A propósito de la ingeniería del consenso:
Los megaultras del poder
y la reconquista de la UNAM*
CARLOS FAZIO**
En todas las épocas y latitudes, la reacción ha
apostado siempre al analfabetismo, a la ignorancia, a las tinieblas. Los que mandan en
México no son una excepción. Están convencidos de que cuanto menor sea el nivel
cultural de las clases populares, menos incentivos hallarán éstas para las luchas
reivindicativas, para la rebeldía.
El caso de la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM) es elocuente. Los amos del poder banqueros, empresarios y los poderes
fácticos quieren privatizar la educación superior para que los excluidos de los
beneficios económicos tampoco tengan acceso a la enseñanza. Ese es el quid del asunto. Y
para encubrir tal propósito, el gobierno de Ernesto Zedillo ha mentido, mentido y mentido
durante más de nueve meses.
Se trata de un Estado que engaña al pueblo, ya
que su preocupación cardinal no es servirlo, sino servir a los intereses colonizadores y
subdesarrollantes que estrangulan nuestra economía e imposibilitan una justa
distribución de la riqueza nacional. De un país gobernado por charlatanes,
enseña Sartori, que para imponer su proyecto privatizador de cuño neoliberal ha
decretado que ciertos hechos no existen. Para ello, y echando mano de la
prensa escrita, la radio y la televisión, el país fue bombardeado por una propaganda
masiva y apabullante cuyo eje ha sido mentir sin el menor pudor e influir
desvergonzadamente en la opinión pública, con un desprecio olímpico por la verdad.
Así, durante meses, a través de los medios
masivos de manipulación, como repetidores de la verdad oficial,
se ha vulgarizado la idea de que el conflicto de la UNAM se empantanó debido a la
intolerancia de una minoría radical del Consejo General de Huelga
(CGH), que no quería dialogar y mantenía secuestrada a la Universidad. En
México estamos todavía en la etapa en que la calumnia pesa más que la verdad. Por eso,
la repetición ad nauseam (diría Monsiváis) de imágenes verbalizadas y editorializadas,
contrarias a los estudiantes que luchaban por la gratuidad de la enseñanza y la
democratización del conocimiento, fue generando un clima de asfixia progresiva que
terminó creando un acostumbramiento en un auditorio genéricamente pasivo.
Muy atrás quedaron el origen de la huelga, la
justeza de las demandas estudiantiles y las turbias razones del poder. El martilleo fue
constante y unilateral. Maniqueo del discurso. El mensaje final que se metió en la cabeza
de la gente fue que los huelguistas eran unos jóvenes mariguanos, sucios y terroristas
violentos y subversivos a los cuales había que aplicarles toda la fuerza del
Estado en un país donde la Ley se viola, se violenta, se tuerce cotidianamente o se usa
de manera discrecional. Y así fue: la violación de la autonomía universitaria por la
policía militar, el 6 de febrero, se hizo en nombre del famoso Estado de Derecho (Jorge
Madrazo, dixit) y mediante trámites legales impecables, según la
apreciación del líder del ultraliberalismo dependiente, el Presidente de México.
No importa que hasta el día antes de la
intervención de los federales en la Universidad, los criminales de hoy eran
los interlocutores del Rector y su titiritero, según apuntó Carlos Fuentes.1
Los dueños del balón
El mensaje esquizoide del gobierno fue propalado, de
manera principal, por una televisión que idiotiza a la gente mediante la manipulación y
la simulación para utilizar los conceptos del crítico alemán Hans Magnus
Enzensberger difundiendo la falta de lógica, entorpeciendo el pensamiento
abstracto, invitando a perder la memoria y la imaginación.
El juego sucio lo hicieron los profesionales de
la lágrima. Los cultores del ditirambo del poder. Los campeones de la trivialidad,
histéricos del rating. Escandalosos conductores histriónicos que a diario nos presentan
una caricatura de la realidad. Los nuevos policías del pensamiento que nos adelantaran
George Orwell y Aldus Huxley. Los obsequiosos vengadores públicos de la pantalla chica,
nuevos apóstoles del linchamiento colectivo.
