Alberto Núñez Feijóo tiene poderosas razones para tapar las
siglas del PP de sus carteles y, sobre todo, para mostrarse lo menos posible en
la campaña electoral junto a Mariano Rajoy. El desgaste del presidente es tan
enorme que, si las elecciones del 21 de octubre son un test sobre la gestión del
Gobierno central, el PP tendrá problemas para conservar Galicia. La fidelidad de
sus votantes se ha desplomado y solo la mitad de los que apoyaron al PP
volverían a hacerlo ahora.
Según la encuesta de Metroscopia para EL PAÍS, el PP ha perdido en España 14,7
puntos desde las generales del 20 de noviembre de 2011 y sufre el rechazo
ciudadano a su gestión, incluso entre los que le votaron entonces. Ese desgaste
se traslada a la estimación de voto y a la valoración de todo el Ejecutivo,
empezando por la del propio presidente, que no deja de perder credibilidad a
chorros.
Cataluña y España: las otras vocesEl 77% de los ciudadanos comparten los motivos
del 25-SEl mito del recelo hacia CataluñaUna vez más, no obstante, el PP tiene
el atenuante de que el PSOE es copartícipe de ese desgaste, porque los españoles
siguen responsabilizando por igual de la situación a los dos principales
partidos. De hecho, nunca antes la suma del porcentaje de voto de populares y
socialistas se había quedado solo en el 53,8% del total, repartiéndose el resto
entre otras opciones y, sobre todo, la abstención. Si se celebraran elecciones
generales en este momento el PP tendría el 29,9% de los votos y el PSOE el
23,9%. Para los socialistas sería el resultado más bajo de su historia, 4,8
puntos menos que el logrado el 20-N y que ya les llevó a la situación de
depresión profunda en la que viven. De cara a las elecciones gallegas del 21 de
octubre, al PSOE solo le salvaría que a los votantes les pueda más el deseo de
castigar a Rajoy, porque en este momento tiende a cero el impulso de apoyar al
candidato socialista. Por eso Rubalcaba intenta convertir estas elecciones en un
test del rechazo al Gobierno, buscando que Feijóo reciba en sus carnes el
castigo a Rajoy y pierda el escaño que le sitúa por encima de la mayoría
absoluta.
En teoría, las elecciones vascas tienen una lógica distinta, más polarizada
entre nacionalistas y constitucionalistas; y, además, el PP tiene menos que
perder porque no aspira a gobernar.
La estimación de voto al PP sería ahora mismo de 29,9%, con una tendencia
descendente que no para y que le hace perder un punto en el último mes. Para
encontrar un dato similar hay que remontarse a las elecciones de 1989, cuando
fue el segundo partido. Ahora sería el primero, a seis puntos del PSOE, y
estaría lejos de la mayoría absoluta porque normalmente para lograrla hay que
estar por encima del 30% y tener una ventaja de no menos de 10 puntos sobre el
otro partido.
En todo caso, nunca en España un partido ha ganado unas elecciones con tan
escaso porcentaje de voto, porque nunca las dos grandes formaciones han sido tan
castigadas por los ciudadanos. Al PP le falta por sufrir el gasto del probable
segundo rescate y de nuevas medidas de recorte como la previsible no
revalorización de las pensiones.
Ese rechazo a PP y PSOE se refleja claramente en el bajo nivel de fidelidad de
sus votantes. La de los populares es del 51%, lo que quiere decir que la mitad
de sus votantes ahora no repetirían. Hace apenas un año, antes de las elecciones
generales, esa fidelidad llegaba al 90%. La interpretación de esas cifras solo
puede ser el desencanto y la desilusión por la falta de resultados de su
política y, quizás, el incumplimiento de las promesas electorales. El PSOE tiene
una fidelidad de voto del 41%, un índice muy similar al de hace un año. Su
problema no es tanto de mayor desencanto de los suyos como de no haber sabido
capitalizar el desgaste del PP.
Los beneficiados de la debacle del bipartidismo son Izquierda Unida, que
obtendría un 12,6% de los votos, casi seis puntos más que en las elecciones del
pasado noviembre, y UPyD con un 10,2 %, 5,5 puntos más que en 2011. Los de Cayo
Lara se benefician de la sangría del PSOE, y los de Rosa Díez, que alcanzan su
mejor resultado, de la del PP. En coherencia con esos datos de estimación de
voto, los dos principales líderes políticos, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez
Rubalcaba, siguen bajando en valoración. Ambos generan un nivel de confianza
mínimo entre los ciudadanos, incluso entre los electores de sus partidos. La
deducción obvia es la orfandad notable que sienten los españoles para afrontar
los momentos de zozobra sin liderazgo alguno.
Así, el saldo entre quienes aprueban y desaprueban a Rubalcaba como líder de la
oposición es de -61 (el peor desde marzo de este año), y a un 90% de los
ciudadanos le inspira poca o ninguna confianza el líder de la oposición. Lo peor
para él es que entre sus votantes los datos son muy duros: un 64% desaprueba su
gestión y un 77% confía poco o nada en él.
Rajoy tampoco tiene motivos para la satisfacción: desconfía de él un 84% de los
encuestados y el 62% de los votantes del PP. La banalización de las promesas
electorales pasa factura. Es el peor valorado de todo su Gobierno, lo que supone
otra marca insólita, porque normalmente los presidentes se sitúan en la media de
la nota de sus ministros. Y eso que todos los miembros del Gobierno suspenden y
su nota global es de -58. La vicepresidenta, Soraya Saénz de Santamaría, que se
apuntó el tanto del éxito de la Conferencia de Presidentes, pasa a ser el
miembro del Gobierno mejor valorado. Y el ministro del Interior, Jorge
Fernández, responsable de las cargas policiales, sufre una notable caída.
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