LA VENGANZA DE LAS LOCAS.

Por aquel entonces, solía yo deambular por el vertedero de Dehesa de la Villa. Era ésta una zona tranquila, alejada del bullicio del centro de Madrid. Estaba sucia y llena de gatos pero la vida allí era bastante fácil. Una vieja loca solía darnos de comer.
Al principio pensé que era una vieja loca sin más, de esas que suelen pasear por el Retiro o por la plaza de España dando migas de pan a las palomas o a los patos. Sin embargo no iba andrajosa, más bien al contrario.
Vestía de negro: un traje de pantalón y chaqueta negros, camisa blanca, zapatos negros siempre sin tacón, boina gris y bufanda negra. No era la vieja loca que daba de comer a los patos e iba andrajosa, pañuelo a la cabeza, vestido sucio y remendado a diferentes colores y botines de suela gastada y descosida. Ese tipo de locas suelen llevar el pelo sucio, enredado y despeinado, suelen oler a ajo y superar, al menos, los cuarenta años.
Mi loca llevaba siempre el pelo liso y brillante como recién salida de la peluquería, no tenía siquiera treinta años y olía a mandarina. En verdad era bastante atractiva, me gustaba. Tenía una sonrisa clara y pura como un manantial de manzanas verdes y los ojos marrones con relámpagos radiales verdes partiendo de unas pupilas negras y profundas como pozos de brea. Su cuello y, por extensión, el resto de la piel que tantas veces he querido imaginar, era dulce como pétalos de rosa, pálido y suave como la nieve que de lejos enfría pero que con el roce, quema. Su cabello se derramaba bajo la boina y sobre los hombros como una cascada de azabache doblegando al viento con su baile.
Cuando me tocaba, sus manos se convertían en sol de invierno y podía sentirme sumido en el instante, un día bajo cero, en que el sol roza tu rostro y te hace olvidar el frío acariciándote con sus rayos blandos como la escarcha.
Al mirarla deseaba haber nacido hombre para poder amarla.


Siempre llegaba al ponerse el sol. La esperaba siempre en el mismo banco, junto al mismo árbol. A veces traía un lápiz y un cuaderno de dibujo. Cuando lo traía solía pintar mi silueta, mis ojos o mi rostro. Yo me lamía las patas y el lomo para estar más limpio y ella me lo agradecía con una caricia o simplemente una sonrisa y unas palabras bonitas.
Otras veces traía un pequeño cuaderno de tapas duras, nos sentábamos a observar el ocaso y ella me escribía versos.
Contaba también historias extrañas e inverosímiles. Contaba, por ejemplo, que el ocaso nació de un despiste de Dios. Estaba creando el cielo, el sol y los fenómenos atmosféricos. Pegó el sol en el cielo, creó la lluvia y comenzó a llover. Inmediatamente, el sol se despegó porque, como todos saben, hay que esperar que el pegamento se seque para hacer llover. Pero Dios se olvidó de eso y el sol se cayó, y se apagó en el mar y así nació la luna. Fue entonces cuando vio Dios que de una imperfección suya había nacido la belleza, la noche. Si de semejante imperfección había nacido semejante belleza, creando un ser enormemente imperfecto, loco, nacería un ser enormemente bello, mi loca.
Por supuesto yo nunca me creí sus egocéntricas locuras de loca. Dios es todopoderoso e infinito y todo eso, siendo así habría usado un pegamento de mejor calidad porque seguro que no sería demasiado caro para él. Aun así me gustaba escuchar sus locuras y sus historias porque, aunque pareciesen estúpidas, eran bellas y decían muchas verdades acerca de la vida. Ella disfrutaba contándome sus historias aunque dijese siempre que un gato no podía comprenderlas.
Sin embargo yo sí que las comprendía pero no podía demostrárselo mas que frotando mi cabeza contra sus piernas. Entonces me cogía y me recostaba en su regazo. Decía que me amaba y se lamentaba porque yo no hubiese nacido hombre para poder amarla.
Yo sí que la amaba. La amaba con locura, la comprendía a la perfección. Era ella la que no me amaba lo suficiente para comprender mis gestos.
Soñábamos morir juntos y, más allá de este cruel lugar donde las locas y los gatos no pueden comunicarse mas que con ronroneos y caricias, podría decirle que la amaba, que sí que la entendía y, entonces, ella lo sabría y, con la seguridad de ser correspondida, no temería amarme.
Aquel lugar se llamaría eclipse porque es el lugar donde el gato sol y la loca luna se encuentran al fin después de haberse perseguido mutuamente sin poder darse alcance por los siglos de los siglos.
Ambos sabíamos que tras la muerte estaríamos juntos, pero no éramos lo suficientemente irracionales ni estábamos lo suficientemente locos para pensar en el suicidio. Por el momento, ella parecía ser feliz y yo debía parecerlo también porque a ambos nos bastaba.
Sólo nos veíamos al atardecer, que era cuando ella venía a verme, y a veces pasábamos toda la noche juntos. Durante el día yo paseaba contando los minutos hasta el ocaso. Solía pasear por la ciudad aunque no me gustaba alejarme mucho. Me acercaba hasta la ciudad universitaria, hasta la boca del metro, y me sentaba a observar a los estudiantes que iban por la mañana y venían por la tarde y, aunque pocos, alguno entremedias contracorriente.


