Aquí os pongo los dos relatos, para que comparéis. Como podéis ver, lo he partido en fragmentos en bloques más o menos homogéneos para que podáis comparar más fácilmente unas partes con otras. El criterio de partición esta hecho para ahorraros trabajo y es exclusivamente mío, por lo que puede contener errores. El parecido entre ambos relatos es más que sospechoso, ¿no?

Al final de esta comparación os ofrezco mis propios comentarios sobre lo que pienso de esto. Que los disfrutéis.



 
ODIO
Arthur C. Clarke
 
La marca de Caín
Jose Mº Aroca
     
Tibor no lo vio. Estaba durmiendo e inmerso en su inevitable y doloroso sueño.   Pedro no vio nada. Estaba durmiendo, entregado, como siempre, a sus dolorosos sueños.
     
Sólo Joey se encontraba despierto sobre cubierta, en la fresca quietud que precede a la aurora, cuando apareció el llameante meteoro encima de Nueva Guinea. Observó cómo ascendía el cielo hasta pasar directamente por encima de su cabeza, apagando las estrellas y proyectando sombras que se movían rápidamente sobre la atestada cubierta. La fuerte luz perfiló el aparejo desnudo, las cuerdas enrolladas y los tubos de aire, las escafandras hábilmente colocadas para la noche, incluso la isla baja y cubierta de palmeras a media milla de distancia. Al pasar hacia el sudoeste, sobre el vacío del Pacifico, empezó a desintegrarse.   Únicamente John estaba despierto, en la fría calma que precede al amanecer, cuando el meteoro cruzó llameante el cielo de Nueva Guinea. El rastro luminoso empezó a desintegrarse camino del Sudoeste. Al cabo de unos instantes, John oyó un repentino chasquido, como si algo acabara de caer al mar, muy cerca del barco. John se sobresaltó, e inmediatamente se dijo a sí mismo que era un estúpido al permitir que una manta le asustara. A pesar de que la manta, a juzgar por el ruido que había hecho al saltar, tenía que ser muy grande.
     
Desprendió glóbulos incandescentes, dejando una estela de fuego a lo largo de un cuarto de su trayectoria en el cielo. Empezaba ya a extinguirse cuando Joey lo perdió de vista. Todavía resplandeciendo, se hundió en el horizonte, como si tratase de arrojarse contra la cara del sol oculto. 

Si la vista era espectacular, el silencio absoluto resultaba enervante. Joey se quedó esperando, pero ningún sonido llegaba del cielo hendido. Cuando unos minutos más tarde se oyó un súbito chasquido en el mar, a poca distancia, la sorpresa le produjo un involuntario sobresalto; después se maldijo por haberse dejado asustar por una manta, aunque tenía que ser muy grande para haber hecho aquel ruido al saltar. No oyó nada más, y entonces volvió a dormirse.

  Después, todo volvió a quedar en silencio y John no tardó en olvidar el incidente.
     
En su estrecha litera, a popa del compresor de aire, Tibor no oyó nada. Dormía tan profundamente después del trabajo del día que le quedaba poca energía, incluso para los sueños. Y cuando los tenía, no eran los que hubiese querido. En las horas de oscuridad, cuando su mente rondaba por el pasado, nunca se detenía, en recuerdos de deseo. Había tenido mujeres en Sydney, en Brisbane, en Darwin y en Thursday Island, pero ninguna en sus sueños. Lo único que siempre recordaba al despertar, en la fétida quietud del camarote, era el polvo, el fuego y la sangre cuando los tanques rusos entraron en Budapest. Sus sueños no eran de amor sino sólo de odio. 

Cuando Nick lo sacudió para despertarlo, estaba esquivando a los guardias en la frontera austríaca. Tardó unos segundos en hacer el viaje de quince mil kilómetros hasta el Great Barrier Reef. Entonces bostezó, echó a patadas a las cucarachas que le hacían cosquillas en los dedos de los pies, y bajó de la litera.

  En su estrecho camastro, Pedro no oyó nada. Dormía tan profundamente después de su trabajo cotidiano, que apenas le quedaban energías para soñar. Y los sueños, cuando llegaban, no eran los que él hubiera deseado. Eran pesadillas, impregnadas del odio que alimentaba su corazón. Cuando Nicos le despertó, Pedro abrió los ojos, sacudió los pies para librarlos de las cucarachas que se paseaban por sus calcetines y se levantó.
     
El desayuno era el mismo de siempre, desde luego: arroz, huevos de tortuga y carne en conserva, regado todo ello con té fuerte y dulce. Lo mejor de la comida de Joey era la abundancia. Tibor estaba acostumbrado a la monótona dieta. Lo compensaba, al igual que de otras privaciones, cuando volvía al continente.   El desayuno era el mismo de siempre: arroz y huevos de tortuga. Pedro estaba acostumbrado a la monótona dieta. Aquí, por lo menos, la comida era abundante, en tanto que en los suburbios de Nueva York, Pedro había pasado mucha hambre...
     
El sol apenas había asomado en el horizonte cuando amontonaron los platos en la pequeña cocina y el lugre emprendió su ruta. Nick parecía animado al ponerse al timón y apartarse de la isla. El viejo pescador de perlas tenía motivos para estarlo, ya que el banco de conchas en el que trabajaban era el más rico que Tibor había visto jamás. Con un poco de suerte llenarían la bodega en un día o dos y volverían a Thursday Island con media tonelada de conchas a bordo. Y entonces, con un poco más de suerte, podría dejar este peligroso trabajo y volver a la civilización.   El sol surgía por el horizonte cuando el pequeño barco se puso en marcha, alejándose de la isla. Nicos, al timón, parecía estar muy alegre. El viejo pescador tenía motivos para estarlo, ya que la carga de nácar que llevaban a bordo era la más importante que Pedro había visto nunca. Con un poco de suerte, dentro de un par de días completarían la media tonelada. Y luego, con un poco más de suerte, Pedro podría renunciar a aquel peligroso trabajo y regresar a la civilización.
     
Y no es que lamentase nada. El griego lo había tratado bien, y él había encontrado algunas perlas muy buenas al abrir las conchas. Pero ahora, después de nueve meses en el Reef, comprendía por qué el número de submarinistas blancos podía contarse con los dedos de una mano. Los japoneses, los canacas y los isleños podían soportarlo; pero muy pocos europeos.   Y no es que lamentara haberse dedicado a él. El griego Nicos le había tratado bien, y al abrir las ostras había encontrado algunas perlas buenas. Pero ahora, después de nueve meses de buceo, comprendía por qué era tan escaso el número de buceadores de raza blanca. La mayoría eran japoneses o canacas. Y Pedro era de raza blanca... a pesar de lo que opinasen los norteamericanos.
     
El diesel enmudeció y el Arafura se detuvo. 

Estaban a unos tres kilómetros de la isla, baja y verde sobre el agua, pero separada de ésta por una estrecha franja de playa deslumbrante. No era más que un banco de arena sin nombre, del que había logrado apoderarse un pequeño bosque. Sus únicos moradores eran las innumerables y estúpidas pardelas que anidaban en el blando suelo y hacían la noche odiosa con sus gritos agoreros.

  Cuando el Pericles aminoró la marcha se encontraban a unas dos millas de la isla, si es que podía darse el nombre de isla a la estrecha franja de arena cubierta de vegetación. Sus únicos habitantes eran las miríadas de aves marinas que anidaban en ella.
     
Los tres buceadores apenas hablaron mientras se vestían. Cada uno sabía lo que tenía qué hacer y no perdía tiempo en llevarlo a cabo. Al abrocharse Tibor la gruesa chaqueta de twill, Blanco, su ayudante, lavó el cristal del casco con vinagre, para que no se empañase. Entonces Tibor bajó por la escalera de cuerda, mientras le ponían el pesado casco y el coselete de plomo.   Hubo poca conversación mientras los tres buceadores se equipaban. Cada uno de los hombres sabía lo que tenía que hacer, y lo hacía con rapidez y en silencio. Al tiempo que Pedro se abotonaba la recia chaqueta de sarga. Rico, su ayudante, frotaba con vinagre la mirilla del casco, a fin de que no se empañara. Luego, Pedro se encaramó a la escalerilla de cuerda que pendía de la borda, en tanto que Rico le colocaba el pesado casco.
     
Aparte de la chaqueta, cuyo relleno repartía el peso por igual sobre sus hombros, llevaba su ropa corriente. En aquellas aguas cálidas no había necesidad de trajes de caucho. El casco actuaba simplemente como una pequeña campana de buzo mantenida en posición por su propio peso. En caso de emergencia, el que lo llevaba (si tenía suerte) podía desprenderse de él y subir nadando sin estorbos a la superficie. Tibor lo había visto hacer, pero no tenía el menor deseo de experimentarlo.   Aparte de la chaqueta, cuyo almohadillado especial permitía que el casco encajara bien sobre sus hombros, Pedro vestía su ropa normal. En aquellas cálidas aguas no era necesario el empleo de trajes de goma. El casco actuaba simplemente como una pequeña escafandra, mantenida en posición por su propio peso. En caso de apuro, el buceador podía quitárselo y subir nadando a la superficie. Pedro lo había vista hacer más de una vez. Pero no sentía el menor deseo de pasar por aquella experiencia.
     
