ASINCRO FILOMEDIA CRITICA DE LOS MEDIOS DE COMUNICACION
El papel de los medios de
comunicación en la política contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y
de sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para esta
sociedad. Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos distintos de democracia. Uno
es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática, por un lado, la gente
tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de
sus asuntos particulares, y, por otro, los medios de información son libres e
imparciales. |
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Si se busca la palabra democracia
en el diccionario se encuentra una definición bastante parecida a lo que acabo de
formular. Una idea alternativa de democracia
es la de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la
vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente controlados. Quizás
esto suene como una concepción anticuada de democracia, pero es importante entender que,
en todo caso, es la idea predominante. De hecho lo ha sido durante mucho tiempo, no sólo
en la práctica sino incluso en el plano teórico. No olvidemos además que tenemos una
larga historia, que se remonta a las revoluciones democráticas modernas de Primeros apuntes históricos de la
propaganda Empecemos con la primera
operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato
de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma
electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de Entre los que participaron activa
y entusiastamente en la guerra de Wilson estaban los intelectuales progresistas, gente del
círculo de John Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se deduce al leer sus
escritos de la época, por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más
inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una
población reticente de que había que ir a una guerra mediante el sistema de
aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo patriotero. Los medios utilizados fueron muy
amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por
los alemanes, en las que se incluían niños belgas con los miembros arrancados y todo
tipo de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia, buena parte
de lo cual fue inventado por el Ministerio británico de propaganda, cuyo auténtico
propósito en aquel momento -tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas- era
el de dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era la
de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad americana,
quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al
pacífico país a la histeria propia de los tiempos de guerra. Y funcionó muy bien, al
tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando la propaganda que dimana del estado
recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite ninguna
desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección que ya había
aprendido Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a nuestros días. La democracia del espectador Otro
grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por teóricos
liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación, como Walter Lippmann, que
era el decano de los periodistas americanos, un importante analista político -tanto de
asuntos domésticos como internacionales- así como un extraordinario teórico de la
democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están
subtitulados con algo así como: Una teoría progresista sobre el pensamiento democrático
liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros
alcanzados, al tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la
democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la
población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo
inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino
también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes
esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres
responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de
ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida -la comunidad
intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey- puede entender cuáles son aquellos
intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas
cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de
años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una
gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el
poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello,
para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado
ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas. Es así que la teoría
democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos
ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo
largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin
experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde
está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir
el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que
detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo:
conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender
nada por sí mismas. Lippmann respaldó todo esto con
una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una
democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer
lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al
gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que
analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los
sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un
porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en
circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla
primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño
y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño
desconcertado: hemos de protegernos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea.
Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada,
los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan,
entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también
con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en
vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una
democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando
gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase
especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder,
o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una
democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y
traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se
apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo
que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda. Y la verdad es que hay una lógica
detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es
simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de
participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que
harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que
lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee
y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería
incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños
de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo
utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño
desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas. Por ello, necesitamos algo que
sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el
arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las
escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los
responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad,
aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada
de forma explícita -e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto
ellos solos- tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para
tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el
poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante
reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir: Puedo ser útil
a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse
callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en
ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la
sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no
formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de
carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han
de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del
nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden
conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño
desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a
cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen
todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en
algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir. Muchos otros han desarrollado este
punto de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado
teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el
teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba
que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos
la poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las emociones y los impulsos.
Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y
simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional, con objeto de que los
bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido en un
elemento sustancial de la ciencia política contemporánea. En la década de los años
veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de
las comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados, explicaba
que no deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres
son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros,
decía, los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que, precisamente
a partir de la moralidad más común, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos que
ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En
lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta
fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos,
y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado
siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir
la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda
es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario. Ello resulta acertado y
conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de
comprensión del rebaño desconcertado. Relaciones públicas Los Estados
Unidos crearon los cimientos de la industria de las relaciones públicas. Tal como decían
sus líderes, su compromiso consistía en controlar la opinión pública. Dado que
aprendieron mucho de los éxitos de Las relaciones públicas
constituyen una industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en
torno a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el de
controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las
corporaciones. Tal como ocurrió durante Efectivamente, si hubiera muchos
individuos de recursos limitados que se agruparan para intervenir en el ruedo político,
podrían, de hecho, pasar a asumir el papel de participantes activos, lo cual sí sería
una verdadera amenaza. Por ello, el poder empresarial tuvo una reacción contundente para
asegurarse de que esa había sido la última victoria legislativa de las organizaciones
obreras, y de que representaría también el principio del fin de esta desviación
democrática de las organizaciones populares. Y funcionó. Fue la última victoria de los
trabajadores en el terreno parlamentario, y, a partir de ese momento -aunque el número de
afiliados a los sindicatos se incrementó durante La primera prueba se produjo un
año más tarde, en 1937, cuando hubo una importante huelga del sector del acero en
Johnstown, al oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba una nueva técnica
de destrucción de las organizaciones obreras, que resultó ser muy eficaz. Y sin matones
a sueldo que sembraran el terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy
práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes de propaganda. La
cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la gente contra los
huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos como destructivos y
perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y contrarios a los intereses comunes, que
eran los nuestros, los del empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos
nosotros. Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el orgullo de ser
americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos huelguistas malvados de ahí afuera
son subversivos, arman jaleo, rompen la armonía y atentan contra el orgullo de América,
y hemos de pararles los pies. El ejecutivo de una empresa y el chico que limpia los suelos
tienen los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el país y en
armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros. Este era, en esencia, el
mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo público; después de todo, estamos
hablando del poder financiero y empresarial, es decir, el que controla los medios de
información y dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de manera muy
eficaz. Más adelante este método se conoció como la fórmula Mohawk VaIley, aunque se
le denominaba también: método científico para impedir huelgas. Se aplicó una y otra
vez para romper huelgas, y daba muy buenos resultados cuando se trataba de movilizar a la
opinión pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como el orgullo de ser
americano. ¿Quién puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién puede estar en
contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad a nuestras tropas. ¿Quién podía
estar en contra? O los lacitos amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien
completamente necio. De hecho, ¿qué pasa si alguien
le pregunta si da usted su apoyo a la gente de Iowa? Se puede contestar diciendo Sí, le
doy mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero ni siquiera es una pregunta: no significa nada. Esta
es la cuestión. La clave de los eslóganes de las relaciones públicas como Apoyad
a nuestras tropas es que no significan nada, o, como mucho, lo mismo que apoyar a
los habitantes de Iowa. Pero, por supuesto había una cuestión importante que se podía
haber resuelto haciendo la pregunta: ¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se
trata de que la gente se plantee cosas como esta. Esto es lo único que importa en la
buena propaganda. Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna oposición,
bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo que significa porque no
significa nada, y su importancia decisiva estriba en que distrae la atención de la gente
respecto de preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política? Pero sobre
esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo sobre el apoyo a las
tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del
orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en torno a eslóganes vacíos,
tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá gente mala en nuestro alrededor
que destruya nuestra paz social con sus discursos acerca de la lucha de clases, los
derechos civiles y todo este tipo de cosas. Todo es muy eficaz y hasta hoy ha
funcionado perfectamente. Desde luego consiste en algo razonado y elaborado con sumo
cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está ahí para divertirse;
está haciendo un trabajo, es decir, intentando inculcar los valores correctos. De hecho,
tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase
especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la
sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de
organización para evitar así los problemas que pudiera causar. La mayoría de los
individuos tendrían que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el
mensaje, que no es otro que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder
consumir cada vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece
en la pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida consiste
en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en el momento en que se da
cuenta que está solo, viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que
existe ahí afuera, y que es una locura pensar en que haya otra cosa. Y desde el momento
en que está prohibido organizarse, lo que es totalmente decisivo, nunca se está en
condiciones de averiguar si realmente está uno loco o simplemente se da todo por bueno,
que es lo más lógico que se puede hacer. Así pues, este es el ideal, para
alcanzar el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay
una cierta concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño
desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que
distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa
viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se
les saque del sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido, como Apoyad a.
nuestras tropas. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que
estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde
dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso
ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y
marginarles. Esta es una idea de democracia. De
hecho, si nos re montamos al pasado, la última victoria legal de los trabajadores fue
realmente en 1935, con Los individuos capaces de fabricar
consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo -la comunidad financiera y
empresarial- y para ellos trabajamos. Fabricación de la opinión
También es necesario recabar el apoyo de la población a las aventuras exteriores.
