—Ya estamos aquí, Erich. Lo tenemos ahí fuera.
—¿Algún problema?
—Traía algo parecido a una escolta, parece que han intentado seguirnos.
—¿Y Peter?
—Sin noticias, yo diría que los ha despistado.
—Está bien, buen trabajo, Fegelein. Atención a la calle, comprobad que tenemos la salida de atrás despejada, hacedle esperar un rato para que se ponga un poco nervioso y traedlo aquí. Hugo, prepara el vino.
—Quitadle la capucha —dijo Erich.
El hombre que hasta aquel momento había tenido la cabeza oculta parpadeó intentando acostumbrarse a la luz de las antorchas, pero no se pudo levantar: tenía pies y manos atados a la silla. Cuando miró a su alrededor vio que se encontraba sentado frente a una mesa en una habitación muy pequeña sin ventanas, con una única puerta situada a su derecha. Frente a él se encontraba sentado otro hombre, con su rostro sumido en las sombras que desde su espalda proyectaban las dos únicas antorchas que iluminaban la habitación, a la derecha de aquel hombre se encontraba otra persona y, rodeando al cautivo, se apiñaban de pié otros tres hombres a los que no pudo ver bien la cara. Aparte de la mesa y las sillas no había otro mobiliario.
Después de examinar el lugar habló:
—¿Era necesario todo esto?
El hombre que estaba sentado se encogió de hombros y se limitó a decir:
—Somos muy tímidos, nos gusta la discreción.
—Le advierto que...
—¿...quince hombres iban detrás de usted siguiéndole? No se preocupe, les he dicho a mis chicos que no sean demasiado duros con ellos. Tienen órdenes de indicarles amablemente la salida de la Ratonera.
El hombre que estaba atado asintió muy serio, como si no hubiera notado el tono irónico del otro y las risas contenidas de sus captores.
—O sea que estamos en la Ratonera. ¿Se puede preguntar en qué parte de la misma?
—¿Cómo se distingue en un laberinto un pasillo de otro? —le replicó el otro.
—Parece que he hecho bien escogiéndoles a ustedes, señor Erich Zelewski.
—Puede llamarme Erich a secas... conde Pakkar—le respondió Erich sin mostrar sorpresa por el hecho de que el otro conociera su nombre.
—¿Sabe quién soy? —se sorprendió Pakkar.
—Puede que usted sea el segundo consejero del rey... —Erich hizo un gesto y Hugo se adelantó hacia Pakkar, sacó un cuchillo y rompió las ligaduras—, y puede que nosotros seamos unos vulgares ladrones, pero nos gusta saber con quién nos mezclamos.
Erich hizo otra seña y Hugo cogió una de las antorchas situada a su espalda y la puso en la pared situada a la derecha de Erich, con lo que Pakkar pudo ver frente a sí en un rostro impasible y anónimo unos ojos negros como la oscuridad.
—¿Ah, sí? —digo Pakkar frotándose las muñecas para restaurar la circulación en sus manos.
Durante unos momentos nadie habló ni se movió en la sala, ni Pakkar, ni Erich ni mucho menos los cuatro hombres que en aquel momento ejercían de guardia pretoriana de éste último. Erich rompió el silencio inclinándose para servir vino en dos copas.
—Vino de Gainza. Buen vino. Saboréelo —y Erich bebió un largo trago de su copa.
—Tengo entendido que la semana pasada alguien asaltó las bodegas reales matando a cinco hombres de la guardia...
—Una lástima.
—...y llevándose diez barriles del mejor vino de Gainza.
—Seguramente sus nuevos dueños le estarán dando un buen uso. Brindemos por ello.
Mientras hablaba Erich había levantado su copa y miraba al conde Pakkar fijamente. A su vez, éste levantó su copa mientras sostenía la mirada de Erich, pero no hizo ningún esfuerzo por ocultar la expresión de su cara, una expresión que revelaba que a pesar de haber sido conducido hasta aquella casa atado, amordazado y vendado la compañía no le estaba defraudando... u no creía que lo fuera a hacer.
El conde Pakkar examinó a sus acompañantes lo mejor que pudo sin apartar del todo la vista del jefe: delante, sentado al otro lado de la mesa, Erich, el cuerpo relajado y sosteniendo su mirada, la perfecta imagen del hombre que sabe que tiene la situación dominada; a la derecha de Erich, de pie como el resto de los ocupantes de la sala, un hombre excesivamente sonriente y desarmado, (Hugo de Worms, aunque Pakkar no conociera su nombre); a su izquierda, junto a la puerta, dos hombres altos y corpulentos, cada uno armado sólo con un puñal en el cinturón y dando la impresión de no necesitar otra cosa aparte de sus manos para destrozarle si fuera necesario, el primero con una poblada barba, roja como el resto de su cabellera que se recogía en una coleta que le llegaba a la cintura, el segundo un hombre de pelo negro con una cicatriz que iba desde casi la oreja izquierda hasta la comisura de la boca como una sonrisa alargada (Fegelein y Paul Maitla); detrás, y sin poder verlo aunque sintiendo la tensión que irradiaba aquel individuo que era todo nervio, otro hombre (Pétar Nakownee).
Mientras bebía de la copa Pakkar decidió no hacer esperar a sus anfitriones, no habría ninguna ventaja en ello: ellos no sabían por qué los había buscado y tampoco necesitaban de él. Era Pakkar el que necesitaba ayuda y la necesitaba rápido. Mejor no dar rodeos innecesarios, la verdad (la parte de verdad que iba mostrar) no podía hacerle daño. Por lo menos no demasiado.
—Supongo que se preguntará por qué la tercera persona más poderosa del reino busca una compañía tan poco recomen...
—Pues no, no me lo pregunto —le cortó Erich con una voz que no tenía ninguna entonación especial.
Si Pakkar se sintió molesto por aquella interrupción no lo demostró. Bebió otro sorbo de su copa y siguió hablando como si nada hubiera pasado.
