LA MARCA DE CAIN
José Mº Aroca
 

Con mi gratitud a Jaime Balsells, del C.R.I.S.,
por su amable asesoramiento.

 

Pedro no vio nada. Estaba durmiendo, entregado, como siempre, a sus dolorosos sueños.

Únicamente John estaba despierto, en la fría calma que precede al amanecer, cuando el meteoro cruzó llameante el cielo de Nueva Guinea. El rastro luminoso empezó a desintegrarse camino del Sudoeste. Al cabo de unos instantes, John oyó un repentino chasquido, como si algo acabara de caer al mar, muy cerca del barco. John se sobresaltó, e inmediatamente se dijo a sí mismo que era un estúpido al permitir que una manta le asustara. A pesar de que la manta, a juzgar por el ruido que había hecho al saltar, tenía que ser muy grande.

Después, todo volvió a quedar en silencio y John no tardó en olvidar el incidente.

En su estrecho camastro, Pedro no oyó nada. Dormía tan profundamente después de su trabajo cotidiano, que apenas le quedaban energías para soñar. Y los sueños, cuando llegaban, no eran los que él hubiera deseado. Eran pesadillas, impregnadas del odio que alimentaba su corazón. Cuando Nicos le despertó, Pedro abrió los ojos, sacudió los pies para librarlos de las cucarachas que se paseaban por sus calcetines y se levantó.

El desayuno era el mismo de siempre: arroz y huevos de tortuga. Pedro estaba acostumbrado a la monótona dieta. Aquí, por lo menos, la comida era abundante, en tanto que en los suburbios de Nueva York, Pedro había pasado mucha hambre...


El sol surgía por el horizonte cuando el pequeño barco se puso en marcha, alejándose de la isla. Nicos, al timón, parecía estar muy alegre. El viejo pescador tenía motivos para estarlo, ya que la carga de nácar que llevaban a bordo era la más importante que Pedro había visto nunca. Con un poco de suerte, dentro de un par de días completarían la media tonelada. Y luego, con un poco más de suerte, Pedro podría renunciar a aquel peligroso trabajo y regresar a la civilización.

Y no es que lamentara haberse dedicado a él. El griego Nicos le había tratado bien, y al abrir las ostras había encontrado algunas perlas buenas. Pero ahora, después de nueve meses de buceo, comprendía por qué era tan escaso el número de buceadores de raza blanca. La mayoría eran japoneses o canacas. Y Pedro era de raza blanca... a pesar de lo que opinasen loe norteamericanos.

Cuando el Pericles aminoró la marcha se encontraban a unas dos millas de la isla, si es que podía darse el nombre de isla a la estrecha franja de arena cubierta de vegetación. Sus únicos habitantes eran las miríadas de aves marinas que anidaban en ella.

Hubo poca conversación mientras los tres buceadores se equipaban. Cada uno de los hombres sabía lo que tenía que hacer, y lo hacía con rapidez y en silencio. Al tiempo que Pedro se abotonaba la recia chaqueta de sarga. Rico, su ayudante, frotaba con vinagre la mirilla del casco, a fin de que no se empañara. Luego, Pedro se encaramó a la escalerilla de cuerda que pendía de la borda, en tanto que Rico le colocaba el pesado casco.

Aparte de la chaqueta, cuyo almohadillado especial permitía que el casco encajara bien sobre sus hombros, Pedro vestía su ropa normal. En aquellas cálidas aguas no era necesario el empleo de trajes de goma. El casco actuaba simplemente como una pequeña escafandra, mantenida en posición por su propio peso. En caso de apuro, el buceador podía quitárselo y subir nadando a la superficie. Pedro lo había vista hacer más de una vez. Pero no sentía el menor deseo de pasar por aquella experiencia.

Cada vez que se detenía en el último peldaño de la escalerilla, agarrando el saquito destinado a contener las ostras con una mano y su cuerda de seguridad con la otra, el mismo pensamiento asaltaba a Pedro. Estaba dejando el mundo que conocía: ¿para una hora... o para siempre?

