Plasmoides, una investigación
por Marqués



En los últimos meses he sido calificado como plasmoide, tierno plasmoide y aun jodío plasmoide.

No pudiendo dilucidar si debía considerarlo un insulto o no, decidí emprender una investigación sobre el significado de dicho término. Comencé de manera metódica, consultando mi enciclopedia Larousse que era la que tenía más a mano. No encontré la dichosa palabrita, pero había algunas que quizás fuesen variedades corrompidas de la misma:

Plasmodidos: adj y n.m. Familia de esporozoos pleomórficos cuya evolución completa exige cuatro ciclos.

Esta pudiera ser —me dije—. A ver... un organismo metamórfico que pasa por las fases larvarias de plasmoide, casta matrona y sesudo varón, para alcanzar el estadío adulto de... ¿dispar?¿diaspar? ¿diáspora? Demasiadas incongruencias.

Plasmón, plasmopara y plasmolisis tampoco arrojaron ninguna luz Un poco más arriba aparecía un término más sugerente : plasmodromo Me lancé excitado sobre él, pensando que sería un sitio donde los plasmoides retozarían y se entregarían a discusiones varias, algo así como es.rec.ficcion.misc, pero una atenta lectura me reveló que en realidad es un subtipo de protozoos caracterizados por poseer un solo núcleo o varios equivalentes entre sí, lo que me dejó más perplejo si cabe.

En este punto de la investigación se hacía preciso recurrir a las autoridades, es decir, los escritores de ciencia ficción. John Varley en su obra "El Pusher" (1981) menciona los plasmoides como incrustaciones que se producen en los conductos de los motores de las naves estelares debido a las altas temperaturas. Describe los plasmoides como rojos y cristalinos, con forma de lágrima, con un lado plano y llenos con una luz líquida que parece tan cálida como el centro del sol.

A pesar de la descripción poética, el concepto de plasmoides como excrecencias, residuos molestos en suma, no me acabó de convencer, me repugnaba.

El título de la magna obra de James H. Schmitz "Plasmoides" (Ed. Vertice, 1968), prometía una revelación definitiva o al menos valiosas pistas sobre el asunto.

Algunas piezas parecían encajar : "...los plasmoides podían ser inducidos a absorber alimento. Casi cualquier especie de alimentos..."

Unos plasmoides llamados cosecheros son descritos como: "una especie de salchicha gigante, de un verde oscuro en su aspecto externo"

A otro plasmoide se refieren como " verde oscuro con vetas de color rosa".

Sobre este plasmoide concreto, comenta la heroína del relato: " Evidentemente es uno de los plasmoides.Uno de esos tipos saltarines"

Y más adelante se apunta : "... [el plasmoide] ...se deslizaba muy despacio pero con firmeza, en dirección a ella" (Hay que reseñar que la tal heroína es una pelirroja exuberante).

Sin embargo, a pesar de algunos aciertos, la obra dista de ser concluyente y en otros aspectos, complica más que resuelve los problemas planteados. La incógnita plasmoide seguía en pie más desafiante que nunca.

Era el momento de un trabajo de campo. Había que interrogar a los expertos.

La cátedra de astrozoología comparativa de la facultad de Fomalhaut estaba vacía. La desaparición de aquella cumbre de erudición que fue el malogrado profesor A. S. Tarantoga, me obligó a intentar entrevistarme con Ijon Tichy, el famoso cosmonauta. Lo encontré, no sin esfuerzo, y aunque me recibió con amabilidad, ha envejecido prodigiosamente, tiene un Alzheimer de caballo y no se acuerda de nada. Pasa sus años de retiro dedicado a la observación de las sepulcas.

—Quita, quita —me apartó impaciente—. ¡Vaya! ¡Otra vez me perdí la sepulación!

Vi que empezaba a mirarme con malos ojos, así que sospechando que nada obtendría de él, me marché de allí. Otro callejón sin salida.

La investigación naufragaba, el método científico no estaba dando ningún resultado y comprendí, con un estremecimiento, que debía investigar en el lado oscuro, el reverso tenebroso de la fuerza. Y yo sabía a dónde dirigirme: Al Oriente, donde nace el sol , toda la sabiduría y todos los camelos.