—Necesito ayuda para hacer un trabajo. Un trabajo muy especial. Y muy bien pagado.
Erich continuó sentado sin moverse y mirando fijamente a Pakkar, como si la cosa no fuera con él. Pakkar empezaba a sentirse confundido, no podía decidir si aquel hombre era un estúpido que no sabía con quién estaba hablando o un genio de la negociación que sabía cómo tensar la cuerda. «Comprobemos cuál de las dos cosas».
—Necesito acabar con cierta persona, una persona muy importante y poderosa: el brujo Luf Ytmon.
Pakkar se alegró interiormente al ver cómo sus palabras golpeaban a los ocupantes de la habitación y en un momento resquebrajaban la apariencia de serenidad de aquellos cinco hombres. Por lo menos había comprobado que no eran estúpidos, ahora sólo faltaba exponerles el resto de la situación y lo más difícil, que aceptaran.
—Y una mierda —dijo muy agitado el hombre que se encontraba a su izquierda.
—Paul —susurró un más que inquieto Erich.
—No, no y no, me niego —dijo Paul Maitla mientras intentaba recorrer la habitación dando largas zancadas, cosa difícil dado que ésta era de pequeño tamaño y que casi todo el espacio estaba ocupado por la mesa y el resto de los hombres.
—Paul —dijo Erich elevando un poco el tono de su voz.
—Jamás lo haré.
—¡Paul! —gritó Erich. El aludido se detuvo y se quedó mirando a su jefe—. Yo llevo las negociaciones, después hablaremos nosotros sobre lo que quiere el señor Pakkar.
—No lo haré —dijo Paul encarándose con su jefe antes de abandonar la habitación hecho una furia.
Erich no dijo nada pero se fijo en que la puerta había quedado un poco entornada y apostó mentalmente la mitad del reino que sabía que jamás conquistaría a que Paul se había quedado detrás de la puerta escuchando. Dejó una pausa de unos segundos y volvió a prestar atención a su invitado.
—Disculpe la interrupción, señor Pakkar. ¿Un poco de vino?
Mientras Erich servía el vino pensaba en lo que le había dicho aquel hombre que tenía sentado enfrente. «Muy bien Erich tu mayor pesadilla verte metido en intrigas políticas tenemos aquí a Pakkar segundo consejero del rey que quiere matar a Luf Ytmon primer consejero del rey y terrible y poderoso brujo que nadie sabe por qué se conforma con estar en este reino de mierda si de verdad es tan poderoso como suele demostrar cada vez que al rey le da por pelearse con sus vecinos qué raro que Ytmon no haya emigrado a los ricos reinos del oeste pero ahora lo que importa es que Pakkar quiere acabar con él y por algún motivo ha venido a nosotros me pregunto por qué si no nos conoce nadie o tal vez sí tal vez hayan llegado a sus oídos rumores sobre el golpe que dimos en la costa lo cual implica que no somos tan desconocidos y tal vez conozca nuestra verdadera fuerza ¿habrá despistado Taunsenn a la escolta de Pakkar o entrarán dentro de un rato pasando a cuchillo a todo lo que se mueva? de cualquier forma da igual hemos perdido el anonimato nos conocen muy arriba me pregunto cuanto podríamos pedirle por intentar hacer un trabajo imposible me pregunto cuánto estará dispuesto a pagar me pregunto si tendría que matar a Pakkar».
—Conde Pakkar, usted no es el único que quisiera ver a Luf Ytmon muerto, pero creo que si usted, que puede dedicar a esa tarea todos los hombres y riquezas que desee, no puede hacerlo, nosotros tampoco. No somos más que unos miserables ladronzuelos...
—Oh, vamos, señor Zelewski —le cortó Pakkar con sorna—. ¿Tengo que recordarle dónde se encontraban y qué estaban haciendo usted y sus hombres hace apenas seis semanas?
«O sea que sabe lo de la costa». Erich encajó el golpe sin inmutarse y siguió hablando como si no hubiera oído nada, aunque vio por el rabillo del ojo que Hugo sonreía en silencio. «Un día de estos te voy a dar».
—No se puede matar a Luf Ytmon y eso lo sabemos hasta nosotros. Primero: su magia es la más mortal arma de ataque y el mejor escudo defensivo. Segundo: nunca sale del palacio y cuando sale lo hace sin avisar, imposible sorprenderle. Olvídelo señor Pakkar, no hay nada más que hablar.
Detrás de la puerta se oyó un resoplido que los ocupantes de la habitación ignoraron a pesar de ser completamente audible. «Muy bien Paul Maitla, te he dado la razón delante del conde pero la bronca que te vas a llevar por contradecirme en público no va a ser pequeña».
Durante unos segundos Pakkar no dijo nada.
—Lo he pensado señor Erich y puede hacerse. Puedo hacer que entre en el palacio un pequeño grupo, con cuatro o cinco personas creo que bastaría, las suficientes para abrirse paso a la fuerza hasta la salida de ser necesario. Y en cuanto a la magia... Tengo una defensa, un antídoto si lo prefi...
—¿Defensa contra la magia de Luf Ytmon? —le interrumpió Petar Nakownee a su espalda—. ¿Y para qué nos quiere a nosotros entonces?
Erich miró con desaprobación a Nakownee pero Pakkar no lo advirtió, pues se había vuelto para responder directamente a su interlocutor. «Va en serio, está poniendo toda la carne en el asador, por algún motivo somos su primera y única oportunidad, pero ¿por qué?».
—Sí, existe una defensa, un conjuro que hace que el que se somete a él se vuelva inmune a la magia del brujo.
—¿Y funciona? —preguntó Hugo.
—Sí.
—¿Sí, eh? —le replicó Hugo con tono irónico.
—¿Y por qué no te lo aplicas a ti mismo? —dijo Fegelein desde la espalda de Pakkar. Este se volvió para responderle.
