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MENSAJE
DE SU SANTIDAD DIÁLOGO
ENTRE LAS CULTURAS 1.Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva la esperanza de que
las relaciones entre los hombres se inspiren cada vez más en el ideal de una
fraternidad verdaderamente universal. Sin compartir este ideal no podrá
asegurarse de modo estable la paz. Muchos indicios llevan a pensar que esta
convicción está emergiendo con mayor fuerza en la conciencia de la humanidad.
El valor de la fraternidad está proclamado por las grandes «cartas» de los
derechos humanos; ha sido puesto de manifiesto concretamente por grandes
instituciones internacionales y, en particular, por la Organización de las
Naciones Unidas; y es requerido, ahora más que nunca, por el proceso de
globalización que une de modo creciente los destinos de la economía, de la
cultura y de la sociedad. La misma reflexión de los creyentes, en la diversas
religiones, tiende a subrayar cómo la relación con el único Dios, Padre común
de todos los hombres, favorece el sentirse y vivir como hermanos. En la revelación
de Dios en Cristo, este principio está expresado con extrema radicalidad: «Quien
no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1
Jn 4,8). 2. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede ocultar que las señales
apenas evocadas han sido oscurecidas por vastas y densas sombras. La humanidad
empieza esta nueva etapa de su historia con heridas todavía abiertas; está
marcada en muchas regiones por duros y sangrientos conflictos; conoce la
dificultad de una solidaridad más difícil en las relaciones entre los hombres
de diferentes culturas y civilizaciones, cada vez más cercanas e interactivas
sobre los mismos territorios. Todos conocen cuán difícil es conciliar las
razones de los contendientes cuando los ánimos están encendidos y exasperados
a causa de antiguos odios y de graves problemas que dificultan el encontrar
solución. Pero no menos peligrosa para el futuro de la paz sería la
incapacidad de afrontar con sabiduría los problemas suscitados por la nueva
organización que la humanidad, en muchos Países, va asumiendo debido a la
aceleración de los procesos migratorios y de la convivencia nueva que surge
entre personas de diversas culturas y civilizaciones. 3. Por eso, me ha parecido urgente invitar a los creyentes en Cristo, y
con ellos a todos los hombres de buena voluntad, a reflexionar sobre el diálogo entre las diferentes culturas y
tradiciones de los pueblos, indicando así el camino necesario para la
construcción de un mundo reconciliado, capaz de mirar con serenidad al propio
futuro. Se trata de un tema decisivo para las perspectivas de la paz. Me
complace que también la Organización de las Naciones Unidas haya acogido y
propuesto esta urgencia, declarando el año 2001 «Año internacional del diálogo
entre las civilizaciones». Naturalmente no pienso que, sobre un problema como éste, se puedan
ofrecer soluciones fáciles, de inmediata aplicación. Es complicado el mero análisis
de la situación, que evoluciona continuamente, ya que escapa a esquemas
prefijados. A esto hay que añadir la dificultad de conjugar principios y
valores que, siendo incluso idealmente compatibles, pueden manifestar
concretamente elementos de tensión que no facilitan la síntesis. Está además,
en la base, la dificultad que deriva del compromiso ético de cada ser humano
llevado a enfrentarse con el propio egoísmo y los propios límites. Pero precisamente por esto considero útil una reflexión común sobre
esta problemática. Para este objetivo me limito aquí a ofrecer algunos
principios orientadores en la escucha de lo que el Espíritu de Dios dice a las
Iglesias (cf. Ap 2,7) y a toda la
humanidad en este decisivo período de su historia. El
hombre y sus diferentes culturas 4. Considerando todas las vicisitudes de la humanidad, uno se queda
asombrado frente a las manifestaciones complejas y varias de las culturas
humanas. Cada una de ellas se diferencia de las otras por su específico
itinerario histórico y por los consiguientes rasgos característicos que la
hacen única, original y orgánica en su propia estructura. La cultura es expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes
históricas, tanto a nivel individual como colectivo. En efecto, la
inteligencia y la voluntad le mueven incesantemente a «cultivar los bienes y
los valores de la naturaleza»(1), plasmando en unas síntesis culturales cada
vez más altas y sistemáticas los conocimientos fundamentales que se refieren a
todos los aspectos de la vida y, en particular, los que atañen a su convivencia
social y política, a la seguridad y al desarrollo económico, a la elaboración
