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Agalloch – Ashes Against the Grain
The End, 2006
No sé si alguna vez les ha sucedido que oyen hablar de un grupo
y piensan “¡Esto es justamente lo que estoy buscando!”, pero una
vez que lo escuchan, resulta ser una total decepción. A
mí me pasa a veces.
La primera vez que oí de Agalloch fue hace mucho tiempo, cuando
media escena metalera estaba alborotadísima con la
publicación de The Mantle.
Era un grupo descrito como oscuro, melancólico, avant-garde,
complejo y profundo. Sin embargo, cuando puse mis manos sobre aquel
disco, emocionado e influido por la opinión general, mi
desilusión fue grande. Aunque me agradó el sonido general
del álbum, no encontré una sola pieza memorable en
él. Me pareció demasiado ambicioso y
pseudoartístico, con un ritmo monótono que al poco tiempo
aburría bastante. No era exactamente música cautivante
para mí.
Es por eso que me tardé en oír Ashes Against the Grain. Como con
el disco anterior, se creó una anticipación enorme y fue
recibido con innumerables alabanzas. No me molesté en escucharlo
en un principio, pero me gusta darle oportunidades a bandas con
potencial y, después de todo, había pasado un largo
tiempo desde la última vez que oí a Agalloch. Tal vez
ahora me gustara más. Además, había leído
que este nuevo álbum estaba más enfocado en el lado
pesado y eso me llamó la atención, porque una de las
cosas que menos me habían gustado en The Mantle fue que sólo
tocaban acordes simples que nunca se desarrollaban en auténticos
riffs. Quizás ahora habían compuesto algo más
memorable.
¿Lo lograron? Sí y no. Definitivamente, Ashes Against the Grain es de sus
mejores discos. Por fin hicieron algo distintivamente melódico
y, por cierto, bueno y agradable. Pero sigo teniendo un problema con
este grupo. Su música es esencialmente atmosférica, por
lo que todo en ella –guitarras, teclados, vocales- se subordina a la
atmósfera. No hay un solo pasaje que no sea así. Esto de
ninguna manera es algo malo per se,
pero Agalloch es un grupo demasiado pretencioso y autoindulgente, que
no conoce sus límites. Los mismos patrones –riffs
melódicos y semiprogresivos, pasajes acústicos, capeado
ambiental- siguen y siguen, desdoblándose hacia el infinito, con
el mismo ritmo a través de todo el álbum. Pasados los
primeros 15 minutos, mi mente se va a caminar por otros rumbos. Es un
buen sonido en líneas generales, pero nada de esto logra
sobresalir en realidad, no hay una sola cosa aquí que se quede
grabada en mi memoria y me obligue a escucharla nuevamente.
Por cierto que una de los rasgos distintivos de Agalloch a los que
nunca me acostumbré son los vocales. Cuando son limpios suenan
muy decentes, siguiendo el camino más o menos establecido por
Garm en el Bergtatt de Ulver: suaves y melancólicos,
con un sentido de tonalidad muy apropiado para este tipo de
música folclórica y sombría. La mayor parte del
tiempo, sin embargo, los vocales son gruñidos suaves y hasta
susurrados, apoyados por algunas capas que suenan en el fondo. Esto
siempre me pareció algo un tanto torpe en el disco pasado, pero
en éste se escuchan muy fuera de lugar. La música pesada
requiere de gruñidos intensos, no de esto. Entiendo que con este
tipo de vocales quieran afianzar todavía más la
atmósfera, pero de verdad esto es un exceso.
Con todo, puedo entender por qué este grupo es tan popular. Y es
que en realidad no tocan mala música, y tiene varios elementos
que obviamente mucha gente busca. Yo me incluyo entre ellos, pero
personalmente Agalloch no consigue impactarme del todo. Para mí,
Ashes Against the Grain
sólo sirve como música de fondo agradable y nada
más. Agalloch no es un grupo al que pueda adscribirme como fan.
07/2007