Atrás

Tertium non datur:
La ausencia del espíritu en el evangelio de Saramago


1. Esperanzas y desesperanzas de renovación

Quizás no exista un término que actualmente sea más puesto en tela de juicio que el término religión, al menos en nuestro mundo de Occidente. Mucho se discute acerca de la derrota del cristianismo, del auge del ateísmo y –muy característico de los llamados tiempos posmodernos- del amplio esparcimiento del agnosticismo. Con todo, nunca se ha podido hablar de una pérdida total de lo religioso. Al contrario: entre más se confunde el sentido de lo religioso, más parece robustecerse su búsqueda. Y, lamentablemente, mayor se ha hecho la polarización de mundos y posturas: basta para eso ver el actual choque de culturas entre el Medio Oriente musulmán y el Occidente cristiano, con una enorme psicosis bélica.
   
Un resurgimiento de lo antiguo pagano, de la espiritualidad ctónica y femenina, marca mucho a los países europeos y norteamericanos; y un auge sin precedentes del espiritismo y el esoterismo se ha expandido por todo el globo, ya desde hace más de un siglo. La búsqueda de nuevos mesías, de nuevos órdenes radicales, degeneró en las peores catástrofes que la humanidad ha presenciado: dos guerras mundiales, un Holocausto, una Guerra Fría y, actualmente, la espada de Damocles en forma de armas nucleares, de hidrógeno, biológicas, químicas. Ante la inseguridad y confusión interiores, las posturas siempre se extremizan y hermetizan. Estas amenazas que ahora vemos no podrían ser sino una consecuencia lógica de la relativización de valores que el posmodernismo representa.
   
¿Por qué siempre la religión se encuentra en medio de los peores conflictos? Porque es una parte inherente, esencial al ser humano, sin la cual no puede existir el sentido. Poco importa si se es ateo o agnóstico: cada quien poseerá siempre el esquema de lo religioso, de lo mitológico. La famosa aseveración de Nietzsche, “He matado a Dios”, debe interpretarse mejor como “He matado a un Dios”. El objeto nunca cambia, sólo el sujeto lo hace.
   
Nuestra civilización atraviesa por una etapa crítica de transición. Los antiguos valores dominantes están siendo sometidos a una durísima revisión, con gran y justa razón. El Anticristo ha cumplido su misión, y ahora sólo cabe esperar un Apocalipsis (1).
   
Intentos de renovar el cristianismo no han faltado. Con la oficialización del dogma de la Asunción de María a los Cielos, Pío XII –quizás sin haberse dado mucha cuenta de ello- pavimentó el camino para el Concilio Vaticano II. Lamentablemente, el alegre espíritu de este venerable Concilio recientemente ha sido más que atropellado por una jerarquía católica ultraconservadora, que pugna por un regreso al esquema medieval. Todo esto ha agrietado todavía más el sistema católico y lo ha apartado del diálogo tanto con las sectas protestantes como con el resto de las religiones, cosas por las que tan arduamente trabajaron jerarcas como Juan XXIII y Pablo VI. Las estrategias mercadotécnicas –característica principal del reinado de Juan Pablo II-  se encargaron entonces de la evangelización mundial, pero el resultado fue meramente superficial. Ciertamente, una saturación de beatos y santos nuevos (muchos de ellos de dudosa reputación moral, e incluso de dudosa existencia histórica) no puede sino mantener el esquema antiguo de la Iglesia Católica en vida artificial. Tarde o temprano habrá que desconectar la máquina.


La asunción de la Virgen María - un dogma
                      reciente
   
Sin embargo, a pesar de la política, la renovación doctrinal se abre paso a golpes y empujones. Es imposible dejar de lado las nuevas evidencias que hablan de un mundo cristiano primitivo sumamente complejo y variado. Los descubrimientos de los manuscritos de Nag Hammadi, Egipto, y de las cuevas del Mar Muerto, han dado paso a una controversia que cada vez se expande más y más. Y no hay por qué ir lejos para darnos cuenta de esto: el reciente descubrimiento de un Evangelio de Judas debe bastar para hacernos ver que la religión del Cristo nunca fue como la pintan.
   
Vayamos a las fuentes. Tenemos cuatro evangelios canónicos, sobre los que tanto católicos como protestantes basan, por completo, sus doctrinas. Las copias más cuidadas de estos evangelios datan de los siglos III y IV; y el fragmento más antiguo –del Evangelio de Juan- data del siglo II. Todo esto ha llevado a filólogos e historiadores a concluir que estos textos ya existían hacia el año 100. El Evangelio de Marcos es considerado el primero en aparecer, hacia el año 70. A éste le siguen los evangelios de Mateo y Lucas, que tienen como fuente al Evangelio de Marcos y a una colección de dichos y frases de Jesús, conocida como fuente Q, que actualmente está perdida. El Evangelio de Juan, helenista, se encuentra aparte de estos tres (llamados “sinópticos”) y fue el más tardío en aparecer, alrededor del año 100 (2).
   
Los evangelios surgieron a través de un proceso de unos cincuenta o sesenta años a partir de la muerte de Jesús. Sabiendo esto, analicemos el mejor de los casos: las enseñanzas pasan de Jesús a los discípulos; luego, pasan de los discípulos a sus seguidores, entre quienes, supongamos, estuvieron los autores de la fuente Q y del Evangelio de Marcos; los discípulos de los discípulos de los discípulos escribieron los evangelios de Mateo y Lucas; y, después de al menos doscientos años de copias e interpolaciones, tenemos los evangelios incorporados al cánon por el Concilio de Nicea. Lo que tenemos aquí es –en el mejor de los casos, y siendo inverosímilmente optimistas- una interpretación en quinto grado. Añádase a todo esto las traducciones al latín y al griego, y posteriormente los cientos de traducciones a casi todo idioma existente. El resultado es una Biblia que conseguimos en casi cualquier librería y que constituye una auténtica pesadilla interpretativa.
   
Las cosas se complican mucho más cuando nos enteramos de deficiencias aún más críticas: en los primeros tiempos cristianos, eran contadas las personas que sabían leer y escribir, por lo que la tradición oral era lo realmente válido. La tradición oral y la revelación mística y profética fueron lo que moldeó los primeros rostros del cristianismo. La autenticidad de la doctrina era evaluada a través del ejemplo de quien la enseñaba; dependía de personas y no de texto alguno. Los evangelios constituían una mera guía para el predicador y no eran, en manera alguna, la base de la predicación (3). Simplemente es imposible imaginar a un cristiano primitivo sacando del bolsillo su Evangelio de Marcos o sus Cartas de San Pablo y poniéndose a leerlas en voz alta en medio de un ritual.
   