Abajo, en el fondo marino, había riqueza y muerte, y nunca se sabía cuál de las dos cosas se iba a encontrar. Probablemente, el de hoy seria un día más en la rutinaria existencia de los pescadores de perlas. Pero Andrés había visto morir a uno de sus compañeros, cuando su tubo de aire se enredó en la hélice del barco. En el mar no había nada seguro ni cierto. Uno corría sus riesgos con los ojos abiertos.

Y cuando tocaba perder, no quedaba tiempo para las lamentaciones.

Pedro se dejó caer en el agua y el mundo de sol y cielo dejó de existir. Vencido por el peso de su casco, tuvo que patalear furiosamente para mantenerse en posición vertical. Mientras se hundía, no pudo ver nada más que una especie de niebla azulada. Confiaba en que Rico no soltaría la cuerda de seguridad con demasiada rapidez. Resopló fuertemente, tratando de aclarar sus oídos, a medida que aumentaba la presión. El derecho se "destapó" con bastante rapidez, pero sintió un agudo dolor en el izquierdo, que le había molestado durante varios días. Pedro introdujo una mano por debajo del casco, se cogió la nariz y sopló con todas sus fuerzas. En alguna parte en el interior de su cabeza se produjo una brusca y silenciosa explosión y el dolor desapareció inmediatamente. No tuvo más dificultades en aquel buceo.


Andrés notó el fondo con los pies antes de verlo.

Incapaz de inclinarse demasiado si no quería verse vencido por el peso del casco, su campo visual era muy limitado. Podía mirar a su alrededor, pero no hacia abajo. Lo que veía resultaba tranquilizador en su propia monotonía: una llanura suavemente ondulada, fangosa, que quedaba borrada a unos diez metros de distancia. Un metro a su izquierda, un pez estaba mordisqueando un trozo de coral cuya forma y cuyo tamaño recordaban los de un abanico femenino. Esa era todo. No había ninguna belleza, ningún país de leyendas submarino. Pero había dinero. Y esto era lo que importaba.

La cuerda de seguridad dio un suave tirón y Andrés empezó a andar hacia adelante con el paso lento y saltarín a que le obligaba la resistencia del agua y su propia ingravidez. En su calidad de segundo buceador, trabajaba junto a la proa. En la parte central del barco se encontraba Steve, relativamente inexperto, en tanto que la popa corría a cargo de Bill, el buceador jefe. Los tres hombrea rara vez se veían el uno al otro mientras trabajaban; cada uno de ellos tenía su propio espacio para explorar, al tiempo que el barco derivaba lentamente.

Se necesitaba un ojo adiestrado para localizar las ostras debajo de su enmascaramiento de algas y vegetación acuática, pero a menudo los moluscos se traicionaban a sí mismos. Cuando sentían las vibraciones del buceador que se aproximaba, se cerraban de golpe... y se producía un momentáneo y nacarado parpadeo en la oscuridad. Pero incluso entonces podían escapar, ya que el movimiento del barco alejaba a veces al buceador de la codiciada presa. En los primeros días de su aprendizaje, Andrés había perdido así unas cuantas ostras de gran tamaño, alguna de las cuales podía haber contenido una fabulosa perla. Por lo menos, eso era lo que él había imaginado, antes de que la realidad le hubiera enseñado que las perlas eran tan raras, que lo mejor que uno podía hacer era olvidarse de ellas.

La perla más valiosa que había encontrado en nueve meses fue vendida por veinte libras, y el nácar que recogía en una mañana que se diera bien valía más dinero. Si la industria hubiera dependido de las perlas en vez del nácar, hubiera quebrado hacía muchos años.


En aquel mundo de niebla no existía el sentido del tiempo. Se avanzaba debajo del invisible barco, con la pulsación del compresor de aire en los oídos y la verde bruma moviéndose delante de los ojos. De cuando en cuando se localizaba una ostra, se la arrancaba del fondo marino y se la dejaba caer en el saco. Si se estaba de suerte, podía recogerse un par de docenas en cada inmersión. Y a veces no se encontraba ninguna.

