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La
búsqueda de sentido en El
libro vacío, de Josefina Vicens
El libro vacío, de
Josefina Vicens, es una novela acerca del sentido de novelar.
Está escrita a manera de lo que podría ser un diario
íntimo que pretende ser un libro. De haber sido escrita en
tiempos más recientes, hasta habría podido adaptarse al
nuevo género cibernético del blog: el diario personal que se
quiere compartir. Pero esta obra es distinta en cuanto a que es un
cuestionamiento constante acerca de la función de la escritura
en relación con el sentido último de la vida del
escritor. En primera instancia, incluso podría parecer una
novela “posmoderna”, puesto que recurre al tema de escribir
quejándose acerca del hecho de no poder escribir. Pero la
contradicción es explícita y consciente por parte del
personaje principal y, cosa curiosa, el tratamiento no es ni
remotamente irónico: es una dura exploración del por
qué de estas contradicciones.
El personaje principal pasa por un don nadie de clase trabajadora, con
una familia un tanto disfuncional. Se llama José García,
nombre sin duda escogido por la autora para enfatizar su “normalidad”.
Toda su vida ha trabajado como empleado contador y ha pasado por
penurias económicas. Es un soñador que afirma que en
algún tiempo tuvo el vigor de un héroe aventurero, con
toda una gama de posibilidades por delante, pero que en un punto
crítico su vida quedó estancada en la monótona
“normalidad” de los obreros citadinos.

Josefina Vicens
Su perfil psicológico es bastante claro. Desde temprano
quedó marcado por conflictos edípicos y disensión
familiar: él quería ser marinero y experimentar la
“libertad” de los viajes a través del océano, pero su
padre se lo impidió: si se embarca en esa vida,
¿quién cuidaría entonces de su desvalida madre y
de sus frágiles hermanas? Tuvo que resignarse entonces a vivir
para el “sexo inferior”, cosa que sin duda influyó mucho en su
aparente misoginia y su rígida mentalidad patriarcal que, por
otra parte, sólo operan en el exterior; por dentro, él
sabe que ama a su mujer y una parte suya lamenta ser cruel con ella.
Otro dato que hace notable el Edipo es el hecho de que el nombre de su
esposa nunca es mencionado; por lo tanto, se trata de un arquetipo
impersonal, cuya numinosidad evidentemente es avasalladora para
José. El temor que tiene hacia su esposa por su aparente
superioridad moral es inmenso. Y este arquetipo del ánima (1) no sólo se
manifiesta en su faceta de gran madre devoradora de hijos, sino
también en su faceta de prostituta castradora, que aparece en la
forma de la amante, Lupe Robles, egoísta e interesada, pero no
por eso menos cautivadora para el protagonista. Por último, se
proyecta fuertemente sobre sus hijos. El mayor justamente se llama
José, y no es más que una extensión de él
mismo (2): José García hijo es José García
padre en aquella edad crucial de los 20 años, cuando su destino
quedó fijado. Y, aunque el hijo todavía no da el paso
definitivo, todo indica que seguirá el camino del padre, por lo
que éste lo aborrece. El hijo menor, Lorenzo, no tiene buenas
perspectivas: para empezar, tiene un nombre que equivale a “tonto” o
“loco”, y es sumamente frágil y enfermizo. No obstante, hacia el
final de la novela se asoma una chispa de esperanza: su padre no lo
decepciona en su cumpleaños y aparece ante él como un
héroe. Eso hace pensar que quizás no todo esté
perdido.
José García es una persona narcisista y esquizoide. Es
sumamente negativo, y las contradicciones abundan en su actitud. Esto
precisamente ocurre porque en su niñez la base del amor
quedó deformada, y por lo tanto todo acercamiento profundo hacia
alguien, toda posibilidad de compenetración, amenaza con revivir
el dolor más fuerte que ha experimentado en su vida. Entonces,
el alejamiento y la hostilidad actúan como mecanismos de defensa
que deben enfrentarse a las necesidades afectivas más
básicas del ser humano; por ello la contradicción, ese
constante acercamiento y distanciamiento. Esto es justamente lo que
Miguel de Unamuno llamó “el sentimiento trágico de la
vida”, la eterna lucha entre Eros
y Thanatos, de la que incluso
la misma teoría de Freud formó, per se, una evidencia.
La escisión es notoria. La principal dicotomía
aquí es que la que ocurre entre el individuo y la colectividad,
entre lo interior y lo exterior, el escribir o el vivir. Gran parte del
libro, José García la pasa hablando de sí mismo
hasta que ocurre una transformación que lo obliga a tomar en
cuenta al otro, a sus desdichados amigos del trabajo y a sus hijos
(pero no del todo a su esposa). Es natural que esto ocurriera
después de semejante introspección. A veces es necesario
que uno atraviese por una etapa de cerrazón, de un nigredo, de una muerte y
estancamiento aparentes donde la confusión reine, para que al
final se llegue al albedo, al
renacimiento a una vida nueva.
