Atrás
Tertium non datur:
La
ausencia del espíritu en el evangelio de Saramago
1. Esperanzas y desesperanzas de
renovación
Quizás no exista un término que actualmente sea
más puesto en tela de juicio que el término
religión, al menos en nuestro mundo de Occidente. Mucho se
discute acerca de la derrota del cristianismo, del auge del
ateísmo y –muy característico de los llamados tiempos
posmodernos- del amplio esparcimiento del agnosticismo. Con todo, nunca
se ha podido hablar de una pérdida total de lo religioso. Al
contrario: entre más se confunde el sentido de lo religioso,
más parece robustecerse su búsqueda. Y, lamentablemente,
mayor se ha hecho la polarización de mundos y posturas: basta
para eso ver el actual choque de culturas entre el Medio Oriente
musulmán y el Occidente cristiano, con una enorme psicosis
bélica.
Un resurgimiento de lo antiguo pagano, de la espiritualidad
ctónica y femenina, marca mucho a los países europeos y
norteamericanos; y un auge sin precedentes del espiritismo y el
esoterismo se ha expandido por todo el globo, ya desde hace más
de un siglo. La búsqueda de nuevos mesías, de nuevos
órdenes radicales, degeneró en las peores
catástrofes que la humanidad ha presenciado: dos guerras
mundiales, un Holocausto, una Guerra Fría y, actualmente, la
espada de Damocles en forma de armas nucleares, de hidrógeno,
biológicas, químicas. Ante la inseguridad y
confusión interiores, las posturas siempre se extremizan y
hermetizan. Estas amenazas que ahora vemos no podrían ser sino
una consecuencia lógica de la relativización de valores
que el posmodernismo representa.
¿Por qué siempre la religión se encuentra en medio
de los peores conflictos? Porque es una parte inherente, esencial al
ser humano, sin la cual no puede existir el sentido. Poco importa si se
es ateo o agnóstico: cada quien poseerá siempre el
esquema de lo religioso, de lo mitológico. La famosa
aseveración de Nietzsche, “He matado a Dios”, debe interpretarse
mejor como “He matado a un
Dios”. El objeto nunca cambia, sólo el sujeto lo hace.
Nuestra civilización atraviesa por una etapa crítica de
transición. Los antiguos valores dominantes están siendo
sometidos a una durísima revisión, con gran y justa
razón. El Anticristo ha cumplido su misión, y ahora
sólo cabe esperar un Apocalipsis (1).
Intentos de renovar el cristianismo no han faltado. Con la
oficialización del dogma de la Asunción de María a
los Cielos, Pío XII –quizás sin haberse dado mucha cuenta
de ello- pavimentó el camino para el Concilio Vaticano II.
Lamentablemente, el alegre espíritu de este venerable Concilio
recientemente ha sido más que atropellado por una
jerarquía católica ultraconservadora, que pugna por un
regreso al esquema medieval. Todo esto ha agrietado todavía
más el sistema católico y lo ha apartado del
diálogo tanto con las sectas protestantes como con el resto de
las religiones, cosas por las que tan arduamente trabajaron jerarcas
como Juan XXIII y Pablo VI. Las estrategias mercadotécnicas
–característica principal del reinado de Juan Pablo II- se
encargaron entonces de la evangelización mundial, pero el
resultado fue meramente superficial. Ciertamente, una saturación
de beatos y santos nuevos (muchos de ellos de dudosa reputación
moral, e incluso de dudosa existencia histórica) no puede sino
mantener el esquema antiguo de la Iglesia Católica en vida
artificial. Tarde o temprano habrá que desconectar la
máquina.

La asunción de la Virgen
María - un dogma
reciente
Sin embargo, a pesar de la política, la renovación
doctrinal se abre paso a golpes y empujones. Es imposible dejar de lado
las nuevas evidencias que hablan de un mundo cristiano primitivo
sumamente complejo y variado. Los descubrimientos de los manuscritos de
Nag Hammadi, Egipto, y de las cuevas del Mar Muerto, han dado paso a
una controversia que cada vez se expande más y más. Y no
hay por qué ir lejos para darnos cuenta de esto: el reciente
descubrimiento de un Evangelio de
Judas debe bastar para hacernos ver que la religión del
Cristo nunca fue como la pintan.
Vayamos a las fuentes. Tenemos cuatro evangelios canónicos,
sobre los que tanto católicos como protestantes basan, por
completo, sus doctrinas. Las copias más cuidadas de estos
evangelios datan de los siglos III y IV; y el fragmento más
antiguo –del Evangelio de Juan-
data del siglo II. Todo esto ha llevado a filólogos e
historiadores a concluir que estos textos ya existían hacia el
año 100. El Evangelio de
Marcos es considerado el primero en aparecer, hacia el
año 70. A éste le siguen los evangelios de Mateo y Lucas,
que tienen como fuente al Evangelio
de Marcos y a una colección de dichos y frases de
Jesús, conocida como fuente Q,
que actualmente está perdida. El
Evangelio de Juan, helenista, se encuentra aparte de estos tres
(llamados “sinópticos”) y fue el más tardío en
aparecer, alrededor del año 100 (2).
Los evangelios surgieron a través de un proceso de unos
cincuenta o sesenta años a partir de la muerte de Jesús.
Sabiendo esto, analicemos el mejor de los casos: las enseñanzas
pasan de Jesús a los discípulos; luego, pasan de los
discípulos a sus seguidores, entre quienes, supongamos,
estuvieron los autores de la fuente Q y del Evangelio de Marcos; los
discípulos de los discípulos de los discípulos
escribieron los evangelios de Mateo y Lucas; y, después de al
menos doscientos años de copias e interpolaciones, tenemos los
evangelios incorporados al cánon por el Concilio de Nicea. Lo
que tenemos aquí es –en el mejor de los casos, y siendo
inverosímilmente optimistas- una interpretación en quinto
grado. Añádase a todo esto las traducciones al
latín y al griego, y posteriormente los cientos de traducciones
a casi todo idioma existente. El resultado es una Biblia que
conseguimos en casi cualquier librería y que constituye una
auténtica pesadilla interpretativa.
Las cosas se complican mucho más cuando nos enteramos de
deficiencias aún más críticas: en los primeros
tiempos cristianos, eran contadas las personas que sabían leer y
escribir, por lo que la tradición oral era lo realmente
válido. La tradición oral y la revelación
mística y profética fueron lo que moldeó los
primeros rostros del cristianismo. La autenticidad de la doctrina era
evaluada a través del ejemplo de quien la enseñaba;
dependía de personas y no de texto alguno. Los evangelios
constituían una mera guía para el predicador y no eran,
en manera alguna, la base de la predicación (3). Simplemente es
imposible imaginar a un cristiano primitivo sacando del bolsillo su Evangelio de Marcos o sus Cartas de San Pablo y
poniéndose a leerlas en voz alta en medio de un ritual.
