2 de Junio de 2001
SEMANA 7 DE PASCUA
Santos Marcelino y Pedro / Vigilia de Pentecostés
Color Blanco Sábado
Primera lectura Hech. 28, 16-20.
30-31:
Llegados a Roma, el capitán entregó los presos al gobernador militar, pero
dio permiso a Pablo para alojarse en una casa particular con un soldado que lo
vigilara. Tres días después Pablo convocó a los judíos principales. Una vez
reunidos, les dijo: «Hermanos, acaban de traerme preso de Jerusalén. He sido
entregado a los romanos sin que yo haya ofendido a las autoridades de nuestro
pueblo ni las tradiciones de nuestros padres. Los romanos querían dejarme en
libertad después de haberme interrogado, pues no encontraban en mí nada que
mereciera la muerte. Pero los judíos se opusieron y me vi obligado a apelar al
César, sin la menor intención de acusar a las autoridades de mi pueblo. Por
este motivo yo quise y conversar con ustedes, pues en realidad, por la esperanza
de Israel yo llevo estas cadenas.» Pablo, pues, arrendaba esta vivienda privada
y permaneció allí dos años enteros. Recibía a todos los que lo venían a
ver, proclamaba el Reino de Dios y les enseñaba con mucha seguridad lo
referente a Cristo Jesús, el Señor, y nadie le ponía trabas.
Salmo Sal. 10, 5-8:
En el Señor he puesto mi refugio; ¿cómo dicen a mi alma: "Huye, cual
un pájaro, hacia el monte, porque los impíos tensan su arco, y
ajustan sus flechas a la cuerda para herir en la sombra a los de recto corazón.
Si han cedido los cimientos, ¿qué puede hacer el justo?" El
Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo. Sus ojos
están observando y fija su mirada en los hijos de Adán. El Señor
explora al justo y al impío, y su alma odia a quien ama la violencia.
Hará llover sobre los malvados carbones encendidos y azufre y un viento
abrasador les tocará en suerte. Porque el Señor es justo y ama la
justicia, los que son rectos contemplarán su rostro.
Evangelio Jn. 21, 20-25:
Pedro miró atrás y vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el
que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: «Señor,
¿quién es el que te va a entregar?» Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: «¿Y
qué va a ser de éste?» Jesús le contestó: «Si yo quiero que permanezca
hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme.» Por esta razón corrió
entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús
no dijo que no iba a morir, sino simplemente: «Si yo quiero que permanezca
hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?» Este es el mismo discípulo que da
testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que
dice la verdad. Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una
por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.
Vigilia de Pentecostés: Primera
lectura Gn. 11, 1-9:
Todo el mundo tenía un mismo idioma y usaba las mismas expresiones. Pero al
emigrar los hombres desde Oriente, encontraron una llanura en la región de
Sinear, y se establecieron allí. Entonces se dijeron unos a otros: «Vamos a
hacer ladrillos y cocerlos al fuego.» El ladrillo reemplazó la piedra y el
alquitrán les sirvió de mezcla. Después dijeron: «Construyamos una ciudad
con una torre que llegue hasta el cielo. Así nos haremos famosos, y no nos
dispersaremos por todo el mundo.» Yavé bajó para ver la ciudad y la torre que
los hombres estaban levantan- do, y dijo Yavé: «Veo que todos forman un solo
pueblo y tienen una misma lengua. Si esto va adelante, nada les impedirá desde
ahora que consigan todo lo que se propongan. Pues bien, bajemos y confundamos ahí
mismo su lengua, de modo que no se entiendan los unos a los otros.» Así Yavé
los dispersó sobre la superficie de la tierra, y dejaron de construir la
ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí Yavé confundió el lenguaje de
todos los habitantes de la tierra, y desde allí los dispersó Yavé por toda la
tierra.
