





La helada comenzaba a sentirse y se hac�a a�n m�s intensa, los campos brillaban
como si hubieran ca�do polvos de cristal con el cielo inmensurable.
Ya era un
poco tarde, las papas tendidas en el campo esperando la mejor helada. Los ni�os
estaban en sus camas abrigando sus sue�os entre pellejos y frazadas de lana de
carnero, coloridamente tejidas.
Dicen que don Marcelino las hab�a tejido. El
s� sab�a como combinar los colores. Tambi�n dicen que un mal d�a se tropez� con
el mism�simo diablo, en cuanto decidieron apostar un juego, El diablo
siempre ganaba, incluso don Marcelino desafortunadamente perdi� a su
mujer en la apuesta.
S�lo le quedaba su vida, con ella pod�a recuperar todo lo
que hasta ese d�a hab�a perdido.
Para ello pens� en las debilidades del demonio
y tram� la derrota del mismo.
Cogi� dos pellejos de carnero; uno blanco y el
otro negro que h�bilmente se puso a manchar el pellejo blanco con el holl�n de las
cenizas negras del carb�n.
Esa noche, fue a la espera y al encuentro del demonio
donde le propuso su vida a cambio de recuperar todo lo que hab�a perdido. Ni
tonto ni perezoso,
Jugador y trampaso, se dej� caer en la revancha. Quien
dejaba limpio y blanco el pellejo, era quien ganaba la prueba.
Para concretar el
encuentro y el reto se adentraron bajo la catarata del Challuas-mayu* entre las
faldas de Suko-rumi y Yurak-chaga**.
Para suerte de don Marcelino, el diablo
cogi� el pellejo negro, mientras que �l obtuvo el te�ido.
El diablo se mostraba
optimista en todo momento por lo que sonre�a hip�critamente, en cuanto don
Marcelino, pon�a la cara entristecida y d�bil.
Trabajaban con fuerza durante
toda la noche, refregaban y refregaban con mayor esmero.
Comenzaron a cantar los
gallos corraleros y se pasaban la voz uno a otro y en voz alta. Estaba por salir
los primeros rayos del sol, cuando el diablo observa el trabajo de don Marcelino
en el cual se da cuenta que el pellejo que ten�a en sus manos era tan negra como
sus propias intenciones.
De pronto, sinti�ndose cansado mas no logrando su
objetivo, claudica dando por ganado a don Marcelino. Tres veces sinti� desprecio
hacia el opositor el demonio. Este �ltimo, hab�a dejado el pellejo tan blanco,
como la espuma que dejaba el agua al caer desde las alturas.
El diablo
respetando sus palabras, decidi� devolver todo lo que hab�a ganado, y la
sombra aun persist�a en la paccha. *** El diablo le atribuy� a don Marcelino
algunos dones que no conoc�a y advirtiendo una revancha pr�xima. Desde ese
entonces don Marcelino, pod�a combinar
colores de lanas y tambi�n aprendi� la t�cnica de hacer figuras en sus tejidos
demostrando que era un maestro en el telar.
En el redil, las ovejas juntaban sus
cabezas para contrarrestar el fr�o. Todos los perros brillaban por su ausencia,
pues estos estaban comiendo al caballo muerto, todo el d�a comieron de su carne,
entre peleas de rato en rato, por llevarse la mejor presa al estomago. Otros
dorm�an saciados, y otros como Pishila, hab�an vuelto a casa de sus amos.
Mama
Luna, mama Delfina y �a Juana, cuidaban de los reba�os, se prestaban vigilantes
y asomaban de rato en rato, turn�ndose; sal�an primero una y despu�s otra de
ellas.
Mama Delfina, preocupada por sus cosas decide echar una mirada a su casa,
para luego regresar a casa de mama Luna, seguir acompa�ando en la vigilia y
endulzando su paladar de coca y cal, recordando a sus ancestros y adem�s
esperando le vayan bien en el viaje a sus esposos.
Cuando mama Delfina hab�a
llegado a su casa y observado que todo estaba tal como lo hab�a dejado, s�lo los
cuyes esperaban y pedian un poco de pasto fresco, las llamas rumiaban tras la casa,
dispersos y las cenizas igneas calentaban el agua en la tullpa.
En ese momento en que aseguraba la puerta de su cocina, un vozarr�n
llegaba a sus o�dos, como el fr�o a sus p�mulos. Decide mirar desde donde
proven�a la llamada, y de repente asombrada de lo que hab�a visto, se va
corriendo hacia la casa de mama Luna.
En el trayecto se hab�a ca�do tres veces,
y tres veces maldijo su destino.
Mientras tanto, en casa de mama Luna; todo se
notaba como si no hubiera pasado nada, s�lo el viento empujaba la puerta. Las
velas como si se negaran dar m�s de su luz, intentaban sobrevivir sus llamas, y
las ceras derretidas resbalaban, como el llanto de un ni�o recorriendo sus
mejillas, cubriendo el velero como mostrando su melancol�a y dolor.