Más aún, la existencia de textos como El libro secreto de Santiago, El Evangelio
de la Verdad, El Evangelio de Tomás, El libro de Tomás,
El Evangelio de Felipe, La hipóstasis de los arcontes, El
Evangelio de los Egipcios, El Evangelio de los Esenios, Pistis Sophia,
Los diálogos del Salvador, El Evangelio de María, El
Evangelio de Judas, etcétera, dan cuenta de un
cristianismo primitivo ampliamente extendido y, a la vez, divergente,
caracterizado por múltiples confrontaciones doctrinales. Fue el
diálogo y la discusión lo que marcó al
cristianismo de las primeras épocas. Esto incluso lo vemos en
los textos canónicos, donde Pablo y Pedro discuten el
significado de la Ley. Es más, difícil habría sido
que comunidades primitivas que sólo conocieran ciertos textos
ahora considerados canónicos, llegaran a un acuerdo sobre este y
otros temas. La misma Iglesia Católica no llegó a una
cohesión doctrinal completa hasta la Contrarreforma.
¿Cuál puede ser, entonces, el espíritu
auténtico, original, del Cristianismo?
La rígida doctrina “ortodoxa” a la que estamos acostumbrados nos
hace muy difícil comprender la génesis cristiana sin
prejuicio alguno, sin esa división tajante entre lo “ortodoxo” y
lo “herético”. La evidencia habla de unas raíces
cristianas complejas y diversas, de una continua confrontación
donde, al final, los ganadores establecieron la arbitrariamente llamada
“ortodoxia”, y encajonaron al resto de las doctrinas dentro de la
categoría de “herejía”; y a mucho, simplonamente, lo
etiquetaron como “gnóstico”. Fue, entonces, en 325 d.C., al
finalizar el Concilio de Nicea, que el poder constantiniano
definió el destino del cristianismo.
José
Saramago
Pero los tiempos están cambiando. Las bases mismas del
cristianismo están siendo ampliamente cuestionadas. Los
números de sacerdotes menguan, la voz del Papa es todo menos
absoluta, lo peor de la perversiones sexuales y la mafia religiosa
salen a flote, entre mil cosas más. Ante estas circunstancias,
no sorprende que un anciano portugués llamado José
Saramago escriba una novela donde, desde una perspectiva abiertamente
actual, reelabora los evangelios y cuestiona los principios mismos del
cristianismo y, con ellos, los de una cosmovisión occidental
polarizante. Adentrémonos, pues, en su Evangelio según Jesucristo
y, dado que su particular visión de las cosas se da a partir de
cada personaje, analicemos a los más relevantes, uno por uno.
2. José
La tradición cristiana otorga un papel bastante
secundario al padre adoptivo de Jesús. Esto es muy comprensible,
ya que no se trata más que de un sujeto que fue lo
suficientemente honesto, noble y temeroso de Dios como para cuidar a su
Hijo encarnado. No se le atribuye un nacimiento excepcional, como el de
María, ni milagro alguno, ni otro papel que no fuera el de
guardián del Niño Divino. Apenas lo mencionan los
evangelios, y su muerte ocurrió en el momento apropiado, de
manera que Jesús centrara toda su atención en su padre
verdadero y en la misión que éste le encomendó.
Así que José, en tradición cristiana, simplemente
es el aburrido modelo del padre ideal (e incluso un modelo incompleto,
puesto que murió joven). Y nada más.
No es así en el “evangelio” de Saramago. Sin mencionar que es el
constante receptáculo de los justos –pero berrinchudos- reclamos
de Saramago a la tradición patriarcal y sexista judeocristiana,
José, en esta novela, es padre de biológico de
Jesús, debido a que semilla se mezcló con la de Dios al
momento de fertilizar el óvulo de María. Y, como tal, es
causante directo de la tragedia edípica de su hijo.
José es un hombre justo, pero que, después de todo, es
solamente un hombre y, como tal, comete errores, algunos de ellos
terribles. Fue ése el caso de la matanza de inocentes en
Belén: José, sabiendo lo que sucedería, fue a
salvar a su hijo, pero sucede que éste no necesitaba ser
salvado; mas los niños de Belén, sí. Y José
no hizo nada para advertir a los padres. Su pecado fue transmitido a
Jesús por misteriosas razones que sólo Dios conoce. Y, de
hecho, fue Dios quien orquestó la situación, primero
metiendo al profeta Miqueas en los sueños de Herodes, y
después haciendo que José se enterara de los planes de
matanza por medio de una incauta conversación entre soldados del
rey.
Las decisiones finales, no obstante, fueron hechas por Herodes y
José. Saramago nos muestra, entonces, a tres culpables del
asesinato de los inocentes: Dios, Herodes y José.
Finalmente, José paga por su crimen mediante un suicidio, yendo
a auxiliar a un vecino guerrillero y moribundo a un pueblo que
está a punto de ser tomado por soldados romanos. ¿Fue un
acto de caridad o uno egoísta? Por un lado, está su
responsabilidad hacia el vecino y el afligido; y, por otro, está
su responsabilidad hacia la familia. La realidad parece estar mezclada:
fue una caridad egoísta, valga el oxímoron. Como sea, la
historia hace pensar que pudo haber cumplido con ambas
responsabilidades, pero José, torpemente, se demoró mucho
en aquel pueblito de Séforis. Cuando estaba por salir, lo
aprehendieron los romanos y después lo crucificaron. Él
no puso objeción.
Dios, nos dice Saramago, se dio por satisfecho, ya que, con la
crucifixión de José, se cumplió un requisito
indispensable en el destino de Jesús.
3. María
El Hijo de Dios no podía nacer de una persona cualquiera, por lo
que los preparativos de Yahveh fueron de lo más cuidadosos. Hizo
nacer a una mujer sin pecado original, de una pureza que no
podrá volver a existir jamás en este mundo. De esta
manera, María se sitúa muy por encima de la especie, al
conservar la limpieza que el ser humano tenía durante su
estancia en el Paraíso Terrenal. María es Eva vuelta a
nacer, una mujer que redime a la Madre de la especie.
Y, como nueva Madre, María obtiene una posición de deidad
velada. Desde hace más de mil años se daba por hecho que
ella estaba al lado de la Trinidad, cumpliendo el papel de mediadora y
pacificadora. Sin embargo, no fue sino hasta 1950 que la Iglesia, a
través de Pío XII, decidió hacer una
declaración pontificia donde se oficializó su
asunción a los Cielos. En rigor, esto no le otorga el status de una diosa, pero, como
señora de los Cielos, básicamente tiene los mismos
derechos que Cristo, el rey.
¿Por qué el dogma tardó tanto en ser declarado, si
realmente no modifica un solo punto de la doctrina y no hace más
que confirmar lo que ya todo el mundo sabía? Solamente digamos
que la Iglesia no podía mantenerse tan ciega a los tiempos, que
presionaban hacia la aceptación oficial de una deidad femenina.
El Espíritu Santo, hereje como él solo, cumplió
con su acción progresiva, tendiendo un puente hacia el Concilio
Vaticano II.
