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Y
TU VESTIDURA ES BLANCA
Tienes la cabeza inclinada y me miras,
y tu vestidura es blanca,
y un seno asoma por el encaje
suelto sobre tu hombro izquierdo.
Me rebasa la luz; tiembla
y toca tus brazos desnudos
Vuelvo a verte. Palabras
cerradas y rápidas decías,
que ponían corazón
en el peso de una vida
que sabía de circo.
Profundo el camino
sobre el que descendía el viento
ciertas noches de marzo
y nos despertaba desconocidos
como la primera vez.
TÚ LLAMAS UNA VIDA
Fatiga de amor, tristeza,
tú llamas una vida
que dentro, profunda, tiene nombres
de cielos y jardines
Y fuese mi carne
lo que el don del mal transforma.
REPOSO DE LA HIERBA
deriva de luz; lábiles vórtices
aéreas zonas de soles,
remontan abismos: abro el terrón
que es mío y me tiendo. y duermo:
desde hace siglos la hierba reposa
su corazón conmigo.
me despierta la muerte:
más uno, más solo,
tocar fondo del viento:
de noche
DE TIERNA MUJER ECHADA ENTRE LAS FLORES
Se adivinaba la estación oculta
por el ansia de las lluvias nocturnas,
por los caminos de las nubes en el cielo,
undosas leves cunas;
Y yo estaba muerto.
Una ciudad suspendida en el aire
era mi último exilio,
y en torno me llamaban
las suaves mujeres de otros tiempos,
y la madre, renovada por los años,
con su dulce mano recogía entre las rosas
y con las más blancas ceñía mi cabeza.
Afuera era de noche
y los astros precisos seguían
ignotos caminos en curvas de oro
y las noches vueltas fugitivas
me llevaban a rincones secretos
para hablarme de jardines abiertos de par en par
y del sentido de la vida;
pero a mí me dolía la última sonrisa
de tierna mujer echada entre las flores
SIN MEMORIA DE LA MUERTE
Primavera levanta árboles y ríos;
la voz honda no oigo,
perdido en ti, amada.
Sin memoria de la muerte,
juntos en la carne,
el rumor del último día
nos despiertas adolescentes
Nadie nos hoye;
¡leve respiración de la sangre!
Hecha rama
florece en tu costado
mi mano.
De plantas piedras aguas,
nacen los animales
al soplo del aire
CONVALECECIA
Siento amor convertirse en otra muerte
ignota para mí, pero más lenta,
que a menudo me empuja hacia sus formas.
Abandono de alga:
me busco en los obscuros acordes
de profundos despertares
en orillas densas del cielo.
El viento se injerta
dócil en mi sangre,
y es ya voz y naufragio,
manos que renacen:
manos entrelazadas o palma con palma unidas
en distendida renuncia.
Tiene miedo de ti
el corazón seco y doliente,
infancia imposeída
HECHA OSCURIDAD Y ALTURA
Vienes a mi voz
y leo la luz inmóvil
descender a la sombra en forma de rayos
y rodear de una nube de astros tu cabeza.
Y yo sorprendido, asombrándome de los ángeles,
de los muertos, del aire, arco encendido
No mía; pero en el espacio
resurgida, tiemblas en mí, hecha oscuridad y altura
EN EL PRECISO TIEMPO HUMANO
Yace en el viento de profunda luz
la amada del tiempo de las palomas.
De mi de aguas de hojas,
sola entre los vivos, oh dilecta,
hablas; y la desnuda noche
tu voz consuela
de lucientes ardores y leticias.
Nos decepcionó la belleza y la desaparición
de toda forma y memoria,
el lábil movimiento revelado a los afectos
a imagen de los eternos fulgores.
Pero de tu sangre profunda,
en el preciso tiempo humano,
renacemos sin dolor.
HOMBRE DE MI TIEMPO
Todavía eres de la piedra y de la honda,
hombre de mi tiempo. Estabas en la carlinga,
con las alas malignas, los cuadrantes de muerte,
- te he visto - en el carro de fuego, en las horcas,
en los potros de tortura. Te he visto: eras tú,
con tu ciencia exacta dispuesta al exterminio,
sin amor, sin Cristo. Has matado de nuevo,
como siempre, como mataron los padres, como mataron
los animales que te vieron por primera vez.
Y esa sangre huela como el día
en que el hermano dijo al hermano:
« Vamos a los campos. » Y aquél eco frío, tenaz,
ha llegado hasta ti, a tu jornada.
