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El nacimiento de la guerrilla mexicana y su novelización


1. El ataque del 23 de septiembre de 1965

La década de 1960 fue crucial para la historia política de México. El gobierno revolucionario había fracasado rotundamente. El sistema corrupto que imperó durante la dictadura porfiriana se había mantenido en esencia, la libertad de expresión era más que limitada y las clases marginadas nunca recibieron la ayuda esperada. Esto fue especialmente duro para las zonas rurales, donde nunca ocurrió un reparto agrario adecuado y el cacicazgo seguía tan fuerte como siempre lo había sido. En medio de todo el descontento, y ante la frustración de no poder obtener un cambio por vías políticas, surgió toda una oleada de grupos guerrilleros que permanecieron en una fuerte actividad durante alrededor de 20 años.
   
Estos numerosos grupos armados -rurales y urbanos, con ideologías de extrema izquierda-, fueron ampliamente perseguidos y aplastados hasta la aniquilación por parte del gobierno, en lo que se denominó una “guerra sucia”. Grupos militares y paramilitares cortaban los recursos de los guerrilleros, a veces arrasando poblados rurales enteros y cometiendo infinidad de crímenes: saqueaban, quemaban, violaban, arrestaban y asesinaban clandestinamente a personas sospechosas, familiares de los insurgentes y a una gran cantidad de personas que poco tenían que ver en el conflicto, pero que tuvieron la desgracia de encontrarse en el lugar y tiempo equivocados. Todo pareció terminar alrededor de 1982, pero el tiempo probó que esto fue sólo una apariencia, que la guerrilla permaneció en una especie de letargo, en una etapa de reconstrucción, para salir nuevamente a la luz pública en 1994, con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, y poco después con otros grupos como el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el Ejército Revolucionario Popular Insurgente (ERPI), que hoy día siguen muy activos.
   
El primer ataque guerrillero importante ocurrió en el poblado de Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965. Una docena de hombres del Grupo Popular Guerrillero (GPG), trató de asaltar el cuartel militar de aquel pueblo. Fracasaron, pero esta acción inspiró muchas otras, y pronto se dio un brote guerrillero sin precedentes por todo el país.
   
¿Qué pasó ahí realmente? Para saberlo, primero que nada tendríamos que ir al año de 1963. El descontento por la situación agraria en Chihuahua había llegado a un punto culminante. El problema era terrible: 300 personas poseían la tercera parte de las áreas de riego (entre 6 y 8 millones de hectáreas), que correspondían a más de la cuarta parte de los 24.5 millones de hectáreas del territorio estatal. 100 mil ejidatarios poseían 4.5 millones de hectáreas, y 50 mil personas se encontraban sin tierra (1). Ante semejante injusticia, la primera reacción popular se llevó a cabo a través de la Unión General Obrera Campesina de México (UGOCM), cuyos líderes lograron hablar con el presidente Adolfo López Mateos, quien les prometió una serie de resoluciones. Pero, por desgracia, ni siquiera el poder presidencial pudo atravesar las férreas defensas locales que protegía el gobernador Gíner Durán, y las promesas nunca fueron cumplidas.


                 El cuartel militar de Madera, Chihuahua
   
Los levantamientos armados no debieron sorprender a nadie, menos todavía por la historia de lucha en el estado de Chihuahua. A fines del siglo XIX, hubo una insurrección importante en el pueblo de Tomochic –no muy lejos de Madera-, que dejó en ridículo a las fuerzas de Porfirio Díaz y sirvió de inspiración a los grupos insurgentes durante la Revolución Mexicana (2). Igualmente, en Chihuahua nació el temido Ejército del Norte, liderado por José Doroteo Arango Arámbula “Pancho Villa”, uno de los dos movimientos importantes de la Revolución que brotaron de una base auténticamente campesina. Así es que, siguiendo esta tradición, Arturo Gámiz y Pablo Gómez, dos de los dirigentes de la UGOCM,  formaron un nuevo grupo guerrillero y pronto dieron de qué hablar. En febrero de 1964 volaron un puente; el mes siguiente, el guerrillero Salomón Gaytán  mató al cacique Florentino Ibarra; y en abril, el grupo incendió una casa y una estación de radio, atacó una patrulla de judiciales y emboscó un pelotón de soldados del 52 Batallón de Infantería (3).
   