Más aún, la existencia de textos como El libro secreto de Santiago, El Evangelio de la Verdad, El Evangelio de Tomás, El libro de Tomás, El Evangelio de Felipe, La hipóstasis de los arcontes, El Evangelio de los Egipcios, El Evangelio de los Esenios, Pistis Sophia, Los diálogos del Salvador, El Evangelio de María, El Evangelio de Judas, etcétera, dan cuenta de un cristianismo primitivo ampliamente extendido y, a la vez, divergente, caracterizado por múltiples confrontaciones doctrinales. Fue el diálogo y la discusión lo que marcó al cristianismo de las primeras épocas. Esto incluso lo vemos en los textos canónicos, donde Pablo y Pedro discuten el significado de la Ley. Es más, difícil habría sido que comunidades primitivas que sólo conocieran ciertos textos ahora considerados canónicos, llegaran a un acuerdo sobre este y otros temas. La misma Iglesia Católica no llegó a una cohesión doctrinal completa hasta la Contrarreforma. ¿Cuál puede ser, entonces, el espíritu auténtico, original, del Cristianismo?
   
La rígida doctrina “ortodoxa” a la que estamos acostumbrados nos hace muy difícil comprender la génesis cristiana sin prejuicio alguno, sin esa división tajante entre lo “ortodoxo” y lo “herético”. La evidencia habla de unas raíces cristianas complejas y diversas, de una continua confrontación donde, al final, los ganadores establecieron la arbitrariamente llamada “ortodoxia”, y encajonaron al resto de las doctrinas dentro de la categoría de “herejía”; y a mucho, simplonamente, lo etiquetaron como “gnóstico”. Fue, entonces, en 325 d.C., al finalizar el Concilio de Nicea, que el poder constantiniano definió el destino del cristianismo.


José Saramago               
   
Pero los tiempos están cambiando. Las bases mismas del cristianismo están siendo ampliamente cuestionadas. Los números de sacerdotes menguan, la voz del Papa es todo menos absoluta, lo peor de la perversiones sexuales y la mafia religiosa salen a flote, entre mil cosas más. Ante estas circunstancias, no sorprende que un anciano portugués llamado José Saramago escriba una novela donde, desde una perspectiva abiertamente actual, reelabora los evangelios y cuestiona los principios mismos del cristianismo y, con ellos, los de una cosmovisión occidental polarizante. Adentrémonos, pues, en su Evangelio según Jesucristo y, dado que su particular visión de las cosas se da a partir de cada personaje, analicemos a los más relevantes, uno por uno.


2. José

La tradición cristiana otorga un papel bastante secundario al padre adoptivo de Jesús. Esto es muy comprensible, ya que no se trata más que de un sujeto que fue lo suficientemente honesto, noble y temeroso de Dios como para cuidar a su Hijo encarnado. No se le atribuye un nacimiento excepcional, como el de María, ni milagro alguno, ni otro papel que no fuera el de guardián del Niño Divino. Apenas lo mencionan los evangelios, y su muerte ocurrió en el momento apropiado, de manera que Jesús centrara toda su atención en su padre verdadero y en la misión que éste le encomendó.
   
Así que José, en tradición cristiana, simplemente es el aburrido modelo del padre ideal (e incluso un modelo incompleto, puesto que murió joven). Y nada más.
   
No es así en el “evangelio” de Saramago. Sin mencionar que es el constante receptáculo de los justos –pero berrinchudos- reclamos de Saramago a la tradición patriarcal y sexista judeocristiana, José, en esta novela, es padre de biológico de Jesús, debido a que semilla se mezcló con la de Dios al momento de fertilizar el óvulo de María. Y, como tal, es causante directo de la tragedia edípica de su hijo.
   
José es un hombre justo, pero que, después de todo, es solamente un hombre y, como tal, comete errores, algunos de ellos terribles. Fue ése el caso de la matanza de inocentes en Belén: José, sabiendo lo que sucedería, fue a salvar a su hijo, pero sucede que éste no necesitaba ser salvado; mas los niños de Belén, sí. Y José no hizo nada para advertir a los padres. Su pecado fue transmitido a Jesús por misteriosas razones que sólo Dios conoce. Y, de hecho, fue Dios quien orquestó la situación, primero metiendo al profeta Miqueas en los sueños de Herodes, y después haciendo que José se enterara de los planes de matanza por medio de una incauta conversación entre soldados del rey.
   
Las decisiones finales, no obstante, fueron hechas por Herodes y José. Saramago nos muestra, entonces, a tres culpables del asesinato de los inocentes: Dios, Herodes y José.
   
Finalmente, José paga por su crimen mediante un suicidio, yendo a auxiliar a un vecino guerrillero y moribundo a un pueblo que está a punto de ser tomado por soldados romanos. ¿Fue un acto de caridad o uno egoísta? Por un lado, está su responsabilidad hacia el vecino y el afligido; y, por otro, está su responsabilidad hacia la familia. La realidad parece estar mezclada: fue una caridad egoísta, valga el oxímoron. Como sea, la historia hace pensar que pudo haber cumplido con ambas responsabilidades, pero José, torpemente, se demoró mucho en aquel pueblito de Séforis. Cuando estaba por salir, lo aprehendieron los romanos y después lo crucificaron. Él no puso objeción.
   
Dios, nos dice Saramago, se dio por satisfecho, ya que, con la crucifixión de José, se cumplió un requisito indispensable en el destino de Jesús.


3. María

El Hijo de Dios no podía nacer de una persona cualquiera, por lo que los preparativos de Yahveh fueron de lo más cuidadosos. Hizo nacer a una mujer sin pecado original, de una pureza que no podrá volver a existir jamás en este mundo. De esta manera, María se sitúa muy por encima de la especie, al conservar la limpieza que el ser humano tenía durante su estancia en el Paraíso Terrenal. María es Eva vuelta a nacer, una mujer que redime a la Madre de la especie.
   
Y, como nueva Madre, María obtiene una posición de deidad velada. Desde hace más de mil años se daba por hecho que ella estaba al lado de la Trinidad, cumpliendo el papel de mediadora y pacificadora. Sin embargo, no fue sino hasta 1950 que la Iglesia, a través de Pío XII, decidió hacer una declaración pontificia donde se oficializó su asunción a los Cielos. En rigor, esto no le otorga el status de una diosa, pero, como señora de los Cielos, básicamente tiene los mismos derechos que Cristo, el rey.
   
¿Por qué el dogma tardó tanto en ser declarado, si realmente no modifica un solo punto de la doctrina y no hace más que confirmar lo que ya todo el mundo sabía? Solamente digamos que la Iglesia no podía mantenerse tan ciega a los tiempos, que presionaban hacia la aceptación oficial de una deidad femenina. El Espíritu Santo, hereje como él solo, cumplió con su acción progresiva, tendiendo un puente hacia el Concilio Vaticano II.
   