—Luf Ytmon puede "ver" desde unos cincuenta metros a las personas que se han sometido al conjuro. Jamás dejaría que los guardias permitieran el paso al interior del palacio a alguien así.
—¿Y tus hombres? —esta vez habló Erich.
—¿Qué hombres? —dijo Pakkar con tono sombrío—. Mi estrella está decayendo, pierdo influencia sobre el rey, mis hombres me abandonan. Cualquier día alguien me envenenará o me encontraré con una espada afilada en algún pasillo del palacio, si es que el brujo se digna dar la orden de acabar conmigo, tan bajo me está haciendo caer que es capaz de no hacerme matar sólo para humillarme. —De pronto alzó la voz y sus ojos destellaron con odio—. Por eso debo matar a Luf Ytmon, es su vida o la mía, y no tengo a nadie que lo haga por mí, en todo el reino no existe una fuerza de choque mínimamente entrenada y organizada que no esté al servicio del brujo. Excepto vosotros.
—¿Cuánto? —dijo Erich.
Durante unos segundos Pakkar, que todavía nadaba en un río de furia, pareció no comprender.
—¿Cuánto... qué?
—Muy bien, el conde Pakkar quiere matar a Luf Ytmon, nosotros los troperos tal vez estemos lo suficientemente locos como para tratar de no morir intentándolo, pero... ¿a cambio de qué?
Pakkar bebió de su copa y pensó unos segundos.
—Treinta mil raglans de oro.
De detrás de la puerta surgió otro nuevo resoplido. «Esta vez te la has ganado Paul Maitla», pensó Erich.
—Se acabó la reunión —dijo Fegelein, el hombre situado a la derecha de Pakkar, mientras recogía las copas y la botella.
—¿Qué? ¿Cómo? —fue todo lo que pudo decir un más que asombrado Pakkar al ver a un subordinado tomando decisiones por su jefe. Y se asombró más todavía al ver que Erich se levantaba y decía:
—Hugo, Pétar, vendad al caballero y acompañadle a algún lugar lejano de esta casa. Y que sea por algún camino largo y tortuoso, hemos disfrutado de su compañía pero no quisiéramos que se presentara de nuevo en nuestro hogar.
—¡Un momento! ¡Que está pasando! —casi gritó Pakkar. Nakownee le estaba sujetando los brazos a los costados mientras Fegelein empezaba a arrollar una cuerda alrededor de sus muñecas.
—Yo diría que se acabó la reunión —le respondió Hugo ente risas mientras avanzaba hacia él con una capucha en su mano derecha.
—¡Cien mil raglans de oro! —gritó Pakkar cuando comprendió su error.
—Alto —ordenó Erich a sus hombres y éstos soltaron a Pakkar volviendo a sus posiciones—. Veo que empezamos a hablar el mismo idioma.
—¿Lo harán por cien mil?
—Ni aunque nos lo pidas por favor —susurró alguien detrás de la puerta.
Seis pares de ojos miraron en silencio en aquella dirección durante unos segundos hasta que la puerta se movió lentamente hasta quedar completamente cerrada, como si la hubiera empujado una leve corriente de aire.
—Noto una ligera falta de disciplina en sus hombres, señor Erich —ironizó Pakkar intentando devolver la humillación recibida.
Una sombra cubrió el rostro de Erich mientras se inclinaba para recoger la botella de vino y volvía a llenar las copas. Cuando habló lo hizo en voz muy baja con un tono oscuro y amenazador que no admitía réplica.
—No son mis hombres, conde. Nunca lo han sido y nunca lo serán, no tenemos otro amo que no sea nosotros mismos y nunca lo tendremos. No vuelva a decir nunca nada parecido.
Erich calló y bebió su copa en silencio mirando hacia la pared de su derecha. El sonriente Hugo se había puesto serio de repente e incluso a sus espaldas Pakkar podía notar un asomo de tensión en la presencia de Fegelein y Nakownee. No sabía cuál había sido pero tenía la certeza de haber cometido un error. Cambió de tema para intentar remediarlo.
—¿Hemos dicho cien mil entonces?
Erich pasó su vista de la pared a Pakkar y negó con la cabeza.
—Una tonelada de oro, no queremos moneda del reino, el oro en bruto es más fácil de usar en cualquier parte; caballos del Gran Erg y armas de Orendain, lo mejor que haya; inmunidad en el reino; tierras, para el día que nos retiremos; y algún título nobiliario también nos vendría bien; nada de preguntas sobre nosotros, ni nuestro pasado ni lo que vayamos a hacer en el futuro. Las armas y la mitad del oro por adelantado
Pakkar pensaba a toda velocidad. Con el oro iba a tener problemas para reunir tal cantidad, los caballos y las armas no iban a tener dificultad, la inmunidad se concedía y se quitaba gratuitamente, las tierras siempre se le podían confiscar a algún noble enemigo una vez de nuevo en un puesto de confianza del rey, los títulos se repartían como el que regala patatas y él no era nada curioso, así pues...
—Está bien. Pero sólo será la cuarta parte del oro por adelantado. Y después del golpe tendréis que abandonar el reino por un año.
Erich decidió que aquello era mucho más de lo que esperaba sacar... y que aquel hombre sentado frente a él debía estaba muy desesperado para aceptar tan rápido un trato así. «Tendría que haber pedido más».
—Tenemos que pensarlo. Tengo que discutirlo con el resto de los hombres, si nos disculpa un momento vamos a deliberar. Hugo hazle compañía al conde.
Y todos excepto Hugo abandonaron la habitación.
Hugo se sentó en la silla que hasta aquel momento había ocupado Erich y sacó de debajo de la mesa una bolsa con piedrecillas y unos dados.
—¿Saben jugar los nobles a los dados? —preguntó.
—Hace años que no toco unos —le respondió un altanero Pakkar.