Se estaba alerta ante un posible peligro, pero no preocupado por él. Los verdaderos peligros consistían en cosas tan vulgares y tan poco espectaculares como un embrollo de los tubos de aire o de las cuerdas de seguridad. Nada de tiburones, ni de pulpos gigantes, ni de escarpenas. Los tiburones huían a la vista de las burbujas de aire y en todas sus horas de buceo Andrés no había encontrado ningún pulpo que le hubiera impresionado por su tamaño. En cuanto a las escarpenas, podían tragarse a un buceador de un sólo bocado si estaban lo suficientemente hambrientas. Pero en esta desolada planicie había pocas posibilidades de encontrarse con uno de aquellos peligrosos escualos. Las escarpenas suelen merodear en los fondos donde existen cavernas de coral.

Por lo tanto, la impresión no hubiera sido tan fuerte si la uniforme llanura no hubiera imbuido en Andrés una sensación de seguridad.

En un momento determinado estaba andando confiadamente hacia una inalcanzable pared de niebla que iba retrocediendo a medida que él se acercaba, y de repente, sin previo aviso, la pesadilla se irguió delante de sus ojos.


Andrés odiaba a las arañas, y había cierto animal en el mar que parecía creado deliberadamente para aprovecharse de aquella fobia. Andrés no se había tropezado nunca con uno de ellos, y su mente rehuyó siempre la idea de tal encuentro, pero sabía que el cangrejo—araña japonés puede extender sus delgadísimas patas hasta una distancia de tres metros. No importaba que fuera inofensiva. Una araña tan grande como un hombre no tenía derecho a existir, sencillamente.

En cuanto vio aquella mole dotada de largos tentáculos surgir delante de él, Andrés empezó a gritar con incontenible terror. No recordó haber tirado de su cuerda de seguridad, pero Rico reaccionó con la rapidez que hacía de él un ayudante ideal. Andrés se sintió arrancado del fondo marino, alzado hacia la luz, el aire... y la cordura: Mientras ascendía, se dio cuenta de lo absurdo de su actitud, y recobró en parte el dominio de sí mismo. Sin embargo, cuando Rico le despojó del casco seguía temblando hasta el punto de que transcurrió un buen rato antes de que pudiera hablar.

—¿Qué diablos pasa aquí? —preguntó Nicos, furioso—. ¿Acaso os habéis declarado en huelga?

Andrés se dio cuenta de que no había sido el primero en subir. Steve estaba sentado en cubierta, fumando un cigarrillo, y el ayudante de Bill izaba al buceador jefe, el cuál se habría preguntado, seguramente, el motivo de que el barco se hubiera detenido.

—Hay algo hundido en el fondo —dijo Andrés—. Confieso que me asusté al verlo. Parecía una monstruosa araña..

El recuerdo le hizo estremecerse.

—¡Una araña! —gruñó Nicos—. ¡Tonterías!

Sí, Andrés reconocía lo injustificado de su terror. Pero...

—De todos modos —continuó Nicos—, no puede ser un barco. Steve tropezó con un lío de cuerdas y tela..— Al parecer, se trata de un paracaídas. —El griego contempló con expresión de disgusto la colilla de su cigarro y lo tiró por la borda—. En cuanto suba Bill, bajaremos a echar una ojeada. Puede ser algo de valor. Recuerda lo que le ocurrió a Fred Cotes.

Andrés lo recordaba; la historia era famosa entre los pescadores de perlas. Fred había sido un pescador solitario que, en los últimos meses de la guerra, había localizado a un DC—3 hundido en aguas poco profundas a unas cuantas millas de la costa. Fred había conseguido penetrar en el avión y descargar una gran cantidad de cajas de material óptico de precisión, con el cual montó una tienda. El negocio le iba viento en popa, pero la policía australiana entró en sospechas y finalmente le obligó a revelar su fuente de suministro.