Por supuesto, la historia oficial del cristianismo siempre ha tratado de evadir la otra cara de María. Si bien el primer milenio de la era cristiana descubrió el misterio de la Madre Diosa, el segundo milenio vio surgir su lado terrible, a través de la caza de brujas que por tantos siglos se extendió por Europa y América. Recordemos que toda diosa contiene dentro de sí misterios oscuros, puesto que como poseedora del secreto de la vida, también lo es del secreto de la muerte. Los motivos de la Madre Terrible, la devoradora de hijos, la prostituta castradora, han existido desde siempre en la imaginería religiosa de todas las culturas. La diferencia con el cristianismo es que éste separó radicalmente las facetas de la madre pura y la hermana mística, de las de la bruja devoradora, mientras que ambas coexistieron siempre en las mitologías politeístas, formando así una especie de compensación (4). Poco sorprende, entonces, que cientos de miles de mujeres hayan sido torturadas y asesinadas en aquel horrorizante frenesí que protagonizó la Santa Inquisición.
   
En Saramago, sin embargo, María no es ni bruja ni santa; es sólo una mujer común y corriente. Es la esposa siempre obediente de José, quien, significativamente, obtiene protagonismo a través de su relación con el Diablo. Dios no la escogió para que llevara a su hijo en el vientre; Él solamente estaba de paso, y se le antojó María, así, al azar. María decide no hacer caso al Diablo, por lo que su papel queda relegado al de simple instrumento tanto de Dios como de los ángeles, quienes la distrajeron con un mensaje divino para poder violar a su hija cómodamente. Satanás le ofrecía libertad y dignidad, pero ella prefirió la sumisión al patriarca. Con Jesús, su relación fue difícil, tanto que no volvió a acercársele después de su segunda partida. Ella forma parte de una familia algo disfuncional.
   
El mensaje que Saramago transmite a través de María es claro y sencillo: Dios no es un Dios de mujeres; y las mujeres, durante mucho tiempo, decidieron que esto era lo justo. Triste, sin duda.


4. María de Magdala

Hablando de injusticias hacia las mujeres, uno de los ejemplos más claros de ello en el catolicismo es María de Magdala. Como con todo personaje bíblico, no podemos saber demasiado de ella, pero sí lo esencial. Su epíteto, “Magdalena”, indica proveniencia del pueblo de Magdala (Migdal), ubicado en la costa oeste del Lago Genessaret. Se sabe que acompañó a Jesús a través de todo su ministerio, que estuvo presente en la crucifixión, en el entierro y que fue testigo de la tumba vacía. Su nombre aparece como primero en las listas de las mujeres que acompañaban a Jesús; es una de las principales oradoras en textos de primero y segundo siglos que tratan los diálogos de Jesús con sus discípulos después de la resurrección; y es retratada como la primera, o una de las primeras privilegiadas en ver al Cristo resucitado. La tradición posterior la llama apostola apostolorum. Todo esto parece sugerir que María Magdalena fue una líder o visionaria profética entre algún sector de los primeros movimientos cristianos. Ella incluso posee su propio evangelio (5).


María Magdalena, una amenaza al
patriarcado eclesial
   
El Evangelio de Lucas es el que peor trata a María de Magdala, identificándola como una mujer de quien fueron expulsados siete demonios (Lucas 8:2). Lucas 8:3 después reduce el papel de María a la de mera mecenas de Jesús, cosa que es afirmada también en los Hechos de los apóstoles. Cosa curiosa: entre los primeros padres de la Iglesia, la Magdalena siempre fue vista favorablemente, y fue sólo a partir del siglo IV que el tono comenzó a cambiar y surgió la historia que la retrata como una prostituta arrepentida. Pero ella nunca lo fue. La tradición Ortodoxa Oriental nunca la menciona como tal. Lo que encontramos en la tradición Católica Occidental es una elaboración ficticia acorde a sus propias necesidades espirituales y objetivos políticos. Se sabe que durante los primeros siglos del cristianismo, las mujeres líderes no eran cosa inusual, por lo que el orden patriarcal se veía auténticamente amenazado. Gregorio Magno fue quien finalmente cerró la discusión, definiéndola para la larga posteridad como prostituta. Una mancha vil en un hombre que, por lo demás, fue un jerarca admirable.
   
Saramago retoma la tradición de la prostituta, pero con fines que están lejos de hacer menos a este personaje. De hecho, Jesús siempre la trató como su igual, en completa oposición a las costumbres judías. María es una prostituta arrepentida, que se redime por el amor conyugal hacia Jesús. Ella es quien lo inicia en los misterios del amor y la sexualidad, con lo que Saramago critica la dura imposición del celibato en los sacerdotes católicos. Y es que, en realidad, no fue hasta el siglo XI que el celibato fue declarado obligatorio por Gregorio VII (6). Ya siglos antes se habían dado fuertes consignas en contra de la vida conyugal de los clérigos, pero sobra decir que fueron pocos los que hicieron caso. De cualquier manera, el motivo del celibato fue más político que espiritual: con él, la Iglesia se libraba de la carga de tener que mantener a las familias de los sacerdotes, y además las herencias pasaban directamente a los bolsillos eclesiales. Corre el rumor de que la Iglesia Anglicana ofreció fusionarse a la Católica con la condición de que el Concilio Vaticano II aboliera el celibato. Esto no ocurrió, pero se dio uno que otro avance: en 1980 se realizó en Estados Unidos la ordenación de pastores anglicanos y episcopales casados como sacerdotes católicos; en 1994, esto también sucedió en Canadá e Inglaterra (7).


5. Jesús


Puede afirmarse, con seguridad, que en Occidente no ha habido nombre más venerado que el de Jesús. Pero, como suele ocurrir con mitos tan poderosos, su fuerza se mezcla con centenares de intereses políticos y, por consiguiente, la historia termina torciéndose de las maneras más inverosímiles. Es por eso que a través de los siglos, el nombre de Jesús ha sido utilizado para justificar crímenes, genocidio, guerras, torturas, humillaciones, masoquismo, xenofobia, sexismo, locura e insensatez increíbles. Cosas a las que Jesús se opuso más que enérgicamente han sido ampliamente predicadas y difundidas en su nombre. No podría ocurrir ironía más grande.
   