—Veamos si se le ha olvidado —dijo Hugo repartiendo las piedras entre ambos hombres.
En otra habitación de aquel edificio se discutía acaloradamente en un idioma desconocido en aquel reino. Allí estaba reunida casi toda la tropa, los suficientes como para tomar una decisión sobre el tema principal de aquella reunión. Eran casi veinte hombres los que se hallaban repartidos por la habitación, algunos sentados en sillas o en el suelo, otros de pie, todos atentos a las palabras de Erich, que había expuesto todo lo que les había revelado Pakkar. Si se hubiera tratado de otro asunto el vino estaría corriendo en grandes cantidades por la gargantas, pero hoy el asunto era muy serio.
Durante un rato nadie dijo nada.
—Puede hacerse —rompió el silencio Mirlvaldis.
—Ni aunque el mismo Luf Ytmon ponga su propio cuello en el tajo —le respondió Paul Maitla.
—¿Y el conjuro antimagia?
—¿Existe ese conjuro? ¿Alguien lo ha visto?
—Yo una vez oí rumores en Etzwuo.
—Tú eres sordo de las dos orejas. No me gusta nada este asunto.
—A mí tampoco.
—¿Debemos darle puerta?
—Nos conoce, no será tan fácil. ¿Quién nos asegura que no tomará venganza?
—¿Puede tomar venganza?
—Tal vez no tenga el suficiente poder para tomar venganza.
—Tal vez nos haya mentido sobre el alcance de su poder.
—En momentos como éste es cuando lamento no hacer caso a los rumores sobre lo que pasa por palacio.
—¿Entonces?
—Un cuchillo en su cuello sería de lo más conveniente.
—¿Estas tonto? No saldríamos vivos de la ciudad.
—¿Seguro? No opino lo mismo. Nadie sabe que está aquí.
—¿Su escolta tampoco?
—Van tres rondas a que Taunsenn les ha dado lo suyo.
—Ni dormido, nadie puede cazar a Taunsenn en la Ratonera.
—¿Ni siquiera tú?
—Excepto yo, por supuesto.
—Serás fantasma...
—Bueno señores, discutan luego sobre eso si quieren, ahora estamos a lo que estamos. ¿Qué hacemos?
—¿Tú que opinas Erich?
—No lo sé —dijo un Erich visiblemente preocupado.
—¿Cómo? Debe ser la primera vez que te oigo decir algo parecido.
—Entiendo al jefe.
—¿Ah, sí?
—Ah, sí.
—Habla.
—El golpe de nuestras vidas, le podemos sacar al viejo lo que queramos y retirarnos para siempre a las islas.
—Lástima que entre nosotros y ese futuro se interponga un objetivo imposible, ¿no?.
—¿Creéis que es imposible? Es decir, bueno, vamos, o sea, ya sabemos lo que es el brujo, pero el cuento de Pakkar suena creíble. O sea, ¿por qué inventarse algo así, un conjuro secreto que proporciona inmunidad?
—¿Una trampa para ratones?
—Desde luego ha venido al sitio adecuado, qué mejor sitio para poner una trampa para ratones que una Ratonera.
—No creo que sea una trampa.
—¿Por qué?
—Nuestra forma de vida es muy discreta, puede que hayamos fastidiado a alguna gente con nuestros robos pero quitando el asunto de la costa lo demás han sido como los picotazos de una mosca cojonera. ¡Diablos, si ni siquiera se rumorea en las calles nuestro nombre relacionado con lo de la costa!
—Pero él lo sabe...
—Sí, ¿cómo se habrá enterado?
—Eso no importa, si él lo sabe es porque alguien se lo ha contado. Así pues, lo sabe más gente.
—Entonces...
—Entonces estamos jodidos.
—Pensemos.
—Si es que eres capaz.
Un coro de risas llenó la sala hasta que fue interrumpido por el sonido de otra voz.
—Si fuéramos el segundo del rey y quisiéramos atrapar a los troperos, ¿seríamos nosotros el cebo?
Esta vez el silencio cayó sobre la sala. Durante unos segundos aquellos hombres rumiaron la situación.
—De lo cual se deduce que no es una trampa.
—Tal vez sea una trampa sutil...
—Demasiado sutil para nosotros, jamás caeríamos en ella. Además, mira qué nos pide, matar a Luf Ytmon nada menos, es que nos está pidiendo a gritos que le tiremos por la ventana...
—Yo digo que puede hacerse.
—¿Tirarle por la ventana?
—Matar a Luf Ytmon.
—No cuentes conmigo.
—Y tú, Reeb, ¿«ves» algo?
—Hoy no. Ni siquiera oscuridad.
—¿Y eso es bueno?
—Te lo diré mañana.
Erich se levantó de la silla en que estaba sentado e interrumpió un debate que estaba viendo que no iba a llevar a ningún sitio.
—Señores, se acabó la discusión. Voy a volver a esa sala y a decirle a ese personaje que nos lo vamos a pensar y que mientras nos lo pensamos queremos darle un vistazo de cerca al palacio. Reconocer el terreno.
—Erich, sé que no te hace gracia este asunto...
—Vamos, Paul, no pasa nada por mirar un poquito...
—...salvo por el pequeño detalle de que quieres que sea yo el que mire, ¿no?
—Tú y Valdis, ambos tenéis buen ojo para eso.
—Eso es una venganza por lo que ha pasado en aquella habitación, ¿no?
—Más bien es una venganza por lo que ha pasado cuando estabas fuera de la habitación. Irás con Valdis.
Un gran coro de voces retumbó en la habitación.
—Sea.
Paul agachó la cabeza y acató la decisión.
—Pues sea entonces.
Y abandonó la habitación visiblemente contrariado.
Erich regresó acompañado por Fegelein junto a Pakkar y Hugo. Los dos hombres estaban sentados mirándose fijamente, Pakkar divertido, Hugo con el estupor brillando en el fondo de sus ojos azules. Erich pudo ver sobre la mesa unos dados y un único montón de piedrecillas... en el lado de Pakkar.