Por supuesto, la historia oficial del cristianismo siempre ha tratado
de evadir la otra cara de María. Si bien el primer milenio de la
era cristiana descubrió el misterio de la Madre Diosa, el
segundo milenio vio surgir su lado terrible, a través de la caza
de brujas que por tantos siglos se extendió por Europa y
América. Recordemos que toda diosa contiene dentro de sí
misterios oscuros, puesto que como poseedora del secreto de la vida,
también lo es del secreto de la muerte. Los motivos de la Madre
Terrible, la devoradora de hijos, la prostituta castradora, han
existido desde siempre en la imaginería religiosa de todas las
culturas. La diferencia con el cristianismo es que éste
separó radicalmente las facetas de la madre pura y la hermana
mística, de las de la bruja devoradora, mientras que ambas
coexistieron siempre en las mitologías politeístas,
formando así una especie de compensación (4). Poco
sorprende, entonces, que cientos de miles de mujeres hayan sido
torturadas y asesinadas en aquel horrorizante frenesí que
protagonizó la Santa Inquisición.
En Saramago, sin embargo, María no es ni bruja ni santa; es
sólo una mujer común y corriente. Es la esposa siempre
obediente de José, quien, significativamente, obtiene
protagonismo a través de su relación con el Diablo. Dios
no la escogió para que llevara a su hijo en el vientre;
Él solamente estaba de paso, y se le antojó María,
así, al azar. María decide no hacer caso al Diablo, por
lo que su papel queda relegado al de simple instrumento tanto de Dios
como de los ángeles, quienes la distrajeron con un mensaje
divino para poder violar a su hija cómodamente. Satanás
le ofrecía libertad y dignidad, pero ella prefirió la
sumisión al patriarca. Con Jesús, su relación fue
difícil, tanto que no volvió a acercársele
después de su segunda partida. Ella forma parte de una familia
algo disfuncional.
El mensaje que Saramago transmite a través de María es
claro y sencillo: Dios no es un Dios de mujeres; y las mujeres, durante
mucho tiempo, decidieron que esto era lo justo. Triste, sin duda.
4. María de Magdala
Hablando de injusticias hacia las mujeres, uno de los ejemplos
más claros de ello en el catolicismo es María de Magdala.
Como con todo personaje bíblico, no podemos saber demasiado de
ella, pero sí lo esencial. Su epíteto, “Magdalena”,
indica proveniencia del pueblo de Magdala (Migdal), ubicado en la costa
oeste del Lago Genessaret. Se sabe que acompañó a
Jesús a través de todo su ministerio, que estuvo presente
en la crucifixión, en el entierro y que fue testigo de la tumba
vacía. Su nombre aparece como primero en las listas de las
mujeres que acompañaban a Jesús; es una de las
principales oradoras en textos de primero y segundo siglos que tratan
los diálogos de Jesús con sus discípulos
después de la resurrección; y es retratada como la
primera, o una de las primeras privilegiadas en ver al Cristo
resucitado. La tradición posterior la llama apostola apostolorum. Todo esto
parece sugerir que María Magdalena fue una líder o
visionaria profética entre algún sector de los primeros
movimientos cristianos. Ella incluso posee su propio evangelio (5).
María
Magdalena, una amenaza al
patriarcado eclesial
El Evangelio de Lucas es el
que peor trata a María de Magdala, identificándola como
una mujer de quien fueron expulsados siete demonios (Lucas 8:2). Lucas
8:3 después reduce el papel de María a la de mera mecenas
de Jesús, cosa que es afirmada también en los Hechos de los apóstoles.
Cosa curiosa: entre los primeros padres de la Iglesia, la Magdalena
siempre fue vista favorablemente, y fue sólo a partir del siglo
IV que el tono comenzó a cambiar y surgió la historia que
la retrata como una prostituta arrepentida. Pero ella nunca lo fue. La
tradición Ortodoxa Oriental nunca la menciona como tal. Lo que
encontramos en la tradición Católica Occidental es una
elaboración ficticia acorde a sus propias necesidades
espirituales y objetivos políticos. Se sabe que durante los
primeros siglos del cristianismo, las mujeres líderes no eran
cosa inusual, por lo que el orden patriarcal se veía
auténticamente amenazado. Gregorio Magno fue quien finalmente
cerró la discusión, definiéndola para la larga
posteridad como prostituta. Una mancha vil en un hombre que, por lo
demás, fue un jerarca admirable.
Saramago retoma la tradición de la prostituta, pero con fines
que están lejos de hacer menos a este personaje. De hecho,
Jesús siempre la trató como su igual, en completa
oposición a las costumbres judías. María es una
prostituta arrepentida, que se redime por el amor conyugal hacia
Jesús. Ella es quien lo inicia en los misterios del amor y la
sexualidad, con lo que Saramago critica la dura imposición del
celibato en los sacerdotes católicos. Y es que, en realidad, no
fue hasta el siglo XI que el celibato fue declarado obligatorio por
Gregorio VII (6). Ya siglos antes se habían dado fuertes
consignas en contra de la vida conyugal de los clérigos, pero
sobra decir que fueron pocos los que hicieron caso. De cualquier
manera, el motivo del celibato fue más político que
espiritual: con él, la Iglesia se libraba de la carga de tener
que mantener a las familias de los sacerdotes, y además las
herencias pasaban directamente a los bolsillos eclesiales. Corre el
rumor de que la Iglesia Anglicana ofreció fusionarse a la
Católica con la condición de que el Concilio Vaticano II
aboliera el celibato. Esto no ocurrió, pero se dio uno que otro
avance: en 1980 se realizó en Estados Unidos la
ordenación de pastores anglicanos y episcopales casados como
sacerdotes católicos; en 1994, esto también
sucedió en Canadá e Inglaterra (7).
5. Jesús
Puede afirmarse, con seguridad, que en Occidente no ha habido nombre
más venerado que el de Jesús. Pero, como suele ocurrir
con mitos tan poderosos, su fuerza se mezcla con centenares de
intereses políticos y, por consiguiente, la historia termina
torciéndose de las maneras más inverosímiles. Es
por eso que a través de los siglos, el nombre de Jesús ha
sido utilizado para justificar crímenes, genocidio, guerras,
torturas, humillaciones, masoquismo, xenofobia, sexismo, locura e
insensatez increíbles. Cosas a las que Jesús se opuso
más que enérgicamente han sido ampliamente predicadas y
difundidas en su nombre. No podría ocurrir ironía
más grande.
En su libro, Jesús antes del
cristianismo, el dominico Albert Nolan ofrece una visión
histórica del Jesús hombre, alegando que éste no
pertenece a institución religiosa alguna, sino a la humanidad
entera. Basándose rigurosamente en los cuatro evangelios
canónicos, Nolan ofrece una perspectiva de la vida de
Jesús que muy poco tiene que ver con lo que ha sido predicado
durante siglos, tanto por medio de sermones y doctrina, como de
ejemplos vivos. Sería fútil tratar de resumirlo todo
aquí, pero al menos revisemos algunos de los puntos más
importantes:
- Jesús siempre centró gran parte de
su discurso en la redención de los pobres, los oprimidos y los
pecadores. Estos son: mendigos, mudos, cojos, tullidos, leprosos,
ciegos, viudas, huérfanos, campesinos, esclavos, prostitutas,
recaudarores de impuestos… En suma, todo aquél que sufre de
vergüenza e ignominia. Lo que Jesús quiso decir con esto
fue -contrario a una muy difundida creencia-, que Dios no abandona a
nadie, y que la condición de marginados no implica que estas
personas hayan sido excluidos de su misericordia. Critica
también a quienes dicen que ser conocedor de la Ley es necesario
para ser salvado. No; sin que la Ley carezca de importancia, lo que
más cuenta es la virtud.