Fue entonces, después de semanas y semanas de penetrar en el siniestrado avión, cuando Fred se enteró de que su DC—3, además del material óptico, transportaba la paga mensual de las fuerzas norteamericanas del Pacífico, en una caja fuerte que no llegó a abrir.

No tendrían ellos tanta suerte, pensó Andrés, mientras se disponía a sumergirse de nuevo. Pero la aeronave —o lo que fuera—, podía contener valiosos instrumentos, y acaso ofrecieran una recompensa por su descubrimiento. Además, deseaba comprobar qué era lo que le había asustado hasta tal punto.

Diez minutos más tarde, sabía que no era ninguna aeronave. Su forma no correspondía a la de un avión, y era demasiado pequeño: seis metros de longitud y tres de anchura, aproximadamente. El casco estaba cubierto de pequeñas mirillas a través de las cuales desconocidos instrumentos apuntaban sus ojos mecánicos al exterior. No parecía haber sufrido grandes daños, aunque uno de sus extremos estaba fundido, como si se hubiera visto sometido a un intensísimo calor. Del otro extremo brotaba una maraña de antenas, todas ellas rotas o dobladas por el impacto con el agua. Incluso ahora, conservaban una increíble semejanza con las patas de un gigantesco insecto.

Andrés no era tonto. Sospechó inmediatamente lo que era aquello.

Sólo quedaba un problema, y lo resolvió fácilmente. Medio chamuscadas por el calor, pudo leer algunas de las palabras grabadas en el casco. No tardó en descubrir las odiadas iniciales: U.S.A.

"De modo que han perdido un vehículo espacial", se dijo a sí mismo con satisfacción.

Podía imaginar lo que había sucedido. La cosa había descendido con demasiada rapidez y en una zona que no era la prevista. Alrededor de uno de los extremos podían verse los destrozados restos de las bolsas de flotación, rotas a causa del impacto, el vehículo se había hundido como una piedra.

La tripulación del barco tendría que dïsculparse ante John. No había bebido más de la cuenta. Lo que había visto ardiendo a través del cielo debió ser el cohete propulsor, desprendido del vehículo espacial.


Durante largo rato Andrés flotó sobre el fondo marino, contemplando aquel ser espacial atrapado en un elemento que no era el suyo. Su mente estaba llena de planes a medio formar, pero ninguno de ellos adquiría una forma concreta.

Ya no le importaba el provecho que pudiera reportarle el descubrimiento. Ahora hablan pasado a primer plano sus proyectos de venganza.

Aquí había una de las orgullosas creaciones de la tecnología norteamericana.., y Andrés Méndez, el portorriqueño, era el único hombre de la tierra que lo sabía.

Tenía que existir algún medio de explotar la situación, de perjudicar al país que odiaba con todas las fuerzas de su alma.

Un ansioso tirón de Rico interrumpió sus sueños de venganza.

Contestó a la señal con otro tirón tranquilizador y empezó a examinar la cápsula más de cerca. ¿Cuánto pesaría? ¿Podría ser izada fácilmente? Había muchas cosas que tenía que descubrir antes de poder elaborar un plan definitivo.

Se acercó un poco más a la rugosa pared metálica y la empujó prudentemente. La cápsula osciló sobre el fondo marino. Tal vez podría ser izada con los escasos elementos de que disponía el barco. Probablemente era más ligera de lo que parecía.

Andrés apretó su casco contra la pared de metal y escuchó con atención.

Había esperado oír algún ruido mecánico, el zumbido de algún motor eléctrico. Pero en el interior de la cápsula reinaba un silencio absoluto. Con la punta de su cuchillo rascó el metal, tratando de calcular su espesor y de localizar algún punto débil. A la tercera tentativa, obtuvo resultados, aunque no los que él había previsto.

Alguien golpeó desesperadamente el casco desde el interior de la cápsula.

Hasta aquel momento, a Andrés no se le había ocurrido que pudiera haber alguien dentro de la cápsula. Le había parecido demasiado pequeña.

Luego se dio cuenta de que había estado pensando en términos de una aeronave convencional. Desde luego, el vehículo disponía del espacio suficiente para ser ocupado por un astronauta.

