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Literatura y psicoanálisis



Cuenta una anécdota bastante conocida, que Sigmund Freud, al finalizar una puesta en escena del Edipo Rey de Sófocles, se levantó de su asiento y exclamó emocionado: “¡Esto es psicoanálisis!” Y es que, en efecto, el Edipo Rey muestra de manera extraordinaria la práctica del autodescubrimiento psicoanalítico ante una de las problemáticas más intensas en la vida psíquica de cualquier ser humano: el precisamente llamado “complejo de Edipo”, convertido desde el comienzo en el principal ejemplo dentro de la práctica de la psicología profunda. Mas no es la intención hacer aquí un estudio del Edipo Rey frente al psicoanálisis (1). Lo que se propone es, más bien, un breve y general esbozo acerca de la manera en que literatura y psicoanálisis se relacionan, al punto que se nutren mutuamente.
   
El reconocido psicólogo y pensador Rollo May afirmó que “una de las deficiencias fundamentales de la formación de los psicoterapeutas posfreudianos es que la mayoría de ellos ignoran ampliamente las humanidades. Nuestra literatura es la fuente más rica de autointerpretaciones del ser humano a lo largo de la historia” (2). Él sigue a Freud en cuanto a que ve tanto a la literatura como al psicoanálisis en términos míticos, entendiendo por mito “un objeto de una constante reinterpretación; evoluciona, cambia e incluso añade cosas a sí mismo. Cuando los recuerdos cobran vida, son algo más que eso: asumen el carácter de mito” (3). El mito posee una naturaleza instintiva e incluso numinosa, que por lo mismo es parte esencial en la vida del hombre. Y por lo tanto cambia junto con él, aunque en esencia, siguiendo a Jung, conserve algo parecido a un esquema categórico.

   
Por eso es que Freud, al presentar su teoría, se valió tanto de escritores como Sófocles, Esquilo, Dante, Milton, Shakespeare y Goethe; todos ellos autores de genio incuestionable, que con gran intuición describieron algunos de los problemas más graves del alma humana. Al respecto, Jung describe la revelación poética de la siguiente forma:


"Si prepondera lo creativo, prepondera lo inconsciente como fuerza conformadora de vida y destino frente a la voluntad consciente, y la consciencia es arrastrada por la violencia de una corriente subterránea, espectador a menudo sin recursos de los acontecimientos. La obra en crecimiento es el destino del poeta, y determina su psicología." (4)

Jung descarta que la obra poética sea meramente una indicación semiótica; es, ante todo, expresión vital, alma humana en movimiento. Y así señala que la psicología, como ciencia del alma, está en condiciones de explicar la estructura psicológica de la obra artística, aunque admite que las conclusiones nunca son forzosas. Éstas son, en el mejor de los casos, probabilidades que siempre quedan abiertas a la refutación y reinterpretación. Se hablará de este subjetivismo más adelante.

El famoso crítico de literatura Harold Bloom, en uno de sus más polémicos libros, incluye un ensayo titulado Freud: una lectura shakespeariana (5), donde básicamente se propone refutar la “crítica literaria freudiana” y reducir el psicoanálisis a Shakespeare. El argumento acerca de Shakespeare es evidentemente fútil y sólo nos detendremos aquí un momento, ya que este ensayo muestra algunos de los errores más comunes que se hacen al criticar la técnica psicoanalítica.


              Harold Bloom
   
Bloom ciertamente conoce la obra de Freud, pero lo que parece desconocer es el contexto en que se encuentra inscrita y los posteriores estudios, críticas y avances del psicoanálisis. Trata de descartar al psicoanálisis entero sólo con base en un estudio muy parcial sobre Freud, y argumenta ambiguamente que en Shakespeare se encuentran todos los elementos de su teoría.

   
Bloom ataca acertadamente a Freud al llamarle reduccionista. En realidad, Freud trató de analizar la obra artística como si fuera una neurosis que se remonta a las represiones personales del artista. Y no sólo hacía esto con el arte, sino además con la religión y la filosofía. Bloom también critica brevemente su teoría de la libido y de las pulsiones. Todos estos son equívocos bastante evidentes, que desde el principio Jung y Adler señalaron con firmeza; y que ahora, en su mayor parte, se encuentran ampliamente superados. Ya se explicó anteriormente la manera en que Jung veía la obra artística, y hay que señalar que las rupturas de Adler y Jung con Freud se debieron precisamente a que rechazaron la concepción freudiana de la libido como mera energía sexual. Ambos sabían que la psique envuelve mucho más que sólo eso. Bloom hace hincapié especial en el último libro de Freud, Moisés y el monoteísmo, donde muestra a Moisés como un egipcio que introduce el monoteísmo entre los judíos y es asesinado en el desierto. Desde hace tiempo existe una grande polémica acerca del ateísmo de Freud, y se discute si pudo formar parte de una neurosis no superada. Algunos estudios al respecto paracen indicar claramente que así fue (6). Sin embargo, Bloom se ríe de estas últimas ideas de Freud y las intenta utilizar como argumento en contra del psicoanálisis como un todo (7).