- La liberación de la culpa de pobres y
oprimidos consistió en la aceptación de Jesús. Al
tratarlos como sus iguales, los liberó de sentimientos de
vergüenza, humillación y culpa. Si el pecado era una deuda
para con Dios, contraída por uno mismo o por un antepasado,
Jesús la canceló. (¿Qué sentido tiene,
entonces, el enorme culto a la culpabilidad que tanto fue predicado por
el catolicismo?)
- La “buena nueva” daba ocasión para
celebrar. Jesús brindaba un mensaje de alegría, por lo
que las fiestas y los banquetes, los chistes y la algarabía,
estaban justificados. (Cosa que contrasta con la obligante seriedad de
su posterior Iglesia.)
- El sentido del sufrimiento es un sentido de
compasión. Vencer el sufrimiento consiste en renunciar a los
valores mundanos y soportar las consecuencias. Significa sufrir con y en nombre de los que sufren,
tener una obligación activa para con los demás. La mera
simpatía es inútil y estéril.
Con todo, Jesús nunca se proclamó a sí mismo como
el Cristo. Y hasta ahí el Jesús histórico. El
Jesús mítico –sobra decirlo- es más Dios que
hombre. Los preparativos que se hicieron para su llegada, con una
inmaculada concepción en una mujer que estaba muy por encima del
género humano, dan mucha cuenta de ello. El dios sólo
entra en cuerpo humano, pero, por lo demás, permanece dios; no
participa de las pasiones ni de los errores humanos, conoce su destino
y misión a toda hora.
El Jesús de Saramago es lo inverso. Es un hombre a quien Dios
simplemente prestó algunos de sus poderes y habilidades, y al
que pudo habérselos arrebatado de sólo quererlo.
Está hecho de carne y hueso, es inseguro, fue engañado
alguna vez por una legión de demonios. Saramago aprovecha
cualquier ocasión para recalcar su humana torpeza. Jesús
mismo incluso llega a negar a Dios como su padre, una vez que cae en
cuenta de que éste sólo pretende utilizarlo como
escalón para afianzar su poder sobre el mundo.
Saramago, por cierto, refleja su ideología socialista en un
Jesús que es igualitario con todos, que presta su ayuda sin fin
de lucro y por el bien de la comunidad. Cuando algún pescador,
algún poblado, pretende apropiarse de él para valerse de
su habilidad de llenar las redes de pesca, Jesús simplemente se
aleja. Al menos en este sentido, sí parece estar de acuerdo con
lo que se sabe del Jesús histórico.
Jesús es, en Saramago, un héroe trágico, un hombre
que pretendió luchar contra su destino como supuesto Hijo de
Dios, por el bien de los hombres. La elección del carnero como
símbolo de Cristo es muy adecuada, al menos por una parte. El
carnero siempre ha sido símbolo de vida y de fecundidad, y
testimonio de ello dan Knef, Osiris, Amón, Zeus, Agni, entre
otros dioses antiguos que se valieron de él. Y es sólo
lógico que un carnero deba ser sacrificado, ya que, así,
el poder de vida contenida en éste retorna a la fuente, y luego
resulta indispensable para continuar con el ciclo de vida y muerte.
Pero todo símbolo tiene su lado oscuro, y el del carnero es su
capacidad de conducir a las ovejas según le plazca. Bien puede
protegerlas, bien puede tirarlas por un barranco. Al final, las ovejas
no tienen mente propia y, si el rebaño representa a la
población cristiana, ¿qué se puede decir?
El Jesús de Saramago, sin embargo, no es tanto un carnero como
un títere de un Dios mayor. Y, ni siquiera estando a la derecha
del Padre, es capaz de salvar a sus hermanos hombres.
6. Pastor
La tradición cristiana conoce a Satanás como el
“ángel caído”: el predilecto de Dios, Shammael, Lucifer,
quien, según algunas leyendas, fue el primer ángel en ser
creado y, como tal, está sobre toda jerarquía de su
género (8). Él fue quien tentó a Eva en el
Paraíso y causó la caída de la humanidad. Se cree
que el rayo de Dios lo hizo caer a la Tierra, por lo que su mundo, el
Infierno, se encuentra en lo más profundo de ella. Su reino es
el nuestro y, como deidad ctónica, guarda una estrecha
relación con lo femenino.
La tradición hebrea lo retrata de una manera muy distinta.
Satanás, cuyo nombre parece provenir del verbo satan (= retar, impugnar,
perseguir) es un miembro de la corte celestial, que cumple con el
divino y necesario papel del adversario, el opositor, el abogado
fiscal. Riwkah Schärf, en su fascinante ensayo, “La figura de
Satanás en el Antiguo Testamento” (9), explica cómo
Satanás aparece, psicológicamente, como una figura
perteneciente a la personalidad de Yahveh que, poco a poco, se
desprende del dios hasta llegar a ser una entidad casi autónoma.
Satanás aparece como mal’ak
Jahwe (“enviado de Dios”) en Números 22:22 ss.; como bene ha-Elohim (“hijo de Dios”) en
el Libro de Job; después ya como antítesis del mal’ak Jahwe en Zacarías 3:1
ss; y, finalmente, como demonio independiente en I Crónicas 21:1
ss.

Ilustración de
Satanás, por Gustave Doré, para el
'Paraíso Perdido' de Milton
El cristianismo dio el paso final hacia la total independencia de
Satanás respecto a Dios. Sin embargo, es interesante ver lo que
la tradición popular hizo después con esta figura: los
bogomilos creían que Satanael era el primogénito de Dios
y Cristo el segundo; un mito ruso cuenta que Dios y el Diablo
existían unidos desde el principio de los tiempos; altaicos
meridionales, abakan-katzines y morduinos relataban que Dios
había creado al Diablo de su propia sustancia, y que juntos
dieron origen al mundo; leyendas búlgaras cuentan que el Diablo
surgió de la sombra de Dios y juntos pactaron una
repartición del universo; los cíngaros de Transilvania,
vogules, buriatos y altai-kizi tenían un mito según el
cual Dios reconoce su incapacidad para crear el mundo y recurre al
Diablo. Y, así, existen muchos más ejemplos (10).
En cualquier caso, resulta evidente que el potencial creador del diablo
no puede ser negado tan fácilmente. Ciertamente, fue el Demonio
quien, como Prometeo, robó el fuego celestial y otorgó a
los hombres la capacidad de discernir el bien del mal. Fue
Satanás quien elevó al hombre de su status animal, y le otorgó
razón y consciencia. Sin su encrucijada demoníaca, no
existiría diferenciación de la consciencia, menos
aún civilización o capacidad de trascendencia espiritual.