Del mismo modo que un caleidoscopio puede cambiar su dibujo en una fracción de segundo, los planes en formación en la mente de Andrés se disolvieron para cristalizar inmediatamente en una nueva forma. Detrás de la gruesa mirilla de su casco, se relamió los labios con anticipado placer. Si Nicos le hubiera visto en aquel instante, se hubiera preguntado —como había hecho en más de una ocasión— si su segundo buceador estaba completamente cuerdo. Se había desvanecido toda idea de una venganza remota e impersonal contra algo tan abstracto como una nación o una máquina.

Ahora sería hombre contra hombre.


—¡Por fin! —exclamó Nicos, malhumorado—. ¿Qué es lo que has encontrado?

—Un vehículo espacial —dijo Andrés—. Norteamericano. Si podemos atar una cuerda a su alrededor, creo que conseguiremos izarlo. Pero es demasiado pesado para subirlo a bordo.

Nicos masticó pensativamente su eterno cigarro.

El griego estaba preocupado por un aspecto de la situación que a Andrés no se le había ocurrido: si se llevaba a cabo una operación de salvamento en aquellas aguas, todo el mundo se enteraría de la zona en que pescaba su barco. Y no tardaría en producirse una invasión de competidores.

Tenían que guardar silencio acerca del asunto, o remolcar la cápsula hasta lugar seguro y no decir dónde la habían encontrado. En cualquier caso, las molestias serían superiores a los beneficios. Nicos estaba convencido de que lo único que obtendría a cambio de sus esfuerzos sería una carta de agradecimiento.

—Los muchachos se niegan a bajar —dijo Nicos—. Creen que es una bomba.

—Dígales que no se preocupen —respondió Andrés—. Yo me ocuparé de todo.

Trató de que su voz sonara normal e inexpresiva, pero aquello era demasiado bueno para ser verdad. Si los otros buceadores oían los golpes procedentes del interior de la cápsula, todos sus planes quedarían frustrados.

Señaló hacia la isla.

—Sólo podemos hacer una cosa. Si conseguimos levantarlo un par de palmos del fondo, podemos remolcarlo hasta la playa. Una vez estemos en aguas poco profundas, no será demasiado difícil arrastrarlo hasta la arena. Podemos utilizar los botes, y tal vez atar una polea a uno de aquellos árboles.

Nicos no se mostró entusiasmado con la idea. No estaba seguro de que pudieran remolcar la cápsula hasta la isla, aunque se encontraba dispuesto a intentarlo todo con tal de alejar aquel maldito artefacto de la zona de pesca.

—De acuerdo —dijo—. Puedes bajar. Llévate la cuerda más recia. Y no te pases allí todo el día. Ya hemos perdido bastante tiempo.

Andrés no tenía la menor intención de pasarse allí todo el día. Seis horas serian suficientes. Esta era una de las primeras cosas que se había preocupado en averiguar por medio de las señales transmitidas a través de la pared.

Era una lástima que no pudiera oír la voz del norteamericano; pero el norteamericano podía oírle a él, y esto era lo que realmente importaba. Cuando apretó su casco contra la pared y gritó, la mayoría de sus palabras fueron captadas por el ocupante de la cápsula. Hasta entonces, había sido una conversación amistosa. Andrés no tenía la intención de mostrar su juego hasta el momento psicológicamente oportuno.

El primer movimiento había consistido en establecer un código: un golpe significaba "Sí"; dos golpes, "No". Después de esto, fue simplemente cuestión de formular las adecuadas preguntas. A base de tiempo, no había ningún hecho ni ninguna idea que no pudiera ser comunicados: por medio de aquellas dos señales.

En la cápsula había aire para otras cinco horas; el ocupante no estaba herido; sí, los norteamericanos sabían dónde había caído.