Allí, junto a la boca del metro, conocí a un loco. Se trataba de un viejo escritor de ciencia-ficción frustrado, se le veía en el énfasis que ponía al vender sus libros. Vendía clásicos de la literatura (Baudelaire, Kafka, Gorki, Delibes, Neruda...) en ediciones de bolsillo de venta conjunta e inseparable con algún diario, y los vendía a sólo un euro con ochenta céntimos. Posaba sus obras maestras en el suelo, sobre una sábana sucia y gastada, con sumo cuidado. Pedía, casi rogaba a los pocos que se detenían a echar un vistazo, hojeasen los ejemplares de tapas blandas sin compromiso, recomendaba obras, felicitaba adquisiciones e incentivaba a la compra comentando sus gustos y preferencias.
Yo me sentaba siempre a su lado. Una alumna de derecho buscaba a Rousseau, uno de psicología a Freud y otro de física a Asimov. Siempre había para todos, por desgracia, ya que pocos buscaban.
Aquel hombre había empezado a estudiar matemáticas porque, había leído en algún sitio, era la filosofía del siglo XXI. Al acabar segundo curso ganó por suerte, por desgracia o por casualidad, un concurso de literatura que le convenció para dejar una carrera que comenzaba a hacérsele algo aburrida. Así decidió hacerse escritor. Publicó una novela sobre un matemático que, mediante complicados algoritmos, enseñaba a un robot a escribir poesía.
El libro fue elogiado por la crítica, que fue unánime al calificarlo de bello, profético y sublime, pero eso sucedió cincuenta años después de su muerte, cuando los críticos eran también poetas y funcionaban a pilas o recargando sus baterías conectándose a la red por las noches. En vida logró vender tres ejemplares: uno lo compré yo (casi por compromiso), otro lo compró él mismo y el tercero se lo llevó un físico neocelandés de orígenes indochinos (el padre en potencia de la inteligencia artificial de última generación). Aquella aventura literaria supuso su ruina, y su ruina le obligó a vender clásicos de bolsillo en las estaciones de metro.
Con todo, era un gran amigo y una persona admirable como pocas a pesar de su casi continuo estado de embriaguez, por otra parte, comprensible. Su capacidad para la venta se verá demostrada cuando estas memorias que ahora escribo vean la luz como copias clandestinas desde su sábana y lleguen a ser irreconocidos superventas.
Fue él quien me animó a comenzar estas memorias cuando todavía era un crío y a las memorias las llamaba sueños o fantasías. Estaba loco, como mi loca, pues sólo un loco podría convencerme a mí, un gato negro que ronda los basureros de Dehesa de la Villa, para escribir poemas, cuanto más, unas memorias. Si embargo nunca lo llamé ni lo llamaré mi loco porque locos masculinos, he amado a muchos, pero locas femeninas sólo a una, a mi loca.


Allí mismo, en la ciudad universitaria conocí otro loco. Lo vi saliendo de la facultad de ciencias físicas. Aparentemente no tenía pinta de loco, sino de sudamericano sobreexplotado como barrendero en el metro de Madrid o de guitarrista de vagón en vagón por unos céntimos.
Su acento Cubano delataba su procedencia así como su nariz rechoncha y colorada y su labio inferior superlativo. De tez oscura y pelo gris, vestía cazadoras como las de los ferroviarios, pantalones de pana, camisas de cuadros de franela y zapatos de piel marrones. Había estudiado en la antigua URSS, lo delataba su trascendental y metafísica forma de estudiar y de explicar termodinámica. Gustaba de discutir acerca de los límites impuestos por Einstein en torno a la velocidad de la luz, de los agujeros negros que despedían determinadas radiaciones o temas similares que apenas podía tocar en Madrid.
Era el abogado defensor de que el estudio con problemas y libros de texto y ecuaciones matemáticas y reglas mnemotécnicas, no funciona por sí sólo. Sin embargo no le quedó más remedio que acatarse a ese sistema por imposición del decanato.
El primer año que dio clase en la Complutense quiso explicar y corregir como le habían explicado y corregido a él, como debía hacerse, pensando, discurriendo y razonando. El resultado fueron sólo dos suficientes, una llamada de atención acompañada de una imposición de cambio de método y la confirmación de que el sistema educativo español no estaba preparado para la inteligencia.
Le llamaron loco por tratar de que sus alumnos dedujesen el crecimiento de la entropía en el universo a partir de la teoría del Big-Bang e imaginasen lo que sucedería si se invirtiese el sentido (Big-Crunch). Lo que debía hacer era lo que hacían todos, limitarse a multiplicar presiones por volúmenes a temperaturas constantes. En realidad no fue un verdadero loco hasta que comenzó a discutir con un gato callejero si existía la masa o era el simple resultado de un movimiento ordenado.


Un tercer loco que se dejaba caer de vez en cuando por aquellos lugares era joven y de aspecto más bien paliducho y solitario. Estudiaba algo relacionado con el cine porque era un maniático de Buñuel. Caminaba despacio, deteniéndose a cada tres o cuatro pasos o cinco todo lo mas y miraba los árboles o los edificios o las auroras hablando de planos cortos, generales o americanos. Cuando miraba, lo hacía a través de un cuadro que se montaba con los ángulos rectos entre el índice y el pulgar de ambas manos. Yo solía verlo por las mañanas, cuando salía a correr. Era el único momento del día en que avanzaba más de cinco pasos sin detenerse. Yo nunca pude entender el porqué corría. A veces pienso que lo hacía simplemente para recuperar el tiempo perdido en observaciones.
Cuando normalmente me topaba con él, era de madrugada, cuando volvía de las sesiones de doce y media de los cines Renoir plaza España. Volvía comentando la película en voz alta, elogiando tal secuencia o tal iluminación en el plano medio en contrapicado... Nunca supe lo que aquello significaba pero me fascinaba escucharle sin que me viese, no por el morbo de espiar, sólo por no molestarle.
A veces envidiaba sus dotes cinematográficas, porque siempre he admirado a los buenos cineastas, maestros de un arte para mí misteriosa y enigmática, y estaba seguro de que éste sería uno de los mejores si no lo era ya.
Estaba loco como ha de estarlo un buen cineasta. Para hacer una película buena se ha de ser consciente de que no tendrá beneficios ni ganará ningún Oscar. En caso de estar cuerdo hará simplemente una película plagada de violencia y patriotismo norteamericano que será un éxito de taquilla y ganará el Oscar a la mejor película. En muy contadas ocasiones una buena película consigue buenas cifras de taquilla, y aunque las consiga, lo demás es un trecho largo y difícil por no decir imposible.
Aquel loco sabía que si hacía una buena película nunca ganaría dinero, y a pesar de ello la haría. Por eso estaba loco.


