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Humo (Continuación)

El lugar esta aseado pero no deja de verse mugroso. Un baño donde no deja de entrar gente no puede verse impecable. Pero no me deja de dar risa que las cucarachas sigan caminando por los mismos lugares. Malagradecidas, no respetan el estatus social.

Veo en el espejo mi figura y me siento atractivo. Diez años de ejercicio pagan bien. Pero es una lástima que haya dejado de ejercitarme.

Entro a un baño cerrado y con la rapidez que solo un hombre a punto de mojar sus pantalones puede tener, desabrocho con habilidad mi pantalón, bajo el cierre y me preparo a disfrutar.

“Ahhhhhh... simooooon”, digo extasiado.

Estoy meando y hay música de elevador deleitando la meada.

Sigo descargando liquido prolongadamente y el placer que siento me tiene en un estado de relajación profundo.

Escucho unos pasos suaves que se acercan hacía mi y entran en un privado contiguo al mío. La puerta se cierra y una voz grave y desesperada dice: “¡No! ¿Esto salió de un humano?”

Sonrío como tonto, la voz tiene razón, es asqueroso encontrarse con una anaconda de mierda que no puede irse al jalarle al escusado.

Uñas rasgan la formaica, el bote de basura cae. Gemidos de esfuerzo y constantes golpeteos en la pared y en el piso provienen de donde escuché la voz. Me imagino un horrible estreñimiento y sonrío a mis adentros.

-Esto es terrible. Nunca encuentro un lugar decente para cagar en esta ciudad. Ningún baño esta hecho para mis necesidades. –dice la voz masculina a mi lado.

Me sentí mal. Era obvio que se trataba de un discapacitado.

-¿Tu me entiendes verdad?- pregunta mi vecino.

-¿Quién? ¿Yo?

-No hay nadie mas en el baño.

-Pues si, creo que lo entiendo. Ha de ser duro.

-Exacto, es lo que siempre platico con mis amigos. Ellos prefieren orinar donde pueden. No por decisión sino por necesidad. Claro, es más sencillo ¿pero donde queda la imagen respetable? Prefiero esforzarme de esta manera aunque sea más difícil.

“A la madre” pensé. “No sabía que tan grave estaba la cosa con estas personas. La próxima vez que vea una colecta voy a cooperar.”

-Lo mas jodido de todo, es que aun cuando logro sentarme cómodamente en el escusado, tengo problemas con la cola – se lamenta.

Discapacitado y estreñido, para acabarla.

No suelo tener conversaciones con extraños mientras orino. La mayoría de los hombres tratamos de no hacerlo. Entrar, orinar, salir. Entrar, orinar, salir. Eso era todo. No hay porqué intercambiar delineadores.

A pesar de todo, el extraño no me desagradaba. Por el contrario, hubiera sido grosero negarle unas cuantas palabras... de por sí con carencias físicas.

-Disculpe, ¿no ha pensado en ver un médico?- le pregunto.

-¿Para que?

-Me esta diciendo que tiene problemas con la cola.

-No hombre, no hablo del trasero, sino de una cola, como esta...

Una gran cola de lagarto, verde y con escamas se asoma por debajo de la división de falsa madera. Ondea varias veces con gran velocidad y fuerza y en una abanicada topa con mis piernas y me tumba. Por tratar de detener mi caída con las manos, descuido el chorro de orina, que sale descontrolado hacia todas direcciones, mojando piso y paredes.

-¡A la madre, a la madre, a la madre! – Grito sin control mientras termino junto al escusado. Golpeo mi codo contra el piso y se contrae el nervio. Mi brazo se encoge por reflejo y el dolor es tan agudo que pierdo las respiración por unos segundos.

-Sabía que reaccionarías así. No importa como lo hagamos, brusca o gentilmente, todos reaccionan igual.

-¡¿De que hablas chingadera?!- Le pregunto mientras me acurruco patéticamente en la esquina del privado.

Su tono de voz  se torna mas grave y lento:

-Mira Jonás. Te he estado vigilando desde hace tiempo. Me has sorprendido y cautivado. Claro, no dejas de tener tus pequeños... defectos. Pero quiero que te des cuenta que eres especial, eres de los pocos.

-¿Vigilando? ¡No entiendo! ¿Qué-que quieres de mi?- tartamudeo histérico.

-Cálmate por favor. Así no vamos a llegar a ningún lado.

