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A Jorge Mata y sus paquetes rebeldes
Un estigma. Un cristo bailar�n. Apenas una mancha. Hemos errado y hemos andado errantes. La palabra tambi�n ha de dejar su rastro. Su huella como de sangre y �xido y salitre. Oficios de cuando la palabra y el ojo se encontraron En la isla o en el exilio sobre los vendavales. Restos del tiempo y el acoso. Una virgen de regla Que se ha lanzado a la intemperie En balsas o en bultos postales. Una virgen de regla que no ha podido siquiera Salvarse de los naufragios y las desolaciones. Los paquetes rebeldes que a veces van llegando Nos dan calma y tambi�n nos desarraigan. Yo mismo a veces he ido construyendo Esta casa sobre la tormenta con libros que me env�an Ladrillos de aquella otra biblioteca que en la isla fue Lugar de tertulias frecuentes y remotas. Con cada libro que llega me apertrecho Es decir me vuelvo m�s distante Es como si con el peso de la memoria que regresa como un bumerang La residencia en el limbo dejara de ser leve. Yo he estado con cada env�o reconstruyendo Alba�il de una morada que atraviesa lo et�reo Para recomponerse. Isla que se difumina Alg�n d�a me traer� tambi�n las losas Y el repello de las paredes y el balc�n �nfimo Que daba a un mural de dioses yorubas y palmas voladoras y a un parque y a un bar y a una calle En fin a una ciudad que me traje conmigo. Yo se que sin mi la ciudad ya no es la misma O por lo menos quiero pensarlo.
Joaqu�n Badajoz |
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ORG�A DEL MIEDO
Todos tenemos miedo
bajo esta lluvia que ha comenzado a caer.
Se nos hizo un nudo en la garganta
la flor que un d�a inventamos como ni�os
y no deja pasar la primavera.
Alguien est� tocando a la puerta de mi casa.
Viene a provocarme los auxilios rezagados
a citarme para el gran fest�n de los pensantes.
Y yo no abro.
Me quedo suspirando todav�a enmudecido
todav�a con los huesos dislocados
con los huesos que se han negado a sostener
mi voluntad.
Alguien me llama tambi�n desde adentro
y me atormenta con el derrumbe
de las cosas
que so��.
Alguien me persigue por la casa
a la hora del ba�o, a la hora de las comidas,
a la hora de los hijos, a la hora
de dormir con mi mujer
que tambi�n me persigue con su miedo.
Santiago de Cuba, 1989
Del libro Los �ngulos del silencio,
Trilog�a po�tica, Espa�a, 2000 |
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SAN VALENTIN
A primera vista que nos conocimos nos enamoramos en San Francisco.
Juntos hablamos, comimos juntos, juntos paseamos en San Francisco.
Son veinticinco a�os de cartas y de poemas. Hemos viajado por todo el mundo sin vivir juntos.
Hay una cola, hay una goma que nos apega.
Somos un chicle, somos la boca que no se toca.
Somos unidos por esos ruidos de San Francisco.
Jorge Rodr�guez Florido |
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