de los valores y significados existenciales, sobre todo de naturaleza religiosa,
que permiten a su situación individual y comunitaria desarrollarse según
modalidades auténticamente humanas.(2) 5. Las culturas se caracterizan siempre por algunos elementos estables y
duraderos y por otros dinámicos y contingentes. En un primer momento, la
consideración de una cultura ofrece sobre todo los aspectos característicos
que la diferencian de la cultura del observador, asegurándole un carácter típico
en el cual convergen elementos de la más diversa naturaleza. En la mayor parte
de los casos las culturas se desarrollan sobre territorios concretos, cuyos
elementos geográficos, históricos y étnicos se entrelazan de modo original e
irrepetible. Este «carácter típico» de cada cultura se refleja, de modo más
o menos relevante, en las personas que la tienen, en un dinamismo continuo de
influjos en cada uno de los sujetos humanos y de las aportaciones que éstos,
según su capacidad y su genio, dan a la propia cultura. En cualquier caso, ser
hombre significa necesariamente existir en una determinada cultura. Cada
persona está marcada por la cultura que respira a través de la familia y los
grupos humanos con los que entra en contacto, por medio de los procesos
educativos y las influencias ambientales más diversas y de la misma relación
fundamental que tiene con el territorio en el que vive. En todo esto no hay ningún
determinismo, sino una constante dialéctica entre la fuerza de los
condicionamientos y el dinamismo de la libertad. Formación
humana y pertenencia cultural 6. La acogida de la propia cultura como elemento configurador de la
personalidad, especialmente en la primera fase del crecimiento, es un dato de
experiencia universal, cuya importancia no se debe infravalorar. Sin este
enraizamiento en un humus definido, la
persona misma correría el riego de verse expuesta, en edad aún temprana, a un
exceso de estímulos contrastantes que no ayudarían el desarrollo sereno y
equilibrado. Sobre la base de esta relación fundamental con los propios «orígenes»
—a nivel familiar, pero también territorial, social y cultural— es donde se
desarrolla en las personas el sentido de
la «patria», y la cultura tiende a asumir, unas veces más y otras menos,
una configuración «nacional». El mismo Hijo de Dios, haciéndose hombre,
recibió, con una familia humana, también una «patria». Él es para siempre
Jesús de Nazaret, el Nazareno (cf. Mc 10,47;
Lc 18,37; Jn
1,45; 19,19). Se trata de un proceso natural en el cual las instancias
sociológicas y psicológicas actúan entre sí, con efectos normalmente
positivos y constructivos. El amor patriótico es, por eso, un
valor a cultivar, pero sin restricciones de espíritu, amando juntos a toda
la familia humana(3) y evitando las manifestaciones patológicas que se dan
cuando el sentido de pertenencia asume tonos de autoexaltación y de exclusión
de la diversidad, desarrollándose en formas nacionalistas, racistas y xenófobas. 7. Si por esto es importante, por un lado, saber apreciar los valores de
la propia cultura, por otro es preciso tomar conciencia de que cada cultura,
siendo un producto típicamente humano e históricamente condicionado, también
implica necesariamente unos límites. Para que el sentido de pertenencia
cultural no se transforme en cerrazón, un antídoto eficaz es el conocimiento
sereno, no condicionado por prejuicios negativos, de las otras culturas. Por lo
demás, en un análisis atento y riguroso, frecuentemente las culturas muestran,
por encima de sus manifestaciones más externas, elementos comunes significativos. Esto se puede ver también en la
sucesión histórica de culturas y civilizaciones. La Iglesia, mirando a Cristo,
que revela el hombre al hombre(4), y apoyada en la experiencia alcanzada en dos
mil años de historia, está convencida de que «por encima de todos los
cambios, hay muchas cosas que no cambian »(5). Esta continuidad está basada en
características esenciales y universales del proyecto de Dios sobre el hombre. Las diferencias culturales han de ser comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad del género humano, dato
histórico y ontológico primario, a la luz del cual es posible entender el
significado profundo de las mismas diferencias. En realidad, sólo la visión de
conjunto tanto de los elementos de unidad como de las diferencias hace posible
la comprensión y la interpretación de la verdad plena de toda cultura
humana.(6) Diversidad
de culturas y respeto recíproco 8. En el pasado las diferencias entre las culturas han sido a menudo
fuente de incomprensiones entre los pueblos y motivo de conflictos y guerras.