Normalmente la gente es pacifista, tal como sucedía durante Así pues, hasta cierto punto se
alcanzó el ideal, aunque nunca de forma completa, ya que hay instituciones que hasta
ahora ha sido imposible destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena parte de la actividad
disidente de los Estados Unidos se producía en las iglesias por la sencilla razón de que
estas existían. Por ello, cuando había que dar una conferencia de carácter político en
un país europeo era muy probable que se celebrara en los locales de algún sindicato,
cosa harto difícil en América ya que, en primer lugar, estos apenas existían o, en el
mejor de los casos, no eran organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de
manera que las charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad
con Centroamérica se originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo porque
existían. El rebaño desconcertado nunca
acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930
surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años sesenta apareció una
nueva ola de disidencia, a la cual la clase especializada le puso el nombre de crisis de
la democracia. Se consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis porque
amplios segmentos de la población se estaban organizando de manera activa y estaban
intentando participar en la arena política. El conjunto de élites coincidían en que
había que aplastar el renacimiento democrático de los sesenta y poner en marcha un
sistema social en el que los recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas
privilegiadas. Y aquí hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos
mencionado en párrafos anteriores. Según la definición del diccionario, lo anterior
constituye un avance en democracia; según el criterio predominante, es un problema, una
crisis que ha de ser vencida. Había que obligar a la población a que retrocediera y
volviera a la apatía, la obediencia y la pasividad, que conforman su estado natural, para
lo cual se hicieron grandes esfuerzos, si bien no funcionó. Afortunadamente, la crisis de
la democracia todavía está vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la
hora de conseguir un cambio político. Pero, contrariamente a lo que mucha gente cree, sí
ha dado resultados en lo que se refiere al cambio de la opinión pública. Después de la década de 1960 se
hizo todo lo posible para que la enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de
los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el síndrome de Vietnam,
término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando encuentra nuevas definiciones.
El intelectual reaganista Norman Podhoretz habló de él como las inhibiciones enfermizas
respecto al uso de la fuerza militar. Pero resulta que era la mayoría de la gente la que
experimentaba dichas inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía por
qué había que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos. Como
ya supo Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas
inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las veleidades
aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como decía con orgullo el Washington
Post durante la histeria colectiva que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es
necesario infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es importante.
Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la utilización de la fuerza en todo el
mundo para alcanzar los fines de su propia élite doméstica, es necesario valorar
debidamente las virtudes guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la
violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo. La representación como realidad
También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye otra manera de
vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular que cuando atacamos y destruimos a
alguien lo que estamos haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros mismos de
los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha
realizado un enorme esfuerzo por reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran
número de soldados y muchos jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por la
paz o antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo
había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar alguna forma de cordura,
es decir, la aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos, ello es noble y correcto.
Si bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país de
alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya que allí no había nadie más. Es lo que los
intelectuales kenedianos denominaban defensa contra la agresión interna en Vietnam del
Sur, expresión acuñada por Adiai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario que
esta fuera la imagen oficial e inequívoca; y ha funcionado muy bien, ya que si se tiene
el control absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y la
intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier política. Un indicio de
ello se puso de manifiesto en un estudio llevado a cabo en La cultura disidente A pesar de
todo, la cultura disidente sobrevivió, y ha experimentado un gran crecimiento desde la
década de los sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente lento, ya que, por
ejemplo, no hubo protestas contra la guerra de Indochina hasta algunos años después de
que los Estados Unidos empezaran a bombardear Vietnam del Sur. En los inicios de su
andadura era un reducido movimiento contestatario, formado en su mayor parte por
estudiantes y jóvenes en general, pero hacia principios de los setenta ya había cambiado
de forma notable. Habían surgido movimientos populares importantes: los ecologistas, las
feministas, los antinucleares, etcétera. Por otro lado, en la década de 1980 se produjo
una expansión incluso mayor y que afectó a todos los movimientos de solidaridad, algo
realmente nuevo e importante al menos en la historia de América y quizás en toda la
disidencia mundial. La verdad es que estos eran movimientos que no sólo protestaban sino
que se implicaban a fondo en las vidas de todos aquellos que sufrían por alguna razón en
cualquier parte del mundo. Y sacaron tan buenas lecciones de todo ello, que ejercieron un
enorme efecto civilizador sobre las tendencias predominantes en la opinión pública
americana. Y a partir de ahí se marcaron diferencias, de modo que cualquiera que haya
estado involucrado es este tipo de actividades durante algunos años ha de saberlo
perfectamente. Yo mismo soy consciente de que el tipo de conferencias que doy en la
actualidad en las regiones más reaccionarias del país - A pesar de toda la propaganda y de
todos los intentos por controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo anterior
constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está adquiriendo una capacidad
y una buena disposición para pensar las cosas con el máximo detenimiento. Ha crecido el
escepticismo acerca del poder. Han cambiado muchas actitudes
hacia un buen número de cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en algo lento,
quizá incluso frío, pero perceptible e importante, al margen de si acaba siendo o no lo
bastante rápido como para influir de manera significativa en los aconteceres del mundo.