Desde que la televisión tomó el poder, la
imagen determina la realidad. En nuestro mundo de hoy si no hay imagen no hay realidad.
Sólo lo visible merece información. Lo que no se ve, no aparece en la televisión. Por
lo tanto, no existe. En los dos últimos decenios, la televisión pasó de ser un
instrumento del poder para manipular los espíritus en beneficio de la
clase dominante, a ser el medio que determina la información, la norma, impone su orden
jerárquico y sus tiempos.
Históricamente, la prensa se construyó
contra el poder político. Fue una comunicación liberadora. Hasta hace poco
informar era proporcionar la descripción precisa y verificada de un hecho, y aportar un
conjunto de elementos de contexto que permitieran al lector comprender su significado
profundo. Hoy, bajo la dictadura de la televisión, informar es enseñar la historia
sobre la marcha, nos dice Ignacio Ramonet.2 O sea, hacer asistir al teleespectador,
al ciudadano si es posible en directo al acontecimiento.
El acto de telever, señala
Sartori,3 ha provocado un cambio en la naturaleza del hombre: sometida a la primacía de
la imagen, la sociedad está condenada a ver sin entender. La televisión
produce imágenes y anula conceptos y contextos, y de ese modo atrofia nuestra capacidad
de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender. La imagen no se ve en
chino, árabe o inglés; se ve y es suficiente. Así, la ignorancia casi se ha
convertido en virtud. La imaginación se ha cosificado.
En México, por ejemplo, para
explicarnos la realidad están los conductores estrellas de los noticieros de
Televisa y TV Azteca y los cuatro hombres de negro de Canal Once. Se trata de
un videopoder fantasma que vive en amasiato con el poder político, en una
relación de mutuo beneficio. Una televisión manejada por individuos con bajo nivel
intelectual y profesional, lo que para Sartori equivale a otorgar mucho poder a un
chimpancé. Esa televisión construye la actualidad y condena prácticamente al
silencio y a la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes. Pero, además, un
hecho es verdadero no porque corresponda a criterios objetivos, rigurosos y verificados en
las fuentes, sino por la mera repetición de una noticia, aunque ella haya sido construida
sobre mentiras. El ejemplo clásico es el de la Guerra del Golfo, que hoy sabemos
constituyó una gran manipulación, una fantástica operación de mistificaciones y
censura, montada sobre un discurso propagandista.4 Lo mismo ocurrió después con la
saturación de noticias sobre los bombardeos humanitarios y los misiles
estúpidos5 del Pentágono y la socialdemócrata Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN) contra la ex Yugoslavia, para acabar con el nuevo
monstruo: Slobodan Milosevic.
La ideología de la comunicación total
esa especie de imperialismo comunicacional, le llama Ramonet tiene
como eje el periodismo televisivo y está estructurada como una ficción. Se rige por las
leyes del espectáculo estilo Hollywood; no está hecha para informar sino para distraer
(infotainment). Es la industria del entretenimiento metida a hacer política para
reproducir sus intereses corporativos. Así, los noticieros no informan, subinforman. Con
lo cual los ciudadanos no pueden formarse una opinión sólida acerca de la vida pública.
En este sentido, la televisión cumple una función despolitizadora.
Muchas noticias no se ofrecen, porque para los
nuevos amos de la realidad virtual no son video-dignas. A su vez, los
informativos de TV presentan una rápida sucesión de acontecimientos breves y
fragmentados, lo que produce un doble efecto negativo de sobreinformación y
desinformación. Hoy la información es superabundante y nadie la controla. Pero esa
pseudoinformación diluvial, confusa y descontextualizada cierra el acceso a
la realidad, sostiene Horst Kurnitzky.6
A esto se suma la excesiva personalización de
los periodistas el conductor estrella; la prioridad otorgada al
sensacionalismo, al amarillismo y a la nota roja, y la práctica sistemática
del olvido o la amnesia. Porque los media le declararon la guerra a la memoria y,
seductores, distraen a los ciudadanos en nombre del mejor de los mundos posibles de
toda la historia, apartándolos de la acción cívica y reivindicativa.