Cada vez que se plantaba en el último escalón, agarrando el saco para las conchas con una mano y el cable de seguridad con la otra, acudía a su mente la misma idea. Estaba dejando el mundo que conocía; pero ¿era para una hora... o para siempre? 

Abajo, en el fondo del mar, estaban las riquezas y la muerte y uno no podía estar seguro de cuál de las dos cosas le esperaba allí. Lo más probable es que fuera un día más de trabajo pesado y sin incidentes, como lo eran la mayoría de los días de la vida monótona del pescador de perlas. Pero Tibor había visto morir a uno de sus compañeros al enredarse el tubo del aire en la hélice del Arafura. Y había sido testigo de la agonía de otro, víctima de la enfermedad de los buzos. En el mar, nada era nunca seguro o cierto. Uno se arriesgaba con los ojos abiertos. 

Y si perdía, de nada servían las lamentaciones.

  Cada vez que se detenía en el último peldaño de la escalerilla, agarrando el saquito destinado a contener las ostras con una mano y su cuerda de seguridad con la otra, el mismo pensamiento asaltaba a Pedro. Estaba dejando el mundo que conocía: ¿para una hora... o para siempre? 

Abajo, en el fondo marino, había riqueza y muerte, y nunca se sabía cuál de las dos cosas se iba a encontrar. Probablemente, el de hoy seria un día más en la rutinaria existencia de los pescadores de perlas. Pero Andrés había visto morir a uno de sus compañeros, cuando su tubo de aire se enredó en la hélice del barco. En el mar no había nada seguro ni cierto. Uno corría sus riesgos con los ojos abiertos. 

Y cuando tocaba perder, no quedaba tiempo para las lamentaciones.

     
Se apartó de la escalera, y el mundo del sol y el cielo dejó de existir. Debido al peso del casco, tuvo que agitar frenéticamente los pies para mantener el cuerpo vertical. Sólo podía distinguir una niebla azul y amorfa al hundirse hacia el fondo. Esperó que Blanco no tirase demasiado pronto del cable de seguridad. Tragando saliva y bufando, trató de despejar los oídos al aumentar la presión. El derecho se "destapó" con bastante rapidez, pero un dolor punzante, insoportable, aumentó rápidamente en el izquierdo, que lo molestaba desde hacía varios días. Metió la mano debajo del casco, se tapó la nariz y sopló con toda su fuerza. Hubo una brusca y silenciosa explosión dentro de su cabeza y el dolor cesó al instante. Ya no tendría más dificultades en esta inmersión.   Pedro se dejó caer en el agua y el mundo de sol y cielo dejó de existir. Vencido por el peso de su casco, tuvo que patalear furiosamente para mantenerse en posición vertical. Mientras se hundía, no pudo ver nada más que una especie de niebla azulada. Confiaba en que Rico no soltaría la cuerda de seguridad con demasiada rapidez. Resopló fuertemente, tratando de aclarar sus oídos, a medida que aumentaba la presión. El derecho se "destapó" con bastante rapidez, pero sintió un agudo dolor en el izquierdo, que le había molestado durante varios días. Pedro introdujo una mano por debajo del casco, se cogió la nariz y sopló con todas sus fuerzas. En alguna parte en el interior de su cabeza se produjo una brusca y silenciosa explosión y el dolor desapareció inmediatamente. No tuvo más dificultades en aquel buceo.
     
Tibor tocó el fondo antes de verlo. 

Su visión hacia abajo era muy limitada pues no podía inclinarse sin correr el riesgo de que se inundase el casco. Podía ver a su alrededor, pero no inmediatamente debajo de él. Lo que contempló era tranquilizador en su monotonía: un llano cenagoso y ligeramente ondulado que se difuminaba a unos tres metros de distancia. A un metro a su izquierda un pececillo mordisqueaba un trozo de coral del tamaño y la forma de un abanico. Esto era todo. Aquí no había belleza ni era un lugar de ensueño submarino. Pero había dinero. Y eso era lo que importaba. 

El cable de seguridad dio un ligero tirón al empezar a derivar en la dirección del viento, moviéndose de lado sobre el sector, y Tibor empezó a avanzar con el paso saltarín y lento que le imponía la ingravidez y la resistencia del agua. Como buzo número dos, trabajaba desde la proa. En medio estaba Stephen, todavía algo inexperto, y a popa Billy, el primer buzo. Los tres hombres raras veces se veían cuándo estaban trabajando; cada uno tenía su propio territorio que explorar, mientras el Arafura se deslizaba en silencio a favor del viento. Sólo en los extremos de los zigzags que trazaban , a veces se veían de refilón como vagas sombras entre niebla.

  Andrés notó el fondo con los pies antes de verlo. 

Incapaz de inclinarse demasiado si no quería verse vencido por el peso del casco, su campo visual era muy limitado. Podía mirar a su alrededor, pero no hacia abajo. Lo que veía resultaba tranquilizador en su propia monotonía: una llanura suavemente ondulada, fangosa, que quedaba borrada a unos diez metros de distancia. Un metro a su izquierda, un pez estaba mordisqueando un trozo de coral cuya forma y cuyo tamaño recordaban los de un abanico femenino. Esa era todo. No había ninguna belleza, ningún país de leyendas submarino. Pero había dinero. Y esto era lo que importaba. 

La cuerda de seguridad dio un suave tirón y Andrés empezó a andar hacia adelante con el paso lento y saltarín a que le obligaba la resistencia del agua y su propia ingravidez. En su calidad de segundo buceador, trabajaba junto a la proa. En la parte central del barco se encontraba Steve, relativamente inexperto, en tanto que la popa corría a cargo de Bill, el buceador jefe. Los tres hombrea rara vez se veían el uno al otro mientras trabajaban; cada uno de ellos tenía su propio espacio para explorar, al tiempo que el barco derivaba lentamente.

     
Se necesitaba práctica para distinguir las conchas debajo del camuflaje de algas y hierbas, pero con frecuencia los moluscos se delataban ellos mismos. Cuando sentían las vibraciones del hombre que se acercaba, se cerraban de golpe, y entonces se producía un fugaz destello nacarado en la penumbra. Sin embargo, incluso éstas escapaban a veces pues el barco en movimiento podía arrastrar al pescador antes de que pudiese agarrar su presa. En los primeros días de aprendizaje, a Tibor se le habían escapado bastantes ostras grandes, cualquiera de las cuales podía haber contenido una perla fabulosa. O así se lo había imaginado, antes de que se extinguiese para él el atractivo de la profesión y se percatase de que aquellas perlas resultaban tan raras que era mejor olvidarse de ellas. 

La perla más valiosa que había pescado se había vendido por veinte libras, y las conchas que recogía en una buena mañana valían más. Si la industria hubiese dependido de las perlas y no del nácar, habría quebrado hacía años. No había sentido del tiempo en este mundo de niebla. Uno caminaba debajo de la embarcación móvil e invisible, con el zumbido del compresor de aire golpeándole los oídos, y la verde neblina moviéndose delante de los ojos. A largos intervalos se descubría una concha, se la arrancaba del fondo del mar y se metía en la bolsa. Si uno tenía suerte, podía recoger un par de docenas en una sola inmersión. Pero también era posible que no encontrase ninguna.

  Se necesitaba un ojo adiestrado para localizar las ostras debajo de su enmascaramiento de algas y vegetación acuática, pero a menudo los moluscos se traicionaban a sí mismos. Cuando sentían las vibraciones del buceador que se aproximaba, se cerraban de golpe... y se producía un momentáneo y nacarado parpadeo en la oscuridad. Pero incluso entonces podían escapar, ya que el movimiento del barco alejaba a veces al buceador de la codiciada presa. En los primeros días de su aprendizaje, Andrés había perdido así unas cuantas ostras de gran tamaño, alguna de las cuales podía haber contenido una fabulosa perla. Por lo menos, eso era lo que él había imaginado, antes de que la realidad le hubiera enseñado que las perlas eran tan raras, que lo mejor que uno podía hacer era olvidarse de ellas. 

La perla más valiosa que había encontrado en nueve meses fue vendida por veinte libras, y el nácar que recogía en una mañana que se diera bien valía más dinero. Si la industria hubiera dependido de las perlas en vez del nácar, hubiera quebrado hacía muchos años.

     
Uno estaba alerta ante el peligro, pero éste no le preocupaba. Los verdaderos riesgos eran accidentes sencillos y nada espectaculares, como que se enredasen el tubo del aire o el cable de seguridad, no los tiburones, los grandes peces ni los pulpos. Los tiburones huían al descubrir burbujas de aire y en todas las horas de inmersión, Tibor sólo había visto un pulpo de medio metro de diámetro. En cuanto a los peces gigantescos, bueno, había que tomarlos en serio porque se podían tragar de golpe a un buzo si estaban hambrientos. Pero no era probable encontrarlos en esta llanura desalada. No había cuevas de coral donde pudiesen establecer sus hogares. 

Por consiguiente, la impresión no habría sido tan fuerte, si este ambiente gris y uniforme no le hubiese dado una sensación de seguridad. 

Estaba caminando con regularidad hacia una pared de niebla inalcanzable que se retiraba tan de prisa como acercaba él. Y entonces, sin previo aviso, una particular pesadilla tomó cuerpo encima de él.

