3 de Junio de 2001
SEMANA 9 DEL TIEMPO ORDINARIO
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Ciclo C Color Rojo Solemnidad de Pentecostés
Primera lectura Hech. 2, 1-11:
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.
De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento,
que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego
que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron
llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu
les concedía que se expresaran. Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos,
llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y entre el gentío que
acudió al oír aquel ruido, cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos
quedaron muy desconcertados y se decían, llenos de estupor y admiración: «Pero
éstos ¿no son todos galileos? ¡Y miren cómo hablan! Cada uno de nosotros les
oímos en nuestra propia lengua nativa. Entre nosotros hay partos, medos y
elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia, de
Frigia, Panfilia, Egipto y de la parte de Libia que limita con Cirene. Hay
forasteros que vienen de Roma, unos judíos y otros extranjeros, que aceptaron
sus creencias, cretenses y árabes. Y todos les oímos hablar en nuestras
propias lenguas las maravillas de Dios.»
Salmo Sal. 103, 1-34:
¡Bendice al Señor, alma mía! ¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios, vestido
de gloria y majestad, envuelto de luz como de un manto. Tú
despliegas los cielos como un toldo, construyes sobre las aguas tu
piso alto. Tú haces tu carro de las nubes y avanzas en alas de los
vientos. Tomas de mensajeros a los vientos y como servidores un
fuego en llamas. Pusiste la tierra sobre sus bases, por siempre jamás
es inamovible. La cubres con el manto de los océanos, las aguas se
han detenido en las montañas. Ante tu amenaza emprenden la fuga, se
precipitan a la voz de tu trueno; suben los montes, bajan por los
valles hasta el lugar que tú les señalaste; pusiste un límite que
no franquearán, para que no vuelvan a cubrir la tierra. Haces
brotar vertientes en las quebradas, que corren por en medio de los montes,
calman la sed de todos los animales; allí extinguen su sed los burros
salvajes. Aves del cielo moran cerca de ellas, entremedio del
follaje alzan sus trinos. De lo alto de tus moradas riegas los
montes, sacias la tierra del fruto de tus obras; haces brotar el
pasto para el ganado y las plantas que el hombre ha de cultivar, para que de la
tierra saque el pan y el vino que alegra el corazón del hombre. El
aceite le dará brillo a su rostro y el pan fortificará su corazón.
Los árboles del Señor están colmados, los cedros del Líbano que plantó.
Allí hacen sus nidos los pajaritos, en su copa tiene su casa la cigüeña;
para las cabras son los altos montes, las rocas son escondrijo de los
conejos. Pusiste la luna para el calendario y el sol que sabe a qué
hora ha de ponerse. Tú traes las tinieblas y es de noche, en que
rodan todas las fieras de la selva; rugen los leoncitos por su presa
reclamando a Dios su alimento. Cuando el sol aparece, se retiran y
vuelven a acostarse en sus guaridas; el hombre entonces sale a su
trabajo, a su labor, hasta que entre la noche. ¡Señor, qué
numerosas son tus obras! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas la
tierra está repleta! Mira el gran mar, vasto en todo sentido, allí
bullen en número incontable pequeños y grandes animales; por allí
circulan los navíos y Leviatán que hiciste para entretenerte.
Todas esas criaturas de ti esperan que les des a su tiempo el alimento;
apenas se lo das, ellos lo toman, abres tu mano, y sacian su apetito.
Si escondes tu cara, quedan anonadados, recoges su espíritu, expiran y retornan
a su polvo. Si envías tu espíritu, son creados y así renuevas la
faz de la tierra. ¡Que la gloria del Señor dure por siempre y en
sus obras el Señor se regocije! él, que mira a la tierra y ésta
tiembla, y si toca a los montes, echan humo. Al Señor quiero cantar
toda mi vida, salmodiar para mi Dios mientras yo exista. Ojalá que
le agrade mi poema, yo, como sea, me alegro en el Señor. ¡Desaparezcan
de la tierra los pecadores y que no existan más los malvados! ¡Alma mía,
bendice al Señor!
Segunda lectura 1 Cor. 12, 3-7.
12-13:
Ahora les digo que ninguno puede gritar: «¡Maldito sea Jesús!» si el espíritu
es de Dios; y nadie puede decir: «¡Jesús es el Señor!», sino con un espíritu
santo. Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo. Hay
diversos ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de obras, pero
es el mismo Dios quien obra todo en todos. La manifestación del Espíritu que a
cada uno se le da es para provecho común.
Evangelio Jn. 20, 19-23:
Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban
reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó
Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con
ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se
alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté
con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.» Dicho
esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes
descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les
serán retenidos.»