La lluvia subyugadora, inmensa e inevitable seguía cayendo sobre las piedras. Cuando Kalsbad salió a la calle, temblaba perceptiblemente. No había nadie allí para notarlo. Sus pasos resonaron en los soportales, a pesar de la espesa cortina de lluvia que le rodeaba. Se ajustó la gabardina en un abrazo íntimo, extrañado, y echó a andar bajo la lluvia.
Con cierta vacilación, la llave entró en la cerradura. Nunca en su vida volvería a realizar una elección tan dura. Pero lo de engañarse a sí mismo ya había terminado. La magia tiene su aquel, pero es un poco insustancial. Ya estaba harto de castillos construidos en el aire. Si no los hiciera nunca habría llegado a mezclar sus lágrimas saladas con la dulce y fría lluvia, a veces tan consoladora, al fin y al cabo.
Su sillón gastado, mullido y solo le esperaba siempre acogedor. Aún podía verla sentada en él. Un poco ladeada, con una pierna bajo el cuerpo y recostada como una gata. Con una copa de Oporto en la mano y una sonrisa incitante en los labios.
Desapareció tan bruscamente como había venido, dejando el sillón aún más vacío. Kalsbad se sentó tal como venía. Ni siquiera se quitó la gabardina chorreante y enterró la cabeza entre sus manos.
-Maldición. Ojalá me durmiera y nunca volviera a despertar-. Ya no podía llorar más. Todas sus lágrimas se habían gastado antes de esa noche. Pero estaba llorando y su cuerpo se estremecía desesperado.
Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba frente a él, sobre la mesa.
Aquel libro terrible tenía una flor mustia entre las hojas. Aún guardaba su perfume. Era de ella, lo sabía.
¿Ella? ¿O era solamente él? ¿Cuándo había merecido tal tortura, tal castigo?.
Con un grito desesperado arrojó la mesa contra la pared violentamente. Y huyó, no sabía hacia donde, pero lejos. Sobre todo lejos de sí mismo.
El mar le atraía y le deseaba. Tenía un sitio a donde ir.
Salió del portal. Como una tromba cruzó la plaza empapándose de lluvia. Al lado de la fuente, esperando, estaba ella.
Ya no tenía aquellos ojos marrones ni aquel pelo, rubio como el mar. Llevaba una capa pesada con una capucha que ocultaba su cabello. Sus ojos eran oscuros como la noche y el misterio anidaba en ellos. Ella abrió su capa y le ofreció su seno blanco de luna.
Respirando al fin, Kalsbad entró en su abrazo, estrecho, y llegó a casa.
Todo había terminado. Sin duda, era ELLA.