He hablado de tres personajes locos que conocí en Madrid. Por supuesto, Madrid está lleno de locos, pero éstos, a mi parecer, son los únicos dignos de mención en este momento. Los locos de Madrid son siempre fracasados. Observen que digo fracasados y no perdedores porque en Madrid una cordura perdida no va a parar a ningún sitio. Para que haya un perdedor debe haber un ganador, y en Madrid hay locos sin más.
Con todo sí que hay locos interesantes que seguro mencionaré en algún otro momento. Si alguna vez necesitase buscar un loco interesante, sólo tendría que pasear por el metro a partir de las diez, cuando los locos aburridos de maletín gris y mirada vacía están viendo la tele.


Locos aparte, yo seguía viendo a mi loca cada tarde, al ponerse el sol. Una de tantas tardes, no una tarde cualquiera, llegó mi loca con el regalo más maravilloso que jamás pudiera recibir un gato. Me trajo un terrón de azúcar.
La primera vez que probé mi droga, la droga que me dio mi loca, sentí ser alguien especial. Mi boca se anegó de aquella dormidera de placer que, por placentera, debía ser necesariamente malsana. Pero no me percaté de aquel detalle, sin importancia teniendo en cuenta lo rica que estaba, y la devoré con fervor. Al ver que me gustaba, siguió mi loca trayéndome poco a poco, día a día, más y más azúcar. Yo la devoraba sin pensarlo porque me gustaba y porque era ella, mi loca, quien me la daba.
A medida que el azúcar iba engordando mi sentido del placer, la niebla fue apareciendo. Al principio no le di importancia alguna, se trataba de una fina capa de niebla que posiblemente no hubiese sido mencionada en una conversación climatológica entre mi loca y yo en el caso hipotético de que los gatos y las locas pudiesen hablar del tiempo.
Con la niebla apareció en mi vida un extraño personaje.
Solía rondar aquellos parajes y era uno de los locos más cuerdos que nunca he conocido. Se trataba de un bebedor de absenta, teólogo y psiquiatra, esto último todo unido pues se decía egoteista y gustaba de automedicarse alcohol para combatir sus esquizofrenias. Durante sus eternos paseos por ninguna parte, caminaba agachado, lo que no era demasiado raro por aquellos lugares de empinadas cuestas, hablándose a sí mismo. No pronunciaba una palabra más alta que otra, como suelen hacer los locos que hablan solos, sino que mantenía un monólogo monótono y constante, en voz baja para no molestar a nadie como les gusta molestar a los que se dicen sabios o profetas.
Aparecía cuando se iba mi loca y yo no tenía ganas de dormir (los gatos callejeros no suelen dormir de noche y menos en invierno). Me incitaba a seguirle como su sombra, escuchando sus paranoias, su alcoholismo o su simple soledad sin ser nunca incluido como parte activa ni pasiva del discurso. Me ignoraba igual que ignora uno que respira.
Tenía una historia triste pero muy hermosa sobre bebedores de absenta con amores platónicos, poetas solitarios pero felices, tristes enamorados que habían perdido la inspiración para escribir poemas y partidas de mus al borde del suicidio. Contaba la historia de la vida, no sé si suya o ajena, que casi todos tienen pero que casi nadie cuenta.


Si no existiese ese muro de incomunicación entre los gatos y las locas, podríamos haber hablado del tiempo, de aquel loco que había aparecido con la niebla, y mi loca podría haber notado lo que sucedía con suficiente antelación. Sin embargo no me di cuenta hasta que ella lo hizo.
Un día, mantenía yo mi mirada perdida entre la niebla sin percatarme de que su mano cruzaba insistentemente frente a mi cara pretendiendo que la siguiese con la mirada. Mi cabeza no se movió lo más mínimo y ella debió asustarse mucho porque aquel día olvidó darme azúcar.
Sin dejar siquiera tiempo a que yo mismo notase que me había quedado ciego, me cogió en brazos y comenzó a correr cuesta abajo. No pude despedirme del hombre de la niebla, que se fue haciendo más y más pequeño hasta convertirse en un punto imperceptible. Olí que habíamos salido del pinar. Lo olí porque no podía ver tan siquiera los pinos centenarios, lo olí en el viento frío y seco que llega de Madrid y del que los pinos protegen a los gatos. Comencé a escuchar ese murmullo de pasos decididos y directos, acompañados de conversaciones banales que pronto caen en el olvido, a veces incluso antes de llegar a su destino. Era típico de los universitarios entre los que estábamos caminando.


