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SINOPSIS:
Un ciudadano
cualquiera se enfrenta a la amenaza un camión cisterna gigante, que le cierra el
paso en la autopista e intenta hacer que se estrelle. Entonces comienza una
persecución a muerte desequilibrada entre el discreto utilitario de David y el
enigmático camión asesino durante una hora y media en la que Spielberg crea y
aguanta la tensión de no saber, por parte del protagonista, quién conduce el
camión. Finalmente y después de una reacción violenta por parte del
protagonista, acaba con la situación de nerviosismo y tensión que contagia a
todos los espectadores.
COMO LAS CAMPAÑAS DE LA D.G.T.
No solo
el hecho de ser concebida originalmente como un producto para su estreno en Tv
es lo que esta película tiene en común con las campañas de la Dirección General
de Tráfico, sino que resulta tan angustiosa como aquellos spots que cada vez son
más sangrientos y que no por ello han logrado aumentar el grado de sensatez en
los conductores españoles. Al más puro estilo de las campañas de la D.G.T, esta
película logra que el espectador se cague de miedo con el mero hecho de pensar
que tiene que coger el coche y adentrarse en las siniestras carreteras que
esconden cual viles demonios las más terribles amenazas. Aunque no por ello, una
vez terminen de salir los títulos de crédito, el conductor, por unos minutos
temeroso de los oscuros secretos de la carretera amenazante, recordará que ahí
fuera se esconde un terrible peligro que acecha a todo aquel que ose desafiar el
sagrado código de la circulación o, en este caso, intentar adelantar a un
pobre transportista que a causa de los estupefacientes o tal vez de un estado
mental incompatible con la conducción, le hicieron sentirse enormemente
indignado cuando el altanero viajante en su patético cochecillo rojo intentó darle alcance e incluso rebasarlo en un momento de máximo
fervor y confianza ciega en San Cristóbal. "No adelantarás en vano", ese es el
primer mandamiento de la ley demoníaco-camionera, y el incauto David Mann se lo
salta a la torera un caluroso día de verano, víctima seguramente de la ausencia
del sagrado aire acondicionado en los coches de 1971.
UN DIRECTOR GENIAL SOLO PUEDE
PRESENTARSE EN SOCIEDAD CON UNA OBRA ASÍ.
Si no
fuera porque no sale ninguna rubia de perfectas facciones y moño apoteósico,
cualquiera diría que estamos ante una película de aquel británico regordete
llamado Hitchcock. Nadie después de Alfred Hitchcock, ni siquiera Spielberg, ha
logrado un grado de suspense tal en el cine, por eso El Diablo Sobre Ruedas
es con todas las letras una obra maestra del género, pues ni siquiera su propio
director ha logrado cotas tan altas en la intriga después de este filme para
televisión del año 1971. Duel (El diablo sobre ruedas) es un verdadero
filme hitchcockiano y su ritmo está medido al milímetro de tal manera que
resulta imposible despegar la mirada de la pantalla ni un solo momento, algo
verdaderamente difícil si tenemos en cuenta el argumento de la película, todo
pasa en una carretera y con un solo actor con papel de peso, o lo que es lo
mismo, un verdadero tostón infumable si hubiese caído en manos de cualquier otro
director, incluido el Steven Spielber de los 90. Pero sin embargo este por
entonces novato cineasta, logra mantener los pelos de punta en los brazos del
espectador durante los 70 minutos de persecución y acoso al pobre hombrecillo
medio americano.
Resulta
curioso esa primera secuencia construida a través de un eviterno pseudo plano
secuencia en el que mientras vemos lo créditos acompañamos a David Mann en su
trayecto desde el garaje de la casa hasta la solitaria carretera que atraviesa
el desierto. Desde luego los programas que el auto radio va sintonizando no
tienen desperdicio, especialmente ese en el que el locutor llama a una
administración pública haciéndose pasar por un ciudadano que no termina de saber
si es el verdadero cabeza de familia o lo es su mujer. Y es que el papel de la
esposa está muy presente en toda la película, la esposa como guardiana o
protectora, como la deidad a la que rezará el protagonista cuando se ve
desesperado y en verdadero peligro de muerte, pero una deidad a la que también
mira con recelo, pues ella solo preguntará cómo le ha ido el viaje por rutina o
por cortesía, pero sin un verdadero interés hacia su
peripecia, pues en realidad
¿que tipo de deidad es esa que no posee el don de la omnisciencia? ¿qué deidad
es esa a la que rezo y sin embargo permanece apartada del peligro en aquel hogar
perfecto alejado del desierto y del terrible monstruo-camión enviado por el
mismísimo diablo? Tal vez ese personaje que habla sea en realidad nuestro
protagonista, David Mann, que sale a trabajar y por eso se sabe el hombre de la
casa, pero no está tan seguro de ser el cabeza de familia, tal vez ese sea el
verdadero y único viaje en el que nos adentramos, un viaje hacia la reafirmación
de la autoridad que le corresponde en el seno de su familia y que sin embargo
solo logrará encontrar cuando destruya sus monstruos, sus camiones monstruo.