En los tiempos del neoliberalismo triunfante,
con su nuevo sistema mediático, la información está considerada como una simple
mercancía, sometida a las leyes del mercado, y cuyo valor oscila en función de la oferta
y la demanda. Todo se negocia y todo tiene un precio. Los media, sujetos a un proceso de
reconcentración monopólica, son parte de los principales vehículos para imponer la
nueva religión del pensamiento único; los ejecutores de una empresa de masificación y
uniformización de las conciencias.
La ideología de los fundamentalistas del
mercado como les llama Aldo Ferrer, penetra cada día en las casas de
los ciudadanos de a pie a través de los telediarios. Cual nuevos ayatolas, los
informadores de los noticieros de televisión adquirieron una influencia desmesurada y sus
comentarios totalizantes, dirigidos a crear una realidad virtual, ahistórica, sin
memoria, condicionan y modelan a una masa de televidentes cautivos. Montada como
espectáculo, la noticia se dramatiza y el presentador único (el hombre-ancla) es la
vedette: nos revela la noticia y, al mismo tiempo, nos dice qué hay que pensar de esa
noticia.
A la manera orweliana, el rostro
amigo convertido en star se transformó en una suerte de policía del
pensamiento, y con sus juicios sumarísimos y al rojo vivo como en los casos
de Chiapas y la UNAM condenan a priori y sin derecho a la defensa, a indios y
estudiantes insumisos: los jodidos de México, diría Elena Poniatowska.7 Se
trata de un linchamiento mediático y un cacerolismo desinformativo, donde está de por
medio la disputa por el mayor rating y donde nada importan la veracidad y el auditorio. No
obstante, una amplia porción del público confía en este tipo de locutor mercenario o
comentarista amoral como antes confió en Paco Stanley y su comparsa y piensa
que lo que dice es la verdad, sin darse cuenta que las leyes del espectáculo
mandan sobre las exigencias y el rigor de la información.
Una Gestapo mexicana
En ese contexto, la información es, antes que nada, una
mercancía sometida a las leyes del mercado total, y no a otras reglas como
podrían ser las derivadas de criterios cívicos o éticos. El que paga manda y no importa
que el mensaje esté construido sobre la mentira y los falsos testimonios. O sobre la
teoría de la conspiración, como ocurrió en el caso de la UNAM.
Si todos los media dicen que algo es verdad, es
verdad, incluso si es falso: los chavos de la UNAM son terroristas y
motineros, afirma el gobierno. Son terroristas y motineros repite la
jauría de comunicadores de Estado. Punto. Los media santifican.
Justicia instantánea; expedita y vengativa.
Ejemplar y paralizante. Para meter miedo. Igual que en Chiapas: los indios culpables. Y
sobre estos ingredientes se fabrica el discurso inquisidor del poder: estudiantes e indios
atentan contra la seguridad pública. Son un peligro para la
seguridad nacional. El coro clama por el Estado de Derecho. Pide a gritos la intervención
de la fuerza pública. ¡Orden! Entonces se lanza contra ellos a militares y policías.
Después, la razón de Estado y su remedio clásico: una justicia clasista,
feudal. A modo para los enemigos del régimen.
Así, el monólogo del poder es repetido hasta
el cansancio en vivo y en directo con pretensiones de convertirlo en la
verdad. Una verdad fabricada en las usinas del Estado.
Se trata de la repetición de una falsedad que
nos hace caer en una trampa y nos engaña al mismo tiempo. El receptor: el ciudadano, no
tiene criterios de apreciación, ya que no puede orientarse más que confrontando unos
media con otros. Y si todos dicen lo mismo está obligado a admitir que ésa es la
verdad. Ya no importan la credibilidad y la fiabilidad. La carrera hacia el
sensacionalismo condujo hasta la mentira y la impostura. La información dejó de tener
una función pública liberadora; las políticas neoliberales también despojaron a la
comunicación de lo social, y le dieron un nuevo papel alienante.