—No me lo puedo creer, ¿te ha ganado a los dados, Hugo? Espera a que se lo cuente a los chicos.
Por toda respuesta Hugo abandonó la habitación casi a la carrera acompañado de las carcajadas de Erich y Fegelein.
—¿Y bien? —le interrumpió Pakkar.
—Nos lo estamos pensando —respondió Erich, todavía con alguna sonrisa asomándose en su boca—. Antes de tomar ninguna decisión queremos ver el palacio por dentro, ya sabe, para trazar un plan y esas cosas.
—Pasado mañana el rey concede audiencias en el salón del trono, puedo arreglarlo para que un par de hombres asistan, entrando por la puerta principal y a cara descubierta por supuesto. Intentaré que alguien les dé un paseo por dentro.
—Bien, entonces pasado mañana habrá dos hombres vestidos de peregrinos en la Puerta Oeste, cuando se les pregunte cómo de oscuros son los ojos de la reina responderán que oscuros como el alma del que los mira.
—Eso es una estupidez, a la reina se la llevó por delante el primogénito del rey cuando nació, hace cinco años..
—Ya sé que es una estupidez, por eso mismo será difícil equivocarse. Mande a alguien a recogerlos. Fegelein trae a un par de chicos, vamos a dejar de disfrutar del placer de la compañía del conde.
—¿Me van a atar y vendar otra vez? —bufó Pakkar al ver entrar a varios hombres con vendas y cuerdas.
—Ya le dije que somos muy tímidos, aunque en deferencia a usted, nos conformaremos simplemente con vendarle.
—¿Cuándo nos volveremos a ver?
—Ese mismo día, pasado mañana, al atardecer. Hay una taberna en la frontera entre la Ratonera y la ciudad, del lado de la ciudad junto al río, tiene dos hachas de combate cruzadas clavadas en la entrada, no tiene pérdida. Será un placer invitarle a una jarra de vino allí.
—Allí nos veremos.
Aquellas fueron las últimas palabras que se intercambiaron antes de que se hiciera la oscuridad para el conde.
—Están de vuelta Erich.
—Bien, ¿están todos los troperos?
—Sí, en la sala, un poco apretujados pero estamos todos.
—Oigamos lo que tienen que decir.
Allí estaban todos, en la sala, veinticinco personas apretujadas esperando ansiosas el informe de Paul Maitla y Mirlvaldis, que todavía conservaban las capas de peregrino. Maitla estaba más serio que de costumbre
—¿Y bien? —les interrogó Erich mirando a Paul.
—Por mí lo hacíamos hoy mismo —dijo Mirlvaldis.
—Sabía tu opinión antes de preguntar, ahora quiero una opinión objetiva.
Habló Paul Maitla:
—Creo que Pakkar es honesto, la historia que nos contó puede que sea real y verdaderamente quiera matar a Luf Ytmon.
—¿Cómo fue la visita?
—Dos de los hombres de Pakkar fueron a buscarnos y nos condujeron al palacio, nos pasearon por una parte de él, una parte bastante importante y representativa, incluso nos llevaron al salón del trono tal como se le pidió a Pakkar. Allí vimos al rey, repartiendo justicia, por llamarlo de alguna forma, en medio de la audiencia, acompañado del propio Pakkar y del objeto de nuestros desvelos, el cual, dicho sea de paso, me da muy malas vibraciones.
—¿Cómo es?
—Malvado.
—¿Y físicamente?
—Malvado.
—Me da que no vamos a tener muchas dificultades para reconocerlo. ¿Qué más?
—Durante el tiempo que estuvimos allí vimos que a Pakkar se le hacia menos caso que al bufón de la corte.
—O sea...
—O sea que allí manda más o menos lo mismo que nosotros sobre el principado de Indeya —contestó Valdis.
—Pedimos a los hombres de Pakkar que nos enseñaran algunos sitios específicos del palacio, ya sabéis, el salón de armas, las habitaciones de la guardia, las del propio Luf Ytmon...
—¿Estás en contra y ya haciendo planes?
—Estoy en contra de suicidarme sin motivo, no estoy en contra de hacer trabajar la cabeza.
—¿Os llevaron a esos sitios?
—Sí, o por lo menos lo intentaron. Los aposentos de Luf Ytmon están en los subterráneos, en una especie de cripta, o por lo menos creí entender que en el pasado fue una cripta. De todas formas, al parecer nadie conoce muy bien cómo son esos subterráneos, su distribución exacta, ni por qué zona de ellos habita el brujo, ni, ya puestos, a qué se dedica cuando está allí.
—Nuestros acompañantes se negaron en redondo a adentrarse por esa zona, justo justo nos enseñaron una de las entradas y nos permitieron bajar las escaleras hasta la primera habitación. La cripta está excavada en roca viva, por debajo del nivel del suelo. Parece un simple conjunto de túneles, un laberinto peor que la propia Ratonera, supongo que tendrá algunas salas en alguna parte. Y está completamente a oscuras.
—Se dice que Luf Ytmon puede ver en la oscuridad.
—También se dice que conoce todas las conspiraciones contra su persona y aquí estamos nosotros.
—¿A esto le llamas tú conspiración? Ni siquiera hemos aceptado hacerlo.
—Volvemos a lo de siempre. ¿Es posible hacerlo?
—Olvídalo, tal vez podamos entrar en los subterráneos pero jamás encontraríamos la salida.
—Vosotros que lo habéis visto, ¿qué decís?
—Vivimos en la Ratonera, pero la verdadera ratonera está en ese palacio. Es un auténtico dédalo de pasillos, habitaciones, corredores, cámaras, salas, escaleras y todo lo que puedas imaginar, y no estoy hablando de los subterráneos, sino de toda la estructura. El edificio es viejo, muy viejo, a primera vista yo diría que tiene más de trescientos años.