Pero el ataque verdaderamente importante ocurrió el 23 de septiembre del siguiente año. La acción había sido planeada un mes antes en la Ciudad de México, pero varias cosas salieron mal. Algunas personas del grupo que atacó tuvieron que robar un taxi para llegar al lugar de reunión, ya que no tenían dinero suficiente para viajar. Esto sólo consiguió que fueran detectados y seguidos de cerca. Otro grupo nunca se presentó, y la unidad encargada de llevar las armas de alto calibre quedó varada en la sierra, a poca distancia de Madera. Sólo había doce guerrilleros, y se encontraban entre la espada y la pared. Ellos eran Arturo Gámiz, periodista, maestro de primaria e ideólogo del movimiento; su hermano, Emilio Gámiz; Pablo Gómez Ramírez, médico y líder agrario, que fue abandonado por su propio partido, el Popular Socialista dirigido por Vicente Lombardo Toledano; Salomón Gaytán, el jefe militar del grupo; Antonio Scobel Gaytán, uno de los líderes de la UGOCM; Rafael Martínez Valdivia y Óscar Sandoval, estudiantes normalistas; y el profesor Miguel Quiñones.
   
Así es que, perseguidos y armados con viles rifles de caza, estos doce hombres decidieron tomar el cuartel militar la madrugada del 23 de septiembre. Sin embargo, el GPG había sido infiltrado (4), y los militares tenían conocimiento de que habría un ataque, por lo que duplicaron las fuerzas del cuartel y pertrecharon las tropas. Un grupo de soldados atacó a los guerrilleros por la retaguardia y estos quedaron entre dos fuegos. Media columna insurgente murió en el ataque. Los líderes Arturo Gámiz, Pablo Gómez y Salomón Gaytán perdieron las vidas ahí. El resto logró escapar hacia la sierra. Hubo 6 bajas entre los militares.
   
Algunos de los sobrevivientes del GPG intentaron reorganizarse. Óscar González Eguiarte encabezó el Movimiento 23 de Septiembre, que se adjudicó un sabotaje ferroviario el 3 de abril de 1966, a unos 70 kilómetros del cuartel de Madera. En 1968, González Eguiarte asesinó a un policía y fue perseguido a través de la sierra hasta llegar a Sonora. Ahí su grupo derribó un helicóptero del Ejército, pero le perdonaron la vida al piloto, que sobrevivió la caída. Este mismo piloto condujo luego a los militares hasta el grupo de Eguiarte, y finalmente el dirigente fue fusilado. Más tarde, Manuel Gómez Lucero intentó revivir nuevamente al grupo, bajo el nombre de Corriente 23 de Septiembre (5).
   
Con todo, cabe mencionar hubo un pequeño intento de mediación tras el ataque a Madera. En 1966, el ex-presidente Lázaro Cárdenas viajó a Chihuahua junto con su hijo Cuauhtémoc y otros 6 acompañantes. Recorrió Madera, hablando con sobrevivientes, presos, familiares, caciques, autoridades civiles y militares. Concluyó que en Chihuahua había “una historia de abusos, concesiones ilegales de explotación de madera, formación de latifundios, despojos y violencia de caciques” (6). Envió su reporte al presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien prometió ponerle atención, pero sobra decir que ésa fue una de tantas promesas que nunca siquiera intentó cumplir.


2. La novela de Carlos Montemayor

En 2003, el escritor y académico Carlos Montemayor publicó su novela Las armas del alba, que narra el ataque al cuartel de Madera en 1965. Su forma de novelar es muy particular: se trata de una historia reconstruida a través de una exhaustiva investigación de este suceso, basada en numerosísimas fuentes. Ciertamente, se trata de una obra que abunda en diálogo, y en teoría literaria la presencia de diálogos es un criterio para diferenciar una obra de ficción de una obra histórica. En realidad, algunos de estos diálogos no son ficción del todo, y aparecen grabados en cintas magnéticas e informes escritos, pero en su mayor parte se trata de reconstrucciones que pueden no haber tenido lugar exactamente como están descritas. El autor simplemente las utiliza como recursos para proporcionarnos una imagen vívida de los personajes. Esto es aceptable siempre y cuando las reconstrucciones estén basadas en documentos que no vuelvan del todo implausibles a las conversaciones. En el caso de Las armas del alba, se cumplen todos estos criterios, por lo que ésta es en realidad una obra híbrida, una especie de investigación histórica novelada.
   
