
Muchos reinados para un solo reyDividir el siglo en décadas es de lo más cómodo. Así, cada diez años, los sucesos parecen clasificarse mucho mejor, sobre todo por una cuestión organizativa de sus contemporáneos o de quienes les continúan inmediatamente. El tiempo histórico, más tarde, utiliza su tamiz para reorganizar todo a través de períodos mucho más extensos. Así, por ejemplo, podemos hablar de los egipcios con una liviandad asombrosa si tenemos en cuenta que su cultura se extendió durante varias centurias.
Pero vayamos al punto de la actualidad. La pregunta es: ¿quién será el rey rockero de los noventa? Muchos, seguramente, ya lo saben: se escribe demasiado sobre los gustos. Pero en el terreno aparentemente objetivo (y aquí se pueden agregar todas las relatividades que se quieran) de mirar la década en busca de los protagonistas más destacados en el cada vez más amplio territorio del rock, las respuestas son tantas como los cuestionamientos que se generan.
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Pero antes que los productos musicales, hay un dato imposible de obviar: el negocio tiene hoy dimensiones difíciles de medir. La televisión, con canales exclusivamente dedicados a la música, hace que todo se propague con tal velocidad que, prácticamente, no existen las novedades. A ella se suman Internet y los medios de comunicación de siempre, que se adaptan tan vertiginosamente como pueden o bien se "especializan" en terrenos delimitados. Todo va tan rápido, todo llega tan velozmente a cada oído disponible que, también, se hace "antiguo" mucho más rápido. De hecho, los movimientos que cobija el rock se transforman en un tiempo cada vez más breve en varios derivados. Es uno de los resultados del consumo voraz. Se genera tanta ansiedad por devorar que a veces ni se siente el gusto de lo que pasa, y otras ese sabor llega a través de un nuevo plato que trae esos ingredientes.
Existen demasiados reinos como para decidirse por un rey. Son demasiados los príncipes que defienden sus territorios con buenos argumentos. Y, sobre todo, hace falta tiempo como para que la espuma se disipe. Es necesario tomar distancia para afinar la puntería. ¿Acaso Kurt Cobain es hoy lo mismo que cuando dio a conocer "Nevermind"? Porque más allá de la sobrevaloración que pudo hacerse recaer sobre su figura una vez muerto, no es menos cierto que la áspera influencia de Nirvana es decisiva en el sonido de esta década, un grupo que, a su vez, rescataba el sonido de los tardíos sesenta (y primeros setenta), cuando Led Zeppelin armaba una nueva coraza para el rock.
Es apenas un ejemplo, porque, ¿cómo elegir entre Oasis y Prodigy? ¿Define el éxito o la influencia provocada en otros músicos? Si U2 es una banda de los ochenta, ¿"Achtung Baby" deja de ser un trabajo fundamental de los noventa? ¿Qué hacer con Alanis Morissette o 2 Pac? ¿Dónde colocar a Nine Inch Nails, Beck, Red Hot Chili Peppers o Ministry? ¿Cómo hacer a un lado a Bjork, Portishead o Smashing Pumpkins? También hay regresos de zorros viejos, como King Crimson, con una propuesta tan clásica como moderna.
Tanta diversidad, más los nombres que quedan en el olvido injustamente, conforma una década en la cual la producción es, sencillamente, inabarcable. Por eso, tal vez no sea necesario un solo rey para tantos continentes. Simplemente, dejarse sorprender con los nuevos territorios que se conquistaron.
Por Daniel Amiano


Tributo
a
Kurt Cobain