La última respuesta dio que pensar a Andrés. Tal vez el piloto estaba mintiendo, pero era posible que fuera cierto. Aunque era evidente que algo había salido mal en el planeado regreso a la Tierra, los buques diseminados a lo largo del Pacífico con la misión de recoger la cápsula tenían que haber localizado el punto de descenso con más o menos exactitud. Pero, ¿qué importaba eso? Con tal de que no tardaran menos de seis horas en presentarse... Durante aquellas seis horas, Andrés era dueño de la situación. Todo el poderío de los Estados Unidos sería impotente para desbaratar sus planes... hasta que fuera demasiado tarde.


Ahora que el sol estaba más alto en el cielo, el mundo submarino no aparecía envuelto en una grisácea neblina crepuscular. El fondo marino era incoloro, pero brillante, y el campo visual se extendía hasta los quince metros.

Por primera vez, Andrés pudo ver la cápsula espacial en su totalidad. Siendo un objeto diseñado para unas condiciones que se apartaban de toda experiencia normal, su aspecto resultaba desconcertante. No había modo de descubrir cuál era su parte delantera y cuál su extremo posterior.

Andrés apretó su casco contra el metal y gritó:

—¡Estoy aquí! ¿Puede oírme?

Tac.

—He traído una cuerda y voy a atarla a los cables del paracaídas. Estamos a unos tres kilómetros de una isla. En cuanto hayamos atado la cápsula, nos dirigiremos hacia ella. No podemos izarle a bordo de nuestro barco, de modo que trataremos de remolcarle hasta la playa. ¿Comprende?

Tac.


Tardó muy poco en asegurar la cuerda; ahora tenía que alejarse, antes de que el barco empezara a moverse. Andrés volvió a apretar el casco contra la pared de metal.

—¡Eh! —gritó—. He atado la cuerda. Vamos a ponernos en marcha en seguida. ¿Me oye?

Tac.

—Entonces, también podrá oír esto: no llegará usted vivo a la playa. Yo me ocuparé de ello.

Tac, tac.

—Le quedan cinco horas de vida. Mi hermano tardó mucho menos en morir, cuando un maldito policía lo cosió a tiros. ¡Soy portorriqueño! ¿Comprende? Le odio a usted y odio a su país. Han estado esclavizando a mi pueblo, asesinando a los patriotas que luchaban por su libertad. Yo soy uno de esos patriotas, y tuve que huir de Norteamérica para no correr la misma suerte que mi desdichado hermano. Para ustedes somos basura, lo mismo que los negros. ¡Me gustaría poder ver su cara en este momento! ¡Me gustaría verle morir, como vi morir a mi hermano! Cuando estemos a medio camino de la isla, la cuerda se romperá por el lugar donde voy a cortarla. Bajaré a colocar otra... que también se romperá. ¿Comprende?

Andrés se calló bruscamente, agotado por la violencia de sus emociones.

En el interior de la cápsula no se oyó ningún sonido. Aquel silencio resultaba despreciativo, casi burlón. Andrés golpeó furiosamente la pared de metal.

—¿Me ha oído? —gritó—. ¿Me ha oído?

Silencio.

—¡Maldito sea! ¡Sé que me está escuchando! ¡Si no me contesta, agujerearé la cápsula y dejaré que penetre el agua en su interior!

Estaba seguro de que podría hacerlo, con la aguda punta de su cuchillo. Pero era la última cosa que deseaba hacer: sería un final demasiado rápido.

Pero no hubo ninguna respuesta; tal vez el norteamericano se había desmayado. Andrés confió en que no sería así, pero ya no tenía objeto seguir esperando. Tiró de la cuerda de seguridad, y Rico empezó a izarle.


Cuando llegó a cubierta, Nicos tenía noticias para él.

—La radio ha estado informando acerca de la pérdida de un vehículo espacial norteamericano y solicitando la colaboración de todo el mundo para localizarlo.

—¿Han dicho algo más? —preguntó Andrés ansiosamente.

—¡Oh, sí! La cápsula ha dado la vuelta a la Luna un par de veces.

—¿Algo más?

—Nada que yo recuerde. Han dado unos datos científicos, pero no he entendido ni jota.

