Sin título
por Kalsbad



Un bar indeterminado, anónimo, sin personalidad, de los que hay docenas. Unos pocos clientes matan tranquilamente la tarde sentados en la barra o en alguna de las mesas. En una de ellas un hombre de unos treinta años con gafas de sol a pesar de estar en el interior, sentado con la mirada perdida en el fondo de un vaso de whisky, triste, sumido en sus pensamientos, sin prestar atención a nada de lo que pasa a su alrededor. Se abre la puerta del bar y entra un pequeño grupo de jóvenes, cuatro chicos y tres chicas. Se sientan alrededor de una mesa a unos pocos metros del hombre solitario, éste los ignora.

—¡Julián, saca unas birras para la peña!

Julián, el camarero, toma nota. Los jóvenes siguen con la conversación que mantenían cuando entraron al bar.

—Pero qué pasada de carro se ha comprado el Toni, tíos. Tenéis que verlo.

—Y conducirlo, ¿no?

Toni extiende una mano y comprueba la textura de los pantalones vaqueros en la zona de la rodilla de Maite, su novia.

—Mi padre suele decir que las cosas que se montan no se prestan.

La mano sube por el muslo desde la rodilla hasta la entrepierna y permanece allí unos segundos, sobre la tela. La chica sonríe. Julián llega con las cervezas y las reparte.

—Bueno, ¿por qué brindamos?

—¿Hace falta decirlo? Por el coche nuevo de Toni.

Brindis.

— Empezad a ahorrar, así cuando seáis mayores igual tenéis un coche como el mío.

—¿Qué coche es?

Ana no pregunta por quedar bien. Trabaja en un taller mecánico y podría darle unas cuantas lecciones al niñato que tiene enfrente, pues está segura de que si le preguntara no sabría decirle cuál es la diferencia entre los asientos traseros y el árbol de levas.

Toni no tiene tiempo de contestar, se le adelanta otro de los chicos que se sube al carro del vencedor.

—Un Volkwagen Golf, completamente negro, tracción integral, amortiguadores Koni, llantas de dieciséis pulgadas, asientos de cuero…

Toni le detiene con un gesto de la mano, complacido con la adulación, como si fuera más responsable de los méritos de su coche que el montador que ajustó el motor en la bancada. Todo rey necesita un bufón que canté sus triunfos.

—Poca cosa, sólo lo que me merezco.

Miguel, un chico tímido por naturaleza y nada dado a hacer la pelota, opina.

—Yo me conformaba con cuarto y mitad de eso.

Loli es novia de Miguel desde hace muchos años pero en ese momento actúa como si no lo supiera. Ha reconocido al nuevo monarca y se ha sentado a su lado. Antes de hablarle coloca su pierna derecha sobre el brazo de su silla, separándola lo más que puede de su otra pierna, y con el dedo índice de su mano izquierda traza pequeños círculos a pocos centímetros de la cremallera de su pantalón.

—¿Cuándo me llevas a dar una vuelta?

—A ti cuando quieras, donde tú quieras y las veces que quieras, reina.

Loli le guiña un ojo, cruza las piernas y hace desfilar su lengua por los labios.

—Esta noche me vendría bien.

Toni entiende la clara insinuación y sonríe. Maite y Miguel huelen en el ambiente a cuerno quemado, más a cuerno que ha quemado, e intentan sin mucho éxito hacer creer que no han visto ni oído nada, es duro estar enamorado. Otro de los bufones rompe la tensión sin ser siquiera consciente de que lo hace.

—Ya hemos ido a probarlo.

Toni le interrumpe, claramente fastidiado porque el otro hable de su coche empleando el posesivo. Su coche es sólo suyo y de nadie más.

—Aquí cerquita, sólo hasta Corrales.

—¿Corrales es aquí cerquita?

Isa se burla descaradamente. Todavía no ha llegado a los diecisiete años pero es la más madura del grupo y tiene mucho más del mínimo de inteligencia necesario para negarse a montar en cualquier coche conducido por semejante loco.

El bufón continúa hablando.

—Con ese coche sí es cerca. En quince minutos ya estábamos allí. Y la curva del Almendro... A ciento cincuenta tíos, la ha cogido a ciento cincuenta y dentro del coche ni se notaba el movimiento.