¿Por qué escribir una novela y no un ensayo al respecto? Sencillamente porque una novela tiene una mayor difusión y tiende a permanecer más que una obra académica. Con el renombre que ha adquirido Carlos Montemayor, Las armas del alba ya ha pasado a formar parte de la historia literaria de México, y es mucho más accesible al lector común que un ensayo académico. Esto es importante, ya que los levantamientos armados forman una parte muy relevante en la historia social y política del país, y no deben ser olvidados. Dado que se trata de una etapa de la historia ampliamente silenciada, ¿qué mejor forma de sacarla a la luz que a través de una novela? Mejor todavía si está basada en una rigurosa investigación y mantiene un nivel de objetividad aceptable.


Carlos Montemayor           
   
No obstante, un escrito, por riguroso que sea, nunca podrá mantener un nivel puro de objetividad, y así, parte de la ideología y sentimientos de Montemayor son reflejados en Las armas del alba. La novela toma el título de un verso de un poema épico de Tsin Pau, poeta chino del siglo VIII, y de manera elevadamente artística nos expone el amanecer de la nueva insurgencia en México. Los guerrilleros son retratados como héroes trágicos, personas que decidieron dar la vida por una causa, que siendo pocos, desnutridos y mal armados, se atrevieron a enfrentarse a un gigante, y no les importó perder la vida en ello. Al final, su sacrificio inspiró a muchos otros grupos a levantarse en contra de un gobierno opresivo, y estas insurrecciones encendidas por aquella chispa del 23 de septiembre de 1965, continúan vivas aún hoy. Es difícil no simpatizar, al menos en parte, con estas personas.


3. ¿Cuál puede ser el destino de la guerrilla?

La tensión que se da entre las fuerzas del gobierno y las fuerzas guerrilleras forma un círculo vicioso inacabable. Mientras exista una opresión y una injusticia tan terribles, es sólo lógico esperar que se organice una resistencia. Es imposible exterminarla. No se puede relegar la vida humana a una condición animal, esclavista. La lección histórica está presente en todas épocas, pero ni miles de años de historia parecen ser capaces de penetrar en las obstinadas mentes de los grupos opresores, caracterizados por vivir en un eterno presente.
   
Es fácil silenciar estos movimientos, y poner a la población en contra de ellos a través de propaganda que excite sus temores. Después de todo, se trata de grupos violentos que tienen poco que ver con la gente de las urbes; y, en general, el contexto geográfico y cultural en que ocurren los levantamientos difiere mucho del de otras partes del país. En el caso de la guerrilla urbana, quienes la organizan suelen pertenecer a grupos subculturales y a menudo elitistas con los que la población general no se puede identificar del todo. Así, pues, parece casi imposible que la guerrilla pueda contar con el apoyo masivo que desearía tener.
   
Por otro lado, hay una pregunta que siempre está presente: de lograr su cometido, ¿podría la guerrilla provocar un cambio político satisfactorio? Ante la situación que propicia los levantamientos y las causas por la que estos grupos armados dicen combatir, es común que ocurran idealizaciones de la lucha popular, y se cree así una polarización de posturas. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja que eso.
   
Los conflictos bélicos son, en esencia, deshumanizantes. No se puede ser humano en una guerra. Un ejemplo claro está en el caso de Óscar González Eguiarte, quien murió y destruyó su grupo por cometer un acto misericordioso y dejar con vida a aquel piloto de helicóptero. Para sobrevivir, es necesario asesinar. En toda guerra, el fin siempre termina justificando los medios. No puede existir una ética definida.
   