En su libro, Jesús antes del cristianismo, el dominico Albert Nolan ofrece una visión histórica del Jesús hombre, alegando que éste no pertenece a institución religiosa alguna, sino a la humanidad entera. Basándose rigurosamente en los cuatro evangelios canónicos, Nolan ofrece una perspectiva de la vida de Jesús que muy poco tiene que ver con lo que ha sido predicado durante siglos, tanto por medio de sermones y doctrina, como de ejemplos vivos. Sería fútil tratar de resumirlo todo aquí, pero al menos revisemos algunos de los puntos más importantes:

  1. Jesús siempre centró gran parte de su discurso en la redención de los pobres, los oprimidos y los pecadores. Estos son: mendigos, mudos, cojos, tullidos, leprosos, ciegos, viudas, huérfanos, campesinos, esclavos, prostitutas, recaudarores de impuestos… En suma, todo aquél que sufre de vergüenza e ignominia. Lo que Jesús quiso decir con esto fue -contrario a una muy difundida creencia-, que Dios no abandona a nadie, y que la condición de marginados no implica que estas personas hayan sido excluidos de su misericordia. Critica también a quienes dicen que ser conocedor de la Ley es necesario para ser salvado. No; sin que la Ley carezca de importancia, lo que más cuenta es la virtud.
  2. La liberación de la culpa de pobres y oprimidos consistió en la aceptación de Jesús. Al tratarlos como sus iguales, los liberó de sentimientos de vergüenza, humillación y culpa. Si el pecado era una deuda para con Dios, contraída por uno mismo o por un antepasado, Jesús la canceló. (¿Qué sentido tiene, entonces, el enorme culto a la culpabilidad que tanto fue predicado por el catolicismo?)
  3. La “buena nueva” daba ocasión para celebrar. Jesús brindaba un mensaje de alegría, por lo que las fiestas y los banquetes, los chistes y la algarabía, estaban justificados. (Cosa que contrasta con la obligante seriedad de su posterior Iglesia.)
  4. El sentido del sufrimiento es un sentido de compasión. Vencer el sufrimiento consiste en renunciar a los valores mundanos y soportar las consecuencias. Significa sufrir con y en nombre de los que sufren, tener una obligación activa para con los demás. La mera simpatía es inútil y estéril.

Con todo, Jesús nunca se proclamó a sí mismo como el Cristo. Y hasta ahí el Jesús histórico. El Jesús mítico –sobra decirlo- es más Dios que hombre. Los preparativos que se hicieron para su llegada, con una inmaculada concepción en una mujer que estaba muy por encima del género humano, dan mucha cuenta de ello. El dios sólo entra en cuerpo humano, pero, por lo demás, permanece dios; no participa de las pasiones ni de los errores humanos, conoce su destino y misión a toda hora.
El Jesús de Saramago es lo inverso. Es un hombre a quien Dios simplemente prestó algunos de sus poderes y habilidades, y al que pudo habérselos arrebatado de sólo quererlo. Está hecho de carne y hueso, es inseguro, fue engañado alguna vez por una legión de demonios. Saramago aprovecha cualquier ocasión para recalcar su humana torpeza. Jesús mismo incluso llega a negar a Dios como su padre, una vez que cae en cuenta de que éste sólo pretende utilizarlo como escalón para afianzar su poder sobre el mundo.

Saramago, por cierto, refleja su ideología socialista en un Jesús que es igualitario con todos, que presta su ayuda sin fin de lucro y por el bien de la comunidad. Cuando algún pescador, algún poblado, pretende apropiarse de él para valerse de su habilidad de llenar las redes de pesca, Jesús simplemente se aleja. Al menos en este sentido, sí parece estar de acuerdo con lo que se sabe del Jesús histórico.
Jesús es, en Saramago, un héroe trágico, un hombre que pretendió luchar contra su destino como supuesto Hijo de Dios, por el bien de los hombres. La elección del carnero como símbolo de Cristo es muy adecuada, al menos por una parte. El carnero siempre ha sido símbolo de vida y de fecundidad, y testimonio de ello dan Knef, Osiris, Amón, Zeus, Agni, entre otros dioses antiguos que se valieron de él. Y es sólo lógico que un carnero deba ser sacrificado, ya que, así, el poder de vida contenida en éste retorna a la fuente, y luego resulta indispensable para continuar con el ciclo de vida y muerte. Pero todo símbolo tiene su lado oscuro, y el del carnero es su capacidad de conducir a las ovejas según le plazca. Bien puede protegerlas, bien puede tirarlas por un barranco. Al final, las ovejas no tienen mente propia y, si el rebaño representa a la población cristiana, ¿qué se puede decir?

El Jesús de Saramago, sin embargo, no es tanto un carnero como un títere de un Dios mayor. Y, ni siquiera estando a la derecha del Padre, es capaz de salvar a sus hermanos hombres.


6. Pastor

La tradición cristiana conoce a Satanás como el “ángel caído”: el predilecto de Dios, Shammael, Lucifer, quien, según algunas leyendas, fue el primer ángel en ser creado y, como tal, está sobre toda jerarquía de su género (8). Él fue quien tentó a Eva en el Paraíso y causó la caída de la humanidad. Se cree que el rayo de Dios lo hizo caer a la Tierra, por lo que su mundo, el Infierno, se encuentra en lo más profundo de ella. Su reino es el nuestro y, como deidad ctónica, guarda una estrecha relación con lo femenino.
   
La tradición hebrea lo retrata de una manera muy distinta. Satanás, cuyo nombre parece provenir del verbo satan (= retar, impugnar, perseguir) es un miembro de la corte celestial, que cumple con el divino y necesario papel del adversario, el opositor, el abogado fiscal. Riwkah Schärf, en su fascinante ensayo, “La figura de Satanás en el Antiguo Testamento” (9), explica cómo Satanás aparece, psicológicamente, como una figura perteneciente a la personalidad de Yahveh que, poco a poco, se desprende del dios hasta llegar a ser una entidad casi autónoma. Satanás aparece como mal’ak Jahwe (“enviado de Dios”) en Números 22:22 ss.; como bene ha-Elohim (“hijo de Dios”) en el Libro de Job; después ya como antítesis del mal’ak Jahwe en Zacarías 3:1 ss; y, finalmente, como demonio independiente en I Crónicas 21:1 ss.


 Ilustración de Satanás, por Gustave Doré, para el
                 'Paraíso Perdido' de Milton
   
El cristianismo dio el paso final hacia la total independencia de Satanás respecto a Dios. Sin embargo, es interesante ver lo que la tradición popular hizo después con esta figura: los bogomilos creían que Satanael era el primogénito de Dios y Cristo el segundo; un mito ruso cuenta que Dios y el Diablo existían unidos desde el principio de los tiempos; altaicos meridionales, abakan-katzines y morduinos relataban que Dios había creado al Diablo de su propia sustancia, y que juntos dieron origen al mundo; leyendas búlgaras cuentan que el Diablo surgió de la sombra de Dios y juntos pactaron una repartición del universo; los cíngaros de Transilvania, vogules, buriatos y altai-kizi tenían un mito según el cual Dios reconoce su incapacidad para crear el mundo y recurre al Diablo. Y, así, existen muchos más ejemplos (10).
   
En cualquier caso, resulta evidente que el potencial creador del diablo no puede ser negado tan fácilmente. Ciertamente, fue el Demonio quien, como Prometeo, robó el fuego celestial y otorgó a los hombres la capacidad de discernir el bien del mal. Fue Satanás quien elevó al hombre de su status animal, y le otorgó razón y consciencia. Sin su encrucijada demoníaca, no existiría diferenciación de la consciencia, menos aún civilización o capacidad de trascendencia espiritual. El Diablo es el supremo trickster que, mediante la confusión que ocasiona, obliga al hombre a enfrentarse al mundo y a sí mismo, logrando, mediante esta dinámica, un movimiento trascendente, si bien, trágico. Y sólo podía ser así: el que roba el fuego divino, bien puede iluminar o purificar, pero igualmente puede ser consumido por su calor y reducirse a cenizas. Todo depende de cómo lo utilice.
   