El Diablo es el supremo trickster que, mediante la confusión que
ocasiona, obliga al hombre a enfrentarse al mundo y a sí mismo,
logrando, mediante esta dinámica, un movimiento trascendente, si
bien, trágico. Y sólo podía ser así: el que
roba el fuego divino, bien puede iluminar o purificar, pero igualmente
puede ser consumido por su calor y reducirse a cenizas. Todo depende de
cómo lo utilice.
Cuando se reprime este aspecto demoníaco y se reduce el mal a
mero privatio boni, las
consecuencias pueden ser devastadoras. Basta, para esto, ver siglos de
quema de brujas y herejes, siglos de guerras sin tregua por la ciudad
de Jerusalén. Las actitudes unilaterales que niegan el aspecto
del demonio interno terminan por proyectarlo hacia una figura externa,
mientras éste consume al sujeto hasta hacerlo añicos.
Éste es el principal causante de las guerras más
destructivas. Suficiente es ver el Holocausto Nazi, el conflicto entre
Palestina e Israel, o las guerras que Estados Unidos ha hecho en Medio
Oriente. El demonio requiere de nuestra atención y
aceptación; de lo contrario, termina poseyéndonos por
completo.
En Saramago, Satanás es Pastor. Él es quien enseña
a Jesús a cuidar de un rebaño, a protegerlo con
auténtico amor, mediante una enorme apreciación de la
vida. Jesús casi lo logra. Su error, dice Saramago, fue creer
ciegamente en los designios de un Dios hambriento de poder. Al final se
da cuenta de ello, pero ya es demasiado tarde. Los papeles se han
invertido, siendo Satanás un Adversario que pugna por la vida.
No obstante, Satanás no puede hacer otra cosa que aceptar un
pacto con Dios, mediante el cual Dios se queda con la vida y él,
con la muerte. Aquí, Saramago nos muestra un papel ambivalente
en los dos personajes: Dios es una deidad demoníaca, que en el
fondo parece tener destellos de compasión; y el demonio es una
figura llena de compasión, pero que debe ocasionar el mal, a fin
de conservar el mundo. Las tendencias opuestas se encuentran en un
choque total, sin posibilidad de tender puente alguno.
7. Dios
Los orígenes de Yahveh siguen siendo un tanto oscuros,
pero se sabe que primitivamente era un dios duro y demoníaco.
Existe una cantidad considerable de pasajes veterotestamentarios que
dan cuenta de su carácter terrible e inflexible. Él es
“el que es”, el misterioso “dios de los padres”, el guardián y
protector de Israel. El ímpetu con que los profetas lo
predicaban, a la vista de los no pocos desastres por los que
atravesó el pueblo hebreo, lo convirtió en un dios
único (11). El carácter belicoso de Yahveh hace que asuma
el papel de padre de su pueblo y supremo protector de quienes lo
alaban. Sin embargo, se piensa que la personalidad de Yahveh
logró suavizarse al entrar el pueblo hebreo en Canaán.
Fue entonces que Yahveh fue identificado con el dios cananeo El, “dios
del padre”, obteniendo una dimensión cósmica que no
podía tener como divinidad de clanes y familias. El, entonces,
habría heredado a Yahveh su amabilidad y compasión (12).
No obstante, su reputación de dios terrible no podía ser
enteramente aminorada en un pueblo que sufrió tanta
opresión y calamidad. Es así como, entre los años
600 y 300 a.C. surge un texto muy subversivo llamado Libro de Job. En él, se
narra cómo Yahveh pone a dura prueba a un sirviente humano suyo,
Job. Este Job es, sin duda, el hombre más justo y temeroso de
Dios que hay sobre la Tierra, pero Yahveh –por motivos aparentemente
incomprensibles- decide quitarle sus riquezas, matar a su familia y
someterlo a enfermedades terribles. Y, sorprendentemente, todo esto lo
hace bajo clara influencia de su bene
ha-Elohim, Satanás. Al final, Job resiste las pruebas sin
maldecir o cuestionar los inescrutables designos de Dios, por lo que es
recompensado ampliamente.
El tetragrama
sagrado
'YHWH'
En el que quizás es su libro más controvertido, Respuesta a Job, Carl Gustav Jung
expone una muy interesante teoría respecto a los motivos
detrás de las pruebas de Yahveh. Vincula, primero, la
aparición del Libro de Job
a la de los escritos llamados Proverbios
de Salomón, que se dieron a conocer alrededor de los
siglos IV y III a.C. Este libro refiere a la idea de la
Sabiduría, la Sophía
o Sapientia Dei, un
espíritu de naturaleza eminentemente femenina. Se trata, en
realidad, de la aparición del Espíritu Santo, pero de eso
hablaremos más adelante. La Sabiduría se muestra, con
gran autonomía, como mediadora y abogada de los hombres ante
Yahveh, revelando así el deseo de Dios de llegar a una plenitud
mediante una unión mística con el ser humano.
¿Cómo se relaciona esto con el Libro de Job? El misterio de la
penas de Job podría no ser tan inescrutable del todo. El
perfeccionismo de Yahveh, anunciado en su alianza con Israel, ha
mostrado fallas grandes, ya que se encuentra basada en una unión
masculina que ha perdido todo rastro de eros, la pasión. Yahveh,
entonces, no debe buscar tanto la perfección como la plenitud.
Debe buscar la manera de compensar esta falta. Para eso, y ante su
inseguridad, pone a prueba al hombre. Curiosamente, entre más
fuertes son las pruebas que impone, más parece incrementarse su
ansiedad, y más fuerte se vuelve la influencia de Satanás
sobre él. Yahveh, soberbio, no desea enterarse de la terrible
realidad de que el hombre puede llegar a tener una altura moral incluso
mayor que la de él mismo. Job, sin embargo, prueba que es
así, al resistir las catástrofes sin reclamo alguno. La
Sabiduría (a través de Satanás) ejerce su labor, y
Yahveh se da cuenta de que el hombre posee lo que a él le falta.
A partir de entonces, Dios desea
hacerse hombre, e inicia una nueva alianza que trasciende a su
pueblo.
Así, tenemos en el Libro de
Job y en los Proverbios de
Salomón, el preámbulo para la aparición de
Jesucristo. Esto contrasta notablemente con la imagen que Saramago nos
da de Dios, según la cual éste realmente no se encarna en
Jesús, sino que sólo lo utiliza para afianzar su poder.
En cierta forma, parece un típico villano de cómic:
sólo desea conquistar el mundo. Pero esto lo hace mediante su
institución principal, la Iglesia Católica Romana, que se
distinguió por una enorme cantidad de acciones que parecieron ir
más allá de la sociopatía. Al menos, así es
retratada últimamente. El lado positivo del cristianismo, el
lado auténticamente libre y espiritual que parecían
anunciar estos textos veterotestamentarios, se ha visto opacado por las
terribles acciones de la Iglesia, que nuestra sociedad actual pone bajo
los reflectores.