Tomemos otro ejemplo: la brecha que se ha abierto en relación con el género. A
principios de la década de 1960 las actitudes de hombres y mujeres eran aproximadamente
las mismas en asuntos como las virtudes castrenses, igual que lo eran las inhibiciones
enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Por entonces, nadie, ni hombres ni
mujeres, se resentía a causa de dichas posturas, dado que las respuestas coincidían:
todo el mundo pensaba que la utilización de la violencia para reprimir a la gente de por
ahí estaba justificada. Pero con el tiempo las cosas han cambiado. Aquellas inhibiciones
han experimentado un crecimiento lineal, aunque al mismo tiempo ha aparecido un desajuste
que poco a poco ha llegado a ser sensiblemente importante y que según los sondeos ha
alcanzado el 20%. ¿Qué ha pasado? Pues que las mujeres han formado un tipo de movimiento
popular semi organizado, el movimiento feminista, que ha ejercido una influencia decisiva,
ya que, por un lado, ha hecho que muchas mujeres se dieran cuenta de que no estaban solas,
de que había otras con quienes compartir las mismas ideas, y, por otro, en la
organización se pueden apuntalar los pensamientos propios y aprender más acerca de las
opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos movimientos son en cierto modo
informales, sin carácter militante, basados más bien en una disposición del ánimo en
favor de las interacciones personales, sus efectos sociales han sido evidentes. Y este es
el peligro de la democracia: si se pueden crear organizaciones, si la gente no permanece
simplemente pegada al televisor, pueden aparecer estas ideas extravagantes, como las
inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Hay que vencer estas
tentaciones, pero no ha sido todavía posible. Desfile de enemigos En vez de
hablar de la guerra pasada, hablemos de la guerra que viene, porque a veces es más útil
estar preparado para lo que puede venir que simplemente reaccionar ante lo que ocurre. En
la actualidad se está produciendo en los Estados Unidos -y no es el primer país en que
esto sucede- un proceso muy característico. En el ámbito interno, hay problemas
económicos y sociales crecientes que pueden devenir en catástrofes, y no parece haber
nadie, de entre los que detentan el poder, que tenga intención alguna de prestarles
atención. Si se echa una ojeada a los programas de las distintas administraciones durante
los últimos diez años no se observa ninguna propuesta seria sobre lo que hay que hacer
para resolver los importantes problemas relativos a la salud, la educación, los que no
tienen hogar, los parados, el índice de criminalidad, la delincuencia creciente que
afecta a amplias capas de la población, las cárceles, el deterioro de los barrios
periféricos, es decir, la colección completa de problemas conocidos. Todos conocemos la
situación, y sabemos que está empeorando. Solo en los dos años que George Bush estuvo
en el poder hubo tres millones más de niños que cruzaron el umbral de la pobreza, la
deuda externa creció progresivamente, los estándares educativos experimentaron un
declive, los salarios reales retrocedieron al nivel de finales de los años cincuenta para
la gran mayoría de la población, y nadie hizo absolutamente nada para remediarlo. En
estas circunstancias hay que desviar la atención del rebaño desconcertado ya que si
empezara a darse cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien recibe
directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso entretenerles simplemente con la
final de Copa o los culebrones no sean suficientes y haya que avivar en él el miedo a los
enemigos. En los años treinta Hitler difundió entre los alemanes el miedo a los judíos
y a los gitanos: había que machacarles como forma de autodefensa. Pero nosotros también
tenemos nuestros métodos. A lo largo de la última década, cada año o a lo sumo cada
dos, se fabrica algún monstruo de primera línea del que hay que defenderse. Antes los
que estaban más a mano eran los rusos, de modo que había que estar siempre a punto de
protegerse de ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada vez
resulta más difícil utilizarles como tal, de modo que hay que hacer que aparezcan otros
de nueva estampa. De hecho, la gente fue bastante injusta al criticar a George Bush por
haber sido incapaz de expresar con claridad hacia dónde estábamos siendo impulsados, ya
que hasta mediados de los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos ponía
constantemente el mismo disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos como encarnación
del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el aparato de relaciones
públicas reaganiano en su momento. Y así, precisamente con Bush, se empezó a utilizar a
los terroristas internacionales, a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o a
Saddam Hussein, el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo. Han tenido que hacerles
aparecer a uno tras otro, asustando a la población, aterrorizándola, de forma que ha
acabado muerta de miedo y apoyando cualquier iniciativa del poder. Así se han podido
alcanzar extraordinarias victorias sobre Granada, Panamá, o algún otro ejército del
Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes de siquiera tomarse la molestia de mirar
cuántos son. Esto da un gran alivio, ya que nos hemos salvado en el último momento. Tenemos así, pues, uno de los
métodos con el cual se puede evitar que el rebaño desconcertado preste atención a lo
