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Arquetipos junguianos
en Carmen, de Pedro Castera*
Lo que tenemos aquí
es la primera novela sentimental que apareció en México,
hacia 1882. Le dio una fama algo efímera a su autor, Pedro
Castera, pero ha perdurado por ser la primera de su especie en el
país. Incluso se filmó un película basada en ella
en 1921, dirigida por Ernesto Vollrath. Se trata de una novela de no
muy grande calidad y que, actualmente, es leída más que
nada en las aulas universitarias, como una pieza de arqueología.
Sin embargo, contiene una fórmula que da resultado en cualquier
novela, obra teatral y telenovela en que sea aplicada, incluso en
nuestros tiempos. Algo hay de universal aquí, un algo que ya ha
sido utilizado hasta el hartazgo y que basta encender el televisor
hacia eso de las 8 ó 9 de la noche para encontralo. Cierto, es
un algo trillado, predecible y lleno de clichés, y puede estar
mal escrito o tener malas actuaciones, pero el punto es que le llega a
gente de todo tipo, sean ricos, pobres, cultos, ignorantes, chinos o
argentinos. Vale la pena indagar el por qué.
Este por qué
se puede encontrar solamente en la estructura
psicológica profunda de la obra. Aquí la teoría
junguiana nos puede ser de gran utilidad ya que los personajes de este
tipo de novelas nunca son muy elaborados y siempre actúan de
acuerdo a un simple esquema ya establecido por el autor. Esto quiere
decir que los personajes se comportan como arquetipos, como partes
unidimensionales que sólo adquieren sentido al relacionarse con
un todo. Pero ya hablaremos más delante de arquetipos y otros
términos. El caso es que es en estas imágenes donde
radica la fuerza de prácticamente todo tipo de historias aunque,
eso sí, tienen un poder singular en las narraciones
sentimentales como ésta. Es nuestro propósito encontrar
en qué consiste ese poder.
Pero primero veamos
de qué trata la historia.
La narración
entera la escuchamos de boca del personaje
principal, de quien nunca sabemos su nombre. Comienza con este hombre
que camina borracho hacia su casa y, al llegar a la puerta, se
encuentra con un cesto que en su interior guarda a una bebé.
Él decide adoptarla. El tipo vive con su madre, y junto con ella
cría a la bebé como si fueran sus padres. Le dan el
nombre de Carmen. El hombre debe viajar a España para ayudar a
un tío suyo a administrar sus negocios, los cuales termina
heredando. Se vuelve rico. Durante su estancia en la península
ibérica se entera, por correspondencia, que Carmen está
enamorada de él. Para esto la muchacha ya tiene quince
años. Él descubre que la quiere también.
Regresa a
México y el idilio comienza. Descubre que Carmen
tiene una afección cardiaca seria, y la somete a tratamiento con
un amigo suyo, Manuel. Se mudan a Cuernavaca. La relación entre
ella y el tipo se acentúa al punto en que se acceden a casarse.
Pero, desgraciadamente, la madre del hombre le revela la cruel verdad:
Carmen es su verdadera hija, fruto de su unión con una muchacha
llamada Lola. Lola le había dejado una carta en el cesto
aclarando quién era la bebé. La madre la había
ocultado por alguna razón inverosímil. El tipo
desfallece. “¿Qué hago?”, le pregunta a su madre. “Vete a
México y no le digas nada a Carmen”, le contesta. Para esto lo
chantajea.
Hace lo que su madre
le dice. Se vuelve deprimido y amargado. Segunda
sorpresa: Manuel lo obliga a ir a un baile donde él se encuentra
nuevamente con Lola, y ésta le confiesa que Carmen no es su
hija. Lo que pasó en realidad fue que, al enterarse de que iba a
tener un hijo suyo, por no perderlo en pleito legal, sacó a una
niña del orfanato y le hizo pensar que era suya. Su verdadera
hija murió de una enfermedad. Lola todavía lo quiere,
él la ignora, a ella y a su hija muerta. Él regresa a
Cuernavaca para unirse con Carmen, pero ya es tarde: su hipertrofia
está ya muy avanzada y muere, mas no sin antes saber la verdad.
Fin.