Pero todavía hoy, por desgracia, en diversas partes del mundo constatamos, con
creciente aprensión, la polémica
consolidación de algunas identidades culturales contra otras culturas. Este
fenómeno puede, a largo plazo, desembocar en tensiones y choques funestos, y
por lo menos hace difícil la condición de algunas minorías étnicas y
culturales, que viven en un contexto de mayorías culturalmente diversas,
propensas a actitudes y comportamientos hostiles y racistas. Ante esta situación, todo hombre de buena voluntad debe interrogarse
sobre las orientaciones éticas fundamentales que caracterizan la experiencia
cultural de una determinada comunidad. En efecto, las culturas, igual que el
hombre que es su autor, están marcadas por el «misterio de iniquidad» que actúa
en la historia humana (cf. 2 Ts 2,7) y
tienen también necesidad de purificación y salvación. La autenticidad de cada
cultura humana, el valor del ethos que
lleva consigo, o sea, la solidez de su orientación moral, se pueden medir de
alguna manera por su razón de ser en
favor del hombre y en la promoción de su dignidad a cualquier nivel y en
cualquier contexto. 9. Si tan preocupante es la radicalización de las identidades
culturales que se vuelven impermeables a cualquier influjo externo beneficioso,
no es menos arriesgada la servil aceptación
de las culturas, o de algunos de sus importantes aspectos, como modelos
culturales del mundo occidental que, ya desconectados de su ambiente cristiano,
se inspiran en una concepción secularizada y prácticamente atea de la vida y
en formas de individualismo radical. Se trata de un fenómeno de vastas
proporciones, sostenido por poderosas campañas de los medios de comunicación
social, que tienden a proponer estilos de vida, proyectos sociales y económicos
y, en definitiva, una visión general de la realidad, que erosiona internamente
organizaciones culturales distintas y civilizaciones nobilísimas. Por su
destacado carácter científico y técnico, los modelos culturales de Occidente
son fascinantes y atrayentes, pero muestran, por desgracia y siempre con mayor
evidencia, un progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral. La
cultura que los produce está marcada por la dramática pretensión de querer
realizar el bien del hombre prescindiendo de Dios, supremo Bien. Pero «sin el
Creador —ha advertido el Concilio Vaticano II— la criatura se diluye »(7).Una
cultura que rechaza referirse a Dios pierde la propia alma y se desorienta
transformándose en una cultura de muerte, como atestiguan los trágicos
acontecimientos del siglo XX y como demuestran los efectos nihilistas
actualmente presentes en importantes ámbitos del mundo occidental. Diálogo
entre las culturas 10. De manera análoga a lo que sucede en la persona, que se realiza a
través de la apertura acogedora al otro y la generosa donación de sí misma,
las culturas, elaboradas por los hombres y al servicio de los hombres, se
modelan también con los dinamismos típicos del diálogo y de la comunión,
sobre la base de la originaria y fundamental unidad de la familia humana, salida
de las manos de Dios, que « creó, de un solo principio todo el linaje humano
» (Hch 17,26). Desde este punto de vista, el diálogo
entre las culturas, tema del presente Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz, surge como una exigencia intrínseca
de la naturaleza misma del hombre y de la cultura. Como expresiones históricas
diversas y geniales de la unidad originaria de la familia humana, las culturas
encuentran en el diálogo la salvaguardia de su carácter peculiar y de la recíproca
comprensión y comunión. El concepto de comunión, que en la revelación
cristiana tiene su origen y modelo sublime en Dios uno y trino (cf. Jn
17,11.21), no supone un anularse en la uniformidad o una forzada homologación
o asimilación; es más bien expresión de la convergencia de una multiforme
variedad, y por ello se convierte en signo de riqueza y promesa de desarrollo. El diálogo lleva a reconocer la riqueza de la diversidad y dispone los
ánimos a la recíproca aceptación, en la perspectiva de una auténtica
colaboración, que responde a la originaria vocación a la unidad de toda la
familia humana. Como tal, el diálogo es un instrumento eminente para realizar la
civilización del amor y de la paz, que mi venerado predecesor, el Papa
Pablo VI, indicó como el ideal en el que había que inspirar la vida cultural,
social, política y económica de nuestro tiempo. Al inicio del tercer milenio