  En aquel mundo de niebla no existía el sentido del tiempo. Se avanzaba debajo del invisible barco, con la pulsación del compresor de aire en los oídos y la verde bruma moviéndose delante de los ojos. De cuando en cuando se localizaba una ostra, se la arrancaba del fondo marino y se la dejaba caer en el saco. Si se estaba de suerte, podía recogerse un par de docenas en cada inmersión. Y a veces no se encontraba ninguna. 

Se estaba alerta ante un posible peligro, pero no preocupado por él. Los verdaderos peligros consistían en cosas tan vulgares y tan poco espectaculares como un embrollo de los tubos de aire o de las cuerdas de seguridad. Nada de tiburones, ni de pulpos gigantes, ni de escarpenas. Los tiburones huían a la vista de las burbujas de aire y en todas sus horas de buceo Andrés no había encontrado ningún pulpo que le hubiera impresionado por su tamaño. En cuanto a las escarpenas, podían tragarse a un buceador de un sólo bocado si estaban lo suficientemente hambrientas. Pero en esta desolada planicie había pocas posibilidades de encontrarse con uno de aquellos peligrosos escualos. Las escarpenas suelen merodear en los fondos donde existen cavernas de coral. 

Por lo tanto, la impresión no hubiera sido tan fuerte si la uniforme llanura no hubiera imbuido en Andrés una sensación de seguridad. 

En un momento determinado estaba andando confiadamente hacia una inalcanzable pared de niebla que iba retrocediendo a medida que él se acercaba, y de repente, sin previo aviso, la pesadilla se irguió delante de sus ojos.

     
Tibor odiaba las arañas, y había cierta criatura en el mar que parecía deliberadamente dispuesta a aprovecharse de aquella fobia. El no había visto ninguna y su mente había eludido siempre la idea de semejante encuentro, pero sabía que el cangrejo araña japonés puede medir tres metros y medio desde las patas de un lado a las del otro. El hecho de que fuese inofensivo no le importaba en absoluto. Un cangrejo araña grande como un hombre no tenía derecho a la existencia. 

En cuanto vio aparecer aquella jaula de miembros flacos en la masa gris de las aguas, Tibor empezó a chillar con terror incontrolable. No recordaba haber tirado del cable de seguridad, pero Blanco reaccionó con la percepción instantánea del ayudante ideal. Resonando todavía sus gritos en el casco, Tibor sintió que lo arrancaban del fondo del mar y lo subían hacia la luz, el aire... y la cordura. 

Mientras ascendía, comprendió lo absurdo de su miedo y recuperó algo de su dominio. Pero cuando Blanco le quitó el casco, aún temblaba violentamente y tardó algún tiempo en poder hablar.

  Andrés odiaba a las arañas, y había cierto animal en el mar que parecía creado deliberadamente para aprovecharse de aquella fobia. Andrés no se había tropezado nunca con uno de ellos, y su mente rehuyó siempre la idea de tal encuentro, pero sabía que el cangrejo—araña japonés puede extender sus delgadísimas patas hasta una distancia de tres metros. No importaba que fuera inofensiva. Una araña tan grande como un hombre no tenía derecho a existir, sencillamente. 

En cuanto vio aquella mole dotada de largos tentáculos surgir delante de él, Andrés empezó a gritar con incontenible terror. No recordó haber tirado de su cuerda de seguridad, pero Rico reaccionó con la rapidez que hacía de él un ayudante ideal. Andrés se sintió arrancado del fondo marino, alzado hacia la luz, el aire... y la cordura: Mientras ascendía, se dio cuenta de lo absurdo de su actitud, y recobró en parte el dominio de sí mismo. Sin embargo, cuando Rico le despojó del casco seguía temblando hasta el punto de que transcurrió un buen rato antes de que pudiera hablar.

     
—¿Qué diablos pasa aquí? —preguntó Nick—. ¿Es que todos queréis terminar el trabajo antes de la hora? 

Entonces Tibor se dio cuenta de que no había sido el primero en subir. Stephen estaba sentado en mitad del barco, fumando un cigarrillo, y al parecer totalmente despreocupado. Un ayudante izaba al buzo de popa, que se preguntaría sin duda qué había sucedido, ya que el Arafura se había detenido y todas las operaciones se habían suspendido hasta que se resolviese la cuestión. 

—Hay una especie de embarcación hundida ahí abajo— dijo Tibor—. Tropecé con ella. Lo único que pude ver fue un montón de cuerdas y de palos. 

Para su gran contrariedad, el recuerdo hizo que empezase á temblar de nuevo. 

—No veo por qué eso te provocó el tembleque —gruñó Nick. 

Tampoco podía comprenderlo Tibor, sobre la cubierta bañada por el sol. Era imposible explicar cómo podía una forma inofensiva, vista a través de una niebla, llenar completamente la mente de terror. 

—Casi me enredé con aquello —mintió—. Blanco tiró de mí con el tiempo justo.

  —¿Qué diablos pasa aquí? —preguntó Nicos, furioso—. ¿Acaso os habéis declarado en huelga? 

Andrés se dio cuenta de que no había sido el primero en subir. Steve estaba sentado en cubierta, fumando un cigarrillo, y el ayudante de Bill izaba al buceador jefe, el cuál se habría preguntado, seguramente, el motivo de que el barco se hubiera detenido. 

—Hay algo hundido en el fondo —dijo Andrés—. Confieso que me asusté al verlo. Parecía una monstruosa araña.. 

El recuerdo le hizo estremecerse. 

—¡Una araña! —gruñó Nicos—. ¡Tonterías!

Sí, Andrés reconocía lo injustificado de su terror. Pero...

     
—¡Hum! —murmuró Nick, no muy convencido—. En todo caso, no es un barco. —Señaló hacia el buzo que estaba en mitad de la embarcación—. Steve tropezó con un montón de cuerdas y de tela, dice que como un nailon grueso. Parece una especie de paracaídas. —El viejo griego miró disgustado la mojada colilla de su puro y la arrojó por encima de la borda—. En cuanto hayas subido Billy, iremos a echar un vistazo. Puede que valga algo; recordad lo que le ocurrió a Jo Chambers.   —De todos modos —continuó Nicos—, no puede ser un barco. Steve tropezó con un lío de cuerdas y tela.— Al parecer, se trata de un paracaídas. —El griego contempló con expresión de disgusto la colilla de su cigarro y lo tiró por la borda—. En cuanto suba Bill, bajaremos a echar una ojeada. Puede ser algo de valor. Recuerda lo que le ocurrió a Fred Cotes.
     
Tibor lo recordaba; la historia era famosa a lo largo del Great Barrier Reef. Jo había sido un pescador solitario que, en los últimos meses de la guerra, había descubierto un BC—3 en aguas poco profundas a pocos kilómetros de la costa de Queensland. Después de prodigios de recuperación sin ayuda de nadie, se había abierto paso en el fuselaje y empezado a descargar cajas de herramientas perfectamente protegidas con envolturas impermeables. Durante un tiempo había realizado un fructífero negocio de importaciones, pero cuando la policía dio con él, reveló de mala gana la identidad de su proveedor. Los "polis" australianos pueden ser muy persuasivos. 

Y fue entonces, después de semanas y semanas de fatigoso trabajo debajo del agua, cuando Jo descubrió lo que había estado transportando el DC—3 además de las herramientas que, por valor de unos pocos miles de dólares, había estado vendiendo a los garajes y talleres del continente. 

Las grandes cajas de madera que no se había decidido a abrir contenían la paga de una semana de las fuerzas del Pacífico.

  Andrés lo recordaba; la historia era famosa entre los pescadores de perlas. Fred había sido un pescador solitario que, en los últimos meses de la guerra, había localizado a un DC—3 hundido en aguas poco profundas a unas cuantas millas de la costa. Fred había conseguido penetrar en el avión y descargar una gran cantidad de cajas de material óptico de precisión, con el cual montó una tienda. El negocio le iba viento en popa, pero la policía australiana entró en sospechas y finalmente le obligó a revelar su fuente de suministro. 

Fue entonces, después de semanas y semanas de penetrar en el siniestrado avión, cuando Fred se enteró de que su DC—3, además del material óptico, transportaba la paga mensual de las fuerzas norteamericanas del Pacífico, en una caja fuerte que no llegó a abrir.

     
Aquí no habría tanta suerte, pensó Tibor al saltar de nuevo al agua. Pero el avión (o lo que fuese) podía contener instrumentos valiosos y tal vez habría una recompensa para quien los descubriese. Además, estaba en deuda consigo mismo. Quería ver exactamente que era lo que le había causado semejante susto. 

Diez minutos más tarde supo que no era ningún avión. Tenía otra forma y era mucho más pequeño; sólo unos seis metros de largo y la mitad de ancho. El estrecho objeto tenía escotillas de acceso y pequeñas portillas a través de las cuales atisbaban el mundo unas instrumentos desconocidos. Daba la impresión de estar desarmado, aunque un extremo parecía haber sido fundido por un terrible calor. Del otro brotaba una maraña de antenas, todas ellas rotas o torcidas por el choque contra el agua. Incluso ahora tenían un increíble parecido con las patas de un insecto gigante. 

Tibor no era tonto. Enseguida sospechó lo que era aquello.

  No tendrían ellos tanta suerte, pensó Andrés, mientras se disponía a sumergirse de nuevo. Pero la aeronave —o lo que fuera—, podía contener valiosos instrumentos, y acaso ofrecieran una recompensa por su descubrimiento. Además, deseaba comprobar qué era lo que le había asustado hasta tal punto. 