De pronto oyen la voz, como si alguien estar�a
llamando. Prestaron atenci�n al llamado. Pensando que mama Delfina necesitaba
ayuda. Luego se oye otra voz un poco d�bil y ronco como el de un hombre.
-Parece ser don Kishico. Y esta llamando a los cerros. Dec�an... - �Habr� perdido
algunos de sus animales?. Contestaba �a Juana. - Tal vez por que esta enfermo
don Magino, estar� pues llamando a los Huamanis. Dec�a mama Luna. - �Tayta
Huamani!, �Tayta Huamani!, parece decir! Replica �a Juana. - A ver, hay que
seguir escuchando... �A ver que dice?
Contemplaban las mujeres y sin hacer el
menor ruido posible, salieron por la puerta de la chuklla, cubiertos con frazadas
blancas y gruesas de lanas de carnero y fibras de alpaca.
Mama Delfina, ven�a
corriendo con su perrita Pishila adelante y con un palo en la mano derecha, un palo seco de pino
y grueso, que su esposo hab�a tra�do de unos de sus viajes desde la quebrada de
Mosca, en Hu�nuco.
Asustada y nerviosa con los pies mojados y enlodados con el
rostro sudorosa, jadeante y los cabellos como tap�ndole la cara se secaba el sudor con las manos.
Llega y les dice: - No se quienes vienen gritando como locos por el camino. Ya han gritado
varias veces. Creo que son tres hombres que andan borrachos. Dos con ponchos
blancos y uno con poncho negro.
- Mira, all� viene junto a la casa de don
Mart�n Torres, parece que est�n cantando. Dec�a �a Juana.
Los perros de don Mart�n no
estaban, estos como si nunca hubieran comido carne, se hab�an quedado donde el
caballo muerto.
Don Mart�n, tampoco sent�a la presencia de estos caminantes.
Nadie los sent�a, ni cuando gritaban, solamente las se�oras que despiertos
cuidaban de sus reba�os en casa de mama Luna.
La presencia de estos caminantes
eran cada vez m�s l�cidos y las se�oras miraban como pasaban y escondidas tras
la chuklla*, se encontraban sigilosas.
- Mira, parecen no pisar el suelo. Dec�a
mama Luna. - Los dos de poncho blanco sujetaban al de negro, y este como si
estuviera atado de manos forcejeaba y trataba de soltarse.
- Deben ser almas,
dos buenos y un malo. Dec�a mama Delfina.
- Cu�ndo va a ver una mala muerte,
dicen que andan penando as�! Se acordaba mama Luna. Las mujeres estaban tan
nerviosas, nunca hab�an visto en toda su vida algo as�. S�lo las hab�an o�do de
otras personas o de alg�n cuento.
- All� est�n mira, creo que nos han visto.
Dec�a �a Juana.
En ese momento fue cuando las almas se pararon sintiendo las
voces de las mujeres y volviendo las miradas hacia la casa de mama Luna. Se
pararon! All�, dio un gran vozarr�n el de poncho negro y haciendo una gran
fuerza, quiso liberarse de los otros dos.
Las se�oras con los pelos de punta de
tanto susto, tem�an por la vida de sus hijos, recordando el cuento antiguo del
"Condenado" , que se com�a a la gente, y a los ni�os que eran indefensos por lo
que dejaban un pueblo abandonado y desolado.
Los caminantes siguieron su camino,
llegando al riachuelo del Challuasmayu, no pudieron cruzarla, demoraron mucho
para hacerlo y al lograrlo, volvieron la mirada hacia atr�s y dieron otro grito.
Las se�oras segu�an a�n escondidas, para no provocar el regreso de las almas. Al
rato se oye los ladridos de los perros, hasta algunos aullaban fuertemente. Eran
los perros de la localidad vecina, por donde pasa el camino rumbo a la ciudad.
All� dio el �ltimo vozarr�n, las mujeres se sent�an calmadas, todo estaba bien
en casa, s�lo se llevaron un gran susto, el mejor de sus vidas.
Se pasaron
despiertas toda la noche cont�ndose cuentos de condenados y diablos, hasta
presenciar los primeros rayos del sol. Las se�oras, dec�an que era una
premonici�n a la muerte de alguna persona o talvez un familiar, como don Magino,
quien se encontraba solo y enfermo desde ya hace tiempo, el misterio encerraba
como un pu�o duro en sus corazones.
Al cabo de dos semanas, ocurre, lo inesperado una tragedia que
enlutar�a todo el pueblo, en las minas de Goyllarisquizga.
Ocurri� un cuatro de
diciembre de 1964. All�, perecieron dos de los comuneros de la localidad de
Huayo, de los cincuenta y nueve que se llev� la tragedia. Mama Luna siempre se
acordaba de esta historia, y hasta ahora nos cuenta como se hab�an sentido en
ese momento.
Por eso las escrib�... as�.





