Klaude Szandor Shddier

 

poemas de Charles baudelaire
 
 

Abel y Caín
I
Raza de Abel, duerme, bebe y come;
Dios te sonrríe complaciente.
Raza de Caín, en el fango,
arrástrate y muere miserable.
Raza de Abel, tu sacrificio
¡agrada al olfato del Serafín!
Raza de Caín, tu suplicio
¿acabará alguna vez?
Raza de Abel, ves tus simientes
tus siembras y tu ganado;
Raza de Caín, tus entrañas
de hambre aúllan lo mismo que un perro
Raza de Abel, calienta tu vientre
en tu hogar patriarcal;
Raza de Caín, en tu antro
tiembla de frío, ¡pobre chacal!
Raza de Abel, ¡ama y prolifera!,
tu oro también hace hijos;
Raza de Caín, ardiente corazón,
guárdate de esos grandes apetitos.
Raza de Abel, tú creces y roes
¡como las chinches en las camas!
Raza de Caín, por los caminos
lleva a tu familia acorralada.

II
¡Ah raza de Abel, tu carroña
abonará el suelo humeante!
Raza de Caín, tu tarea en este mundo
no está del todo concluída.
Raza de Abel, ve tu vergüenza como
¡Las cadenas vencidas por la espalda!
Raza de Caín, sube al cielo,
¡y arroja a Dios sobre esta tierra!
 

las letanías de satán

Oh tú, el más sabio y bello de los Ángeles,
Dios traicionado por la muerte y privado de alabanzas,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Oh Príncipe del exilio, a quien se ha agraviado,
y que, vencido, siempre te vuelves a levantar más fuerte,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que todo lo sabes, rey de cosas subterraneas,
perenne curandero de las angustias humanas,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que, hasta a los leprosos y a los parias malditos,
enseñas mediante el amor el sabor del Paraíso,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Oh tú que de la Muerte, tu vieja y fuerte amante,
engendras la Esperanza, ¡esa adorable loca!
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que das al proscrito esa mirada alta y calma
que a todo un pueblo en torno de un cadalso condena,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que sabes en qué rincón de las tierras ansiosas
el Dios celoso escondió sus piedras preciosas,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú cuya mirada clara conoce profundos arsenales
donde duerme amortajado el pueblo de los metales,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, cuya extendida mano oculta los precipicios
al sonámbulo errante al borde de las altas cornisas,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que mágicamente sanas los viejos huesos
del borracho rezagado al que pisan los caballos,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que, para consolar al frágil que sufre,
nos enseñas a mezaclar salitre con azufre,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que pones tu marca, oh cómplice sutil,
en la frente del Creso despiadado y vil,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que pones en el corazón y los ojos de las muchahas
culto a las heridas y amor a los harapos,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Bastón de desterrado, lámpara de inventor,
confesor del ahorcado y del conspirador,
¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Padre adoptivo de esa negra cólera
que Dios Padre expulsó del Paraíso terrenal,
¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

oración

¡Gloria a ti y alabanza, Satán, en las alturas
donde reinaste, y en las profundidades
del Infierno, donde, vencido, ahora sueñas en silencio!
¡Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
repose junto a ti, cuando sobre tu frente
se extiendan sus ramajes como un Templo nuevo!


 
 

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