Diez minutos más tarde, sabía que no era ninguna aeronave. Su forma no correspondía a la de un avión, y era demasiado pequeño: seis metros de longitud y tres de anchura, aproximadamente. El casco estaba cubierto de pequeñas mirillas a través de las cuales desconocidos instrumentos apuntaban sus ojos mecánicos al exterior. No parecía haber sufrido grandes daños, aunque uno de sus extremos estaba fundido, como si se hubiera visto sometido a un intensísimo calor. Del otro extremo brotaba una maraña de antenas, todas ellas rotas o dobladas por el impacto con el agua. Incluso ahora, conservaban una increíble semejanza con las patas de un gigantesco insecto. 

Andrés no era tonto. Sospechó inmediatamente lo que era aquello.

     
Sólo subsistía un problema, y lo resolvió con facilidad. Aunque borradas en parte por el calor, aún había palabras legibles grabadas en algunas escotillas. Los caracteres eran cirílicos, y Tibor conocía el ruso lo bastante como para captar referencias a materiales electrónicos y sistemas de presurización.   Sólo quedaba un problema, y lo resolvió fácilmente. Medio chamuscadas por el calor, pudo leer algunas de las palabras grabadas en el casco. No tardó en descubrir las odiadas iniciales: U.S.A. 

"De modo que han perdido un vehículo espacial", se dijo a sí mismo con satisfacción.

     
"Así que han perdido un sputnik", se dijo, satisfecho. Podía imaginar lo sucedido. Aquella cosa había descendido demasiado aprisa y a un lugar equivocado. En uno de los extremos había restos de flotadores; se habían reventado con el impacto y el vehículo se había hundido como una piedra. 

La tripulación del Arafura tendría que disculparse con Joey. No había estado bebiendo. Lo que había visto arder en el cielo seguramente sería el cohete portador, que se había separado de su carga y caído sin control en la atmósfera de la Tierra.

  Podía imaginar lo que había sucedido. La cosa había descendido con demasiada rapidez y en una zona que no era la prevista. Alrededor de uno de los extremos podían verse los destrozados restos de las bolsas de flotación, rotas a causa del impacto, el vehículo se había hundido como una piedra. 

La tripulación del barco tendría que dïsculparse ante John. No había bebido más de la cuenta. Lo que había visto ardiendo a través del cielo debió ser el cohete propulsor, desprendido del vehículo espacial.

     
Tibor permaneció durante mucho rato en el fondo del mar, con las rodillas dobladas a la manera típica del buzo, mientras observaba aquella criatura del espacio atrapada ahora en el elemento extraño. Su mente estaba llena de planes a medio elaborar, pero ninguno de ellos estaba todavía claro. 

Ya no le importaba el dinero del salvamento. La perspectiva de la venganza era mucho más importante. 

Aquí estaba una de las creaciones de las que más se enorgullecía la tecnología soviética, y Szabo Tibor, oriundo de Budapest, era el único hombre del mundo que lo sabía.

  Durante largo rato Andrés flotó sobre el fondo marino, contemplando aquel ser espacial atrapado en un elemento que no era el suyo. Su mente estaba llena de planes a medio formar, pero ninguno de ellos adquiría una forma concreta. 

Ya no le importaba el provecho que pudiera reportarle el descubrimiento. Ahora hablan pasado a primer plano sus proyectos de venganza. 

Aquí había una de las orgullosas creaciones de la tecnología norteamericana.., y Andrés Méndez, el portorriqueño, era el único hombre de la tierra que lo sabía.

     
Tenía que haber alguna manera de aprovechar la situación, de producir daño al país y a la causa que ahora odiaba con tan ardiente intensidad. Aún no se había entretenido en analizar el verdadero motivo de este odio. Aquí, en este mundo solitario de mar y cielo, de vaporosos manglares y deslumbrantes bancos de coral, no había nada que le recordase el pasado. Sin embargo, no podía librarse de él. Algunas veces despertaban los demonios de su mente y tenía accesos de rabia o un deseo cruel y desenfrenado de destrucción. Hasta ahora había tenido suerte; no había matado a nadie. Pero algún día... 

Un inquieto tirón de Blanco interrumpió sus sueños de venganza.

  Tenía que existir algún medio de explotar la situación, de perjudicar al país que odiaba con todas las fuerzas de su alma. 

Un ansioso tirón de Rico interrumpió sus sueños de venganza.

     
Dio una señal tranquilizadora a su ayudante e inició un examen más atento de la cápsula. ¿Cuánto pesaba? ¿Podía ser izada fácilmente? Debía descubrir muchas cosas, antes de trazar algún plan definitivo, 

Se apoyó en la pared de metal ondulado y empujó cautelosamente. Percibió un claro movimiento, al oscilar la cápsula sobre el fondo marino. Tal vez podría ser levantada, incluso con las pocas poleas de que disponía el Arafura. Probablemente era más ligera de lo que parecía. 

Tibor apretó el casco contra la sección plana de la cápsula y escuchó con atención.

  Contestó a la señal con otro tirón tranquilizador y empezó a examinar la cápsula más de cerca. ¿Cuánto pesaría? ¿Podría ser izada fácilmente? Había muchas cosas que tenía que descubrir antes de poder elaborar un plan definitivo. 

Se acercó un poco más a la rugosa pared metálica y la empujó prudentemente. La cápsula osciló sobre el fondo marino. Tal vez podría ser izada con los escasos elementos de que disponía el barco. Probablemente era más ligera de lo que parecía. 

Andrés apretó su casco contra la pared de metal y escuchó con atención.

     
Había tenido cierta esperanza de oír algún ruido mecánico, como el zumbido de motores eléctricos. Pero el silencio era absoluto. Golpeó el metal con el mango de su cuchillo, tratando de calcular su grosor y de localizar cualquier punto débil. Su tercer intento dio resultado, pero no fue lo que esperaba. 

La cápsula le respondió con un furioso y desesperado repiqueteo.

  Había esperado oír algún ruido mecánico, el zumbido de algún motor eléctrico. Pero en el interior de la cápsula reinaba un silencio absoluto. Con la punta de su cuchillo rascó el metal, tratando de calcular su espesor y de localizar algún punto débil. A la tercera tentativa, obtuvo resultados, aunque no los que él había previsto. 

Alguien golpeó desesperadamente el casco desde el interior de la cápsula.

     
Hasta este momento a Tibor no se le había ocurrido pensar que pudiese haber alguien en el interior. La cápsula le había parecido demasiado pequeña. 

Entonces se dio cuenta de que había estado pensando en términos de aviación convencional. Allí había espacio suficiente para un pequeño camarote a presión en el que un abnegado astronauta podría pasar unas pocas horas encogido.

  Hasta aquel momento, a Andrés no se le había ocurrido que pudiera haber alguien dentro de la cápsula. Le había parecido demasiado pequeña. 

Luego se dio cuenta de que había estado pensando en términos de una aeronave convencional. Desde luego, el vehículo disponía del espacio suficiente para ser ocupado por un astronauta.

     
Así como un calidoscopio puede cambiar completamente su dibujo en un solo movimiento, así los planes medio elaborados en la mente de Tibor se disolvieron y cristalizaron después en una nueva forma. Se humedeció los labios con la lengua detrás del grueso cristal del cascó. Si Nick hubiese podido verlo, ahora se habría preguntado, como había hecho ya algunas veces, si su buzo número dos estaba completamente cuerdo. Todas sus ideas de una venganza remota e impersonal contra algo tan abstracto como una nación o una máquina se alejaron de su mente. 

Ahora sería una cuestión de hombre a hombre

  Del mismo modo que un caleidoscopio puede cambiar su dibujo en una fracción de segundo, los planes en formación en la mente de Andrés se disolvieron para cristalizar inmediatamente en una nueva forma. Detrás de la gruesa mirilla de su casco, se relamió los labios con anticipado placer. Si Nicos le hubiera visto en aquel instante, se hubiera preguntado —como había hecho en más de una ocasión— si su segundo buceador estaba completamente cuerdo. Se había desvanecido toda idea de una venganza remota e impersonal contra algo tan abstracto como una nación o una máquina. 

Ahora sería hombre contra hombre.

     
—Te has tomado tiempo, ¿no? —dijo Nick—. ¿Qué has descubierto? 

—Es ruso —dijo Tibor—. Algún tipo de sputnik. Si lo atamos con una cuerda creo que podremos levantarlo del fondo. Pero es demasiado pesado pata subirlo a bordo. 

Nick dio una chupada a su eterno puro, con expresión reflexiva.

  —¡Por fin! —exclamó Nicos, malhumorado—. ¿Qué es lo que has encontrado? 

—Un vehículo espacial —dijo Andrés—. Norteamericano. Si podemos atar una cuerda a su alrededor, creo que conseguiremos izarlo. Pero es demasiado pesado para subirlo a bordo. 

Nicos masticó pensativamente su eterno cigarro.

     
El jefe estaba preocupado por una cuestión que no se le había ocurrido a Tibor. Si se realizaba alguna operación de salvamento allí, todos sabrían el sitio donde había estado el Arafura. Cuando llegase la noticia a Thursday Island, su banco de ostras particular sería limpiado en un santiamén.   El griego estaba preocupado por un aspecto de la situación que a Andrés no se le había ocurrido: si se llevaba a cabo una operación de salvamento en aquellas aguas, todo el mundo se enteraría de la zona en que pescaba su barco. Y no tardaría en producirse una invasión de competidores.
     