Era de esperar. Los norteamericanos no deseaban alarmar a la opinión pública enterándola antes de tiempo de que el fracaso de uno de sus experimentos espaciales había costado la vida a un astronauta.

—¿Ha informado usted de que habíamos encontrado la Cápsula?

—¿Estás loco? Además, aunque hubiese querido hacerlo me hubiera sido imposible: nuestro transmisor está averiado. ¿Has atado bien la cuerda?

—Sí. Ya podemos ponernos en marcha.

El extremo de la cuerda había sido atado al palo mayor. Cuando el barco empezó a moverse, la cuerda se tensó y, por un instante, Andrés temió que se rompiera demasiado pronto. Pero resistió la primera sacudida.

Resistió también la segunda... y la tercera. El barco avanzó lentamente hacia la isla, arrastrando la cápsula.

Apoyado en la barandilla de estribor, dejando que el sol secara la humedad de sus empapadas ropas, Andrés se sintió en paz consigo mismo por primera vez desde hacía muchos meses. Incluso su odio dejó arder como fuego en su cerebro. Quizá, como el amor, era una pasión que nunca podía ser satisfecha. Pero de momento, al menos, estaba saciada.

Su resolución no se había debilitado lo más mínimo. Estaba implacablemente decidido a llevar adelante la venganza que de un moda tan extraño —tan milagroso— había sido puesta a su alcance. La sangre reclamaba sangre, y el fantasma que le acosaba podría finalmente descansar en paz.


Empezó a preocuparse cuando el barco hubo recorrido una tercera parte de la distancia hasta la isla sin que la cuerda se rompiera.

Quedaban todavía cuatro horas. Era demasiado tiempo. Por primera vez se le ocurrió la idea de que su plan podía fracasar, e incluso recaer sobre su cabeza. ¿Ý si, a pesar de todo, Nicos conseguía llevar la cápsula a la playa antes de que transcurriera el plazo fatal?

En aquel preciso instante, el barco experimentó una fuerte sacudida y la cuerda ascendió serpenteando a la superficie, esparciendo agua en todas direcciones.

—Debí suponerlo —murmuró Nicos—. La cuerda no ha resistido. Tendremos que atarla de nuevo. ¿Quieres volver a bajar, o prefieres que envíe a otro de los muchachos?

—Bajaré yo —se apresuró a responder Andrés—. Puedo hacerlo más deprisa que ellos.

Era cierto, pero le costó más de veinte minutos localizar la cápsula. El barco se había alejado mucho de ella antes de que Nicos pudiera parar el motor, y hubo un momento en que Andrés llegó a preguntarse si conseguiría volver a encontrarla.

Finalmente la localizó. Llena de rasguños y manchas de fango, pero intacta, al parecer. Ahora estaba tendida sobre un costado, y su aspecto era de absoluta indefensión. Durante el trayecto recorrido antes de que se rompiera la cuerda, el pasajero debió verse sometido a un intenso zarandeo. Aunque lo más lógico era que llevara un traje debidamente acolchado y el zarandeo no le hubiera afectado demasiado. Eso esperaba Andrés. Sería una verdadera lástima no poder aprovechar las tres horas que quedaban.

Una vez más apoyó el cobre verde—gris de su casco contra la pared metálica de la cápsula.

—¡Eh! —gritó—. ¿Puede oírme?

Tal vez el norteamericano trataría de chasquearle permaneciendo silencioso..., aunque esto era pedir demasiado del dominio de sí mismo de cualquier hombre. En efecto: casi inmediatamente se oyó un golpecito.

Tac.

—Me alegro de que pueda oírme —dijo Andrés—. Las cosas están saliendo tal como le anuncié, aunque esta vez creo que tendré que cortar la cuerda un poco más.


La cápsula no respondió. No volvió a contestar, a pesar de los frenéticos golpes de Andrés en el siguiente buceo... y en el siguiente.

Aunque en el último buceo Andrés no esperaba oír ninguna respuesta, ya que una repentina borrasca les había obligado a detenerse un par de horas, y aquella demora agotó el tiempo límite.