Toni sonríe con suficiencia mientras bebe. Es placentero, casi orgásmico, tener aduladores alrededor.

—Bah, pero eso sólo lo puedo hacer yo, cualquiera no vale para conducir ese coche.

Todos asienten en voz alta, excepto Ana e Isa, que saben reconocer a un grupo de imbéciles cuando lo ven. Una voz grave y profunda interrumpe la conversación.

—Yo puedo llegar ahí en sólo seis minutos.

Todos se vuelven hacia el hombre de la otra mesa, el solitario, que les ha ignorado desde que entraron pero que ahora les mira desde detrás de sus oscuras gafas de sol. La voz grave y profunda habla de nuevo.

—Corrales es ese pueblo de ahí, ¿no?

Y señala con un dedo a un punto del mapa de la provincia que hay clavado en la pared a su espalda. Los bufones forman guardia pretoriana alrededor de su rey.

—Sí, es ese. Y qué.

—Nadie puede llegar ahí en seis minutos.

La voz grave y profunda recoge la mano, agarra su vaso y bebe un trago.

—Yo sí puedo.

Desde detrás de las gafas llega una oleada de seguridad que se traga a los bufones, no hay chulería ni faroleo en esa frase, la voz grave y profunda sabe lo que dice. Los bufones dudan.

—Pero... Nadie puede.

—Yo sí.

Los bufones se retiran cobardemente, y deciden apelar a la artillería.

—No se puede, Toni ha tardado quince minutos, menos es imposible.

—Eso Toni, díselo tú.

Toni no es tonto, por lo menos no del todo, y cualquier otro día se daría cuenta de que el otro no es ninguna mosquita muerta, pero hoy lleva todo el día siendo el rey del mambo y se le ha subido a la cabeza. Ve que la voz grave y profunda le saca por lo menos diez años más de rodaje por la vida, sin embargo esa información no llega hasta su cerebro. Se pone en pie antes de hablar.

—Eres un mentiroso no serías capaz de hacerlo ni subido en un cohete.

La voz grave y profunda se concentra en el mocoso, coge aire y lo suelta por la nariz despacio.

—¿Te atreverías a intentar seguirme ahora mismo con tu coche por esa carretera?

Toni frena su ímpetu, acaba de verle las orejas al lobo, puede que la voz grave y profunda esté hablando en serio. Pero seis minutos en esa carretera... Mira hacia atrás y ve a unos ansiosos bufones empujándole silenciosamente para que diga que sí, ve el desprecio de Isa, el odio de Miguel, la indiferencia de Ana y la preocupación de Maite. Y ve la promesa de una noche entre los muslos de Loli. Le decide esto último.

—Sí.

Y traga saliva, mientras durante un segundo pasa por su imaginación la visión de un Golf negro impactando a más de ciento ochenta contra una de las muchas encinas que bordean la carretera, seguido de la imagen de cuerpo totalmente destrozado en la cuneta.

La voz grave y profunda le mira socarrona.

—Pero qué valientes son los niños de hoy en día. Aún no he oído cómo se llama tu coche.

Uno de los bufones intenta auxiliar a Toni desde la retaguardia.

—Es un Golf negro, tiene...

La voz grave y profunda le corta.

—No hablaba contigo. Quiero saber qué lo mueve.

Toni se da cuenta de que el otro no le ha aceptado el órdago a su envite.

—Seis cilindros en uve, es un dos mil ochocientos atmosférico.

—¿Gasolina?

—Por supuesto.

La voz grave y profunda gruñe dando su aprobación.

—Me gusta. ¿Cuántos caballos hay en la cuadra?

A Toni le parece notar que al otro se le han perdido las ganas de pelea y viendo otra ocasión para lucirse se envalentona.

—Doscientos cuatro caballos,.

La voz grave y profunda, repentinamente endurecida, se vuelve cortante.

—Doscientos cuatro caballos bajo el capó y un asno al volante.

Tan rápido como se ha envalentonado, Toni se desinfla. Decididamente, la voz grave y profunda va en serio y él ha cometido el error de su vida al aceptar correr esa estúpida carrera, tal y como le dicen Isa y la cínica sonrisa que aparece pintada en su boca. Intenta presentar batalla.