es urgente proponer de nuevo la vía del diálogo a un mundo marcado por tantos conflictos y
violencias, desalentado a veces e incapaz de escrutar los horizontes de la
esperanza y de la paz. Potencialidades
y riesgos de la comunicación global 11. El diálogo entre las culturas se ve hoy particularmente necesario
si se considera el impacto de las nuevas
tecnologías de la comunicación en la vida de las personas y de los
pueblos. Vivimos en la era de la comunicación global, que está plasmando la
sociedad según nuevos modelos culturales, más o menos extraños a los modelos
del pasado. La información precisa y actualizada es, al menos en línea de
principio, prácticamente accesible a todos, en cualquier parte del mundo. El libre aluvión de imágenes y palabras a escala mundial está
transformando no sólo las relaciones entre los pueblos a nivel político y económico,
sino también la misma comprensión del mundo. Este fenómeno ofrece múltiples
potencialidades en otro tiempo impensables, pero presenta también algunos
aspectos negativos y peligrosos. El hecho de que un número reducido de Países
detente el monopolio de las «industrias» culturales, distribuyendo sus
productos en cualquier lugar de la tierra a un público cada vez mayor, puede
ser un potente factor de erosión de las características culturales. Son
productos que contienen y transmiten sistemas implícitos de valor y por tanto
pueden provocar en los receptores unos efectos de expropiación y pérdida de
identidad. Desafío
de las migraciones 12. El estilo y la cultura del diálogo son particularmente
significativos respecto a la compleja
problemática de las migraciones, importante fenómeno social de nuestro
tiempo. El éxodo de grandes masas de una región a otra del planeta, que es a
menudo una dramática odisea humana para quienes se ven implicados, tiene como
consecuencia la mezcla de tradiciones y costumbres diferentes, con notables
repercusiones en los Países de origen y en los de llegada. La acogida reservada
a los migrantes por parte de los Países que los reciben y su capacidad de
integrarse en el nuevo ambiente humano representan otras tantas medidas para
valorar la calidad del diálogo entre las diferentes culturas. En realidad, sobre el tema de la integración cultural, tan debatido
actualmente, no es fácil encontrar organizaciones y ordenamientos que
garanticen, de manera equilibrada y ecuánime, los derechos y deberes, tanto de
quien acoge como de quien es acogido. Históricamente, los procesos migratorios
han tenido lugar de maneras muy distintas y con resultados diversos. Son muchas
las civilizaciones que se han desarrollado y enriquecido precisamente por las
aportaciones de la inmigración. En otros casos, las diferencias culturales de
autóctonos e inmigrados no se han integrado, sino que han mostrado la capacidad
de convivir, a través del respeto recíproco de las personas y de la aceptación
o tolerancia de las diferentes costumbres. Lamentablemente perduran también
situaciones en las que las dificultades de encuentro entre las diversas culturas
no se han solucionado nunca y las tensiones han sido causa de conflictos periódicos. 13. En una materia tan compleja, no hay fórmulas «mágicas»; no
obstante, es preciso indicar algunos principios éticos de fondo a los que hacer
referencia. Como primero entre todos se ha recordar el principio según el cual los
emigrantes han de ser tratados siempre con el respeto debido a la dignidad de
toda persona humana. A este principio ha de supeditarse incluso la debida
consideración al bien común cuando se trata de regular los flujos
inmigratorios. Se trata, pues, de conjugar la acogida que se debe a todos los
seres humanos, en especial si son indigentes, con la consideración sobre las
condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los
habitantes originarios como para los nuevos llegados. Por lo que se refiere a
las características culturales que los emigrantes llevan consigo, han de ser
respetadas y acogidas, en la medida en que no se contraponen a los valores éticos
universales, ínsitos en la ley natural, y a los derechos humanos fundamentales. Respeto
de las culturas y
«fisonomía cultural» del territorio 14. Más difícil es determinar hasta dónde llega el derecho de los
emigrantes al reconocimiento jurídico público de sus manifestaciones
culturales específicas, cuando éstas no se acomodan fácilmente a las
costumbres de la mayoría de los ciudadanos. La solución de este problema, en
el marco de una sustancial apertura, está