Allí encontré a Hatsepsu, lamentable avatar del que fuera en otros tiempos gran mago babilonio, experto en la extracción de la piedra de la locura.

Trasteaba con un brillante cachivache y cuando le expliqué la razón de mi presencia, me detuvo con un gesto.

—Espera un momento, antes debo realizar un conjuro.

Dicho esto, rompió con decisión una placa base y algunas memorias. Inmediatamente, la luz que iluminaba el espejo-que-comunica-con-otros-mundos, se desvaneció. Me pareció que el oráculo murmuraba algo ¿Sería la respuesta a mis preguntas? Agucé el oído:

—Ahora, ahora estoy bien… bien jodido.

Desanimado, pensé en marcharme, pero aquel hombre inasequible al desaliento, se irguió de repente:

—¡En fin! —exclamó, mirando tristemente sus artefactos—. Habrá que prescindir de la parafernalia mágica. Pero creo que aún puedo ayudarte.

Y con palabras atropelladas me habló de leyendas susurradas en torno a las hogueras, junto a los muros de la antigua y orgullosa ciudad de Erfm ‘La de los diez mil vayts’. Esas leyendas sugerían que en el principio de los tiempos, cuando el ciberespacio estaba oscuro y vacío, un dios primordial, o quizás un demiurgo aciago. Aquel-cuyo-nombre-no-puede-escribirse-con-mayúsculas-sin-que-peligre-la-razón, creó a los plasmoides. Estas entidades, virtuales y sutiles, vagan por el ciberespacio y toman posesión de los incautos mortales que se atreven a traspasar las puertas de Erfm. Algunos suponen incluso que todo ocurrió en el curso de una bacanal o fiestorro en cierta playa, donde hubo abundantes libaciones y excesos de todo tipo, que mi natural recato me impide reproducir.

—Tenía fotos —concluyó con sonrisa triste—, pero ya ves...

Se quedó meditabundo unos instantes y añadió:

—Vete, no puedo ayudarte más, y aun lo poco que te he dicho quizás condene mi alma para siempre. Consulta el Khluthe.

Ante la sola mención de ese libro impío y blasfemo, palidecí. Sin embargo, apreté los dientes, dispuesto a llegar hasta el final. Me sentía animado de una ciega determinación.

Me dirigí a la Universidad del Miskatonic, donde me informaron de que su ejemplar había resultado destruido en los disturbios que siguieron al efecto dos mil, pero que quizás pudiera consultar la copia expurgada y escaneada que se encuentra custodiada bajo siete llaves en la mítica Qhuesta de Mo-Yhano.

Una combinación acertada de ruegos y sobornos me proporcionó las llaves que me dieron acceso al blasfemo e impío Khluthe. Imprimirlo en piel humana y con sangre, como mandan los cánones, dejó mi impresora hecha unos zorros, pero tras unas semanas, culminé mi tarea.

Después de haberme pertrechado de una cafetera bien cargada de cienciaficcina, con manos temblorosas alisé la primera página y comencé la lectura.

Empezaba a clarear cuando levanté mis ojos febriles del libro (¿He mencionado ya lo blasfemo e impío que es?), y comprendí que hay cosas en el universo que es mejor no saber.

Ahora tengo miedo. Mis pesquisas han debido despertar a alguna maligna entidad primigenia de su sueño de eones y mucho me temo que viene a por mí.

He quemado todas mis anotaciones y libros, incluido el Khluthe. Nunca debí haberlo hecho: Era un tocho de cuidado y ha producido una humareda espantosa.

Dentro del pentáculo protector, he encendido sendas velas a S. Tomas Moro y San Asi, incluso me he puesto unas patillas postizas, pero sé que todo es inútil .

Ya se acerca... Puedo oír sus cascos... ¡Dios mío!

¡Jjbtez -li! ¡Jjbtez-li!
 

(Este manuscrito fue hallado manchado de sangre en la cámara particular del conocido diletante M. Marqués Esq., cuya misteriosa desaparición ha causado honda consternación entre sus acreedores)

Nota : Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con personas o instituciones reales, debe considerase mera coincidencia. Je, je.


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Página creada el 29 de Marzo de 2000. Última actualización 29 de Marzo de 2000 a las 20:18 AM.

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