El Zócalo de la Ciudad de México,
pintado por Casimiro
Castro en 1869
Hablaba de arquetipos. ¿Qué es un
arquetipo? Es una imagen que pertenece a la mente inconsciente y
representa a una parte de su totalidad. Digamos que si Kant
estableció categorías de la razón, Jung, con sus
arquetipos, estableció categorías de la
imaginación. El arquetipo actúa de acuerdo a un esquema
universal que todos poseemos, pero que varía en su matiz y en su
sentido particular de acuerdo a cada persona. Y no solamente con cada
persona, ya que también los encontramos en el imaginario
colectivo de cada cultura, de cada pueblo, en sus mitos y leyendas, no
se diga en el resto de su producción artística. Conocemos
bien a estas figuras: el héroe, el bufón, el
dragón, la doncella, la gran madre, el viejo sabio, el rey, el
diablo, el sol, etc. Basta ver una baraja de tarot para encontrar a
varios de los arquetipos más importantes.
Aparecen en nuestros
sueños también, ya que son
figuras autónomas, es decir, que actúan de manera
independiente de nuestra mente consciente. Nuestro yo, nuestro ego, es
incapaz de controlarlas, pero lo que sí puede hacer es dialogar
con ellas, ya que siempre tienen algo relevante que decir. Su
función es compensadora: cuando nuestra mente consciente se
aparta de la inconsciente, ésta buscará darse a conocer.
Sin un diálogo constante con nuestra parte inconsciente,
degeneramos en neurosis o psicosis. Por nuestra higiene mental, por
nuestra propia búsqueda de sentido en la vida, debemos hacer
caso a nuestros instintos, a nuestra intuición, a nuestros
sentimientos, a nuestras partes ocultas. Ante todo siempre
deberá estar el conocimiento de nosotros mismos.
En toda labor creativa intervienen estos arquetipos.
Un escritor siempre proyectará sus propios intereses sobre sus
obras (1). Si reaccionamos a ellas es porque nos sentimos
identicados de una manera u otra a través de los arquetipos
proyectados. ¿Y qué arquetipos encontramos en Carmen? Los
principales son tres: el héroe, el anima y la gran madre.
- El héroe. Es el personaje
principal, por supuesto. Representa a la consciencia, el ego del
escritor. Se trata de una consciencia profundamente confundida, con un
complejo materno negativo, evidenciado por su vida de “calavera”. El
donjuanismo del personaje trata una lucha de poder muy
paradójica, donde el éste desea tener control de las
mujeres que seduce y dejar una marca en ellas; sin embargo, esto
sólo ocasiona una dependencia que termina por socavar su propio
poder, ya que son las mujeres quienes poseen el juicio definitivo.
Ellas pueden alimentar su fantasía o dejarle el autoestima hecho
pedazos. Rollo May, un eminente psicoanalista existencial, afirma que
el fondo existe lo que Kierkegaard llamó “pérdida de uno
mismo”, de donde surge un narcisimo a partir de una excesiva
reflexión existencial cíclica, y se coloca como un
consuelo o una máscara ante el fracaso de la realización
personal. Dice que “la actividad compulsiva nunca es acción por
sí misma; nunca es acción por placer, poder o
diversión. Es acción al servicio de la huida; huyen
despavoridos para evitar la confrontación consigo mismos.” (2)
- El anima. Éste es
probablemente el arquetipo más importante que existe en todo
hombre. Puede aparecer con facetas sumamente variadas, y en este caso
lo vemos representado en tres formas, la más relevante de las
cuales encarna en Carmen: la soror mystica, la “hermana
mística”. Se trata del lado femenino del hombre, que se vincula
a su propio eros, y refleja la naturaleza de sus relaciones,
especialmente con las mujeres. Por otro lado, representa también
lo inconsciente del hombre, la parte de su ser que debe integrarse,
como en un matrimonio, con la consciencia y llegar, así, a ser
una totalidad funcional.