vinculada a la valoración concreta del bien común en un determinado
momento histórico y en una situación territorial y social concreta. Mucho
depende de que arraigue en todos una cultura de la acogida que, sin caer en la
indiferencia sobre los valores, sepa conjugar las razones en favor de la
identidad y del diálogo. Por otro lado, como he indicado antes, se ha de valorar la importancia
que tiene la cultura característica de un territorio para el crecimiento
equilibrado de los que pertenecen a él por nacimiento, especialmente en sus
fases evolutivas más delicadas. Desde este punto de vista, puede considerarse
plausible una orientación que tienda a garantizar en un determinado territorio
un cierto «equilibrio cultural», en correspondencia con la cultura
predominante que lo ha caracterizado; un equilibrio que, aunque siempre abierto
a las minorías y al respeto de sus derechos fundamentales, permita la
permanencia y el desarrollo de una determinada «fisonomía cultural», o sea,
del patrimonio fundamental de lengua, tradiciones y valores que generalmente se
asocian a la experiencia de la nación y al sentido de la «patria». 15. Es evidente que esta exigencia de «equilibrio», respecto a la «fisonomía
cultural» de un territorio, no se puede lograr satisfactoriamente sólo con
instrumentos legislativos, puesto que éstos carecerían de eficacia si no
estuvieran fundados en el ethos de la
población y, sobre todo, estarían destinados a cambiar naturalmente, cuando
una cultura perdiera de hecho su capacidad de animar un pueblo y un territorio,
convirtiéndose en una simple herencia guardada en museos o monumentos artísticos
y literarios. En realidad, una cultura, en la medida en que es realmente vital, no
tiene motivos para temer ser dominada, de igual manera que ninguna ley podrá
mantenerla viva si ha muerto en el alma de un pueblo. Por lo demás, en el plano
del diálogo entre las culturas, no se puede impedir a uno que proponga a otro
los valores en que cree, con tal de que se haga de manera respetuosa de la
libertad y de la conciencia de las personas. «La verdad no se impone sino por
la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en
las almas»(8). Conciencia
de los valores comunes 16. El diálogo entre las culturas, instrumento privilegiado para
construir la civilización del amor, se apoya en la certeza de que hay
valores comunes a todas las culturas, porque están arraigados en la
naturaleza de la persona. En tales valores la humanidad expresa sus rasgos más
auténticos e importantes. Hace falta cultivar
en las almas la conciencia de estos valores, dejando de lado prejuicios
ideológicos y egoísmos partidarios, para alimentar ese humus
cultural, universal por naturaleza, que hace posible el desarrollo fecundo
de un diálogo constructivo. También las diferentes religiones pueden y deben
dar una contribución decisiva en este sentido. La experiencia que he tenido
tantas veces en el encuentro con representantes de otras religiones —recuerdo
en particular el encuentro de Asís de 1986 y el de la plaza San Pedro de
1999— me confirma en la confianza de que la recíproca apertura de los
seguidores de las diversas religiones puede aportar muchos beneficios para la
causa de la paz y del bien común de la humanidad. El
valor de la solidaridad 17. Ante las crecientes desigualdades existentes en el mundo, el
primer valor que se debe promover y difundir cada vez más en las
conciencias es ciertamente el de la solidaridad.
Toda sociedad se apoya sobre la base del vínculo originario de las personas
entre sí, conformado por ámbitos relacionales cada vez más amplios —desde
la familia y los demás grupos sociales intermedios— hasta los de la sociedad
civil entera y de la comunidad estatal. A su vez, los Estados no pueden
prescindir de entrar en relación unos con otros. La actual situación de
interdependencia planetaria ayuda a percibir mejor el destino común de toda la
familia humana, favoreciendo en toda persona reflexiva el aprecio por la virtud
de la solidaridad. A este respecto, sin embargo, se debe notar que la progresiva
interdependencia ha contribuido a poner al descubierto múltiples desigualdades,
como el desequilibrio entre Países ricos y Países pobres; la distancia social,
dentro de cada País, entre quien vive en la opulencia y quien ve ofendida su
dignidad, porque le falta incluso lo necesario; el deterioro ambiental y humano,
provocado y acelerado por el empleo irresponsable de los recursos naturales.
