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Harry Potter and the Deathly Hallows
J.K. Rowling
Scholastic, 2007
Es triste saber que la serie de Harry
Potter termina. Es un poco como ser niño y darte cuenta
que han cancelado tu programa de televisión favorito. Pero en
realidad Harry Potter era
mucho más que eso para mí. A pesar de lo que digan Harold
Bloom y toda una lista de críticos “serios” (y "respetados"),
ésta es una serie muy existencial, que puede ser abordada desde
mil dimensiones. Personalmente, siempre me fue genial leer cada uno de
estos libros y divertirme como con ninguna otra serie de
fantasía; y después de haberlos terminado, tarde o
temprano me ocurría alguna situación que me hacía
reflexionar sobre ellos. Harry Potter
es muchas cosas. Es, en buena parte, un constante cuestionamiento sobre
el sentido último de las cosas; es también
psicología elaboradísima y una exploración de
varios tipos de carácter; es reflejo social puro, incluso con
algo de crítica; y es una obra con un profundo simbolismo que
busca la expansión de fronteras. Ciertamente no carece de
defectos, pero a pesar de ellos es un monstruo literario que sabe
llegarnos a todos (no por nada Harry
Potter and the Deathly Hallows conserva un inverosímil
récord de más de 11 millones de copias vendidas en las
primeras 24 horas de publicación). A mí, como
fanático de la fantasía, me impactó de una manera
especial y le he seguido la huella durante 6 años. Es por eso
que ahora me es inevitable ponerme triste. Me siento tonto, pero
incluso estuve retrasando la lectura cuando llegué al
último centenar de páginas, supongo que porque no
quería que terminara tan pronto.
Harry Potter and the Deathly Hallows
es una novela muy distinta de las demás de la serie. Es la
primera en que Harry y compañía no pasan el año
entero en la escuela mágica de Hogwarts, sino como
prófugos de un gobierno controlado completamente por Voldemort,
en busca de las llamadas horcruxes,
donde el villano había depositado partes escindidas de su alma,
con el afán de vivir para siempre. Su misión es muy
secreta, y ni siquiera los miembros de la Órden del Fénix
la conocen. Harry, Ron y Hermione prácticamente se encuentran
solos en su búsqueda, con apenas una idea remota de lo que
tienen que hacer.
Debo decir que lo mejor de la obra está en lo emocional y lo
psicológico. El desarrollo de sus personajes es sencillamente
sorprendente. Las descripciones del carácter de Lupin, que busca
evadir sus conflictos personales a través de la lucha
revolucionaria; la tensión y disensión entre los tres
amigos al hallarse solos en un callejón sin salida; la
desilusión ante las humanas fallas de Harry, a quien hasta sus
amigos consideraban un líder mesiánico; la
frustración y el enojo por no contar con una figura guía
y paternal como Dumbledore; la impotencia de ver morir a seres
queridos; la fragilidad sociopática del carácter de
Voldemort; todo es elaborado de una manera increíble. En este
sentido es una novela perfecta.
En el nivel simbólico, Deathly
Hallows es una obra un tanto más explícita que las
anteriores. Se centra en los deseos de poder e inmortalidad,
representados por los deathly hallows
("reliquias de la muerte"), artefactos mágicos con los que,
según la leyenda, se podía vencer a la propia muerte. El
simbolismo es fuerte y profundo aquí. Por fin sabemos
cuál es el origen y significado de la manta de invisibilidad de
Harry (uno de los mejores y más inesperados mensajes de la
novela), pero lo que se lleva el premio es la historia tras las
fálicas varitas mágicas. Rowling nunca es superficial en
este nivel.
Luego llegamos a la dimensión que para algunos es lo mejor (y
precisamente es lo que en gran parte le da su enorme atractivo
comercial), y para los detractores de Harry
Potter es lo peor de lo peor: la dinámica estructura de
la novela que, en este caso, está repleta de acción.
Ningún otro libro de la serie es tan vertiginoso. Los personajes
cambian constantemente de locación y saltan de un peligro a
otro. Seguro, Deathly Hallows
tiene una elevada cantidad de luchas y escapes un tanto milagrosos,
pero en un examen cercano lo que parece ser un cliché como
cualquier otro se complica. No solamente Rowling sabe manejar las
situaciones con astucia y verosimilitud, sino que al final el sentido
mismo de la serie las justifica: Harry cuestiona a Voldemort acerca de
si sus constantes errores al intentar matarlo se han tratado realmente
de “accidentes” suertudos. ¿Qué ha habido detrás
de ellos todo el tiempo?
En cualquier caso, uno puede notar una influencia clara de Hollywood en
estas escenas, especialmente durante el clímax final: la batalla
de Hogwarts y el último épico duelo entre Harry Potter y
Lord Voldemort. Todo aquí resulta familiar y hasta predecible,
pero, a pesar de esto, vaya si Rowling lo sabe manejar. Uno apenas
puede despegar las narices del libro durante las últimas 200
páginas. Esto es entretenimiento magistral. Francamente yo
habría deseado algo más creativo en este sentido, pero a
pesar de estos detalles (grandes) no puedo decir que estoy
decepcionado. Es más o menos lo que se podía esperar.
Otra cosa que no creo que se haya resuelto bien es el conflicto
polarizado. Siempre fue bien contra mal y blanco contra negro. Hubo una
cierta intención de integración de ambos polos al saberse
de ese complicado vínculo entre Harry y Voldemort, pero el final
fue todo un Western. Sin embargo, eso también era de esperarse.
(Supongo que era mucho desear una resolución a la Ursula K. Le
Guin).
Como dije, la serie de Harry Potter
nunca estuvo exenta de defectos, algunos de ellos considerables. Pero
no se puede negar su riqueza en múltiples sentidos.
Dígase lo que se diga, estos libros poseen un gran valor, y ya
han pasado a la historia. En alguna forma logran complacer a casi todo
lector, y ese simple hecho dice bastante sobre ellos. Falta ahora
esperar un libro que Rowling escribirá para atar cabos sueltos y
se dejó abierta la posibilidad de escribir un octavo libro, cuya
ganancia iría a la beneficencia. Ojalá se concretice.
07/2007