que está sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado. Recordemos que
la operación terrorista internacional más importante llevada a cabo hasta la fecha ha
sido la operación Mongoose, a cargo de la administración Kennedy, a partir de la cual
este tipo de actividades prosiguieron contra Cuba. Parece que no ha habido nada que se le
pueda comparar ni de lejos, a excepción quizás de la guerra contra Nicaragua, si
convenimos en denominar aquello también terrorismo. El Tribunal de Cuando se trata de construir un
monstruo fantástico siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de campañas
para aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz de defenderse: sería
demasiado peligroso. Pero si se tiene la seguridad de que se le puede vencer, quizá se le
consiga despachar rápido y lanzar así otro suspiro de alivio. Percepción selectiva Esto ha
venido sucediendo desde hace tiempo. En mayo de 1986 se publicaron las memorias del preso
cubano liberado Armando Valladares, que causaron rápidamente sensación en los medios de
comunicación. Voy a brindarles algunas citas textuales. Los medios informativos
describieron sus revelaciones como «el relato definitivo del inmenso sistema de prisión
y tortura con el que Castro castiga y elimina a la oposición política». Era «una
descripción evocadora e inolvidable» de las «cárceles bestiales, la tortura inhumana
[y] el historial de violencia de estado [bajo] todavía uno de los asesinos de masas de
este siglo», del que nos enteramos, por fin, gracias a este libro, que «ha creado un
nuevo despotismo que ha institucionalizado la tortura como mecanismo de control social»
en el «infierno que era La historia que viene ahora
también ocurría en mayo de 1986, y nos dice mucho acerca de la fabricación del
consenso. Por entonces, los supervivientes del Grupo de Derechos Humanos de El Salvador
-sus líderes habían sido asesinados- fueron detenidos y torturados, incluyendo al
director, Herbert Anaya. Se les encarceló en una prisión llamada Anaya no fue objeto de ningún
homenaje. No hubo lugar para él en el Día de los Derechos Humanos. No fue elegido para
ningún cargo importante. En vez de ello fue liberado en un intercambio de prisioneros y
posteriormente asesinado, al parecer por las fuerzas de seguridad siempre apoyadas militar
y económicamente por los Estados Unidos. Nunca se tuvo mucha información sobre aquellos
hechos: los medios de comunicación no llegaron en ningún momento a preguntarse si la
revelación de las atrocidades que se denunciaban -en vez de mantenerlas en secreto y
silenciarlas- podía haber salvado su vida. Todo lo anterior nos enseña mucho
acerca del modo de funcionamiento de un sistema de fabricación de consenso. En
comparación con las revelaciones de Herbert Anaya en El Salvador, las memorias de
Valladares son como una pulga al lado de un elefante. Pero no podemos ocuparnos de
pequeñeces, lo cual nos conduce hacia la próxima guerra. Creo que cada vez tendremos
más noticias sobre todo esto, hasta que tenga lugar la operación siguiente. Sólo algunas consideraciones
sobre lo último que se ha dicho, si bien al final volveremos sobre ello. Empecemos
recordando el estudio de Tomemos uno que, de forma
amenazadora, estuvo a punto de ser percibido durante la guerra del Golfo. En febrero,
justo en la mitad de la campaña de bombardeos, el gobierno del Líbano solicitó a Israel
que observara la resolución 425 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de marzo
de 1978, por la que se le exigía que se retirara inmediata e incondicionalmente del
Líbano. Después de aquella fecha ha habido otras resoluciones posteriores redactadas en
los mismos términos, pero desde luego Israel no ha acatado ninguna de ellas porque los
Estados Unidos dan su apoyo al mantenimiento de la ocupación. Al mismo tiempo, el sur del
Líbano recibe las embestidas del terrorismo del estado judío, y no solo brinda espacio
para la ubicación de campos de tortura y aniquilamiento sino que también se utiliza como
base para atacar a otras partes del país. Desde 1978, fecha de la resolución citada, el
Líbano fue invadido, la ciudad de Beirut sufrió continuos bombardeos, unas 20.000
personas murieron -en torno al 80% eran civiles-, se destruyeron hospitales, y la
población tuvo que soportar todo el daño imaginable, incluyendo el robo y el saqueo.
Excelente... los Estados Unidos lo apoyaban. Es solo un ejemplo. La cuestión está en que
no vimos ni oímos nada en los medios de información acerca de todo ello, ni siquiera una
discusión sobre si Israel y los Estados Unidos deberían cumplir la resolución 425 del
Consejo de Seguridad, o cualquiera de las otras posteriores, del mismo modo que nadie
solicitó el bombardeo de Tel Aviv, a pesar de los principios defendidos por dos tercios
de la población. Porque, después de todo, aquello es una ocupación ilegal de un
territorio en el que se violan los derechos humanos. Solo es un ejemplo, pero los hay
incluso peores. Cuando el ejército de Indonesia invadió Timor Oriental dejó un rastro
de 200.000 cadáveres, cifra que no parece tener importancia al lado de otros ejemplos. El
caso es que aquella invasión también recibió el apoyo claro y explícito de los Estados
Unidos, que todavía prestan al gobierno indonesio ayuda diplomática y militar. Y
podríamos seguir indefinidamente. La guerra del Golfo Veamos otro
ejemplo mas reciente. Vamos viendo cómo funciona un sistema de propaganda bien engrasado.