—En sus orígenes fue un pequeño almacén de grano...
—Ya salió el listillo.
—...que cada vez que cambiaba de dueño fue ampliado, cambiado o modificado tanto en distribución como en su uso, según el gusto de su propietario, de ahí su arquitectura tan especial.
—Resumiendo, que no hay nada que hacer. Luf Ytmon no sale del palacio y si nosotros entramos nos arriesgamos a perdernos dentro.
—Verás Erich, estaba pensando que...
Y efectivamente, Paul Maitla se quedó callado, pensando en algo de lo que parecía no tener muchas ganas de hablar. Hugo le trajo de vuelta a la habitación.
—Creí que no te gustaba este asunto.
—Y no me gusta, pero ya sabes que no puedo tener la cabeza parada.
—Habla pues.
—El plan de Pakkar era meter cuatro o cinco hombres de incógnito, por la noche, para hacer el trabajo. Yo propongo dejarnos de sutilezas.
—¿Cómo?
—Somos veintisiete. Propongo que el próximo día de audiencia real entremos todos por la Puerta de la Victoria y le enseñemos al brujo el camino directo al infierno.
—Toma sutileza.
—¿Por la puerta principal? ¿Todos?
—Eso no es un plan, es lo primero que haría cualquier idiota.
—El que no quería matar a Luf Ytmon...
—Estás loco Paul Maitla.
—Yo estoy de acuerdo con Paul.
—Tú también estás loco Valdis.
—No es una locura. Durante la audiencia real el mago acompaña al rey. Y el camino al salón del trono es casi directo. Nada más atravesar la Puerta hay una escalinata, treinta y nueve escalones, subiéndola apareces en un corredor de unos veinte metros de largo, a continuación está un salón muy grande, una especie de sala de espera desde la que se accede al salón del trono y que tiene forma de U, rodea al salón por tres de sus lados desde los que hay posible acceso. Un grupo de hombres decididos puede presentarse allí, matar a quien sea y salir en menos de dos minutos...
—...si alguien les abre la puerta de entrada.
—Pakkar dijo que podría arreglar nuestra entrada, ¿no?
—Entrada nocturna para cuatro personas, nadie habló de veintisiete asnos entrando a galope tendido por la Puerta de la Victoria.
—¿Y los soldados?
—Por lo que vimos hay tres o cuatro escuadrones dentro, cien hombres como mucho.
—Y son soldados que estarán dispersos por todo el palacio.
—Podríamos acabar con ellos con los ojos vendados. Son hombres que jamás han combatido...
—¿Quién iba a atacar este reino teniendo enfrente al brujo como principal oposición?
—Nosotros nos estamos pensando si atacar o no al propio brujo..., si es que funciona el conjuro de Pakkar.
—En el resto de la ciudad hay varias docenas más de escuadrones. Habrá que hacer algo con ellos.
—Ya se nos ocurrirá algo para distraerlos, ¿no?
—¿Como en la costa?
—O mejor.
Todos estallaron en risas durante un largo rato, hasta que las carcajadas fueron muriendo poco a poco y se hizo un silencio total en la sala. Tras un rato en el que nadie dijo nada Erich habló:
—Señores, esta tarde vamos a vernos con Pakkar. Creo que antes de darle una respuesta definitiva nos debe aclarar algunos detalles secundarios, entre ellos si puede proporcionarnos una serie de cosas, el dinero por ejemplo.
Un coro de risas aprobó las palabras de Erich.
—Este asunto tampoco me acaba de gustar, pero al igual que Paul Maitla yo también creo que Pakkar es sincero y que se está jugando más que la vida. Supongo que el hombre querrá una respuesta esta tarde y ya sabéis que yo no hago nada sin vuestro permiso. Si le sacamos garantías suficientes como para llevar a cabo el plan de Paul, ¿lo aceptaremos?
Más tarde, en una no demasiado concurrida Taberna de Las Dos Hachas, Erich esperaba sentado frente a una jarra de cerveza y acompañado de Paul Maitla y Peter Taunsenn. Los tres estaban sentados en el mismo lado de una mesa situada en una de las esquinas más oscuras de la taberna, casualmente la única que estaba cerca de una ventana que daba a un callejón desde el que había un acceso casi directo a la Ratonera, y de espaldas a la pared. En otra mesa, bien separados de ellos, conversaban Elsko y Hugo. Erich sabía que debajo de sus amplias capas ambos hombres empuñaban en ese momento sendas espadas cortas, dispuestos a cubrir la retirada si se daba el caso.
—Erich... —habló Paul Maitla.
—Mmmm —murmuró el aludido, con sus pensamientos claramente situados en otro sitio.
«¿Todavía soñando con tu vida en el Estanda, Erich?», pensó Paul Maitla.
—Manejas muy bien a los chicos para que hagamos lo que tú quieres.
—Yo soy el que hace lo que vosotros queréis.
Se hizo el silencio.
—Erich... —volvió a hablar Paul después de unos momentos.
—Sí —dijo Erich.
—¿De verdad crees que hay un conjuro que proporciona inmunidad contra el mago?
—No lo sé, Paul.
De nuevo cayo el silencio en la mesa.
—Erich...
—Estás dando muchos rodeos para decirme lo que quieres decirme, Paul.
—Erich... —Paul carraspeó antes de volver a hablar —. Te vas a reír, pero es que en la reunión se me olvidó contar algo...
—Tú nunca olvidas nada —le interrumpió Taunsenn.
—¿Es algo sobre el ataque?
—Más o menos. Verás, te vas a reír, resulta que en el salón del trono hay un par de estructuras tapadas con cortinajes, por la forma me pareció que eran jaulas y, si son jaulas, sus puertas parecen estar orientadas hacia la entrada principal, están bastante bien escondidas eso sí.
—¿Y...?