Lo importante, lo esencial, es que el
sistema funcione; que la máquina comunique. Y no que informe, señala
Ignacio Ramonet. Esa idea nos remite a la Gleichschaltung, la técnica de
homo-sintonización del mensaje, que fue el elemento clave utilizado por el ministro de
propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, para imponer el proyecto totalitario en la cabeza
de la gente durante el Tercer Reich.
En la era de la cultura global y de la tiranía
de la comunicación, la estandarización y la repetición de la mentira que se hace verdad
fórmula consustancial a todo Estado autoritario, busca que el receptor
interiorice de manera subconsciente el glosario del poder. El teleespectador no se da
cuenta y acepta de manera pasiva las categorías del régimen. Como dice Noam Chomsky, la
propaganda, a través de la manipulación del lenguaje, desarma a la gente y la inhibe en
su capacidad de ejercer la crítica. Así, nada parece importante, y eso desarrolla el
conformismo y la indiferencia y estimula el escepticismo.
La dictadura de la televisión no deja que nadie
se forme una opinión propia; para que todos asuman como opinión propia y reproduzcan con
convicción el producto doctrinario de los media, que se convierte así en la opinión
pública homosintonizada, única y omniexcluyente. Se trata de evitar que se reflexione
sobre lo esencial a partir de la información. Por eso, los comunicadores
abundan en estereotipos y esgrimen un simplismo supino pero demoledor.
La tiranía de la comunicación va de la mano
con el pensamiento único, y éste es la expresión de la homosintonización, idea que
Goebbels tomó de la escuela de propaganda más avanzada de su época, la estadounidense,
uno de cuyos fundadores fue Eduard L. Bernays, sobrino político de Freud y catedrático
de la Universidad de Nueva York. Bernays, llamado el padre de la ingeniería del consenso,
concebía la fabricación de noticias como una acción de manipulación de la opinión
pública. Su primer gran logro fue convencer a la opinión pública norteamericana para
que este país interviniera en la I Guerra Mundial, poco más de un año antes de que
finalizara.
Los buenos, los malos y los feos
Un ejemplo nítido de lo anterior, fue el intento
oficial por convertir en pensamiento único la posición de Zedillo y Rectoría
(Barnés/De la Fuente) en el conflicto de la UNAM, a raíz de la imposición de un nuevo
reglamento de pagos que aumentó las cuotas de los alumnos y desembocó en la huelga
estudiantil.
El que pueda que pague; el que no pueda,
no, fue el estribillo utilizado por el ex Rector Francisco Barnés, el que tiraron
los estudiantes huelguistas. Pero lo más trágico fue que ese lema mediático, que
esgrimió un seudodiscurso de corte socialista y justiciero grotesco en un país con
60 millones de excluidos en situación de pobreza extrema, producto de tres sexenios de
políticas neoliberales respondió a una verdad oculta: una recomendación del Banco
Mundial cuyo objetivo final es la privatización de la enseñanza. Es decir, la
eliminación escalonada de la enseñanza pública gratuita; lo que en los hechos encierra
otra trampa: la educación gratuita es pagada por la población, en forma vitalicia, a
través de la política fiscal elaborada por el gabinete económico y aprobada por el
Parlamento. Con lo que, en realidad, la nueva cuota sería un doble pago.
El estribillo del Rector fue seguido por una
homosintonización del mensaje en los media y comentado profusamente en horarios triple A
por conductores estrellas de la radio y la televisión y por los intelectuales
orgánicos de la prensa escrita. Con una constante: el linchamiento de los huelguistas,
que en boca de los hacedores de la verdad, se convirtieron en delincuentes y
subversivos. Así, la noticia fue que la UNAM quedó inmovilizada
por un grupúsculo de vándalos, una minoría de seudoestudiantes
que secuestraron y tomaron de rehén a la institución y a los
verdaderos estudiantes. Se machacó que esos holgazanes fueron
manipulados por agitadores y agentes externos, entre quienes los
servicios de inteligencia de la Secretaría de Gobernación identificaron a colaboradores
cercanos de Cuauhtémoc Cárdenas y a funcionarios del Partido de la Revolución
Democrática y, después, a supuestos guerrilleros clandestinos y armados del EZLN, del
EPR y hasta de
Sendero Luminoso.