Puede que la gente crea que el uso de la fuerza contra Irak se debe a que América observa
realmente el principio de que hay que hacer frente a las invasiones de países extranjeros
o a las transgresiones de los derechos humanos por la vía militar, y que no vea, por el
contrario, qué pasaría si estos principios fueran también aplicables a la conducta
política de los Estados Unidos. Estamos antes un éxito espectacular de la propaganda. Tomemos otro caso. Si se analiza
detenidamente la cobertura periodística de la guerra desde el mes de agosto (1990), se
ve, sorprendentemente, que faltan algunas opiniones de cierta relevancia. Por ejemplo,
existe una oposición democrática iraquí de cierto prestigio, que, por supuesto,
permanece en el exilio dada la quimera de sobrevivir en Irak. En su mayor parte están en
Europa y son banqueros, ingenieros, arquitectos, gente así, es decir, con cierta
elocuencia, opiniones propias y capacidad y disposición para expresarlas. Pues bien,
cuando Saddam Hussein era todavía el amigo favorito de Bush y un socio comercial
privilegiado, aquellos miembros de la oposición acudieron a Washington, según las
fuentes iraquíes en el exilio, a solicitar algún tipo de apoyo a sus demandas de
constitución de un parlamento democrático en Irak. Y claro, se les rechazó de plano, ya
que los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en lo mismo. En los archivos no
consta que hubiera ninguna reacción ante aquello. A partir de agosto fue un poco
más difícil ignorar la existencia de dicha oposición, ya que cuando de repente se
inició el enfrentamiento con Saddam Hussein después de haber sido su más firme apoyo
durante años, se adquirió también conciencia de que existía un grupo de demócratas
iraquíes que seguramente tenían algo que decir sobre el asunto. Por lo pronto, los
opositores se sentirían muy felices si pudieran ver al dictador derrocado y encarcelado,
ya que había matado a sus hermanos, torturado a sus hermanas y les había mandado a ellos
mismos al exilio. Habían estado luchando contra aquella tiranía que Ronald Reagan y
George Bush habían estado protegiendo. ¿Por qué no se tenía en cuenta, pues, su
opinión? Echemos un vistazo a los medios de información de ámbito nacional y tratemos
de encontrar algo acerca de la oposición democrática iraquí desde agosto de 1990 hasta
marzo de 1991: ni una línea. Y no es a causa de que dichos resistentes en el exilio no
tengan facilidad de palabra, ya que hacen repetidamente declaraciones, propuestas,
llamamientos y solicitudes, y, si se les observa, se hace difícil distinguirles de los
componentes del movimiento pacifista americano. Están contra Saddam Hussein y contra la
intervención bélica en Irak. No quieren ver cómo su país acaba siendo destruido,
desean y son perfectamente conscientes de que es posible una solución pacífica del
conflicto. Pero parece que esto no es políticamente correcto, por lo que se les ignora
por completo. Así que no oímos ni una palabra acerca de la oposición democrática
iraquí, y si alguien está interesado en saber algo de ellos puede comprar la prensa
alemana o la británica. Tampoco es que allí se les haga mucho caso, pero los medios de
comunicación están menos controlados que los americanos, de modo que, cuando menos, no
se les silencia por completo. Lo descrito en los párrafos
anteriores ha constituido un logro espectacular de la propaganda. En primer lugar, se ha
conseguido excluir totalmente las voces de los demócratas iraquíes del escenario
político, y, segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es todavía más interesante. Hace
falta que la población esté profundamente adoctrinada para que no haya reparado en que
no se está dando cancha a las opiniones de la oposición iraquí, aunque, caso de haber
observado el hecho, si se hubiera formulado la pregunta ¿por qué?, la respuesta habría
sido evidente: porque los demócratas iraquíes piensan por sí mismos; están de acuerdo
con los presupuestos del movimiento pacifista internacional, y ello les coloca en fuera de
juego. Veamos ahora las razones que
justificaban la guerra. Los agresores no podían ser recompensados por su acción, sino
que había que detener la agresión mediante el recurso inmediato a la violencia: esto lo
explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro motivo. Pero, ¿es posible que sea
esta una explicación admisible? ¿Defienden en verdad los Estados Unidos estos
principios: que los agresores no pueden obtener ningún premio por su agresión y que esta
debe ser abortada mediante el uso de la violencia? No quiero poner a prueba la
inteligencia de quien me lea al repasar los hechos, pero el caso es que un adolescente que
simplemente supiera leer y escribir podría rebatir estos argumentos en dos minutos. Pero
nunca nadie lo hizo. Fijémonos en los medios de comunicación, en los comentaristas y
críticos liberales, en aquellos que declaraban ante el Congreso, y veamos si había
alguien que pusiera en entredicho la suposición de que los Estados Unidos era fiel de
verdad a esos principios. ¿Se han opuesto los Estados Unidos a su propia agresión a
Panamá, y se ha insistido, por ello, en bombardear Washington? Cuando se declaró ilegal
la invasión de Namibia por parte de Sudáfrica, ¿impusieron los Estados Unidos sanciones
y embargos de alimentos y medicinas? ¿Declararon la guerra? ¿Bombardearon Ciudad del
Cabo? No, transcurrió un período de veinte años de diplomacia discreta. Y la verdad es
que no fue muy divertido lo que ocurrió durante estos años, dominados por las
administraciones de Reagan y Bush, en los que aproximadamente un millón y medio de
personas fueron muertas a manos de Sudáfrica en los países limítrofes. Pero olvidemos
lo que ocurrió en Sudáfrica y Namibia: aquello fue algo que no lastimó nuestros
espíritus sensibles. Proseguimos con nuestra diplomacia discreta para acabar concediendo
una generosa recompensa a los agresores. Se les concedió el puerto más importante de
Namibia y numerosas ventajas que tenían que ver con su propia seguridad nacional.