Mi cara sigue descompuesta por el terror, mi respiración agitada y el sudor me baña las sienes. La voz continua:

-Soy un Dragón de Komodo. Sí, como los que has visto en la tele. Sí, Komodo también por ese extraño culto que se me rinde a nivel mundial. Soy parecido al que defendió al taxista que más frecuentas de las manos de un asaltante. Lástima que mi compañero muriera de por la infección. Quien hubiera dicho que el cholo resultaría mas séptico que nuestra saliva.

No puedo seguir encerrado en el baño. Me levanto rápidamente y trato de quitar el pasador de la puerta, el dragón me advierte:

-No tiene caso Jonás. ¡No hay a donde correr!

Abro la puerta y escapo. En los lavabos, antes de llegar a la puerta de salida, me encuentro con él. Metro y medio de largo, piel café verdosa con escamas, esa cola de miedo que se mueve amenazante de un lado a otro y ese parado orgulloso pero ridículo a la vez. El dragón era una extraña mezcla de cachora sedienta y soldado razo que tratan de verse amenazantes. No obstante, logró intimidarme.

-Créeme, si hubiera una forma distinta de hacer todo esto, la tomaría. No me gusta hacerlos pasar por esta situación. –baja la mirada preocupada- Ya en si es impresionante que un reptil gigante este hablando contigo y trate de que entres en razón.

-¿Qué quieres?- digo temblando. El ajetreo me ha despeinado. El cabello se pega a mi frente por el sudor. Suelto risitas nerviosas. Mi respiración agitada me hace aparentar locura

-¿Puedo fumar?- pregunto buscando en la bolsa derecha de mi pantalón.

El lagarto adopta una pose mas relajada. -Claro, si eso te tranquiliza-.

Saco una caja maltratada de Marlboro Lights. Del interior tomo un cigarrillo chueco y arrugado y lo prendo con un encendedor Tecate casi vacío. Tomo una bocanada de humo, lo mantengo 10 segundos cerrando los ojos y lo expulso aliviado. Parezco una locomotora a vapor.

-¿Te sientes mejor?- Me pregunta.

-Si, eso creo pero -succiono mas humo– comprende que esto está demasiado raro  para mi.

-Comprendo Jonás. Oye, ¿te puedo pedir algo?

-Supongo que si.

-¿Me puedes echar el humo a la cara? Es que me encanta el aroma.

-Si quieres te doy de los... –tomo la caja de Marlboro y se la acerco cuidadosamente.

-No seas baboso. ¿Crees que puedo fumar con esto?- Levanta su garra tosca y filosa.

-Era solo una idea, no quise ofenderte.

Se muestra comprensivo – Mira, he tratado de fumar y no sabes de cuantas maneras. Pero no estoy hecho para hacerlo.

El dragón toma un aire triunfal. Sabe que me tiene interesado y poco a poco calmándome.

-Es curiosa la solidaridad que tienen entre sí los fumadores humanos. Cuando uno no trae que fumar, le pide a otro que si tiene y le da. Cuando el que no tenía compra una caja y llega otro sin cigarros, el de la cajetilla siente el compromiso de pagar el favor dando de lo suyo. Además cuando hay dos o más personas y un solo cigarro, lo circulan entre todos sin importarles herpes, dedos sucios o el filtro mojado en saliva.

-Muy cierto pero no del todo- digo seguro de mí mismo.

-¿Ah no? Otro ejemplo: Van a un lugar. No hay alcohol, ni mujeres pero sacan su su cajetilla y pueden pasar el rato sin que importe otra cosa. En cierta forma ustedes los humanos deberían de vivir como fuman. Sería una sociedad perfecta. Pero, eso sí: no me gustaría que aplicaran esa filosofía al sexo. Que asco.

-¿A que viene todo esto?- pregunto.

-Un lagarto de 100 kilos te está hablando y en un buen español (modestia aparte) sobre cigarros. ¿Y preguntas cuál es el propósito de mi aparición?

Frunce el ceño moviendo la cabeza en forma burlesca acercándose despacio hacia mí. Mete y saca su lengua viscosa. Observo su mandíbula y puedo ver que comienza a salivar. A cada paso que da, yo muevo el cuerpo alejándome.

-Este... pues ¿qué... idioma hablan ustedes los dragones?

-Alemán, nos da una apariencia más agresiva... ¡Gaaaarrrr!

Me tira una mordida que solo era para asustarme. Se aleja burlandose. Es tan raro ver a un Dragón de Komodo haciéndolo, es como ver a un pescado guiñando un ojo.

-¿Pensaste que te iba a lastimar?

-Pues sí chingados, puedo esperar lo que sea, hasta que me cantes una canción Beck.