Andrés quedó un poco decepcionado, ya que había planeado un mensaje de despedida. De todos modos, se pegó a la pared de metal y lo pronunció, aun a sabiendas de que estaba malgastando el aliento.

A primera hora de la tarde, el barco se había acercado a la isla lo máximo que su calado le permitía. Sólo había unos cuantos palmos de agua debajo de él, y la marea estaba bajando. La cápsula, por su parte, quedó encallada en un banco de arena, haciéndose visible a cada retroceso de las olas.

—Cuando la marea descienda del todo, la cápsula quedará casi completamente al descubierto y podremos acercarnos a ella en un bote —dijo Nicos.

Aguardaron, mientras el sol y la marea descendían y la radio continuaba transmitiendo boletines acerca de una búsqueda cada vez más próxima. Al atardecer, la cápsula estaba casi fuera del agua. Embarcaron en un pequeño bote y remaron hacia ella con una falta de entusiasmo evidente.

—¡Mirad! Tiene una especie de portezuela —dijo Nicos súbitamente—. ¿Habrá alguien dentro?

—Es posible —respondió Andrés, con voz menos firme de lo que él creía.

Nicos le miró con una expresión suspicaz. Pero no dijo nada. En aquella parte del mundo se aprende pronto a no meterse en los asuntos ajenos.

El bote había llegado ahora junto a la cápsula. Nicos se agarró a una de las retorcidas antenas y, con felina agilidad, trepó a la curvada superficie de metal. Andrés no trató de seguirle; le contempló en silencio desde el bote, mientras Nicos examinaba la escotilla de la cápsula.

—A menos que esté estropeada —murmuró Nicos—, tiene que haber algún medio para abrirla desde el exterior. A lo mejor se necesitan herramientas especiales...

Sus temores eran infundados. Al lado de la palabra "Open" aparecían las instrucciones para abrir, grabadas en diez idiomas.

Mientras el aire surgía sibilante, Nicos palideció intensamente y se volvió a mirar a Andrés, como si buscara su apoyo moral. Pero Andrés inclinó la cabeza.

Luego, con un gesto de desagrado, el griego se metió en el interior de la cápsula.

Permaneció allí durante un largo rato. Al principio pudieron oír algunos ruidos, seguidos por una exclamación de sorpresa. Luego se produjo un silencio que pareció prolongarse indefinidamente.

Cuando la cabeza de Nicos volvió a aparecer por la escotilla, su curtido rostro tenía un color grisáceo y estaba humedecido por las lágrimas. A la vista de aquel increíble espectáculo, Andrés experimentó una horrible premonición.

Algo había fallado, pero su mente estaba demasiado embotada para prever la verdad. La terrible verdad...


Rico tomó en sus brazos el cuerpo que le tendía Nicos, mientras Andrés se encogía en la popa del bote.

Al contemplar el apacible y ceroso rostro, unos dedos de hielo parecieron cerrarse alrededor de su corazón. Una angustia indescriptible disolvió su odio en el preciso instante en que conocía el precio de su venganza.

La astronauta muerta era quizá más bella de lo que había sido en vida. A pesar de su aparente fragilidad, debió haber sido lo suficientemente fuerte como para que la hubieran escogido para aquella misión. Ahora, tendida a los pies de Andrés, no era una norteamericana, ni el primer ser humano que había visto la cara opuesta de la Luna. Era simplemente la muchacha a la que él había asesinado.

Nicos estaba hablando desde muy lejos.

—Llevaba esto en la mano —decía, con voz temblorosa—. Me costó muchísimo desprenderlo de sus dedos.

Andrés apenas le oyó, y ni siquiera miró el diminuto carrete de cinta magnetofónica que reposaba en la palma de la mano de Nicos. En aquel momento no podía sospechar que las Furias no se habían abatido aún del todo sobre su alma, y que el mundo entero no tardaría en escuchar una voz acusadora procedente de más allá de la tumba, marcándole de un modo más irrevocable que a cualquier otro hombre desde Caín.