—Que venía un olor especial de ellas. Creo que el rey esconde dentro un par de wombats.
Erich masticó lo que acababa de revelarle Paul Maitla y lo ingirió junto a un trago de cerveza.
—Recuérdame que cuando estemos de vuelta en la guarida te rebane el cuello bien despacito, Paul Maitla —dijo Taunsenn.
—Están en jaulas —se defendió Paul.
—¿Y si alguien las abre? —le replicó Taunsenn.
—Los problemas de uno en uno, ya se nos ocurrirá algo, es lo que hemos hecho siempre, ¿no?
—Silencio señores, creo que llega nuestro hombre —les interrumpió Erich.
En aquellos momentos entraron por la puerta tres figuras completamente cubiertas con capas y capuchas. Dos de ellas se sentaron en una mesa mientras la otra se dirigía hacia el rincón en que esperaba Erich.
Erich le hizo una seña al tabernero y éste se acerco con una copa y una nueva jarra de cerveza, colocó la copa delante de Pakkar, sirvió a los cuatro hombres y se retiró.
—Buenas tardes, conde Pakkar —susurró Erich.
Pakkar lanzó una mirada fugaz hacia Maitla e ignorando completamente a Taunsenn lanzó:
—Dejémonos de protocolos, ¿se han decidido ya?
Erich simuló no haberle oído:
—Debería cuidar más su disfraz, trae unas botas relucientes, cualquier niño se habrá dado cuenta de que el dueño de esas botas es alguien importante.
—Olvide mi disfraz, ¿lo harán o no?
—Y sus hombres... —Erich meneó tristemente la cabeza mientras lanzaba una mirada de desaprobación hacia los soldados de Pakkar—. Se ve a kilómetros que están armados, aunque no es una cosa que importe mucho, teniendo en cuenta que todo el mundo va armado en este reino. Sin embargo, Pakkar, compárelos con los míos...
Pakkar se volvió buscando entre la gente a los hombres de Erich. Tardó unos segundos en localizarlos y lo hizo sólo porque reconoció la cara de Hugo de Worms. Tanto él como su compañero bebían y charlaban tranquilamente, relajados, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
—¿Los ve, Pakkar? —susurró Erich desde el otro lado de la mesa sin esperar a que el otro se volviera—. Parecen dos personas normales y pacíficas. Y sin embargo, debajo de las capas llevan armas suficientes como para equipar una partida de caza, una partida bien grande. ¿No le parece que están bien escondidas? Y se han puesto en un lugar desde el que pueden batir toda la taberna. Sus hombres ni siquiera pueden ver la puerta desde donde están. Son unos aficionados. Apenas tendría que mover un dedo para que los dos cayeran acuchillados en un instante.
Pakkar se volvió violentamente.
—¿Qué es lo que quiere, más oro?
—Siempre el vil metal —suspiró Taunsenn. Calló cuando Erich le sacudió una patada por debajo de la mesa.
—No, Pakkar, me parece razonable la cifra acordada. Sólo quería mostrarle que no somos unos niños y que sabemos lo que hacemos. Y como sabemos lo que hacemos, queremos aclarar unas cuantas cositas antes de aceptar el trabajo.
—Me parece bien —contestó Pakkar más sereno—. Empiece.
—Primero, el conjuro. ¿Funciona?
—Sí.
—¿Quién lo garantiza? —preguntó Taunsenn.
—No hay garantía. Basta con saber que funciona, lo sé.
—¿Y por qué lo sabe? —preguntó un inocente Taunsenn.
—Sé dónde adquirió su magia Luf Ytmon, el conjuro contra él ha salido del mismo sitio. Funcionará.
—Veremos —repuso Maitla.
Erich pareció darse por satisfecho con aquello, aunque interiormente le quedaba una pizca de desconfianza, una pizca muy grande. Siguió hablando:
—Segundo. Nos hemos sometido al conjuro y el brujo ya no puede hacernos desaparecer, ni que nos broten gusanos del cuerpo, ni que se nos caigan los miembros, ni controlarnos para que ataquemos a nuestros propios compañeros, ni nada por el estilo. ¿Cómo le matamos? ¿Bastará una puñalada en el corazón?
Pakkar dudó unos segundos antes de responder.
—Sinceramente, no lo sé, pero no he oído que nadie sea capaz de defenderse cuando tiene la cabeza separada del cuerpo.
—Si yo te contara —murmuró Maitla antes de que Erich le soltara una patada por debajo de la mesa.
—Tercero, el plan. No vamos a hacerlo a su manera, ni hablar de entrar por la noche a darle un susto en la cama a Luf Ytmon. Este chico —Erich señaló a Paul— ha visto el terreno y dice que no se puede.
—No veo cómo podría hacerse si no.
—En vez de eso, lo que pensamos es entrar a la carga por la puerta principal y matar al brujo de frente, en el salón del trono, el próximo día de audiencia. Confiamos en poder hacerlo rápido, antes de que nadie reaccione.
—Pero... —empezó a balbucear Pakkar—. En el salón del trono, durante la audiencia...
Y se quedó con la boca abierta y la mirada perdida fija en la pared situada detrás de Erich. Los tres hombres (Erich, Taunsenn, Maitla) olieron el peligro e instintivamente echaron mano por debajo de la mesa a sus dagas.
Erich no apartaba la mirada del rostro de Pakkar, mientras que Paul Maitla miraba disimuladamente y sin volverse del todo la pared trasera, por lo que pudiera haber allí que hubiera trastornado tanto a Pakkar, y Taunsenn echaba un rápido vistazo por la ventana al callejón, comprobando que aquella vía de salida estaba despejada antes de volver su vista al resto de la gente de la taberna, tratando de adivinar quién trataría de matarles si Pakkar hacía el gesto adecuado y apostando mentalmente a que el primero en morir sería el conde.