Tendrían que mantener en secreto todo el asunto o remolcar ellos mismos aquella maldita cosa y no decir dónde la habían encontrado. En todo caso, más parecía un engorro que algo valioso. Nick, que compartía casi todos los prejuicios de los australianos contra la autoridad, estaba convencido de que lo único que sacarían de su trabajo seria una bonita carta de agradecimiento.   Tenían que guardar silencio acerca del asunto, o remolcar la cápsula hasta lugar seguro y no decir dónde la habían encontrado. En cualquier caso, las molestias serían superiores a los beneficios. Nicos estaba convencido de que lo único que obtendría a cambio de sus esfuerzos sería una carta de agradecimiento.
     
—Los muchachos no quieren bajar —anunció—. Creen que es una bomba. Quieren dejarla donde está. 

—Diles que no se preocupen —replicó Tibor—. Yo me encargaré de esto. 

Trató de mantener su voz fría y normal, pero aquello era demasiado bonito para ser verdad. Si los otros oían los golpes desde dentro de la cápsula, sus planes se derrumbarían.

  —Los muchachos se niegan a bajar —dijo Nicos—. Creen que es una bomba. 

—Dígales que no se preocupen —respondió Andrés—. Yo me ocuparé de todo. 

Trató de que su voz sonara normal e inexpresiva, pero aquello era demasiado bueno para ser verdad. Si los otros buceadores oían los golpes procedentes del interior de la cápsula, todos sus planes quedarían frustrados.

     
Señaló hacia la isla verde y adorable en el horizonte. 

—Sólo podemos hacer una cosa. Si conseguimos levantarla medio metro del fondo podremos llevarla hacia la costa. Una vez en aguas poco profundas, no será muy difícil arrastrarla hasta la playa. Utilizaremos los botes y tal vez enganchemos una polea en uno de aquellos árboles.

  Señaló hacia la isla. 

—Sólo podemos hacer una cosa. Si conseguimos levantarlo un par de palmos del fondo, podemos remolcarlo hasta la playa. Una vez estemos en aguas poco profundas, no será demasiado difícil arrastrarlo hasta la arena. Podemos utilizar los botes, y tal vez atar una polea a uno de aquellos árboles.

     
Nick considero la idea sin mucho entusiasmo. Dudaba de que el sputnik pudiese pasar a través del arrecife, incluso a sotavento de la isla, Pero era partidario de alejarlo de su banco de conchas. Siempre podrían dejarlo en otra parte, señalar el lugar con una boya y reclamar el mérito del hallazgo. 

—Está bien —dijo—. Baja. Esa cuerda. de dos centímetros es la más fuerte que tenemos; será mejor que te la lleves. Pero no te pases todo el día en esto; ya hemos perdido bastante tiempo.

  Nicos no se mostró entusiasmado con la idea. No estaba seguro de que pudieran remolcar la cápsula hasta la isla, aunque se encontraba dispuesto a intentarlo todo con tal de alejar aquel maldito artefacto de la zona de pesca. 

—De acuerdo —dijo—. Puedes bajar. Llévate la cuerda más recia. Y no te pases allí todo el día. Ya hemos perdido bastante tiempo.

     
Tibor no tenía intención de pasar todo el día ahí. Seis horas serían más que suficientes. Esta era una de las primeras cosa que había aprendido de las señales a través de la pared.   Andrés no tenía la menor intención de pasarse allí todo el día. Seis horas serian suficientes. Esta era una de las primeras cosas que se había preocupado en averiguar por medio de las señales transmitidas a través de la pared.
     
Era una lástima que no pudiese oír la voz del ruso; pero el ruso podía oírle y esto era lo que realmente importaba. Cuando apoyó el casco en el metal y grito, la mayoría de sus palabras fueron comprendidas. Hasta ahora había sido una conversación amistosa; Tibor no tenía intención de mostrar sus cartas hasta el momento psicológico adecuado.   Era una lástima que no pudiera oír la voz del norteamericano; pero el norteamericano podía oírle a él, y esto era lo que realmente importaba. Cuando apretó su casco contra la pared y gritó, la mayoría de sus palabras fueron captadas por el ocupante de la cápsula. Hasta entonces, había sido una conversación amistosa. Andrés no tenía la intención de mostrar su juego hasta el momento psicológicamente oportuno.
     
La primera operación había sido establecer una clave: un golpe para decir "Sí" y dos para decir "No". Después se trataba sólo de hacer las preguntas más convenientes. Con tiempo, no había un hecho ni una idea que no se pudiese comunicar por medio de estas dos señales. Habría sido mucho más difícil si Tibor se hubiese visto obligado a emplear su rudimentario ruso. Se había alegrado, aunque no sorprendido, al descubrir que el piloto atrapado comprendía perfectamente el inglés.   El primer movimiento había consistido en establecer un código: un golpe significaba "Sí"; dos golpes, "No". Después de esto, fue simplemente cuestión de formular las adecuadas preguntas. A base de tiempo, no había ningún hecho ni ninguna idea que no pudiera ser comunicados: por medio de aquellas dos señales.
     
Había aire en la cápsula para otras cinco horas; su ocupante estaba ileso; sí, los rusos sabían el lugar donde había caído. 

La última respuesta dio que pensar a Tibor. Tal vez el piloto estaba mintiendo, pero podía ser verdad lo que decía. Aunque algo había funcionado evidentemente mal en el regreso proyectado a la Tierra, los buques de rastreo del Pacífico tenían que haber localizado el lugar del impacto, aunque no podía saber con qué exactitud. Pero ¿qué importaba eso? Podían tardar días en llegar aquí, aunque viniesen a toda velocidad a las aguas territoriales australianas sin molestarse en pedir permiso a Canberra. Era dueño de la situación. Toda la fuerza de la URSS no podría hacer nada para frustrar sus planes antes de que fuese demasiada tarde.

  En la cápsula había aire para otras cinco horas; el ocupante no estaba herido; sí, los norteamericanos sabían dónde había caído. 

La última respuesta dio que pensar a Andrés. Tal vez el piloto estaba mintiendo, pero era posible que fuera cierto. Aunque era evidente que algo había salido mal en el planeado regreso a la Tierra, los buques diseminados a lo largo del Pacífico con la misión de recoger la cápsula tenían que haber localizado el punto de descenso con más o menos exactitud. Pero, ¿qué importaba eso? Con tal de que no tardaran menos de seis horas en presentarse... Durante aquellas seis horas, Andrés era dueño de la situación. Todo el poderío de los Estados Unidos sería impotente para desbaratar sus planes... hasta que fuera demasiado tarde.

     
La pesada cuerda cayó en rollos sobre el fondo marino, levantando una nube de limo que se alejó como humo, impulsado por la lenta corriente. Ahora que el sol estaba más alto en el cielo, el mundo submarino ya no se encontraba envuelto en una penumbra gris. El fondo del mar era incoloro pero brillante, y el límite de la visión estaba ahora casi a cinco metros de distancia. 

Tibor pudo observar toda la cápsula espacial por primera vez. Era un objeto tan peculiar, diseñado para condiciones más allá de toda experiencia normal, que engañaba a la vista. Uno buscaba en vano la parte de delante y la de atrás. No había manera de saber en qué dirección apuntaba al volar a toda velocidad en su órbita.

  Ahora que el sol estaba más alto en el cielo, el mundo submarino no aparecía envuelto en una grisácea neblina crepuscular. El fondo marino era incoloro, pero brillante, y el campo visual se extendía hasta los quince metros. 

Por primera vez, Andrés pudo ver la cápsula espacial en su totalidad. Siendo un objeto diseñado para unas condiciones que se apartaban de toda experiencia normal, su aspecto resultaba desconcertante. No había modo de descubrir cuál era su parte delantera y cuál su extremo posterior.

     
Tibor apretó el casco contra el metal y gritó. 

—¡He vuelto! —anunció—. ¿Puede oírme? 

Pam.

—He traído una cuerda y voy a atarla a los cables del paracaídas. Estamos a unos tres kilómetros de una isla. En cuanto la hayamos atado, pondremos rumbo hacia ella. No podemos sacarle del agua con la polea que llevamos a bordo, así que trataremos de llevarle a la playa. ¿Comprende? 

Pam.

  Andrés apretó su casco contra el metal y gritó: 

—¡Estoy aquí! ¿Puede oírme? 

Tac.

—He traído una cuerda y voy a atarla a los cables del paracaídas. Estamos a unos tres kilómetros de una isla. En cuanto hayamos atado la cápsula, nos dirigiremos hacia ella. No podemos izarle a bordo de nuestro barco, de modo que trataremos de remolcarle hasta la playa. ¿Comprende? 

Tac.

     
Sólo tardó unos momentos en atar la cuerda; ahora era mejor que se apartase antes de que el Arafura empezase a levantar la cápsula.

Pero primero tenía que hacer algo. 

—¡Eh! —gritó—. He atado la cuerda. Levantaremos esto dentro de un minuto. ¿Me oye? 

Pam.

—Entonces también podrá oír esto: nunca saldrá vivo de ahí. También esto lo he atado bien. 

Pam, Pam.

  Tardó muy poco en asegurar la cuerda; ahora tenía que alejarse, antes de que el barco empezara a moverse. Andrés volvió a apretar el casco contra la pared de metal. 