Olvidad, oh hijos, las nubes de sangre
que se elevaron de la tierra, olvidad a los padres:
sus tumbas se hunden en las cenizas,
los pájaros negros, el viento, cubren el corazón.
DAR Y TENER
Nada me das, no das nada,
tú que me escuchas, la sangre
de las guerras se ha secado,
el, desprecio es un deseo puro
y no provoca un gesto
de un pensamiento humano,
fuera de la hora de la piedad.
Dar y tener. En mi voz
hay al menos un signo
de geometría viva,
en la tuya, una caracola
muerta con lamentos fúnebres.
VISIBLE, INVISIBLE
Visible, invisible
el carretero en el horizonte
entre los brazos del camino llama
contesta a la voz de las islas.
Tampoco yo voy a la deriva,
en torno gira el mundo, leo
mi historia como guardián nocturno
en las horas de lluvia. El secreto tiene márgenes
felices, estratagemas, atracciones difíciles.
Mi vida, habitantes crueles y sonrientes
De mis caminos, de mis paisajes,
no tiene manijas en las puertas.
No me preparo para la muerte,
conozco el principio de las cosas,
el fin es una superficie por la que viaja
el invasor de mi sombra.
Yo no conozco las sombras.
NO HE PERDIDO NADA
Todavía estoy aquí, el sol gira
A mis espaldas como un halcón y la tierra
repite mi voz en la tuya.
Y recomienza el tiempo visible
En el ojo que redescubre la luz.
No he perdido nada.
Perder es ir al otro lado
De un diagrama del cielo
Por movimientos de sueños, un río
Lleno de hojas.
EL ALTO VELERO
Cuando vinieron los pájaros a mover las hojas
de los árboles amargos junto a mi casa
(eran ciegos volátiles nocturnos
que horadaban sus nidos en las cortezas),
alcé la frente hacia la luna
y vi un alto velero.
Al borde de la isla el mar era sal
y se había tendido la tierra y antiguas
conchas relucían pegadas a las rocas
en la rada de enanos limoneros.
Y le dije a mi amada, que en sí llevaba un hijo mío
y por él tenía siempre el mar en el alma:
«Estoy cansado de estas olas que baten
con ritmo de remos, y de las lechuzas
que imitan el lamento de los perros
cuando hay viento de luna en los cañaverales.
Quiero partir, quiero dejar esta isla»
Y ella: «Querido, ya es tarde: quedémonos.»
Entonces me puse a contar lentamente
los vivos reflejos de agua marina
que el aire me traía a los ojos
desde la mole del alto velero.
Y ENSEGUIDA ANOCHECE
Cada hombre está solo en el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y enseguida anochece
EPITAFIO PARA BICE DONETTI
Con los ojos hacia la lluvia y los elfos de la noche,
está allí, en el campo número quince, en Mussoco,
La mujer emiliana que yo amé
en el tiempo triste de la juventud.
Hace poco fue sorprendida por la muerte
mientras miraba tranquila el viento del otoño
agitar las ramas de los plátanos y las hojas
desde su gris casa de la periferia
Su rostro aún está vivo de sorpresa,
como sin duda lo estuvo en la infancia, deslumbrado
por el tragallamas alto sobre el carromato.
Oh tú, que pasas, empujado por otros muertos,
ante la fosa mil ciento sesenta,
deténte un minuto a saludar
a la que nunca se lamentó del hombre
que aquí queda, odiado, con sus versos,
uno de tantos, obrero de sueños.
CARTA A LA MADRE
« MATTER dulcíssima, desciende la niebla,
el Naviglio choca confusamente con los muelles,
los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;
no estoy triste en el Norte: no estoy
en paz conmigo mismo, mas no aguardo
perdón de nadie, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives,
como todas las madres de los poetas, pobre
y con escasa provisión de amor
a causa de los hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe.» Por fin - dirás - un par de líneas
de aquel muchacho que huyó de noche con una capa corta corta
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan impulsivo,
lo matarán un día en algún sitio.
« Claro, lo recuerdo, fue en aquel muelle gris
de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, el río de las urracas,
de sal, de eucaliptos. Mas ahora te agradezco,
deseo hacerlo, la ironía que has puesto
en mis labios, apacible como la tuya.
Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.