También
merece la pena fijarse en un detalle, el coche contra el camión, el pequeño e
indefenso coche acosado por el terrible y enorme camión monstruo. Y en esto no
debemos tomar por casual un dato significativo, el coche, el pequeño pero
valiente, el menos fuerte pero más astuto, se llama David, o mejor dicho, quien
lo conduce se llama David, un David que se enfrenta al gigante y contra el que
solo puede emplear su propia audacia, pues ningún otro arma a su alcance parece
dañar al gigante. ¿Una clara referencia a la historia bíblica de David y Goliat?
En mi modesta opinión creo que es algo más que claro que si. adviértase que el
pequeño, David, un coche último modelo (no olvidemos que estamos en 1971)
cuidado y mimado como un rey, algo que se aprecia con el enfado del protagonista
cuando los niños del autobús averiado empiezan a subirse sobre el capó, algo que
no gusta nada a nuestro David conductor. Mientras, enfrente, tenemos al
gigante, al camión-monstruo-Goliat que acecha por pura maldad, que se ha hecho
con la corona de la carretera a base de sangre y fuerza y que no dudará ni un
segundo en eliminar a cualquiera que intente arrebatarle su trono. Cuando el
pequeño y sagaz coche-David decide adelantar al gigante-camión se desata la ira
de este último y comienza el acoso y derribo del que intenta pavonearse delante
de él para arrebatarle su corona. La lucha que acabará cuando David-coche
consiga su propia onda para desequilibrar al gigante-camión y le haga caer con
todo el peso de su grandeza y con tanta aceleración como la distancia hasta el
suelo le conceda.
 La lucha
por la corona de la carretera es en cierto modo absurda también, pues nadie más,
aparte de ellos dos, desea acceder al trono de una tierra que solo pueblan ellos
dos, y que nadie más poblará nunca, porque, en última instancia, nadie más
existe en ese mundo en el que todo son luchas para demostrarse algo a si mismo,
bien la autoridad de ser cabeza de familia, bien que un coche nuevo y flamante
debe correr más que un viejo y destartalado camión cisterna. Y es que tal vez
David Mann esté solo en ese viaje que quién sabe si no es en realidad más que su
propio interior, pues aunque la amenaza está clara, en ningún momento hemos
visto el origen de esta, nunca, en toda la película, vemos al diablo
que conduce el camión-monstruo, ni siquiera muerto, así que por qué no pensar
que ello se debe a que no hay tal diablo en el corazón del gigante, que tal vez
ni siquiera existe el gigante y que todo es, en definitiva, una lucha interna
por hacerse con la autoridad que la mujer le roba en casa, una mujer que se
extraña de que un marido llame a su esposa aun sin que haya sufrido (aun) ningún
accidente en la carretera.
Y ese
gigante solo puede morir cuando el pequeño rey se autoconvenza de que es eso, el
verdadero rey del ego de David, de su propio ego. El final, tal vez un poco
flojo, aunque solo sea por la gran tensión en la que hemos vivido hasta
prácticamente ese último momento, es, como no podía ser de otro modo,
apoteósico, un final tal vez propio de Narciso Ibáñez Serrador y que años más
tarde copió otra película llamada Temblores que protagonizó Kevin Bacon. En
temblores el "malo", la amenaza, procede de unos terribles gusanos que
devoran
gente desde el subsuelo, un gusano enorme que muere cuando es engañado para
lanzarse a una velocidad vertiginosa y cegado por su propia gula al vacío de un
barranco del desierto. Exactamente igual que acaba el camión - monstruo de Duel,
un camión cisterna que bien podría ser un monstruo gusano, pues al igual que la
cisterna, el gusano es alargado y cilíndrico. Un gusano - camión - monstruo -
gigante que muere cuando deja de ser frío para seguir los dictados de su ira, de
su gula, que solo le permite ver lo cerca que tiene a su víctima sin darse
cuanta de que también está cerca su final a no ser que frene y de una
oportunidad al pequeño coche - David.
g PETER
KWICKS
© 2005 La Caverna de Kwicks
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