—¡Eh! —gritó—. He atado la cuerda. Vamos a ponernos en marcha en seguida. ¿Me oye? 

Tac.

—Entonces, también podrá oír esto: no llegará usted vivo a la playa. Yo me ocuparé de ello. 

Tac, tac.

     
—Tardará cinco horas en morir. Mi hermano tardó más, cuando pasó por un campo de minas. ¿Comprende? ¡Soy de Budapest! Le odio a usted, a su país y a todo lo que éste defiende. Me han arrebatado mi casa, mi familia; han convertido a mis compatriotas en esclavos. ¡Ahora me gustaría ver su cara! Me gustaría verle morir. También a Theo le vi morir. Cuando estemos a medio camino de la isla, esta cuerda se romperá por donde yo la corte. Bajaré y ataré otra, y ésta también se romperá. Puede quedarse sentado y esperar las sacudidas.   —Le quedan cinco horas de vida. Mi hermano tardó mucho menos en morir, cuando un maldito policía lo cosió a tiros. ¡Soy portorriqueño! ¿Comprende? Le odio a usted y odio a su país. Han estado esclavizando a mi pueblo, asesinando a los patriotas que luchaban por su libertad. Yo soy uno de esos patriotas, y tuve que huir de Norteamérica para no correr la misma suerte que mi desdichado hermano. Para ustedes somos basura, lo mismo que los negros. ¡Me gustaría poder ver su cara en este momento! ¡Me gustaría verle morir, como vi morir a mi hermano! Cuando estemos a medio camino de la isla, la cuerda se romperá por el lugar donde voy a cortarla. Bajaré a colocar otra... que también se romperá. ¿Comprende?
     
Tibor se detuvo bruscamente, agotado por la violencia de sus emociones. 

No había lugar para la lógica o la razón en este orgasmo de odio. No se detuvo para pensar, porque no se atrevía a hacerlo. Pero en lo más recóndito de su mente, la verdad se estaba abriendo paso hacia la luz de la conciencia. 

No era a los rusos a quienes odiaba por todo lo que habían hecho. Se odiaba a sí mismo, porque había hecho más. 

La sangre de Theo y de diez mil compatriotas había manchado sus propias manos. Nadie había sido más comunista que él ni nadie había creído más estúpidamente la propaganda de Moscú. En el instituto y en la universidad había sido el primero en buscar y denunciar a los "traidores" (¿a cuántos de ellos había enviado a los campos de trabajo o a las cámaras de tortura de la AVO?). Cuando descubrió la verdad, ya era demasiada tarde. Y ni siquiera entonces había luchado. Había echado a correr. 

Había corrido por todo el mundo, tratando de escapar a su culpa, y las drogas del peligro y la disipación lo habían ayudado a olvidar el pasado. Los únicos placeres que ahora le ofrecía la vida eran los abrazos sin amor que buscaba febrilmente cuando estaba en tierra firme, y su actual modo de existencia era prueba de que aquello no era suficiente. 

Si ahora podía hacer tratos con la muerte, era sólo porque había venido aquí en busca de ella.

  Andrés se calló bruscamente, agotado por la violencia de sus emociones.
     
No hubo ningún sonido en la cápsula. Su silencio parecía despectivo, burlón. Tibor la golpeó con furia con el mango del cuchillo. 

—¿Me has oído? —gritó—. ¿Me has oído? 

Ninguna respuesta. 

—¡Maldito seas! ¡Sé que estás escuchando! ¡Si no contestas, haré un agujero en la cápsula para que entre el agua! 

Estaba seguro de que podía conseguirlo con la afilada punta del cuchillo. Pero esto era lo último que quería hacer; sería demasiado rápido, un fin demasiado fácil.

  En el interior de la cápsula no se oyó ningún sonido. Aquel silencio resultaba despreciativo, casi burlón. Andrés golpeó furiosamente la pared de metal. 

—¿Me ha oído? —gritó—. ¿Me ha oído? 

Silencio. 

—¡Maldito sea! ¡Sé que me está escuchando! ¡Si no me contesta, agujerearé la cápsula y dejaré que penetre el agua en su interior! 

Estaba seguro de que podría hacerlo, con la aguda punta de su cuchillo. Pero era la última cosa que deseaba hacer: sería un final demasiado rápido.

     
Seguía sin oír nada; tal vez el ruso se había desmayado. Tibor esperó que no fuese así, pero era inútil demorarse aún más. Propinó un fuerte golpe de despedida a la cápsula e hizo señal a su ayudante.   Pero no hubo ninguna respuesta; tal vez el norteamericano se había desmayado. Andrés confió en que no sería así, pero ya no tenía objeto seguir esperando. Tiró de la cuerda de seguridad, y Rico empezó a izarle.
     
Nick tenía noticias para él cuando salió a. la superficie. 

—La radio de Thursday Island no ha parado un momento —dijo—. Los rusos están pidiendo á todo el mundo que busquen uno de sus cohetes. Dicen que debe estar flotando en alguna parte, frente a la costa de Queensland. Parece que están muy interesados en recuperarlo.

  Cuando llegó a cubierta, Nicos tenía noticias para él. 

—La radio ha estado informando acerca de la pérdida de un vehículo espacial norteamericano y solicitando la colaboración de todo el mundo para localizarlo.

     
—¿Han dicho algo más sobre él? —preguntó ansiosamente Tibor.

—Sí, que ha dado un par de vueltas alrededor de la Luna. 

—¿Eso es todo? 

—Nada más, que yo recuerde. Usaban muchos términos científicos que no comprendía. 

Era de suponer; cuando fallaba alguno de sus experimentos, los rusos lo mantenían en secreto tanto como les era posible.

  —¿Han dicho algo más? —preguntó Andrés ansiosamente. 

—¡Oh, sí! La cápsula ha dado la vuelta a la Luna un par de veces. 

—¿Algo más? 

—Nada que yo recuerde. Han dado unos datos científicos, pero no he entendido ni jota. 

Era de esperar. Los norteamericanos no deseaban alarmar a la opinión pública enterándola antes de tiempo de que el fracaso de uno de sus experimentos espaciales había costado la vida a un astronauta.

     
—¿Has dicho a Thursday Island que lo hemos encontrado? 

—¿Estás loco? Además, el transmisor no funciona; no podría hacerlo aunque quisiera. ¿Has fijado bien la cuerda? 

—Sí; mira si puedes levantarla del fondo.

  —¿Ha informado usted de que habíamos encontrado la Cápsula? 

—¿Estás loco? Además, aunque hubiese querido hacerlo me hubiera sido imposible: nuestro transmisor está averiado. ¿Has atado bien la cuerda? 

—Sí. Ya podemos ponernos en marcha.

     
El extremo de la cuerda había sido atado alrededor del palo mayo y en pocos segundos quedó tirante. Aunque el mar estaba en calma, había un ligero oleaje y el lugre oscilaba en ángulos de diez o quince grados. A cada balanceo, las bordas se elevaban medio metro y descendían de nuevo. Había un montacargas con capacidad para varias toneladas pero era necesario tener mucho cuidado al emplearlo. 

La cuerda vibró, la madera crujió y, por un momento, Tibor temió que la debilitada cuerda se rompiese demasiado pronto. Pero resistió y se elevó la carga. 

La izaron más a la segunda oscilación y más a la tercera. 

Entonces se desprendió la cápsula del fondo marino y el Arafura escoró ligeramente a babor. 

—Vamos —dijo Nick, empuñando la rueda del timón—. Tendríamos que llevarla a medio kilómetro antes de que choque de nuevo. 

El lugre empezó a moverse despacio en dirección a la isla, transportando su carga escondida debajo de él.

  El extremo de la cuerda había sido atado al palo mayor. Cuando el barco empezó a moverse, la cuerda se tensó y, por un instante, Andrés temió que se rompiera demasiado pronto. Pero resistió la primera sacudida. 

Resistió también la segunda... y la tercera. El barco avanzó lentamente hacia la isla, arrastrando la cápsula.

     
Apoyándose en la borda y dejando que el sol evaporase el agua de su ropa mojada, Tibor se sintió en paz por primera vez en... ¿cuántos meses? Incluso el odio había cesado de arder en su cerebro. Tal vez, como el amor, era una pasión que nunca podía satisfacerse. Pero al menos había sido saciada de momento. 

No flaqueaba en su resolución. Estaba implacablemente empeñado en la venganza que de manera tan extraña, tan milagrosa, se había puesto a su alcance. La sangre pedía sangre y al fin podrían descansar los fantasmas que lo acosaban.

  Apoyado en la barandilla de estribor, dejando que el sol secara la humedad de sus empapadas ropas, Andrés se sintió en paz consigo mismo por primera vez desde hacía muchos meses. Incluso su odio dejó arder como fuego en su cerebro. Quizá, como el amor, era una pasión que nunca podía ser satisfecha. Pero de momento, al menos, estaba saciada. 

Su resolución no se había debilitado lo más mínimo. Estaba implacablemente decidido a llevar adelante la venganza que de un moda tan extraño —tan milagroso— había sido puesta a su alcance. La sangre reclamaba sangre, y el fantasma que le acosaba podría finalmente descansar en paz.

     
Empezó a preocuparse cuando estaban a dos tercios del camino hacia la isla y la cuerda no se había roto. 

Todavía faltaban cuatro horas. Demasiado tiempo. Por primera vez se le ocurrió pensar que su plan podría fracasar. ¿Y si a pesar de todo Nick conseguía llevar la cápsula a la playa antes de la hora límite? 

