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15 de junio de 2008
La mitología de la que nacen las
hadas y aquella de la que proceden los ángeles son dos cosmovisiones
contrapuestas. No son mitos equivalentes alterados tan sólo levemente por
el paso de una cultura a otra. Por el contrario dijéramos que son tan
antitéticos como el fuego y el agua. Cada uno representa una visión del
mundo metafísico tan diferente que resulta casi imposible hallar
verdaderos puntos de encuentro, salvo si desconocemos la esencia de cada
una de estas mitologías y por tanto en nuestra ignorancia podemos
erradamente confundirlas.
En la imagen un hada,
principio de conciencia superior de la naturaleza, divertidamente rodeada
de los pequeños gnomos de la tierra, elementales de un plano inferior de
conciencia.

En las
mitologías abrahámicas (judíos, cristianos y musulmanes) existe un único
Dios, que se halla en un lugar superior, llamado el Cielo (nombre copiado
de religiones paganas, por cierto), desde el cual descienden los ángeles
hasta este mundo inferior llamado la Tierra. Vemos claramente en esta
concepción una cosmovisión vertical de la realidad, un universo entendido
y ordenado por pisos donde el Dios único habita sólo arriba, rodeado de sus ángeles, y los
humanos vivimos en el piso de abajo. Satanás, por supuesto, vive en el
sótano.
Ángel
solar de las religiones monoteístas abrahámicas, servidor, representante o
mensajero del dios único patriarcal, un dios celeste justiciero separado
de su creación. En la imagen se quiere representar al famoso ángel solar
Metratrón, vestido al estilo clásico grecorromano, pues los ángeles
iconográficamente siempre se les representa así.
Frente a esta
visión de la teología abrahámica descubrimos otra completamente opuesta,
contraria en sus bases y en su esencia, y es la mitología ancestral de las
hadas. Estos seres mágicos son los hijos/as de la Naturaleza, la
personificación de sus distintos campos y planos de conciencia. Las hadas
no descienden del cielo sino que ascienden desde el interior de la Tierra,
la Madre Tierra, la antigua Diosa. Las hadas no bajan desde las nubes sino
que ascienden al mundo a través de los agujeros de la tierra, es decir las
fuentes, los arroyos, los lagos, los fondos marinos, las cavernas, etc.
Las hadas no
proceden de un piso superior (donde habita el Dios único de los
abrahámicos) sino de un mundo interior, una realidad o mundo paralelo que
se halla oculto dentro de éste. La Naturaleza es la fuente de la que
proceden las hadas y demás seres mágicos, representantes de una realidad viva cuya
conexión hace tiempo que perdimos. En nuestra concepción actual el mundo
tangible está muerto, la materia está muerta, es un mero polvo animado
circunstancialmente por las
almas que el Dios celeste crea y hace encarnar en la materia.
En cambio las
hadas nos revelan que el mundo es un lugar absolutamente vivo, que nada
hay muerto, que la vida se extiende por todos los rincones, desde los
árboles a los átomos, desde los humanos a las humildes piedras. La vida es
una mágica Red que abarca todo lo creado. No hay arriba ni hay abajo. No
hay un cielo ni un infierno. Hay distintos planos paralelos, hay mundos
sin fin; no hay universo sino poliverso; no hay un infierno eterno ni un
mal absoluto, no hay ángeles de luz y demonios de oscuridad.
La Naturaleza
es la expresión de la Vida, un ente cósmico infinito ajeno al tiempo, que
se extiende en forma de red que lo abarca todo, espacio y tiempo sin
límites. A esa Red de Vida los antiguos la llamaron la Diosa, la Gran
Madre. Ella se desdobla en infinitas conciencias, algunas se convertirán
en almas humanas, otras en espíritus de la naturaleza. Cuanto mayor es su
conexión con la Diosa, mayor es su magia y su conciencia.
Las hadas nos
vinculan con los secretos de la naturaleza y con el mayor secreto de
todos, la existencia de la Diosa Eterna. Pero la humanidad comenzó a
olvidar esta conexión, perdimos la percepción de la Red de Vida, y
empezamos a creer en dioses superiores descendidos del cielo, primero en
su forma de politeísmo y luego en el actual monoteísmo.
Las hadas
manifiestan el aspecto femenino de la Diosa, pero en realidad esa Red de
Vida mágica se desdobla en una polaridad creadora masculino-femenina de la
cual todos coparticipamos. Por ello algunas religiones como la Wicca
hablaron siempre de la Diosa y el Dios de la naturaleza. Los celtas
representaron una cultura que fusionó muy bien esta cosmovisión con la
nueva visión politeísta. Los múltiples dioses y diosas celtas cuadran perfectamente con la hadalogía, pues son deidades equilibradas, polarizadas e integradas con la
naturaleza y su magia interna.
Al principio
las religiones egipcias y babilónicas también supieron acertar en una
correcta fusión de sus divinidades con la de la Diosa Eterna, pero
conforme pasaron los siglos estas civilizaciones evolucionaron y se fueron
apartando hasta llegar al politeísmo patriarcal e incluso el monoteísmo.
