con lo aficionada que soy a las novelas de la prehistoria, como "El clan del oso cavernario" de Jean M. Auel, y encontrarme cara a cara con el que podría muy bien haber sido la imagen de Jondalar –uno de los personajes de la saga escrita por esta autora-. Por eso me detuve y me quedé quieta contemplando la que para mi era una maravillosa caracterización. Reconozco que por aquel entonces estaba enfrascada leyendo la tercera parte de la tetralogía de Auel a la que aludo y, sin duda, me sentía atraída.

 

    De todas formas, desperté de mi ensoñación y dejé caer en el canastillo artesanal, que tenía a sus pies, las monedas que me habían sobrado de la compra. No sé cuanto había, pero era todo lo que me quedaba encima –salvo la tarjeta del metro- y se lo eché. Y como pasa siempre en esas ocasiones, cuando la estatua viviente escucha el tintineo del dinero cayendo, la estatua se movió, cambiando la posición en la que estaba. Volvió a quedar inmóvil y yo reanudé mi camino, cargando con las cestas de la compra.

 

    Bajé las escaleras del metro, en las que siempre sopla un fuerte viento. El vestíbulo es pequeño y casi nunca hay nadie en la taquilla, pero eso ya está siendo algo habitual en el metro de nuestra ciudad desde que se instalaron las máquinas expendedoras de tarjetas y billetes de viaje. Metí mi tarjeta en la ranura y, después de los ya conocidos ruiditos de impresión, esta salió por el otro lado, cancelando un viaje y permitiéndome acceder al andén.

 

    Como vivo en Dos de Mayo, en el pasaje Vintró, siempre hago transbordo en Paral·lel. Y allí cojo la línea dos del metro. Es una línea que utilizo a menudo para mis desplazamientos. Lo cual es lógico porque no tengo coche y el metro está prácticamente a cinco minutos de mi casa. Quizá un poco más. El transbordo es muy rápido en esa parada y tuve la suerte de que el tren llegara al andén de la dos en el mismo momento en el que yo bajaba los últimos peldaños de la escalera.

 

    Ningún otro acontecimiento emocionante ocurrió durante mi trayecto hasta casa. Allí me desplomé sobre el sofá, dejando las bolsas en el suelo, a mi alrededor. Estaba cansadísima. Había comprado algo más de lo normal –porque venían varios días de fiesta y, con toda probabilidad, tendría invitados- y las bolsas pesaban lo suyo.

    Lo malo fue que, al levantarme y dirigirme hacia la cocina con las bolsas, ya repuesta de mi cansancio, tuve la mala fortuna de tropezar con la mesilla de café. A la mesilla no le pasó nada pero al pobre dedito pequeño de mi pie izquierdo sí. El dolor fue tan agudo por un momento que me sentí mareada, solté un grito y dejé caer las bolsas. Un ruido de rotura me dijo que los huevos habían terminado por convertirse en un amasijo de claras, yemas y cáscaras, pero en ese momento no estaba para preocuparme por tan nimio detalle. El dolor del dedo me recorrió la pierna, llegó hasta la espalda y casi me deja fuera de juego. Sin prestarle ninguna atención a las bolsas desparramadas en el suelo, salí corriendo, a la pata coja, hacia el lavabo. Sumergí mi pobre pie en agua fría, en el bidé, y dejé que esta corriera sobre el dolorido dedo que ya cogía un tono morado.

    Aquella tarde había planeado bajar a Sant Antoni, al mercado. Había vivido una larga temporada en aquella zona y estaba acostumbrada a comprar allí mi ropa y otros complementos. Y me gustaba hacerlo, caminar por los estrechos pasillos del mercado, mirar las tiendas, decidir, probarme la ropa en un minúsculo vestidor improvisado. No sólo me gustaba comprar ropa si no disfrutar de aquello como si fuera una pequeña excursión. Pero con el pie en aquellas condiciones no sabía si sería capaz de andar mucho. Y mi excursión de compras siempre me tomaba un par de horas.

 

    Calzada con zapatillas y cojeando sin remedio, me dispuse a guardar todas las viandas en la nevera. Salvo los pobres y despachurrados huevos, nada había sufrido percance alguno con la caída de las bolsas. Preparé la comida –para mi sola, porque mi marido nunca viene a comer a casa- y me senté en la mesa con mi plato de espaguetis, con el mando a distancia en una mano haciendo zapping a ver que había de nuevo en la programación de la televisión.

    El dolor agudo del dedo se había convertido en un dolorcillo sordo y constante pero no me molestaba demasiado, así que comencé a animarme, ya que quizá no sería tan imposible que por la tarde fuera de compras. Además, desde que me había quedado en paro, casi nunca podía permitirme el lujo de comprarme ropa nueva y la oportunidad de hacerlo no quería, ni por un momento, perdérmela. Descansaría y a las cinco y media me pondría en camino.

 

    Creo que me quedé dormida en el sofá, porque cuando abrí los ojos ya había terminado el programa que habían estado retransmitiendo cuando me senté en el sofá a tomar el café. En la pantalla, un hombre de mediana edad y una chica joven discutían. Cerré el televisor con el mando y me levanté. El dedo, al apoyar el pie en el suelo, me sacudió un instantáneo ramalazo de dolor que no esperaba. Eché un vistazo y comprobé que estaba algo hinchado y de un feo color morado oscuro. Aún así, decidí vestirme y bajar a Sant Antoni. Me pondría calzado cómodo y descansaría.

Mandar continuación.
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