TENTACION
por Moi (osease, Kalsbad para los amigos :)


Todos los personajes, hechos y situaciones
que aparecen en este cuento son reales,
cualquier parecido con personajes, hechos o situaciones
imaginarios es pura coincidencia.


Cómo olvidarlo, si fue ayer a la tarde, mientras estaba en el trabajo y se acercaba la hora de salir. Estaba muy nervioso, me iba sintiendo cada vez más intranquilo y por momentos la sangre amenazaba con estallar en mis venas de lo rápido que me latía el corazón. No sé si conoceréis esa sensación de sentir que hay "alguien" contigo, pero no a tu alrededor, sino dentro de ti, alguien que ve lo que tú ves, que oye lo que tu oyes, que huele lo que tú hueles, que siente lo que tú sientes y que, si quisiera, podría apoderarse de tu cuerpo y hacer con él cualquier cosa, que ni siquiera imaginas lo que puede ser, pero que sabes que será algo muy desagradable.

Así me sentía yo ayer a la tarde, acompañado por alguien al que no podía ver ni sentir, pero que estaba impaciente por ver llegar la hora de salir. Y yo mirando el reloj, cada vez más nervioso, temiendo lo que se me venía encima.

Sonó la sirena, apagué el ordenador, me despedí del resto de compañeros y abandoné la fábrica con tanta prisa que ni siquiera me cambié de ropa. No sé qué esperaba, no lo recuerdo, pero si creía que una entidad malvada iba a descender sobre mí y a tomar el mando, me equivoqué totalmente. La sensación de nerviosismo y de sentirme acompañado continuaba, pero mis actos eran completamente voluntarios. Eran tan libres y voluntarios que según monté en el coche y arranqué me dirigí hacia San Sebastián en lugar de ir hacia mi casa.

Y eran tan voluntarios, que cuando llegué a San Sebastián y entré en la plaza de Pío XII pensé "ahora hacia la derecha y aparcamos en Arcco, como siempre" y, conscientemente, marqué el intermitente hacia la izquierda y me dirigí hacia el Puente de la Estación pensando "es igual, doy la vuelta por el Paseo de Federico García Lorca y acabo frente a Arcco, así me doy un paseo".

En aquellos momentos, media hora más tarde de haber salido del trabajo, casi me había olvidado de ese "alguien" que me acompañaba (aunque continuaba notándolo ahí, en el fondo de mi mente, esperando) e incluso había logrado serenar mis nervios lo suficiente para no provocar un accidente en la carretera. Pero en aquel momento, según giré a la derecha frente a la estación del tren, mi corazón empezó a bombear de nuevo, con más fuerza que nunca. Allí, a menos de cien metros, había un hueco libre para aparcar. Lo cual era como verle ganar al Beasain la final de la copa de Europa al Urola, algo posible pero altamente improbable.

Por un momento sospeché que tres segundos antes de que yo diera la curva y me asomara al paseo aquel sitio estaba ocupado y que, instantes antes de que lo pudiera ver, el coche que estaba allí aparcado se había volatilizado en el aire. También estuve seguro de que si hubiese llegado cinco minutos antes, o tres horas después, en el mismo instante en que hubiera enfilado el paseo habría visto aquel mismo sitio vacío. Era como si alguien no quisiera que yo llegara tarde a... ¿dónde?

Ni siquiera lo tuve que pensar, aparqué allí mismo y me bajé del coche sin tener muy claro en qué dirección me iba a mover a continuación y, mientras comenzaba a llover muy ligeramente y sin tener muy claro por qué lo hacía, pensé que podía ir hacia una de mis librerías habituales, sin ningún paraguas que me cobijara del sirimiri.

En realidad no caminaba, más bien era como si una extraña fuerza tirara de mí en la dirección de la librería que quería visitar, pero era un poco extraño, porque no seguí el camino que suelo seguir habitualmente, el que va a dar en la Plaza de Guipúzcoa por Idiakez, sino otro paralelo y un poco diferente que sabía que me acabaría llevando al mismo sitio.

Según me acercaba al Bulevar, notaba que la atracción se hacía más y más intensa, mis pies casi no tocaban el suelo de lo rápido que iba. Hasta que de repente y sin previo aviso la fuerza que tiraba de mí llegó a su máximo y empezó a decrecer.