   
De la misma manera Bloom se burla de la forma en que Freud formula una conjetura sobre el Hamlet en una carta a Fliess de 1897, sin tener en cuenta que el psicoanálisis todavía estaba en pañales por esos tiempos y los tropezones no eran infrecuentes. Sobre su idea de que Shakespeare es la fuente principal de inspiración de Freud, se pueden hacer numerosísimas objeciones. Shakespeare es un autor sumamente oscuro, que reservaba muchas explicaciones en sus obras y, después de todo, hay mucha confusión alrededor de su persona. Hay que tener en cuenta también que, aunque algunos de los autores renacentistas y barrocos, como Cervantes y el mismo Shakespeare, fueron lejos en la exposición de la problemática individualista de su época, en buena parte se quedaron en la pura exposición. No fue sino hasta mucho después que esta problemática estalló en forma exagerada y fue literariamente elaborada con una profundidad considerablemente mayor; justamente en la época que precedió inmediatamente al surgimiento del psicoanálisis. Más que en Shakespeare, habría que ver en Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche a los precursores más inmediatos de la teoría psicoanalítica.

   
La teoría de las pulsiones es otro punto de fuerte ataque al método freudiano. Freud veía en la mente humana un conflicto de impulsos opuestos: la pulsión de Eros y la pulsión de Thanatos, o instinto de muerte. La confusión alrededor de esta teoría se debe, en gran parte, a la ambivalencia de Freud en la definición de la pulsión de Eros. La teoría de la libido afirma que dentro de nosotros se acumula energía sexual cuya descarga sólo tiene una función hedonista. Pero, en ocasiones, Freud, al definir Eros, lo hacía en un sentido más bien platónico, de síntesis y dialéctica con su opuesto Thanatos. Es decir, su definición de Eros se acercaba más a la del amor, y se la veía en un sentido de búsqueda de autorrealización. Freud nunca pudo conciliar su concepto de libido con el de Eros, lo cual dio paso a una serie de confusos y exagerados trabajos en los años cincuenta. Tan absurdos fueron que hasta la fecha muchos terapeutas no saben qué pensar de esta teoría (8).


Fotografía tomada en 1909 enfrente de la Clark University
Al frente: Sigmund Freud, Grandville Stanley Hall, C.G. Jung
Atrás: Abraham A. Brill, Ernest Jones, Sandor Ferenczi
   
Volvamos al punto central de este ensayo. Freud, como ya hemos visto, era una persona sumamente turbada, con neurosis y obsesiones fortísimas, que nunca llegó a superar. Fue un hombre sumamente ambivalente en su trabajo. Para que lo tomaran en serio, se preocupó muchísimo de darle un carácter científico a su obra, aun cuando tratara cuestiones anímicas irreductibles a métodos tan rígidos y fríos. No obstante, Freud siempre destacó como escritor, siguiendo así a otros maestros suyos, como Platón, Kierkegaard y Nietzsche. A través de su fina retórica (o forma emotiva, que es lo mismo) dio a conocer sus ideas con una claridad de lo más convincente. Incluso llegó a un punto tal que en 1931 le fue otorgado el Premio Goethe de Literatura, por su “claro e impecable estilo”. Freud no lo recibió de muy buena gana, recalcando que su labor era “científica y no ficticia”.

   
Cabría preguntarse también qué es ficción, si da entrada a un elemento mítico vital o si debe tomarse solamente como una vil mentira. Como sea, es precisamente esta obstinación de Freud por darle al psicoanálisis una fachada científica, por lo que la mayoría de las aportaciones de terapeutas posteriores fueron escritas con ese rigor cientifista y en una jerga enormemente técnica, oscura y difícil de penetrar. Pero hay quienes, como el doctor Irvin D. Yalom
(9), se oponen completamente a esta aproximación tan terca al psicoanálisis. Sobre su perspectiva particular de la terapia, escribe lo siguiente:

"El enfoque terapéutico que finalmente desarrollé está estrechamente vinculado al proceso creativo, a la lectura y escritura de ficción: lectura porque siempre escucho atentamente la historia única y fascinante de la vida de cada paciente; escritura porque creo, junto a Jung, que la terapia es un acto creativo y el terapeuta eficaz debe inventar una nueva terapia para cada paciente." (10)

Igualmente, se podría aplicar esta aproximación a la crítica literaria, en donde cada obra es única y debe inventarse una aproximación nueva para el análisis de cada una. Esto es, por fortuna, algo ya generalmente aceptado. Debo mencionar que concuerdo también con Yalom en que la jerga profesional debe evitarse a toda costa, ya que no hace más que incrementar la distancia entre el estudiante y el verdadero conocimiento. Yalom también añade, sobre estas relaciones:


"El “arte” de la psicoterapia tiene en mi opinión un doble significado: es “arte” en tanto que la ejecución de la terapia requiere el uso de facultades intuitivas que no derivan de principios científicos y es “arte” en el sentido keatsiano, en tanto que establece su propia verdad trascendiendo el análisis objetivo." (11)


