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FINAL DE UN VIAJE
para Ren� Cifuentes
Estremecido a veces por el peque�o gesto de las aguas, es un buque tranquilo en medio de la bruma.
Su presencia en calma es absoluta, detenida en s� misma.
Sus cuerdas y sus anclas y su sellado cargamento se han quedado guardados en la segura oscuridad; su velamen existe, pero el viento lo olvida.
El aullido voraz de las aves del cielo pasa cerca en su curso y se pierde en la noche.
En la cubierta no resuenan voces ni se distinguen cuerpos, ni hay pensamientos ni agon�a ni a�oranzas.
Las viejas maderas lo hab�an presentido: no iba a haber desembarco.
A lo lejos, muy lejos, la costa est� cubierta por las llamas.
Reinaldo Garc�a Ramos |
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EL TAO
Un hombre es un p�jaro que atraviesa una sala iluminada de la noche a la noche. Sus plumas heladas prendidas de la l�mpara Provocar�n destellos fugaces. Encanto ef�mero de una pieza en un acto. Pero un hombre es un animal finito, que canta sus glorias, que alaba sus prisiones. Su �nica victoria aut�ntica es su miedo. Trata de poseer porque se siente pose�do. Es infiel porque es fr�gil. Mata y miente porque una sombra augusta le persigue. Ha inventado un Dios que desconoce, un poder que se alimenta de su angustia. Todo su fracaso acaso est� en la vida; pero el hombre se excusa tras la muerte.
Joaqu�n Badajoz |
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LA SARTA DE PERLAS
La lluvia me avisa la hora de los recuerdos. Son las tres de la tarde y siempre a esta hora llueve. Oigo las gotas sobre el tejado, unas veces r�pidas, en caravana, que parecen llenar las hondonadas de mis espacios solitarios.
Otras, lentas y cadenciosas, susurran canciones de cuna en los recovecos de mi historia.
Una vez cre� que ya no llover�a y casi me pierdo por dentro.
Saqu� las manos, t�mida... Dos gotas, como canicas, las rebosaron... Y la lluvia se convirti� en perlas que adornaron mis horas.
Despu�s, no s� qu� pas�. La lluvia ces�.
S�lo quedaron, sudando, las canaletas que vienen de los techos y -afuera- un �rbol casi sin hojas, que ten�a en la punta de sus ramas una sarta de perlas.
Lily Rodr�guez |
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