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Tom Waits – Real Gone
Anti, 2004
Real Gone es una
descripción simple y sumamente apropiada para Tom Waits a estas
alturas en su carrera. Aquí es cuando por fin, después de
21 años de seguir una línea musical firmemente marcada,
se decide a experimentar, arriesgarse y darle oportunidad a algunos de
sus más curiosos caprichos; no por eso, sin embargo, dejando de
ser quien es ni bruscamente haciendo a un lado la música que le
conocemos desde el brillante Swordfishtrombones.
Lo que Tom hace aquí principalmente es deshacerse de su piano
para depender casi completamente de una base de percusiones de
basurero. También juega bastante con las estructuras de las
canciones y se aventura a hacer cosas todavía más
exageradas con su voz y con una que otra turntable.
El disco comienza con “Top of the Hill”, que
quizás sea la canción más rara en todo su
repertorio hasta la fecha. Casey Waits, el hijo de Tom, improvisa en la
turntable mientras Marc Ribot toca una línea simple y repetitiva
de funk en su guitarra. Entre trompetas y percusiones caóticas,
Tom rítmicamente canta una lírica sin sentido aparente.
La primera vez que la escuché me pareció algo horroroso.
Pero, de una manera que todavía no logro entender del todo, con
las siguientes veces que la oí fue creciendo en mí al
punto en que ahora no puedo evitar sonreir cada vez que la escucho. Hay
algo dentro de esta canción, una diversión muy a lo Tom
Waits que lo atrapa a uno por más resistencia que ponga. Estoy
muy seguro que algo así no habría podido suceder con otro
músico. Es extrañísimo.
El álbum está lleno de esta clase de
excesos. La locura de Tom es desbordante, y a cada momento se escuchan
todo tipo de gritos, estornudos, escupidas, susurros, gorgeos y ruidos
que uno apenas llega a creer que salgan de la garganta de un ser
humano. Las percusiones son igualmente intensas y resonantes; las
estructuras de las canciones de lo más inestables e
impredecibles. El disco seguido llega a puntos tales en que uno tiene
que pausarlo y sacudirse la cabeza.
Tom no se compromete en lo más mínimo.
La espontaneidad aquí es enorme, y aunque a veces desespera e
incluso angustia, no es posible negar la originalidad y efectividad de
canciones como “Shake It” o “Baby Gonna Leave Me”, con su blues
mezclado con salvajismo cavernícola; o de “Don’t Go Into That
Barn”, tan absurda, teatral y poética que es difícil
imaginar algo mejor en este estilo. Sus abusos de autoindulgencia,
claro está, pueden llegar a molestar en otras ocasiones, como en
“Sins of My Father”, que si bien tiene una tranquila, oscura y
agradable línea folklórica, parece prolongarse al
infinito. Es la canción más redundante que le conozco.
Por suerte hay variedad que levanta mucho al
álbum. Son breaks en
medio de toda la locura. Tom pisa terreno más conocido con “Dead
and Lovely”, que añade el toque mórbido especial;
“Circus”, una narración escalofriante; “Green Grass”, la
excelente balada sentimental que no puede faltar en un disco de Tom;
“Hoist That Rag”, con líneas latinas; y “Day After Tomorrow”, la
balada de protesta que se incluyó en el Future Soundtrack of
America, de MoveOn.org.
Sorprende cómo Tom puede siempre invocar
tanto sentimentalismo como diversión con esa naturalidad. Sin
mencionar temor: a pesar de sus defectos, y por más exagerada y
caricaturesca que sea la música, siempre guarda un realismo tan
fuerte que asusta. Es lo que la hace tan especial.
En alguna entrevista Tom dio la mejor
descripción que se le puede dar a su música: “surrural”.
Ahora lo es más que nunca. El disco es tan raro que los fans
difícilmente pueden ponerse de acuerdo: algunos piensan que tal
canción es excelente, otros que es pésima. Pero aun
así (y es lo más curioso de todo), el consenso general
dice que es un muy buen álbum. Y realmente es algo que debe ser
escuchado.
03/2005