Tales desigualdades y diferencias sociales han ido aumentando en algunos casos,
hasta llevar a los Países más pobres hacia una deriva imparable. Una auténtica cultura de la solidaridad ha de tener, pues, como
principal objetivo la promoción de la
justicia. No se trata sólo de dar lo superfluo a quien está necesitado,
sino de «ayudar a pueblos enteros —que están excluidos o marginados— a que
entren en el círculo del desarrollo económico y humano. Esto será posible no
sólo utilizando lo superfluo que nuestro mundo produce en abundancia, sino
cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de
consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad»(9). El
valor de la paz 18. La cultura de la solidaridad está estrechamente unida al
valor de la paz, objetivo primordial de toda sociedad y de la convivencia
nacional e internacional. Sin embargo, en el camino hacia un mejor acuerdo entre
los pueblos son aún numerosos los desafíos que debe afrontar el mundo y que
ponen a todos ante opciones inderogables. El preocupante aumento de los
armamentos, mientras no acaba de consolidarse el compromiso por la no
proliferación de las armas nucleares, tiene el riesgo de alimentar y difundir
una cultura de la competencia y la conflictualidad, que no implica solamente a
los Estados, sino también a entidades no institucionales, como grupos
paramilitares y organizaciones terroristas. El mundo sigue sufriendo aún las consecuencias de guerras pasadas y
presentes, las tragedias provocadas por el uso de minas antipersonales y por el
recurso a las horribles armas químicas y biológicas.¿Y cómo olvidar el
riesgo permanente de conflictos entre las naciones, de guerras civiles dentro de
algunos Estados y de una violencia extendida, que las organizaciones
internacionales y los gobiernos nacionales se ven casi impotentes para afrontar?
Ante tales amenazas, todos tienen que sentir el deber moral de adoptar medidas
concretas y apropiadas para promover la causa de la paz y la comprensión entre
los hombres. El
valor de la vida 19. Un auténtico diálogo entre las culturas, además del sentimiento
del mutuo respeto, no puede más que alimentar una viva sensibilidad por el
valor de la vida. La vida humana no puede ser considerada como un objeto del
cual disponer arbitrariamente, sino como la realidad más sagrada e intangible
que está presente en el escenario del mundo. No puede haber paz cuando falta la
defensa de este bien fundamental. No se
puede invocar la paz y despreciar la vida. Nuestro tiempo es testigo de
excelentes ejemplos de generosidad y entrega al servicio de la vida, pero también
del triste escenario de millones de hombres entregados a la crueldad o a la
indiferencia de un destino doloroso y brutal. Se trata de una trágica espiral
de muerte que abarca homicidios, suicidios, abortos, eutanasia, como también
mutilaciones, torturas físicas y psicológicas, formas de coacción injusta,
encarcelamiento arbitrario, recurso absolutamente innecesario a la pena de
muerte, deportaciones, esclavitud, prostitución, compra-venta de mujeres y niños.
A esta relación se han de añadir prácticas irresponsables de ingeniería genética,
como la clonación y la utilización de embriones humanos para la investigación,
las cuales se quiere justificar con una ilegítima referencia a la libertad, al
progreso de la cultura y a la promoción del desarrollo humano. Cuando los
sujetos más frágiles e indefensos de la sociedad sufren tales atrocidades, la
misma noción de familia humana, basada en los valores de la persona, de la
confianza y del mutuo respeto y ayuda, es gravemente cercenada. Una civilización
basada en el amor y la paz debe oponerse a estos experimentos indignos del
hombre. El
valor de la educación 20. Para construir la civilización del amor, el diálogo entre las
culturas debe tender a superar todo egoísmo etnocéntrico para conjugar la
atención a la propia identidad con la comprensión de los demás y el respeto
de la diversidad. Es fundamental, a este respecto, la
responsabilidad de la educación. Ésta debe transmitir a los sujetos la
conciencia de las propias raíces y ofrecerles puntos de referencia que les
permitan encontrar su situación personal en el mundo. Al mismo tiempo debe
esforzarse por enseñar el respeto a las otras culturas. Es necesario mirar más
allá de la experiencia individual inmediata y aceptar las diferencias,
descubriendo la riqueza de la historia de los demás y de sus valores. El conocimiento de las otras culturas, llevado a cabo con el debido
sentido crítico y con sólidos puntos de referencia ética, lleva a un mayor
conocimiento de los valores y de los límites inherentes a la propia cultura y
revela, a la vez, la existencia de una herencia común a todo el género humano.