Mi captor alza su cabeza con la mirada hacia el techo y abre el hocico.

-I’m a loser baby, so why don’t you kill me.

No cantaba mal para ser un dragón.

-Hombre –interrumpe su canto- estoy aquí porque necesito tu ayuda.

-Tu dirás; lo que sea con tal de terminar con esto- le contesto- pero nada de sectas.

-No seria capaz de obligarte, a menos que me provoques. El caso es éste... quiero fumar.

-¿Qué? ¿Fumar? ¿Que te ponga el cigarro entre las fauces?

-Que inteligente- responde sarcástico.

-Pues órale, puedo hacerlo.

Saco otro cilindro de la caja. Me levanto del suelo y lo enciendo. Tomando mi respectiva inhalación se lo ofrezco.

-Es que hay otra cosa...

Me mira con lástima fingida. Esto no va para bien.

-¿Qué?

-Como te he dicho no puedo fumar con estas patas. Bien, me ayudarás. El  punto es que quiero que me cargues y me lleves fuera de este lugar. ¿No es mucho pedir verdad?

-¡Ah! No. Hubiera sido más fácil que me pidieras que te cogiera.

-Jonás, no soy gay.

-¡Ya sé! ¡Estoy siendo sarcástico! Mira dragoncito, está bien que me tengas aquí amenazado pero simplemente no voy a salir cargándote con toda la gente que está afuera, ¡van a llamarle a la policía!

Gira sobre si mismo y su cola se estrella en mis rodillas. Me inunda el dolor y caigo en seco. Suelto un ridículo “aaaahhhhh”.

-¡No me llames dragoncito! Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. Me estoy portando decente contigo, pero tengo un límite. Tu decide.

Aun con las rodillas punzantes por el golpe trato de recobrar la compostura.

-Okey, nomás no me hagas nada. ¿No hay problema con la gente afuera?

-Te prometo que no me verán. Puedo hacer que pases desapercibido.

Vuelve a sonreír. Me inquieta su expresión. Toma una pose gallarda y práctica para que lo cargue. Coloco el cigarro en mi boca y me agacho para envolver su cuello con mi brazo derecho y con el izquierdo su torso. Es muy pesado y para soportar mejor su peso y su metro y medio de longitud lo sostengo como bebé recién nacido.

-Esta es vida, si señor-. Por lo menos está contento.

Camino con mi carga hacia la puerta. El humo del cigarro en mi boca entra en mis ojos y estos lloran. La bestia me pide el cigarro, subo la pierna arriba y queda apoyado en ella. Con el brazo que queda libre tomo el objeto de mi boca y lo coloco en la suya, aspira el humo, lo suelta y moviendo las garras al aire exclama un “sííííí”.

Regreso a como lo sostenía detenido en un principio y me dirijo a la salida. Salimos del baño. Me confío creyendo en que nadie iba a voltear. Pero quienes estaban hablando por teléfono se quedan impresionados y sueltan las bocinas para salir corriendo. Un hombre gordo, enorme, moreno y con bigote de pancho villa “corre” y voltea la silla de ruedas de un anciano que se golpea la cabeza. Una joven de dieciséis con uniforme preparatoria técnica se resbala en el piso encerado y amortigua el golpe con la barbilla, la que seguramente se fracturó en varios y diminutos pedacitos, emitiendo un chillido porcino de su boca rota.

Me quedo anonadado con el caos. Nadie queda ya en la sección de los teléfonos. Me siento cada vez peor. Continuo mi andar y el lagarto con la cabeza hacia atrás se escucha la versión instrumental de “Everybody Hurts” de R.E.M. desde las bocinas en el techo y comienzo a darme cuenta que no es ideal escucharla en estos momentos. Gritos de “¡Salgan en calma! ¡No se empujen!” de los guardias de seguridad hacen los coros de la canción.

Pasamos por la sección de tabaquería. Recuerdo todas aquellas campañas contra el tabaquismo que ignoré durante mucho tiempo, creo que tenían razón. Debí dejar el cigarro.

Los guardias terminan de evacuar a los clientes del establecimiento y se arman con cachiporras y gases lacrimógenos rodeándome.

-¡No pasa nada! –les grito-  ¡todo está bien!

-¡Sí! ¡Todo esta perfecto! –agrega el animal con buen humor- ¡Ábranle paso al dragón que fuma! Jonás: cigarro.