La corriente de aire caliente y cargado como el de una peluquería (aquel olor que una vez hizo a Pablo llorar a gritos), y el meneo de bajar las escaleras me indicaron que bajábamos al metro. Se detuvo un momento antes de subirse a las escaleras mecánicas. Posiblemente hubiese visto algún libro interesante sobre la sábana de aquel vendedor de libros del metro, o puede que se tratase de cualquier otro vendedor loco del metro. Los había visto alguna vez pero nunca me detenía junto a ellos porque sus artículos (CD’s pirata, pulseras artesanales de cuero, calcetines, relojes sobre antiguos discos de vinilo...) nunca me han interesado, aunque siempre he reconocido la originalidad de algunos de ellos. Tal vez no hubiese ningún vendedor, tal vez se hubiese detenido sólo a dudar si debía seguir adelante o si se había olvidado el bolso sobre el banco. Le había pasado más de una vez. Solía darme yo cuenta en el instante. Ella se marchaba con prisa por cualquier motivo y nos dejaba sin más a su bolso y a mí sobre el banco. Yo esperaba, no mucho, sin moverme, sólo hasta que llegase al metro y no encontrase el abono de transportes. Entonces volvía, recogía el bolso, me agradecía el favor con una caricia y marchaba de nuevo con más prisa, si cabe, que antes. Tal vez no se hubiese dejado el bolso, pero, al darse cuenta de que lo llevaba, habría recordado aquellas ocasiones y se habría dado cuenta de lo mucho que me debía.
Bajamos por las escaleras mecánicas, y subimos, no pude saber desde qué andén, al metro. Hicimos un transbordo en la siguiente estación y cogimos la línea tres. En ésta línea estaba mucho mejor orientado porque, al contrario que la anterior, los altavoces nombraban cada parada, los posibles enlaces a otras líneas e incluso advertía si la estación estaba en curva para, al salir, tener cuidado de no introducir el pie entre coche y andén. Pensé que resultaba útil este servicio y pensé escribir una carta al tipo que hubiese tenido la idea para agradecerle lo que me pareció de gran ayuda para gatos ciegos que no conocen las líneas de memoria. Desistí de la idea al darme cuenta de que no conocía la dirección postal de esa persona, y de que a los gatos no les está permitido viajar solos en metro. Acerca de esto último sí que tengo pendiente enviar una protesta, pero, hoy por hoy, no he tenido tiempo para hacerlo.


Entre las estaciones de Callao y Sol sucedió algo que no quisiera olvidar mencionar. Subió en Callao uno de tantos jóvenes que pasan de vagón en vagón pidiendo limosna para tomarse un vaso de vino o una cerveza. Una anciana le dio una moneda de cinco céntimos. El pobre miró a la señora con desprecio, le devolvió la moneda de mala manera y murmuró lo que todos murmuran en esas circunstancias. Obviamente, yo no pude ver la escena, pero supe dibujármela detalladamente gracias a los copiosos comentarios, no sólo durante sino después del incidente. La escena es sin duda digna de una pequeña reflexión. Resulta comprensible, desde el punto de vista de la señora, que se sintiera ofendida porque su limosna fuese despreciada; un hombre que se dedica a pedir limosna, se supone, no tiene nada, por lo que debería aceptar cualquier ofrenda con ilusión y agradecimiento. Sin embargo, una señora que viste con abrigos de pieles (lo noté por su acento nauseabundo) puede entregar algo más de cinco miserables céntimos sin rascarse demasiado el bolsillo, y esos cinco céntimos seguramente le servirían para tranquilizar su conciencia “ante Dios”, como su buena acción del año. Desde el punto de vista del mendigo aquello no podía quedar así y su gesto posiblemente había servido para que a la señora le remordiese un poco la conciencia y ofreciese al próximo afortunado, no cinco, sino diez céntimos en cuenta por su limpieza de alma. Jesús hubiese actuado de un modo similar a como actuó el joven porque los jóvenes suelen actuar como Jesús. Yo, desde luego, no hubiese dejado a la anciana salir ilesa.
Después de todo nos bajamos en Legazpi, el final del trayecto. Descubrí que mi loca vivía allí cuando quiso tranquilizarme diciendo que ya llegábamos a casa. ¡A casa! Había decidido adoptarme en su casa, puede que por amor o puede que por lástima. El caso es que me había admitido como su compañero de piso y yo no podía ser más feliz.


Me sentó sobre algo mullido y confortable, un sofá, me dedicó una caricia y se alejó un instante de mi lado. Puede que estuviese en la cocina o en el servicio porque podía oír el rechinar de los grifos. Aquel rechinar de grifos antiguos, de agua fría y distante me hizo dejar un hueco entre mi mente y mi situación actual para reflexionar con cierta objetividad sobre mi situación.
Hasta ahora, en sus brazos, no había tenido tiempo de sentir miedo. Me sentía seguro mientras ella estaba a mi lado porque ella podía ver y lo hacía por los dos. Ahora comencé a darme cuenta de las limitaciones que mi problema conllevaba y me sentí ciego y sólo. Estaba asustado, comencé a imaginar sombras a mi alrededor atormentando mi alma.
De pronto un canario comenzó a cantar. Le pude sentir sobrevolando mi cabeza y amenazando con picotearme, ensordeciéndome con su canto. Era un ave vengativa, me devolvía todas las veces que yo había sido el cazador y él la presa. Lo que antes había sido un bocado fácil ahora se había convertido en un motivo de temor para mí. Pensado con frialdad, un pequeño canario no representaba peligro alguno, menos aún, dentro de la casa de mi loca, donde, con seguridad, estaría encerrado en una jaula como deben estar los canarios y no revoloteando por doquier amenazando con picotear los ojos al resto de inquilinos. Sin embargo, para un gato ciego y sólo que acaba de descubrir su debilidad esta meditación no resultaba convincente. Desesperado, traté de refugiarme. Pegando mi tripa al suelo mullido sobre el que me hallaba, fui, poco a poco, arrastrándome en busca de una esquina donde agazaparme hasta que mi loca volviese. Palpé el terreno con suma cautela a mis alrededores y comencé a avanzar en una dirección indefinida. Topé con el precipicio de caída libre hacia el suelo. Bajar al suelo y meterse debajo del sofá hubiese sido una buena idea, pero a los gatos ciegos no les gusta saltar al vacío sin conocer la distancia que les separa del suelo o lo que allí podría estar esperando. Decidí dar media vuelta hasta encontrar el respaldo y allí me acurruqué, entre los cojines, casi convencido de estar seguro, al menos, de momento.