En la otra mesa, Elsko y Hugo también habían notado algo y, silenciosamente, habían abierto las capas mientras ponían cada una de sus manos en un puñal y sus ojos en la puerta el primero y en los acompañantes de Pakkar el segundo (que en aquel momento lamentaba no tener la ballesta a mano), los cuales no se habían movido, como si allí no pasara nada. Pasaban los segundos y Pakkar continuaba ensimismado, incluso alguno de los clientes se situaba disimuladamente de espaldas a alguna pared y bajaba su mano hacia la empuñadura de su arma, notando la tensión que emanaba de la mesa de Erich, Pakkar y compañía, tensión que no presagiaba nada bueno.
Erich trataba de decidirse a toda velocidad: «¿Es una trampa de Pakkar o es verdad que Luf Ytmon conoce las conspiraciones contra su persona y Pakkar se ha convertido en este momento en su primera víctima? Los hombres de Pakkar están relajados por lo que no parece probable que sea una trampa suya aunque puede que no estén en el ajo quien sabe yo sí los tendría enterados para que ellos también nos mordieran pero yo no soy ellos ellos son más sutiles más intrigantes a mí me gustan las sutilezas pero sólo las justas qué hacer estamos aquí los cinco y no sé si el callejón estará libre o nos estarán esperando ahí también ya sé lo que voy a hacer voy a contar hasta tres le rebanaré el cuello a este cerdo y que cada cual salga de aquí como pueda espero que la pareja tenga los suficientes reflejos como para apuñalar a la compañía de Pakkar sin aviso y cubrirnos la retirada a los demás bueno señoras y señores ahí vamos empieza la fiesta tres y contando».
Erich no tuvo que iniciar la cuenta atrás. Tan de repente como Pakkar había perdido el conocimiento volvió a recuperarlo. Durante unos segundos miró a su alrededor como preguntándose dónde estaba, pero rápidamente se situó:
—Perdonen caballeros, de repente he recordado otro asunto pendiente que tengo. Sigamos nuestra conversación.
—Sí, sigamos —dijo Erich aparentando aceptar la explicación. Pero no soltó la daga.
—O sea que matar al brujo en el salón del trono —dijo Pakkar pensativo.
—Sí, pero tenemos algunos problemas.
—¿Por ejemplo?
—Entrar por la puerta.
—Desde la Puerta de la Victoria nos podemos plantar en el salón en treinta segundos, cinco segundos para darle matarile al brujo y otros treinta para salir —apuntó Paul Maitla.
—¿Y la guardia? Son noventa soldados.
—Si son todos como los suyos no habrá demasiado problema —dijo Taunsenn.
—¿Ah, sí? —preguntó Pakkar con tono irónico.
Taunsenn asió con más fuerza su daga bajo la mesa.
—Yo solo hice que sus hombres las pasaran moradas en la Ratonera, y éramos quince contra uno.
—Bien —murmuró Pakkar, más para sí que para sus acompañantes—. Así pues tenemos que hacer pasar cinco hombres por la Puerta de la Victoria, no será fácil.
—Serán veinte y ha de ser fácil y rápido.
Erich empezó a preparar argumentos para justificar la necesidad de usar tantas personas, previendo que Pakkar se negaría, pero para su sorpresa éste no se opuso.
—Puedo hacer que los guardianes sean de los míos, haré que abran las puertas y que tres minutos antes de la acción vayan a dar un paseo. No habrá nadie para impedir la entrada o la salida. Pero me parece muy arriesgado, un asalto directo así, de frente y a la luz del día.
—Eso es problema nuestro —dijo un Maitla ofendido porque se pusiera en tela de juicio su plan.
—Como salga mal va a ser problema de todos —le contestó Pakkar.
—La Ratonera es grande para refugiarse —repuso Taunsenn.
—Si Luf Ytmon no ha barrido del mapa la Ratonera ha sido porque no ha tenido un verdadero motivo hasta ahora. Dénselo y veremos qué pasa.
Pakkar vació su copa para darles a aquellos hombres tiempo para que se lo pensaran y Erich se lo pensó mientras paseaba su mirada por el resto del local. «El golpe de nuestras vidas riquezas y tierras para retirarnos fuera las preocupaciones por el resto de nuestras existencias o una muerte lenta salvaje y cruel para nosotros y para gran parte de la Ratonera si el brujo se huele que hemos salido de aquí ¿qué hago?»
—¿Entonces? —interrumpió Pakkar mirando fijamente a Erich. En aquel momento Maitla y Taunsenn no contaban.
—¿Cuándo nos dará el conjuro? —preguntó Erich.
—El conjuro lo han de efectuar tres personas determinadas que sólo yo conozco. La próxima audiencia real es dentro de seis días a mediodía, empezaremos a efectuar el conjuro de madrugada en un almacén que poseo cerca del palacio, lo bastante cerca como para que puedan llegar corriendo hasta el salón del trono sin necesidad de cansarse demasiado. ¿Qué deciden?
Erich creyó detectar que aquella frase estaba cargada con una pizca de ironía pero decidió dejarlo pasar.
—¿Y el oro? ¿Cuándo nos pagará la primera parte?
—Esta tarde mismo si quieren, junto a las armas. Las van a necesitar. Vamos señor Zelewski, ¿está tratando de ganar tiempo para no decidirse? —se burló Pakkar.
Erich se dio cuenta de que le habían pillado pero trató de arañar algunos segundos más sirviéndose otro poco de cerveza y apurando la copa hasta el fondo. Maitla y Taunsenn le miraban ansiosamente e incluso desde la otra mesa Elsko y Hugo prestaban más atención a su jefe que a la vigilancia, sabiendo que allí se decidía la cosa más importante de sus vidas.
—¿Y bien? ¿Qué deciden? ¿Se atreven? —le pinchó Pakkar.
Erich vio que la jarra de cerveza estaba vacía así que cogió la copa de Taunsenn y bebió de ella. Cuando acabó sólo susurró dos palabras:
—Se hará.