8. El Espíritu ausente
El misterio de la Trinidad posiblemente es el más
discutido en toda la historia de la Iglesia, pero hagamos un intento
para, al menos, darnos una idea básica de lo que trata. Para
esto, veamos primero la significación de los números. El
1 es la unidad indivisible, a la que todo número se remite. Es
una cifra solitaria, pero a la vez es la que une a un conjunto. El 1,
por sí mismo, no es nada, por lo que sólo adquiere
sentido si se lo pone en relación con un segundo. Aparece
aquí el número 2. Sin embargo, dos entidades siempre
estarán en oposición, por lo que se necesita un tercero,
un mediador. Tenemos entonces el 3, que muchos han considerado como
cifra perfecta, ya que tiene un principio, un medio y un fin. Pero no
termina ahí. Entra en juego el 4, que es el número
más problemático. Se podría pensar que el 4 es el
número que representa la unión de los 3 anteriores, pero
no es así. Platón aborda el problema en su Timeo, concluyendo que el 4
“está enfermo”. Aparece también en el axioma de Maria Prophetissa
medieval, el problema del 3 + 1. El 4 es la parte indiferenciada,
reprimida, fantasmal, faltante, no vista. Es la parte oculta que
complementa la totalidad. Una vez que es asimilada, llega entonces el
5, la quntaesencia, que une a los 4 anteriores.
Esto lo podemos comprobar al ver los símbolos de la totalidad
que abundan en la imaginería religiosa mundial. Y no sólo
religiosa; bien como vemos el número cuatro en la visión
de Ezequiel y en los mandalas hinduistas, también lo encontramos
en los puntos cardinales y en los cuatro elementos. El símbolo
que mejor lo representa es una esfera dividida en cuatro partes (13).
¿Qué sucede cuando dividimos estos símbolos? Si
tomamos un cuadrado o un cuadrángulo, que también
representan esta totalidad, y lo partimos diagonalmente, lo que
obtenemos son dos triángulos equiláteros. Es preciso,
ahora, hablar de trinidades.
Es común encontrar tríadas de dioses en todas las
culturas. Éstas representan una parte importante de una
totalidad mayor. Porque, así como puede existir una
tríada celestial, necesita ser complementada por una
tríada ctónica. En el caso del cristianismo, el cuarto
obvio es Satanás; como tríada, basta ver el diablo
tricéfalo con que Dante lo representa en su Infierno. Tampoco es difícil
encontrar un dragón de tres cabezas en los cuentos populares
medievales. Y esto sólo por poner unos pocos ejemplos.
La Trinidad cristiana es, como ya se dijo, un complejísimo
problema. Primero estaba el Padre, que, después, decidió
encarnarse en el Hijo. Hasta aquí, existe una continuidad muy
lógica: el Hijo proviene del Padre. El Padre es un anciano, el
viejo Dios, mientras que el Hijo es el joven renovador. Pero luego
viene el Espíritu en forma de… ¡paloma!
¿Qué es lo que significa esto? Según el credo
niceno, el Espíritu procede del Padre y del Hijo, pero no existe
continuidad lógica alguna. El Espíritu, entonces, debe
estar regido por una premisa distinta. Entre los cristianos
“gnósticos”, se tendía a representar el Espíritu
como la Sophía Madre.
Esto parece tener sentido, si tenemos en cuenta que la
Sabiduría, tal como ya vimos, es un atributo femenino, el Eros. Las piezas encajan
todavía más cuando vemos que Jesús se
encarnó en María por obra de este Espíritu. Pero,
en todo caso, no explica del todo el misterio, puesto que, de ser
así, el Espíritu Madre sería el segundo y
Jesús, el tercero. El orden se trastocaría en su propia
esencia.

La paloma y el ave de
paraíso, símbolos del espíritu
Por lo tanto, el Espíritu no puede ser la Madre.
¿Qué es, entonces? El Espíritu siempre ha sido
representado como un “soplo”, viento, aliento, anima, fuego vital y celestial
indómito. En un momento clave, Cristo recuerda a sus
discípulos: “sois dioses”, haciéndolos partícipes
de la esencia de Yahveh y reconciliándolos con éste.
Así es que Yahveh envía a la Tierra un Paráclito,
un consolador que ayude a proseguir y complementar la
encarnación y el mensaje del Cristo. ¿Por qué?
Jung afirma que Jesús, por razones de partenogénesis y
falta de pecado, nunca fue un hombre empírico y, en
consecuencia, su labor de acercamiento a los hombres debe ser
continuada. Tampoco debemos olvidar que sus enseñanzas
jamás fueron comprendidas del todo. La reparación es
auxiliada por el Paráclito, que no es otro que el
Espíritu Santo, una función divina que a la vez es
persona. Queda aclarada aquí su labor como tercero.
Falta, ahora, ver cómo ha recibido la Iglesia Católica al
Paráclito. Lo representa como una paloma. Tan sólo de ver
su no representación como ser humano, nos damos cuenta de lo
alejado que está del hombre. ¿Por qué la paloma?
Ciertamente, la paloma es el ideograma de la paz, de la fidelidad
conyugal, de la pureza de las costumbres, de la simplicidad y del dolor
resignado (14). Ése es al menos su aspecto de paloma blanca; en
otros colores, como gris, negra o parda, la paloma puede ser
también la mensajera de la muerte y de predicciones nefastas.
Por supuesto, este último aspecto no existe para la Iglesia.
Después de todo, la paloma es también la Iglesia misma
(15), la esposa de Cristo. La paloma negra pertenece al Diablo.
Significativamente, se elige a una paloma doméstica. Esto
podría dar cuenta de la necedad de la Iglesia por mantener al
Espíritu bajo control. Pero tal cosa es imposible, ya que el
Espíritu “sopla donde quiere”; precisamente es ésa su
función como Paráclito. ¿Por qué no
representar al Espíritu, mejor, como ave del paraíso, que
era también una imagen conocida? Fue el ave del paraíso
aquella voladora perpetua e incansable que fecundó las aguas del
caos primigenio, ayudando al Creador a hacer la luz. No; no es una
imagen apropiada si lo que se desea es mantener un control absoluto
sobre la doctrina.
Ésta es, quizás, la razón por la que Saramago
omite, consciente o inconscientemente, la presencia del Espíritu
en su novela: su crítica, llena de fallas, no se enfocó
tanto en la religión como en la institución que ostenta
el poder religioso. Su novela habla de dioses y demonios, pero en
realidad trata de hombres. Y está de más decir que no son
muchos los jerarcas y líderes de esta Iglesia que han aceptado
la influencia del Paráclito.
9. Reflexiones finales
El “evangelio” de Saramago llega a la última
ironía: no es ningún evangelio, no es ninguna “buena
nueva”; es fatal deshaucio. Y, ciertamente, los acontecimientos en
él giran alrededor de las nefastas acciones de la Iglesia
Católica a través de casi dos milenios de existencia,
cosa que lo lleva a una pregunta que cada vez se vuelve más
frecuente en nuestro mundo actual: ¿Qué clase de Dios
permite que su Iglesia cometa tales atrocidades, si están en
flagrante contradicción con su divino mensaje?
Ya se ha expuesto cómo Saramago decidió ignorar el
poderosísimo simbolismo detrás del cristianismo. Aclaro
que no hago una defensa del cristianismo en sí; de hecho, estoy
muy de acuerdo con muchas de las críticas de Saramago, ya que
expresan lo evidente. Con lo que no coincido es su negación de
lo religioso. El dogma, aunque a veces puede ser usado como instrumento
de opresión y control, también puede ser expresión
de algo vivo, de una función espiritual que es todo menos
estéril.
