Algunas proyecciones del hombre-lobo a través del tiempo
El mito de la metamorfosis animal es indeciblemente viejo. Podemos
rastrearlo hasta pinturas rupestres hechas por los antecesores de
nuestra especie. Los animales descritos en estas transformaciones
varían según la región geográfica y
cultural, pero en conjunto aparecen bien definidos como arquetipo
común a todo el género humano. Y tan complejo como su
simbolismo pueda resultar, demos aunque sea un vistazo a algunos de los
rasgos más comunes de uno de los zoomorfos que más
fascinación han ocasionado dentro de la iconografía
cultural de Occidente: el licántropo.
Antiguamente, el lobo ocupaba un simbolismo dual en
el imaginario colectivo: por un lado, héroe solar y guerrero,
antepasado mítico de las dinastías china y mongol, el
lobo totémico de los iligertes, el lobo-insignia de los
cátaros, etc. Por otro, deidad infernal y aterradora: el
dios-lobo Apuat de los egipcios; los lobos nórdicos Eskol,
Fénrir y Hati; la loba Gweil-gi de los celtas. A pesar de que en
Occidente había un considerable número de casos con
simbolismo positivo -como sucediera con la loba que amamantó a
Rómulo y a Remo, o la fundación de algunos otros pueblos
que también involucran a antepasados lobunos-, fue el lado
negativo del animal el que mayor peso tuvo en la cultura popular. Nada
demasiado sorprendente si tenemos en cuenta que este animal era el
más abundante predador de ganado en toda la cuenca
mediterránea.
El lobo entonces representa al ladrón y al
proscrito. Pero no sólo eso: es símbolo del cazador y su
fiereza le da un carácter guerrero. Por lo tanto encontramos a
numerosos pueblos que se precian de descender de los lobos: dacios,
hircanos, orkas fricios, licaones, licios, irpinos, etc. Varios de
ellos fueron fundados por gente inicialmente expulsada de otros
territorios, que tuvieron que unirse en sociedades guerreras o
hermandades militares para poder sobrevivir. Uno de los ritos de
iniciación más importantes entre estas sociedades
consistía precisamente en la metamorfosis simbólica del
iniciado en animal.
Entrando un poco en su lado más positivo,
encontramos al hombre-lobo estrechamente relacionado con el mito de los
niños salvajes: infantes perdidos o abandonados por sus padres
en regiones peligrosas e inhóspitas, donde por sus propios
medios o por la ayuda de un animal consiguen sobrevivir en completo
aislamiento de la especie humana. En varias leyendas el niño es
amamantado y cuidado por el animal hasta que alcanza la madurez y
regresa a la sociedad humana, ya sea para fundar o destruir (y
así renovar) una ciudad. Éste fue el caso de
Rómulo y Remo, ya bien conocido; el de Mileto, fundador de dos
ciudades con su mismo nombre; el de Neleo, que funda la ciudad de Pilo;
el de Paris, que se vincula con la destrucción de Troya.
Generalmente, esto representa una crianza dentro y de acuerdo con la
naturaleza, que ayuda al niño a adquirir la sabiduría
necesaria para alcanzar su destino.

Un hombre-lobo devorando una
doncella
Pero, como ya se dijo, fue el lado más oscuro
de este animal el que lo popularizó tanto durante siglos.
Hablando psicológicamente, podemos decir que el lobo representa
todas las tendencias asociales, violentas y animales dentro de
nosotros. Es el lado destructivo del id, con sus tendencias
caníbales y una primitiva fijación oral. Es una
externalización de nuestras propias ansiedades, que se
manifiestan de acuerdo a distintas etapas humanas y culturales.
Por mencionar sólo algunas de las más
comunes, se le relaciona con el complejo de Edipo, una
problemática que es frecuentemente reflejada en los mitos de
todos los pueblos. Recordemos la leyenda de Licaón, rey de
Arcadia, quien sirvió carne humana a los dioses en un banquete y
como castigo fue transformado en lobo. Esta leyenda se relaciona con la
de Tántalo, quien sirvió a Zeus la carne de su propio
hijo, Pélope, y como consecuencia fue enviado al Hades, donde
sufre un castigo acorde al crimen. Pélope regresa a la vida, y
así comienza todo un ciclo de conflictos padre-hijo que termina
con Los siete contra Tebas.
Otra historia que ejemplifica bien el conflicto
edípico, aunque más por el lado de la rivalidad
fraternal, es el cuento popular de Guillaume
et le loup-garou, traducido al inglés como William of Palerme, que gozó
de gran popularidad en Bretaña durante el siglo XV. En ella,
William, heredero al trono de Sicilia, es raptado por su tío y
rescatado por un hombre lobo, quien resulta ser el príncipe
Alfonso, heredero al trono de España y transformado en lobo por
su malvada madrastra que quiere ver como rey a su propio hijo. En suma,
Alfonso ayuda a William a recuperar el trono, no sin facilitar su fuga
con su amante Melior, hija del emperador de Roma, quien ya tenía
contrato para casarse con Braundinis, el hermanastro malvado de
Alfonso. Alfonso vence a Braundinis y deshace el hechizo. Es coronado
rey de España y William se convierte en emperador.