“¿Tienes frío? Espera un momento.”
No dije nada y esperé. En realidad no tenía frío, pero estaba muerto de miedo y temblaba. Además pensé que traería una manta que, si bien no necesitaba para guarecerme del frío, sí que serviría para esconderme de la mirada del pájaro. La trajo, la puso sobre sus rodillas, me posó a mí sobre ella y me envolvió como a una larva en su crisálida. Me tenía abrazado y lloraba por haberme dejado ciego. Yo me sentía seguro bajo sus lágrimas, donde el estúpido canario no podría atacarme más. Me hubiera gustado decirle que, en aquel momento, más que odiarla por haberme dejado en mi estado, la amaba un poquito más por haberme llevado con ella. Casi me sentía afortunado de lo ocurrido al descansar entre sus brazos. Estaba tan cómodo y me sentía tan protegido que me quedé dormido. Me durmieron sus sollozos.
Desde aquella perspectiva, incluso me hacían sentir bien los cantos del canario igual que las tardes de lluvia le hacen sentir a uno seco y calentito cuando las observa desde la ventana.
Fue entonces cuando me di cuenta de que mi loca y yo íbamos a vivir juntos para siempre, solos ella y yo con el pájaro como único incordio. Nunca reñiríamos porque los gatos y las locas no saben reñir entre ellos, sólo tendríamos tiempo para amarnos y dedicarnos caricias y ronroneos. Ella volvería del trabajo con la satisfacción de que el dinero ganado era para labrar nuestro futuro juntos, y yo se lo recordaría esperándola ansioso a la puerta de casa.


Con su apoyo y mi coraje fui afrontando mi nueva situación. Ya me sentía a salvo en mi nuevo ambiente. Sabía dónde se encontraba la jaula del pájaro. Cuando se ponía pesado haciendo más ruido del necesario sólo tenía que acercarme al lugar y saltar para golpear su jaula y hacerlo callar.
Había diseñado en mi cabeza un perfecto plano de la casa con el que me orientaba sin miedo a perderme e incluso, con la práctica, pude recorrerla a toda velocidad sin rozar un sólo obstáculo. Esto era posible gracias al cuidado que mi loca ponía en no dejar nada descolocado para que yo no tropezase. El impresionante desarrollo experimentado por mis sentidos en funcionamiento me hacía más fácil controlar mi nuevo territorio.
Mi olfato fue capaz de detectar y localizar el rincón de la casa donde se encontrara una lata abierta de comida para gatos (aquellos deliciosos bocaditos de hígado), un cuenco de leche o cualquier otra cosa que despertase mis glándulas salivares. Podía oír cada vuelta que mi loca daba en su cama desde el cojín sobre el sofá donde yo dormía. A ella no le gustaba que normalmente durmiésemos juntos, pero, cuando dormía mal y hacía más ruido que de costumbre, agradecía que fuese a su lado y durmiese en su cama. Cuando llegaba de trabajar me encontraba, al principio, perdido en la cocina o en el baño sin saber salir de allí. Pronto supe moverme y, en cuanto la olía, antes incluso de que abriese la puerta, comenzaba a maullar corriendo hacia la entrada. Nada era demasiado difícil ni existía un obstáculo lo suficientemente grande para que yo, incluso ciego, pudiese superarlo. Nada osaba interponerse mi loca ella y yo. Lo único que me molestaba era aquel pájaro idiota.


Echaba de menos poder contemplarla. Recordaba su rostro sonriente, con el ocaso de escenario, recitándome poemas, escribiéndolos en voz alta, dibujando mi silueta o, simplemente observándome con el sol rojo coloreando sus pupilas. Recordaba el color de sus manos blancas acariciando mi pelo negro... Aquello me hacía ronronear, melancólico, cuanto sentía que era el momento de observar el ocaso.
Sin embargo, incluso esto logré suplirlo, dibujando la expresión de su rostro a partir de su perfume, el tono de sus palabras, el sudor de sus manos al lamerlas y la ternura de sus caricias. El ocaso venía por añadidura reflejado en su sonrisa.
Cuando la encontraba extraña, me recostaba boca arriba para que me acariciase la barriga o me frotaba entre sus piernas para que me admitiese en su regazo. Si nada de aquello funcionaba, comprendía que sólo necesitaba que la escuchasen. Me acostaba a su lado, en el sofá, con la cabeza sobre mi cojín, y ella comenzaba a contarme. Me hablaba de problemas en el trabajo. Eran aburridas conferencias sobre lo que su jefe le había dicho o sobre lo poco que trabajaban sus compañeros. Yo le explicaba que nada de aquello era importante mientras siguiésemos juntos. Ella no podía entender lo que decía pero, de alguna forma, conseguía yo tranquilizarla.
Así le pagaba yo todos sus cuidados hacia mí. Ella me protegía y me daba de comer, y yo, a cambio de tan poco, la consolaba, le hacía compañía e incluso la escuchaba que es lo que más necesitan las locas y, por consiguiente, lo que más agradecen.


