Las lunas gemelas iluminaban cavilosamente los desiertos rojos de Marte y las ruinas de la ciudad de Khua-Loanis. Los vientos de la noche susurraban alrededor de los frágiles chapiteles y murmuraban en las caladas celosías de las ventanas de los templos vacíos, y el polvo rojo la convertía en una ciudad de cobre.
Era cerca de la media noche cuando un lejano tronar de cascos veloces llegó a la ciudad, y pronto los jinetes entraron estruendosamente por los antiquísimos portillos. Tharn, Señor Guerrero de Loanis, al aventajar a sus perseguidores en veinte varas escasas, se dio cuenta, fatigadamente, de que su delantera mermaba, y con cruel espuela acicateó el costado escamoso de su vorklo hexápodo. La fiel bestia dio un apagado relincho de dolor, tratando, infructuosamente, de obedecer.
Delante de Tharn, en la gran montura doble, iba sentada Lehni-tal-Loanis, Dama Real de Marte, que cabalgaba el desmañado animal con garbo, inclinándose sobre su cuello estirado para murmurar rápidas palabras de aliento en sus achatadas orejas. Entonces se recostó contra el pecho de Tharn, cubierto con cota de malla, volviendo su bello rostro al suyo; lo tenia coloreado de un vivo carmín por la excitación de la briosa persecución, y sus ojos ambarinos le brillaban encendidos de amor hacia su extraño héroe, venido de más allá del tiempo y del espacio.
-Aún ganaremos esta carrera, Tharn mío -dijo a viva voz-. ¡Allende ese arco queda el Templo del Vapor Viviente, y una vez allí podremos desafiar a todas las hordas de Varnis!
Acariciando con la vista su señera belleza, las suaves curvas de su cuello, de sus pechos y piernas que el viento dejaba al descubierto batiendo su breve vestimenta. Tharn sabía que aun cuando los Espadachines de Varnis pudieran arrebatarle la vida a él, su extraña odisea no habría sido vivida en balde.
Pero la joven había medido la distancia con certeza. No bien Tharn frenó su relinchante vorklo, que resbalaba y se encabritaba ante las grandes puertas del Templo, los Espadachines alcanzaron el arco exterior, donde se apiñaron en una maldiciente mole. En breves momentos pudieron separarse y ahora venían cruzando el atrio a viva carrera, pero la demora había bastado para que Tharn pudiera desmontar y situarse en posición de combate ante los grandes vanos. Sabía que de poderlo defender durante unos instantes, hasta que Lehni-tal-Loanis lograra abrir la puerta, entonces suyo sería el secreto del Vapor Viviente, y con él, el dominio de todas las tierras de Loanis.
Primero trataron los Espadachines de echarles sus cabalgaduras encima, pero tan estrecho y profundo era el vano, que Tharn sólo tuvo que embestir hacia arriba con la punta de su espada y dar un salto hacia atrás, y la primera bestia caía muerta de una certera estocada que le atravesó el cuello de parte a parte. Su jinete había quedado aturdido por la caída, y de un salto Tharn alcanzó el flanco del animal muerto, y sin piedad decapitó al desafortunado Espadachín. Aún quedaban con vida diez de sus enemigos, y ahora se le abalanzaban encima a pie, pero lo estrecho del vano sólo les permitía atacar de cuatro en fila, y la posición elevada de Tharn sobre la enorme carroña le daba la ventaja que necesitaba. Ya en sus venas le ardía el fuego de la pelea; se les reía en la cara a mandíbula batiente, y en su enrojecida espada tenía gélidas filigranas de muerte que ninguno de los Espadachines osaba encarar.
Lehni-tal-Loanis, pasando sus dedos ágiles sobre el corroído bronce de la puerta, dio con la cerradura radioactiva e insertó el irisado y fulgente anillo que llevaba en su pulgar. Con un pequeño sollozo de alivio oyó cómo empezaban a accionar los ocultos resortes de seguridad. El vetusto mecanismo iba abriendo la puerta con desesperante lentitud, pero pronto oyó Tharn la cristalina voz de la joven por encima del estrépito de las espadas chocantes.
-¡Adentro, Tharn mío! ¡Ya es nuestro el secreto del Vapor Viviente!
Mas Tharn, con cuatro de sus enemigos muertos y siete aún por despachar, no podía batirse en retirada de su posición encima del vorklo muerto sin correr el riesgo de ser reducido a la impotencia a filo de espada. Y Lehni-tal-Loanis, percatada de su dilema, de un salto se puso a su lado, desenvainando su propio espadín, a la vez que exclamaba:
-¡Ay, amor mío! ¡Yo seré tu brazo izquierdo!
Ahora sintieron los espadachines de Varnis cómo los dedos fríos de la derrota les apretaban el corazón: dos, tres, cuatro más de ellos vieron mezclarse su sangre con el polvo rojo del atrio, al tiempo que Tharn y su aguerrida princesa esgrimían sus fieras espadas en perfecto acorde. Ya parecía que nada podía impedirles apoderarse del misterioso secreto del Vapor Viviente, pero no habían contado con la pérfida traición de uno de los Espadachines sobrevivientes. Este dio un salto hacia atrás, retirándose de la refriega, y bruscamente arrojó su espada al suelo.
-¡Al carajo! -gruñó y sacando de su funda una pistola protónica, de un preciso disparo de sus rayos energéticos hizo volar en pedazos a Lehni-tal-Loanis y a su Señor Guerrero venido de más allá del tiempo y del espacio.