¿Dónde está aquel famoso principio que defendemos? De nuevo, es un juego de niños el
demostrar que aquellas no podían ser de ningún modo las razones para ir a la guerra,
precisamente porque nosotros mismos no somos fieles a estos principios. Pero nadie lo hizo; esto es lo
importante. Del mismo modo que nadie se molestó en señalar la conclusión que se seguía
de todo ello: que no había razón alguna para la guerra. Ninguna, al menos, que un
adolescente no analfabeto no pudiera refutar en dos minutos. Y de nuevo estamos ante el
sello característico de una cultura totalitaria. Algo sobre lo que deberíamos
reflexionar ya que es alarmante que nuestro país sea tan dictatorial que nos pueda llevar
a una guerra sin dar ninguna razón de ello y sin que nadie se entere de los llamamientos
del Líbano. Es realmente chocante. Justo antes de que empezara el
bombardeo, a mediados de enero, un sondeo llevado a cabo por el Washington Post y la
cadena ABC revelaba un dato interesante. La pregunta formulada era: si Irak aceptara
retirarse de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad estudiara la resolución del
conflicto árabe-israelí, ¿estaría de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en una
proporción de dos a uno, la población estaba a favor. Lo mismo sucedía en el mundo
entero, incluyendo a la oposición iraquí, de forma que en el informe final se reflejaba
el dato de que dos tercios de los americanos daban un sí como respuesta a la pregunta
referida. Cabe presumir que cada uno de estos individuos pensaba que era el único en el
mundo en pensar así, ya que desde luego en la prensa nadie había dicho en ningún
momento que aquello pudiera ser una buena idea. Las órdenes de Washington habían sido
muy claras, es decir, hemos de estar en contra de cualquier conexión, es decir, de
cualquier relación diplomática, por lo que todo el mundo debía marcar el paso y
oponerse a las soluciones pacíficas que pudieran evitar la guerra. Si intentamos
encontrar en la prensa comentarios o reportajes al respecto, solo descubriremos una
columna de Alex Cockburn en Los Ángeles Times, en la que este se mostraba favorable a la
respuesta mayoritaria de la encuesta. Seguramente, los que contestaron
la pregunta pensaban estoy solo, pero esto es lo que pienso. De todos modos, supongamos
que hubieran sabido que no estaban solos, que había otros, como la oposición
democrática iraquí, que pensaban igual. Y supongamos también que sabían que la
pregunta no era una mera hipótesis, sino que, de hecho, Irak había hecho precisamente la
oferta señalada, y que esta había sido dada a conocer por el alto mando del ejército
americano justo ocho días antes: el día 2 de enero. Se había difundido la oferta
iraquí de retirada total de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad discutiera y
resolviera el conflicto árabe-israelí y el de las armas de destrucción masiva.