Algunas tardes mi loca dejaba la jaula junto a la ventana para que el pájaro tomase un poco el aire. Él lo agradecía con irritantes chillidos que me ponían histérico. Aguanté aquello hasta que una tarde me harté y empujé la jaula con el indeseable pájaro hasta tirarla a la calle. Ese día descubrí el maravilloso mundo que la ventana ofrecía.
Al caer la jaula se oyeron unos gritos de pavor o dolor, no sé exactamente pero me alegré de ellos porque no sólo me había deshecho de aquel pajarraco inmundo sino que había dado a la vieja del abrigo de pieles que había conocido en el metro. Me consideré un héroe a escala mundial porque había librado al mundo de dos insustanciales consumidores que no aportaban a la vida más que egoísmo o, a lo sumo, inspiración para ser personajes de algún cuento o novela. A los chillidos de la vieja se unieron alaridos de transeúntes pidiendo una ambulancia. Oí que le había acertado en toda la cabeza, desparramando su sesera por la calzada, y me sentí grande por haber acertado en un blanco tan pequeño (aquella señora no tenía dos dedos de frente) desde “un quinto sin ascensor” (esto último no dice nada pero fue la versión del incidente dada por los periódicos). Gracias a aquello la tarde fue entretenida para todo el vecindario, que no dejó de comentar la tragedia, y para mí que me entretuve escuchando los comentarios y el ir y venir de las ambulancias.
En cuanto a mi loca, ni siquiera hizo un comentario acerca del incidente. Me hubiese gustado sacar provecho de lo ocurrido con una confesión de que ella odiaba al pájaro tanto como yo. No fue así, pero aquel día cogí afición a observar por la ventana.
Obviamente no podía observar nada en el sentido estricto de la palabra, pero podía escuchar el murmullo de la gente y de los coches que bordeaban la glorieta. Por momentos, cuando el viento me era favorable, me llegaba incluso el olor de algún puesto de castañas asadas, de los bocadillos de calamares del bar de la esquina o de los deliciosos roscones de reyes de la pastelería “La China”. A veces ella me encontraba asomado a la ventana. Una de esas veces, me prometió que pronto me secaría a dar un paseo.
La idea de salir produjo en mí una gran controversia. Por una parte necesitaba dar un paseo, oler lugares diferentes, pisar un suelo frío y rugoso, respirar aire puro... la idea me atraía, sobre todo, por sentir de nuevo aquella libertad del vertedero que tanto añoraba. Sin embargo me atemorizaba al mismo tiempo porque sabía muy bien que la calle, para un gato ciego, era como una ruleta rusa a cada paso.
Sin embargo lo que más me preocupó hasta el día que me sacó, un domingo por la mañana, fue la incertidumbre del dónde iríamos. Aquello ocupó todas mis divagaciones y mis pensamientos. Me hubiese gustado que me llevase al pinar de Dehesa de la Villa, donde tantas veces habíamos visto ponerse el sol y donde tantos de sus poemas habían sido escritos. Hubiese sido una gran idea pero supuse que a mi loca aquel lugar le traería malos recuerdos porque todavía se sentía culpable de lo ocurrido. En realidad yo le estaba agradecido por todo aquello pero nunca había logrado que ella lo entendiese. Aparte de aquel lugar, me hubiese gustado visitar el Prado, el Reina Sofía o incluso la exposición de ARCO que comenzaba dentro de quince días. Puede que el viaje en teleférico resultase también apetecible, pero todas éstas opciones se quedaban vacías al tener que considerar mi ceguera.


Llegó el domingo por la mañana, me despertó muy temprano. En otro tiempo hubiese bastado decir que me despertó, o puede que ya estuviese despierto porque los gatos callejeros madrugan mucho más de lo que la gente cree, pero yo ya me había acomodado a la vida burguesa del humano medio y el levantarse con el sol se me había olvidado por completo. El caso es que me despertó y me puso un estúpido collar al cuello como si fuese un simple perro faldero. Aunque más adelante comprendí sus motivos, nunca podré perdonarle semejante humillación.
Me cogió en brazos y salimos por la puerta, ni siquiera me dijo dónde íbamos ni me preguntó si me parecía bien la idea. Esto último no me hubiese extrañado porque, aunque en alguna ocasión me había preguntado cosas, nuca había recibido por respuesta nada coherente, todo lo más, un maullido no se sabía si de aprobación o de disgusto. Lo segundo sí que me extrañó. Siempre me había relatado todo lo que sucedía desde que me había quedado ciego. Cuando nos bajamos en Legazpi por primera vez (y, en realidad, la única vez que lo hicimos) me dijo que llegábamos a casa. Cada vez que se iba a trabajar decía “me voy a trabajar” o cuando volvía “ya estoy en casa”. Ese día no me dijo nada. Me di cuenta de que últimamente se había olvidado con frecuencia de despedirse al marchar o de saludar al llegar a casa. No pude guardarle rencor por semejante tontería.
Cogimos la línea tres en Legazpi hasta Sol, donde hicimos un transbordo a alguna línea, no sé a cual, pero al final llegamos al Retiro. Supe que habíamos llegado al retiro al oír juntos a los pájaros, las bandas de rancheras del metro, las risas de los niños y el crepitar de las ruedas de los patines en el suelo. Entre los pájaros no pude distinguir el trinar de aquel estúpido canario lo cual, si no era una garantía de que había fallecido en la caída, sí que ponía los porcentajes a mi favor. De todos modos, aunque hubiese sobrevivido, posiblemente su jaula no se hubiese roto y la hubiese recogido algún hambriento que lo habría vendido a un restaurante chino para dar consistencia al arroz tres delicias o al cerdo agridulce (porque estoy casi seguro de que el cerdo agridulce que comí la última vez podía ser cualquier cosa menos cerdo).
Mientras tanto el retiro estaba lleno de locos.
Había locos que ponían voces ridículas, de seguro acompañadas de ropajes multicolor sumamente horteras e incluso gestos de payaso. A mí estos tipos me gustan. Les dicen locos porque hablan con los niños de temas importantísimos que los adultos llaman estúpidos y que los niños llaman divertidos o fascinantes. Les dicen locos porque llaman serias a estas cosas de las que hablan y no a las cosas que los mayores han optado por llamar serias y los niños, los gatos y las locas llamamos aburridas. Sólo los payasos locos son capaces de comprender la seriedad de lo que dicen, y cuando tratan de convencer a otros payasos de profesión que ni siquiera están locos o, de estarlo, ahogan su locura en coñac, casi nunca lo consiguen. Para conseguirlo han de estar realmente muy locos. Locos hasta el punto de acabar hablando de la rotación de la tierra alrededor del sol o de reglas que miden longitudes diferentes sobre la vía o sobre el techo del tren. Los cuerdos se burlarán de ellos quemándoles en la hoguera o afirmando que no saben sumar. Sólo si su estupidez es lo suficientemente estúpida como para que los cuerdos la tomen en serio, les tratarán de genios y de profetas y todos juntos, cuerdos y locos, hablarán del capitalismo y de Dios.
También había locos que se quedaban quietos, muy quietos, realmente inmóviles, tratando de pasar desapercibidos sin esconderse, a la vista de todos. Aunque no pudiese verlos notaba su presencia, sentía latir sus corazones en mis oídos y olía su aliento a cebolla y ajo. Podían ser ladrones de carteras y bicicletas o simples hombres estatua tratando de ganar unos céntimos. Fuese como fuese, estaban completamente locos. Locos por ganar unos céntimos, de pura caridad o perrería, que se gastarían sin dudar en una cerveza o un vaso de vino o, si la cosa había ido lo suficientemente bien, un bocadillo de tortilla.
Había también locos viejos jugando al ajedrez o al mus, practicando diferentes formas de artes marciales sin violencia, cantando algo así como “cumba ya, señor, cumba ya” (que nunca supe lo que significaba porque nunca me importó tampoco demasiado), fumando hierbas exóticas, tocando flautas traveseras... Haciendo, en definitiva, cualquier locura que pueda pasársele a uno por la cabeza.
No podría decir quiénes estaban más locos.