Cuando se reprime este aspecto demoníaco y se reduce el mal a mero privatio boni, las consecuencias pueden ser devastadoras. Basta, para esto, ver siglos de quema de brujas y herejes, siglos de guerras sin tregua por la ciudad de Jerusalén. Las actitudes unilaterales que niegan el aspecto del demonio interno terminan por proyectarlo hacia una figura externa, mientras éste consume al sujeto hasta hacerlo añicos. Éste es el principal causante de las guerras más destructivas. Suficiente es ver el Holocausto Nazi, el conflicto entre Palestina e Israel, o las guerras que Estados Unidos ha hecho en Medio Oriente. El demonio requiere de nuestra atención y aceptación; de lo contrario, termina poseyéndonos por completo.
   
En Saramago, Satanás es Pastor. Él es quien enseña a Jesús a cuidar de un rebaño, a protegerlo con auténtico amor, mediante una enorme apreciación de la vida. Jesús casi lo logra. Su error, dice Saramago, fue creer ciegamente en los designios de un Dios hambriento de poder. Al final se da cuenta de ello, pero ya es demasiado tarde. Los papeles se han invertido, siendo Satanás un Adversario que pugna por la vida. No obstante, Satanás no puede hacer otra cosa que aceptar un pacto con Dios, mediante el cual Dios se queda con la vida y él, con la muerte. Aquí, Saramago nos muestra un papel ambivalente en los dos personajes: Dios es una deidad demoníaca, que en el fondo parece tener destellos de compasión; y el demonio es una figura llena de compasión, pero que debe ocasionar el mal, a fin de conservar el mundo. Las tendencias opuestas se encuentran en un choque total, sin posibilidad de tender puente alguno.


7. Dios

Los orígenes de Yahveh siguen siendo un tanto oscuros, pero se sabe que primitivamente era un dios duro y demoníaco. Existe una cantidad considerable de pasajes veterotestamentarios que dan cuenta de su carácter terrible e inflexible. Él es “el que es”, el misterioso “dios de los padres”, el guardián y protector de Israel. El ímpetu con que los profetas lo predicaban, a la vista de los no pocos desastres por los que atravesó el pueblo hebreo, lo convirtió en un dios único (11). El carácter belicoso de Yahveh hace que asuma el papel de padre de su pueblo y supremo protector de quienes lo alaban. Sin embargo, se piensa que la personalidad de Yahveh logró suavizarse al entrar el pueblo hebreo en Canaán. Fue entonces que Yahveh fue identificado con el dios cananeo El, “dios del padre”, obteniendo una dimensión cósmica que no podía tener como divinidad de clanes y familias. El, entonces, habría heredado a Yahveh su amabilidad y compasión (12).
   
No obstante, su reputación de dios terrible no podía ser enteramente aminorada en un pueblo que sufrió tanta opresión y calamidad. Es así como, entre los años 600 y 300 a.C. surge un texto muy subversivo llamado Libro de Job. En él, se narra cómo Yahveh pone a dura prueba a un sirviente humano suyo, Job. Este Job es, sin duda, el hombre más justo y temeroso de Dios que hay sobre la Tierra, pero Yahveh –por motivos aparentemente incomprensibles- decide quitarle sus riquezas, matar a su familia y someterlo a enfermedades terribles. Y, sorprendentemente, todo esto lo hace bajo clara influencia de su bene ha-Elohim, Satanás. Al final, Job resiste las pruebas sin maldecir o cuestionar los inescrutables designos de Dios, por lo que es recompensado ampliamente.


  El tetragrama sagrado 'YHWH'             
   
En el que quizás es su libro más controvertido, Respuesta a Job, Carl Gustav Jung expone una muy interesante teoría respecto a los motivos detrás de las pruebas de Yahveh. Vincula, primero, la aparición del Libro de Job a la de los escritos llamados Proverbios de Salomón, que se dieron a conocer alrededor de los siglos IV y III a.C. Este libro refiere a la idea de la Sabiduría, la Sophía o Sapientia Dei, un espíritu de naturaleza eminentemente femenina. Se trata, en realidad, de la aparición del Espíritu Santo, pero de eso hablaremos más adelante. La Sabiduría se muestra, con gran autonomía, como mediadora y abogada de los hombres ante Yahveh, revelando así el deseo de Dios de llegar a una plenitud mediante una unión mística con el ser humano.
   
¿Cómo se relaciona esto con el Libro de Job? El misterio de la penas de Job podría no ser tan inescrutable del todo. El perfeccionismo de Yahveh, anunciado en su alianza con Israel, ha mostrado fallas grandes, ya que se encuentra basada en una unión masculina que ha perdido todo rastro de eros, la pasión. Yahveh, entonces, no debe buscar tanto la perfección como la plenitud. Debe buscar la manera de compensar esta falta. Para eso, y ante su inseguridad, pone a prueba al hombre. Curiosamente, entre más fuertes son las pruebas que impone, más parece incrementarse su ansiedad, y más fuerte se vuelve la influencia de Satanás sobre él. Yahveh, soberbio, no desea enterarse de la terrible realidad de que el hombre puede llegar a tener una altura moral incluso mayor que la de él mismo. Job, sin embargo, prueba que es así, al resistir las catástrofes sin reclamo alguno. La Sabiduría (a través de Satanás) ejerce su labor, y Yahveh se da cuenta de que el hombre posee lo que a él le falta. A partir de entonces, Dios desea hacerse hombre, e inicia una nueva alianza que trasciende a su pueblo.
   
Así, tenemos en el Libro de Job y en los Proverbios de Salomón, el preámbulo para la aparición de Jesucristo. Esto contrasta notablemente con la imagen que Saramago nos da de Dios, según la cual éste realmente no se encarna en Jesús, sino que sólo lo utiliza para afianzar su poder. En cierta forma, parece un típico villano de cómic: sólo desea conquistar el mundo. Pero esto lo hace mediante su institución principal, la Iglesia Católica Romana, que se distinguió por una enorme cantidad de acciones que parecieron ir más allá de la sociopatía. Al menos, así es retratada últimamente. El lado positivo del cristianismo, el lado auténticamente libre y espiritual que parecían anunciar estos textos veterotestamentarios, se ha visto opacado por las terribles acciones de la Iglesia, que nuestra sociedad actual pone bajo los reflectores.