(Recordemos que los Estados Unidos habían estado rechazando esta negociación desde mucho
antes de la invasión de Kuwait) Supongamos, asimismo, que la gente sabía que la
propuesta estaba realmente encima de la mesa, que recibía un apoyo generalizado, y que,
de hecho, era algo que cualquier persona racional haría si quisiera la paz, al igual que
hacemos en otros casos, más esporádicos, en que precisamos de verdad repeler la
agresión. Si suponemos que se sabía todo esto, cada uno puede hacer sus propias
conjeturas. Personalmente doy por sentado que los dos tercios mencionados se habrían
convertido, casi con toda probabilidad, en el 98% de la población. Y aquí tenemos otro
éxito de la propaganda. Es casi seguro que no había ni una sola persona, de las que
contestaron la pregunta, que supiera algo de lo referido en este párrafo porque
seguramente pensaba que estaba sola. Por ello, fue posible seguir adelante con la
política belicista sin ninguna oposición. Hubo mucha discusión, protagonizada por el
director de Cuando los misiles Scud cayeron
sobre Israel no hubo ningún editorial de prensa que mostrara su satisfacción por ello. Y
otra vez estamos ante un hecho interesante que nos indica cómo funciona un buen sistema
de propaganda, ya que podríamos preguntar ¿y por qué no? Después de todo, los
argumentos de Saddam Hussein eran tan válidos como los de George Bush: ¿cuáles eran, al
fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del Líbano. Saddam Hussein dice que rechaza que Israel
se anexione el sur del país, de la misma forma que reprueba la ocupación israelí de los
Altos del Golán sirios y de Jerusalén Este, tal como ha declarado repetidamente por
unanimidad el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero para el dirigente iraquí
son inadmisibles la anexión y la agresión. Israel ha ocupado el sur del Líbano desde
1978 en clara violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad, que se niega a
aceptar, y desde entonces hasta el día de hoy ha invadido todo el país y todavía lo
bombardea a voluntad. Es inaceptable. Es posible que Saddam Hussein haya leído los
informes de Amnistía Internacional sobre las atrocidades cometidas por el ejército
israelí en Este argumento nos suena. La
única diferencia entre este y el que hemos oído en alguna otra ocasión está en que
Saddam Hussein podía decir, sin temor a equivocarse, que las sanciones y las
negociaciones no se pueden poner en práctica porque los Estados Unidos lo impiden. George
Bush no podía decir lo mismo, dado que, en su caso, las sanciones parece que sí
funcionaron, por lo que cabía pensar que las negociaciones también darían resultado: en
vez de ello, el presidente americano las rechazó de plano, diciendo de manera explícita
que en ningún momento iba a haber negociación alguna. ¿Alguien vio que en la prensa
hubiera comentarios que señalaran la importancia de todo esto? No, ¿por qué?, es una
trivialidad. Es algo que, de nuevo, un adolescente que sepa las cuatro reglas puede
resolver en un minuto. Pero nadie, ni comentaristas ni editorialistas, llamaron la
atención sobre ello. Nuevamente se pone de relieve, los signos de una cultura totalitaria
bien llevada, y demuestra que la fabricación del consenso sí funciona. Solo otro comentario sobre esto
último. Podríamos poner muchos ejemplos a medida que fuéramos hablando. Admitamos, de
momento, que efectivamente Saddam Hussein es un monstruo que quiere conquistar el mundo
-creencia ampliamente generalizada en los Estados Unidos-. No es de extrañar, ya que la
gente experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el cerebro con lo mismo: está a
punto de quedarse con todo; ahora es el momento de pararle los pies. Pero, ¿cómo pudo
Saddam Hussein llegar a ser tan poderoso? Irak es un país del Tercer Mundo, pequeño, sin
infraestructura industrial. Libró durante ocho años una guerra terrible contra Irán,
país que en la fase posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de oficiales y la
mayor parte de su fuerza militar. Irak, por su lado, había recibido una pequeña ayuda en
esa guerra, al ser apoyado por Fíjense que todo ocurrió
exactamente un año después de que se hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si vamos
a eso, era un gángster de tres al cuarto, comparado con los amigos de Bush, sean Saddam
Hussein o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un desalmado de baja estofa que no
alcanzaba los estándares internacionales que a otros colegas les daban una aureola de
atracción. Aun así, se le convirtió en una bestia de exageradas proporciones que en su
calidad de líder de los narcotraficantes nos iba a destruir a todos. Había que actuar
con rapidez y aplastarle, matando a un par de cientos, quizás a un par de miles, de
personas. Devolver el poder a la minúscula oligarquía blanca -en torno al 8% de la
población- y hacer que el ejército estadounidense controlara todos los niveles del
sistema político. Y había que hacer todo esto porque, después de todo, o nos
protegíamos a nosotros mismos, o el monstruo nos iba a devorar. Pues bien, un año
después se hizo lo mismo con Saddam Hussein. ¿Alguien dijo algo? ¿Alguien escribió
algo respecto a lo que pasaba y por qué? Habrá que buscar y mirar con mucha atención
para encontrar alguna palabra al respecto. Démonos cuenta de que todo esto
no es tan distinto de lo que hacía Creo que la cuestión central,
volviendo a mi comentario original, no es simplemente la manipulación informativa, sino
algo de dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o
bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo auto impuesto, en el que el rebaño
desconcertado se encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la
repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial
hacia el líder que le salva de la destrucción, mientras que las masas que han alcanzado
un nivel cultural superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos
eslóganes que, dentro del propio país, acaban degradados. Parece que la única
alternativa esté en servir a un estado mercenario ejecutor, con la esperanza añadida que
otros vayan a pagarnos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las
opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas cuestiones está en gran
medida en manos de gente como ustedes y yo.
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