- La gran madre. Ésta es una
faceta primordial del anima. La gran madre es la diosa guardiana de los
misterios del nacimiento, la sabia y protectora que, a la vez, puede
mostrar también un lado oscuro y devorador. Este arquetipo es el
que le da a la madre real su trasfondo mitológico, numinoso, que
la reviste de una fuerte autoridad. En la obra encontramos a un
arquetipo de lo más puro, a un ser sin más nombre que el
de madre, el cual tiene una influencia fatal sobre el héroe. “La
madre representa a Dios sobre la tierra. ¡Quien te habla en
mí es Dios!”, le dice en alguna parte. (3)
El
héroe, tras llevar una vida de terrible confusión,
descubre una noche a una pequeña en una cesta, y sin pensarlo
dos veces se decide a criarla. El anima finalmente –y sin duda, no tras
pocas luchas-, se da a conocer al ego. Su desarrollo, no obstante, es
lento y siempre guiado por la madre. El protagonista mantiene en todo
momento una cierta distancia -incluso oceánica en algún
punto-, con Carmen, cosa que evidencia sus miedos y sus dudas hacia el
vínculo que los une. El Atlántico que los separa es un
símbolo claro: es el océano caótico y primordial
que alberga en sí emociones sin control y monstruos que habitan
en sus partes más profundas.
Carl Gustav
Jung
Ocurre entonces un
acontecimiento capital: Carmen llega a su
plena madurez sexual y el héroe a sus 35 años. La crisis
de la mediana edad. David L. Hart, filósofo y analista
junguiano, describe esta situación como “una crisis espiritual,
un desafío para buscar y descubrir el sentido de la vida.
Ninguno de los instrumentos utilizados en la primera mitad de la vida
resultan adecuados para enfrentarse a este desafío. No se trata
de nuevas conquistas o adquisiciones; es más una cuestión
de descubrimiento del alma, por su propio bien, dejando de lado las
conocidas exigencias de gratificación del yo. Por lo tanto a
menudo se experimenta como una pérdida, y a menudo se le resiste
enérgicamente; sin embargo, la psique, y sus propias poderosas
exigencias, persisten en enfrentar a la consciencia con nuevas y
desconocidas concepciones acerca del sentido y las posibilidades de
vida.” (4)
El anima, en este punto, rompe toda
barrera existente y se da a
conocer tal como es: ama al héroe de una manera desorbitada, y
no estará satisfecha hasta ser correspondida plenamente. Los
lazos que lo ataban al otro lado del oceáno mueren y regresa a
su hogar original.
Lo que tenemos
aquí es a un sujeto que ha sido dominado
desde pequeño por su madre, en una pronunciada situación
edípica. No existió figura masculina que pudiera servirle
de contrapeso: su padre murió en un pasado no especificado, de
una rara enfermedad que, significativamente, afecta también a
Carmen. El anima Carmen llega incluso a ser identificada plenamente con
la madre. En un diálogo, la madre le dice al protagonista:
"Cuando
Carmen, que posee todos mis sentimientos y mis ideas religiosas, sepa
que eres su padre… adquirirá el mismo horror que yo siento por
esa pasión funesta, y entonces, espantada de haberte amado de
otro modo…" (5)
En
cualquier caso, la relación incestuosa es enteramente necesaria.
La tendencia endógama es instintiva en el ser humano: se trata
de una libido que ayuda a mantener estrechos los lazos familiares, y
las identidades personal y colectiva. Sin embargo, existe
también una tendencia exógama, diametralmente opuesta a
la anterior. Ambas formas se mantienen en jaque mutuamente, creando
algo que estoy tentado a llamar balance, pero que realmente no es
un balance. Sólo digamos que el instinto endógamo
reafirma nuestra identidad personal y colectiva, y el exógamo
permite relacionarnos con lo “otro”, lo externo. (6) Aquí,
en Carmen, psicológicamente, el incesto no significaría
otra cosa que un intento por lograr una total identidad de lo
consciente y lo inconsciente.
Éste es un
proceso natural, que empuja hacia lo que Jung
llamó “individuación”, un conocimiento más
consciente de la propia individualidad específica, que
llevaría a la autorrealización. No obstante, en el caso
del protagonista de esta novela, el proceso se encuentra truncado por
un complejo materno negativo. El anima aquí no busca una
integración con la consciencia, sino una posesión total
de ella. Cuando una persona se rehúsa a ver sus propias
necesidades inconscientes, lo inconsciente termina forzando un camino
hacia la consciencia. El complejo arquetípico entonces domina a
la persona a través de una fascinación terrible. Y
justamente es esto lo que ocurre al héroe.