Luego llegarían las religiones asírias y persas, con su mundo dividido en
dos principios opuestos de Bien y Mal. Y posteriormente el monoteísmo
actual.
Es preciso
reconocer que el mundo mágico de las hadas es una definición que nos llegó
a través de la cultura celta, que fue quién mejor lo supo recoger mediante
coloridas leyendas y sugestivos y mágicos relatos. Esa visión de las hadas
existió en todo el planeta pero desapareció sin que nadie nos la pudiera
transmitir cuando llegó nuestro mundo. Algo quedó en Oriente, pero en
Occidente, en Europa, tuvimos la suerte de que la cultura celta recreó ese
mundo a través de una maravillosa visión de seres mágicos y seres divinos
que aún inspira nuestra imaginación.
Luego la
literatura cristiana medieval recogió los restos de esta bella tradición, humanizó a las hadas y a los dioses celtas,
convirtiéndolos en personajes de una literatura que todavía hoy es atrayente
para muchos, como las sagas irlandesas o los relatos artúricos y grialianos.
Los
famosos ángeles
son entes celestiales de mente estrecha, partidistas, moralistas, represores,
servidores del dios único y descienden del cielo. En cambio las hadas son
seres de ilimitada libertad moral, defienden a la tierra de la que
proceden, habitan las aguas y no las nubes, las cavernas y grutas y no el
cielo, no reprimen sino que estimulan desarrollemos todas nuestras
dormidas capacidades.
Las hadas no descienden a través de una escalera celestial sino que
debemos agradecer asciendan desde las entrañas de la mágica tierra hasta
nuestro ordinario mundo. Ellas cohabitan con las hermosas plantas y los
lugares donde hay agua que fluye. Son las hijas de la tierra y el agua,
aunque también pueden viajar con el viento. Raramente con el fuego (salvo
que este lo entendamos como transmutación o amor).
Las hadas
prefieren la tenue luz a la luz cegadora del sol. Se las puede percibir en
los crepúsculos (tanto matutinos como vespertinos) o en las sombras de un
bosque, cerca de algún riachuelo cantarín. Las hadas viajan por el
interior del mundo y vibran con la naturaleza y con todos los seres vivos
que en ella habitan. Pueden fusionar su conciencia temporalmente con la de
un animal y así a veces comunicarse con los humanos. También pueden entrar
en las plantas, si estas han crecido silvestres en el bosque o el campo.
Son hijas de la libertad, no existen barreras ni templos para ellas.
Periódicamente regresan al Seno de la Diosa, en un plano profundo del
intramundo, en un plano físico inaccesible para los humanos.
Esta
imagen representa una fusión o compromiso entre ángel y hada, algo que
resulta frecuente en alguna corrientes espirituales modernas.
Las hadas
pueden ser libertinas y caprichosas, pero no licenciosas o viciosas, pues
en sus acciones siempre se someten al imperio del amor. En muchos relatos
populares las hadas aparecen y prueban a los humanos, tentándolos con la
codicia u otros defectos del alma, y sólo premian la virtud (valentía,
desapego, humildad, servicio, fidelidad, etc).
Podríamos
decir que las hadas son un fragmento de la conciencia de la diosa. Fluyen
con la naturaleza pues suponen ser su parte espiritual o divina. Las hadas
son un concepto difícil de traducir en nuestros parámetros del mundo
científico moderno. No son en absoluto ángeles como hemos visto, sin
embargo ¿como podríamos definirlas si las sacamos del contexto
iconográfico y legendario de la imaginativa cultura celta? Parecen algo
obsoleto o propio de mentes infantilizadas, pues responden a patrones ya
fuera de lugar en nuestra civilización cibernética industrial.
Algunos
pretenden fusionar la mística de los ángeles y la mística de las hadas,
pero para mí es algo difícil o casi imposible, pues son personificaciones
de principios metafísicos opuestos. Y aunque pretendamos hallar puntos de
encuentro podemos engañarnos, pues en nuestro subconsciente cada una de
esas mitologías activa fuerzas distintas.
En última
instancia la cultura, tanto física como metafísica, tanto profana como
sagrada, es la forma que
nuestra mente tiene de entender, ordenar y relacionarse con lo que
llamamos realidad. Cada uno posee su visión personal, pero debemos procurar
superar nuestros límites y que esa visión sea cada vez más amplia y
profunda. Tal vez
algún día retornemos a conectar con el mundo perdido y mágico de las
antiguas y eternas hadas. Ellas habitan un poliverso del cual hemos
perdido las plateadas llaves y la puerta ahora permanece escondida y cerrada.
Primero con el avance
de las religiones patriarcales monoteístas, y luego con la era de la
ciencia materialista y el mundo moderno consumista, toda conexión con la
realidad mágica ha desaparecido. Salvo infantiles ensoñaciones el ser
humano moderno ha extraviado y quebrantado toda comunicación con la
naturaleza profunda. Mientras el planeta pierde su biosfera nosotros
perdemos también los vínculos que un día tuvimos con el mundo interior de
la Diosa.

Kababelan
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