Me duelen los hombros, los antebrazos y mis manos tiemblan como si tuviera parkinson. Hay que volver al Gym. Coloco a mi compañero sobre el aparador de encendedores Zippo y parece un perro faldero al que le rascan la panza. Tiro el cigarro que estaba fumando lleno de mi saliva y su saliva, y a pesar de sentir la boca dormida como con gilocaina, me apuro a prender un nuevo malboro.

-Sabía que no había errado al escogerte muchacho. Eres digno de mi “coolness”.

-¿Coolness? – pregunto.

-Chingonería, cabronés, tener estilo. Tu entiendes.

-Como sea lagartija, terminemos con esto de una vez.

-Eit, esa boquita...-me advierte.

Mi “pasajero” da un ultimo toque y suelta un gran aro de humo blanco y a través de él dispara pequeñas “donitas” del mismo pálido gas. Encantador sin duda.

Estamos a pocos pasos de la salida de la tienda. Transpiro por el esfuerzo y el líquido salado hace más difícil agarrar con seguridad al Komodo cuya piel escamosa y lisa se parece a un piso encerado.

Uno de los guardias abre la puerta. Hay cerca de cien personas rodeándonos y varios policías hacen una valla humana para contenerlos. Al final del camino observo una camioneta de la Perrera Municipal con personal apuntando rifles con sedantes, ósea,  deberían de ser sedantes.

-Detente- me ordena el dragón que fuma.

Me detengo. La policía no advierte que mi acompañante habló y me exigen que con cuidado lleve a mi carga dentro de la camioneta.. De lo contrario tendrían que dispararle.

-Espera- ordena de nuevo.

Y espero.

Tres metros frente a nosotros, entre la gente de la perrera y los dos grupos de mirones, de la nada empieza a brillar un punto luminoso blanco. Crece poco a poco y late como un corazón. Cae un silencio que se antoja eterno sobre la todos y cerramos los ojos cuando el punto de luz explota en un destello blanco-azuloso.

Una vez que la luz disminuyó y pudimos abrirlos, nos encontramos con un destello que irradiaba una nube de gas dorado en la cual comenzaba a formarse poco a poco una figura... como en Viaje a las Estrellas.

Solo falta que aparezca el pinche Señor Spock – digo para mis adentros.

La silueta que se materializaba media unos dos pisos de altura y parecía ser realmente obesa. Conforme se notaban mas detalles me daba cuenta que se trataba de otro Komodo, uno enorme. Dos dragonas  –supongo- estaban detrás de el sosteniendo un lienzo de seda blanco que envolvía el cuerpo del animal. El dragón, como si leyera mis pensamientos me dijo:

-No es “otro” Dragón, Jonás. Es “el” Dragón. El Dios Dragón.

Pudimos verlo a la perfección. Estaba volteando hacia un lado con el hocico gracioso al cielo, como posando para una pintura. Se suspendía en el aire dejando sus patas traseras caídas y su gran barriga colgando sobre la nada. Su olor me revolvió el estomago.

-¡Dragón!- exclamó el magno lagarto.

-¿Si mi señor?- respondía con humildad el pequeño.

-Tengo que aceptar que tenías razón. Los humanos son estúpidos.

-¿Lo ve ¡OH! gran señor? No merecen nuestra sabiduría.

-Estoy comenzando a darme cuenta de eso, hijo mío. Será mejor que vengas conmigo y nos alejemos para hablar con los demás sobre esto. Hay que hacer grandes cambios.

-Como usted lo ordene su alteza –le contesta. Siempre la mirada hacia el suelo en señal de reverencia. Se dirige a mí y me susurra:

-Nada personal Jonás, en serio. A pesar de todo me caíste bien.

Era obvio que no podía articular palabra alguna. No me oriné de milagro, aunque otros sí lo hicieron.

Continua: Sigue haciendo ejercicio, se ve que tenías condición.

Saca su delgada lengua y la pega a mis cachetes. Se despide.

Y sí, como en Viaje a las Estrellas; un minuto aquí y al siguiente nada.

Fue largo el momento en que todos nos sumimos en la conmoción. Pudieron ser 5 minutos o media hora.

 Pero fue un albañil el que se dio cuenta de algo importante. Con una mano se quitó el sombrero maltratado y apuntó su dedo lleno de cal hacia mi.

-¡La camisa! ¡La camisa!

Uno por uno voltean y se dan cuenta. Las mujeres lloran, los hombres discuten y se desesperan, los niños no comprenden y yo tampoco hasta que veo de lo que se trata.

En el frente de mi playera quedó plasmada una nítida imagen de un Dragón de Komodo

Estoy salvado.

Erich Moncada.


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