A la manera del rey Sol y a un costo
millonario, el ex Rector Barnés (como luego Juan Ramón de la Fuente con su
multipublicitado plebiscito de Estado) monopolizó en los media el verdadero espíritu
universitario: La UNAM soy yo. Por su parte, y con base en la teoría de la
conspiración, el entonces encargado de la seguridad interior y actual candidato del PRI a
la Presidencia de la República Francisco Labastida auspició, mediante filtraciones de
prensa, un clima de intimidación y linchamiento de los huelguistas. Los media hicieron el
resto: conductores star, comentaristas todólogos y sus invitados (por lo general del
mismo pelo), expertos académicos e intelectuales áulicos hostiles
todos al pensamiento rebelde, rupturista e incontrolable de los estudiantes
huelguistas multiplicaron la versión oficial y desplegaron una campaña de
intoxicación a partir de las mentiras y medio- verdades elaboradas en los sótanos de
Gobernación y del CISEN. La verdad construida sobre la difamación y la repetición de
noticias falsas. El comentario sin contexto. Como dice Ramonet, la máquina que comunica
pero no informa, desinforma. Invita a no pensar y a aceptar la verdad de los
media, aunque esa verdad fuera producto de la manipulación y la calumnia.
El investigador Sergio Zermeño demostró que en
los primeros nueve días de huelga, para manipular la verdad, la UNAM había gastado en
desplegados en los periódicos la mitad de las cuotas estudiantiles que Rectoría se
proponía recabar en 1999, sin contar la publicidad (propaganda) en la radio y la
televisión, siempre más cara.8 Multipliquémoslo por nueve meses y la organización de
un plebiscito de Estado, y la cifra es astronómica.
Satanizado por los noticieros de televisión y
los comentaristas radiales de mayor rating, el movimiento huelguista se transformó en un
grupo de delincuentes, amantes de la violencia, integrado por
jóvenes irracionales e irresponsables. Y en el colmo del cinismo, los media convirtieron
a los que defienden la enseñanza pública gratuita en defensores de los
ricos. Con la consiguiente acepción zedillista a la hora del golpe contra la
autonomía: Los paristas privatizaron temporalmente nuestra mayor universidad
pública en función de sus particulares intereses. Por la fuerza convirtieron en su
propiedad privada un bien público (sic magnánimo).
De nuevo, como en los tiempos de Díaz Ordaz,
apareció el fantasma de la conjura y la subversión externa. Por extensión,
los agitadores externos (Cárdenas, el PRD, ex alumnos y académicos
disidentes, presuntos guerrilleros) fueron identificados como violentos y
desestabilizadores. La más pura lógica del salinismo: el PRD siempre ha
tenido fines inconfesables y es culpable de todo lo que sucede en México; la guerrilla,
ya se sabe, es subversiva. La coartada ideal para que el partido de Estado, el PRI, que
lleva 70 años monopolizando el poder de modo autoritario y antidemocrático, pueda
reeditar de cara a los comicios del 2000, el voto del miedo que llevó a
Ernesto Zedillo a Los Pinos hace seis años.
La misma técnica de intoxicación y
desinformación desplegada por el ex Secretario de Gobernación para el conflicto de
Chiapas. La misma lógica contrainsurgente aplicada sobre los indígenas rebeldes. La
misma estrategia de dejar pudrir los conflictos. La idéntica perversión de enfrentar a
estudiantes contra estudiantes, que reprodujo la táctica chiapaneca de oponer a
indígenas contra indígenas, reservándose las fuerzas represivas del régimen el papel
de salvadoras. El mismo cacerolismo mediático convocando a la reconquista
violenta de la UNAM, que volvió a exhibir la vocación autista de una derecha con larga
tradición represiva.