Tan
torcida es su visión, que incluso el doctor Manuel, que
representa el arquetipo del sabio, llega a justificar esta
fascinación:
"Vuelvo a repetirte que
este
amor es lo más natural del mundo. Tú, al amarla, te amas
a ti mismo. Has formado a un ser que moral e intelectualmente es
parecido a ti. Amas tu obra, tu copia, tu imagen y el reflejo de tu
espíritu en el suyo. Amas esos sentimientos nobles y generosos
de tu madre que se le han transmitido, y amas también su
belleza, que hablando francamente, es admirable y que ha venido a ser,
como si dijéramos, la viva encarnación de tus ideas
estéticas. Natural es tu amor y natural es el suyo, por
idénticas causas. Te ha visto como padre, hermano y amigo a
quien todo lo debe y de quien todo lo tiene. Los semejantes se unen
como los contrastes se completan, y en ustedes dos, ambas leyes tienden
a verificar una visión perfecta. Todo esto es puro realismo. La
gratitud de ella y en ti la costumbre, sus virginidades y tus
ensueños, el trato íntimo, el aislamiento y la
naturaleza, han hecho lo demás. ¿Estás de acuerdo
conmigo?" (7)
Lo
estuvo. El sabio aquí aparece con una cara negativa que
solamente aparenta sabiduría. La relación que describe es
perversa y enteramente narcisista. Al protagonista, descaradamente, no
le importa en lo absoluto.
Carmen es un
personaje esquizoide: no quiere saber nada del mundo
exterior, sólo desea vivir en soledad con su amado. Al verse
sumiergido en ese conflicto de amor y odio que siente hacia su madre,
con su rechazo del matrimonio entre él y Carmen, el héroe
se sume en un depresión total, en una misantropía pura,
en un rechazo de todos los vínculos que mantenía con la
sociedad.
Y
luego apunta a una culpable: Lola, la mujer con quien mantuvo
relaciones amorosas en su juventud, y a quien en lo posterior
ignoró monumentalmente. Carmen fue hija de ese fruto: Lola fue
quien despertó su anima dormida, quien lo puso en conflicto
directo con su madre. Es por eso que la trama, respecto a esta
unión y a si Carmen es o no producto de ella, resulta
tremendamente inverosímil. El protagonista lo admite
abiertamente: sabe odiar, y a quien odia más es a Lola.
Sencillamente no quiere admitir que ella es quien despertó
aquella parte dormida en él. Castera manipula la trama para que
parezca que no es así, pero el truco es torpe, carece de
autenticidad psicológica. Él héroe se siente
amenazado por el simple hecho de ser querido por una persona que no es
él mismo. El amor, aquí, se vuelve un obstáculo
para sí mismo.
Y
es que el héroe encarna también otro arquetipo: el del puer aeternus, el “niño
eterno”. El que siempre será hijo de su mami. Como ya hemos
visto, debido a este complejo materno-infantil, la afectividad del
personaje se obstaculizó al punto en que fue incapaz de crear
vínculos reales y funcionales con los demás. El puer
aeternus vive en la contradictoria ilusión de un eterno
presente, ya que intenta vivir el momento al máximo mas, como
asustado por una extrema consciencia de la temporalidad de las cosas,
se aparta de ellas cuando siente que se han acercado mucho a él.
Le teme a la muerte tanto como a la desilusión, por lo que se
aleja de las personas tan pronto como ve la posibilidad de una
compenetración. Lleva el aburrimiento de un adolescente y una
sensación de “no estar en la vida” a todas partes. Su
élan vital es considerablemente débil, por lo que,
inconscientemente, puede desarrollar tendencias suicidas.
'El
Principito', de Antoine de
Saint-Exupéry,
es uno de los mejores ejemplos del
arquetipo del puer aeternus
La
fascinación con la muerte tampoco es reflejada sutilmente en
Carmen. Se encuentra presente desde el principio de la obra, cuando la
madre le habla sobre su inevitable camino a la tumba. La hija verdadera
de Lola y el protagonista muere sin que él se dé cuenta o
le importe en lo absoluto. Eventualmente, Carmen también muere.
Y el héroe mismo no se da un balazo en la cabeza sólo
porque cree en la inmortalidad del alma. El valor simbólico de
todo esto es evidente: desde el comienzo, el protagonista quiere
enterrar a su madre, desprenderse de su amarre; el verdadero fruto de
su unión con Lola, aquello que pudo ser, lo ignoró por
completo y dejó que muriera sin el menor remordimiento; y la
posesión narcisista por parte de Carmen sólo conduce a un
callejón sin salida, y la extinción de su élan
vital.
