El mensajero

       
A mi abuela, Zoila Garc�a de la Paz Am�rica Ana
          nacida en julio de 1902.


La noticia estaba en el tiempo,
en la manera de recorrer el monte con sus artima�as.
Las palmeras, a flor de piel,
sacud�an el estampido con manos tan cansadas,
como el p�ndulo sonando
        tras la puerta.

Del mensajero,
la voz cruzando llanuras en un parpadear;
la se�al, ser�a lanzada sobre los mares
y en su destello,
recoger�a tambi�n un poco de caminos desvastados
por la extrema soledad.

�Qui�n dijo del anciano e hijas naciendo
            en tiempos grises y
            monumentales?
El piano y su sordera de batallas
redoblaba en el pecho cuando ella ven�a a la luz
y cruzaba la verja
mientras danzaba el reloj
y el viejo �a hac�a girar por otra eternidad,
con el flujo y reflujo de la marea.

Llegaba el recuerdo con el mensajero
sacudiendo la sangre que habr�a de venir
marchando tambi�n sobre los adoquines,
ondeando su cabellera al viento.

Y como la noticia aguarda
c�mo olvidar aquel instante,
aquella fatuidad inconmovible que reposa
tocando a la puerta,
            de vez en cuando,
como una ilusi�n.

               
      
     Natacha Perdomo Berm�dez
Romance del pinar


La luna fisgona vino
con su desnudez de vidrio,
desvel�ndose la noche
con t�nue sombra de pinos.

Ella me esperaba alerta
toda llena de suspiros
y nos confesamos cosas
entre cari�os y mimos.

Se apagaron las palabras.
El murmullo de los pinos
fue la m�sica de fondo
sin consonancia ni ritmo.
Y luego entraron los besos
y el mundo se me hizo �ntimo
y pude gozar en ella
lo concreto y lo infinito.

Se eclips� todo su cuerpo
cristalino de suspiros
y se me qued� desnuda
entre los brazos. �Vivimos
momentos aquella noche
con reclamados abismos
jinetes de horas sin sue�o
con espuelas en delirio!
Nos quisimos sin fronteras
en aquel pinar anfibio.

�Qu� temblor el de su vientre
de sombra y de luna fr�o!
�Qu� alegr�a el de sus muslos
en eterno regocijo!
�Qu� regusto de sabores
sus pechos estremecidos!

Aquellos fueron momentos
de razonados instintos
cuando los dos nos amamos
al arrullo de los pinos.

El h�lito de la noche
nos volvi� a lo conocido.
La luna escondi� la cara
envidiosa, al despedirnos,
y las estrellas bailaban
al son de un tambor de grillos.

       
       
Guillermo Arango
       
Cancionero de Jagua
Milagro de las rosas


S�lo una vez me regalaste rosas:
s�lo una vez, y fue por vano orgullo,
pues temiste perder lo que era tuyo...
�tuyo a pesar de tantas tristes cosas!

Yo las vi deslumbrantes, tan hermosas,
que olvid� de repente tu desd�n,
y la noche esfum�se en un vaiv�n
al arrullo del canto de las rosas.

Rojas almas de flores ya marchitas
en un viejo caj�n de favoritas
remembranzas sagradas del Dolor:

hoy hall� vuestros p�talos ajados
como rayos de sol resucitados
al conjuro furtivo del amor.

               
              
Ivonne Mart�n
Hosted by www.Geocities.ws

1