Había una vez un hombre que tenia una loca pasión por los porotos(alimento que le provocaba meteorismo o pedos); los amaba. Un día conoció a una chica de la que se enamoro y se casó, ante lo cual hizo un sacrificio supremo y abandono para siempre los porotos. La pareja se caso y, algunos años después, un día él tuvo un pequeño inconveniente con su automóvil al volver del trabajo y avisó a su esposa. En la espera del arreglo, entro en una restaurante y no pudo resistir la tentación... Se engulló 3 platazos de porotos. Se paso todo el camino a casa ventoseando cual motoneta tirándose terribles pedos y al llegar a casa creyó estarlo suficientemente seguro de que había expulsado hasta él ultimo gas intestinal. Su esposa estaba esperando en la puerta muy contenta por su llegada. Al verlo, exclamo: - ¡Mi amor!, esta noche tengo una increíble sorpresa para la cena... Ella le vendo los ojos en la entrada de la casa y lo acompaño hasta una de las sillas del comedor, donde lo sentó. Justo cuando ella le iba a quitar la venda de la cara, sonó el teléfono. Ella le dijo entonces: - Por favor, cariño, no te quites el vendajje de la cara hasta que vuelva de hablar por teléfono. Tomando en cuenta la oportunidad y sintiendo inesperadamente una repentina e inaguantable presión intestinal, apoyo todo su peso sobre una de sus piernas.. y dejo escapar un impresionante pedo. De un nivel sonoro importante y bastante oloroso. Saco del bolsillo un pañuelo y empezó a moverlo vigorosamente para ventilar la habitación... de pronto sintió ganas de tirarse otro, por lo que lo dejo escapar.. superior en sonoridad y más fétido aun. Desesperadamente, movió con frenesí el pañuelo y resopló a su alrededor hasta quedar mareado, para ventilar el comedor, invadido ya por el terrible hedor, que hacía difícil el respirar. En un momento, oyó que su esposa colgaba el teléfono, lo que indicaba el fin de su libertad. Coloco su pañuelo en el bolsillo del pantalón, cruzo sus piernas y sus brazos.. se hizo el leso.. y esbozo una sonrisa de oreja a oreja, intentando la mejor imagen de la inocencia. Disculpándose por haber estado tanto tiempo al teléfono, le quito la venda de sus ojos. Y allí estaba la sorpresa: Doce invitados a cenar, sentados alrededor de la mesa dispuestos a comenzar su fiesta de cumpleaños sorpresa...