Con un fuerte chasquido que hizo vibrar toda la embarcación, la cuerda saltó en el agua, rociando en todas direcciones.

  Empezó a preocuparse cuando el barco hubo recorrido una tercera parte de la distancia hasta la isla sin que la cuerda se rompiera. 

Quedaban todavía cuatro horas. Era demasiado tiempo. Por primera vez se le ocurrió la idea de que su plan podía fracasar, e incluso recaer sobre su cabeza. ¿Ý si, a pesar de todo, Nicos conseguía llevar la cápsula a la playa antes de que transcurriera el plazo fatal? 

En aquel preciso instante, el barco experimentó una fuerte sacudida y la cuerda ascendió serpenteando a la superficie, esparciendo agua en todas direcciones.

     
—Debí pensarlo —dijo Nick—. Estaba empezando a dar saltos. ¿Quieres bajar de nuevo o prefieres que envíe a uno de los muchachos? 

—Ya me encargo yo —respondió apresuradamente Tibor—. Puedo hacerlo más deprisa que ellos. 

Era cierto, pero tardó veinte minutos en localizar la cápsula. El Arafura se había apartado mucho de ella antes de que Nick pudiera parar el motor, y Tibor llegó a preguntarse si la hallaría.

  —Debí suponerlo —murmuró Nicos—. La cuerda no ha resistido. Tendremos que atarla de nuevo. ¿Quieres volver a bajar, o prefieres que envíe a otro de los muchachos? 

—Bajaré yo —se apresuró a responder Andrés—. Puedo hacerlo más deprisa que ellos. 

Era cierto, pero le costó más de veinte minutos localizar la cápsula. El barco se había alejado mucho de ella antes de que Nicos pudiera parar el motor, y hubo un momento en que Andrés llegó a preguntarse si conseguiría volver a encontrarla.

     
Describió grandes arcos en el fondo del mar, y sólo terminó la búsqueda cuando se enredó accidentalmente en el paracaídas. La tela oscilaba con lentitud en la corriente, como un extraño y horrible monstruo marino; pero Tibor ya no temía nada, salvo el fracaso, y su pulso no se aceleró al ver aquella masa blanquecina delante de él. 

La cápsula estaba arañada y manchada de limo, pero parecía indemne. Ahora yacía de costado y parecía una gigantesca cántara de leche que se hubiese volcado. El pasajero tenía que haber saltado mucho en el interior. Pero si había caído de la Luna tenía que estar muy protegido y probablemente seguiría en buen estado. Tibor confió en que así fuese. Sería una lástima perder las tres horas restantes. 

Una vez más apoyó el casco oxidado en el ya no tan brillante metal de la cápsula.

  Finalmente la localizó. Llena de rasguños y manchas de fango, pero intacta, al parecer. Ahora estaba tendida sobre un costado, y su aspecto era de absoluta indefensión. Durante el trayecto recorrido antes de que se rompiera la cuerda, el pasajero debió verse sometido a un intenso zarandeo. Aunque lo más lógico era que llevara un traje debidamente acolchado y el zarandeo no le hubiera afectado demasiado. Eso esperaba Andrés. Sería una verdadera lástima no poder aprovechar las tres horas que quedaban. 

Una vez más apoyó el cobre verde—gris de su casco contra la pared metálica de la cápsula.

     
—¡Eh! —gritó—. ¿Puedes oírme? 

Tal vez el ruso tratara de engañarle guardando silencio, pero esto sería pedir demasiado a su sangre fría. Tibor tenía razón. Casi inmediatamente sonó el fuerte golpe de respuesta. 

—Me alegro de que estés ahí —gritó—. Todo está saliendo como te dije, aunque me parece que tendré que cortar un poco más la cuerda.

  —¡Eh! —gritó—. ¿Puede oírme? 

Tal vez el norteamericano trataría de chasquearle permaneciendo silencioso..., aunque esto era pedir demasiado del dominio de sí mismo de cualquier hombre. En efecto: casi inmediatamente se oyó un golpecito. 

Tac.

—Me alegro de que pueda oírme —dijo Andrés—. Las cosas están saliendo tal como le anuncié, aunque esta vez creo que tendré que cortar la cuerda un poco más.

     
La cápsula no respondió. Nunca volvió a responder, a pesar de que Tibor la golpeó una y otra vez en la siguiente inmersión... y en la siguiente. 

Pero ahora ya no lo esperaba porque habían tenido que detenerse un par de horas para capear una turbonada y el tiempo límite había pasado antes de que hiciese su último descenso. 

Esto lo contrariaba un poco pues había proyectado un mensaje de despedida. Pero gritó de todos modos, aunque sabía que gastaba energías en vano.

  La cápsula no respondió. No volvió a contestar, a pesar de los frenéticos golpes de Andrés en el siguiente buceo... y en el siguiente. 

Aunque en el último buceo Andrés no esperaba oír ninguna respuesta, ya que una repentina borrasca les había obligado a detenerse un par de horas, y aquella demora agotó el tiempo límite. 

Andrés quedó un poco decepcionado, ya que había planeado un mensaje de despedida. De todos modos, se pegó a la pared de metal y lo pronunció, aun a sabiendas de que estaba malgastando el aliento.

     
Por la tarde, temprano, el Arafura se había acercado lo más posible a tierra. Había sólo unos pocos metros de agua debajo de él y la marea estaba descendiendo. La cápsula asomaba a la superficie en el seno de cada ola y al fin quedó firmemente varada en un banco de arena. Era inútil tratar de arrastrarla más. Estaría pegada allí hasta que la marea alta la desalojase. 

Nick observó la situación con ojos de experto. 

—Esta noche hay una marea de un par de metros —dijo—. Tal como ahora está situada, la cápsula sólo estará a medio metro del agua en la bajamar. Podremos ir hasta ella con los botes.

  A primera hora de la tarde, el barco se había acercado a la isla lo máximo que su calado le permitía. Sólo había unos cuantos palmos de agua debajo de él, y la marea estaba bajando. La cápsula, por su parte, quedó encallada en un banco de arena, haciéndose visible a cada retroceso de las olas. 

—Cuando la marea descienda del todo, la cápsula quedará casi completamente al descubierto y podremos acercarnos a ella en un bote —dijo Nicos.

     
Esperaron frente al banco de arena mientras bajaba la marea y el sol. Las intermitentes emisiones de radio informaban de que la búsqueda se acercaba pero estaba todavía lejos de ellos. Avanzada la tarde, la cápsula estaba casi enteramente fuera del agua. La tripulación condujo el pequeño bote hacia ella con una renuencia que el propio Tibor compartía, a su pesar. 

—Tiene que haber una puerta en el costado —indicó de pronto Nick—. ¿Crees que habrá alguien dentro? 

—Podría ser —respondió Tibor con voz no tan firme como hubiera deseado.

  Aguardaron, mientras el sol y la marea descendían y la radio continuaba transmitiendo boletines acerca de una búsqueda cada vez más próxima. Al atardecer, la cápsula estaba casi fuera del agua. Embarcaron en un pequeño bote y remaron hacia ella con una falta de entusiasmo evidente. 

—¡Mirad! Tiene una especie de portezuela —dijo Nicos súbitamente—. ¿Habrá alguien dentro? 

—Es posible —respondió Andrés, con voz menos firme de lo que él creía.

     
Nick lo miró con curiosidad. El buzo se había portado de una manera extraña durante todo el día, pero se abstuvo de preguntarle qué le sucedía. En esta parte del mundo, uno aprendía pronto a cuidar de sus propios asuntos. 

El bote, meciéndose ligeramente en la mar rizada, había llegado ahora junto a la cápsula. Nick alargó una mano y agarró uno de los trozos retorcidos de antena. Después, con la agilidad de un gato, subió a la superficie curva de metal. Tibor no intentó seguirlo; desde el bote observó en silencio, cómo examinaba la escotilla de entrada. 

—A menos que esté atrancada —dijo Nick—, tiene que haber alguna manera de abrirla desde fuera. Sería mala suerte que se necesitara alguna herramienta especial.

  Nicos le miró con una expresión suspicaz. Pero no dijo nada. En aquella parte del mundo se aprende pronto a no meterse en los asuntos ajenos. 

El bote había llegado ahora junto a la cápsula. Nicos se agarró a una de las retorcidas antenas y, con felina agilidad, trepó a la curvada superficie de metal. Andrés no trató de seguirle; le contempló en silencio desde el bote, mientras Nicos examinaba la escotilla de la cápsula. 

—A menos que esté estropeada —murmuró Nicos—, tiene que haber algún medio para abrirla desde el exterior. A lo mejor se necesitan herramientas especiales...

     
Su temor era infundado. La palabra "abrir" había sido grabada en diez idiomas alrededor de la cerradura y sólo se necesitaban unos segundos para comprender su funcionamiento. Al salir silbando el aire, Nick lanzó un "¡Uf!" y palideció de pronto. Miró a Tibor como buscando apoyo, pero Tibor eludió su mirada. 

Nick se metió entonces de mala gana en la cápsula.

  Sus temores eran infundados. Al lado de la palabra "Open" aparecían las instrucciones para abrir, grabadas en diez idiomas. 

Mientras el aire surgía sibilante, Nicos palideció intensamente y se volvió a mirar a Andrés, como si buscara su apoyo moral. Pero Andrés inclinó la cabeza. 