Lo más
preocupante de todo es que el personaje,
masoquistamente, parece disfrutar de lo ocurrido. Lo sublima, lo hace
sentirse superior. El sufrimiento tiene un alto valor
estratégico para el neurótico: puede constituir una
defensa directa, estableciendo exigencias a los demás
(“pobrecito, miren cómo sufre, hay que cuidarlo”) o sublimando
el sufrimiento a un punto tan alto en que la libido pueda extinguirse,
que es más o menos lo que hacían los antiguos estoicos.
En el caso de Carmen, considero que Pedro Castera se proyectó
sin tapujos, incluso con la intención de que los lectores lo
identificaran con el protagonista. Buscaba la fama, el sentirse
querido. Fue un grito de ayuda directo. Su inconsciente buscaba darse a
conocer, pero las barreras erigidas por su consciencia fueron gruesas.
Es la eterna contradicción del narcisista: busca ser
querido, pero de manera engañosa, ya que una
compenetración con alguien más amenazaría con
hacer resurgir sus viejos temores y su lado más terrible, sus
peores monstruos internos. Así que nada mejor que la
aprobación de las masas: por más impersonal que este
afecto pueda ser, al menos llega de mucha gente. Alimenta su
ilusión, la cual es increíblemente difícil de
deshacer.
¿Qué
se puede concluir de todo esto? El esquema de esta
novela no es original; fue utilizado antes de que ésta
apareciera y continúa siéndolo hasta la fecha. Los
miedos, los complejos y la manipulación neurótica de los
mismos para suavizarlos o justificarlos siguen ahí. Ya hemos
identificado todo lo que aparece en este tipo de obras: necesidad
frenética de afecto, fragilidad en los vínculos
afectivos, baja autoestima, impulsos suicidas, agresividad y
división del mundo en blanco y negro. Se trata de un retrato de
la decadente sociedad moderna no sólo en México, sino en
todo Occidente. Sus fascinaciones perversas y su evasión de los
problemas internos: es ésta desafortunada situación la
que vemos en estas novelas.
*Publicado en Calmecac No. 1,
revista del Colegio de Letras de la Facultad de Filosofía y
Letras de la UANL.
Notas y citas:
(1) Por proyección se entiende un investimento de los propios
arquetipos, de las características, imágenes,
pensamientos y sentimientos propios, sobre otras personas o cosas. Este
mecanismo ocurre inconscientemente y es una manera en que nuestros
lados ocultos intentan darse a conocer; igualmente, es clave en el
proceso de comunicación con otras personas y con el mundo en
general.
(2) May. La necesidad
del mito. Barcelona, Paidós: 1998. Pág. 168.
(Con cursiva en el original).
(3) Castera. Carmen.
México DF, Porrúa: 2004. Pág. 198.
(4) Hart. “La escuela junguiana clásica”. Introducción a Jung.
(Editado por Polly Young-Eisendrath y Terence Dawson). Cambridge
University Press: 1999. Pág. 159.
(5) Carmen. Ibíd.
Pág. 200.
(6) Véase C.G. Jung. “Rey y reina”. La psicología de la transferencia.
Barcelona, Paidós: 2001.
(7) Carmen. Ibíd.
Págs. 87-88.
BIBLIOGRAFÍA:
Castera, Pedro. Carmen: Memorias de un corazón.
México DF, Porrúa: 2004.
von Franz, Marie-Louise. The Problem of the Puer Aeternus.
Toronto, Inner City Books: 1999.
Hoeller, Stephan A. Jung gnóstico y Los siete sermones
a los muertos. Barcelona, Sirio: 2005.
Horney, Karen. La personalidad neurótica de
nuestro tiempo. Barcelona, Paidós: 1993.
Jung, Carl Gustav. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo.
Madrid, Trotta: 2002.
-La psicología de la transferencia.
Barcelona, Paidós: 2001.
Lasch, Cristopher. La cultura del narcisismo.
Barcelona, Andrés Bello: 1999.
May, Rollo. La necesidad del mito. Barcelona,
Paidós: 1998.
Young-Eisendrath, Polly y
Terence Dawson (editoras). Introducción
a Jung. Cambridge University Press: 1999.
escrito en junio, 2006