Irvin D. Yalom               
  
Así es que en tanto que “arte”, la psicoterapia ha sufrido algunos de sus golpes más fuertes con la llegada del movimiento posmoderno y su Relativismus über alles. Con la excesiva concentración en el sujeto, en esa especie de “narcisimo-hermeneutismo”, como bien lo pusiera Ernest Geller, y su negación de toda posibilidad de alcanzar criterios adecuados para un conocimiento tangible, los posmodernos dirigieron sus ataques más severos al psicoanálisis, la ciencia que precisamente estudia los procesos de percepción. Para el posmoderno, no existen muchas verdades comprensibles, por lo que los intentos del psicoanálisis por entender la psique humana son más que inútiles. Y es que, como ya hemos visto, el psicoanálisis es una ciencia del mito, que se encuentra en un desarrollo interminable; cambia, muta, se transforma y se adecua, porque así es el hombre. A las críticas de los absurdos posmodernos se unen también las de muchos racionalistas, a menudo tan enfocados en la razón, que desconocen que hay más en el hombre que sólo eso. Uno de ellos fue John Kerr (12), a quien el psiquiatra Elio Frattaroli contesta:


"[Kerr] Cree que a menos que el método pueda ser formulado en una especie de manual de interpretación no puede considerarse seriamente. Pero sucede que el método psicoanalítico ¡jamás fue un método de interpretación! Es una técnica de autopercepción reflexiva, un modo de atención a la experiencia interior, en un marco de relación en que lo inconsciente puede volverse consciente con tanta claridad que a menudo exige muy poca interpretación. Kerr no se da cuenta de esto ni de que el proceso psicoanalítico es la búsqueda de autorrealización. Él cree que el psicoanálisis es un ejercicio hermenéutico de interpretación teorética. Por cierto, no hablaré sobre hermenéutica. Odio ir a la deriva en el mar de significantes autorreferenciales sin esperanza alguna de llegar a la tierra firme del significado. El psicoanálisis no es un asunto de hermenéutica. Tiene que ver con poner palabras a la experiencia vivida." (13)

No podría haber mejor contestación para ambos racionalistas y relativistas. Y ahí también queda implícita la relación entre psicoanálisis y literatura, o psicoanálisis y arte, para ese asunto. Freud ciertamente es, como Bloom afirma, “el gran creador de mitos de nuestra época”. Lástima que Bloom no entendiera muy bien lo que un mito implica. Así me declaro contrario a la opinión de muchos críticos, de que el psicoanálisis está muerto. Pero por otro lado, estoy de acuerdo con Bloom en que Freud no es tan original como muchos dicen. Después de todo, Freud mismo dijo que el Edipo Rey de hace 2,500 años es psicoanálisis. Lo que él hizo fue aplicarlo a la medicina como tal, pero, en cualquier caso, su revolución ya inició. Y para detenerla imagino que habría que matar el arte mismo, junto con la filosofía y la religión. Dudo que eso suceda pronto.
 

Notas y citas:

(1) Una lectura recomendada para el asunto es el excelente análisis que hace Rollo May en el capítulo titulado “Freud y el misterio de los mitos”, dentro de su libro La necesidad del mito (Barcelona, Paidós: 1991).
(2) La necesidad del mito. Ibíd. Pág. 143.
(3) Ibíd. Pág. 72.
(4) Formaciones de lo inconsciente. Barcelona, Paidós: 1982. Pág. 23.
(5) Véase El canon occidental. Barcelona, Anagrama: 1995.
(6) Véase Hans Küng. Freud and the Problem of God. Yale University Press: 1979.
(7) Si se me permite el comentario, es irónico ver cómo alguien que da la impresión de querer ver a Shakespeare hasta en los cómics de Charlie Brown, tiene las agallas para llamar reduccionista a alguien más.
(8) Véase Elio Frattaroli. “Mi ánima y yo: a través del oscuro espejo de la interfaz junguiana / freudiana”. Introducción a Jung. (Editado por Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson). Cambridge University Press: 1999.
(9) Irvin Yalom es un psiquiatra ampliamente reconocido no solamente por sus trabajos en terapia grupal, sino también por sus excelentes novelas psicológicas y pedagógicas Tendido en el diván y El día que Nietzsche lloró.
(10) Psicología y literatura. Barcelona, Paidós: 2000. Pág. 55. (Con cursiva en el original).
(11) Ibíd. Pág. 84.
(12) La historia secreta del psicoanálisis. Crítica, Barcelona, 1995.
(13) Op. cit. Pág. 265 (Con cursiva en el original).


BIBLIOGRAFÍA:


Bloom, Harold. El canon occidental. Anagrama, Barcelona, 1995.

Jung, Carl Gustav. Formaciones de lo inconsciente. Paidós, Barcelona, 1982.

May, Rollo. La necesidad del mito. Paidós, Barcelona, 1991.

Yalom, Irvin D. Psicología y literatura. Paidós, Barcelona, 2000.

Young-Eisendrath, Polly y Terence Dawson (editoras). Introducción a Jung. Cambridge University Press, 1999.


04/2005


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