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30 de mayo de 2001
SEMANA 7 DE PASCUA
Color Blanco
San Fernando, rey
Primera lectura Hech. 20, 28-38:
Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les
ha
puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor,
que él adquirió con su propia sangre.
Sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos voraces
que no perdonarán al rebaño. De entre ustedes mismos surgirán hombres que
enseñarán doctrinas falsas e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí.
Estén, pues, atentos, y recuerden que durante tres años no he dejado de
aconsejar a cada uno de ustedes noche y día, incluso entre lágrimas.
Ahora los encomiendo a Dios y a su Palabra portadora de su gracia, que
tiene eficacia para edificar sus personas y entregarles la herencia junto a
todos los santos.
De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos: con ellas he
conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros, como ustedes bien
saben. Con este ejemplo les he enseñado claramente que deben trabajar duro para
ayudar a los débiles. Recuerden las palabras del Señor Jesús: «Hay mayor
felicidad en dar que en recibir.»
Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró. Entonces empezaron todos a
llorar y le besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos
porque les había dicho que no le volverían a ver. Después lo acompañaron
hasta el barco.
Salmo Sal. 67, 29-36:
Que Dios se pare y sus enemigos se dispersen,
que huyan ante él los que lo odian.
Como humo al viento, así tú los disipas,
como cera en el fuego se deshacen.
En presencia de Dios los malos perecen,
mientras que los justos se regocijan,
y ante Dios saltan y gritan de alegría.
Canten a Dios y toquen a su Nombre,
abran camino al que cabalga en las nubes,
alégrense en Dios y bailen ante él.
Padre del huérfano, defensor de las viudas,
ese es Dios en su santa morada.
Al solitario le da el calor de hogar,
deja libre al preso encadenado,
a los rebeldes los deja en calabozos.
Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo,
para tomar el camino del desierto,
la tierra tembló y los cielos destilaron
en presencia de Dios, el Dios de Israel.
Esparciste una lluvia generosa
para reanimar a los tuyos extenuados,
tu familia encontró una morada,
la que en tu bondad destinabas a los pobres.
El Señor ha mandado una palabra,
y es buena noticia para el gran ejército:
¡Huyen, huyen los reyes con sus tropas!
Una sirvienta reparte el botín:
alas de paloma cubiertas de plata,
con sus plumas color de oro.
Mientras el Omnipotente vencía a los reyes,
caía nieve en el monte Salmón.
Montes de Dios, montes de Basán,
montes escarpados, montes de Basán:
¿por qué miran celosos, montes escarpados,
al monte que Dios quiso habitar?
Sepan que el Señor lo habita para siempre.
Los carros de Dios son miles y miles,
en ellos vino del Sinaí al Santuario.
Subiste a las alturas, tomaste cautivos,
y recibiste hombres en tributo.
Hasta los rebeldes se quedarán a tu lado.
¡Bendito sea el Señor día tras día!
El Dios que salva se encarga de nosotros.
Se hizo para nosotros un Dios que libera,
con Yahvé, el Señor, escapamos a la muerte.
Dios aplasta la cabeza de sus enemigos,
el cráneo de los habituados al crimen.
El Señor lo dijo: "Los traeré de Basán
y de las profundidades del mar,
para que hundas los pies en su sangre
y hasta la lengua de tus perros
reciba su parte de los enemigos."
He visto, oh Dios, tus procesiones,
las procesiones de mi Dios,
de mi rey, en el santuario.
Los cantores van delante, los músicos detrás,
en medio van las niñas tocando tamboriles.
¡Bendigan a Dios con coros,
bendigan al Señor en las fiestas de Israel!
Benjamín, el menor, abre el cortejo,
los príncipes de Judá con ropas bordadas,
los príncipes de Zabulón, los de Neftalí.
Oh Dios, habla con fuerza,
con la fuerza que manifestaste con nosotros.
Desde tu templo que domina Jerusalén,
donde los reyes te aportan sus ofrendas,
amenaza al monstruo de los cañaverales,
al tropel de toros, a los dueños de los pueblos
para que se sometan y te ofrezcan oro y plata.
Dispersa a los pueblos que aman la guerra.
Desde Egipto vendrán los más ricos,
Etiopía tenderá a Dios sus manos.
Reinos de la tierra, canten a Dios,
toquen para el Señor,
que cabalga por los cielos seculares.
¡Oigan su voz, su voz que es poderosa!
Reconozcan el poder de Dios,
él es grande en Israel, y en lo alto, poderoso.
Dios es terrible desde su santuario,
el, el Dios de Israel,
él da a su pueblo fuerza y poder.
Evangelio Jn. 17, 11-19:
Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo,
mientras yo vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me
diste, para que sean uno como nosotros.
Cuando estaba con ellos, yo los cuidaba en tu Nombre, pues tú me los habías
encomendado, y ninguno de ellos se perdió, excepto el que llevaba en sí la
perdición, pues en esto había de cumplirse la Escritura. Pero ahora que voy a
ti, y estando todavía en el mundo, digo estas cosas para que tengan en ellos la
plenitud de mi alegría.
Yo les he dado tu mensaje, y el mundo los ha odiado, porque no son del
mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino
que los defiendas del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del
mundo.
Conságralos mediante la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me has
enviado al mundo, así yo también los envío al mundo, y por ellos ofrezco el
sacrificio, para que también ellos sean consagrados en la verdad.
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