Como se mencionó antes, actualmente atravesamos por una
confusión sin precedentes acerca del sentido de lo religioso.
Ante esto, el hombre, en busca de seguridad, polariza su postura. Por
un lado, están quienes permanecen anclados en modelos religiosos
arcaicos y un pensamiento inapropiado para la vida
contemporánea. Se llaman a sí mismos “defensores de la
fe”, pero, ¿acaso la fe necesita ser defendida? ¿Acaso
una verdad no puede cuidar de sí misma? ¿Acaso no es
cierto que “si nuestra búsqueda de la verdad nos lleva a la fe
en Jesús, no será porque hayamos intentado salvar esta fe
a toda costa, sino porque la hayamos redescubierto como la única
forma en que nosotros podemos ser “salvados” o liberados” (16)? La fe
es una cuestión de experiencia personal, de revelación, y
como tal, parece ser absoluta. La experiencia es simbólica, por
lo que su numinosidad es avasalladora. Esto complica mucho su
tratamiento intelectual y, en una sociedad que ha atravesado –o
atraviesa- por una era de la razón, este tratamiento es
inevitable. La fe, entonces, se siente invadida por la razón.
¿Pero es que forzosamente debe haber contradicción entre
ambas? Una verdad nunca puede contradecir a otra verdad. Es absurdo. Si
la dimensión más alta es la inclusiva, y la
dimensión superior incluye a la inferior, entonces el mundo
religioso incluye al mundo secular. No tiene por qué haber
contradicción en ello.
Por el otro lado, está el ateo, cuyo concepto de la verdad es
racionalista. Cuenta el teólogo judío Pinchas Lapide,
acerca de su experiencia con estas personas:
"En todos mis encuentros con ateos –y los he buscado con frecuencia- he
llegado a la conclusión de que existen muy pocos a-teos en el
auténtico sentido de la palabra. La mayor parte de ellos puede
agruparse en tres categorías: los anticlericales, que no pueden
soportar a los llamados representantes de Dios y terminan culpando a
Dios mismo de los desaguisados cometidos por su personal de a pie. En
segundo lugar, los pseudo-ateos, irritados con el diocesillo que les
han pintado en casa o en la escuela, que para nada responde a la sed de
fe que atormenta sus corazones. En tercer lugar, conozco
anti-teístas –especialidad muy judía-, enfrentados con
Dios porque no están dispuestos a perdonarle el mal existente en
el mundo, pues la imagen que se han hecho de Dios no es compatible con
Auschwitz, con todo el mal del mundo, con los niños inocentes
que vienen a este mundo con graves deficiencias físicas y
psíquicas. Éstos no son propiamente a-teos, pues al
ateísmo le es indiferente Dios, sino anti-teístas, que
pierden el sueño y las fuerzas en su lucha contra Dios, que
luchan contra él como el patriarca Jacob, que se pasó la
noche luchando contra el Ángel del Señor, hasta que el
alba recibió el nuevo nombre, Israel." (17)
Los ateos, racionalistas por excelencia, también tienden a
olvidar que el dogma constituye una expresión del alma mucho
más completa que, digamos, una teoría científica.
La abstracción es sólo una función de la
conciencia, mientras que el dogma representa un proceso vivo,
dramático, que opera en los lugares más profundos de
nuestra mente. Como Jung dice, debemos recordar que “antes de que los
hombres aprendieran a pensar, los pensamientos les vinieron. No pensaron, sino que percibieron su función espiritual.”
(18) La intuición, el sentimiento y el instinto forman
también una gran parte de nuestra mente que últimamente
ha sido muy desplazada por la razón.

'Jacob luchando con el
ángel' (detalle), de
Eugène Delacroix
Normalmente, el ateo siente esta falta de ideas religiosas, y hace
alarde de su mente inquisitiva, de su “ilustración” (19). El
agnóstico, al menos, es más noble y sincero, al no tener
pretenciones de poseer algún conocimiento absoluto. Sin embargo,
ambos parten siempre de la razón para fundamentar sus
posiciones, sin preguntarse nunca qué
es la razón o, mejor aún, quién es la razón. No
utilizaré el término “dios”, por estar cargado de tantas
connotaciones que lo vuelven confuso y ambiguo; quizás lo
más adecuado para nombrarlo es aquello
que es. Y aquello que es,
¿no se encuentra por encima de la razón? ¿O es que
el espíritu lo constituye la pura razón? ¿No es la
razón un mero factor diferenciador, reduccionista, del ser
humano?
Como sea, ambas posturas –la del ateo/agnóstico y la del
defensor de la fe- resultan fútiles, puesto que se valen del
mismo argumento, volteado de un lado hacia el otro. Entran en un
círculo vicioso; ninguno se preocupa por construir puentes, ya
que encuentran sus posturas irreconciliables. Saramago totalmente dio
en el clavo en este sentido, al no incluir el menor rastro del
Espíritu en su novela.
Saramago se queja de un Dios que ha fallado como Padre. Entonces,
Nietzsche tenía razón: “Dios ha muerto”. Necesitamos uno
nuevo, después de dos guerras mundiales, un Auschwitz, una
Guerra Fría y una nueva guerra entre Occidente y el Oriente
Medio. Las antiguas representaciones de Dios, infantiles y absurdas,
que lo consideraban (consideran) un celestial apagafuegos, un padre que
puede cumplir todos nuestros deseos de sólo pedírselos,
no pueden sobrevivir. La Humanidad necesita entrar en el mundo adulto,
y encontrar una idea de Dios más alta y madura. Kierkegaard,
Schopenhauer, Nietzsche, Freud y Jung ya lo decían, si algunos
no explícitamente, al menos entre líneas: una nueva
imagen de Dios tendrá que surgir, y ésa sólo puede
ser la del Dios guía. Basta ya de paternalismos. El hombre debe
aprender a caminar por sí mismo, a tomar sus propias decisiones
y afrontar las consecuencias. Ésa es la auténtica idea
del destino: éste nos puede ser impuesto, hay circunstancias que
no se pueden evitar, pero lo que sí podemos hacer es decidir
qué hacer con ellas. Una vez que aceptemos esto, habremos dado
un paso sin precedentes, y se podrá decir que el Espíritu
habrá actuado y seguirá actuando en nosotros.
Notas y citas:
(1) Carl Gustav Jung ha expuesto una interesantísima
teoría, donde describe acontecimientos “sincronísticos”
que tienen que ver con las edades astrológicas y el auge y
declive del cristianismo. La llegada de Cristo, hacia principios de
nuestra era, coincide con la transición entre la edad de Aries y
la edad de Piscis, con lo que Cristo se convierte, así, en el
último de los corderos y en el primero de los peces. La edad
cristiana coincide entonces con la edad de Piscis, cuyo símbolo
lo constituyen dos peces que nadan en direcciones opuestas. El
símbolo de Piscis da cuenta de una enantiodromia, es decir, de
un movimiento que, de tan unilateral que es, conduce al surgimiento
espontáneo de un movimiento contrario. Entonces, el primer
milenio cristiano correspondería al ascenso de la
religión, mientras que el segundo, marcado por psicosis
apocalípticas, herejías, racionalismo y guerras
devastadoras, correspondería al surgimiento del Anticristo y la
caída de la religión. Actualmente, la edad de Piscis se
encuentra en su final, por lo que una reevaluación de los
principios religiosos –es decir, un Apocalipsis- sería
inminente, como entrada a la edad de Acuario. (véase Jung. “El
signo de Piscis” y “La ambivalencia del símbolo del pez”. Aion. Barcelona, Paidós:
1997. y “El Anticristo”. Respuesta a
Job. México DF, Fondo de Cultura Económica: 1973.)