—¿Un asno yo?

—¡Silencio!

Toni se sienta, asustado ante el vozarrón. El grito alerta al camarero que mira en dirección a las mesas. La voz grave y profunda le llama con un gesto y cuando llega hasta él pide cervezas para todos y paga, como callada muestra de que no hay animadversión en su actitud hacia los chicos.

—Hoy es tu día de suerte, no vas a correr esa carrera contra mí, entre otras razones porque ya no tengo mi coche, pero si lo tuviera aquí y ahora tampoco la correrías, porque yo no hago esas cosas, tal vez algún día entiendas el motivo de que lo dejara. Pero piensa que nunca me habrías ganado.

A Toni se le bajan totalmente los humos y por primera vez comprende plenamente el significado de aquel refrán acerca de un enemigo y un puente de plata; le están permitiendo salvar la cara delante de sus amigos sin arriesgar nada. Uno de los bufones no se puede contener.

—¿Qué coche tenías?

—Antes de que empezara a hacerle cosas era un Audi S4; un dos mil setecientos biturbo con tracción integral y todas las comodidades que podáis imaginar; gasolina, por supuesto; doscientos sesenta y cinco caballos, seis segundos para pasar de cero a cien. Una bestia.

Todos están impresionados por esos datos pero Ana, que ya ha visto y se ha subido en coches más impresionantes que ese, olfatea algo más, carne fresca para su siempre hambriento paladar mecánico.

—¿Has dicho "antes de hacerle cosas"? ¿Qué le pusiste?

La voz grave y profunda sonríe con satisfacción, es la primera vez que una mujer le pregunta sobre detalles mecánicos de un automóvil y le gusta.

—Lo hice todo por mi cuenta, nadie se hubiera atrevido a meterle mano para hacerle todos aquellos arreglos: neumáticos 320/75, llantas de aleación de diecisiete pulgadas, amortiguadores Bilstein acortados, frenos de cerámica, aumentar la presión de soplado de los turbocompresores, añadir chip de potencia, reprogramación de la centralita, toma de aire en el capó, alerón nuevo para que no se despegara del suelo a alta velocidad. Eso fue lo más gordo.

A Ana los ojos le hacen chirivitas. Los otros no han entendido demasiado pero ella sí sabe lo que significa todo aquello para el motor del coche. No se sentiría demasiado segura en un automóvil así pero sabe que le gustaría ver el resultado final de aquellas modificaciones, de la misma forma que le gusta ver las noticias sobre las sondas que van a Marte a pesar de que ella no irá jamás hasta el planeta rojo. Pregunta con un ligero tono de ansiedad.

—¿Cuántos caballos le sacaste?

La voz grave y profunda mastica unos segundos la pregunta, como si no la entendiera del todo bien. Cuando habla lo hace en un tono indiferente, con falsa modestia no disimulada.

—Bah, poca cosa, calculo que apenas unos trescientos sesenta caballos de nada.

Las otras dos chicas no saben nada de automóviles, pero hasta ellas se quedan con la boca abierta. Los bufones abandonan al destronado Toni en favor del nuevo rey. El propio Toni se ha convertido en bufón.

—Eso tiene que ser un misil.

La voz grave y profunda pregunta sin elevar el tono de voz, mostrándose magnánimo en la victoria.

—¿Te crees ahora lo de los seis minutos?

A Ana le da miedo saber que pueda haber por ahí gente viajando en semejante ataúd con ruedas pero a la vez le atrae ese prodigio de la tecnología.

—¿A qué velocidad lo pusiste?

—El cuentakilómetros sólo marcaba hasta doscientos cincuenta, a partir de ahí seguía acelerando un rato pero la aguja no se movía.

La voz grave y profunda ve que tiene allí un público entregado y rebusca entre sus recuerdos.

