LA FUGA DEL EXILIo
 

Ponme fuera del alcance del bostezo universal, nos veremos en el exilio o en una celda, ponme fuera del reposo en mi historia personal, soy un ave rapaz: mirad mis alas! Deshacer el mundo, Héroes del Silencio.
Una pálida astilla de luz se cuela por los diminutos orificios de la persiana, iluminando prácticamente toda la estancia. Te incorporas enjugándote el sudor de la frente. Como si fueras un robot te diriges hacia el cuarto de baño para bautizarte con el agua fresca del lavabo. Te tambaleas levemente y entre nauseas te das cuenta de que tu cabeza está apunto de estallar al diabólico ritmo de una melodía infernal. Los oídos te pitan y la boca permanece pastosa. A pesar de la película de niebla que habita en tu mente consigues asimilar una mañana de resaca. Una de ésas en las que te juras cambiar de vida o como poco dejar esos vicios que están empezando a matarte.
Abres el frigorífico y das cuenta de la pocas provisiones que te quedan. El sabor rancio de la leche hace que aumente tu depresión matinal. Escupes el mal trago y dejas los restos sobre la pila de platos amontonada en el grasiento fregadero. De todas formas tampoco tenías tanta hambre.
Sales a la calle pues no aguantas ni un minuto más esa desagradable sensación del cuarto que no para de menguar. Aunque realmente la calle no es una opción mucho mejor. Sales de la ficción de tus sueños alimentados por algún que otro psicotrópico y chocas violentamente contra la cruda realidad. Es una sensación similar a la de adentrase en el mar abierto, justo en ese instante en que el agua cálida da paso a una corriente de agua relativamente fría.
Por fin despiertas de tu letargo de Bella Durmiente. Miras a tu alrededor y no te gusta lo que ves. Vómitos, tráfico, polución, luces excesivamente llamativas, más luces, muchas luces. Volumen brutal, griterío, discusiones, melodías enlatadas en teléfonos móviles, ejecutivos con corbata masticando basura de McDonalds, mendigos harapientos ganándose su pan, mal humor, velocidad y esa enfermedad de moda llamada estrés, absurdo invento de ésta sociedad yupi.
A tus sentidos no les gusta nada lo que perciben. A medida que te abres paso entre el ganado que circula por las aceras vas contando mentalmente los cientos de anuncios publicitarios que te prometen la verdadera felicidad, ese ansiado Dorado del siglo XX. Tiradas de periódicos que se burlan irrisoriamente de la conciencia del primermundista mientras lee la actualidad tomándose el primer café de la mañana.
Pantallas de televisión encendidas en el escaparate de alguna tienda. Televisión, popular alternativa a pensar. Algo así como la eutanasia de la masa cerebral. Tus dañados tímpanos se someten a más volumen. Discusiones estúpidas sobre el partido del sábado o el prestigioso vestido de la vecina. Gentes demasiado ocupadas con sus ajetreados trabajos que no disponen ni del más ínfimo instante para estar con sus seres cercanos. Individuos ejecutando absurdos juicios sobre los demás. Jóder, piensas bajo un estado entre el asombro y la impotencia.
Y entonces te quedas inmóvil en medio de la calzada, entre la multitud, recibiendo sus codazos y golpes. Acertada metáfora de la vida, piensas. Y el paisaje urbano de tu alrededor se difumina dejando sólo una inquietante penumbra. Te fijas en los ambulantes transeúntes. Algo a cambiado en ellos. Ahora sus rostros dibujan una expresión de agonía. Sus músculos adoptan la flacidez de un cadáver y su andar errático te da cierta idea de lo que ocurre. Se trata de los No Muertos de la sociedad moderna. Muertos en vida que pasean su angustia por las calles de la urbe contaminada.
Empiezas a comprender las cosas. Miras a tu alrededor y ves que los rascacielos se elevan infinitamente hasta convertirse en amenazantes gigantes de acero y hormigón. Comienzas a correr como dirigido por una fuerza de supervivencia sobrenatural. Pero el suelo se resquebraja debajo de tus pies. Las grietas se reproducen a velocidad vertiginosa en el gris asfalto. Continuas con tu carrera mientras un hedor putrefacto se cuela en tus fosas nasales. De repente te detienes en seco y levantas tu mirada hasta el cielo, o lo que queda de él. Pero una espesa nube radioactiva te impide ver más allá de este mundo corrompido.
Estás jodido y lo sabes. Tu voz entrecortada logra articular algunas palabras: ¡Qué mierda! ¡Qué mierda más grande! Tu cerebro comienza a pensar como si estuviera bajo el efecto de algún estimulante. Ves el problema de esta humanidad. Ves su degradación. Te das cuenta de que lo que antes parecía funcionar ahora ha cambiado. Sientes las teorías socráticas familiarmente cercanas. Rechazas la idea del suicidio y de la pasividad. Las drogas tampoco son ahora tu elixir sagrado con el que aislarte de toda esta mierda que te rodea.. Ves que la única salida posible es escapar de este lugar.
Y automáticamente te largas. Sin ninguna posesión pues en verdad nada tenías, nada importante al menos. Ya no habrá quien te frene en la vertiginosa huida de la sociedad infecta. Ignoras las fronteras porque en realidad no existe ninguna de ellas. Esa es la verdad, tu verdad. Vas a dedicar tiempo a pensar, a viajar, a probar nuevas experiencias, a vivir. Porque te quieres real, vivo. Y tienes todo el tiempo del mundo. Ahora que has derrotado al virus, ahora que te has desecho del yugo, ahora que eres libre.
Es la hora de ir en busca del paraíso. En el lugar o en el tiempo, lo mismo da. Quizás solo o puede que con alguien a tu lado capaz de apreciar todo lo nuevo que os queda por delante. Elegir, decidir, preferir, moverse al fin y al cabo. Y para vislumbrar la utopía lo mejor es viajar. Conocer. Alimentar las quimeras de tu mente con verdaderas realidades. En busca de la sabiduría optando entre diferentes bifurcaciones. Sin estancarse en las encrucijadas. La felicidad comienza la metamorfosis de convertirse en algo cada vez más perceptible y sólido. La libertad recordándote que esta contigo en cada momento. Al sentir la brisa marina cuando azota tu cara, al notar el sol tropical dorando tu curtida y desnuda piel, o contemplando un simple amanecer en una remota playa del pacífico.
A veces recuerdas algo de ese mundo lejano en el que antes morabas. Pero en ningún caso lo echas de menos pues no hay nada ni nadie que te vincule ya a él. Ningún lazo que te haga volver. Parece algo a miles de años luz de distancia temporal. Y es que ayer fue y hoy es.
VOLVER A LA SECCIÓN DE NUESTRAS NARRACIONES