Al igual que en la cruzada antizapatista de
Labastida, en la campaña de saturación desarrollada en los media contra el movimiento
estudiantil apareció otra forma de criminalización de la pobreza, con eje en las
fuerzas externas (equiparables a los extranjeros en Chiapas). En las
categorías del poder, las fuerzas externas y los extranjeros son los que no están de
acuerdo con el proyecto hegemónico; los que se ubican allende las fronteras del
pensamiento único. En tanto que las fuerzas nacionales, que constituyen nuestro
México, reúne a todos los que apoyan y forman parte de las políticas
gubernamentales. Ellos son los megaultras que auspiciaron una salida represiva en la UNAM,
empezando por los ministros con pensión, claro, los dueños de los grandes medios de
comunicación, empresarios y banqueros amafiados y defraudadores, la oligarquía
burocrática de la UNAM con Sarukhán, Carpizo y Barnés a la cabeza, señores obispos,
gobernadores impolutos tipo Albores y Carrillo Olea, intelectuales serviciales y matones a
sueldo como Brígido Navarrete y sus golpeadores profesionales. Incluyendo a sus socios
foráneos del Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y hasta el
Presidente William Clinton, el disidente de Davos, Suiza.
Los otros, los extranjeros, los que
no comparten el totalitarismo del pensamiento único (indígenas, la iglesia de San
Cristóbal de las Casas, los nacionales solidarios y los observadores humanitarios
extranjeros, Cárdenas y el PRD, los estudiantes huelguistas y sus padres, académicos,
investigadores y ex alumnos que los apoyan, los miles de personas que marcharon los días
6 y 9 de febrero por Reforma) se hacen acreedores de ser perseguidos por los federales
la nueva policía política del régimen y juzgados al vapor por leyes de
excepción.
Contra ellos, reclaman antes, todo el tiempo,
penalistas de clara vocación autoritaria y las llamadas mujeres de blanco
(¿el fascismo vernáculo en potencia?), se debe aplicar todo el peso de la
ley. Campaña difundida en los media con la pretensión de convertir un problema
social en un asunto penal. El derecho de huelga asimilado al delito. Finalmente, la salida
a fuerza del 6 de febrero. De nuevo los camiones y helicópteros militares en la
Universidad. El gol de portería a portería, pulcro y aséptico ¡ni un solo
muerto!, cuantificaron los filatélicos del sufrimiento del almirante Wilfrido
Robledo, para deleite de la fanaticada civilizada. La simple aplicación de la
justicia, explicó después Jorge Madrazo. Fue disuasión, no represión,
puntualizó Diódoro Carrasco.
La UNAM recuperada para la democracia.
¡Viva! Es un hecho histórico para todos los mexicanos, clamaron entonces los
propagandistas de los media. Pero nada dijeron sobre la verdad de los huelguistas:
Después del plebiscito de Estado de Juan Ramón de la Fuente vendrá la
represión. Nada sobre la autonomía universitaria pisoteada por las botas
castrenses. Siguió la petulancia del poder. La soberbia. El autohalago fanfarrón del
almirante Robledo: Fue un operativo sencillo. La humillación de los vencidos.
La tortura. La parodia jurídica. La náusea.
Hacia un shopping center de la enseñanza
En todo ese montaje lo de menos fue el hecho que motivó
la huelga estudiantil y su contexto: los afanes privatizadores y electoreros que se
escondían detrás de las intenciones reformadoras, autoritarias e ilegítimas del Rector
y sus titiriteros, Zedillo y Labastida. Las necesidades financieras del escandaloso
rescate bancario y del FOBAPROA (después vendría su nuevo engendro: el IPAB) se comieron
el gasto social del presupuesto federal, y el gobierno zedillista decidió el recorte de
subsidios a los centros de educación superior, básicamente a la UNAM y al Instituto
Politécnico Nacional, además del alza de cuotas.
Nada dijeron los coristas del poder sobre la
privatización embozada de la Universidad y la eliminación paulatina y programada de la
educación pública y gratuita por encomienda del Banco Mundial, que pretende transformar
a los derechos en servicios pagados. El proyecto de una Universidad-empresa al servicio
del gran capital. Una UNAM despojada de su función social y transformada en shopping
center. Un supermercado del siglo XXI; una trasnacional del saber cuya formación esté
orientada por la mano invisible del mercado.