Precisamente por esta amplitud de miras, la
educación tiene una función particular en la construcción de un mundo más
solidario y pacífico. La educación puede contribuir a la consolidación
del humanismo integral, abierto a la dimensión ética y religiosa, que atribuye
la debida importancia al conocimiento y a la estima de las culturas y de los
valores espirituales de las diversas civilizaciones. El
perdón y la reconciliación 21. Durante el Gran Jubileo, dos mil años después del nacimiento de
Jesús, la Iglesia ha vivido con particular intensidad la llamada exigente de la reconciliación. Es también una invitación
significativa en el marco de la compleja temática del diálogo entre las
culturas. En efecto, el diálogo es a menudo difícil, porque sobre él pesa la
hipoteca de trágicas herencias de guerras, conflictos, violencias y odios, que
la memoria sigue fomentando. Para superar las barreras de la incomunicabilidad,
el camino a recorrer es el del perdón y la reconciliación. Muchos, en nombre
de un realismo desengañado, consideran este camino utópico e ingenuo. En
cambio, en la perspectiva cristiana, ésta es la única vía para alcanzar la
meta de la paz. La mirada de los creyentes se detiene a contemplar el icono del
Crucificado. Poco antes de morir Jesús exclama: «Padre perdónales, porque no
saben lo que hacen» (Lc 23,34). El
malhechor crucificado a su derecha, oyendo estas últimas palabras del Redentor
moribundo, se abre a la gracia de la conversión, acoge el Evangelio del perdón
y recibe la promesa de la felicidad eterna. El ejemplo de Cristo nos confirma
que realmente se pueden derribar tantos muros que bloquean la comunicación y el
diálogo entre los hombres. La mirada al Crucificado nos infunde la confianza de
que el perdón y la reconciliación pueden ser una praxis normal de la vida
cotidiana y de toda cultura y, por tanto, una oportunidad concreta para
construir la paz y el futuro de la humanidad. Recordando la significativa experiencia jubilar de la purificación
de la memoria, deseo dirigir a los cristianos una invitación particular, a
fin de que sean testigos y misioneros de perdón y reconciliación, apresurando,
con la incesante invocación al Dios de la paz, la realización de la espléndida
profecía de Isaías, que se puede extender a todos los pueblos de la tierra: «Aquel
día habrá una calzada desde Egipto a Asiria. Vendrá Asur a Egipto y Egipto a
Asiria, y Egipto servirá a Asur. Aquel día será Israel tercero con Egipto y
Asur, objeto de bendición en medio de la tierra, pues la bendecirá el Señor
de los ejércitos diciendo: "Bendito sea mi pueblo Egipto, la obra de mis
manos Asur, y mi heredad Israel"» (Is
19,23-25). Una
llamada a los jóvenes 22. Deseo concluir este Mensaje de paz con una invitación especial a
vosotros, jóvenes de todo el mundo, que
sois el futuro de la humanidad y las piedras vivas para construir la civilización
del amor. Conservo en el corazón el recuerdo de los encuentros llenos de emoción
y de esperanza que he tenido con vosotros durante la reciente Jornada Mundial de
la Juventud en Roma. Vuestra adhesión ha sido gozosa, convencida y prometedora.
En vuestra energía y vitalidad, y en vuestro amor a Cristo, he vislumbrado un
porvenir más sereno y humano para el mundo. Al sentiros cerca, percibía dentro de mí un sentimiento profundo de
gratitud al Señor, que me concedía la gracia de contemplar, a través del
variopinto mosaico de vuestras diversas lenguas, culturas, costumbres y
mentalidades, el milagro de la
universalidad de la Iglesia, de su catolicidad y de su unidad. Por medio de
vosotros he admirado la maravillosa
conjunción de la diversidad en la unidad de la misma fe, de la misma
esperanza y de la misma caridad, como expresión elocuente de la espléndida
realidad de la Iglesia, signo e instrumento de Cristo para la salvación del
mundo y para la unidad del género humano(10). El Evangelio os llama a
reconstruir aquella originaria unidad de la familia humana, que tiene su fuente
en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Queridos jóvenes de cualquier lengua y cultura, os espera una
tarea ardua y apasionante: ser hombres y mujeres capaces de solidaridad, de
paz y de amor a la vida, en el respeto de todos. ¡Sed artífices de una nueva
humanidad, donde hermanos y hermanas, miembros todos de una misma familia,
puedan vivir finalmente en la paz! Vaticano,
8 de diciembre de 2000.
Notas (1) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 53. (2) Cf. Juan Pablo II, Discurso a las Naciones Unidas, 15 de octubre de
1995. (3) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 75. (4) Cf. ibíd., 22. (5) Ibíd., 10. (6) Cf. Juan Pablo II, Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980, 6. (7) Const. past. Gaudium et spes, 36. (8) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis
humanae, sobre la libertad religiosa, 1. (9) Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus
annus, 58. (10) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1.
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