Luego, con un gesto de desagrado, el griego se metió en el interior de la cápsula.

     
Estuvo allí mucho rato. Al principio pudieron oír golpes sordos en el interior, seguidos de una retahíla de palabrotas bilingües. 

Y entonces siguió un silencio que se fue prolongando cada vez más. Cuando al fin apareció la cabeza de Nick en la, escotilla, su cara correosa, curtida por el viento, estaba gris y surcada de lágrimas. Cuando Tibor vio su increíble aspecto, sintió una súbita y terrible premonición. Algo había ido horriblemente mal, pero su mente estaba demasiado confusa para prever la verdad. Ésta se le manifestó bien pronto, cuando Nick le tendió su carga, no mucho más grande que una muñeca de gran tamaño.

  Permaneció allí durante un largo rato. Al principio pudieron oír algunos ruidos, seguidos por una exclamación de sorpresa. Luego se produjo un silencio que pareció prolongarse indefinidamente. 

Cuando la cabeza de Nicos volvió a aparecer por la escotilla, su curtido rostro tenía un color grisáceo y estaba humedecido por las lágrimas. A la vista de aquel increíble espectáculo, Andrés experimentó una horrible premonición. 

Algo había fallado, pero su mente estaba demasiado embotada para prever la verdad. La terrible verdad...

     
Blanco la cogió, mientras Tibor se retiraba a la popa del bote. Al mirar aquella cara tranquila y como de cera, unos dedos de hielo parecieron atenazar no sólo su corazón sino también su bajo vientre. En ese mismo instante, al comprender el precio de su venganza, el odio y el deseo murieron para siempre dentro de él.   Rico tomó en sus brazos el cuerpo que le tendía Nicos, mientras Andrés se encogía en la popa del bote. 

Al contemplar el apacible y ceroso rostro, unos dedos de hielo parecieron cerrarse alrededor de su corazón. Una angustia indescriptible disolvió su odio en el preciso instante en que conocía el precio de su venganza.

     
La astronauta era tal vez más bella en la muerte de lo que había sido en vida. Aunque menuda, tenía que haber sido fuerte y muy capacitada para que le confiasen aquella misión. Yaciendo a los pies de Tibor, no era una rusa ni la primera mujer que había visto la cara oculta de la Luna. Era simplemente una muchacha a la que él había matado. 

—Tenía esto apretado en la mano —dijo Nick con voz vacilante—. Tardé mucho rato en sacarlo de su puño.

  La astronauta muerta era quizá más bella de lo que había sido en vida. A pesar de su aparente fragilidad, debió haber sido lo suficientemente fuerte como para que la hubieran escogido para aquella misión. Ahora, tendida a los pies de Andrés, no era una norteamericana, ni el primer ser humano que había visto la cara opuesta de la Luna. Era simplemente la muchacha a la que él había asesinado. 

Nicos estaba hablando desde muy lejos. 

—Llevaba esto en la mano —decía, con voz temblorosa—. Me costó muchísimo desprenderlo de sus dedos.

     
Tibor apenas le oía, y ni siquiera miró el pequeño rollo de cinta magnetofónica que Nick tenía en la palma de la mano. No podía adivinar, en aquel momento de insensibilidad, que las Furias aún tenían que ensañarse con su alma... y que pronto todo el mundo estaría escuchando una voz acusadora de ultratumba, marcándole más irrevocablemente que a cualquier hombre desde Cain.   Andrés apenas le oyó, y ni siquiera miró el diminuto carrete de cinta magnetofónica que reposaba en la palma de la mano de Nicos. En aquel momento no podía sospechar que las Furias no se habían abatido aún del todo sobre su alma, y que el mundo entero no tardaría en escuchar una voz acusadora procedente de más allá de la tumba, marcándole de un modo más irrevocable que a cualquier otro hombre desde Caín.


Os voy a contar una historia. Hace tres o cuatro años, erase una vez un tierno plasmoide lector de ciencia ficción que un día leyó un relato titulado "La marca de Caín" de un autor español. Años más tarde, (¡AÑOS MAS TARDE!) el mismo plasmoide empezó a leer un cuento de Arthur C. Clarke titulado "Odio"...

En la segunda frase el plasmoide pensó: "esto me suena". En la tercera pensó: "esto lo he leído antes". Y en la cuarta dijo: "¡joder, pero si es la historia del astronauta!!!!! ¡Y la otra vez era con un hispano y una yanqui y no era de Clarke!!!!!!"

Desde hace un tiempo mi memoria no es tan buena como antes, pero recordaba muy bien "La marca de Cain" y recordaba dónde podía encontrarlo, en qué libro lo leí por primera vez. Un libro de 37 años. Así que, después de leer el relato de Clarke, me dirigí a mi biblioteca de cabecera dispuesto a comprobar si yo tenía razón o si... bueno, o si es verdad que el alzheimer me está afectando.

No recordaba el título de "La marca de Cain", pero sabía que lo había leído en una recopilación de ciencia ficción de varios tomos. Pues bien, me puse a buscar y... y no estaba.

Pasé mucho miedo, lo juro. No tenéis ni idea de lo horrible que es recordar perfectamente una cosa con todo detalle, para después descubrir que no, que lo que tú recuerdas no es así, que nunca ha ocurrido. Imaginaros que sois protagonistas de esas películas de gente amnésica, malo, ¿no? Pues tener recuerdos falsos es mucho más terrible.

El miedo me duró en el cuerpo una semana más o menos, hasta que decidí que no podía ser y volví a la biblioteca a cazar a Cain. Cogí toda la enciclopedia y repasé todos los tomos uno por uno, cuento por cuento. En el quinto tomo hubo suerte, allí pude acorralar a Cain. No tenéis ni idea del alivio que sentí.

El primer problema estaba resuelto, existían (existen) dos relatos iguales en su estructura e incluso en su contenido. Pero, ¿por qué? Durante un tiempo me sentí confundido, ¿qué había pasado con este relato? ¿Plagió Clarke a Aroca? ¿Aroca a Clarke?

Evidentemente Aroca plagió a Clarke, y ello por varios motivos:

a)— ¿Dónde se ha visto a un maestro plagiando a un desconocido (Cela aparte)? Evidentemente, hay una primera vez para todo, pero no veo a Clarke plagiando a un español porque, ¿cómo pudo tener conocimiento de la historia de Aroca? La ciencia ficción española nunca ha estado demasiado difundida en yanquilandia...

b)— Los personajes y la trama están mejor dibujados en el relato de Calrke, aunque habría que ver la versión original del cuento. Tibor es mucho más creible que Andrés, más "humano", tiene una historia y un motivo para odiar a los rusos, un odio dirigido contra sí mismo en realidad.

c)— El cuento se escribió en los años 60 o antes, no puedo decirlo con exactitud., y considerando la situación política mundial por aquellas fechas, para un occidental tiene más fuerza la historia de Clarke que la de Aroca. Con Tibor casi se puede simpatizar (es un fugitivo de los tanques rusos sobre Budapest) pero con Andrés... Ni siquiera es demasiado creíble la historia de Andrés, un portorriqueño obligado a huir de Nueva York por no sabemos qué persecución política y que odia a los yanquis por matar a su hermano, presuntamente un delincuente.
Y en cuanto a la identidad del habitante de la cápsula... Clarke te hace sentirte verdaderamente sucio; ya lo he dicho, con Tibor casi simpatizamos y cuando descubrimos la monstruosidad de lo que ha hecho (un asesinato y más aún, un asesinato sobre una mujer indefensa), a pesar de que casi hay motivos para simpatizar con Tibor y su causa y de alegrarnos de que un ruso (la encarnación del mal en aquellas fechas) muera, con sus últimas líneas Clarke nos hace sentirnos asquerosos. Aroca no consigue un efecto tan devastador con una astronauta yanqui.

En principio, la historia original parece la de Clarke. Pero, ¿por qué alguien plagiaría tan descaradamente una historia de un escritor tan conocido? No es buen negocio, tarde o temprano alguien se dará cuenta, yo lo hice :)

Mi explicación es la siguiente: Clarke escribe su cuento y alguien decide publicarlo en España, pero debido a su final, otro alguien decide que es impublicable por la corriente de simpatía que se genera hacia los rusos (estamos en la época franquista). Prohibida su publicación.

Pero hay una posible salida, reescribir el relato con astronauta yanqui, en este caso la simpatía va dirigida hacia el pueblo americano, que es el aliado del tío Paco, aunque ello suponga que el relato pierda fuerza y que los motivos de Andrés para su venganza y para el odio contra los yanquis en general esté bastante traído por los pelos. Pero Clarke o su representante, o quien sea próximo a él, no acepta que aparezca su relato de forma bastarda junto a su nombre, se niega. Entonces:

a)— José María Aroca asume la paternidad del relato, con conocimiento de Clarke.

b)— Los editores españoles se "inventan" a José María Aroca, también con conocimiento de Clarke.

Y así nació "La marca de Cain". Que quede claro que todo esto son elucubraciones mías, no sé qué ocurrió en la realidad. Si alguien sabe cuál fue la historia real, le agradecería que me informara, más que nada para satisfacer mi curiosidad morbosa.

Por cierto, en la base de datos de terminus.noseque.org aparece un tal José Mº Aroca, pero no aparece ninguna "Marca de Cain" }:—)