8. El Espíritu ausente

El misterio de la Trinidad posiblemente es el más discutido en toda la historia de la Iglesia, pero hagamos un intento para, al menos, darnos una idea básica de lo que trata. Para esto, veamos primero la significación de los números. El 1 es la unidad indivisible, a la que todo número se remite. Es una cifra solitaria, pero a la vez es la que une a un conjunto. El 1, por sí mismo, no es nada, por lo que sólo adquiere sentido si se lo pone en relación con un segundo. Aparece aquí el número 2. Sin embargo, dos entidades siempre estarán en oposición, por lo que se necesita un tercero, un mediador. Tenemos entonces el 3, que muchos han considerado como cifra perfecta, ya que tiene un principio, un medio y un fin. Pero no termina ahí. Entra en juego el 4, que es el número más problemático. Se podría pensar que el 4 es el número que representa la unión de los 3 anteriores, pero no es así. Platón aborda el problema en su Timeo, concluyendo que el 4 “está enfermo”. Aparece también en el axioma de Maria Prophetissa medieval, el problema del 3 + 1. El 4 es la parte indiferenciada, reprimida, fantasmal, faltante, no vista. Es la parte oculta que complementa la totalidad. Una vez que es asimilada, llega entonces el 5, la quntaesencia, que une a los 4 anteriores.
   
Esto lo podemos comprobar al ver los símbolos de la totalidad que abundan en la imaginería religiosa mundial. Y no sólo religiosa; bien como vemos el número cuatro en la visión de Ezequiel y en los mandalas hinduistas, también lo encontramos en los puntos cardinales y en los cuatro elementos. El símbolo que mejor lo representa es una esfera dividida en cuatro partes (13). ¿Qué sucede cuando dividimos estos símbolos? Si tomamos un cuadrado o un cuadrángulo, que también representan esta totalidad, y lo partimos diagonalmente, lo que obtenemos son dos triángulos equiláteros. Es preciso, ahora, hablar de trinidades.
   
Es común encontrar tríadas de dioses en todas las culturas. Éstas representan una parte importante de una totalidad mayor. Porque, así como puede existir una tríada celestial, necesita ser complementada por una tríada ctónica. En el caso del cristianismo, el cuarto obvio es Satanás; como tríada, basta ver el diablo tricéfalo con que Dante lo representa en su Infierno. Tampoco es difícil encontrar un dragón de tres cabezas en los cuentos populares medievales. Y esto sólo por poner unos pocos ejemplos.
   
La Trinidad cristiana es, como ya se dijo, un complejísimo problema. Primero estaba el Padre, que, después, decidió encarnarse en el Hijo. Hasta aquí, existe una continuidad muy lógica: el Hijo proviene del Padre. El Padre es un anciano, el viejo Dios, mientras que el Hijo es el joven renovador. Pero luego viene el Espíritu en forma de… ¡paloma!
   
¿Qué es lo que significa esto? Según el credo niceno, el Espíritu procede del Padre y del Hijo, pero no existe continuidad lógica alguna. El Espíritu, entonces, debe estar regido por una premisa distinta. Entre los cristianos “gnósticos”, se tendía a representar el Espíritu como la Sophía Madre. Esto parece tener sentido, si tenemos en cuenta que la Sabiduría, tal como ya vimos, es un atributo femenino, el Eros. Las piezas encajan todavía más cuando vemos que Jesús se encarnó en María por obra de este Espíritu. Pero, en todo caso, no explica del todo el misterio, puesto que, de ser así, el Espíritu Madre sería el segundo y Jesús, el tercero. El orden se trastocaría en su propia esencia.


La paloma y el ave de paraíso, símbolos del espíritu
   
Por lo tanto, el Espíritu no puede ser la Madre. ¿Qué es, entonces? El Espíritu siempre ha sido representado como un “soplo”, viento, aliento, anima, fuego vital y celestial indómito. En un momento clave, Cristo recuerda a sus discípulos: “sois dioses”, haciéndolos partícipes de la esencia de Yahveh y reconciliándolos con éste. Así es que Yahveh envía a la Tierra un Paráclito, un consolador que ayude a proseguir y complementar la encarnación y el mensaje del Cristo. ¿Por qué? Jung afirma que Jesús, por razones de partenogénesis y falta de pecado, nunca fue un hombre empírico y, en consecuencia, su labor de acercamiento a los hombres debe ser continuada. Tampoco debemos olvidar que sus enseñanzas jamás fueron comprendidas del todo. La reparación es auxiliada por el Paráclito, que no es otro que el Espíritu Santo, una función divina que a la vez es persona. Queda aclarada aquí su labor como tercero.
   
Falta, ahora, ver cómo ha recibido la Iglesia Católica al Paráclito. Lo representa como una paloma. Tan sólo de ver su no representación como ser humano, nos damos cuenta de lo alejado que está del hombre. ¿Por qué la paloma? Ciertamente, la paloma es el ideograma de la paz, de la fidelidad conyugal, de la pureza de las costumbres, de la simplicidad y del dolor resignado (14). Ése es al menos su aspecto de paloma blanca; en otros colores, como gris, negra o parda, la paloma puede ser también la mensajera de la muerte y de predicciones nefastas. Por supuesto, este último aspecto no existe para la Iglesia. Después de todo, la paloma es también la Iglesia misma (15), la esposa de Cristo. La paloma negra pertenece al Diablo.
   
Significativamente, se elige a una paloma doméstica. Esto podría dar cuenta de la necedad de la Iglesia por mantener al Espíritu bajo control. Pero tal cosa es imposible, ya que el Espíritu “sopla donde quiere”; precisamente es ésa su función como Paráclito. ¿Por qué no representar al Espíritu, mejor, como ave del paraíso, que era también una imagen conocida? Fue el ave del paraíso aquella voladora perpetua e incansable que fecundó las aguas del caos primigenio, ayudando al Creador a hacer la luz. No; no es una imagen apropiada si lo que se desea es mantener un control absoluto sobre la doctrina.
   
Ésta es, quizás, la razón por la que Saramago omite, consciente o inconscientemente, la presencia del Espíritu en su novela: su crítica, llena de fallas, no se enfocó tanto en la religión como en la institución que ostenta el poder religioso. Su novela habla de dioses y demonios, pero en realidad trata de hombres. Y está de más decir que no son muchos los jerarcas y líderes de esta Iglesia que han aceptado la influencia del Paráclito.


9. Reflexiones finales

El “evangelio” de Saramago llega a la última ironía: no es ningún evangelio, no es ninguna “buena nueva”; es fatal deshaucio. Y, ciertamente, los acontecimientos en él giran alrededor de las nefastas acciones de la Iglesia Católica a través de casi dos milenios de existencia, cosa que lo lleva a una pregunta que cada vez se vuelve más frecuente en nuestro mundo actual: ¿Qué clase de Dios permite que su Iglesia cometa tales atrocidades, si están en flagrante contradicción con su divino mensaje?
   
Ya se ha expuesto cómo Saramago decidió ignorar el poderosísimo simbolismo detrás del cristianismo. Aclaro que no hago una defensa del cristianismo en sí; de hecho, estoy muy de acuerdo con muchas de las críticas de Saramago, ya que expresan lo evidente. Con lo que no coincido es su negación de lo religioso. El dogma, aunque a veces puede ser usado como instrumento de opresión y control, también puede ser expresión de algo vivo, de una función espiritual que es todo menos estéril.
   