(2) Véase Hans Küng. Ser
cristiano. Madrid, Trotta: 1996. Pág. 155 y ss.
(3) Véase Karen L. King. “The Jesus Tradition” y “The History of
Christianity”. The Gospel of Mary of
Magdala. Santa Rosa, Polebridge Press: 2003.
(4) Véase Marie-Louise von Franz. “El viaje de la Virgen
María”. La gata. Un cuento de
redención femenina. Barcelona, Paidós: 2002.
(5) Véase Karen L. King. The
Gospel of Mary of Magdala. Op. cit.
(6) Pocos años después, Urbano II vendió como
esclavas a todas las esposas de los sacerdotes, dejando a sus hijos
huérfanos. Cabe mencionar que Bonifacio IX, el patriarca
anterior a Gregorio VII, renunció al papado para poder casarse.
(7) Future Church. http://www.futurechurch.org/languages/spanish/historia.htm
(8) Véase Massimo Izzi. Diccionario
ilustrado de los monstruos. Barcelona, José J. de
Olañeta: 2000. Pág. 435.
(9) Incluído en C.G. Jung. Simbología
del espíritu. México DF, Fondo de Cultura
Económica: 1998.
(10) Véase Mircea Eliade. “La asociación Dios-Diablo y la
inmersión cosmogónica”. Mefistófeles
y el andrógino. Barcelona, Kairós: 2001.
(11) Es característico de los llamados pueblos “primitivos” que
regresen al dios creador en busca de ayuda ante una gran calamidad,
cuando el resto de sus dioses no pueden brindar una respuesta
satisfactoria. En el caso de Israel, los profetas jugaron un papel
clave, ya que mantuvieron vivo el yaveísmo a un punto tal que se
terminó expulsando de las tribus semíticas al resto de
las deidades. (Véase Mircea Eliade. “’Desdicha’ e ‘Historia’”. El mito del eterno retorno. Buenos
Aires, Emecé: 2001.)
(12) En Éxodo 34:6, se le llama a Yahveh “Dios misericordioso y
clemente, tardo a la ira, rico en misericordia y fiel”. Véase
también Eliade. “When Israel Was a Child”. A History of Religious Ideas Vol. 1.
Chicago, The University of Chicago Press: 1978.
(13) Como los cuatro unidos dentro de un círculo. La matriz
china Ho-tou, que representa
el tiempo eterno, es todavía más precisa, al colocar
números continuos e inacabables en el orden de una cruz de 5
partes: sur, norte, oeste, este y centro.
(14) En una curiosa historia, Louis Charbonneau-Lassay cuenta que,
originalmente, la paloma no fue utilizada como símbolo de
inspiración divina, sino simplemente la autora de una
inspiración feliz. Fue por eso que en 240 d.C. se hizo planear
una paloma sobre los clérigos romanos al elegir al papa san
Fabián. (Charbonneau-Lassay. El
bestiario de Cristo. Vol. II. Barcelona, José J. de
Olañeta: 1997. Pág. 481)
(15) Por otro lado, se ha retratado a la paloma también como
símbolo de la Virgen María.
(16) Nolan. ¿Quién es
este hombre? Jesús antes del cristianismo. Bilbao, Sal
Terrae: 1981. Pág. 9.
(17) Viktor Frankl y Pinchas Lapide. Búsqueda
de Dios y sentido de la vida. Barcelona, Herder: 2005.
Págs. 62-63.
(18) Psicología y
religión. Barcelona, Paidós: 1949. Pág. 79.
(Con cursiva en el original).
(19) Otra tendencia que se da mucho entre intelectuales es algo
parecido a lo que Ernest Gellner llamó “racionalismo ilustrado”,
que no es otra cosa que un agnosticismo elitista, el cual, según
afirma Gellner, sólo unas cuantas mentes penetrantes saben
manejar.
BIBLIOGRAFÍA:
CAMPBELL, Joseph. Los mitos. Su
impacto en el mundo actual. Barcelona, Kairós: 2001.
CHARBONNEAU-LASSAY, Louis. El
bestiario de Cristo. Vols. I y II. Barcelona, José J. de
Olañeta: 1997.
ELIADE, Mircea. A History of
Religious Ideas. Vol. 1. Chicago, The University of Chicago
Press: 1978.
-----: Meefistófeles y el
andrógino. Barcelona, Kairós: 2001.
-----: Ell mito del eterno retorno.
Buenos Aires, Emecé: 2001.
FRANKL, Viktor y Pinchas Lapide. Búsqueda
de Dios y sentido de la vida. Barcelona, Herder: 2005.
VON FRANZ, Marie-Louise. La gata. Un
cuento de redención femenina. Barcelona, Paidós:
2002.
GELLNER, Ernest. Posmodernismo,
razón y religión. Barcelona, Paidós: 1992.
DE GUBERNATIS, Angelo. Mitología
zoológica. Las leyendas animales. Los animales del aire.
Barcelona, José J. de Olañeta: 2002.
IZZI, Massimo. Diccionario ilustrado
de los monstruos. Barcelona, José J. de Olañeta:
2000.
JUNG, Carl Gustav. Aion.
Barcelona, Paidós: 1997.
-----: Pssicología y
religión. Barcelona, Paidós: 1949.
-----: Reespuesta a Job.
México DF, Fondo de Cultura Económica: 1973.
-----: Siimbología del
espíritu. México DF, Fondo de Cultura
Económica: 1998.
KING, Karen L. The Gospel of Mary of
Magdala: Jesus and the First Woman Apostle. Santa Rosa,
Polebridge Press: 2003.
KÜNG, Hans. Ser cristiano.
Madrid, Trotta: 2003.
MUCHEMBLED, Robert. Historia del
diablo. Siglos XII-XX. México DF, Fondo de Cultura
Económica: 2004.
NACAR FUSTER, Eloino y Alberto Colunga Cueto (traductores). Sagrada Biblia. 32ª ed.
Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos: 1976.
NICHOLS, Sallie. Jung y el Tarot.
Barcelona, Kairós: 2005.
NOLAN, Albert. ¿Quién
es este hombre? Jesús antes del cristianismo. Bilbao, Sal
Terrae: 1981.
SARAMAGO, José. El Evangelio
según Jesucristo. México DF, Alfaguara: 2003.
Internet:
THE CATHOLIC ENCYCLOPEDIA. http://www.newadvent.org/cathen/index.html
FUTURE CHURCH. http://www.futurechurch.org/
10/2006