Ahí hay una evidente batalla entre hermanos
(polarizados como William y Braundinis) por obtener el lugar del padre.
La madre es obviamente vista en manera negativa debido a la creencia en
la mente infantil de que prefiere al hermano, pero no podía sino
llegar al rescate Melior como figura femenina más apta para la
mente puberta. Después de una serie de obstáculos, la
proyección de las partes negativas de madre y hermano son
aniquiladas, y ambos hermanos viven en santa armonía para
siempre.
No es sorprendente que en muchos de estos cuentos el
hombre-lobo se relacione al niño puberto, y no sólo por
razones edípicas. Otro mito estrechamente ligado al del
hombre-lobo es el del hombre salvaje, que es un ser en el estado
más natural y primitivo. Este hombre vive de sus deseos
más básicos, principalmente los sexuales. Se encuentra
totalmente cubierto de vello, y recordemos la relación
simbólica que existe entre la vellosidad del cuerpo y el vigor o
deseo sexual. El hombre salvaje es un raptor de mujeres. Así, el
mito naturalmente se confunde con el del licántropo, el cual en
muchas historias claramente llega representar estas ansiedades sexuales.
Gilles Garnier, el hombre-lobo de Dole, atacaba
niñas indefensas. Lo mismo se dice que hicieron Jean Grenier y
varios otros supuestos hombres-lobo acusados por la Inquisición.
Luego está la estereotípica imagen del lobo persiguiendo
a la joven damisela. Se piensa que el papel de la luna llena en la
licantropía se basa en un doble equívoco: en primer
lugar, una confusión entre la palabra griega que significa
“lobo” y la que significa “luz”; en segundo, la identificación
del licántropo con una enfermedad mental que consiste en vagar
de noche, bajo la luna, gritando y lamentándose. Pero tampoco
hay que olvidar que, en Occidente, la Luna es un símbolo
eminentemente femenino.
Ilustración de
Gustave Doré para Caperucita Roja
Hablamos de representaciones eternas, que
todavía viven en nuestros días. Basta recordar la primera
inclusión de Hollywood en el tema, con El lobo humano (1935), donde la
cura para la licantropía era una exótica flor tibetana
que florece a medianoche. Las flores siempre han sido claros
símbolos vaginales. Igualmente, la famosísima historia de
Caperucita Roja, por inocente que parezca, trata dudas y ansiedades
sexuales, donde el seductor masculino resulta ser un lobo sumamente
hambriento. Gustave Doré atrapó bien la esencia de este
cuento en una de sus más conocidas ilustraciones.
Tan extendido como fue este mito durante la
Antigüedad y la Edad Media, donde nadie nunca dudó de su
veracidad (encontramos incluso a pensadores como san Agustín,
Avicena, Tomás Aquino y Cornelio Agripa entre los creyentes),
fue durante los siglos XVI y XVII donde más se hicieron estudios
centrados exclusivamente en este tema, y donde hubo mayor
cacería de licántropos. El motivo más habitual que
se le daba a las transformaciones era el pacto con el diablo mediante
rituales mágicos efectuados en fechas determinadas, como la
noche de Walpurgis o víspera de Todos los Santos. ¿Por
qué?
Todo cobra sentido una vez que entendemos la
mentalidad renacentista. Hablamos de una época de ruptura total
con el pasado medieval, donde se pretendió deificar al hombre.
Este extremo individualismo causó una confusión
increíble entre los europeos, y una progresiva pérdida de
identidad. Aquí es cuando nace el mito faústico, que
presenta la duda psicológica y espiritual, el desánimo y
los conflictos que todos esos seres humanos experimentaban en su
negativa a aceptar el rol humano, exigiendo ser dioses en vez. El
sentimiento de culpa era enorme, y la gente no titubeaba en buscar una
escapatoria. Y no es un mito exclusivo de aquella época, sino
que sigue bastante vigente en nuestros días, que precisamente
derivan de aquéllos.
Entonces, esos son algunos de los aspectos
más característicos del mito del licántropo. Claro
está que su morfología es extensísima y
difícilmente sintetizable, pero si buscamos, encontraremos una
estructura arquetípica y básica con temas que pueden
variar en ciertos aspectos, pero cuya esencia permanece inalterable. Y
ésa es justamente la naturaleza del mito.
BIBLIOGRAFÍA:
BETTELHEIM, Bruno. The Uses of
Enchantment. New York, Vintage Books: 1989.
IZZI, Massimo. Diccionario ilustrado
de los monstruos. Barcelona, José J. de Olañeta:
2002.
MOLINA FOIX, J.A. (editor). Los
hombres-lobo. Madrid, Siruela: 2002.
MAY, Rollo. La necesidad del mito. Barcelona, Paidós: 1991.
escrito en octubre de 2004