Me detuve en medio de la calle, medio empapado, sintiendo que ese algo que tiraba de mí estaba a mis espaldas. Me volví lentamente y vi una librería disfrazada de dragón con su boca abierta imitando la entrada. Y era un disfraz muy bueno pues, por extraño que me parezca, jamás hasta entonces había visto esa librería.

Me acerqué a la boca del dragón, miré dentro y vi que descendía hacia la oscuridad y las tinieblas. No había duda, fuera lo que fuese lo que me había llevado hasta allí, me aguardaba dentro. Me encomendé al Moro, me armé de valor y allí bajé. Al fondo había luz.

Al llegar al estómago vi a dos chicas sonrientes a las que adopté como dos hadas del bosque, tal vez porque cuando las miraba la fuerza que me había llevado hasta aquel país desconocido se retiraba al fondo de mi mente, como si las temiera... por lo menos un poco. Aquellas dos hadas parecían almacenar docenas de libros pulcramente alineados en estanterías en las que decía "Fantasía" y "Ciencia ficción". Los examiné superficialmente buscando algún fallo pero la ilusión era perfecta, parecían reales al tacto e increíblemente todos y, según comprobé al mirar los títulos, cada uno de esos libros estaba clasificado perfectamente según su género por las dos hadas. Todos excepto uno...

De pronto la atracción que había sentido y de la que casi me había olvidado frente a aquella biblioteca se hizo más intensa, como si ya no le importara que las hadas supieran que estaba allí. Mis ojos se movieron por propia voluntad a un punto concreto de la estantería de "Ciencia Ficción". Mi mano derecha se alzó y se dirigió hacia ese punto al que señalaban mis ojos, me acerqué un paso más a la estantería, enfoqué la vista y, en el instante en que ojos y manos se posaron en el lomo de aquel libro en concreto que estaba mal clasificado, un terror sin nombre invadió mi espíritu. Pero ya era demasiado tarde para echar la vista atrás, ya no era dueño de mi voluntad.

Cogí aquel libro, con ambas manos a pesar de que no era excesivamente grande, y lo examiné exteriormente. Aunque pareciera increíble era verdad, allí estaba: sus tapas no eran de madera repujada, no estaba forrado en cuero negro, no tenía sus letras escritas con sangre, sus páginas no eran de piel humana curtida, pero sin embargo, no había lugar a la duda. Si yo estaba allí era porque así lo había querido aquel libro, el texto más maldito de la historia, perseguido y reprimido a lo largo de los siglos en todos los lugares y épocas, prohibido y por ello deseado al mismo tiempo, proscrito pero a la vez en boca de todo el mundo. Sí, allí, entre mis manos estaba aquel libro escrito en Córdoba por aquel árabe loco llamado Abdoul Alhazred. En la portada, en grandes letras negras se podía leer: "El Necronomicom"; el Libro de los Muertos. Aquel libro endemoniado sobrevivía camuflado entre los libros de ciencia ficción, poderoso pero a la vez temeroso de ser descubierto y aniquilado por las dos hadas de la librería, debilitado por algún extraño encantamiento pero aun así capaz de atraer a algún incauto a pesar de la distancia. Y ese incauto era yo.

El libro habló dentro de mi mente: "sí, tienes razón, tengo todo el poder del mundo, pero no puedo ejercerlo aquí dentro. Sácame y te daré lo que más deseas, aunque tú no sepas lo que es, ¿quieres verlo? Te lo mostraré". Y buceó en mi mente hasta llegar al fondo de los más oscuros abismos de mi cerebro, aquellos en los que he intentado enterrar durante años aquellas cosas que he querido olvidar, muchas veces sin éxito. Y excavó capa tras capa de mi memoria hasta una profundidad inimaginable hasta que encontró un recuerdo concreto, uno que yo había intentado en vano sepultar para siempre. Y ese recuerdo era lo que yo más deseaba.

"El Necronomicom" bloqueó uno a uno todos mis sentidos y puso ese recuerdo en mi mente. Dejé de oler el aroma de los libros, dejé de oír la conversación de las hadas, dejé de sentir el tacto del libro. Antes de perder la vista pude ver que a mi alrededor una de las hadas me miraba preocupada. Después de eso sólo pude ver, oír, respirar, sentir y paladear el pasado, un pasado ya lejano pero a la vez reciente, tal vez vivido en otra existencia anterior.

"¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas cómo fue?" Y sí, yo recordaba. De nuevo vi las sombras alargándose en la Taconera mientras ella y yo estábamos sentados a la sombra de tres reyes, de nuevo miré dentro de sus ojos y me perdí en ellos, de nuevo olí el café recién hecho mientras me quemaba la lengua. De nuevo sentí el tacto de su piel.

"Vamos, ya sabes lo que tienes que hacer, sácame de aquí y todo volverá a ser igual que antes, será como si el tiempo no hubiera pasado, estarás de vuelta en la Plaza del Castillo, frente a Sevilla, con el corazón latiendo en tu pecho a mucho más de lo que debería y ella allí, bella, nerviosa y sonriente, todo a la vez, esperando al caballero que la salve del endriago. Y ese matadragones, armado con una simple rosa famélica y sin coraza alguna que proteja su pecho, eres tú". Y retrocedí más en mis recuerdos, esta vez voluntariamente, y me vi montando un caballo blanco, vestido con la armadura de combate, cruzando la llanura de Mari para reclamar su mano, salvándola de aquel dragón de siete cabezas.

"Lo olvidarás todo, no recordarás nada, esta vez no habrá ningún cinco de abril que maldecir, volverás a Aralar, o a Palace, o al Golem y ella estará allí, aguardando como la primera vez y será como si llevara toda la vida esperándote". Y allí estábamos de nuevo los dos, en la plaza de Europa, y era verdad, ella llevaba toda la vida esperándome. Y yo lo sabía. "Sácame de aquí y te encontrarás allí de nuevo. Vamos, hazlo. Ahora".

Ahora que puedo pensar con algo parecido a una cierta claridad, hasta donde me ha sido posible recuperar un poco de paz mental, sospecho que el Destino de la humanidad se estaba decidiendo allí, en apenas unos segundos, aquellos en los que me recreaba en su pelo bailando con el viento mientras nosotros dos éramos los únicos seres vivos sobre la Tierra.

Cualquiera sabe lo que podría hacer ese libro en la calle, sin nada que le impidiera hacer todo el mal que desee. Cualquiera sabe lo que habría podido pasar si hubiera buscado en mi mente cualquier otra cosa que yo deseara. Cualquiera sabe lo que habría podido pasarle a este mundo si yo no hubiera oído su voz, esa voz que nunca más volveré a oír, llamándome, pidiéndome que no me volviera a separar de ella nunca jamás. Sólo yo sé el esfuerzo que me costó formar aquella palabra en mi mente: "No".

Un grito de furia y horror invadió mi cerebro y de repente me encontré de nuevo en el interior del dragón, dueño de mis sentidos y con "el Necronomicom" entre las manos y las dos hadas dependientas mirándome fijamente. Como mejor pude recompuse mi expresión y sonreí. O por lo menos lo intenté. Después de verme antes las Puertas del Cielo no era nada fácil asumir que acababa de descender otra vez y para siempre al Infierno de la realidad

Las hadas parecieron tranquilizarse al ver que no me había quedado catatónico allí de pie, y siguieron con lo suyo. Y yo seguí con lo mío, el maldito libro maldito. Lo miré con mucho odio (no podía agradecerle que hubiera desenterrado mis fantasmas del pasado) mientras pensaba qué hacer con él. Su poder sobre mí se había debilitado, tal vez porque había sido capaz de negarlo, pero todavía sentía su influjo maligno. En un descuido de las hadas lo sepulté en el fondo de una de la estantería más polvorienta, entre una edición de los poemas completos de Ashbless y un "Manual de apicultura" de S. Holmes, donde deseo que repose durante toda la eternidad y un día más. Comprobé que era difícil verlo por casualidad y me dispuse a abandonar el vientre del dragón mientras sonreía a las hadas, esta vez sinceramente y sin tener que esforzarme.

Ya había anochecido cuando salí de la boca del dragón y me encontré de nuevo en la calle, bajo la lluvia, solo y abandonado. Una vez más.


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Página creada el 08 de Septiembre de 1999. Última actualización 15 de Diciembre de 1999 a las 08:33 AM.

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