—Dudo que haya pocas cosas que se puedan hacer con la ropa puesta y que den más placer que conducir ese coche. Era una auténtica bestia acelerando, casi ni daba tiempo a ver subir la aguja del cuentarevoluciones. Me encantaba adelantar camiones en vías de doble sentido. Me ponía detrás, cerca de ellos pero sin pegarme demasiado, esperaba a que llegara un tramo de línea discontinua y sin coches de frente, entonces frenaba un poco separándome unos diez metros del camión, reducía a tercera sin dejar que el motor se encabritara dominándolo con el embrague, comprobaba que no venían coche de frente y entonces...

La voz grave y profunda coge aire saboreando el momento, llevando a los chicos a donde desea. Incluso Maite, que lo único que le interesa de los coches es que la llevan a donde quiere ir, está embelesada.

—¿Y entonces?

—Y entonces, con el motor completamente dormido, pulsaba el intermitente, cambiaba de carril, soltaba el embrague y hundía el pie en el acelerador. Era una cosa para verla desde dentro: el motor despertaba, los turbocompresores se convertían en un huracán soplando a la velocidad del sonido, los seis cilindros rugían como tigres, toda la caballería se ponía a tirar del carro y antes de darme cuenta de lo que pasaba estaba ciento cincuenta metros por delante del camión circulando a más de doscientos kilómetros hora.

La voz grave y profunda calla. Posiblemente detrás de sus gafas haya dos ojos perdidos en el mundo de los sueños. Toni habla.

—Dijiste que ya no tienes ese coche. ¿Lo vendiste?

Un rictus de amargura cubre el rostro de la voz grave y profunda.

—Jamás lo habría vendido, ese coche no tenía precio sólo por las horas que metí en él. Ha tenido un destino peor. Esta mañana, cerca de Bujaraloz, en dirección Barcelona, en un tramo de carretera cuesta abajo de fuerte pendiente, un ocho por ciento creo. Imaginad tres carriles, dos para subir y uno para bajar. Imaginad varios camiones subiendo y bajando por los carriles de los extremos y el central vacío. Imaginadme viajando en coche, cuesta abajo, detrás de un camión, miro y veo que no hay posibilidad de que los camiones que suben se adelanten entre sí y tampoco hay coches subiendo. Así pues, viendo el camino, despejado pulso el intermitente, cambio de carril y hundo el pie en el acelerador. Como siempre, el motor responde y despierta, los turbocompresores se disparan y empiezan a soplar a la velocidad del sonido, los seis cilindros rugen, la caballería tira con más fuerza que nunca y antes de darme cuenta me encuentro en el carril del centro, a ciento setenta, en un pasillo acotado por un camión a cada lado y de frente, donde un segundo antes no había nada, un Golf gris salido de no se sabe dónde a más de ciento diez y acelerando. Imaginad el resto.

La voz grave y profunda aprovecha el silencio creado por sus palabras para rematar su whisky y ponerse en pie dispuesto a abandonar el local. Sobre la mesa de los chicos cae un espeso silencio del que ninguno sabe cómo salir.

Isa es la única que reacciona, se da cuenta de la amargura que almacena aquella persona, de que el amor que sentía por su coche era casi físico, y aunque no comprende ese sentimiento intenta consolarlo.

—Tampoco es para tanto porque hayas destrozado tu coche. Piensa que has tenido mucha suerte, ha sido esta mañana y estás aquí para contarlo tan tranquilo, no te ha pasado nada...

La voz grave y profunda se vuelve con fiereza y desde detrás de sus gafas de sol mira a Isa salvajemente hasta hacer que a todos los de la mesa se le forme un nudo en la garganta y un vacío en la boca del estómago. Se quita las gafas y habla con una voz oscura e inhumana, una voz mucho más grave y profunda que hace que la que ha empleado hasta ahora parezca casi normal en comparación.

—¿Quién ha dicho que no me ha pasado nada?

El interior del bar se oscurece, la temperatura cae varios grados, la atmósfera se solidifica hasta que es cortada por una ráfaga de aire frío que parece surgir del hombre que está de pie y que recorre el espinazo de los muchachos. La voz grave y profunda vuelve a cubrir con sus gafas de sol las dos cuencas oscuras y vacías en cuyo fondo sólo se ve un abismo negro como una noche eterna y se desvanece del bar atravesando la pared más cercana.


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Página creada el 08 de Septiembre de 1999. Última actualización 15 de Diciembre de 1999 a las 08:33 AM.

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