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Aunque no tenemos
alas, siempre hemos podido volar. Ágiles, ligeros, sonrientes o
apesadumbrados, turbulentos, feroces o infinitamente tiernos, siempre
hemos podido volar.
Volar frente a tantos ojos expectantes ha sido un vértigo, un remolino,
un huracán, el remanso de una suave brisa y quizá, también, un momento
suspendido en el espacio y el tiempo. Volando hemos construido sueños y
hemos habitado tantos mundos de tantos dueños. Hemos volado en compañía
y en la más profunda soledad. Hemos volado en todos los colores con
todos los alientos. El pago a nuestro vuelo ha sido siempre un sonoro
alboroto de manos que con toda honestidad agradecemos.
Volando, profundamente conmovidos y agradecidos, hoy recordamos a todos
nuestros compañeros de vuelo.
Con la incesante maquinita que anima nuestra existencia, en la mano,
echamos nuestros pies al vuelo, absolutamente ciertos de querer seguir
volando sin freno.
Rolando Beattie
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