Pasamos entre todos aquellos locos hasta detenernos en uno.
Era un loco de voz penetrante y cavernosa, demasiado para ser una voz natural por lo que deduje que hablaría a través de un micrófono o de un simple cono de cartón. Tenía voz de hombre moreno, de pelo medio corto y medio largo, mal afeitado y vestimenta bohemia. Gesticulaba mucho al hablar, y lo hacía de un modo bellísimo. Hablaba de un modo muy agradable, diciendo cosas que nadie sabría decir a menos que estuviese tan loco como mi loca o fuese un gato como yo.
Sus palabras eran tan bellas como los poemas que mi loca me dedicaba en el crepúsculo, pero no valían una parte de lo que aquellos porque ni salían de los labios de mi loca ni eran dedicados a mí. Eran poemas de Bécquer o de Neruda que bien pudiesen ser míos, dedicados a mi loca. Me di cuenta de que yo nunca le había escrito a mi loca ningún poema. Ella no podía echármelo en cara porque todo el mundo sabe que los gatos, por no poseer dedos prensiles, no pueden escribir. En cuanto a recitárselos al oído, era impensable a causa de ese muro de incomunicación entre los gatos y las locas del que tanto he hablado. Sin embargo, yo me sentí mal, no por no haberlo hecho sino por haber nacido gato. Si hubiese tenido al menos la suerte de haber nacido hombre, podría recitar, por las tardes durante el crepúsculo, los más hermosos versos a mi amada, a mi loca, que se desmayaría a mis pies, no por la belleza de mis rimas ni la extrema sutileza de mi acento, sino simplemente porque me amaría.
Comencé a odiar a aquel loco por poner en su boca todo lo que yo había pensado en mi vida y para mi loca sin poder nunca pronunciarlo. Aquel loco poeta me robaba mis pensamientos eternos para mi loca y se los daba sin permiso ni licencia a cualquier otra loca estúpida e incluso medio cuerda que nunca sería capaz de apreciar la sutileza de mis sentimientos, sus palabras, como lo hubiese hecho mi loca. Le odié por ser el más ruin entre los ladrones, por ser el ladrón de sentimientos, y por no haber nacido gato.
Pero no terminé de odiarle hasta que apagó su micrófono.


Se acercó a nosotros silenciando sus pasos como el enemigo que, conociendo la superioridad del adversario, trata de atacar por sorpresa ocultándose bajo la luna. Vino sin escudo ni protección, con su seguridad de no ser oído, casi ignorándome. Yo sí que le oí, él no había contado con que este gato está ciego, y si no le ataqué y degollé en el momento fue por evitar a mi loca un espectáculo desagradable de vísceras y sangre.
Comenzó a hablar con mi loca. Su voz... Se había transformado, había sufrido alguna metamorfosis maligna pasando de ser cavernosa y lejana a ser dulce y pegajosa como el maullido de un gato.
¡Cómo el maullido de un gato! No sólo me había robado mis pensamientos sino también mi voz, el único medio que poseía yo para, si no comunicarme, al menos dar pena o ánimos. Para colmo, trataba de usar todo lo que antes me había robado para robar también a mi loca.
Le odié como no puede odiarse nada en este mundo, le odié como odiaba aquel muro de incomunicación entre los gatos y las locas, le odié infinitamente más de lo que había odiado a aquel pájaro estúpido, le odié como sólo podía odiarme a mí mismo, le odié, no sólo a muerte, sino a largos años de sufrimiento y tortura encerrado en el enmudecimiento.
El odio creció en mí y se extendió por mis vísceras llegando a ennegrecer mis blancos ojos ciegos.