Como se mencionó antes, actualmente atravesamos por una confusión sin precedentes acerca del sentido de lo religioso. Ante esto, el hombre, en busca de seguridad, polariza su postura. Por un lado, están quienes permanecen anclados en modelos religiosos arcaicos y un pensamiento inapropiado para la vida contemporánea. Se llaman a sí mismos “defensores de la fe”, pero, ¿acaso la fe necesita ser defendida? ¿Acaso una verdad no puede cuidar de sí misma? ¿Acaso no es cierto que “si nuestra búsqueda de la verdad nos lleva a la fe en Jesús, no será porque hayamos intentado salvar esta fe a toda costa, sino porque la hayamos redescubierto como la única forma en que nosotros podemos ser “salvados” o liberados” (16)? La fe es una cuestión de experiencia personal, de revelación, y como tal, parece ser absoluta. La experiencia es simbólica, por lo que su numinosidad es avasalladora. Esto complica mucho su tratamiento intelectual y, en una sociedad que ha atravesado –o atraviesa- por una era de la razón, este tratamiento es inevitable. La fe, entonces, se siente invadida por la razón. ¿Pero es que forzosamente debe haber contradicción entre ambas? Una verdad nunca puede contradecir a otra verdad. Es absurdo. Si la dimensión más alta es la inclusiva, y la dimensión superior incluye a la inferior, entonces el mundo religioso incluye al mundo secular. No tiene por qué haber contradicción en ello.
   
Por el otro lado, está el ateo, cuyo concepto de la verdad es racionalista. Cuenta el teólogo judío Pinchas Lapide, acerca de su experiencia con estas personas:

"En todos mis encuentros con ateos –y los he buscado con frecuencia- he llegado a la conclusión de que existen muy pocos a-teos en el auténtico sentido de la palabra. La mayor parte de ellos puede agruparse en tres categorías: los anticlericales, que no pueden soportar a los llamados representantes de Dios y terminan culpando a Dios mismo de los desaguisados cometidos por su personal de a pie. En segundo lugar, los pseudo-ateos, irritados con el diocesillo que les han pintado en casa o en la escuela, que para nada responde a la sed de fe que atormenta sus corazones. En tercer lugar, conozco anti-teístas –especialidad muy judía-, enfrentados con Dios porque no están dispuestos a perdonarle el mal existente en el mundo, pues la imagen que se han hecho de Dios no es compatible con Auschwitz, con todo el mal del mundo, con los niños inocentes que vienen a este mundo con graves deficiencias físicas y psíquicas. Éstos no son propiamente a-teos, pues al ateísmo le es indiferente Dios, sino anti-teístas, que pierden el sueño y las fuerzas en su lucha contra Dios, que luchan contra él como el patriarca Jacob, que se pasó la noche luchando contra el Ángel del Señor, hasta que el alba recibió el nuevo nombre, Israel." (17)

Los ateos, racionalistas por excelencia, también tienden a olvidar que el dogma constituye una expresión del alma mucho más completa que, digamos, una teoría científica. La abstracción es sólo una función de la conciencia, mientras que el dogma representa un proceso vivo, dramático, que opera en los lugares más profundos de nuestra mente. Como Jung dice, debemos recordar que “antes de que los hombres aprendieran a pensar, los pensamientos les vinieron. No pensaron, sino que percibieron su función espiritual.” (18) La intuición, el sentimiento y el instinto forman también una gran parte de nuestra mente que últimamente ha sido muy desplazada por la razón.


  'Jacob luchando con el ángel' (detalle), de
                  Eugène Delacroix

   
Normalmente, el ateo siente esta falta de ideas religiosas, y hace alarde de su mente inquisitiva, de su “ilustración” (19). El agnóstico, al menos, es más noble y sincero, al no tener pretenciones de poseer algún conocimiento absoluto. Sin embargo, ambos parten siempre de la razón para fundamentar sus posiciones, sin preguntarse nunca qué es la razón o, mejor aún, quién es la razón. No utilizaré el término “dios”, por estar cargado de tantas connotaciones que lo vuelven confuso y ambiguo; quizás lo más adecuado para nombrarlo es aquello que es. Y aquello que es, ¿no se encuentra por encima de la razón? ¿O es que el espíritu lo constituye la pura razón? ¿No es la razón un mero factor diferenciador, reduccionista, del ser humano?
   
Como sea, ambas posturas –la del ateo/agnóstico y la del defensor de la fe- resultan fútiles, puesto que se valen del mismo argumento, volteado de un lado hacia el otro. Entran en un círculo vicioso; ninguno se preocupa por construir puentes, ya que encuentran sus posturas irreconciliables. Saramago totalmente dio en el clavo en este sentido, al no incluir el menor rastro del Espíritu en su novela.
   
Saramago se queja de un Dios que ha fallado como Padre. Entonces, Nietzsche tenía razón: “Dios ha muerto”. Necesitamos uno nuevo, después de dos guerras mundiales, un Auschwitz, una Guerra Fría y una nueva guerra entre Occidente y el Oriente Medio. Las antiguas representaciones de Dios, infantiles y absurdas, que lo consideraban (consideran) un celestial apagafuegos, un padre que puede cumplir todos nuestros deseos de sólo pedírselos, no pueden sobrevivir. La Humanidad necesita entrar en el mundo adulto, y encontrar una idea de Dios más alta y madura. Kierkegaard, Schopenhauer, Nietzsche, Freud y Jung ya lo decían, si algunos no explícitamente, al menos entre líneas: una nueva imagen de Dios tendrá que surgir, y ésa sólo puede ser la del Dios guía. Basta ya de paternalismos. El hombre debe aprender a caminar por sí mismo, a tomar sus propias decisiones y afrontar las consecuencias. Ésa es la auténtica idea del destino: éste nos puede ser impuesto, hay circunstancias que no se pueden evitar, pero lo que sí podemos hacer es decidir qué hacer con ellas. Una vez que aceptemos esto, habremos dado un paso sin precedentes, y se podrá decir que el Espíritu habrá actuado y seguirá actuando en nosotros.


