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Li po
 
ANTE EL VINO DE MI COPA

El viento viene del Este
en un palanquín de seda.
Riza el vino de mi copa
el viento de primavera.
Bajo la lluvia de pétalos
de las ramas desprendidos,
como las rosas abiertas
está tu rostro en el vino.
¿Has pensado cuantos años
las glicinas, los almendros,
florecerán tras tus rejas
iluminando tus sueños?
Es hora, niña, que dances
el sol camina al ocaso;
la tarde se va, en la noche,
la juventud, en los años.
La vida, niña algún día
blanqueará nuestros cabellos.
Amor y vino en las copas
antes que se marche el tiempo.

Mientras bebo, solo, a la luz de la luna
Un vaso de vino entre las flores:
bebo solo, sin amigo que me acompañe.
Levanto el vaso e invito a la luna:
con ella y con mi sombra seremos tres.
Pero la luna no acostumbra beber vino,
y mi perezosa sombra sólo sabe seguirme.
Festejemos, con mi amiga luna y mi sombra esclava,
mientras aún es primavera.
En las canciones que entono vibran rayos lunares;
en la danza que ensayo mi sombra se aferra y deshace.
Los tres juntos, antes de beber, holgábamos;
ahora, ebrios, cada cual va por su lado.
¡Regocijémonos muchas horas todavía,
en nuestro extraño festín inanimado,
para encontrarnos al fin en el Rio de las Nubes!

Un día de verano, en la montaña
Agito suavemente un abanico de plumas blancas,
sentado, la camisa abierta, entre las hojas verdes.
Me quito el gorro y lo cuelgo de una saliente en la roca;
el viento entre los pinos roza mi frente desnuda.

Los cuervos que graznan por la tarde
Doradas nubes bañan la muralla.
Los negros cuervos graznan sobre sus nidos,
nidos en los que quisieran descansar.
En tanto, la joven esposa suspira, sola y triste,
sus manos abandonan el telar,
sus ojos están fijos en la azul cortina del cielo,
cortina que parece separarla del mundo,
como la leve niebla oscurece el río.
Está sola: el esposo viaja por países lejanos;
todas las noches está sola en su alcoba.
La soledad le oprime el corazón,
y sus lágrimas, como fina lluvia, caen en tierra.

Escuchando la mandolina de un sacerdote budista
El sacerdote budista de Chou tiene una mandolina:
baja del Monte de las Cejas hacia el poniente,
y hace sonar sus cuerdas en mi honor.
Sus vibrantes notas se parecen al alboroto
de un bosquecillo de pinos mecidos por el viento.
Mi corazón se siente purificado
como si lo hubiesen lavado las aguas del río.
La dulce melodía se une a los lejanos tañidos de una campana.
Insenciblemente desciende, en torno, el crepúsculo,
y los montes se esfuman en la bruma ligera.

Los tres

Llevo mi frasco de buen vino
para beberlo entre las flores
me acompañan dos soñadores:
mi Sombra y Diana, en el camino.
Felizmente mi amiga Luna
beber no sabe, ni mi Sombra
sufre de sed. Rara fortuna
;esta pareja que me asombra.
Si canto, la Luna me escucha
en silencio. Y cuando me alegra
la danza, como una culebra
va en pos de mí la Sombra ducha.
Tras el festín, los invitados
se dispersan -¡atroz momento!-
Nunca he sentido ese tormento
con mis amables convidados
pues al volver a mi morada
guía la Luna con su linterna
mientras la Sombra, resignada
sigue mi marcha sempiterna.

 
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