Salmo Sal. 103, 1-30:
¡Bendice al Señor, alma mía! ¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios, vestido
de gloria y majestad, envuelto de luz como de un manto. Tú
despliegas los cielos como un toldo, construyes sobre las aguas tu
piso alto. Tú haces tu carro de las nubes y avanzas en alas de los
vientos. Tomas de mensajeros a los vientos y como servidores un
fuego en llamas. Pusiste la tierra sobre sus bases, por siempre jamás
es inamovible. La cubres con el manto de los océanos, las aguas se
han detenido en las montañas. Ante tu amenaza emprenden la fuga, se
precipitan a la voz de tu trueno; suben los montes, bajan por los
valles hasta el lugar que tú les señalaste; pusiste un límite que
no franquearán, para que no vuelvan a cubrir la tierra. Haces
brotar vertientes en las quebradas, que corren por en medio de los montes,
calman la sed de todos los animales; allí extinguen su sed los burros
salvajes. Aves del cielo moran cerca de ellas, entremedio del
follaje alzan sus trinos. De lo alto de tus moradas riegas los
montes, sacias la tierra del fruto de tus obras; haces brotar el
pasto para el ganado y las plantas que el hombre ha de cultivar, para que de la
tierra saque el pan y el vino que alegra el corazón del hombre. El
aceite le dará brillo a su rostro y el pan fortificará su corazón.
Los árboles del Señor están colmados, los cedros del Líbano que plantó.
Allí hacen sus nidos los pajaritos, en su copa tiene su casa la cigüeña;
para las cabras son los altos montes, las rocas son escondrijo de los
conejos. Pusiste la luna para el calendario y el sol que sabe a qué
hora ha de ponerse. Tú traes las tinieblas y es de noche, en que
rodan todas las fieras de la selva; rugen los leoncitos por su presa
reclamando a Dios su alimento. Cuando el sol aparece, se retiran y
vuelven a acostarse en sus guaridas; el hombre entonces sale a su
trabajo, a su labor, hasta que entre la noche. ¡Señor, qué
numerosas son tus obras! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas la
tierra está repleta! Mira el gran mar, vasto en todo sentido, allí
bullen en número incontable pequeños y grandes animales; por allí
circulan los navíos y Leviatán que hiciste para entretenerte.
Todas esas criaturas de ti esperan que les des a su tiempo el alimento;
apenas se lo das, ellos lo toman, abres tu mano, y sacian su apetito.
Si escondes tu cara, quedan anonadados, recoges su espíritu, expiran y retornan
a su polvo. Si envías tu espíritu, son creados y así renuevas la
faz de la tierra. ¡Que la gloria del Señor dure por siempre y en
sus obras el Señor se regocije! él, que mira a la tierra y ésta
tiembla, y si toca a los montes, echan humo. Al Señor quiero cantar
toda mi vida, salmodiar para mi Dios mientras yo exista. Ojalá que
le agrade mi poema, yo, como sea, me alegro en el Señor. ¡Desaparezcan
de la tierra los pecadores y que no existan más los malvados! ¡Alma mía,
bendice al Señor!
Segunda lectura Rom. 8, 22-27:
Vemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto. Y también
nosotros, aunque ya tengamos el Espíritu como un anticipo de lo que hemos de
recibir, gemimos en nuestro interior mientras esperamos nuestros derechos de
hijos y la redención de nuestro cuerpo. Estamos salvados, pero todo es
esperanza. ¿Quieres ver lo que esperas? Ya no sería esperar; porque, ¿puedes
esperar lo que ya ves? Esperemos, pues, sin ver, y lo tendremos, si nos
mantenemos firmes. Somos débiles pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No
sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, sin
palabras, como con gemidos. Y Aquel que penetra los secretos más íntimos
entiende esas aspiraciones del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir
para los santos lo que es de Dios.
Evangelio Jn. 7, 37-39:
El último día de la fiesta, que era el más solemne, Jesús, puesto en pie,
exclamó con voz potente: «El que tenga sed, que venga a mí, y que beba el que
cree en mí. Lo dice la Escritura: De él saldrán ríos de agua viva.» Decía
esto Jesús refiriéndose al Espíritu Santo que recibirían los que creyeran en
él. Todavía no se comunicaba el Espíritu, porque Jesús aún no había
entrado en su gloria.