Notas y citas:

(1) Carl Gustav Jung ha expuesto una interesantísima teoría, donde describe acontecimientos “sincronísticos” que tienen que ver con las edades astrológicas y el auge y declive del cristianismo. La llegada de Cristo, hacia principios de nuestra era, coincide con la transición entre la edad de Aries y la edad de Piscis, con lo que Cristo se convierte, así, en el último de los corderos y en el primero de los peces. La edad cristiana coincide entonces con la edad de Piscis, cuyo símbolo lo constituyen dos peces que nadan en direcciones opuestas. El símbolo de Piscis da cuenta de una enantiodromia, es decir, de un movimiento que, de tan unilateral que es, conduce al surgimiento espontáneo de un movimiento contrario. Entonces, el primer milenio cristiano correspondería al ascenso de la religión, mientras que el segundo, marcado por psicosis apocalípticas, herejías, racionalismo y guerras devastadoras, correspondería al surgimiento del Anticristo y la caída de la religión. Actualmente, la edad de Piscis se encuentra en su final, por lo que una reevaluación de los principios religiosos –es decir, un Apocalipsis- sería inminente, como entrada a la edad de Acuario. (véase Jung. “El signo de Piscis” y “La ambivalencia del símbolo del pez”. Aion. Barcelona, Paidós: 1997. y “El Anticristo”. Respuesta a Job. México DF, Fondo de Cultura Económica: 1973.)
(2) Véase Hans Küng. Ser cristiano. Madrid, Trotta: 1996. Pág. 155 y ss.
(3) Véase Karen L. King. “The Jesus Tradition” y “The History of Christianity”. The Gospel of Mary of Magdala. Santa Rosa, Polebridge Press: 2003.
(4) Véase Marie-Louise von Franz. “El viaje de la Virgen María”. La gata. Un cuento de redención femenina. Barcelona, Paidós: 2002.
(5) Véase Karen L. King. The Gospel of Mary of Magdala. Op. cit.
(6) Pocos años después, Urbano II vendió como esclavas a todas las esposas de los sacerdotes, dejando a sus hijos huérfanos. Cabe mencionar que Bonifacio IX, el patriarca anterior a Gregorio VII, renunció al papado para poder casarse.
(7) Future Church. http://www.futurechurch.org/languages/spanish/historia.htm
(8) Véase Massimo Izzi. Diccionario ilustrado de los monstruos. Barcelona, José J. de Olañeta: 2000. Pág. 435.
(9) Incluído en C.G. Jung. Simbología del espíritu. México DF, Fondo de Cultura Económica: 1998.
(10) Véase Mircea Eliade. “La asociación Dios-Diablo y la inmersión cosmogónica”. Mefistófeles y el andrógino. Barcelona, Kairós: 2001.
(11) Es característico de los llamados pueblos “primitivos” que regresen al dios creador en busca de ayuda ante una gran calamidad, cuando el resto de sus dioses no pueden brindar una respuesta satisfactoria. En el caso de Israel, los profetas jugaron un papel clave, ya que mantuvieron vivo el yaveísmo a un punto tal que se terminó expulsando de las tribus semíticas al resto de las deidades. (Véase Mircea Eliade. “’Desdicha’ e ‘Historia’”. El mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.)
(12) En Éxodo 34:6, se le llama a Yahveh “Dios misericordioso y clemente, tardo a la ira, rico en misericordia y fiel”. Véase también Eliade. “When Israel Was a Child”. A History of Religious Ideas Vol. 1. Chicago, The University of Chicago Press: 1978.
(13) Como los cuatro unidos dentro de un círculo. La matriz china Ho-tou, que representa el tiempo eterno, es todavía más precisa, al colocar números continuos e inacabables en el orden de una cruz de 5 partes: sur, norte, oeste, este y centro.
(14) En una curiosa historia, Louis Charbonneau-Lassay cuenta que, originalmente, la paloma no fue utilizada como símbolo de inspiración divina, sino simplemente la autora de una inspiración feliz. Fue por eso que en 240 d.C. se hizo planear una paloma sobre los clérigos romanos al elegir al papa san Fabián. (Charbonneau-Lassay. El bestiario de Cristo. Vol. II. Barcelona, José J. de Olañeta: 1997. Pág. 481)
(15) Por otro lado, se ha retratado a la paloma también como símbolo de la Virgen María.
(16) Nolan. ¿Quién es este hombre? Jesús antes del cristianismo. Bilbao, Sal Terrae: 1981. Pág. 9.
(17) Viktor Frankl y Pinchas Lapide. Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Barcelona, Herder: 2005. Págs. 62-63.
(18) Psicología y religión. Barcelona, Paidós: 1949. Pág. 79. (Con cursiva en el original).
(19) Otra tendencia que se da mucho entre intelectuales es algo parecido a lo que Ernest Gellner llamó “racionalismo ilustrado”, que no es otra cosa que un agnosticismo elitista, el cual, según afirma Gellner, sólo unas cuantas mentes penetrantes saben manejar.


BIBLIOGRAFÍA:

CAMPBELL, Joseph. Los mitos. Su impacto en el mundo actual. Barcelona, Kairós: 2001.
CHARBONNEAU-LASSAY, Louis. El bestiario de Cristo. Vols. I y II. Barcelona, José J. de Olañeta: 1997.
ELIADE, Mircea. A History of Religious Ideas. Vol. 1. Chicago, The University of Chicago Press: 1978.
-----: Meefistófeles y el andrógino. Barcelona, Kairós: 2001.
-----: Ell mito del eterno retorno. Buenos Aires, Emecé: 2001.
FRANKL, Viktor y Pinchas Lapide. Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Barcelona, Herder: 2005.
VON FRANZ, Marie-Louise. La gata. Un cuento de redención femenina. Barcelona, Paidós: 2002.
GELLNER, Ernest. Posmodernismo, razón y religión. Barcelona, Paidós: 1992.
DE GUBERNATIS, Angelo. Mitología zoológica. Las leyendas animales. Los animales del aire. Barcelona, José J. de Olañeta: 2002.
IZZI, Massimo. Diccionario ilustrado de los monstruos. Barcelona, José J. de Olañeta: 2000.
JUNG, Carl Gustav. Aion. Barcelona, Paidós: 1997.
-----: Pssicología y religión. Barcelona, Paidós: 1949.
-----: Reespuesta a Job. México DF, Fondo de Cultura Económica: 1973.
-----: Siimbología del espíritu. México DF, Fondo de Cultura Económica: 1998.
KING, Karen L. The Gospel of Mary of Magdala: Jesus and the First Woman Apostle. Santa Rosa, Polebridge Press: 2003.
KÜNG, Hans. Ser cristiano. Madrid, Trotta: 2003.
MUCHEMBLED, Robert. Historia del diablo. Siglos XII-XX. México DF, Fondo de Cultura Económica: 2004.
NACAR FUSTER, Eloino y Alberto Colunga Cueto (traductores). Sagrada Biblia. 32ª ed. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos: 1976.
NICHOLS, Sallie. Jung y el Tarot. Barcelona, Kairós: 2005.
NOLAN, Albert. ¿Quién es este hombre? Jesús antes del cristianismo. Bilbao, Sal Terrae: 1981.
SARAMAGO, José. El Evangelio según Jesucristo. México DF, Alfaguara: 2003.


Internet:
THE CATHOLIC ENCYCLOPEDIA. http://www.newadvent.org/cathen/index.html
FUTURE CHURCH. http://www.futurechurch.org/


10/2006


Hosted by www.Geocities.ws

1