Normalmente, los hombres con personalidades primitivas son los más sensibles a los actos crueles, y son los primeros en saltar y luchar para cambiar la situación. No obstante, sus sentimientos de ira y venganza son descontrolados, y no es raro ver que personas así pasen de ser la víctima, al victimario. Si los grupos contrainsurgentes responden encarcelando y asesinando indiscriminadamente, es de esperarse que los sentimientos más negativos tomen posesión de la personalidad de los insurrectos. Entonces, si por un lado tenemos a una clase dominante sociopática y terriblemente represora, y por otro a un puñado de guerrilleros encendidos por la ira y quienes ya tienen poco o nada qué perder, ¿cómo puede terminar semejante conflicto? (7)
   
Es evidente que no existe una salida remotamente satisfactoria al problema. El problema de raíz se encuentra no sólo en las condiciones sociales de miseria y pobreza, sino también en la falta de consciencia por parte de la población general. Si la apatía reina entre la gente y no existe el suficiente interés en la situación social, política y cultural del país, entonces no queda nada por hacer. La base de la sociedad es el individuo, y si se quiere que se den cambios auténticos en ella, debe primero apelarse a la consciencia individual de cada uno de sus miembros. Es por esto que las revoluciones armadas están condenadas al fracaso desde un principio, ganen o no la guerra. En este sentido, las novelas de Carlos Montemayor son una ayuda considerable, puesto que la literatura precisamente hace un llamado personal a cada lector. Por supuesto, nunca propiciarán un cambio a gran escala, pero van a lo esencial del problema: el espíritu de cada uno de nosotros. Después de todo, las verdaderas revoluciones toman generaciones enteras y se forman en una dinámica gradual, donde hasta las cosas más pequeñas tienen un papel que jugar.


Notas y citas:

(1) Véase Jorge Luis Sierra Guzmán. “Aniquilamiento de la guerrilla rural”. El enemigo interno. México DF, Plaza y Valdés: 2003.
(2) Véase la investigación de Paul Vanderwood, Del púpito a la trinchera (México DF, Taurus: 2005). El levantamiento quedó también inmortalizado en la novela de Heriberto Frías, Tomochic.
(3) Sierra Guzmán. Ibíd.
(4) Probablemente por el sargento Lorenzo Barajas, quien entrenó al grupo. Véase Sierra Guzmán. Ibíd.
(5) Ibíd.
(6) Ibíd. Pág. 47.
(7) Hay una fábula que ilustra el problema de manera excelente. Se trata de “La historia del hombre que salió a cazar”, que Heinrich Hoffmann incluyó en su famosa y perversa obra Struwwelpeter. Sin embargo, para este caso yo prefiero la versión que elaboró la banda inglesa The Tiger Lillies en su canción “The Story of the Man that Went Out Shooting”. La historia va así: Un hombre con abrigo verde salió a cazar una liebre, pero ésta se escondió cuando lo vio. Era un día caluroso, y el Hombre Verde decidió recostarse bajo un árbol, y se quedó dormido. La liebre, entonces, tomó la escopeta, y cuando el Hombre Verde despertó, se encontró con los dos barriles de su propia escopeta apuntando a su cara. Él gritó y corrió todo el día, con la liebre disparándole atrás, hasta que finalmente tropezó con un pozo de agua y cayó dentro de él. La liebre entonces disparó y dio en el blanco. Luego fue con la esposa del Hombre Verde, quien plácidamente tomaba el té, y le voló la cabeza. La hija de la liebre, la pequeña liebre, paseaba por ahí y se topó con su madre, quien, al verla, le disparó en la nariz. Ella murió con la mano en la nariz, sin comprender lo que había pasado. Después de esto, la liebre apuntó el arma a su cabeza y se voló los sesos. Es sin duda una historia mórbida y perturbadora, pero expone de forma muy precisa hasta qué punto el odio puede consumir a una persona. La víctima bien puede convertirse en victimario, pero no sólo de sus enemigos, sino también de sí mismo.


Bibliografía:

Montemayor, Carlos. Las armas del alba. México DF, Joaquín Mortiz: 2003.
Sierra Guzmán, Jorge Luis. El enemigo interno. México DF, Plaza y Valdés: 2003.


06/2007



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