El loco poeta se sentó junto a mi loca, demasiado cerca para que yo evitase revolverme en el regazo de mi loca tratando de llamar su atención. Ella estaba tan absorta con aquellas falacias... como si nunca hubiese llegado a sus oídos nada tan bello. Él la tenía hipnotizada, la había esclavizado como a una perra que, seguro, pretendía raptar para añadirla a su colección de putas locas en el harén que había ido formando a partir de palabras bonitas y falsas promesas.
Lo peor era que mi loca parecía querer pertenecer a aquel imbécil. Nunca entenderé esa extraña atracción que sienten las locas por aquellos que sólo buscan para ellas desgracias y pesares con tal de saciar su apetito carnal. Nunca entenderé a las locas masoquistas que, por desgracia, son las más, y entre las que, sin duda alguna, se encontraba en aquel momento mi loca.
Le odié porque le haría mal a mi loca y porque yo no podía impedirlo de ninguna manera, o puede que le odiase por poder darle a mi loca lo único que yo nunca le podría dar: palabras, aunque estuviesen vacías, promesas, aunque fuesen mentiras, y poemas, aunque fuesen robados. El caso es que el odio crecía en mis entrañas afilando mis uñas y erizando mi pelo. Pensé saltar sobre su cara, arañarle las lenguas hasta arrancárselas como haría con sus ojos antes de masticar sus retinas. Puedo asegurar que si no lo hice fue porque mi loca me asía con demasiada fuerza y no pude soltarme. Aquellos pensamientos no me ayudaban, sólo fomentaban aquel odio irracional aunque justificado que había germinado en mí y comenzaba a extenderse como una enredadera que asomaba ya por mis ojos y mi boca.
El odio dejó de crecer, se estabilizó, y el mal se acomodó junto a mi hígado esperando el momento propicio.


Por fin nos fuimos, pero mi loca se alejó suspirando por aquel estúpido loco poeta del tres al cuarto. Hablaba sola, me recordaba a aquel loco bebedor de absenta que llegó con la niebla. Me sujetaba como si llevase algo muy valioso, un libro o un maletín, pero muerto, sin vida. Un objeto que no dejaría escapar pero al que no le unía el más débil vínculo carnal.
Comprendí que ya no había solución, que yo no podía hacer nada por ella. Había conocido a aquel loco, había caído en sus redes y le había regalado su libertad, su amor, su alma. Ya nunca más sería de nuevo mi loca. No le quedaba ya un ápice de locura en su cuerpo seco y duro. Sonreía como una cuerda que supiese por fin dónde debía atarse después de mucho tiempo buscando un nudo o un cabo al que asirse.
Ahora sí que estaba completamente perdida, caminó sin rumbo, sólo por inercia en dirección al metro.


Por el camino, varios brujos locos nos asaltaban pretendiendo predecir nuestro futuro. Uno de ellos, el único que me olía a incienso y el único, por tanto, que era de verdad un brujo entre un montón de carteristas, un brujo ciego, no dijo nada, sólo caminó tras de nosotros sin titubeos, como caminan los brujos ciegos. Los brujos ciegos son los únicos que saben ver el futuro porque no se entretienen en mirar el presente. Éste brujo pudo verme en el sentido en el que yo no podía, porque en mí sólo había ya presente. Pudo olerlo en mi odio, pero, por fortuna o por desgracia, mi loca no se enteró, puede que porque el brujo no dijo nada o puede que porque mi loca estaba demasiado cuerda como para escuchar a un brujo ciego y loco. Iba tan absorta pensando en la próxima ver que cometería su adulterio maldito con aquel loco degenerado que ni siquiera prestó atención a su última oportunidad.
Mi loca, en aquel momento, estaba sumida en ese sueño de rutina que te hace olvidar y omitir de tus pensamientos los cantos de súplica de las sudamericanas con bebés en el metro. Cuando has oído ya a la mitad de la población del metro de Madrid ese canto, llegas a pensar que tan sólo se trata de la canción del verano, acabas sin oír siquiera a esas mujeres y, si alguna vez las oyes, aunque sea sólo por casualidad, nunca les das más de cinco céntimos porque “si tuvieras que darles a todas te arruinarías”. Ésta rutina te hace olvidar que nunca has dado diez céntimos a ningún pordiosero o que, en tus brazos, llevas a ese gato al que un día dejaste ciego y del que un día dijiste estar enamorada.


Llegamos al metro y, con esa corriente de aire cargado que sale siempre por las bocas, vi aparecer, de nuevo, a aquel loco bebedor de absenta. Me miraba con los ojos fríos y me hablaba con boca de muerto, abriéndola como una luna, diciéndome que haría lo correcto. Me explicó lo que debía hacer, cómo debía actuar.

Hacerle caso fue la decisión más dura de mi vida e incluso de mi muerte, pero comprendí que era necesario.

Cuando sentí en mis ojos muertos la corriente de aire que venía del túnel supe que estábamos ya en el andén.

Miré por última vez atrás, esperando la señal del loco.

En cuanto me lo dijo, salté hacia su cara, hacia la cara de aquel ser que un día había sido mi loca y que nunca dejé de amar, incándole mis uñas en sus pupilas y sacándole los ojos.

Se revolvió de dolor entre arañazos de gato ciego y alaridos de loca.

Empujados por los chillidos de cuerdos horrorizados, caímos a la vía, justo cuando pasaba el tren.

Fuimos arrollados.

Reventé esparciendo mis tripas llenas de rabia y odio por el cristal de la cabina.

En el momento del impacto, ella despidió un alarido.

Fue un grito de loca.









Por aquel entonces, deambulaba yo por el vertedero de Dehesa de la Villa. Había una gata negra a la que solía dar comida. Cuando se ponía el sol, me gustaba sentarme en un banco y dibujar el ocaso o escribir un poema:



Hoy, ya no puedo verte,
mas, ¿de qué me sirvió
si nunca relaté tu belleza?

Yo nunca he merecido mirarte
porque nunca he sabido contar
los brillos de tus ojos y tu boca
ni siquiera a tus oídos.

Algunas veces,
con mirarte bastaba,
te quería, y tú lo sabías.

Tú nunca me quisiste
porque nunca te lo exigí.

Sé que debería
haberte pedido, al menos,
que me quisieras.

Pero ahora es tarde
y tu alma me rehuye.

Sin embargo,
albergo la esperanza
de algún eclipse.




Aquella gatita, mi gata, solía sentarse a mi lado e incluso parecía escucharme cuando leía mis versos en voz alta. Digo parecía para que no me tomen por loco. Sé que, aunque sea triste, las gatas nunca podrán entender a los poetas...

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