Y no importa si ahora vierto alguna lágrima por ti,
por todos aquellos que como tú esperan
y no saben qué. Ah, amable muerte,
no toques el reloj que late en la pared de la cocina,
toda mi infancia pasó sobre el esmalte
de su cuadrante, sobre aquellas flores pintadas:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
¿Pero acaso alguien responde? Oh muerte de piedad,
muerte de pudor. Adiós, querida, adiós, mi dulcíssima mater »
EL FALSO Y VERDADERO VERDE
Tú ya no me esperas con el corazón vil
del reloj. Da igual que abras
o fijes la desolación: quedan horas
ásperas, desnudas, con golpear de hojas
súbitas en los vidrios de tu
ventana, alta sobre dos calles de nubes.
Me queda la lentitud de una sonrisa,
el cielo oscuro de un vestido, el terciopelo
color herrumbre atado a los cabellos
y suelto sobre los hombros y tu rostro
hundido en un agua casi inmóvil.
Golpes de aguas rugosas de amarillo,
pájaros de hollín. Otras hojas
ahora agrietan las ramas y ya vuelan
en confusión: el falso y verdadero verde
de abril, la carcajada
del seguro florecer. ¿Y tú no floreces,
no das días ni sueños que asciendan
de nuestro más allá, no tienes ya tus ojos
infantiles, no tienes ya manos tiernas
para buscar mi rostro que se me escapa?
Queda el pudor de escribir versos
de diario de lanzar u grito al vacío
o en el corazón increíble de la lucha
todavía con su tiempo desplomado.
LA TIERRA INCOMPARABLE
Hace tiempo que te debo palabras de amor:
o tal vez sean las que cada día
huyen de prisa apenas pronunciadas
y la memoria las teme, que transforma
los signos inevitables en diálogo
enemigo enconado del alma. Tal vez
el rumor de la gente no deja oír
mis palabras de amor o el miedo
al eco arbitrario que desenfoca
la imagen más débil de un sonido
afectuoso: o tocan la invisible
ironía, su naturaleza de hoz
o mi vida ya cercada, amor.
O tal vez sea el color que las deslumbra
si chocan con la luz
del tiempo que vendrá a ti cuando el mío
no pueda ya llamar amor oscuro
amor ya llorando
la belleza, la ruptura impetuosa
con la tierra incomparable, amor.
DE LA NATURALEZA DEFORME
De la naturaleza deforme la hoja
Simétrica huye, el ancla ya
No la sujeta. Ya invierno, no invierno,
Humea una hoguera cerca del Naviglio.
Alguien puede traicionar
Ese fuego de noche, puede negar
Tres veces la tierra. Qué fuerte
La presa, si aquí desde hace años, qué años, miras
Las estrellas sucias flotando en los canales
Sin repugnancia, si amas a alguien
De esta tierra, si cruje
La madera fresca y arde la geometría
De la hoja arrugada calentándose.
LOS SOLDADOS LLORAN DE NOCHE
Ni la cruz ni la infancia bastan,
Ni el martillo del Gólgota, la angélica
memoria, para quebrar la guerra.
Los soldados lloran de noche
antes de morir, son fuertes, caen
a los pies de palabras aprendidas
bajo las armas de la vida.
Números, amantes, soldados,
anónimas lluvias de lágrimas.
A LA NUEVA LUNA
En el principio Dios creó el cielo
y la tierra, y luego en su día
exacto puso las luminarias del cielo
y el séptimo día descansó.
Después de millones de años el hombre,
hecho a su imagen y semejanza,
sin descansar nunca, con su
inteligencia laica,
sin temor, en el cielo sereno
de una noche de octubre
puso otras luminarias iguales
a las que giraban
desde la creación del mundo. Amén.
TENGO FLORES Y DE NOCHE INVITO A LOS ÁLAMOS
Mi sombra está en otra pared
de hospital. Tengo flores y de noche
invito a los álamos y los plátanos del parque,
árboles de hojas caídas, no amarillas,
casi blancas. Las monjas irlandesas
no hablan nunca de muerte, parecen
movidas por el viento, no se asombran
de ser jóvenes y amables: un voto
que se libera en las plegarias ásperas.
Tengo la sensación de ser un emigrante
que vela envuelto en su manta,
tranquilo, en el suelo. Acaso siempre muero.
Pero escucho con gusto las palabras de la vida
que no he entendido nunca, me detengo
en largas hipótesis. Seguro que no podré huir;
seré fiel a la vida y a la muerte
en cuerpo y en espíritu
en toda dirección prevista, visible.
A ratos algo me rebasa
con ligereza, un tiempo paciente,
la absurda diferencia que media
entre la muerte y el espejismo
del latir del corazón.
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