Como señaló Adolfo Gilly, los tecnócratas de
Rectoría quieren subordinar los derechos al mercado: quienes pueden pagar tienen
servicios asegurados, no derechos; quienes no pueden, tienen en ciertos casos
asistencialismo para pobres, y en otros, nada.9 Porque si hubiera sido verdad el
seudodiscurso socialista del ex Rector Humberto Musacchio lo llamó
una especie de Chucho el Roto10, no se entiende el cerrado apoyo oficial
a Barnés: su lógica argumental llevaría a que sólo los que puedan paguen la luz, el
agua, la gasolina, el Ejército, la Policía
El que pueda que pague mientras pueda
(dado que la política de exclusión neoliberal genera cada vez más desempleo), y el que
no pueda, que no pague.
México necesita iniciar, de una vez por todas,
su transición a la democracia. Pero esa democratización necesaria requiere de una mayor
redistribución de la economía y un control político del producto de la nación, y de
gente ilustrada e informada. Pero, cómo, se pregunta Horst Kurnitzky, si la familia, las
cofradías, las hermandades que no tienen la menor noción ni una cultura de lo
público y para quienes no existe el ciudadano, sólo el feudo, la educación y la
economía política han formado la cultura autoritaria, sumisa y servil de la gente.
Ellos le han hecho creer que el autoritarismo y la corrupción son los únicos
caminos para sobrevivir en este mundo.11
Cómo puede ilustrarse e informarse el ciudadano
si la información está monopolizada por los medios masivos que dominan el mercado y
analfabetizan al receptor. Una respuesta puede ser limitar los monopolios, poner los
medios de comunicación masiva a la disposición del público y dar espacios a una abierta
comunicación democrática sobre los problemas de la gente. Otra forma, complementaria de
la anterior, es organizarse y protestar para defender los derechos públicos, como
hicieron los jóvenes estudiantes de la UNAM, reivindicando su papel de ciudadanos
responsables.
* Ponencia presentada en el I Foro sobre Teoría
Política: El Nuevo Orden Mundial celebrado los días 15 y 16 de febrero, en la
Universidad Veracruzana.
** Corresponsal del diario Clarín, de Buenos Aires, y del semanario Brecha, de
Montevideo. Co-editor de la revista Diálogo, de la Unesco. Consultor de la UNESCO y de la
UNICEF.
1 Carlos Fuentes, UNAM: ¿qué sigue?,
Reforma, 8 de febrero del 2000.
2 Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación, Debate, S.A., Madrid, 1998.
3 Giovanni Sartori, Homo videns. La sociedad teledirigida, Taurus, México, 1998.
4 Ramonet, ob. cit.
5 Los llamados misiles inteligentes lanzados por Estados Unidos sobre
posiciones serbias habían cometido, desde el inicio de la ofensiva aliada y
hasta el 4 de mayo de 1999, siete errores con un saldo de 247 civiles muertos.
6 Horst Kurnitzky, Vertiginosa inmovilidad. Los cambios globales de la vida social, Blanco
y Negro Editores, México, 1998.
7 Elena Poniatowska pidió perdón en público a los presos políticos de la UNAM, por
haber firmado un desplegado suscrito por un nutrido grupo de intelectuales, el 3 de
febrero, que dio el aval de la intelligentsia mexicana para una intervención
policíaco-militar en el campus universitario. Programa Séptimo Día, Canal
40, 6 de febrero del 2000.
8 En su artículo, Por un puñado de cuotas, publicado en La Jornada el 30 de
abril de 1999, Zermeño incluyó 11 planas pagadas por Rectoría en Reforma; 22 en La
Jornada; 17 en Excélsior; 17 en El Financiero; 12 en Unomásuno, y, por deducción, 20
planas en la prensa escrita.
9 Adolfo Gilly, UNAM: razón y libertad, La Jornada, 29 de abril de 1999.
10 Humberto Musacchio, La UNAM de Chucho el Roto, Reforma, 27 de abril de
1999.
11 Kurnitzky, ob. cit.