En cuanto a su “libro vacío”, él tiende a pensar que el
intento de escribir es fútil, ya que si la palabra no puede
capturar la emoción y transformarla en vivencia, entonces no
tiene sentido. Sin embargo escribe, y está consciente de la
contradicción. Más tarde en la novela, en el
capítulo donde reflexiona sobre la memoria, parece querernos
decir que escribe para recordar, y quizás para lograr aquello de
lo que Mircea Eliade habló en su obra maestra, La noche de San Juan: “Es
erróneo creer que la Historia es solidaria con la memoria. La
Historia modifica incesantemente un recuerdo, le otorga continuamente
nuevos valores, negativos o positivos, hasta que finalmente, lo anula.
Así hizo, por ejemplo, con el cristianismo. Si el hombre supiera
recordar, de manera integral, determinadas revelaciones,
escaparía a la Historia”(3). Desgraciadamente, sólo
los santos pueden lograr semejante cosa, y lo más que puede
hacer el hombre común es una revalorización, una nueva
puesta en perspectiva de los recuerdos, aproximarse a ellos con una
actitud nueva que les otorgue un sentido de acuerdo a la
situación del momento en que se hace.
Mircea
Eliade
Pero a José García le gusta vivir en el ensueño y
la fantasía, y es por eso que se pregunta si debe vivir o debe
escribir. Porque -él piensa- si la escritura no reproduce
revelaciones totales, entonces escribir no tiene un significado. Pero
le falla al punto, y él mismo lo sabe, ya que continúa
escribiendo. Si bien se puede creer en el dogma religioso según
el que el hombre participa de la esencia divina (como sea que se
interprete), el acto artístico nunca fue concebido como
creación en un sentido demiúrgico, sino interior. El
artista que intente recrear simbólicamente aquella
revelación integral de la que habló Eliade, está
condenado al fracaso, porque la misma naturaleza de la creación
simbólica apunta hacia otra dirección. No se trata de
transformar el alma íntegramente, de copiar una
revelación particular, puesto que las revelaciones son
personales y subjetivas. La obra puede mostrar una cierta rigidez, pero
aun así (y precisamente por lo mismo) su función es
inspirar al alma de otro, de darle un empujón hacia sus propias
revelaciones que lo conducirán al encuentro de su propio
sentido. José García lucha con su tiempo y posibilidades
perdidos, con aquello que es y con aquello que pudo ser. Se siente
impotente ante el pasado, y batalla con la situación presente y
la idea de poder mejorar el futuro. Es por esta razón que
Umberto Eco afirmó que la educación al Sino y la muerte
es una de las principales funciones de la literatura:
"Esto es lo que nos dicen todas las grandes historias, si acaso
sustituyendo el sino a Dios, o las leyes inexorables de la vida. La
función de los relatos “inmodificables” es precisamente
ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos
hacen tocar con nuestras propias manos a imposibilidad de cambiarlo. Y
al hacerlo, nos cuenten lo que nos cuenten, cuentan también
nuestra historia, y por eso los leemos y los amamos. Necesitamos esa
severa lección “represiva”. La narrativa hipertextual puede
educarnos a ser libres y creativos. Está bien, pero no lo es
todo. Los relatos “ya hechos” nos enseñan también a
morir." (4)
Porque la paradoja del ciclo de la vida nos afirma que aprender a
morir, a prepararse para la propia muerte, nos obliga a buscar un
sentido a nuestras vidas y a llenarlas con ello.
¿Encontró José García un nuevo sentido a su
existencia? Hasta donde El libro
vacío nos pudo decir, llegó al umbral. No lo
cruzó, le faltó “encontrar la primera frase”. Pero se
encontraba en camino y decidido a hacerlo. En realidad, la
transformación que sufrió del principio al final de la
novela fue asombrosa, considerando que se trata de un hombre con una
personalidad tan obstinadamente negativa. Así es que, sin duda,
Josefina Vicens logró conseguir aquello para lo que existe la
literatura. A algunos quizás los impacte, a otros los deje
pensativos, a otros indiferentes, a otros pensando que perdieron el
tiempo leyendo este libro, o tal vez haya quienes al principio los deje
indiferentes o irritados, y después de un tiempo y nuevas
experiencias puedan revalorar esa novela. A final de cuentas, eso es la
literatura.
Notas y citas:
(1) En terminología junguiana, el anima es “el otro”
inconsciente, el opuesto femenino dentro del hombre, del que procede su
eros y es esencial en el proceso de relación de un hombre con
cualquier otra persona. (véase C.G. Jung. “Sobre el arquetipo
con especial consideración del concepto de ánima” y “Los
aspectos psicológicos del arquetipo de la madre”. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo.
Madrid, Trotta: 2002)
(2) Es por eso que el destino de los hijos que llevan el nombre del
padre queda sellado desde el primer momento. No es recomendable hacer
esta práctica que, sin embargo, es de lo más común.
(3) Eliade. La noche de San Juan.
Barcelona, Herder: 1998. Pág. 525.
(4) “Sobre algunas funciones de la literatura”. Sobre literatura.
Barcelona, Océano: 2002. Pág. 23.
Bibliografía:
Eco, Umberto. Sobre literatura.
Barcelona, Océano: 2002.
Eliade, Mircea. La noche de San Juan.
Barcelona, Herder: 1998.
May, Rollo. Amor y voluntad.
Barcelona, Gedisa: 2000.
Vicens, Josefina. El libro
vacío. México DF, SEP/Grijalbo: 1986.
05/2007