La verdadera luz
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Habitamos en un mundo dual de resplandor y sombras. No obstante desconocemos la verdadera luz. Nos ilumina la luz exterior del sol, del fuego en la combustión o la que procede de focos artificiales inventados por el hombre. Sin embargo permanecemos alejados de la verdadera luz, la cual es de una naturaleza y un orden distinto a aquellas. El ser humano aún no posee la capacidad evolutiva de dominar la esencia de la luz. Sin necesidad de combustión alguna toda materia esconde dentro de sí el misterio de la luz. En este mundo en que vivimos necesitamos luz externa continuamente, bien proceda del astro rey o de la acción e inventiva humana. Mas en un nivel de ser superior resulta posible vivir sumergidos en la luz intrínseca de la naturaleza. Todos llevamos la luz encerrada dentro de nosotros mismos. Igualmente toda materia tiene la capacidad de liberar fotones de luz. Esa luz interna es de un orden vibratorio superior a la luz ordinaria que conocemos. En los reinos superiores o planos internos de la realidad no existe sol alguno que ilumine el espacio. Cada objeto, cada ser emite su propia luz. Hasta el aire es luminoso. No se trata de una luz como la que ordinariamente conocemos, es decir una luz procedente de un foco emisor. Por el contrario se trata de una luz que está en todo y en todas las cosas. Es una luz que lo abarca todo y por ello resulta imposible la existencia de sombras.
Sumergidos en la ciudad no es posible percibir esa luz, pero sí cuando estamos en esos momentos en la montaña o en espacios abiertos de la naturaleza. No es exactamente la luz de los mundos internos superiores pero es lo más parecido que hay en la Tierra. A nuestra luz crepuscular le falta algo más de intensidad, pues no procede del interior de las cosas o de las moléculas del aire sino de la difusión atmosférica de la luz solar. No obstante el mundo natural es bello en esos mágicos y maravillosos instantes. Esto se percibe bien en el bosque o en la montaña, porque durante el alba toda la naturaleza canta y durante el ocaso la naturaleza toda guarda silencio. En la antiguedad muchas religiones tomaron al sol como símbolo de la luz y personalizaron al sol en alguna figuración divina: Horus, Apolo, Lug, Cristo, etc. Pero los iniciados y sacerdotes sabían que era una metáfora de la luz interior que mora dentro de las cosas. Nunca confundieron o asimilaron al sol con la divinidad, tal como pudieron hacer otros pueblos animistas primitivos, sino tan sólo como mero símbolo. Eran conscientes de que la luz verdadera se halla escondida dentro de la misma materia y en el interior de los seres.
Los dioses son un sistema simbólico creado por la mente humana. A veces son útiles pero otras son un obstáculo para discernir donde se halla la verdadera luz. Esa luz mora en nuestro interior. Por tanto sólo hay un sitio por donde alcanzar la expansión de la conciencia y las realidades de orden superior. El Ser genuino y la Luz verdadera se solapan. El camino del Ser y el camino de la Luz son dos aspectos de una misma Senda.
Author: Kababelan 5 de enero de 2009
Author: Kababelan Enero 2009.
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Author:
Kababelan
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